Promocions enverinades

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Divendres passat era a Vic, reunit amb companys del ram de tots el Pa√Įsos Catalans, i vam parlar llarga estona de la davallada de matr√≠cula dels nostres estudis, en alguns casos d’un 50% respecte al curs anterior (amb l’excepci√≥ dels companys de Val√®ncia, gent admirable i fidel, sota govern d’infidels!). Ens vam mostrar astorats davant del fet que els resultats de la matr√≠cula no tenien cap relaci√≥ amb els esfor√ßos fets per promocionar la llengua i la literatura catalanes entre els estudiants de batxillerat. Vam mirar de cercar-hi explicacions, per√≤ el que tots vam convenir era que fer-ne promoci√≥ (o potser fer-la com la f√®iem) no nom√©s no funcionava, sin√≥ que resultava contraproduent.
Just en aquell moment em va venir al cap un article de Javier Mar√≠as ‚ÄúLos defensores contraproducentes‚ÄĚ que us reprodueixo tot seguit. Es refereix a la lectura, per√≤ i si canv√≠em ‘lectura’ per ‘filologia catalana’? I si t√© ra√≥?

Los defensores contraproducentes
De la misma manera que hay elogios envenenados y amigos que nos perjudican, hay cosas a las que con frecuencia les salen defensores contraproducentes, y entre las que m√°s los padecen est√°n el libro y la lectura, cuya muy esforzada fiesta se celebra hoy, m√°s o menos. Soy lector voraz desde la infancia, y si algo lamento de escribir yo libros, es que hacerlo me quite tant√≠simo tiempo para leer los de otros: por cada p√°gina a m√≠ debida (que tantos agradecer√≠an que me ahorrase), dejo de disfrutar unas cincuenta ajenas, y quiz√° es un c√°lculo optimista. Con los elogios da√Īinos lo tiene uno claro: a m√≠ me preocupar√≠a mucho y me llevar√≠a un gran disgusto si un d√≠a los recibiera, c√≥mo decir, de S√°nchez Drag√≥ o Trapiello o Jim√©nez Losantos (por suerte no hay peligro), y anduve muy feliz y ‚Äúcorroborado‚ÄĚ cada vez que Campmany, el columnista franquista, me dedicaba alg√ļn insulto, significaba que estaba en la buena senda. Con los amigos perjudiciales el asunto es m√°s confuso, porque al fin y al cabo son eso, amigos, y uno no puede por menos de ver la excelente intenci√≥n que los anima cuando nos ponen sin querer en un brete o no nos dejan respirar con sus solicitaciones. Con los defensores que hunden, la cuesti√≥n es a√ļn m√°s ardua, porque no va uno a abandonar, por su culpa, lo que le parece magn√≠fico y le proporciona placeres y saberes sin cuento, pero tampoco puede hacer caso omiso de los tiznones que sobre ello arrojan esos paladines con sus obviedades, sus lugares comunes, sus cursiler√≠as y su actitud mendicante, por no decir casi ceniza.

Si alguna vez me veo tentado de moderar mis lecturas y espaciar los libros ‚Äďrenunciar a ellos no es posible‚Äď, es precisamente por estas fechas, cuando arrecian los plantos sobre su destino amargo. Se organizan congresos quejumbrosos, escribimos despechados art√≠culos, se dedican tristes suplementos para lamentar la situaci√≥n, y los argumentos no var√≠an y son siempre absurdos: se lee tan poco en Espa√Īa, donde se publica tanto, por la desleal y horrible competencia de la televisi√≥n, de Internet, del cine, del botell√≥n, de los v√≠deojuegos y de las playstations, si es que estas √ļltimas dos cosas no son la misma, que lo ignoro y ustedes perdonen; la sociedad se analfabetiza progresivamente, cada vez m√°s j√≥venes son incapaces de entender y digerir un texto por sencillo que sea, cada vez m√°s adultos andan embrutecidos por la plaga del f√ļtbol o por la del chismorreo sobre desconocidos que ni les van ni les vienen, la red de bibliotecas es una porquer√≠a, los medios de comunicaci√≥n de masas apenas se ocupan de la literatura o la ponen en manos, durante lustros, de lectores tan garrulos y g√°rrulos como el susodicho Drag√≥ y as√≠ no hay quien atraiga sino quien ahuyente‚Ķ

Yo no veo apenas diferencias respecto a tiempos pasados, o si las veo son a favor de los libros. La gente olvida o ignora que autores que hoy nos parecen indiscutibles (Baroja, Valle-Incl√°n, Unamuno, por no hablar de los poetas) sol√≠an vender mil o dos mil ejemplares de sus obras a lo largo de varios a√Īos, o que Faulkner tuvo que empezar Santuario con una escabrosa violaci√≥n con mazorca de ma√≠z ‚Äďy seguir luego en plan parecido‚Äď para ver si los lectores le hac√≠an maldito el caso. Quienes hoy se apalancan ante la televisi√≥n y dem√°s, ayer se habr√≠an ido al casino, a los espect√°culos de variedades, al circo, a tomar chatos y jugar domin√≥ o a pasear por las explanadas (hoy no hay sitio por el que pasear alguno, en Madrid al menos, y eso deber√≠a fomentar la lectura). Anta√Īo no hab√≠a campa√Īas institucionales que instaran a leer a la gente, lo cual, dado como suelen ser de deprimentes, probablemente era una ventaja. Y lo que desde luego no hab√≠a es esa continua y fastidiosa queja que resulta contraproducente, ya digo. Un producto cuyos art√≠fices lloriquean no resulta nada atractivo; un gremio que mendiga compradores, sin ning√ļn orgullo, da la impresi√≥n de estar derrotado; vulgaridades como las que he le√≠do estos d√≠as (‚Äúlo que hace la literatura es acercarnos a otros modos de amar, de vivir, de sentir‚ÄĚ, seg√ļn un conocido cr√≠tico que se rompi√≥ la frente) no invitan a abrir vol√ļmenes, sino que disuaden; lamentar que no se lea y a la vez deplorar que se lea, si lo le√≠do son bodrios como El c√≥digo Da Vinci y dem√°s enigmas idiotizantes, es un ejercicio de hipocres√≠a que no favorece a los defensores de las letras, quienes parecen estar pidiendo que se los lea a ellos o a sus recomendados y no que se adquiera el h√°bito; propugnar la obligatoriedad de la lectura a los m√°s j√≥venes resulta de por s√≠ antip√°tico y equivale a reconocer una impotencia, un fracaso. Mejor ser√≠a persuadirlos.

Los defensores del libro deber√≠an ser m√°s arrogantes, exhibir m√°s seguridad, presentarlo como algo envidiable que no est√° al alcance de cualquiera (s√≠ econ√≥mica, pero no intelectualmente), y hasta atreverse a compadecer a quienes no lo frecuentan, pobres y disminuidos diablos. Nada atrae tanto como lo que se muestra indiferente y aun desde√Īoso, se hace de rogar, se pone dif√≠cil. No s√©, tal vez esto tampoco sirva, pero, vistos los efectos de la actitud contraria, de la pedig√ľe√Īa, tristona, resentida y s√≥rdida, es al menos una idea. Aunque sea antigua.

JAVIER MAR√ćAS

El País Semanal, 23 de abril de 2006