GÉNEROS EN EVOLUCIÓN: LA RACIALIZACIÓN (PARCIAL) DE LA CIENCIA FICCIÓN

Los géneros nunca son estáticos, esta es una verdad básica de la teoría literaria. Pueden aparecer en un momento dado, sin importar lo difícil que sea determinar exactamente cuándo, y desvanecerse a medida que los lectores pierden interés. Cada género tiene su historia, ya sea el arco narrativo más amplio de un género tan gigantesco como la novela o de una manifestación literaria específica, como el teatro absurdista.

Pienso en estos asuntos después de pasar cinco días asistiendo a la conferencia internacional de la Science Fiction Research Association, organizada esta vez por el colectivo CoFutures de Oslo. La conferencia, titulada ‘Futuros desde los márgenes’, hizo un llamamiento a presentar trabajos que consideraran cómo “los temas que interesan a los marginados, incluidos los grupos indígenas, las minorías étnicas, religiosas y sexuales, y cualquier persona interesada en visualizar el orden global en el futuro generalmente están constreñidos debido a la mecánica de nuestro mundo contemporáneo”. Esta situación también requiere reconsiderar cómo está cambiando la ciencia ficción debido a la llegada de nuevos autores diferentes de los que dieron forma al canon central hace muchas décadas. La ciencia ficción por supuesto, ya no puede ser el mismo género en el siglo XXI, realidad que debe ser entendida y estudiada.

Para mí, el tema del congreso fue un desafío porque no pertenezco a ninguno de estos grupos marginales cuyo sentido del futuro está ‘constreñido’ por valores occidentales externos. Agregad a esto que generalmente escribo (en modo crítico) sobre hombres blancos, la categoría demográfica implícitamente excluida por el congreso. Terminé presentando un trabajo sobre una estimulante colección de cuentos en catalán, Barcelona 2059: Ciutat de posthumans (MaiMes 2021), editado por Judith Tarradelles y Sergi López, con contribuciones de Roser Cabré-Verdiel, Ivan Ledesma, Salvador Macip, Jordi Nopca, Bel Olid, Ricard Ruiz Garzón, Laura Tomàs Mora, Carme Torras y Susana Vallejo. Los editores, que también dirigen la editorial, tuvieron la feliz idea de invitar a los autores en 2019 a considerar cómo podría ser Barcelona 40 años en el futuro, tomando como punto de partida la existencia de una isla artificial llamada Nova Icària frente a la costa de la ciudad.

Esta isla, explican los autores en sus historias, es una utopía que los ciudadanos de la Barcelona futura (un lugar degradado por el cambio climático, las pandemias recurrentes y el terrorismo) pueden disfrutar a cambio de un acceso completo a sus cuerpos y mentes, explotados en la despiadada experimentación posthumanista desarrollada para obtener ganancias comerciales. Mi tesis es que a pesar de que Barcelona pueda parecer ahora mismo un lugar privilegiado, parte del mundo occidental y universalmente conocida por sus atractivos turísticos, ninguna ciudad está a salvo de convertirse repentinamente en un lugar marginal. Además, todos estamos sujetos a los caprichos del puñado de multimillonarios (en su mayoría blancos, pero no todos) que actualmente dirigen el mundo, en Occidente, Oriente y el resto. Diseñé el trabajo para provocar un debate sobre a qué equivale esta entidad que llamamos Occidente, y si las comunidades europeas y los ciudadanos blancos también pueden ser marginales, pero nadie recogió el guante.

Al haber tres sesiones simultáneas, debo admitir que solo he asistido a un tercio de la conferencia de la SFRA. Lo que he visto, sin embargo, ha sido bastante homogéneo y preocupante por la uniformidad del discurso e, insisto, por la falta de debate. Nadie ha desafiado a nadie, aunque cierta tensión productiva debería ser parte de la discusión en curso. O todos evitaron cuidadosamente y en silencio toda confrontación. Los organizadores del congreso hicieron un muy buen trabajo al invitar a conferenciantes que representan la diversidad planetaria (el autor Sami de Noruega Sigbjørn Skåden, la académica china Dai Jinhua, los autores Indrapramit Das de la India, Chinelo Onwualu de Nigeria, Laura Ponce de Argentina y el artista camaleónico egipcio Ganzeer), pero esta diversidad no era tan visible entre los participantes, en su mayoría académicos blancos. En una sesión sobre lo que la SFRA debería tener en cuenta para el futuro, mencioné que había visto a demasiados académicos blancos analizar culturas no blancas, un comentario recibido con lo que al principio asumí que eran burlas. De hecho era nerviosismo: todos tenían la misma impresión pero no se atrevían a expresarla. Se me agradeció haber planteado el tema y se me dijo que la SFRA haría un esfuerzo para promover la cf entre los jóvenes académicos no blancos. Gracias, es muy importante, aunque mi observación no iba por ahí.

Como he señalado, escribo sobre hombres a pesar de no serlo y creo que los académicos nunca deberían limitar su campo de acción a la categoría demográfica a la que pertenecen. Lo que me preocupa es la falta de reciprocidad. Hoy en día, muchos académicos blancos y occidentales investigan sobre autores no blancos y no occidentales en un esfuerzo por disminuir el racismo. El número de académicos no blancos y no occidentales también está creciendo. Ellos, sin embargo, optan por analizar autores de su propia categoría demográfica, de modo que no tenemos (o tenemos muy pocas) discusiones de autores blancos que, además, podrían ir más allá del tema de la raza.

Se podría pensar que no hay problema alguno porque los académicos no blancos deberían poner toda su energía en promover a los autores hasta ahora ignorados por el prejuicio blanco. Sin embargo, al mismo tiempo, a medida que más y más académicos blancos optan por ignorar la raza de los autores blancos, y dado que este es un tema también ignorado en su mayoría en la investigación actual hecha por académicos no blancos, el resultado es un entorno académico fuertemente racializado que, mientras trata de evitar el racismo, practica un extraño tipo de racismo ilustrado al suponer que solo los autores y académicos no blancos están condicionados por su raza. Para ser claros: si vas a discutir cómo los escritores indígenas producen cf hoy, necesitas explorar cómo la pertenencia a la raza blanca condiciona la cf producida por los escritores de mayor impacto. No estoy hablando aquí de lo que Isaac Asimov o Robert Heinlein escribieron en el pasado, que dio forma al canon de la cf nos guste o no, sino de lo que los autores blancos John Scalzi o Ann Leckie están escribiendo hoy.

Me preocupa la falta de reciprocidad porque como mujer que escribe sobre cf me molestan las expectativas construidas en torno a qué temas me interesan. Recientemente, me han invitado a participar en una serie de seis conferencias divulgativas sobre cf y me han pedido específicamente que aborde el tema de las mujeres en este género (soy la única mujer invitada). El organizador me dijo que su petición se debe a que he estado escribiendo sobre mujeres y cf, lo cual es cierto, pero también debo explicar que aunque estoy más interesada en la robótica y la inteligencia artificial, sigo escribiendo sobre género en la cf porque soy mujer y mis colegas masculinos no están interesados en estos temas. Es decir: si más hombres escribieran sobre género, no me sentiría obligada como mujer a escribir sobre esos temas. Me preocupa, por lo tanto, que muchos académicos no blancos estén escribiendo sobre raza no porque realmente lo prefieren, sino porque sienten que debe hacerse y porque se espera de ellos. Si la raza no fuera un problema (o el género) se podría invertir más tiempo y energía en explorar el tema central de la cf: cómo la ciencia y la tecnología están dando forma a nuestro mundo.

Un problema importante, por supuesto, es que la tecnofilia que la edad de oro que la cf solía celebrar ha desaparecido, aunque debo enfatizar que el género fue iniciado por la tecnofóbica novela Frankenstein (1818) de Mary Shelley hace doscientos años. Mientras que Mary ya afirmaba que la ciencia desarrollada por los hombres arruinaría el mundo del Homo Sapiens, hoy la afirmación es más matizada y el científico ‘loco’ se describe como blanco, occidental, heterosexual, cisgénero y, en pocas palabras, patriarcal, a pesar de que muchas personas que no están en estas categorías participan en la ciencia y la tecnología. Mi impresión de la conferencia fue que, frente al cambio climático desenfrenado y otros desastres provocados por los hombres patriarcales tales como la guerra, el fascismo y el capitalismo, hay grandes esperanzas de que la cf escrita desde los márgenes pueda ofrecer narraciones reconstituyentes que señalen el camino a seguir mirando al pasado indígena. En cierto modo, esta esperanza se remonta al complejo texto de Ursula K. Le Guin Always Coming Home (1985), en el que construyó “toda una etnografía de una sociedad futura, los Kesh, que viven en un valle de Napa post-apocalíptico”. Hoy en día, los esfuerzos de Le Guin podrían leerse como apropiación cultural, y lo que se espera es que los autores indígenas renueven la ciencia ficción de manera culturalmente auténtica, aunque esto indica en mi opinión una preocupante adoración del primitivismo pre-moderno, que es implícitamente racista. Queda dicho.

Mi duda es si este enfoque no está restringiendo el derecho de todo autor indígena a escribir como quiera, al igual que el feminismo ha estado diciendo a las autoras que su primera lealtad debe ser, precisamente, para con el feminismo. Lo digo como una mujer feminista que piensa que todas las mujeres deberían contribuir a la causa del feminismo (si más mujeres hubieran votado por Hillary Clinton, Estados Unidos no sería la distopía patriarcal en la que se está convirtiendo rápidamente). La colección de cuentos editada por Grace L. Dillons Walking the Clouds: An Anthology of Indigenous Science Fiction (Arizona UP, 2012) ha tenido un enorme impacto, por lo que ahora es común encontrar listas de ciencia ficción indígena en línea, o libros más específicos como Love after the End: An Anthology of Two-Spirit and Indigiqueer Speculative Fiction (editado por Joshua Whitehead; 2020, Arsenal Pulp Press). El fenómeno no es de ninguna manera nuevo, y de hecho es un descendiente de colecciones como la serie Women of Wonder de Pamela Sargent (1975-1996). La idea es que si llamas la atención sobre una categoría específica de escritores, entonces los lectores y académicos sienten curiosidad por su presencia y todo el campo florece. Esto es magnífico pero, insisto, corre el peligro de clasificar a los autores dentro de grupos marginales y dado que no hay colecciones equivalentes que enfaticen la categoría ‘blanco, masculino, cisgénero, heterosexual, occidental, etc.’ esta categoría sigue constituyendo la norma oculta contra la cual se miden el resto de grupos.

Por eso me gusta mucho más lo que Judith Tarradelles y Sergi López han hecho en Barcelona 2059: Ciutat de posthumans. Aquí lo que importa es el uso de un lenguaje común y la exploración de una situación común, sin alusión a las políticas de identidad (o no como tema principal). Si tuviera que editar una colección de cuentos de ciencia ficción, propondría un tema e invitaría a una selección de escritores representativos, incluidos esos hombres blancos que a nadie le gustan en la academia pero que aún venden mucho. Mi opinión es que el futuro está siendo destruido por una minoría de individuos patriarcales que necesitan ser presentados como villanos monstruosos, y necesitamos escuchar tantas voces como sea posible para encontrar alternativas, pero escucharlas juntas, no compartimentadas en categorías cada vez más pequeñas. El camino a seguir, creo, debería ser comparativo e intercultural, pero, para ello, como demostró implícitamente la conferencia SFRA, el principal obstáculo no es el racismo sino la diversidad lingüística. A pesar de las muchas alusiones a la escritura indígena, la mayoría de los trabajos presentados se centraron en ciencia ficción anglófona y, secundariamente, en chino. Mi trabajo fue uno de los pocos que trataron sobre la ciencia ficción escrita en un idioma (moribundo) hablado por solo unos pocos millones de seres humanos. Cómo cambian las cosas (y la ciencia ficción) según qué márgenes se tienen en cuenta…

Publico un post una vez a la semana (sigue @SaraMartinUAB). ¡Los comentarios son muy bienvenidos! Descargue los volúmenes anuales de https://ddd.uab.cat/record/116328. Visite mi sitio web https://gent.uab.cat/saramartinalegre/. La versión en español del blog está disponible en https://blogs.uab.cat/saramartinalegre/es/

UN GÉNERO FANTASMA: EL EXTRAÑO CASO DEL TECNOTHRILLER

El que debería escribir esta entrada hoy es mi estudiante de doctorado Pascal Lemaire ya que ha elegido tratar el tecnothriller como su tema de investigación. Sin embargo, yo misma tengo curiosidad por algunos de las cuestiones que está planteando sobre este género, así que aquí estoy.

Allá por 2014 Pascal publicó en Hélice un excelente artículo que es la base de su disertación, iniciada este curso académico. En “Ain’t no technothriller in here, sir!» (II.3, marzo de 2014, 50-71) se ocupó del hecho de que tanto autores como críticos niegan que el tecnothriller realmente exista como género, a pesar de que esta es una etiqueta con la que la mayoría de los lectores de ficción popular están familiarizados. Pascal pone a prueba la hipótesis en su artículo de que «El Tecno-Thriller (sic) es una ficción narrativa ambientada en el pasado cercano o en un futuro cercano sobre la violencia en un contexto político ejercida con tecnologías avanzadas», y aunque, como sucede con cualquier definición de género, pronto surgen las excepciones, logra nombrar una lista sustancial de autores y novelas relacionadas con el género y establecer algunos sub-géneros clave (guerra submarina, ficción de la Tercera Guerra Mundial, la historia del Comandante y la novela sobre el Comando). Su conclusión es que el tecnothriller existe al mismo nivel que, por ejemplo, existe la chick-lit, es decir, tanto como una etiqueta comercial como un conjunto de características que se fusionan en un género que la mayoría de los lectores pueden identificar. También afirma que “el paquete entero” sobrevive y debe estudiarse como “un testimonio de algunos de los aspectos culturales del último cuarto del siglo XX hasta nuestros días”. Tal como explicó a su tribunal de seguimiento anual la semana pasada, a pesar de ser un lector muy buen conocedor del género, lo está abordando de manera crítica; no quiere reivindicar todos sus valores, sino asegurarse de que la crítica académica actual ya no pase por alto la existencia del tecnothriller.

Mientras debatíamos estos asuntos en nuestra última tutoría, recordé el trabajo revolucionario que Janice Radway hizo a principios de la década de 1980, cuando su enfoque sobre la novela rosa basado en la respuesta de las lectoras resultó en su estudio indispensable Reading the Romance (1984). Hasta entonces, la ficción romántica era un vergonzante secreto en la escritura y la lectura de las mujeres, ya que la crítica feminista consideraba el género como un vástago de la ideología patriarcal (lo es, sin duda). Radway, sin embargo, demostró que las lectoras de novela rosa entienden bien cómo los textos de los que disfrutan se posicionan en relación con el patriarcado, sabiendo de sobras cómo se relacionan la fantasía romántica y la sumisión sexista. Sus preferencias han remodelado gradualmente el género hacia una discusión más abierta de los contextos en los que el feminismo ofrece a las mujeres esperanza y consuelo como el romance parece ofrecer. Hoy, en resumen, ninguna crítica feminista trata a las lectoras de novela rosa de la manera condescendiente en que solían ser tratadas en el pasado y, al revés, muchas autoras han incorporado narrativas de empoderamiento en sus obras que ciertamente pueden llamarse feministas.

La contradicción que Pascal explorará, así pues, es por qué el tecnothriller, un género que ha estado subiendo a la cima de las listas de los libros más vendidos durante décadas, está siendo ignorado por todos los estudiosos, mientras que la novela rosa, un género que solía ser marginal, ha recibido tanta atención. La respuesta, como puede verse, se halla en mi propia frase: los géneros considerados marginales y que se dirigen a públicos no mayoritarios se ven ahora como objetos legítimos de estudio académico, pero todavía no sabemos qué hacer con los autores que más venden y que se dirigen a públicos de gran tamaño (en cualquier género). Ahora se pueden encontrar libros como el de Deborah Philips Women’s Fiction, 1945-2005: Writing Romance (2014), pero hasta donde yo sé nadie ha escrito una tesis sobre Danielle Steel, posiblemente la autora más popular del género junto con Barbara Cartland. Hay mucha bibliografía sobre novela rosa y muchos recursos académicos para estudiarla pero todavía entendemos muy mal el fenómeno del autor súper-ventas y no sabemos cómo argumentar que los autores pueden ser participantes clave en un género o en toda la ficción a pesar de carecer de mérito literario. Será más fácil para Pascal escribir sobre todo el género del tecnothriller, en resumen, que justificar escribir una disertación solo sobre Tom Clancy, el autor más conocido del género después de su padre fundador, Michael Crichton.

Otros asuntos complican el acercamiento al tecnothriller. Suponiendo que Pascal eligiera seguir los pasos de Janice Randway y llevar a cabo un trabajo de campo entre los lectores de tecnothrillers, su trabajo no sería igualmente bienvenido por la sencilla razón de que la mayoría de los lectores de este género son hombres blancos heterosexuales cisgénero. Este no es un grupo demográfico muy popular en estos días entre los académicos. Hace apenas unos días tuve que explicarle por enésima vez a una compañera feminista que escribo sobre ese tipo de autores masculinos porque quiero saber qué están haciendo. Encuentro maravillosa la progresión de las mujeres en todas las áreas de la literatura, y me alegra ver cómo el enfoque más inclusivo está dando como resultado la buena acogida de muchos autores trans y no binarios, pero aun así quiero saber más sobre los hombres tradicionalmente binarios porque están produciendo cantidades masivas de ficción leída principalmente por hombres, y por lo tanto generando una ideología de género de la que quiero ser consciente. Se puede ignorar todo esto sólo a riesgo de no entender cómo funciona el mundo. Del mismo modo, el tecnothriller necesita ser explorado porque sus narrativas basadas en tramas que exaltan la tecnología atraen principalmente a hombres cisgénero, heterosexuales, blancos y, ¿adivinen qué?, esta es la categoría de persona que tiene el poder hoy en día en el hogar donde nació el género, los Estados Unidos, y en muchas otras naciones clave del mundo. Cuando el Presidente Ronald Reagan afirmó que una novela de Tom Clancy le había dado mejor información que los informes de la CIA, algún académico debería haber escuchado y comenzar a prestar atención a este género. No era ninguna broma.

