CÓMO LEER 100 LIBROS AL AÑO (Y POR QUÉ PROVOCA RECHAZO)

El artículo de Héctor García Barnés publicado en El Confidencial, “Hay gente en España que lee 80, 150 o 300 libros al año, y no es tan difícil como suena”, llama poderosamente la atención tanto por los casos que presenta de grandes lectores como por los comentarios más bien negativos que éstos reciben en los comentarios. Según informa García Barnés, la encuesta de hábitos de lectura y compras de libros de 2021, realizada por Federación de Gremios de Editores de España, indica que “los mayores de 18 años leen de media 10’2 libros anuales, pero hay un 36% de personas que no leen ni uno”, según dicen la mitad de ellos por falta de tiempo. Por contra, los “superlectores”, según nomenclatura del periodista “esos aficionados a la literatura que leen al año la misma cantidad de libros que pueblos enteros”, sí encuentran tiempo para entregarse a su vicio favorito. El ingeniero Mariano Hortal, quien lee unos 300 libros al año como refleja su blog Lectura y locura, es seguramente un caso extraordinario, pero según informa García Barnés no es tan extraño encontrar en España lectores que consumen de 80 a 150 libros anuales entre las filas de profesores, editores y periodistas. Y espero que entre otros tipos de lectores.

Aunque me considero sencillamente una lectora, yo soy una de esas ‘superlectoras’ en tanto que mi media anual ronda los 100 libros. Empecé a llevar la lista de todo lo que leo a los catorce años para no olvidarme de nada, y sigo anotando religiosamente los volúmenes por los que paso, no por afán de cumplir un cupo sino por pura curiosidad sobre cómo se va desarrollando mi paseo anual por los libros. Y, como decía, por pura necesidad memorística. Entiendo que los lectores que ha entrevistado García Barnés corresponden a un perfil similar: ni ellos ni yo competimos con otros lectores, no esperamos ser premiados por leer, y no leemos para hinchar nuestras listas respectivas sino que estas se van llenando.

El número de libros leído no indica las horas pasadas ante un volumen y por ello durante un tiempo también solía anotar las páginas de cada libro, hábito que perdí. Sí que ha habido casos en los que he dudado de añadir un libro a mi lista por estar alrededor de las 100 páginas, aunque en otros casos haya podido leer libros de 800 o 900 páginas (como el que ahora leo, Fall; or Dodge in Hell de Neal Stephenson). Una cosa que hay que entender es que cuanto más se lee más aumenta la velocidad de lectura, y más mejora la comprensión, sin duda alguna. Mi velocidad de lectura habitual ronda las 50-60 páginas por hora, aunque como decía en la entrada anterior, raramente leo más de dos horas seguidas a no ser que sea por trabajo. Nunca me obligo a leer cada día, ni acabo un libro que no me guste, con lo cual habría que añadir a los 100 anuales algo así como unos 10 o 12 más por número de páginas leídas en los volúmenes que al final no acabé.

Ni los superlectores del artículo ni yo misma narramos esta experiencia con afán de notoriedad. De hecho, García Barnés ofrece el artículo a quienes dicen no tener tiempo de leer para que vean que si se quiere se encuentra. Los lectores entrevistados explican algo más que obvio: el tiempo siempre es limitado pero si se encuentran tres horas y media al día para ver la televisión (la media nacional en España en 2021), o perder el tiempo en las redes sociales, se puede encontrar una hora para la lectura. De hecho, es cada vez más importante adquirir ese hábito ya que diversos estudios indican que tal como el ejercicio físico habitual mantiene sano el corazón, la lectura ayuda a mantener la salud del cerebro.

Dejando de lado este tema, queda claro que quienes leemos encadenando libros posiblemente obtenemos algún tipo de endorfina de la lectura parecida a la que anima a los deportistas. Yo no hago deporte, aunque soy consciente de que debería, y por lo tanto comprendo que hay mucha gente a la que no le interesa nada la lectura, pero en todo caso no se me ocurre despreciar los logros deportivos de los deportistas aficionados. Si me tropezara con un artículo en el que una serie de señores y señoras me contaran que corren una maratón a la semana porque les encanta, no se me pasaría por la cabeza denigrarlos; sin embargo, lo que reflejan los comentarios al artículo de García Barnés es desconfianza y desprecio, y una impresión muy equivocada de que los superlectores son (o somos) arrogantes.