Aparte de la baja popularidad de los lectores a los que se dirige el tecnothriller entre los académicos de hoy, el género también es tratado como un brote bastardo por la comunidad centrada en la ciencia ficción, desaire que es más difícil de explicar. Daré por sentado que los tecnothrillers comienzan con The Andromeda Strain [La amenaza de Andrómeda] (1969) de Michael Crichton y dejaré a Pascal una explicación más matizada de los orígenes del género. Esta novela narra los frenéticos esfuerzos de un grupo de científicos estadounidenses para detener la propagación de un virus extraterrestre mortal que llega a la Tierra junto con los restos de un satélite militar. La página de Wikipedia afirma que “las reseñas de The Andromeda Strain fueron abrumadoramente positivas, y la novela fue un éxito de ventas en América, estableciendo a Michael Crichton como un respetado novelista y escritor de ciencia ficción”. Esto no es cierto en lo que respecta a ser un respetado escritor de CF. Crichton nunca fue nominado para un Hugo, y su única nominación para una Nebula fue para la película Westworld (1973), que escribió y dirigió.

Posiblemente, la condición de autor súper-ventas de Crichton lo alejó de la mayoría de los fans de la ciencia ficción y de los autores del género que luchan por tener un mínimo impacto, y también contribuyó a la alienación de otros escritores de tecnothriller del fándom y a su ninguneo en el circuito de premios de la CF, a pesar de que parece más que claro que el tecnothriller es un subgénero de la CF, particularmente cercano a su rama militar. Más allá de si los autores que más venden necesitan fándom o premios, hay otro problema. Hace un tiempo estuve pensando en escribir un libro sobre Crichton pero la tarea pasó a ser imposible una vez me di cuenta de que sus valores ideológicos son ahora obsoletos en muchos sentidos, especialmente en lo que respecta al género identitario; el proyecto quedó en nada después de mi lectura de Prey [Presa] (2002). Bromeando un poco con su otro título más conocido, Jurassic Park [Parque Jurásico] (1990), diría que Crichton es ahora un dinosaurio; si os fijáis, ya nadie lo menciona en relación con la franquicia cinematográfica iniciada por la película de Spielberg de 1993, una señal segura de que ya no se le respeta. Elizabeth Trembley publicó en 1996 Michael Crichton: A Critical Companion, pero no veo a nadie dispuesto a actualizar este volumen, como yo misma pensé en hacer.

Ahora bien, si Crichton es una patata demasiado caliente hoy en día, imaginad la dificultad de tratar de una lista de autores principalmente interesados en la tecnología relacionada con la guerra y en convertir ese interés en materia de historias emocionantes para entretener a blancos adultos de ideología poco progre. Debo decir que no soy lectora de tecnothrillers (aunque he visto toneladas de películas basadas en ellos, o que son tecnothrillers por derecho propio) y tal vez estoy asumiendo erróneamente como la mayoría de mis compañeros académicos que como su postura es tecnófila y de derechas no vale la pena analizarla y mucho menos defenderla. Sin embargo, suponiendo que este sea el caso (a pesar de que el propio Crichton fue muy crítico con el mal uso de la ciencia y el impacto de las tecno-corporaciones), y que los hermanos e hijos de Tom Clancy son, en el peor de los casos, supremacistas blancos y militaristas acérrimos, ¿no deberíamos estar al caso de lo que están escribiendo? Hay algo más. Como estoy aprendiendo de Pascal, los escritores de tecnothrillers tienen una muy buena comprensión de los problemas geopolíticos, mientras que los escritores realistas literarios insisten en representar la vida personal de las gentes de clase media al margen de todo conflicto nacional o internacional. Supongo que muchos lectores encuentran los tecnothrillers didácticos y, como Ronald Reagan, están aprendiendo de ellos lecciones que ningún otro escritor está proporcionando. Tal vez, y esto es algo que Pascal debe investigar, podría valer la pena aprender algunas de estas lecciones y no asumir, como hacemos, que son basura.

Si un género logra sobrevivir en ausencia de fándom, premios especializados y atención académica, e incluso sigue apareciendo en la lista de los libros más vendidos después de décadas, esto significa que vale la pena estudiarlo. Como especialista que escribe sobre ciencia ficción escrita por hombres cuyos valores no siempre comparto, me parece absolutamente necesario explorar lo que interesa a la mayoría de los lectores masculinos. Simplemente no es cierto que la mayoría esté leyendo ahora tanta ficción escrita por hombres como por mujeres, ni que la ideología de género haya impactado la escritura de los hombres (y sus lecturas) tanto como ha impactado la de las mujeres. Podríamos tener la impresión de que el mundo de la ficción ahora está acomodando sin problemas los profundos cambios en la ideología de género que hemos visto en las últimas décadas, pero creo que este no es el caso en absoluto y que así como algunas mujeres aman apasionadamente la ficción romántica del tipo más tradicional, algunos hombres siguen siendo sin duda adictos a los tecnothrillers. Si guardan silencio sobre su adicción es simplemente porque nadie se interesa por sus preferencias. Me alegro, entonces, de que Pascal Lemaire se preocupe con un interés verdaderamente académico por la ficción escrita por hombres de ideología muy diferente de la suya propia. Estoy muy interesada en lo que está descubriendo y espero que muchos otros lectores también lo estén.

Publico una entrada una vez a la semana (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). ¡Los comentarios son muy bienvenidos! Te puedes descargar los volúmenes anuales aquí: https://ddd.uab.cat/record/116328. La versión en inglés del blog está disponible en https://blogs.uab.cat/saramartinalegre/en/. Encontrarás en mi web información sobre mis publicaciones y actividades: https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

LA CIENCIA FICCIÓN MÁS ALLÁ DEL TERRITORIO ANGLÓFONO: EL CASO CATALÁN

Este fin de semana he estado participando en la IV CatCon o convención catalana sobre ciencia ficción y fantasía, celebrada como las tres primeras en la encantadora localidad costera de Vilanova i la Geltrú, a unos 50 km. al sur de Barcelona. CatCon reúne a fans y escritores, y también es el evento durante el cual se otorga el premio Ictineu. CatCon está organizada por la Societat Catalana de Ciència-Ficció i Fantasia, fundada en 1997, y tuvo su primera edición cero durante la Eurocon 2016, celebrada aquí en Barcelona.

Para esta edición, propuse una mesa redonda sobre el estado actual de la ciencia ficción catalana, tratando de averiguar si se trata de una botella medio llena o medio vacía. Durante mi intervención en la CatCon 2018 hice algunos comentarios sobre un texto de una autora, Montserrat Segura, que casualmente estaba en la sala, y esto provocó una conversación sobre lo que la universidad podría hacer por los autores catalanes de ciencia ficción. Logré convencer a mi colega del Departamento de Filología Catalana de la UAB, Víctor Martínez-Gil, de que había que legitimar académicamente una tradición literaria que comenzó en la década de 1870 y que ahora se encuentra en un momento particularmente rico. Decidimos, así pues, publicar un número monográfico en una revista académica que sirviera para presentar a los autores actualmente indispensables, para lo cual hicimos una selección de siete: Antoni Munné-Jordà, Jordi de Manuel, Montserrat Galícia, Carme Torras, Marc Pastor y Enric Herce (aunque lamento mucho no haber incluido a Salvador Macip). Luego Víctor reclutó a cuatro especialistas más en Literatura Catalana (Francesc Foguet, Maria Dasca, Jordi Marrugat y Toni Maestre), y escribimos una propuesta. Un poco a la brava, decidimos contactar con la revista académica de estudios catalanes mejor valorada, la Catalan Review, y para nuestro alivio y felicidad su editor Bill Viestenz acogió nuestra propuesta con gusto. Algo ayudó que estuviera familiarizado con mi traducción al inglés de Mecanoscrit del segon origen (1974) de Manuel de Pedrolo como Typescript of the Second Origin (2018).

Las galeradas del número monográfico llegaron la semana pasada (se publicará en julio) justo a punto para la mesa redonda, a la cual invité a Antoni Munné-Jordà, Carme Torras, Eloi Puig y Jordi Marrugat. Munné-Jordà no solo es un gran autor de ciencia ficción sino también la persona que más sabe de este género y de fantasía en catalán. Fue director de dos colecciones clave de sf (para las editoriales Pleniluni y Pagès), fue también uno de los cofundadores de la Societat Catalana de Ciència Ficció i Fantasia, y mantiene la asombrosa bibliografía de obras (1873-2021) que se puede descargar desde el sitio web de la Societat. Ha publicado más de veinte volúmenes, entre los que mencionaré Michelíada (2015), ganadora del Ictineu. Carme Torras, es una investigadora de renombre internacional en el campo de la robótica asistencial y autora destacada, conocida por sus novelas ganadoras del premio Ictineu La mutació sentimental (2007) y Enxarxats (2017). Eloi Puig es el actual presidente de la SCCFF, promotor del premio Ictineu y también de una serie de encuentros de aficionados por toda Cataluña conocidos como Ter-Cat. Lo invité como autor de las más de 1000 reseñas publicadas desde 2003 en su web La Biblioteca del Kraken, que ofrece en catalán y castellano. Por último, pero no menos importante, Jordi Marrugat es profesor de Literatura Catalana Contemporánea en la Universitat de Barcelona, y es autor, entre otros, de Narrativa catalana de la postmodernitat: històries, formes i motius (2014).

Mi propia introducción señalaba que mientras que la ciencia ficción anglófona goza de un circuito académico completo, no hay nada similar para apoyar y dar a conocer el trabajo de los autores catalanes de ciencia ficción y fantasía. La Science Fiction Research Association, fundada en 1970, ha estado celebrando conferencias regularmente desde entonces; las revistas revisadas por pares Extrapolation (fundada en 1959), Foundation (1972) y Science Fiction Studies (1973), proporcionan un maravilloso foro de discusión. Aunque no hay títulos completos de Grado en estudios de ciencia ficción, hay cursos en diversas universidades y también un notable centro de investigación en Liverpool, que también alberga la colección clave de monografías Liverpool Science Fiction Texts and Studies. Todo esto falta en catalán, a excepción de la indispensable antología de Víctor Martínez-Gil Els altres mons de la literatura catalana (2005), un par de disertaciones (una de Grado, otra de màster), y el trabajo que yo misma he realizado sobre Mecanoscrit del segon origen. Sin bibliografía, como sabemos, no puede haber investigación. De hecho, uno de los revisores de mi artículo para la Catalan Review se quejó estentóramente de que no podía publicar un artículo sin fuentes secundarias académicas; como no hay ninguna en catalán, incluí en unas pocas líneas abarrotadas referencias a media docena de libros académicos… en inglés.

No puedo reproducir aquí todo lo que se comentó en una hora de mesa redonda, pero trataré de destacar algunas ideas. Hoy en día, la ciencia ficción catalana y la fantasía interesan a un número notable de editoriales independientes (en su mayoría establecidas en los últimos diez años) y el fándom está activo en las reuniones Ter-Cat y CatCon, mientras que sitios web como La Biblioteca del Kraken, El Biblionauta y Les Rades Grises proporcionan reseñas y críticas especializadas. Este panorama parece positivo en todos los sentidos pero, como señaló Eloi Puig, la impresión es que el campo está creciendo muy lentamente y parece no haber un relevo generacional (añado yo, teniendo en cuenta la edad media de los asistentes a la CatCon, con una clara ausencia de personas menores de 30 años).

Si bien el número de autores está creciendo, el mercado no es lo suficientemente fuerte como para que ninguno de ellos sea escritor profesional, una situación que se extiende a todos los autores catalanes con muy pocas excepciones. Munné-Jordà y Torras no ven esto como un problema, ya que creen que de esta manera los autores son más libres para escribir como deseen. El tamaño del mercado con, posiblemente, 300-400 copias vendidas por cada novela moderadamente exitosa, sugiere que la profesionalización difícilmente ocurrirá en el futuro cercano, aunque estoy de acuerdo en que esta no es necesariamente una situación negativa. Del mismo modo, las reseñas y la crítica están en manos de fans muy entregados. Eloi Puig explicó que la tarea que viene realizando en La Biblioteca del Kraken comenzó como una forma de compartir sus impresiones con sus amigos. No ve su papel como principal reseñador de la ciencia ficción y la fantasía catalanas (tanto originales como traducidas) como un referente principal. Según lo veo, Puig está haciendo un excelente trabajo que es además la base para cualquier trabajo académico que se pueda hacer en el futuro. De hecho, me gustaría ver a una universidad catalana presentándose voluntaria para publicar una selección de sus reseñas y así conmemorar el 20 aniversario de la web el próximo año.

Puig y Munné-Jordà han hecho, así pues, mucho pero no son académicos (ni asociados) en ningún Departamento de Filología Catalana. Jordi Marrugat explicó que aunque debería estar en manos de académicos escribir una historia de la ciencia ficción y la fantasía catalanas, investigar e impartir cursos, la realidad es que estamos muy limitados. Él mismo es el único especialista en literatura catalana contemporánea de la Universitat de Barcelona, y con un plan de estudios de Grado que concentra en una sola asignatura todo el s. XX y parte del XXI no hay espacio para la ciencia ficción y la fantasía. El canon y su insistencia en celebrar el Modernismo tiene prioridad. Sin embargo, me parece poco probable que los lectores, por apasionados que sean, puedan suplir esta carencia. La espléndida bibliografía de Munné-Jordà y su reciente donación a la Biblioteca Armand Cardona Torrandell de Vilanova i la Geltrú de su propia colección personal de libros y otros materiales tiene como objetivo construir un legado que necesita encontrar lectores comprometidos. Me pregunto sin embargo dónde se pueden encontrar ¿No deberían ser los estudiantes del Grado de Catalán en la universidad?

Quizás lo que más me desconcertó fue la idea de que los autores de cf y fantasía valoran sus temas por encima de la calidad de su escritura, al menos esto es lo que entendí de la intervención de Carme Torras cuando le pregunté por la traducción de La mutació sentimental hecha por Josie Swarbrick con el título de The Vestigial Heart, y publicada por el MIT acompañada de materiales para fomentar la discusión de la robótica y la ética en el aula. Puig explicó que propuso la creación del premio Ictineu porque después de leer esta novela pensó que este tipo de esfuerzo debía obtener reconocimiento. Creo que Torras tiene un estilo muy personal, y pienso que los escritores catalanes de ciencia ficción y fantasía son más que simples contribuyentes a los debates actuales sobre tecnociencia, dada la pasión que ponen en escribir obras que, como he señalado, solo pueden llegar a un círculo limitado. La novela ganadora del Ictineu de este año, el relato ciberpunk de Enric Herce L’estrany miratge [El extraño espejismo], es mucho más atractiva como narración que muchas novelas anglófonas que ahora ganan Hugos y Nebulas. Pregunté a los participantes en la mesa redonda qué pensaban sobre lo escasas que son las traducciones del catalán en comparación con las traducciones a nuestro idioma, y solo Munné-Jordà fue lo suficientemente audaz como para decir en voz alta que algunos de los libros traducidos sencillamente no son buenos. Jugó con las palabras ‘cañón’ y ‘canon’ para sugerir que quién se traduce a menudo es una cuestión de quién tiene el poder.

La mesa redonda fue, creo, extremadamente esclarecedora e ilustrativa de la situación actual de la ciencia ficción y la fantasía en catalán. Veo la botella medio llena si pienso en el despliegue de actividad entre editores, autores y los aficionados más comprometidos, pero la veo medio vacía si pienso en los jóvenes. Los niños educados en catalán leen obras en catalán más que nunca, pero, como sucede en otras áreas lingüísticas incluido el inglés, el atractivo de las redes sociales les roba un tiempo precioso para leer a partir de los 10-12 años, tan pronto como reciben su primer smartphone. Su amor por las pantallas no se extiende a los libros electrónicos (me dijeron que solo el 5% de todos los lectores de todas las edades los usan en España, el 20% en los Estados Unidos) y con los libros en papel a un coste de alrededor de 15-20 euros es difícil ver cómo va a crecer el número de lectores. En el caso de la ciencia ficción catalana y la fantasía también echo de menos buenas adaptaciones que puedan atraer a un público mayor, pero con TV3 en una situación económica desesperada es poco probable que se filmen. De ahí la botella medio vacía.

Volveré a este tema cuando se publique el número de julio de la Catalan Review. Mientras tanto, echadle un vistazo a La Biblioteca del Kraken para ver lo ricas que son la cf y la fantasía actuales en catalán.

Publico una entrada una vez a la semana (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). ¡Los comentarios son muy bienvenidos! Te puedes descargar los volúmenes anuales aquí: https://ddd.uab.cat/record/116328. La versión en inglés del blog está disponible en https://blogs.uab.cat/saramartinalegre/en/. Encontrarás en mi web información sobre mis publicaciones y actividades: https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

DEFENDIENDO LA AUTOEDICIÓN ACADÉMICA: EL PROBLEMA DE LOS LIBROS (Y UNO NUEVO)

Recientemente he publicado un nuevo libro, pero no sé si realmente es un libro porque es autopublicado y, como tal, no existe para las autoridades que evalúan mi investigación, el Ministerio y ANECA. Mi nuevo libro se llama Entre muchos mundos: en torno a la ciencia ficción, y se puede descargar de forma gratuita del repositorio digital de mi universidad. Este no es en absoluto el primer libro que publico en el DDD si cuento las versiones como libros electrónicos de otros libros que he publicado en formato impreso o los 10 libros electrónicos escritos por mis estudiantes, pero la novedad es que esta es la primera vez que uso la plataforma digital para publicar un nuevo libro. ‘Nuevo’ relativamente, ya que Entre muchos mundos reúne una selección de 21 artículos y capítulos de libros sobre ciencia ficción que he publicado entre 2000 y 2021. Mi intención no era solo juntarlos, sino también publicarlos en castellano. Como muestran los créditos, la mayoría de estas piezas habían sido publicadas originalmente en inglés, pero hay tan poco sobre ciencia ficción en castellano que decidí autotraducirme. El volumen es bastante largo, alrededor de 340 páginas, pero ya había autotraducido algunas de las piezas, y por si no lo sabéis, Word ofrece una herramienta de traducción (botón derecho del ratón) que, en lo que a mí respecta, funciona tan bien como Google Translate o Deep-L. Todavía requiere revisión, lógicamente, pero no tanto como se podría pensar.

Mi colección está organizada en tres secciones, Parte I – Ciencia ficción, género y textos; Parte II – Masculinidad y Ciencia Ficción, y Parte III – Ciencia ficción, mujeres y feminismo. Cada sección tiene 7 artículos, siendo la primera necesariamente más misceláneo. Una de las partes más difíciles de organizar cualquier libro, especialmente si se trata de una antología de obra publicada anteriormente, es hacer que parezca coherente. Otro obstáculo es superar la vergüenza de releer el trabajo publicado hace quince o veinte años. Lo que he descubierto en este proceso es que a pesar de que la lectura y el estudio constantes traen nuevas ideas todo el tiempo, la mente gira en torno a las mismas nociones insistentes. Somos (o soy) criaturas bastante tercas en lo que pensamos y creemos. El asunto que más me ha sorprendido es que no era consciente de que ya había escrito tanto sobre ciencia ficción; al final, tuve que dejar de lado algunos artículos. Este no es el tipo de libro que habría escrito si hubiera comenzado de cero, pero al mismo tiempo es una muestra más consistente de mi trabajo de lo que inicialmente creía.

El tema de mi entrada no es, sin embargo, el contenido del libro, que el lector está invitado a degustar como más de otros 100 lectores ya lo han hecho. Me gustaría debatir por qué existe este libro y por qué está en un limbo académico. Intentando que mi libro Masculinity and Patriarchal Villainy in the British Novel: From Hitler to Voldemort (2020, Routledge) se publique en castellano, en autotraducción, me he puesto en contacto con 20 posibles editores. De estos 7 declinaron publicar mi libro, generalmente invocando la excusa de que su catálogo estaba lleno en los próximos dos años aunque nunca se me dio la oportunidad de considerar si podría retrasar la publicación. Uno, por cierto, dejó de responder a mis correos cuando ya había enviado el contrato con Routledge para que verificaran el asunto de los derechos de idioma (que Routledge me ha otorgado para el castellano). Para mi consternación, 11 editores ni siquiera han respondido a mi propuesta, acompañada de un dossier bastante completo y muestras de mi autotraducción. De los tres que respondieron mostrando cierto interés, finalmente he tenido la suerte de ser invitada por uno a publicar la traducción. En cambio, solo contacté con Palgrave y Routledge para publicar el original en inglés. Llegué a la conclusión de que si publicar la traducción de un libro aceptado por una editorial académica internacional de primer nivel había sido un proceso tan largo y complicado, no habría forma alguna de que alguien aceptara una colección de artículos ya publicados sobre ciencia ficción. De hecho, ni siquiera he intentado encontrar un editor. ¿Por qué molestarse?

El mercado de los libros académicos se derrumbó posiblemente hace una década cuando los estudiantes dejaron de comprar libros (siempre hablo de Humanidades, donde los manuales no son tan habituales como en las carreras de ciencias). Leyendo el delicioso volumen Paseos con mi madre de Javier Pérez Andújar, me encontré con una referencia a Dos obras maestras españolas: El Libro de buen amor y La Celestina (1962) de María Rosa Lida de Malkiel, un libro que todos los estudiantes de Filología como él (y yo) leímos fotocopiado. El mercado académico sobrevivió mientras hubo que pagar por las copias, pero cuando la digitalización dio lugar a la piratería desenfrenada en la que todos participamos, los editores reaccionaron aumentando el precio de los volúmenes tan abruptamente que ni siquiera los profesores universitarios mejor pagados pueden permitírselos. En el reciente pedido que he pasado a la biblioteca, algunos de mis compañeros han pedido libros a un precio de 120-160 euros; los libros de bolsillo valen alrededor de 30 euros, precio que sigue siendo caro. En cuanto a las ediciones de libros electrónicos, me pregunto quién las está comprando porque son tan caras, si no más. Creo que si los libros electrónicos estuvieran en el rango de 5-10 euros, la piratería disminuiría, pero por supuesto esto es incongruente en un mercado académico en el que los artículos tienen un precio de alrededor de 35 euros (y hay que recordar que a los autores se les pagan regalías por los libros pero no por los artículos, o, para el caso, los capítulos de libros).

Tiene, así pues, sentido autopublicarse, algo que como señalé en mi entrada anterior, algunas figuras de primer rango ya están haciendo a través de plataformas como Amazon. Si queremos que el conocimiento circule, esta es una posibilidad atractiva, aunque por supuesto todo tiene un coste. Navegando por Internet en busca de editores, pronto se encuentran empresas que ofrecen ayuda con la autopublicación, incluida una de Planeta donde valoran la edición y corrección de un volumen estándar (200-350 páginas) en más de 2500 euros. No sé si esto es barato o caro, pero me doy cuenta de que no todos los académicos tienen las habilidades para producir un libro electrónico correctamente editado que se vea mínimamente bien. Espero que esto encaje con la descripción de mi nuevo libro, pero debo decir que aunque estoy muy lejos de ser una diseñadora de libros profesional, tengo 30 años de experiencia en la edición y corrección de mis propios textos (como hacemos la mayoría de nosotros), y más de 10 años de experiencia en la publicación online en el DDD de la UAB. En realidad, me encanta el proceso de elegir fuentes, diseñar portadas, etc., pero soy consciente de que no todos los académicos lo disfrutan. La autopublicación, en suma, tiene eso: requiere dinero o habilidades, y por supuesto tiempo. Si no recuerdo mal, he usado unas seis semanas para editar mi nuevo libro, combinándolo con otras tareas, si bien no estoy enseñando este semestre.

Una vez que se edita el libro electrónico (y digo libro electrónico porque la autopublicación en papel no tiene ningún sentido), y se carga en línea, lo que queda es hacerlo visible. Creemos que publicar en papel con una editorial académica es más práctico ya que el libro entra en un catálogo y en la maquinaria publicitaria de la editorial. Hay que pensar no obstante que los libros tienen una vida útil de unas pocas semanas, incluso cuando son publicados por grandes casas comerciales; posiblemente, las bibliotecas universitarias prolonguen esa vida útil ya que para ellas la idea de novedad académica no es tan limitada (la mayoría de las revistas aceptan reseñas de libros publicados en los últimos dos años). Aun así, mi libro de Routledge ha vendido unos 150 ejemplares en el primer año, suficiente para que se convirtiera en volumen en rústica, mientras que Entre muchos mundos ya tiene 123 lectores en un mes. Ni siquiera he anunciado su publicación, salvo un tuit. Si estáis pensando, ‘bien, pero no estás ganando dinero con este libro’, considerad que no he ganado dinero en absoluto con los artículos y capítulos de libros incluidos en él.

Por lo tanto, suponiendo que tengáis las habilidades (o el dinero) para producir un libro electrónico legible como .pdf (Calibre puede ayudarlo a transformarlo en .epub y .mobi), y suponiendo que vuestra universidad tenga una plataforma digital donde podáis subirlo (como también tienen Academia.edu o ResearchGate), ¿por qué insistimos en publicar libros académicos en papel, incluso pagando miles de euros por el privilegio? Por el Ministerio y los organismos de evaluación, ya sean ANECA o las agencias regionales. Los libros son un área gris incómoda en la evaluación porque no siguen estrictamente el mismo sistema de revisión por pares que las revistas, y porque no están clasificados de acuerdo con las mismas métricas. En España, un grupo de investigación de la Universidad de Granada construyó hace unos años SPI (Scholarly Publishers Indicators) a partir de una encuesta que nos preguntaba a nosotros, los investigadores, sobre el prestigio de las editoriales en nuestro área. Este método extrañamente subjetivo creó una serie de distorsiones que han dado lugar a una lista bastante singular. SPI, además, mezcla Lengua y Literatura, lo que significa que la lista es bastante inútil para cualquiera de las dos áreas. El Ministerio y ANECA están tan confusos sobre cómo juzgar los libros académicos que dan a los volúmenes completos el mismo valor que a los artículos individuales en nuestros ejercicios de evaluación personal (o sexenios). Creí estúpidamente que, con 9 capítulos, el libro de Routledge debería ser suficiente para pasar la siguiente evaluación hasta que un burócrata de ANECA me puso en mi sitio. Todavía necesito enviar 5 artículos más, idealmente de revistas A revisadas por pares. Dada la importancia de la revisión por pares, y el tratamiento que reciben los libros académicos como publicaciones sospechosas a menos que tengan el sello de una de las principales editoriales de SPI, no es de extrañar que los libros electrónicos académicos autopublicados hayan atraído a tan pocas personas.

Al final, sin embargo, uno debe preguntarse cómo desea organizar sus publicaciones académicas. Yo misma llevo desde hace muchos años una doble carrera: publico en las que el Ministerio y la ANECA considera valiosas editoriales y revistas para los sexenios, y autopublico de forma gratuita en el repositorio de la UAB lo que quiero circular sin límites, aunque no cuente para la evaluación. De ahí mi nuevo libro. ¿Publicaría una monografía completa de esta manera? La respuesta es aún no porque todavía necesito ser evaluada cada cinco años (tal vez cuando me jubile). Entiendo que hay pocas ventajas en la autopublicación de libros electrónicos que no cuentan para la evaluación, excepto que el conocimiento circula así de forma gratuita, lo cual es una ventaja gigantesca. Si, en definitiva, las editoriales académicas en lugar de los repositorios digitales están publicando nuestro trabajo es así porque el Ministerio y ANECA lo requieren, no porque esta sea la mejor manera de potenciar el conocimiento. El acceso abierto (Open Access), de hecho, actualmente consiste en poner a disposición lo que una vez se publicó ‘legítimamente’, no lo que se está autopublicando (y también podría ser revisado por pares si fuera necesario).

Espero que disfrutéis de mi libro, pero también espero que penséis en publicar vuestras propias colecciones y en autotraduciros. Es un trabajo extra, lo sé, pero tal vez no tan difícil como suponéis. Seguid las reglas del Ministerio / ANECA para la evaluación y acreditación si os es necesario, pero mirad más allá de ellas y distribuid vuestro trabajo académico de tantas maneras como sea posible. Creo que vale la pena y es muy satisfactorio.

Publico una entrada una vez a la semana (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). ¡Los comentarios son muy bienvenidos! Te puedes descargar los volúmenes anuales aquí: https://ddd.uab.cat/record/116328. La versión en inglés del blog está disponible en https://blogs.uab.cat/saramartinalegre/en/. Encontrarás en mi web información sobre mis publicaciones y actividades: https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

EL PROBLEMA DE LAS TRADUCCIONES (Y UN PAR DE SOLUCIONES PROBLEMÁTICAS). PARTE 2: EL PAPEL DE LA TRADUCCIÓN AUTOMÁTICA

Esta es la traducción del texto originalmente publicado en catalán en El Biblionauta en noviembre de 2021. Aquí está la segunda parte.

En la novela humorística de Douglas Adams Guía del Autoestopista Galáctico (original 1978), se utiliza como solución a los problemas de comunicación interlingüística universal un pez de Babel, animalillo pequeño y amarillo que se introduce en el oído de quien quiere entender otro lenguaje. Todos hemos soñado con un artefacto que haga una función parecida sin el inconveniente de tener una criatura viva cerca del cerebro, y se están haciendo muchos esfuerzos en este sentido. Google, al parecer, está trabajando para hacer realidad un intérprete universal inspirado por Star Trek, imagino que como app fácilmente instalable en el móvil. Mientras se encuentra una forma de traducir en vivo y en directo el habla, como todos sabemos Google Translate, otros servicios como DeepL y el propio Word (en una opción del menú algo olvidada), nos ayudan a traducir textos escritos de una lengua a la otra con un grado de eficiencia cada vez mayor.

Hace cinco años, Google Translate, inaugurado en 2006, se transformó de hecho en Google Neural Machine Translation (GNMT), un servicio que usa un algoritmo de máquina neural gestionada por una IA capaz de procesar significado contextual, capacitación que en parte explica la drástica mejora de la traducción automática. Supongo que DeepL va por el mismo camino. Justamente, en las últimas semanas se vive un encendido debate sobre el uso de este tipo de traducción en la subtitulación castellana del mega éxito de Netflix, la serie surcoreana El juego del calamar. Como se ha quejado ATRAE (Asociación de Traducción y Adaptación Audiovisual de España), la multinacional Iyuno de la que es cliente Netflix ha usado por primera vez subtítulos generados automáticamente que ha revisado posteriormente un traductor humano, cobrando un tercio de la tarifa habitual ( es decir, entre 60 a 100 euros por una película de 100 minutos). La posedición (como se denomina esta práctica), protesta ATRAE, amenaza con destruir muchos puestos de trabajo y con rebajar la calidad de la subtitulación. AVTE (Audiovisual Translators Europe) ya publicó el pasado septiembre el Manifesto on Machine Translation (https://avteurope.eu/2021/09/13/press-release-avte-manifesto-on-machine-translation/) donde se avisa del profundo daño que la traducción automática hará a corto y largo plazo en el ámbito audiovisual y donde se defiende la necesidad de llegar a una mejor colaboración entre los traductores humanos y las compañías que ofrecen servicios de traducción automática basados en potentes IAs.

Este debate no ha llegado al mundo literario pero quiero empezar tomando como caso la ciencia ficción y la lengua catalana. No tengo una idea clara de las tarifas que cobran los traductores pero entiendo que una novela de 300 páginas en inglés puede costar unos miles de euros (¿entre 2000 y 4000?) y si pensamos en una cifra de ventas de entre 100 y 500 copias, ya vemos que el negocio es limitado, incluso imposible. No acabo de entender, si lo pienso bien, por qué existe un cierto secretismo en torno al dinero que cuesta publicar un libro de ciencia ficción en catalán, pero cuando he preguntado directamente a varios editores qué volumen de negocio esperan generar me han respondido con evasivas. Iba a decir que esto es tema para otro debate pero es todo lo contrario: lo es de éste. Si no sabemos claramente qué cuesta una traducción difícilmente se puede resolver el problema de cómo llenar los vacíos en el mercado editorial de la ciencia ficción en catalán. Dejo a un lado el delicado tema de las subvenciones, que quizá sea el verdadero centro del debate.

La propuesta que hago a continuación no va a gustar a nadie e incluso podría escandalizar a muchos. Cojo como caso de estudio al autor inglés Richard K. Morgan, a quien acabo de entrevistar en el Festival 42 y cuya obra conozco íntegramente en el inglés original. Morgan tiene publicadas nueve novelas (https://www.richardkmorgan.com/books-more/), de las que seis han sido traducidas al castellano (una de ellas, Altered Carbon, dos veces por desacuerdo del autor con la primera traducción y rotura de contrato con la editorial). Su trilogía sobre el súper-soldado Takeshi Kovacs, recientemente adaptada por Netflix, está a punto de ser completada en castellano, lengua en la que se puede leer la primera novela (Carbono modificado), la segunda, Ángeles rotos, y muy pronto la tercera, Furias desatadas. También están traducidas su primera novela, Leyes de mercado, y la trilogía de fantasía Sólo el acero, El gélido mando, y La impía oscuridad. En cambio, la novela preferida del autor entre todas las que ha escrito y, para mí, la mejor, Black Man (conocida en Estados Unidos como Th3rteen) probablemente nunca se traducirá al castellano (a no ser, claro está, que Netflix también la adapte). Cuando le insistí a su editor en castellano que esta es una buena obra me contestó que no tiene ninguna duda de que lo es pero se trata de una novela demasiado larga y demasiado poco conocida para que le salga a cuenta traducirla. Se comprende perfectamente. Siempre podría darse el caso de que una editorial mayor se haga cargo de Black Man pero suponiendo que esto no ocurra lanzo una controvertida propuesta: le recomendaría a Morgan, y a todos los autores en situación parecida, que se suscriban a una plataforma de traducción automática, paguen un traductor para hacer una revisión de traducción automática y se auto-publiquen, sea en su propia web o en plataformas como Amazon (o Lektu… o El Biblionauta).

Si ningún editor se interesa por pagar una traducción y publicarla, o no tiene recursos, pienso que Morgan (o cualquier otro autor en una situación parecida) podría seguir el mismo método y auto-publicarse en lengua catalana, o la que escoja. Anticipo las protestas furiosas de editores y traductores, pero, con toda sinceridad, ¿qué debe hacer un autor que quiere encontrar un nuevo mercado en una nueva lengua pero que no encuentra editor? ¿Es justo que una obra se quede sin publicar en otra lengua porque es demasiado cara de traducir o de publicar? Los autores han aceptado hasta ahora las reglas del juego según las cuales un editor extranjero es quien elige comprar los derechos y encargar las traducciones, y seguramente ya tienen trabajo suficiente con escribir como para iniciar nuevas y extrañas aventuras en el mundo del auto- publicación. Que yo sepa, los autores además nunca encargan traducciones, sino que esperan que los editores extranjeros lo hagan porque lógicamente es más barato para ellos. Sin embargo, todo es cuestión de hacer un cálculo de gastos. Si un autor concluye que le vale la pena autopublicar una traducción gestionada por él mismo (o su agente) sea usando traductores humanos o traducción automática revisada, no hay ningún obstáculo para que pueda salir adelante. Todo depende, como digo, de qué gastos quieran asumirse.