Procedo a citar algunos de esos comentarios. Mr. Puterfull sentencia que “La lectura no se puede tomar como un reto o una competición. Nos estamos volviendo locos”, aunque nada en el artículo sugiere que los superlectores se enfrenten a retos o compitan. Stuart Carter subraya que “el leer no puede ser ni una obligación” sino que “Lo importante es leer y disfrutar de lo que se lee”, sin reparar en que esto mismo defienden los entrevistados. Alberto Martín opina (en mayúsculas) que “100 LIBROS AL AÑO? ES UNA BARBARIDAD” para a continuación dudar que los superlectores hayan comprendido lo que leen. Otro lector, Weyland Yutani (el nombre de la diabólica corporación en la saga Alien), concluye que “El que se lee 300 libros al año no lee, hojea. No es lo mismo”, pese a que no tiene base alguna para justificar su argumentación (ni para insinuar que Mariano Hortal miente). Philip Buster secunda esa tesis infundada con un rotundo “Puedo consumir mucha lectura y no leer nada”. Maria Benjumea niega con rotundidad que se puedan leer 50 o 60 páginas en una hora (“me huele a chamusquina”). En su opinión, “más de 30 páginas en una hora es saltarse párrafos o leer basura”. Una tal Maximón insiste en que “si leo al ‘peso’ estoy perdiendo literalmente mi tiempo”, pese a que los superlectores entrevistados mencionan en todos los casos libros de calidad. Según ella, “lo ideal es seleccionar muy bien que se va a leer y porqué”, de modo que “Yo, con 10/12 libros en un año me doy por satisfecha”.

Otros comentarios atacan a los superlectores en lugar de por el flanco de la capacidad de comprensión por el flanco del tiempo. Daniel Monleón, quien dice ser lector según el momento de su vida, comenta que “leer es disfrutar” al igual que otros placeres, sin que sea “una elección (…) [ni] mejor ni peor que otras” pero sí “más solitaria”. Reaccionando al cálculo de unos de los superlectores que ha decidido no perder el tiempo con malos libros porque le queda tiempo para leer sólo unos 3500 en su vida, Felipe García escribe que “No tengo ningún interés en leer 80 libros al año, ni de leer 3500 en lo que me resta de vida. Ni tampoco en ver 50 temporadas de series por año ni en ver 200 partidos del año”, poniendo así al mismo nivel la lectura y el consumo de televisión, que todos los superlectores desprecian. Por último, Jorge Valdecasas escribe que “Si alguien me dice que tiene un trabajo de 8 horas, 3 hijos y se lee un libro cada 2 días del calibre de los tres tomos del señor de los anillos (sic), pediría que le quitasen la custodia de sus hijos”, pasando por alto que los hábitos de lectura suelen nacer por imitación de los padres y madres que leen.

Como decía, no imagino semejantes comentarios en respuesta a un artículo sobre cómo encontrar tiempo para correr maratones, y la pregunta obvia es por qué dan tanta rabia los superlectores entrevistados. No hay ningún comentario que agradezca los consejos dados (llevar libros siempre que se vaya de viaje aunque sea en el metro, buscar ratos más breves a lo largo del día si no se puede dedicar una hora a la lectura, usar las bibliotecas públicas para experimentar con distintos tipos de libros), sino un conjunto de ataques. España es un país tremendamente inculto y quizás ahí radica la inquina. Mientras que un comentario sugiere que el índice de lectura va subiendo como indica la apertura de nuevas grandes librerías en las ciudades mayores, otro espeta que si fuera así habría una librería en cada calle, mientras lo que hay son bares.