No tengo ninguna intención de contrariar a los traductores, gremio profesional que merece todo mi respeto, ni a los editores, pero quizás por culpa de la imaginación de los autores de ciencia ficción muchas cosas están cambiando en el ámbito de la traducción. Tenía la impresión de que el uso de la traducción automática estaba mucho menos extendido de lo que está en instituciones, negocios empresariales y ámbitos profesionales, pero amigos que son traductores profesionales no han tenido inconveniente en explicarme que ahora se dedican básicamente a revisar textos traducidos por IAs. Se podría argumentar que la traducción automática está demasiado poco avanzada como para que no sean necesarias profundas revisiones del texto tan caras como una traducción de raíz pero éste es un obstáculo menguante, como sabemos todos los que usamos traducción automática (quiero decir en tareas no literarias).

La visión de un mundo donde sólo traducen IAs y ningún humano se forma como traductor debería horrorizarnos a todos, y me horroriza muy profundamente pero no tengo más remedio que llamar la atención sobre el problema de hacia dónde avanza la traducción. Tendría una cierta ironía que la ciencia ficción sea el género en el que más puedan proliferar las traducciones automáticas revisadas al catalán, pero sería una ironía coherente con la propia naturaleza de este género. Quizás se pueden poner reglas, de modo que sólo se traduzcan combinando el trabajo de los IAs con trabajo humano las obras que ningún editor quiera publicar, o para las que no se encuentra traductor humano en catalán, pero es verdaderamente una pena que no nos lleguen obras en otras lenguas porque las leyes del mercado editorial lo obstaculizan. Si no hay mercado por algunas obras en algunas lenguas (no hablo sólo del inglés) sería lógico buscar otras estrategias. Éstas, por cierto, deberían ser siempre legales, nunca se puede realizar ninguna traducción al margen de los derechos de los autores sobre su obra. Pensando en los autores opino, como digo, que la traducción automática revisada y la autopublicación son las herramientas más adecuadas.

Si encuentras esta propuesta inaceptable, nos podemos concentrar de momento en la primera propuesta (ver la primera parte de este artículo) y convertir a El Biblionauta en la sede de un consejo políglota de sabios lectores que pueda ayudar a los editores a hacer elecciones beneficiosas para todo el mundo, relativas a qué ciencia ficción se podría traducir al catalán, usando traductores humanos y más allá de la lengua inglesa.

Publico aquí una entrada semanal (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). Los comentarios son muy bienvenidos. Los volúmenes anuales del blog están disponibles en https://ddd.uab.cat/record/116328. Si te interesa echar un vistazo, mi web es https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

EL PROBLEMA DE LAS TRADUCCIONES (Y UN PAR DE SOLUCIONES PROBLEMÁTICAS). PARTE 1: LA SELECCIÓN DE ORIGINALES

Esta es la traducción del texto originalmente publicado en catalán en El Biblionauta en noviembre de 2021.

Es común celebrar de vez en cuando la novedad de la publicación en catalán de obras extranjeras de ciencia ficción o fantasía, pero no tan común reflexionar sobre la dinámica que hace posible que estas obras lleguen a esta lengua, que es la mía junto al castellano. Y al contrario: aunque no tan a menudo, nos alegramos cuando recibimos noticia de la traducción de una obra del fantástico en catalán a una lengua extranjera, a pesar de no saber tampoco cómo se llegan a producir estos pequeños milagros. Abro pues una reflexión sobre este tema que llevará, como se verá, a dos atrevidas propuestas descritas en dos entradas diferentes, de las cuales una seguro que creará polémica (ver la parte 2).

Hasta ahora las cosas funcionan de la siguiente manera: los editores deciden independientemente qué autores y libros quieren traducir al catalán, compran los derechos, encargan una traducción, la hacen corregir, la publican, y la venden al público lector con más o menos éxito. Sin embargo, no hay ningún comité que lleve una lista de obras que sería interesante traducir al catalán (o del catalán a otras lenguas), de modo que en el conjunto de obras traducidas hay siempre importantes carencias tanto de clásicos como de novedades. Algunas obras se tradujeron hace tiempo pero están descatalogadas, otras no se tradujeron en su momento de mayor popularidad y parece que no se traducirán nunca, y autores de actualidad no encuentran quien los publique en catalán incluso cuando son conocidos en su lengua y, por qué no decirlo, en español.

La primera propuesta que hago, pues, consiste en convertir El Biblionauta en sede central de un comité de lectores de ciencia ficción, fantasía y terror en catalán que pueda asesorar a los editores locales y convertir el mercado del libro traducido al catalán en un entorno mucho más coherente de lo que es ahora. Soy consciente de que los lectores somos volátiles y que no siempre compramos los libros que queremos leer (para eso están las bibliotecas, los amigos, y diversos recursos ilegales). Sin embargo, diría que si entre 100 y 300 personas expresan la opinión de que sería deseable traducir ciertos títulos extranjeros los editores catalanes irían más sobre seguro que simplemente fiándose de su propia intuición, o de las ventas al idioma original.

La idea del comité también se puede aplicar a la traducción del catalán a otras lenguas. Cuando traduje al inglés Mecanoscrit del segon origen, novela que ya había sido traducida a otras catorce lenguas pero increíblemente no al inglés, me di cuenta de que ni desde las editoriales, ni desde las instituciones (sea el Institut Ramon Llull o directamente la Conselleria de Cultura) se hace un seguimiento de qué libros catalanes se traducen a otras lenguas. Para ser justos, el IRL sí ofrece una base de datos de libros en catalán que podría ser de interés traducir (https://www.llull.cat/catala/literatura/books_catalan.cfm) pero no es suficientemente específica en relación a la ciencia ficción, la fantasía y el terror. No veo por qué no deberían ser los lectores de El Biblionauta los encargados de gestionar una lista de obras catalanas en estos géneros que sería deseable publicar en otras lenguas. Evidentemente, sería más sencillo que los editores catalanes consulten la lista de obras extranjeras que recomienden los lectores que los editores extranjeros consulten una lista de obras catalanas, pero todo es empezar.

En medio de escribir este artículo tuve el placer de ser espectadora en el nuevo Festival 42 (https://www.barcelona.cat/festival42/es) de la mesa redonda ‘Nuevos clásicos de género en catalán: Un boom con Adams, Dick, Le Guin, Butler, Matheson, King, Poe, Bradbury, Lovecraft y los que vienen…’, moderada por Miquel Codony y con participación de Jordi Casals, Antoni Munné-Jordà, Martí Sales e Isabel del Río. La mesa fue una celebración del trabajo que editoriales como Males Herbes, Mai Més Llibres, Chronos, Laertes, Raig Verd, L’Altra, Periscopi, Pagès, Kalandraka y Edicions SECC, entre otras, están haciendo desde hace unos diez años en dos sentidos: ampliando la lista de traducciones al catalán de clásicos de la ciencia ficción, la fantasía y el terror en lenguas extranjeras y recuperando ediciones descatalogadas, poniéndolas al día. Éste es un trabajo muy loable, sin lugar a dudas pero yo misma fui la encargada de cuestionar un punto muy importante en una breve intervención, cuando protesté, como filóloga inglesa, que el inglés tiene demasiada importancia en el boom del que hablaba la mesa. La palabra ‘clásico’ no se puede limitar a los clásicos de la ciencia ficción anglófona, insistí, pero es de momento lo que está pasando.

No es esta una nueva opinión en mi pensamiento pero sí es cierto que una conversación durante el festival con el editor y novelista italiano Francesco Verso me abrió los ojos aún un poco más. Verso me comentó que, como advierte la web Three Percent de la Universidad de Rochester (https://www.rochester.edu/College/translation/threepercent/about/), sólo el 3% de todos los libros publicados en Estados Unidos son una traducción, incluyendo libros de todos los géneros. Rachel Cordasco, amiga de Verso, lleva una impresionante base de datos con las obras de ficción especulativa traducidas al inglés en su web SF in Translation (https://www.sfintranslation.com/) y acaba de publicar Out of This World: Speculative Fiction in Translation from the Cold War to the New Millennium (2021), descrita como una guía. El propio Verso sigue como editor una política lingüística auténticamente internacional, buscando según me dijo traductores de todas las lenguas posibles y remunerándolos al igual que los traductores del inglés para animarlos a seguir trabajando. La web de su proyecto editorial (https://www.futurefiction.org/) incluye un mapa mundial en el que se pueden encontrar muchos autores fuera del ámbito anglo-americano.

Un problema muy importante, pues, es que ni los lectores ni los editores de ficción de género en catalán sabemos lo suficiente sobre las otras lenguas. Para estar mejor informado se pueden usar recursos como el mapa de Francesco Verso, la web y la guía de Rachel Cordasco, o libros académicos como el de Dale Knickerbocker, Lingua Cosmica: Science Fiction from around the World (2018). Este libro es parte de la creciente ola de interés en el mundo académico anglo-americano por la ficción especulativa en otras lenguas, de la que también es parte el nuevo libro Science Fiction in Translation, editado por Ian Campbell, en el que yo misma participo. En la reseña que hice del volumen de Knickerbocker (https://www.revistahelice.com/revista_textos/n_27/Helice 2019 Otoño-Invierno MARTIN ALEGRE BABEL FISH URGENTLY NEEDED.pdf) me quejé de lo frustrante que es leer un libro de este tipo lleno de sugerencias de lectura muy atractivas pero carentes de traducciones. El editor se quejaba, en cambio, de la carencia de especialistas académicos en ficción especulativa escrita en lenguas que no sean el inglés o en territorios que no sean anglo-americanos (hay por ejemplo ciencia-ficción africana en inglés).

Se entiende perfectamente que el boom actual de traducciones sea básicamente una explosión ligada a los clásicos anglo-americanos porque son los que todos conocemos pero pienso que existe una importante contradicción entre el estatus del catalán como lengua pequeña entre las que se hablan en el mundo, y la escasa atención que prestamos a la ciencia ficción en lenguas parecidas a la nuestra. Esto me lleva a pensar que el comité de sabios lectores del que hablaba debería ser políglota, sino individualmente al menos en su conjunto. Tanto Francesco Verso como mi co-editor en la revista Hélice, Mariano Martín, son políglotas admirables y este dominio de las lenguas les da un conocimiento comparativo del espacio de la ciencia ficción internacional sencillamente incomparable. Sentirlos hace unos días enzarzarse en una conversación sobre ciencia ficción búlgara fue un placer pero, de nuevo, una frustración porque ningún texto está traducido al catalán (ni al castellano).

Llego pues al punto en el que necesito expresar un sentimiento extraño: echo de menos en catalán libros de género (ciencia-ficción, fantasía, terror) escritos en otras lenguas de los que desconozco la existencia. Como me decía Francesco Verso, hemos llegado a una situación a la que se están traduciendo del inglés no sólo clásicos de primera fila sino también obras de segunda y tercera que nos llegan por la potente maquinaria de distribución anglo-americana. Mientras, obras también de primera fila en otras lenguas –sean clásicos o novedades, lenguas grandes o pequeñas– nos pasan desapercibidas tal y como las catalanas pasan desapercibidas entre los lectores internacionales. Comprendo que es demasiado pedir que lectores y editores catalanes nos transformemos de repente en políglotas al corriente de la ciencia ficción publicada en el extranjero más allá de la lengua inglesa, pero es lo que necesitaríamos. O nos lanzamos, o buscamos personas bilingües o políglotas que nos puedan informar y, sobre todo, que pueden traducir al catalán otras tradiciones aún por descubrir.

En la segunda parte de este artículo cuento qué papel podrían jugar las inteligencias artificiales en este proceso. Sigue leyendo…

Publico aquí una entrada semanal (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). Los comentarios son muy bienvenidos. Los volúmenes anuales del blog están disponibles en https://ddd.uab.cat/record/116328. Si te interesa echar un vistazo, mi web es https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

BEING THE OTHER, THE OTHER BEING: MASCULINE INSECURITIES IN MATTHEW HAIG’S THE HUMANS AND BLAKE CROUCH’S DARK MATTER

This is the ten-minute talk I gave last week at the international conference of the Science Fiction Research Association, of which I spoke in my last post. Since we had been given such a short time, I used no secondary sources and focused directly on the two novels I discuss. I was a bit nervous that the paper would seem too informal but nobody complained. So, here it is, with a warning about spoilers.

The exploration of gender in science fiction mostly focuses on women and the LGTBI collective, overlooking heterosexual masculinity, even though most authors have that identity. I consider here what men’s recent science fiction says about this type of masculinity from a critical position informed by Masculinities Studies, though I’ll leave my theoretical framework aside because of time constraints. My focus are two novels set in the present: The Humans (of 2013) by English author Matthew Haig, and Dark Matter (of 2016) by American novelist Blake Crouch. Haig’s novel is a satire and Crouch’s a thriller but, despite their differences, both address a key issue for contemporary masculinity, namely, how to successfully combine the demands of an ambitious career with a pro-feminist family life.

These novels could be Gothic horror about the wife and teen son who gradually realize their husband and father is a stranger. Yet, both are first person narrations that use science fiction (in a light vein) to portray a male individual who needs to understand how men function in the contemporary world. In Haig’s novel, a nameless alien learns to be a caring human man by rejecting the behaviour of the uncaring workaholic it replaces. The family man in Crouch’s novel must defend his well-balanced masculinity from the assault by another uncaring workaholic, his own doppelgänger. Alien and family man have little in common but the authors’ message is similar. Both use science fiction to endorse a positive masculine model, focused on caring for women and children. Neither author explains, though, why a happy family life should involve sacrificing personal careers. In each case, the birth of a son transforms the lives of at least one parent into a less publicly rewarding existence. Arguably, both novels resist above all the impact of parenting on personal life.

In each novel, there is a talented woman who has chosen motherhood over her career but the situation of the husband, both gifted scientists, is different. In The Humans top Cambridge mathematician Andrew Martin is a selfish career man, and a disappointing husband and father, who cheats on his wife Isobel and lacks any empathy for his literally suicidal teen son Gulliver. In Dark Matter, Chicago physicist Jason Dessen is a happy family man, in love with his wife Daniela and in syntony with their son Charlie, unconcerned by having ditched his promising career. Each from their angle, Haig and Crouch are very critical of the workaholic career model that makes family life dysfunctional (or impossible) and that relegates women to a supporting role. In The Humans, workaholic Martin is killed when the alien narrator snatches his body. In Dark Matter Jason2, the doppelgänger, is dispatched for stealing Jason’s family life. In his gentle satire, Haig hints that an alien could be a better English family man than a human male, whereas Crouch has his happy American family man kill in a vicious way the workaholic he might have been.

Neither Haig nor Crouch, however, imagine their scientific male geniuses, for this is what Martin and Dessen are, combining their professions with a rich family life. For both, the arrival of a child at an early stage in their careers is a major crisis which forces them and their partners to make crucial choices. Andrew’s wife Isobel abandons her career as a historian to be a mother and to support her husband’s career, later taking up teaching. The unexpected pregnancy of Jason’s girlfriend Daniela makes them abandon their dream careers –hers as an artist, his in quantum physics–to become teachers, too. When each novel begins, the two couples are in their early forties and have been in their relationships for long: 20 years in Andrew and Isobel’s case, 15 in Jason and Daniela’s case. The novels narrate, then, a sort of mid-life crisis.

To give some more detail, Haig’s novel narrates the efforts of a Vonnadorian sent to Earth to stop Professor Martin from announcing his resolution of the Riemann Hypothesis, as this would fast-forward human progress in ways the aliens mistrust. Martin’s identity is wiped out and his body occupied by the nameless alien, who cannot easily adapt to his new life. The professor’s new oddball behaviour is, of course, attributed to a breakdown caused by overworking. On its side, the body-snatcher resists its orders to kill all who might know of Martin’s mathematical breakthrough. The alien refuses to kill Isobel and Gulliver, though he does murder the rival to whom a boastful Martin communicates his discovery. Taking a look at the many certificates of distinction in this man’s office, the alien feels “thankful to come from a place where personal success was meaningless” (89).

As the alien starts valuing Isobel and Gulliver, it discovers that Martin was totally focused on his career, that his wife was unhappy but unable to divorce him, and that Gulliver cannot cope with being the son of a genius. Enjoying the pleasures of caring for the boy and of being cared for by Isobel (since in its genderless home planet, family and love do not exist), the alien decided to become fully human. The attack of a second murderous alien, however, forces the alien to disclose its real identity. Gulliver takes the revelation well, even with relief. As the alien writes, there was no sentimental scene but the boy “seemed to accept me as an extraterrestrial life form far more easily than he had accepted me as a father” (264). Isobel, though, is shattered by the loss of her new happy family life. After this episode, Haig sends the alien abroad, still posing as Martin. But, being comedy, The Humans ends happily. When Gulliver invites his fake Dad back home, claiming that Isobel misses their life, the alien asks whether she misses the original or the alien Martin. “You,” Gulliver replies. “You’re the one who looked after us” (289). No more is needed.

In Dark Matter, Jason2 comes from the universe where Jason rejected fatherhood, and Daniela aborted. He built there the box that gives access to the multiverse. Successful but lonely, Jason2 starts seeking the life that Jason and Daniela enjoy with Charlie. As Jason comments, “If I represent the pinnacle of family success for all the Jason Dessens, Jason2 represents the professional and creative apex. We’re opposite poles of the same man, and I suppose it isn’t a coincidence that Jason2 sought out my life from the infinite possibilities available” (265). Jason2 kidnaps Jason and, wrongly assuming he will be thrilled to take his place as a single career man, swaps lives with him. In fact, Jason is shattered and only uses the box to get back home and terminate his usurper. Daniela and Charlie take Jason’s eventual revelation that they have been living (for a month) with Jason2 just with mild puzzlement. Yet, despite the reassurances of wife and son that Jason2 was not better than him, a certain doubt lingers. Since Jason’s family never really distrusts this other man (Daniela is, in fact, thrilled with their renewed passion), it appears that Jason is replaceable. Jason is robbed of his life but Jason2 is, on the whole, a good enough replacement, as if Jason’s roles as husband and father were just performances and not an expression of a deeply-felt identity.

To sum up, Haig and Crouch use science fiction to reject the workaholic male genius who refuses to be a good family man. Martin is flippantly replaced by an alien who is better at performing human masculinity than he ever was. As for Jason, by killing Jason2 he eliminates his workaholic self and regains his lost happy family life. Crouch, though, cannot wholly erase the impression that this man is replaceable because he can never prove that Jason is unique. Ultimately, whether a man is selfish or caring, his choices may make him vulnerable. In Haig’s and Crouch’s novels, the ‘other being’ embodies the choices not taken and men’s struggle to combine professional ambition and rewarding family life. It is, therefore, important to highlight science fiction’s contribution to the discussion of these male anxieties. I hope you agree!

I publish a post once a week (follow @SaraMartinUAB). Comments are very welcome! Download the yearly volumes from https://ddd.uab.cat/record/116328. Visit my website https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

IS SCIENCE FICTION RESPONSIBLE FOR IMAGINING THE FUTURE? POSSIBLY…

I’ve been attending these days in fits and starts the Science Fiction Research Association’s international conference, conditioned by the six-hour difference with Toronto, where the hosting institution (Seneca College) is located. Fifteen months into the pandemic I needn’t say how impossible it is to listen to anybody speak on Zoom, or similar, without either multitasking or disconnecting after five minutes. I may doodle like I’m possessed when I listen to papers delivered in person, but it is just beyond me to get used to streaming. I pity our poor students! And, no, unlike what you might expect, science-fiction conferences do not happen in an advanced virtual reality environment where we can project our ultra-realistic yet fantastic avatars, as if this were Ready Player One’s immersive universe OASIS. At most, you get funny backgrounds. A keynote speaker had chosen, for mysterious reasons, a gorgeous photo of a process of in vitro fecundation. Another was floating in outer space.

The main theme of the conference has been ‘The Future as/of Inequality’, so you can be sure that there has been much talk of class (in my case of middle-class men’s fears of not doing well as family men). Even so, I would say that the main keywords, or buzzwords, in the sessions I have attended were ‘race’ and ‘dystopia’. I wish the papers had dealt with how utopia will be reached in a post-racial future civilization, but most dealt with the extension into a long-lasting dystopia of the same racial issues negatively affecting so many people today. The number of authors and main characters other than white has grown spectacularly in recent science fiction, but many (or even most) are battling conflicts so deeply rooted in current racism that no utopian horizon is emerging for anyone of any skin colour.

The most interesting panel I attended had contributions by two of the most admirable scholars in science fiction (yes, I said admirable because I admire them): Mark Bould and Sherryl Vint. This came after the keynote lecture by Lars Schmeink in which he described the connections between the current theorization of capitalism–such as surveillance capitalism, the concept popularized by Shoshana Zuboff in her eponymous book, and others, such as Susan Lettow’s biocapitalism–and current science fiction. I had a feeling of déjà vu, having heard plenty in the 1980s about how corporations might replace nations in the 21st century as de jure and de facto global organizations. William Gibson ranted all he wanted in his cyberpunk novels about the boundless power of zaibatsus, when it seemed that Japan would soon dominate the world (whatever happened to Japan?). And if I recall correctly, in Marge Piercy’s He, She and It (1991) the characters’ citizenship was granted by the corporations they worked for (as if I were an Autonomous University citizen rather than a citizen of the Spanish kingdom). But back to Bould and Vint: they discussed whether science fiction should and could operate beyond capitalism both in its means of production and the content of the stories. Their views were similar yet quite different. You’ll see.

There is something definitely hypocritical, I think, in telling tales of corporate dystopia while being published or broadcast by immense corporations. As Mark Bould insisted, science fiction should be free of commodification in order to be a true contributor to a future which could imagine life beyond corporate dystopia. Schmeink quoted Ursula Le Guin’s famous saying “We live in capitalism. Its power seems inescapable. So did the divine right of kings. Any human power can be resisted and changed by human beings. Resistance and change often begin in art, and very often in our art, the art of words”. This optimistic view appears to agree with Bould’s faith in science fiction but, of course, Le Guin does not explain how ‘the art of words’ can undermine the corporate monster from inside. We know that capitalism, in fact, can turn anything into a commodity, including resistance (the first example that has come to my mind is the fortune someone must have made selling t-shirts with the photo of Che Guevara).

Bould suggested something along the lines of perhaps turning science fiction into a kind of “collective folk art” as, to name an instance, ballads once were. Bould, who co-edited with British author China Miéville the volume Red Planets: Marxism and Science Fiction (2009), is surely aware of Miéville’s alternative proposal that authors are paid a salary by the state, which has always raised many eyebrows but seems fairer than having another job as you produce fiction in hippie-folkish (or Elizabethan aristo) style. Being myself an author paid by the Spanish state to write (also to teach, of course), I see Miéville’s point–though I wonder how authors would be selected, and if writing science fiction would be considered a merit. Anyway, Bould complained that “science fiction is everywhere but not evenly distributed” and called for an end to its commodification. My view, however, is that this goal is as difficult as making academic work truly open access, and not yet another corporate product (or what did you think it is?).

Sherryl Vint’s argumentation was more anti-corporation in the sense that she not only questioned how corporations force everything, including sf, to be commodified, but also how the nightmarish world that corporations have created has colonized sf’s imagination of the future and also our present. Her main target were the white, male, US billionaires whose visions of an ultra-monetized future we are all following like sheep to the slaughter, and how they are presenting those visions not as the opposite of the future science fiction has imagined but as its realization. To give you an example, Elon Musk is selling Neuralink–a project to connect human brains to computers–as the realization of Iain M. Banks’s neural laces in the Culture novels, calling himself a fan. Conveniently, though, Musk forgets that the Culture is a post-capitalist, post-scarcity civilization where guys like him would be socially ostracized. So, yes, I’m with Sherryl Vint in this urgent need to vehemently deny that the future to which Musk and company are dragging us is a utopian science-fictional future, and the only possible one. We must “resist the occupation of sf by all these corporations and alt-right groups”, she said, and reject all the “bad forms of using sf”. These are, I believe, dominant in the stylish but trashy sf served by the streaming platforms, cinema and videogames (less so in print fiction), overwhelmingly at the service of convincing earthlings that despite the unstoppable onslaught of climate change and other man-made disasters they must buy the latest i-phone and change their gas-powered car for a Tesla.

I have already expressed here several times that as academics we can contribute to altering the path of science fiction by writing about the works that promote positive change, and eschew the dystopian texts. I am, however, in a minority of one (or of very few), and run besides the risk of having nothing to write about if the sf I am reading and seeing these days continues in this dystopian vein. As plain consumers and as academics we can make demands on writers, showrunners, filmmakers and videogame designers to move beyond the ‘strong-hero-battles-corporation’ scenario, as we are managing to get better gender and racial inclusiveness. I’m sure that corporations are to blame a great deal for their insistence on destroying the planet as they sell us parasitical, useless objects and services but each of us contributes their share. Including myself. For instance, have spent this morning twenty euros to buy from Amazon Kim Stanley Robinson’s novel The Ministry of the Future, hypocritically ignoring that this contributes more to enriching Jeff Bezos than to furthering Robinson’s crusade for utopia (I don’t think, however, that Robinson would appreciate the idea of sf as a folk product).

I am working on something completely unrelated to sf, connected with recent American politics, and listening yesterday to Senator Cory Booker speak to Jimmy Kimmel, I realized what we’re missing and this man has in great quantities: positivity. Someone commented on YouTube that listening to Booker and to Donald Trump made you wonder how they could belong to the same species. Well, Trump is a main generator of dystopia whereas Booker has made a point of turning his personal sunniness into positive politics aimed at increasing US citizens’ welfare. I am not saying that Booker should write science fiction (or perhaps he should!): what I am saying is that science fiction has lost all its optimism and that generally speaking optimism is defended by very few (like Booker). Because of this science fiction is now an almost useless tool to fashion not only utopia but even a workable plan for the next decade. Hearing my twelve-year-old niece say recently that she does not want to have children because she herself has a very difficult future ahead breaks my heart. I wish I could tell her ‘don’t be silly, your future will be great!’ (I would never tell anyone ‘do have children’, that’s their choice!) but I just cannot illustrate this promise with any text, science fictional or otherwise. We seem to have lost in the attack against the false universalism of traditional sf the ability to build new worlds without inequality.

I’ll finish with a remark someone made in the conference: the problem is that we, middle-aged white baby boomers, do not want to give up our privileges and share our wealth with other generations and other nations. This is not a new discourse, but I was dismayed to hear it in a science-fiction conference because it is divisive and because Earth has resources to make everyone’s lives better, if only we get rid of the billionaires. I don’t mean killing them and using them for compost, as someone’s bad joke went, but putting a cap to personal earnings. One of the biggest lies of capitalism is that without the incentive of making money individuals do not exert their best talents–the defunct Soviet Union is often quoted as an example of how lack of personal gain-based initiative undermines nations. Yet, as long as the world is run by a cadre of billionaires (American or Chinese, I don’t care) and their corporations the future will be dominated by inequality. As for Le Guin’s words, someone did imagine what the future would be like without the absolute right of kings, but the problem is that we cannot imagine, having horrendously failed with communism, what will replace capitalism. She suggested smaller, rural communities with limited technology based on mutual aid, but I don’t quite see that. I see full automation generating income that guarantees universal freedom from the worst kind of jobs–but that for many is dystopia.

Let’s ask science-fiction writers to come up with new ideas, and help them to rethink the future. It is our duty, as much as theirs.

I publish a post once a week (follow @SaraMartinUAB). Comments are very welcome! Download the yearly volumes from https://ddd.uab.cat/record/116328. Visit my website https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

NO PLANS FOR THE FUTURE?: MASCULINITY IN SCIENCE FICTION

This is a self-translation of my part of the article originally in Catalan which I have just published with Miquel Codony on the website El Biblionauta. I have not translated Miquel’s section but comment on it at the end of my own text.

I have been working on gender and science fiction for a long time from a feminist point of view and I need, therefore, to constantly reflect on the place of women authors and on the representation of female characters in this field. In 2008 I published an introductory piece on this subject, “Mujeres y ciencia ficción”, which was followed by a more formal article in 2010, with a very similar title, “Mujeres en la literatura de ciencia ficción: entre la escritura y el feminismo”. I have recently written the article originally in Catalan “The ethical impact of robotics and digital technologies: Carme Torras, from The Vestigial Heart to Enxarxats” –for the monographic issue of the Catalan Review on current Catalan SF, which I currently co-edit with Víctor Martínez-Gil and should be published in 2022– and in this article I make the first academic reflection on the place of women in this genre and in this language. According to my own figures, the Catalan female authors of SF are around 20-25% of the total and, thus, you can speak without a doubt about women’s Catalan SF.

The problem is that when thinking about women and femininity, we tend to lose sight of how men treat masculinity and whether there have been recent changes. I’ve been doing Masculinity Studies for a couple of decades now, but I didn’t understand a very important question until I wrote in 2016 an article about Black Man (2007), a remarkable novel by British author Richard K. Morgan, known for the trilogy about Takeshi Kovacs (Altered Carbon 2002, Broken Angels 2003, Woken Furies 2005). I complained in this article that Morgan allows his monstrous hero, Carl Marsalis, to make a deep and totally pertinent reflection on the patriarchal evil that power-hungry men do, but he does not let this man seek justice for all, only allowing him to take revenge at a personal level. The author told me in an interview that all his heroes are great individualists, but when one of the peer reviewers of my article (published in Science Fiction Studies) asked me why it was not possible to imagine Marsalis as the leader of a social change beyond what Morgan claimed, I finally realized that this is the main question: while women often feel attracted to science fiction because it imagines a better future for us, which we might call post-feminist, men do not have a vision for the future about masculinity nor plans to change it, which is why they are trapped in the individualist vision Morgan expresses even when they have a clear anti-patriarchal stance. Most women, I would add, are striving to achieve the utopia promised by feminism, but men do not have a utopian horizon that motivates them to improve for the future as men. There are simply no plans.

Traditional Golden Age science fiction fulfilled part of this function, full as it was of scientific heroes and space explorers who inspired many young readers personally and professionally. I think, however, that since the 1950s there are already signs that something was breaking in the field of masculinity, perhaps related to the massive trauma of World War II, a conflict which transformed many ordinary good men into murderers but forced them to keep silent about how they felt (the Vietnam War ended this enforced silence). This had already happened in World War I but the scale of WWII was bigger and included, let’s not forget, Hiroshima and Nagasaki. It is no coincidence, I think, that one of the most unpleasant male characters I have ever come across is neurosurgeon and World War III (yes, III) refugee Dr. Martine in Bernard Wolfe’s novel Limbo (1952, available in the SF Masterworks collection). I haven’t checked my hypothesis in depth but my impression is that the portrait of male characters in SF has never recovered the positive tone of the technophilic science fiction from the Golden Age, and never will.

One might think that this issue is closely related to the emergence of second-wave feminism in the mid-1960s and the revolution that texts such as Ursula K. Le Guin’s The Left Hand of Darkness (1969) meant from the 1970s onward in the treatment of gender. I think, however, that the war waged by the female authors has never consisted of attacking the representation of masculinity in their works (well, some have done that) but mostly of improving the view of femininity in the SF by men. And I think this is a war that has been won. I still find sexism and misogyny in some of the 21st century SF novels written by men, with presentations of female characters that refer to their body and sexuality above all else, but in general professional, efficient, strong women abound in all these imaginary futures. David Weber, the American author of military SF, has a long series of fourteen novels (begun in 1992) about Officer Honor Harrington, a woman who climbs up the ranks of the Space Fleet to the highest level. It could be said that women like Harrington are essentially male characters with a woman’s body, but what matters here is that both Weber and many other male authors are perfectly capable of writing SF about female characters admired by men and women. On the contrary, that men write SF about admirable men no longer happens, or seldom.

Richard Morgan told me that his heroes are dangerous men I wouldn’t want to have coffee with, and since that conversation I run the ‘coffee test’ whenever I read a SF novel starring a man –would I want to meet him for coffee? I would certainly like to meet Miles Vorkosigan, protagonist of the very long saga published since 1986 by Lois McMaster Bujold; Fassin Taak, hero of Iain M. Banks’s The Algebraist (2008); and Fitz Wahram, the main male character of 2312 (2012), a novel by Kim Stanley Robinson. The rest of them don’t interest me that much, or disturb me, or scare me… Without going so far, these are in many cases men with serious deficiencies when it comes to socializing, almost always clumsy in relations with women, and with a not very seductive profile. Some still play heroic roles, such as Pandora’s Star’s Wilson Kime (2004) by Peter Hamilton, or Jim Holden from James S. A. Corey’s series Expanse (2011-), but not many more; and I should certainly mention the serious shortcomings of these and other male characters. Holden, for instance, congratulates himself on his honourability in a scene from Leviathan Wakes (2011) in which he celebrates not having abused sexually a woman under his command who is too drunk to give her consent. Ramez Naan’s Nexus (2012) begins with a distasteful scene in which the protagonist Kaden Lane, presented as an engineering genius, practically rapes the woman he is having sex with. I’m frankly surprised at how many male protagonists are not people I would like to meet and the question is whether this is a shared impression (it is for many GoodReads readers). Where, in short, are the great male characters of 21st century SF, the men of the future?

In fact, I would say that the authors are using SF not to imagine a positive and admirable future for masculinity but to deal with the insecurities and fears of today’s men. For example, in Blake Crouch’s Dark Matter (2016), physicist and engineer Jason Dessen has a very bad time trying to return to the universe where he is a good father and husband when he is impersonated by another man. In Charles Yu’s How to Live Safely in a Science Fictional Universe (2010), the protagonist —who also goes by the name Charles Yu— is stalled in a temporary loop he cannot leave unless he finds his father, lost in another temporary loop. In Spin (2005), Robert Charles Wilson’s beautiful novel, melancholic Tyler Dupree can’t get the woman he loves (and who loves him) because he doesn’t know how to make her see that nothing really separates them. In Peter Watts’ Blindsight (2006), Siri Keeton loses half his brain to prevent deep epilepsy and the result is a man who understands the patterns of human behaviour but feels no empathy at all. I could go on… Perhaps the worst thing is that when authors try to write an attractive hero in the old style, with self-confidence and even personal beauty, this either sounds false or results in totally unbearable types, such as the repellent Darrow in Pierce Brown’s Red Rising (2014). And if you liked Ernest Cline’s Ready Player One (2011) I am sorry to say that in Ready Player Two (2020) the rather nice hero Wade Watts becomes a dangerous, selfish man that totally outdoes Elon Musk with his supposedly benevolent plans for world domination.