Dada esta situación no sorprende tanto que los superlectores sean menospreciados como listillos que se creen superiores a los demás. Por otra parte, es cierto que los entrevistados no dudan en criticar el consumo masivo de series y de programas de cotilleo como lacras que impiden maximizar el tiempo que se podría dedicar a la lectura, y entiendo que esta postura pueda ser ofensiva. Tengo que aclarar que en mi propio entorno académico no todo el mundo lee desaforadamente, y que más de un colega profesor de Literatura lee menos de lo que debiera por culpa de las series. No me sorprendería tal como van las cosas que de aquí a treinta años ya no se enseñen libros en nuestros grados de Estudios Ingleses, sino series (creo que el cine está muriendo antes de poder llegar a nuestras aulas).

Como escribí en mi anterior entrada, cuando llega la noche y tengo un rato de ocio siempre surge la duda de si optaré por una película o por el libro que esté leyendo esos días. Como decía Daniel Monleón en su comentario leer es solitario y normalmente si opto por una película es porque quiero hacerle compañía a mi pareja, que es un fanático total del cine. El problema es que si la película no me interesa demasiado me revuelvo inquieta en el sofá pensando en el libro que podría estar leyendo, situación que es difícil de comprender (lo sé) para un no lector. Si lo piensas bien, el hábito de leer constantemente es sumamente extraño, y quizás un tanto egoísta como sugieren algunos de los comentarios citados. Ciertamente, no se puede compartir, a pesar de redes sociales como GoodReads o los muchos clubs de lectura, a no ser que, como hacían muchas familias en el siglo XIX, uno lea en voz alta y otros escuchen. Tampoco es que ver la televisión o usar las redes sociales sea un acto más sociable, como se puede ver en esos grupos de adolescentes que no hablan entre sí mientras cada uno consulta su móvil. Pero somos los lectores impenitentes los que arrastramos el sambenito de estar demasiado abstraídos, demasiado inmersos en otros mundos. De ser unos raros, en suma.

Como sé que nunca correrá una maratón, digan lo que digan los deportistas, sé que no sirve de nada recomendar leer si no 80 al menos más de 12 libros al año. Lo dejo caer, por si alguien se anima.

Publico una entrada una vez a la semana (sígueme en @SaraMartinUAB). ¡Los comentarios son muy bienvenidos! Descárgate los volúmenes anuales de https://ddd.uab.cat/record/116328 y visita mi sitio web https://gent.uab.cat/saramartinalegre/. La versión en inglés del blog está disponible en https://blogs.uab.cat/saramartinalegre/
 

HOMENAJE A LAS MINISERIES

Ya es de noche, después de la cena, y toca relajarse: es la hora de elegir una película en cualquiera de las plataformas a la que una está suscrita. Esto significa emplear aproximadamente dos horas en absorber una historia, dejando de lado los quince minutos (o más) que puede llevar seleccionar una película mínimamente atractiva, a menos que se haya preseleccionado y colocado en la lista correspondiente. Si sabes de una película que realmente quieres ver, tanto mejor; si no, en este punto comienzas a preguntarte si tienes la resistencia para aguantar ciento veinte minutos de un guión posiblemente mediocre con una dirección y actuaciones superficiales, la típica película con una calificación de 6 a 6’5 en IMDB. Ahí es cuando te preguntas ¿por qué no ver un episodio de una serie? Sesenta minutos como máximo y luego temprano a la cama, tal vez para leer un rato; o quedarte en el sofá a disfrutar de un videojuego. Cuatro horas y cuatro episodios después, te preguntas a dónde se ha ido el tiempo y si te despertarás a tiempo cuando suene la alarma…