Since here I am talking about science fiction originally in English because this is the territory which I know better I invited my Biblionauta colleague Miquel Codony to give his view of Catalan SF for the article, which then became a joint effort. Miquel found in Michelíada (2015) by Antoni Munné-Jordà (a clever retelling of the Homeric Illiad) and in the space opera Adzum i els monoculars (2020) by Sergi G. Oset, a satirical vein opposing heroic hypermasculinization. He also found humour, in this case at the expense of the anti-hero trapped by apocalyptic catastrophe, in Marc Pastor’s L’any de la plaga (2010). Miquel also mentions “a sophistication of the emotional scenarios” usually allowed to male characters in alternate history within Catalan SF, highlighting Els ambaixadors (2014) by Albert Villaró and Jo soc aquell que va matar Franco (2018) by Joan-Lluís Lluís. His conclusion is that the representation of the male characters by male authors in Catalan SF is now “being filled with nuances and variations that respond to a transformation —without direction, perhaps, chaotic and insufficient— of the meaning of one’s own perception of masculinity in our society”. I find this extremely perceptive and helpful.

My questions might not be the relevant questions –indeed, I asked myself as I wrote why SF male authors should be made responsible for regenerating masculinity, since nobody else seems to be interested (except women!). I’ll finish by citing Raewyn Connell’s classic Masculinities (2005). “In the first moment of Men’s Liberation,” by which she means the 1970s and 1980s, “activists could believe themselves borne forward on a tidal wave of historical change. The wave broke, and no means of further progress was left on the beach”. What follows is quite harsh: “We now speak of a ‘men’s movement’ partly from politeness, and partly because certain activities have the form of a social movement. But taking a cool look around the political scenery of the industrial capitalist world, we must conclude that the project of transforming masculinity has almost no political weight at all –no leverage on public policy, no organizational resources, no popular base and no presence in mass culture (except as a footnote to feminism in a critique of the excesses of masculinity therapy)» (241). No wonder, then, that not even the SF written by men can imagine a bright future for a renewed masculinity, finally free from patriarchy.

I publish a post once a week (follow @SaraMartinUAB). Comments are very welcome! Download the yearly volumes from https://ddd.uab.cat/record/116328. Visit my website https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

DON’T WE MEAN MAMMALS WHEN WE SAY ANIMALS? READING SHERRYL VINT’S ANIMAL ALTERITY: SCIENCE FICTION AND THE QUESTION OF THE ANIMAL

In her introduction to her indispensable monograph Animal Alterity: Science Fiction and the Question of the Animal (2010, Liverpool UP) Sherryl Vint writes that “Part of the rethinking the human-animal boundary, then, is recognising the embodied nature of human existence, that Homo Sapiens is a creature of the same biological origin as the plethora of species we label ‘animal’ and that we have greater or lesser degrees of kinship and common experience with them” (8). Thus, she argues, “In reconnecting with animals, we are also reconnecting with our embodied being, what might be thought of as our animal nature” (9).

This type of argumentation, developed among others by Rosi Braidotti, Dona Haraway and a long list on key names in Human-Animal Studies has allowed us to speak of animal rights by analogy with human rights. I would say that this is plain common sense, yet I was flabbergasted to hear one of my colleagues guffaw at the notion and counter-argue that animals can have no rights because rights must be accompanied by duties. We told him that animals have rights just as children do: because they need protection and not because they are expected to fulfil any duties. Supposing we get to that point, as Vint notes, “A future of human-animal dialogue will require humans to accept their responsibility for acts of exploitation and abuse” (86), a responsibility that, although in different ways, also extends to the appalling mistreatment of children.

The issue I want to address here today is quite simple: when we speak of animals, don’t we really mean mammals? Make the experiment, just say ‘animal’ and tell me what you see. Funnily, I see four legs that most often result in the image of a dog, sometimes a cat, a horse, a wolf… I don’t think immediately of a bird, or a reptile, much less an insect and even less of crustaceans. If you say ‘animal’ and the first image that comes to your mind is that of a crab, fine, but then perhaps the question is that ‘animal’ is too big a category and, hence, human-animal relationships a concept that needs to be more nuanced. Surely, our relationship with dogs has nothing to do with our relationship with mosquitos, nor do we ever think of animal rights applying to lice.

I didn’t know that the Spanish word ‘animalista’, still not accepted by the really absurd Real Academia de la Lengua in its dictionary, has a false friend in English: ‘animalist’, which means, according to the Wiktionary, “One who believes in the dominance of man’s animal nature in behaviour. A sensualist”. I use here ‘animalist’ in the sense of ‘animal liberationist’ to claim that though I am an animal rights defender, I have received a very poor education in animal issues and I’m not at all a real animalist. My mother was convinced that her younger brother had caught typhoid fever from a stray she-cat who bit him (the Salmonella typhi bacteria is actually transmitted by lice and flea, which may have infested the cat) and she instilled in my siblings and I a horror of any contact with animals, which I have not really overcome. I have never had a pet, except for a short-lived goldfish, and you will not catch me petting any dog or cat, no matter how lovely I find them. I do share part of my home with the bees, butterflies, birds, lizards, spiders and insects that visit my plants and that I quite enjoy watching (not the mosquitos!) but that’s about it. I’m afraid that I eat meat and consume dairy products, though not as frequently as I used to and even though I enjoy vegetarian and vegan cuisine I don’t see myself consuming them exclusively. Going to the market has its moments of deep revulsion for me, like yesterday trying to ignore the carcasses of skinned rabbits in the poultry stall. And I would totally agree to have zoos suppressed and any associated research done in the wild. That’s the limited extent of my commitment to animal liberation.

Vint’s book has opened my eyes to how science fiction dreams of communication with aliens from outer space because, as noted, any communication with animals needs to face the ugly issue of our ceaseless exploitation of animals, from direct consumption to their anthropomorphised use in fables, fairy tales, and children’s fiction, passing through lab experimentation or their use as beasts of burden. Vint refers to diverse sf short stories in which animals and humans manage to communicate but the conversation is far from friendly. We suppose that if our pets could talk they would express feelings of tenderness and appreciation for us but it is obvious that not even the most pampered dog or cat in the world would meet their owners’ expectations. Perhaps if animals really could speak we would soon wish they kept silent, for they would have very few kind words for us. They would complain about their enslavement. Hence, Vint argues, our preference for the myriad alien species of science fiction, most of which (whom?) are clearly based on animals. The many reverse plots of conquest, beginning with Wells’s War of the Worlds, amplify our fears and assuage our guilt as we fantasize about what it would be like to be on the receiving end, overpowered by a master species of aliens that would treat us as we treat animals.

I have written here about the current Covid-19 crisis as an alien invasion and I still think that the way things are unfolding, with the figures for infected individuals and casualties mounting sharply on a daily basis all over the world, this is a very bad sci-fi B-movie. Viruses, I must clarify, are not living creatures but “free forms of DNA or RNA that can’t replicate on their own” and that need a host to survive (https://www.livescience.com/58018-are-viruses-alive.html). They cannot really be said to be alive because they do not obey the seven rules of life: “all living beings must be able to respond to stimuli; grow over time; produce offspring; maintain a stable body temperature; metabolize energy; consist of one or more cells; and adapt to their environment”. Viruses have genetic material but are not at all like bacteria and left to their own devices they remain inert. They appear to be descended from ancient RNA molecules that “lost the capability to self-replicate” for unknown reasons, hence their parasitical grafting onto complex living organisms whose cellular reproductive capacities they hijack. Who would have thought, after so much debating on the sentience of animals and AIs, and so much imagining complex aliens, that human civilization would be on its knees because of a dumb non-living piece of genetic code just trying to survive?

Viruses and bacteria (which are neither animals nor plants because they are “single-celled, prokaryotic organisms in comparison to animals and plants which are multicellular, eukaryotic organisms”, https://australian.museum/learn/species-identification/ask-an-expert/are-bacteria-plants-or-animals/) do not occupy any room in Vint’s book perhaps because our relationship with them deserves a separate volume –and now possibly thousands of them considering this supposed ‘new normality’ which does not materialize. This leads me to the matter of size, which I think is totally underplayed in our relationship with animals. What is driving us crazy these days is that Covid-19, like any other virus, cannot be seen by human eyes, which is why most of us are wearing masks to protect us from infection. Allow me to be stupid once more and let me ask you to imagine how different things would be right now if Covid-19 was the size of a butterfly. And the other way round: we find butterflies harmless and beautiful because they are small, but try to think of a butterfly the size of a German shepherd and now tell me whether you’d welcome any in your garden. We love whales and elephants but this is because they are harmless to us.

Vint refers often to how this animal alterity is a relatively new situation caused by urbanisation; she cites a study which discovered that some American kids draw six-legged chickens because the drumsticks they eat at home come in packs of six at the supermarket. This is certainly an aberration, like our having pushed slaughterhouses out of city centres, out of the sight of the consumers who cannot identify which part of the animal they are eating anymore. However, I do not quite see what the target situation is for animal activism, which appears to be again, too little nuanced in this respect. I think that there is a mixture of targets, actually, perhaps not wholly realistic or compatible with each other. Stopping animal consumption is one, with veganism as an ever more popular option (but wouldn’t this make current cattle disappear eventually?). Stopping animal experimentation is another (or at least, stopping unnecessary experimentation that has nothing to do with health issues). Stopping extinction and protecting wildlife is another, though whether nature can be ‘natural’ again is a major doubt. Maybe it is already post-natural.

Then there is the matter of being eaten. One of my doctoral students is working on a dissertation on that topic and Vint certainly addresses it in her book. To my surprise, there is much more than I had ever imagined on the experience of persons who have survived situations in which they were prey, I mean books and documentaries. Recently, a woman was killed by a white shark off the coast of Maine, more or less where Peter Benchley set his best-selling novel Jaws, the one that inspired Spielberg’s blockbuster. I am all in favour of protecting species and their habitats, and correcting the misinterpretations of animal behaviour (white sharks are not the evil monsters of the film) but every time I watch a nature documentary there comes that moment when a predator attacks a lesser animal seen being devoured still alive in all detail. I am not saying that nature red in tooth and claw is not worth fighting for, what I am saying is that I find that aspect of nature often too sanitized in accounts of animal activism.

I’m going back then to my initial question: when we say ‘animal’ don’t we really mean mammal? Shouldn’t we distinguish in a more nuanced way how we relate to fellow mammals rather than insects and birds? And within this more nuanced positioning, shouldn’t we consider how our relation with the animals we eat and exploit is very different from that with the animals that prey on us, from mosquitos to white sharks? And how about viruses and bacteria? They are also natural… I don’t know what the alternative for the word ‘animal’ might be but as it is used today I just find it too unspecific, too abstract. No wonder some people are confused and think of animals as beings that cannot have rights because they have no duties…

I publish a post once a week (follow @SaraMartinUAB). Comments are very welcome! Download the yearly volumes from https://ddd.uab.cat/record/116328. Visit my website https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

THE ELUSIVE MATTER OF THE IMAGINATION: TOO FRAIL TO TOUCH?

This post is going to sound a bit cloak-and-dagger since I have decided not to name the author whose opinions I’ll discuss here, in order to respect ‘their’ privacy. The art of sending emails to persons one has not met is a delicate one and in this case it has failed me totally, for which I’m very sorry indeed. I read during the Christmas break a most beautiful volume on creative writing aimed at budding authors interested in fantasy, science fiction, and gothic. By beautiful I mean that the volume has an amazing design, with plenty of illustrations, but also that the content is a gem, for it has contributions by an exciting list of authors and insights by the volume coordinator into the practice of writing fiction which must be eye-openers for all of us, teachers of Literature.

For a long time now, I have been taking any chances that come my way to ask writers about the technical aspects of their craft which, I think, we are overlooking in our obsession with identity matters and, generally speaking, content rather than writing in narrative. Author Richard K. Morgan posted in his website my interview with him about his novel Black Man and someone sent in a positive comment calling it a ‘making of’ style document. From that I got the idea of actually using this concept and I asked my good friend Carme Torras to let me interview her on her novel Enxarxats. She was extremely patient and gracious with my many questions. The resulting interview has been made available this week as a bonus feature of the e-book edition of her novel. Of course, a ‘making of interview’ needs to be read after the novel it explores has been read, since it is full of spoilers. I think of it as the kind of information that many readers are curious about just as spectators are curious about how movies are made. The idea is going beyond ‘where did you get your inspiration for the novel from?’ that journalists ask in promotional interviews and into much deeper waters.

Well, I sent the author I will not name an email praising the volume I had just read to high heavens. I described my ‘making of’ approach, and expressed my frustration that there are no volumes from writers exploring in more depth where the capacity to fantasise comes from, and why authors are divided into realists and fantasists. I do not mean following Freudian or neurobiological methodologies but as a matter of sitting down and considering the sources of the strange daydreaming which is the foundation of their work. I must say that the author in question does offer a notable amount of reflection on how the technical problems attached to writing specific scenes are handled but not about why fantastic storytelling is a skill that only a minority of human beings possess. In short, there is in the volume plenty of great advice once you know what kind of fantastic story you want to tell but no interest in examining why and how the authors of fantastic fiction come up with their singular plots. As a reader I would like to know, for it seems to me that departing from the mundane to risk narrating the imaginary takes a lot of courage. Coming up with Elizabeth Bennet and Darcy is far easier than making Victor Frankenstein and his creature plausible, if you get my drift.

Alas!, my email message did not go down well. I was told by the author that if the imagination is dissected (original wording) it might resist being summoned up. My mission, this person told me, cannot help anyone to produce better writing because authors should never compromise the organic construction that novels are and readers should be satisfied with the immersive experience of reading. What needs to be discussed, I was lectured on, is not the imagination but the technique and the conscious impulses it transforms into good narrative. I replied that I totally disagreed, and thanked this person for the time used in replying to my email. I come to the conclusion that I have ruffled feathers already ruffled most likely by a pro-Freudian academic, hence the emphasis on the conscious impulses.

What I would have explained if the chance had arisen is that that is precisely what I am interested in: how authors go from ‘I have this crazy idea, who knows where it comes from?’ to ‘now, this is the structure I need to tell the story’. I very much respect the mystery of the imagination, hence my interest in it, but if you think about it I am simply following what William Wordsworth and Samuel Coleridge did in the famous preface to the Lyrical Ballads, or Mary Shelley in the preface to the second edition of Frankenstein. I firmly think that many authors and many readers would welcome the chance to have ‘making of interviews’ accessible, and many academics would be keen to produce them. The imagination cannot be such a frail flower that its bloom is lost at the merest touch, excuse the corny metaphor.

So, now that I have let steam off, let me tell you about a few constants in fantastic authors’ declarations about their craft that scholarly work is not addressing at all, either from a formalist or a political perspective:

1. (my favourite): the best writing feels as if you’re a medium channelling a story that tells itself (a constant from Tolkien to Gaiman, etc). This is often followed by a disquieting ‘as if’: as if the stories come from a parallel universe authors tap into. You may invoke Jung at this point but that still would not explain why only some persons are gifted with that ability to connect with this suspected multiverse.

2. the authors of the fantastic (fantasy, sf, gothic) tend to be far more prolific than realist authors. This has nothing to do with lower quality standards but with the potency of their imaginations. Many speak of being happiest if left alone with their fantasy world and of writing every single day of the year, as if (another ‘as if’) losing touch with their inner storytelling sources would cause withdrawal syndrome.

3. most authors in this genre are ‘travellers’ rather than ‘planners’: they usually start their journey when a scene or a character command it, and sometimes work without knowing how the novel will end though they prefer knowing in advance. Authors who have it all planned down to the last comma and just fill in the dots are frowned upon. Writing is understood as a process of self-discovery: ‘Fancy what my mind has come up with!’ would approximate the feeling I am trying to describe, which is (I think) the root of the pleasure in (fantastic) writing.

4. this does not mean that the writing is not subjected to plenty of revision, including the throwing away of whole intermediate versions; I will name again the matter of plausibility: if making characters and situations convincing in realist fiction is hard enough, try to imagine what it is to give credibility to what simply does not exist in real life. Many authors note that a major frustration is how the final result, no matter how good, can never approach the mental impression produced by the original daydreaming.

5. characters are, obviously, the key to this process. Two ‘mysteries’ about characters (in all kinds of fiction): what do authors mean when they say that characters make autonomous decisions? And, this is a caveat: in order to be a storyteller you really must be interested in people, for without a set of solid characters you cannot engage your reader’s interest. In fact, a constant complaint against contemporary fiction of any kind is that characterization is weak, or that protagonists are not likeable people –at worst, both. I would add the matter of description. In the novel which I have just read (Colson Whitehead’s zombie tale Zone One) we learn that the male protagonist is black only in the last 35 pages. We never know his name and he goes by the nickname Mark Spitz (a white American star swimmer of the 1970s). This has wreaked havoc with my visualization of the story for I could see in all detail the zombies chomping on their poor victims but not the person I was supposed to sympathise with. On the other hand, I was much surprised by author David Weber’s declaration that he didn’t choose a woman as the protagonist of his Honorverse, the space opera series about Honor Harrington: “I didn’t set out to do it because I thought that it was especially politically sensitive on my part or because I thought it was likely to strike a chord with female readership or be a financial success. It was just the way that the character first presented herself” (https://www.wildviolet.net/live_steel/david_weber.html). Fair enough, and I’m sure Weber does not want to know where Honor comes from but, still, he can be asked about specific aspects of her characterization as a military hero with no risk to his imagination.