¿Por qué es más fácil ver cuatro episodios de una serie en lugar de un largometraje, que siempre será más breve? Por la misma razón que es más fácil leer sesenta páginas de una novela que un relato de veinte páginas. Todas las narraciones requieren un esfuerzo para dominar las reglas de su mundo ficticio, se trate de un micro cuento o de un serial inacabable de veinte temporadas. Aplicado a un texto corto este esfuerzo no es productivo porque se gasta en poco tiempo. Con un texto más largo, sucede lo contrario: una vez que se comprenden las reglas narrativas básicas, la narración en sí puede degustarse muchas páginas o muchas horas, sin esfuerzo adicional. Cuando elegimos una serie en lugar de una película, o una novela en lugar de un relato, estamos maximizando la utilidad del esfuerzo que hacemos para entrar en sus mundos imaginarios. Cuando la película de dos horas termina, tenemos que comenzar el proceso de nuevo con otra película. Con una serie, el mismo esfuerzo se extiende horas, días, semanas y más, sin inversión adicional. Además, ver una serie también resuelve el problema de qué ver los días siguientes, hasta que la serie termine o su atractivo disminuya para el espectador. En resumen, una persona que ve una película diferente todos los días, o que lee un cuento diferente a diario, debe estar dispuesta a gastar mucha energía imaginativa, mientras que alguien que usa dos horas al día para ver la misma serie durante un mes, o leer la misma novela, solo se involucra en una historia, sin importar cuán compleja sea la trama y las subtramas.

No me gustan las series por la misma razón que no me gustan las novelas de más de 400 páginas: debe haber un límite, creo, al tiempo que estoy dispuesta a invertir en una sola historia. Por las razones que he explicado, no me gustan demasiado los cuentos, que generalmente me impacientan incluso cuando tienen solo unas pocas páginas. Me gustan las películas, pero cada vez me resulta más difícil encontrar guiones que me interesen y, por ello raras veces estoy dispuesta a invertir dos horas de mi tiempo en ver un largometraje, especialmente si estoy leyendo un libro atractivo. A menos que viaje en un tren, avión o autocar, o que lea por trabajo, no leo más de dos horas seguidas por placer, lo que significa que para mí la película de la noche está en competencia directa con cualquier libro que pueda estar leyendo. Por lo general, el libro gana.

Una solución para aquellos a quienes, como a mí, no les gustan las series y están empezando a odiar las películas es ver miniseries. La diferencia entre una serie y una miniserie no es tan fácil de establecer. En principio, una miniserie está limitada a una temporada; de hecho, la palabra ‘temporada’ ni siquiera debería aplicarse a este tipo de narración, ya que una serie solo tiene ‘temporadas’ si es propiamente una serie, no una miniserie. Para confundir aún más las cosas, no es fácil distinguir entre miniserie y serie por número de episodios: por poner un ejemplo, la brillante miniserie Berlin Alexanderplatz (1980) consta de catorce episodios, mientras que la no menos brillante serie Sherlock (2010-2017) consta de quince episodios distribuidos en cuatro temporadas. Tal vez en lugar de ‘miniserie’, deberíamos usar la etiqueta de ‘serie de una temporada’, aunque esto contradiga mi argumentación anterior. La Academia de Artes y Ciencias de la Televisión de los Estados Unidos, que otorga los Emmy, prefiere la etiqueta ‘serie limitada’, y parece que en el Reino Unido la palabra serie se usa tanto para minis como para series más largas.

En cuanto a la duración de los episodios, hay miniseries de solo dos episodios que son más cortas que la magnífica película de Steven Spielberg Schindler’s List (1993), de 195 minutos. El límite superior está marcado por el máximo que puede durar una temporada, aunque diría que quince episodios son suficientes. Los episodios pueden durar de veinte a noventa minutos, si bien la mayoría dura de cuarenta y cinco a sesenta minutos, por lo que el número de episodios no es una indicación de la duración real de una miniserie. Se dice que War and Remembrance (1988-1989) es la miniserie más larga, con sus 27 horas (en 12 episodios); ¡su primer episodio dura 150 minutos! Para agregar más datos, las dos miniseries de ficción de mayor rango en IMDB calificadas con un 9,4 (dejando de lado las miniseries documentales) son muy diferentes en cuanto a duración: Band of Brothers (2001) dura 594 minutos, Chernobyl (2019) solo 330.

La miniserie nació mucho antes de la palabra en sí, que apareció a principios de la década de 1960 (1963, según el diccionario Merriam Webster), con la adaptación serializada de novelas. En The Classic Serial on Television and Radio (2001), Robert Giddings y Keith Selby atribuyen a John Reith, el inventor británico de la radiodifusión de servicio público, la idea de usar la cadena de radio de la BBC para representar obras de teatro en la década de 1930, hábito que generó una moda centrada en los clásicos literarios y populares del siglo XIX. Esta moda se trasladó más tarde a la televisión. Giddings y Selby señalan (p. 19) que la adaptación en 1951 por parte de BBC Television de la novela The Warden de Anthony Trollope en seis episodios fue la primera miniserie; fue seguida en 1952 por Pride and Prejudice. Según Francis Wheen’s Television (1985), el inmenso éxito en los Estados Unidos, en 1960-1970, del serial británico The Forsyte Saga (1967), basado en las novelas de John Galsworthy, “inspiró la miniserie estadounidense”, también a menudo basada en novelas, tanto clásicas como best-sellers.

Siento usar mis recuerdos personales, pero sucede que mi infancia y adolescencia se solapan con el período en el que las miniserie estadounidenses y las británicas florecieron. El año clave fue 1976. Fue entonces cuando la adaptación de la BBC de las novelas de Robert Graves I, Claudius (1934) y Claudius the God (1935) como I, Claudius, y la versión de ABC del best-seller de Irvin Shaw Rich Man, Poor Man (1969) llegó a la pantalla de televisión con una fuerza de huracán que recuerdo perfectamente. Tenía diez años cuando Hombre rico, hombre pobre fue emitida por TVE, en 1977, y doce cuando Yo, Claudio fue vista por fin en España en 1978, y sí recuerdo su impacto con toda claridad. No recuerdo haber visto la exitosa miniserie anglo-italiana Jesús de Nazaret (1977, dirigida por Franco Zefirelli), emitida por TVE en 1979, pero ciertamente recuerdo el enorme fenómeno en el que se convirtió Roots (1977), o Raíces, basada en la novela de Alex Hailey (1976), en ese mismo año de 1979. Luego vinieron otras adaptaciones de la BBC (me quedé impresionadísima con la versión de 1978 de la BBC de Wuthering Heights, que vi a los trece años, antes de leer la novela de Emily Brontë) y los éxitos de la década de 1980: Shōgun (1980), adaptación de la novela de James Clavell; The Thorn Birds (1983) basada en la novela romántica de Colleen McCullough; y la trilogía de miniseries North and South (1985, 1986, 1994), basada en las novelas de John Jakes.

La miniserie que posiblemente alteró más profundamente cómo se debía gestionar la adaptación literaria fue Brideshead Revisited (1981) de Granada Television/ITV, basada en la novela de 1945 de Evelyn Waugh. Esta serie de once episodios, que lanzó la carrera de Jeremy Irons, se emitió en España en 1983. Tenía yo dieciséis años entonces y recuerdo estar completamente encantada con todo lo que mostraba. Curiosamente, Televisión Española emitió originalmente Brideshead en su segundo canal, que solo llegaba a una minoría de espectadores y luego le dio una segunda oportunidad en su canal principal en 1984. Eran los tiempos previos a la aparición de los canales privados (en la década de 1990) y mucho antes de las plataformas de streaming, cuando todos veían la misma serie. Brideshead Revisited tiene poco que ver con todas las otras miniseries que he mencionado, siendo una exploración bastante sutil del desajuste entre Charles Ryder y la rica pero decadente familia de su amigo Sebastian Flyte. También es una crónica bastante nostálgica del final de las grandes casas aristocráticas británicas (el magnífico Castillo Howard fue la ubicación principal), y como tal un precursor de la novela mucho más crítica de Kazuo Ishiguro The Remains of the Day (1989). Era yo entonces una adolescente fácilmente impresionable y creí a pies juntillas que la cultura inglesa era tan fina y elegante como Brideshead mostraba, lo cual no era el caso. Tampoco capté el profundo clasismo, que vi con toda crudeza cuando enseñé la novela una década después a estudiantes de primer año que no le vieron la gracia.