6. dramatized scenes are the backbone of novels – this is obvious, isn’t it?, but do we really see novels in this way? In essence, then, a novelist is that little kid with a figurine in each hand voicing each invented character in turn against the background of a plot that grows as their interaction expands. Narrative is a lot like puppetry, then. I find, however, that while the narrator’s voice interests many scholars, the construction of scenes and dialogue is not a major source of interest. This may get worse because conversation is dying out, pushed to the sides by the constant use of social media. In science fiction novels set in the future people still communicate face to face, which suggests that authors do not think that social media will gobble up dialogue – but maybe that’s the wrong representation of the future…

In the volume I so much admire but will not mention there is a strange moment. An author reports a conversation with a friend who is a neurologist and who claims she has no imagination whatsoever and could never tell a story. The author cannot understand this deficiency and somehow thinks that the friend is wrong about her own lack of storytelling abilities. Some teachers of Literature are also narrators but most of us lack the ability to tell a story, which is why we are in awe of those who can perform the feat (well, of the best ones whose work we love). What the email I got reveals, though, is that not at all authors enjoy our interest in their craft and even see us as a danger because of our insistence on offering ‘clinical’ analysis. This makes me feel quite nervous, to be honest, concerning what we are doing in our research. I thought I was working to send the message that the fantastic is one of the best creations of the human mind but perhaps I am the middle-person writers and readers can do without, thank you very much. I hope not…

I publish a post once a week (follow @SaraMartinUAB). Comments are very welcome! Download the yearly volumes from: https://ddd.uab.cat/record/116328. My web: https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

MARY SHELLEY’S (HIDEOUS) FILM PROGENY: A LEGACY IN NEED OF RENOVATION

Last week I skipped my weekly appointment because I was extremely busy finishing the edition of my latest e-book project with students. Here it is, finally!: Frankenstein’s Film Legacy (https://ddd.uab.cat/record/215815). Since 2013-14, when I taught a monographic course on Harry Potter, I have been developing a series of projects with undergrad and postgrad students, consisting of publishing e-books based on their course work. The new e-book is my seventh project (you can see the complete list at https://gent.uab.cat/saramartinalegre/content/books) and I’m already at work on the eighth, which will be an e-book about how the United States are represented in 21st century American documentary. In fact, I have started to think of my elective courses as a space for new teaching projects. Thus, I’m already thinking of next year’s MA course on Gender Studies as a chance to explore gender issues in recent fantasy films, after producing already an e-book on science fiction (https://ddd.uab.cat/record/206282). By the way, I was immensely pleased to present this e-book both at Llibreria Gigamesh (in June) and in our recent national conference of English Studies AEDEAN at Alicante (in November).

Frankenstein’s Film Legacy is exceptional in my collaboration with students because it has been based on work by second-year students. So far, I had only worked on the e-books in third/fourth year BA electives and in MA electives. A little bit too rashly, I decided to include an e-book in our exercises for the BA course on ‘English Romantic Literature’, in which we read the ‘six males’ (as a co-teacher calls them), that is, Blake, Wordsworth, Coleridge, Byron, Shelley and Keats, and the ‘two females’ as I should call them –Mary Shelley and Jane Austen. The reason why I used many entries in this blog last semester to discuss these authors, and the reason why I thought of the e-book is that I assumed mine would be a temporary incursion into Romanticism and I would soon return to teaching Victorian Literature. The e-book was meant to mark, then, a singularity in my teaching.

In fact, this is not what has happened and I’m teaching Romanticism again next Spring, but with no plans for a new e-book. The reason is that, although the students have followed quite well my guidelines (I wrote a model fact sheet /essay they were supposed to imitate), my intervention in their writing has been more intensive than usual. The main reason is that their essays were too focused on comparing specific aspects of each of the films with Mary Shelley’s novel (as I had asked them to do, indeed) and in this way, the larger picture was missing. In some cases, simply because they are young and little used to watching films released before 1999, when they were born. In other cases because only I had the complete picture of the e-book and could connect the dots (yes, The Island and Never Let Me Go share exactly the same Frankensteinian topic). The good news is that most of these students will be soon participating in the e-book about the US documentary, and now have a basic training to do so. Incidentally, if you’re thinking that I have used too much time for this project, the answer is ‘not really’: the time I did not use to prepare lectures (thirty students did class presentations based on the films), is the time I have used for the e-book. My own writing and my constant other deadlines have just delayed publication (though obviously the course marks were awarded punctually in June).

So, what’s this e-book about? I selected 75 films, beginning with Metropolis (1926) and ending with Mary Shelley (2017), which dealt with the topic of artificial life and connected, indirectly or directly, with Frankenstein. The final list is down to 57 because I got work from fewer students than I expected, and also because I finally discarded a few fact sheets that were incomplete. Here are the films, in the same order in which they appear in the e-book:

• 1920s to 1970s: Metropolis (1927), Frankenstein (1931), The Bride of Frankenstein (1935), Godzilla/Gojira (1954), 2001: A Space Odyssey (1968), Young Frankenstein (1974), The Rocky Horror Picture Show (1975)
• 1980s: Blade Runner (1982), WarGames (1983), The Terminator (1984), The Bride (1985), Weird Science (1985), The Fly (1986), Robocop (1987), Akira (1987), Making Mr. Right (1987)
• 1990s: Bicentennial Man (1990), Edward Scissorhands (1990), Jurassic Park (1993), Mary Shelley’s Frankenstein (1994), Ghost in the Shell (1995), Mary Reilly (1996), The Adventures of Pinocchio (1996), Alien Resurrection (1997), Gattaca (1997), Gods and Monsters (1998), Deep Blue Sea (1999), The Matrix (1999)
• 2000s: Hollow Man (2000), A.I.: Artificial Intelligence (2001), S1mOne (2002), Hulk (2003), Van Helsing (2004), I, Robot (2004), The Island (2005), WALL·E (2008), Splice (2009), Moon (2009)
• 2010s: Never Let Me Go (2010), EVA (2011), La Piel que Habito (2011), Rise of the Planet of the Apes (2011), Hotel Transylvania (2012), Frankenweenie (2012), Robot and Frank (2013), Her (2013), The Machine (2013), Dawn of the Planet of the Apes (2014), Lucy (2014), Victor Frankenstein (2015), Chappie (2015), Morgan (2016), Blade Runner 2049 (2017), The Shape of Water (2017), Logan (2017), Mary Shelley (2017) and Alita: Battle Angel (2019).

A mixed bag, yes, undeniably. By the way: the e-book ends now with Alita because a student suggested that we include this title. At first, I believed that it would diminish the coherence of the e-book, which I intended to finish with Mary Shelley’s biopic. But, then, I finally saw that Alita works as a sort of ‘to be continued…’. My aim, as I hope you can see, was to teach my students that the influence of Frankenstein is indeed colossal, even though in many cases the films depended on an intermediate source or made no direct allusion to Shelley. The moment, however, you see these 57 films from a perspective that takes Frankenstein into account, interesting things happen. Pedro Almodóvar can now be said to be a science-fiction film director. Both A.I. and the live action version of Pinocchio force us to consider what Mary Shelley’s novel would have been like had Victor made a young boy rather than an adult male. The presence of women, or females, in films such as Bride of Frankenstein (1935) and Ex Machina (2014) also raises the question of how Mary’s dark tale would have differed had Victor made a woman originally, or finished making the female mate for his monster.

There are many films I like very much in the list and I think it is necessary to highlight once more the turning point marked by Blade Runner (1982), the first film to hint, albeit quite confusedly, that our future replacement at the top of the animal hierarchy might be flesh-and-blood artificial humans rather than mechanical constructions. I’ll clarify once again that the Nexus-6 replicants whom Detective Deckard must ‘retire’ are not robots but adult individuals made like Victor’s monster out of separate organs. The difference is that Victor scavenges the organs for his Adam from dead people (and animals) and the replicants are assembled using living organs tailor-made for them, using genetic engineering. This is the same method used to make the ‘robots’ of Karel Čapek Shelleyan play R.U.R. (1920). In its original Czech ‘robot’ means ‘slave worker’ and this is what caused the confusion. November 2019, when Blade Runner is set, has come and go and we are not closer to seeing replicants in our streets. Yet, what is already being discussed is whether the humanoids soon to be our companions will be fully mechanical or fully organic. In just two hundred years, then, since Mary Shelley published her Gothic novel, what was pure fantasy is now almost reality.

The films examined in the e-book tell the same story which Mary Shelley told but with variations on the main roles (the creator, the creature) and the background. What is frustrating is that none of the direct adaptations of Frankenstein is minimally good as a film. James Whale’s 1931 version is iconic because it did literally provide popular culture with a major icon in Boris Karloff’s performance and looks, but it cannot be said to be a great film. Kenneth Branagh’s Mary Shelley’s Frankenstein is not what its title promises, though it comes a bit closer. There are more embarrassing attempts at transferring the tale onto the screen: Victor Frankenstein (2015) is a mess, full stop. My first intention, in fact, was to focus the e-book exclusively on direct adaptations of Mary’s novel but I did not see what the students would learn by seeing tons of bad movies. This is why I opted for the indirect adaptation, the Frankenstein-themed film if you wish.

The other major disappointment is Haifaa Al-Mansour’s recent biopic, Mary Shelley (2017). I had included Ken Russell’s eccentric Gothic (1986) in the list for the e-book but this is one of the movies that was finally not covered. I thought, anyway, that Al-Mansour’s feminist credentials (she’s the first Saudi Arabian female film director ever) made her a very good choice to lead the team behind the film. Then I saw her biopic in the middle of teaching Frankenstein and I couldn’t have been more disappointed. Trying to compress the eight years (1814-1822) of Mary and Percy’s romance in just two hours did not work well at all. Biopics, as a matter of fact, work best when they focus on a single central episode for there is no good way you can summarize real life. I come to the conclusion that a documentary would have served the same purpose but much better; yet, the fictional representation of reality still dominates over the non-fictional.

I don’t know if I am here projecting my own fatigue but after seeing Alita, yet another disappointing film, I have the impression that the topic of artificial life needs an urgent renewal. To begin with, this is a strange case of knowing, yet not knowing Mary Shelley, which possibly explains the failure of Al-Mansour’s biopic (and Jeannette Winterson’s inclusion in Frankissstein of yet another retelling of Mary’s creation of her monster). The treatment of Mary’s person is too superficial for fans to be content and for non-fans to be recruited to the cause of vindicating her genius. Next, her novel still lacks a good audio-visual version, whether this is for cinema or for TV. I don’t mean by this one that is faithful down to the last detail but a version that gives a better impression of that peculiar thing called the ‘spirit’ of a novel. In the third place, the new tales need to get closer to actual science or to actual scientific speculation (in the vein of the first Jurassic Park) and not just be vehicles for shallow plots with skinny girls beating the hell out of bulky male villains. Or with artificial women playing femme fatale or unexpectedly having babies (doesn’t anyone know what a tubal ligation is?). The plotline “scientist makes creature that goes berserk” is, let’s recall it, two hundred years old already. We need to start thinking of a new angle –but just don’t mention the word ‘reboot’… Except for Planet of the Apes!

Enjoy, in any case, the collective effort that my students and I have made to show you the way into Frankenstein’s immense film legacy. And celebrate Mary’s powers of creation, always vastly superior to Victor’s.

I publish a post once a week (follow @SaraMartinUAB). Comments are very welcome! Download the yearly volumes from: https://ddd.uab.cat/record/116328. My web: https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

THE COMPLEX MATTER OF CULTURAL APPROPRIATION (WITH THOUGHTS ON THE NATIVE AMERICAN CASE)

Working these days on an article about speculative fiction author Vandana Singh, I tried to find an American-born, white woman author to whom I could compare her case. Singh was born in Delhi but lives in the USA since the late 1980s, where she works teaching and researching Physics. The collection by Singh I am examining –Ambiguity Machines and Other Stories (2018)– has been published by Small Beer Press, an independent publisher, and I found among their books one that appears to be the perfect comparator I need: Kij Johnson’s At the Mouth of the River of Bees (2012). Johnson, a white Iowa native born one year before Singh, has a higher reputation, based on her having received more nominations and awards and having published novels. Yet, this is also useful as I am looking into the causes why Singh is not better known. I was not looking specifically into the thorny question of cultural appropriation but it has surfaced, hence my post today.

In three stories of her collection –“Fox Magic”, “The Empress Jingu Fishes”, “The Cat Who Walked a Thousand Miles”– and in her novels The Fox Woman (2001) and Fudoki (2004) Johnson uses ancient Japan as her background though she has no direct personal link to this country. Scholar Joan Gordon (white, American-born) defends her choice on the grounds that “Rigorously researched historical narratives enable [Johnson] to avoid trivializing or exoticizing the complexity of another view of the world, and it may be that casting one’s narrative into the remote past, as Johnson’s stories do, avoids some of the difficulties of power inequity”. However, I came across a review in GoodReads by Minyoung Lee, an American female reader of Korean descent, who has a very different opinion. She is deeply offended by “The Empress Jingu Fishes” because, Lee claims, Johnson’s research is inadequate, and this leads to serious mistakes in the representation of still unsolved, complex conflicts among the Korean, the Japanese, and the Chinese.

Apparently, Lee even exchanged letters with Johnson about this but far from feeling appeased her impression that outsiders “not immersed in the subtle nuances” of the foreign culture they describe will inevitable offend insiders was confirmed. Lee wonders why anyone would “write about another person’s culture and history that you only superficially know about when you have a rich and fulfilling story of your own that cannot be told in the fullest by someone else?”. This suggests that rather than speak of cultural appropriation perhaps we should speak of cultural depletion in the case of white authors who feel no strong attachment to their own cultural background and use parasitically other cultures. Just an idea. I didn’t expect, however, to come across a case of (possible) cultural appropriation within the context of the Native American cultures of the United States…

On Friday I finished reading Jack Fennell’s edited volume Sci-Fi: A Companion (Peter Lang, 2019, https://www.amazon.com/Sci-Fi-Companion-Genre-Fiction-Companions/dp/1788743490) to which I have contributed an essay on the aliens in Iain M. Banks’s Culture novels. The book has an article called “Indigenous Futurisms” (by Amy H. Sturgis), which was a total eye-opener, for I know nothing about Native American literature beyond having read a couple of novels by Louise Erdrich. Sturgis deals among other authors with Rebecca Roanhorse and what I less expected is that I would meet her the following day, Saturday. She was a guest of honour at the ‘Seminari de Gèneres Fantàstics I’, beautifully organized by Ricard Ruiz Garzón of the Associació d’Escriptors en Llengua Catalana. Roanhorse’s Hugo and Nebula award-winning short story “Welcome to Your Authentic Indian Experience” was offered as a souvenir in the excellent Catalan translation by Miquel Codony. Independent publishers Mai Mes presented the Catalan version of Trail of Lightning (as El raster del llamp), the first translation into another language of Roanhorse’s first novel. Later, I had lunch with the author, an activity which as you know from a previous post is a ‘necessary encounter’, and I learned a few things, for which I am very grateful.

Rebecca Roanhorse (https://rebeccaroanhorse.com/), born in Arkansas and raised in Texas, is the daughter of an Ohkay Owingeh Pueblo mother and an African-American father. She lives now in New Mexico, together with her Navajo/Diné artist husband, Michael Roanhorse (https://www.truewestgallery.com/michael-roanhorse), and their pre-teen daughter. Both were present in the seminar and the ensuing lunch. I was very much surprised to read that Trail of Lightning has been criticized as a very negative example of cultural appropriation by Saad Bee Hozho, the Diné Writers’ Association, mainly on two grounds: Roanhorse is not Navajo herself and the values presented as Navajo in her novel are not acceptable as such because her work is violent whereas Diné culture is peaceful. The extensive open letter published online created quite a controversy, extended to other websites, mostly siding with the critique.

I was, therefore, very curious to see how Roanhorse would approach the matter in her talk with interviewer Alexandre Páez. When he asked about cultural appropriation, without alluding to this episode, Roanhorse simply replied that this kind of accusation is inevitable and one must face it as best one can. However, since she had not explained to the audience that she is part of the Navajo nation by marriage but not by birth her reply somehow suggested that the problem was white authors’ appropriation of Native American heritage. To be honest, I was not very happy with her reply and, although I feared very much stirring a nest of hornets, I was getting ready to ask the really uncomfortable question I had in mind when Catalan author Víctor García Tur asked Roanhorse again about cultural appropriation. Only then did she explain how she connects with Navajo culture, noting that about 30% of the readers were fine with her choices, 30% had criticised her and the rest had problems to make up their minds. She did not allude to the Navajo authors’ letter.

My personal opinion is that writers should be free to explore any topic and culture they feel germane to their interests. However, I think that they should make their own position as clear as possible (why not write a preface or a note?), and I certainly believe that respect for the culture visited is fundamental. Also, impeccable research. What was worrying me in Roanhorse’s case is that she was not clarifying her position before the audience and, so, most were assuming that she is Navajo. For me this is the equivalent of, say, someone from Catalonia writing about Extremadura and concealing this vital information from a foreign audience meeting someone from Spain for the first time. This type of nuanced information is very important. Authors, whether they write fiction or academic work, should avoid any misconceptions about who they are and must totally avoid, in my humble view, speaking for a whole collective to which they do not belong or only are members of in part. This can be a bit ridiculous, if you see it that way, but in my own article about Vandana Singh I have included a paragraph detailing my own position (colour, gender, nationality, age, occupation) so that readers know from which position I speak. Even so, I think, there is a world of difference between Johnson’s choice of ancient Japan, which is exoticizing no matter how lovingly done, and Roanhorse’s choice of Diné culture, which she knows through her personal experience. Or maybe I’m wrong.