Repasando estos días las listas de las mejores miniseries actuales, es decir, de los últimos diez años, concluyo que este tipo de narración está floreciendo de nuevo, aunque también está siendo sobrevalorada. Disfruté enormemente de The Queen’s Gambit (2020), según la novela de Walter Tevis (1983), pero encontré The Night Manager (2016), basada en la novela de John le Carré (1993), muy poco merecedora de su éxito. Un problema que afecta a las miniseries es que las plataformas no distinguen en sus menús entre ellas y las series de varias temporadas, con lo cual es fácil perderse las menos publicitadas. La imposibilidad de suscribirse a todos los servicios de streaming significa además que los espectadores se pierden constantemente las series de las que podrían disfrutar. Esta iba a ser originalmente una entrada con una lista de grandes miniseries recientes, pero yo misma tengo acceso a una selección muy limitada. Este es un tema para otro post, por supuesto, pero me pregunto si la proliferación de plataformas está haciendo que la piratería vuelva a crecer, una vez que los espectadores que se apañan bien con los ordenadores han llegado a la conclusión de que no hay forma de mantenerse al día con el flujo incesante de productos audiovisuales atractivos.

Terminaré sugiriendo que la miniserie podría acabar matando la adaptación cinematográfica de novelas para el cine, probablemente sea una buena noticia. Una película de dos horas nunca puede acomodar los eventos de una novela de extensión media y mucho menos los de cualquier novela de más de 400 páginas. La miniserie, que es siempre más flexible, parece ser, por lo tanto, un vehículo mucho más adecuado para adaptar novelas, como ya demostró la hermosa versión de Orgullo y prejuicio (1995) de la BBC. La mala noticia asociada a esta tendencia es la tentación de prolongar la miniserie para una segunda temporada y más allá, con la esperanza de convertirla en una serie propiamente dicha basada en el atractivo de un personaje o una trama. Un ejemplo es The Handmaid’s Tale (2017-) ya en su quinta temporada, mucho más allá de la novela original de Margaret Atwood. Los showrunners intentan explotar el atractivo de todas las series populares, pero es bueno saber cuándo hay que detenerse, y este es el rasgo que más aprecio de las miniseries.

Espero que vosotros también las disfrutéis.

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VIVIR CON MIEDO: ESCLAVOS DEL TERRORISMO PATRIARCAL, DE SALMAN RUSHDIE A AFGANISTÁN

Al final de Blade Runner (1982) de Ridley Scott, el replicante Roy Batty muestra su humanidad poco antes de morir al recordar todo lo que ha vivido y concluir que, con su muerte, “todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”, una frase conmovedora que el actor Rutger Hauer aportó a la película saltándose el guión. Este es uno de los discursos más famosos de la historia del cine, pero la frase de la misma escena que recuerdo con mucha más fuerza es “Toda una experiencia sentir miedo. Eso es lo que es ser un esclavo” que el replicante esclavizado dirige al hombre que lo persigue, el detective Deckard (Harrison Ford), en un momento en que su vida está en manos de Batty. Supongo que la frase fue escrita por el guionista David Peoples, y lo saludo por encapsular en ella la razón por la que actuamos como cobardes frente a la brutalidad: estamos esclavizados por el miedo, y este miedo tiene sus raíces en la violencia.

Es inevitable mencionar esta semana el brutal ataque sufrido por el autor nacido en India Salman Rushdie, treinta y tres años después de la fatwa que el ayatolá Jomeini respaldó contra él por supuestamente haberse burlado del Islam en su novela The Satanic Verses (1989). Vivo en un país donde la Inquisición hizo que 1346 personas fueran ejecutadas de maneras horribles entre 1478 y 1834, incluidos los territorios ocupados de América Central y del Sur, por lo que estoy bastante familiarizada con la brutalidad a la que puede conducir la creencia religiosa radicalizada. Precisamente por eso, me sorprende, como a muchas otras personas, ver que el fanatismo religioso sigue vivo y causando tanto daño, cuando debería ser solo una cuestión del pasado histórico.

El fanatismo es la base no solo del atentado contra Rushdie, sino también del terrorismo que alteró tan brutalmente la paz en Barcelona una tarde de agosto de hace cinco años, y del nuevo cautiverio de todas las mujeres en Afganistán bajo el régimen talibán establecido en 2021. No me olvido de las víctimas en Palestina, ni de las mujeres estadounidenses a las que los intolerantes fundamentalistas de la Corte Suprema de los Estados Unidos les impiden abortar. A aquellos que se preguntan por qué no se detuvo el Holocausto, les diría que la respuesta es clara, ya que hoy estamos viendo ejemplos similares: somos esclavos que pueden ser fácilmente intimidados y sometidos por el miedo. Cuando tenemos miedo, procuramos desconectar y dejamos de actuar.

No sé si alguna vez hubo un momento en que los humanos vivieran sin violencia, pero en aras de la argumentación voy a suponer que eso sucedió. A menudo he argumentado que el patriarcado no se trata fundamentalmente de sexismo, sino de dominación y poder. El dominio, sin embargo, se mantiene por medio de la violencia y mi suposición es que el patriarcado comenzó cuando uno de los cazadores masculinos en una expedición tribal entendió que la violencia utilizada contra los animales podría usarse contra otros humanos para ganar ascendencia. El primer patriarca fue muy probablemente un matón que vio que su capacidad para usar la violencia podía convertirse en la base del poder, y que usurpó a las mujeres el poder de dar vida colocando el falo en el centro de la vida social.

El jefe tribal no tiene por qué ser un matón o un villano, pero el sistema de terror impuesto mediante la violencia (obedéceme o si no…) es la base misma de la civilización patriarcal, el régimen autoritario en el que todos vivimos, incluidas las democracias. El otro sistema de control patriarcal se estableció a través de la religión. Leí no hace mucho tiempo en un texto de alguien cuyo nombre he olvidado que la religión apareció como un sistema para imponer la obediencia cuando las tribus crecieron. El cacique y sus guerreros solo pueden controlar a través de la violencia directa a una cantidad limitada de individuos, pero si inculcas en la tribu el miedo a los dioses o a dios a través de personas presentadas como un elenco de seres sagrados (ya sean magos o sacerdotes), entonces el número de individuos que puedes controlar puede crecer hasta llegar a los miles de millones, como demuestran el Catolicismo y el Islam.

No sé mucho sobre el Islam, pero puedo decir con certeza que el Catolicismo ha controlado el comportamiento personal por medio del miedo al infierno y del ostracismo social, y cuando estas estrategias fallaban, por los medios violentos que la Inquisición respaldó. El dominio del Catolicismo está ahora muy debilitado, y el Papa ya no excomulga a ningún creyente por sus transgresiones o por sus blasfemia, si bien en términos históricos, esta iglesia no es tan diferente del fanatismo desenfrenado que vemos hoy en otras religiones.

La suposición es que la Historia avanza hacia un futuro en el que se respetarán todos los derechos humanos y el régimen autoritario que conocemos como patriarcado se transformará en una democracia dirigida por ciudadanos plenamente participativos. Cuando Hadi Matar hundió su cuchillo diez veces en el cuerpo desprotegido de Salman Rushdie, no solo retrasó el reloj a 1989, sino que también confirmó que el progreso se está deteniendo. Los derechos de las mujeres y las personas LGTBIQ+ afganas se han evaporado, y lo mismo está sucediendo en los Estados Unidos. Putin, Trump, Bolsonaro y los muchos otros patriarcas que amenazan la democracia nos están llevando de vuelta a los tiempos más oscuros que pensábamos que eran solo parte de la Historia, lamento repetir mi argumento. Hablar de guerra nuclear se está normalizando en el verano más caluroso registrado jamás, lo que indica que el cambio climático podría no tener tiempo de matarnos porque un invierno nuclear lo hará. El fanatismo y el fascismo que creíamos muertos están regresando, como el asesino psicópata de las secuelas cada vez más malas, y aunque ningún otro grupo de seis millones de personas ha sido exterminado tan sistemáticamente como lo fueron los judíos de Europa, inmensos colectivos humanos están siendo victimizados, con las mujeres en la parte superior de la lista, a pesar de que en realidad somos la mayoría del 52% en el mundo.