I asked Roanhorse about something completely different also on my mind these days. If you read academic work on non-white authors (how I hate this adjective!…) it might seem that they are progressing following traditions isolated from white authors’ work. In Vandana Singh’s case she has often referred to Ursula le Guin as a mentor, writing in her tribute following le Guin’s death that “it is safe to say that I would not be the writer or the person I am without the deep and abiding influence of who she was and what she wrote”. Le Guin not only personally encouraged Singh to publish her first story, she also provided her with crucial instances of non-white characters she could identify with. Indeed, in le Guin’s masterpiece, The Left Hand of Darkness (1969), there is not any white character, a point often missed. During the seminar there was some comment about whether le Guin could get away with this choice today, or would she be accused of cultural appropriation… Anyway, Roanhorse noted that Frank Herbert’s Dune (1965) was a major influence for her as a writer. I asked her how she connected with other white male writers, whether they read each other and so on, and she explained that fellow New Mexico resident George R.R. Martin had helped her very much, and so had John Scalzi, possibly the most popular SF author right now. Scalzi, she told me, is particularly generous in promoting the work of non-white authors. Other white male authors, Roanhorse added, are going in the right direction in their fiction by being more inclusive (paying no attention to cultural appropriation issues…) or placing women in the role of the protagonist. I must say that this is what I missed in the Sci-Fi Companion: an overview of what the ‘white boys’ are up to these days. For they are still there, dominating sales and pleasing readers –including non-white women.

Allow me to recommend Rebecca Roanhorse’s “Welcome to Your Authentic Indian Experience” (https://www.apex-magazine.com/welcome-to-your-authentic-indian-experience/), an uncomfortable story that has plenty to say about cultural appropriation and what it is like to be a dispossessed Native American (man) today. Don’t miss the readers’ comments! I have not read The Trail of Lightning (yet) but I’m told it is an exciting novel. You may not like its hero, Navajo monster-slayer Maggie Hoskie, whom Roanhorse herself describes as an “unlikeable woman”, but what is there not to like in the opening up of fantasy and science fiction to as many cultures as possible?

I publish a post once a week (follow @SaraMartinUAB). Comments are very welcome! Download the yearly volumes from: https://ddd.uab.cat/record/116328. My web: https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

WHAT AN UGLY IMAGINATION IS ABOUT (TRYING TO MAKE SENSE OF MY OWN IDEAS)

I am currently a member of the Ministry-funded research project led by Dr. Helena González of the University of Barcelona, Parias y tránsfugas modernas: género y exclusión en la cultura popular del s.XXI (https://www.ub.edu/adhuc/es/proyectos-investigacion/transfugas-y-parias-modernas-genero-y-exclusion-cultura-popular-del-s-xxi). We had a seminar last week, which opened with my presentation of six characters that, in my view, are either outcasts (‘parias’) or dissidents (‘tránsfugas’), or both. They are Katniss Everdeen in Suzanne Collins’s trilogy The Hunger Games, Djan Seriy Anaplian in Iain M. Banks’s Culture novel Matter, Emiko in Paolo Bacigalupi’s The Windup Girl, Birha in the short story “Ruminations in an Alien Tongue” by Vandana Singh, Breq in Ann Leckie’s trilogy Ancillary Justice and Essun (a.k.a. Syenite and Damaya) in N.K. Jemisin’s trilogy The Broken Earth.

The research group should eventually produce a database with entries for about 100 female characters, and others for theoretical aspects, and I have volunteered to be the Guinea pig (oops!) in charge of writing the first six entries. So, I was trying to explain to the audience in the room that although I am very much interested in expanding my work on Banks and Singh (I have already written about Collins), I will not touch the novels by Leckie and Jemisin because I find their imagination ‘ugly’ (‘fea’). I have nothing against Bacigalupi but others have already written about Emiko, to my entire satisfaction.

I used ‘ugly’ in that informal way one uses intending to amuse the audience but I was the one amused when the presenter, my good friend Isabel Clúa, suggested that I should turn the label ‘ugly imagination’ into a fully theorized concept. This is the task I have given myself this week, not an easy one. Another very good friend in the audience, Felicity Hand, asked me why I was mixing my negative personal impression of the authors with my dislike of their works, and whether I would do the same with Shakespeare: I don’t like what goes on in Macbeth, therefore, I would never have dinner with its author. I replied, quite confusedly, that I knew I was being obnoxious but that what I have against Leckie and Jemisin is how they had forced me to endure not for one but for three novels their extremely unpleasant stories, with no relief whatsoever. In contrast, I said, Banks would treat his readers to some clever Scottish humour whenever he noticed he was going too far with any violence or cruelty. My admired Vandana Singh aims in all her stories not only for literary excellence but for engaging the mind and all senses in plots that are, simply, beautiful though by no means silly or sentimental.

Obviously, all that was improvised and I have been asking myself for the last few days what I mean exactly by accusing some writers of having an ugly imagination. I don’t think I know yet but I’m making an effort here to think hard.

Let me begin with one example. In Jemisin’s trilogy there is a human species whose flesh is of stone. They are called, not too imaginatively, the Stone Eaters (guess what they feed on?). The author herself explains that these living sculptures are “me playing around with the idea of mythological creatures” (https://nkjemisin.com/2015/08/creating-races/), which should be fine except that whereas the people of the Stillness, where her tale is located, “have heard many tales about stone eaters (…) the reader doesn’t have that bank of cultural capital to borrow against”. The Stone Eaters are, however, quite real also in the context of the novels, which means that they are doubly scary: for the characters in the tale, who see the monsters of legend become living persons among them whom they must accept, and for the readers, who do not catch until very late in the trilogy what is going on. “Without the cushioning effect of folklore, the creatures” Jemisin grants, “become too alien and frightening, or pitiful, to embrace as fellow people. I’ve seen other writers manage it, though, so here’s my chance to see if I can do as well”.

My reply is that ‘no, you don’t quite manage it’, for (spoilers ahead) the feeding habits of the Stone Eaters may be fine for monsters but not for characters that carry the weight of the whole story as narrators. Faced with the scene of Essun’s former lover Alabaster becoming stone and a major character/narrator eating his arm, I jumped off the sofa and almost threw the book out of the window. What kind of ugly imagination (well, sick person) would come up with this concept? Same about Leckie and what her girl Breq really is (you find out!). I realise that I still haven’t explained myself, though: Banks is also much capable of offering some truly distressing stuff (think of Zakalwe, if you can without hyperventilating, or of the digital hell which an alien civilization builds) but one knows all the time that we are not supposed to sympathize. Jemisin asks me to accept as a cool character someone who simply horrifies me and the same applies to Leckie. I do not mean that Hoa and Breq are evil or villainous in any way, poor things; what I mean is that the villainy that made them what they are is not sufficiently characterized as ‘Other’ in relation to them, or alternatively that they are too ‘Other’ for me to welcome them as my nexus with the text. There is something awfully cold in the way their tale is told so that the massive destruction from which they both emerge overwhelms any ability I may have to connect with these two and care for them, knowing besides they’re not even human.

Still not there, I know, but I may be getting closer.

By qualifying some writers’ imagination as ugly I don’t mean that I only like pretty tales. Perhaps I can explain myself better if I refer to what horror cinema used to mean to me. Like everyone who enjoys a well-told horror tale, I accepted the pact by which I would agree to put up with some measure of terror caused by the monster until some kind of order was restored by the hero. Progressively, though, horror filmmakers came up with the idea that the pact should be broken, terror maximized, and no final return to order allowed, on the grounds that this is more realistic. There have always been gothic stories with a sting at the end, hinting that the vampire will return once more, or that the creature is not quite dead. However, when I stumbled upon the slasher film Hostel (2005) I just opted out of the pact. That is a most salient example, I think, of the purely ugly imagination that has swallowed whole what many of us used to like in horror cinema –reality is ugly enough for me to enjoy the full panoply of what then emerged as body horror, nor do I need any tales in which there is no relief and no way out. It is fine to avoid ex-machina solutions and be done with villains that spin long justifications rather that kill their foe, but I still loathe the type of storytelling that is relentless in its assumption that the whole world is a monster, and only the silly victims killed one by one have failed to notice this. I no longer watch horror movies for, following my theorizing of the concept, I can no longer put up with their extremely ugly imagination.

I am beginning to sound like one of those snowflake students who demand from lecturers trigger warnings for even the minutest conflict in the stories they must read for class (Glasgow University, it seems, is now giving modern language students trigger warnings… for fairy tales!). This is not where I am going. What worries me is the admiration that the ugly imagination is garnering in our times: the trilogies by Jemisin and Leckie have earned many major awards in the SF field, and so has Chinese SF star writer Liu Cixin, possessor of an even colder ugly imagination (at least in The Three Body Problem). I won’t even mention Game of Thrones –oh, I did! Concepts such as ‘awe’, ‘sense of wonder’, ‘enchantment’ have abandoned fantasy and SF, which means that they are now nowhere to be found. I stand corrected: they are still perceptible in some children’s film and fiction, though not everywhere. I had the same impression of ugliness in Philip Pullman’s His Dark Materials regarding what villainess Mrs. Coulter does to children, not so much because she is a very cruel person but because she is hero Lyra’s mother. Again: too close for comfort, not Other enough.

So, to sum up, and leaving plenty of room for further speculation: in the tales arising from an ugly imagination there is too little distance between the persons we are supposed to sympathize with, and the Other. Terrible things happen in many of our favourite stories but no matter how close hero and villain get (Harry and Voldemort, Katniss and Alma Coin) there is some margin for hope. Imagine Harry living for decades in the Dark Lord’s regime, or Katniss having to face Coin’s renewal of the Hunger Games, and I think we get closer in this way to what I mean by ugly imagination. If, as happens in Jemisin’s and Leckie’s tales, this hope appears after an overwhelming deluge of terrible events, then it is of no effect. Many readers enjoy this deferral of expectations, just like many readers enjoy watching The Handmaid’s Tale on TV, but not me, I’d rather be told a hopeful, though not a silly, tale.

Now back to reading Walter Scott’s Ivanhoe, of which more next week. To be continued…

I publish a post once a week (follow @SaraMartinUAB). Comments are very welcome! Download the yearly volumes from: https://ddd.uab.cat/record/116328. My web: https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

WHEN DID THE FUTURE DIE? SCATTERED THOUGHTS ON PALEOFUTURISM AND UTOPIA

Sharing coffee with a friend who also loves science fiction, we end up wondering when the idea of the future died. The media have entered a phase which I can only call ‘punk’ (after the Sex Pistols’ 1977 hit song ‘No Future’), for its intense focus on the oncoming climate-change related apocalypse. Perhaps not oncoming but already happening, as the brutal hurricanes in the Caribbean and the devastating floods here in Spain suggest. For the younger generations, like our university students, the perception that the world is doomed and the future fast shrinking must be commonplace; it might explain their presentism and their reluctance to believe in making plans long-term. But for those of us old enough to have been children between the 1950s and the 1970s, the impression is that we have been robbed of a better version of the future which we had been promised, above all by science and its fantasy branch, science fiction.

Commenting on this conversation with my husband, he played for me the delicious official video for Pet Shop Boys’ “This Used to Be the Future” (https://www.youtube.com/watch?v=As5vxxiPRUM). This great song, in which Neil Tennant sings with Phil Oakey (lead singer of The Human League), was released back in 2009, as part of the highly acclaimed double CD Yes. And, yes, it encapsulates to perfection what I feel but cannot articulate so succinctly.

The complete lyrics can be found here (https://petshopboys.co.uk/lyrics/this-used-to-be-the-future), just let me quote some stanzas: “I can recall utopian thinking/ bold mission statements and tightening of belts/ demolition of familiar landmarks/ promises made and deals that were dealt (…) / But that future was exciting / science fiction made fact / now all we have to look forward to/ is a sort of suicide pact”. The agents of destruction in the song are not rapacious capitalism and environmental catastrophe but religion and nuclear power. The Pet Shop Boys sing that “Science had promised to make us a new world / religion and prejudice disappear” and I suppose that many religious people feel offended hearing this; the fact, though, is that one of the promises of mid-20th century futurism was the disappearance of superstition in all its forms, swept away by science. As for prejudice, as my friend ironized, back in the 1970s the future used to be about constant progress in quality of life but all it has brought in the 21st century is Facebook and rampant online trolling.

Back to the song, these two lines sent a chill down my spine: “I can remember planning for leisure / living in peace and freedom from fear”, for I also remember that. The feeling was short-lived, starting in November 1989, when the Berlin Wall fell and ending on 9/11 2001, with the terrorist attacks against the Twin Towers in New York and the Pentagon in Virginia which killed more than 3,000 people. I must spell this out because these tragic events happened already eighteen years ago, which means that the generation now reaching its majority (our first-year students) have no personal memories of them. This factor was the focus of the news around the commemoration this year, which also reported the steady trickle of deaths among first responders and reconstruction personnel caused by poisoning due to the toxic debris.

My friend argued that the future did not die on that day but earlier, with the capitalist alliance between Margaret Thatcher (UK Prime Minister 1979-1990) and Ronald Reagan (US President 1981-1989). In his view, their coordinated onslaught against public spending and their enthusiastic privatization of almost everything put an end to the big dreams that can only be financed without benefit in mind. I grant this, but I want to make the point that even so, in the long decade between 1989 and 2001, and specially during the mandate of Bill Clinton (1993-2001), there was a glimmer of hope. I do not forget the first Gulf War (1990-1), which happened during George Bush’s Presidency (1989-1993), but at least that horror belonged to a new climate in which mutually assured destruction (yes, known by the acronym MAD) using nuclear devices seemed over. Of course, the 1986 Chernobyl explosion, now brought back to public awareness by HBO’s series, stressed that nuclear power for civilian uses can be as dangerous as nuclear weapons for military use. Yet, I should think that nobody is considering today starting a major nuclear war (I hope this is not the kind of statement that in hindsight will sound totally stupid).

For all these reasons, 9/11 was very difficult to understand at the time when it was happening. As I’m sure I have already narrated here, I spent the morning of 11 September 2001 at the cinema, making the most of the national Catalan holiday. My mind was still haunted by the ghosts of Alejandro Amenábar’s atmospheric Los Otros when I switched on the TV to watch the 15:00 news on the national Spanish channel, TVE. The attack was timed to make big news in the United States at 9:00 and I think now that possibly Spain must have been the first European country to broadcast it live, as it coincided with our Telediario.

I was standing up before the TV, trying to make sense of what presenter Ana Blanco was describing as an accident, after the first plane crashed. By the time we all saw the second plane crash live, it was evident that this was no accident. My legs gave way and I found myself fallen on my sofa, physically scared as I have never been in my life. It was all so eerie and disconcerting that I expected Blanco to announce at any point that an alien invasion had started–that Roland Emmerich’s Independence Day (1996) was happening in real life. Even when it was understood that two planes had been hijacked and used as weapons against the Towers (another one hit the Pentagon, and a fourth one crashed when the passage repelled the kidnapping), it was impossible to understand who and why had done it. Still to this day, every time I switch on the news, I brace myself for some world-shattering event like that one or worse.

In his 1998 version of Godzilla, Roland Emmerich–a German director obsessed with wrecking America on film–had already fantasized with the destruction of New York, offering images quite similar to those from 9/11. The first film he released after the attacks was, however, quite different and certainly worth watching again today. In The Day After Tomorrow (2004) the villains that end the future as we hoped it would exist are not aliens, monsters, or terrorists but unbridled capitalism, the origin of the unrestrained pollution that starts a new Ice Age. Funnily, this is not global but a phenomenon that only destroys the United States and most of the Northern hemisphere, leaving then some hope for the rest of the world. The first film in the family-oriented franchise Ice Age had been launched two years before, in 2002, and I am now wondering whether this was part of the zeitgeist or a frivolous reaction to the first warnings issued by concerned scientists. Emmerich’s film, already fifteen years old, was, arguably, another nail in the coffin of the future killed by 9/11 or the beginning of the dystopian cycle trapping us today.

Searching for information on the Pet Shop Boys’ official video for “This Used to Be the Future”, which is an amazing montage of futuristic images from the 1950s and 1960s, I have come across the concept of paleofuturism (see https://paleofuture.com/ and https://paleofuture.gizmodo.com/). This refers to the exploration of the ways in which the future was imagined in the past in order to check what has actually been developed and what has fallen into the limbo of the things never invented. A wonderful play by Joan Yago, currently on stage at Escenari Joan Brossa of Barcelona, and simply called The Future, uses paleofuturism in its opening section to stress how our need to imagine the future clashes with actual events. Yago’s play asks the same question as the Pet Shop Boys’ song but answers it with a slightly more optimistic attitude. If we cannot imagine utopia again, Yago warns, we’re lost. Homo Sapiens needs to look forward to a better life both individually and collectively for without some idea of progress we regress. This connects, oddly, with the new book by educator Andreu Navarra, Devaluación Continua, in which he warns that current trends in pedagogy and the pressure of the social networks are creating a new Middle Age in the classroom, meaning a generation of cyber-serfs that do not see beyond the day-to-day. This possibly has something to do with the serious lack of future engineers in our universities (as noted by Spanish newspapers last week) and, what is worse, with the lack of a greater vision for the world that can oppose the messianic plans of Elon Musk and company.

Perhaps, playwright Joan Yago hints, if we checked what the future looked like in the past in a paleofuturistic spirit, we might manage to build a new utopia. The problem, I think, is not only that, as my friend suggested, no public institution has the capacity to engage us in a positive collective future but that our energies are too occupied by the possibility of total disaster to think clearly. Greta Thunberg and her generation should not be using their youth to stop catastrophe but to continue working for a utopia that could have been established for good in 1989, if not before Thatcher and Reagan. I agree with Yago that if we told ourselves ‘this planet is going to be marvellous in two decades’ instead of ‘this planet is going to be dead in two decades’ the promise of a better future could perhaps be rebuilt. Or this is just me being nostalgic of what the future used to be.

Let’s give utopia a chance…

I publish a post once a week (follow @SaraMartinUAB). Comments are very welcome! Download the yearly volumes from: https://ddd.uab.cat/record/116328. My web: https://gent.uab.cat/saramartinalegre/