Una pregunta que a menudo se hace sobre los esclavos afroamericanos es por qué nunca organizaron una rebelión colectiva y asesinaron en masa a sus dueños, ya que estos eran claramente una minoría en comparación con el número de personas esclavizadas. Bien, el replicante Roy Batty nos dio la respuesta: ser esclavo es vivir con miedo, y vivir con miedo te convierte en esclavo. Agregaré que posiblemente solo se necesite el 10% de matones verdaderamente brutales para esclavizar al resto, aunque por lo que veo en los votos de aquellos que apoyan las políticas de extrema derecha, entre el 25% y el 30% de la población son esclavos que anhelan un amo duro y que piensan que el resto debería ser esclavizado.

Como mujer, estoy aterrorizada. Por esa tendencia anti-democrática, por la embestida contra los derechos de las mujeres, por el odio contra las personas LGTBIQ+ incluso en países como España donde el matrimonio gay es un derecho, y por la incapacidad de la comunidad mundial para detener a bestias como Putin. Estamos retrocediendo tan rápido que nos llevará siglos recuperar el futuro. Pensad en lo que J.K. Rowling debe estar sintiendo ahora, atrapada como está entre la furia de los activistas trans que la han calificado de TERF, y el odio del hombre musulmán radical que le anunció en Twitter después de que Rushdie fuera atacado “tú eres la siguiente”. Y no me olvido de la rapera musulmana catalana Miss Raisa, defensora de la comunidad LGTBI. Un hombre fue arrestado hace solo unos días, no solo habiendo amenazado con decapitarla, sino aparentemente preparándose para hacerlo.

Mi libertad de expresión personal y nuestra libertad de expresión colectiva se ven comprometidas por el miedo y el odio que se derraman sobre nosotros, tanto por parte de instituciones de larga historia, tal como la religión organizada, como otras nuevas, tales como las redes sociales. Salman Rushdie pensó que estaba libre de la fatwa y viajaba sin escolta, cansado de los años que pasó aislado como un prisionero. Su ataque por un joven que ni siquiera había nacido cuando se emitió la fatwa, y que muy probablemente actuó como un lobo solitario, podría ser solo el trabajo de un individuo fanático aislado, pero este hombre representa algo más profundo.

La libertad de expresión de los otros radicalizados y antidemocráticos, ya sean los talibanes o Donald Trump, no se ha socavado, mientras que la nuestra ha sido limitada por su violencia. Twitter expulsó a Trump, pero se trata de un gesto simbólico. Entre el aluvión de tuits que reaccionaron al ataque contra Rushdie con amor y compasión, se podía ver un río de tuits celebrándolo y justificándolo. No niego que Los Versículos Satánicos puedan haber ofendido a algunos creyentes islámicos, pero de ser así se trata de un asunto que debe debatirse con diálogo, no con un cuchillo. De hecho, el ataque va a tener el efecto contrario, ya que las ventas de la novela se dispararon instantáneamente. Lo siento mucho por los musulmanes amantes de la paz, la inmensa mayoría, que tendrán que soportar la peor parte de la cruel e idiota acción criminal de este hombre.

No me importa, en cualquier caso, tanto Rushdie como por los 14’2 millones de mujeres y niñas de Afganistán, esclavizadas por los talibanes. No sé cuántos de los 15 millones de hombres forman parte del régimen, o son cómplices, pero me temo sobre todo que este régimen sirva de ejemplo para la propagación del patriarcado antidemocrático en todo el mundo. Mirad lo que Amnistía Internacional dice sobre el tema.

Personalmente, ya no me siento libre, si es que alguna vez se me sentido libre, y de hecho he dejado de creer en la libertad de expresión. El popular actor Tom Holland acaba de anunciar que cerrará temporalmente sus redes sociales para proteger su salud mental de las constantes críticas. Entiendo su decisión, pero el problema es que tal como están las cosas ahora, la única forma de proteger la salud mental es desconectarse por completo del mundo y proteger cualquier privilegio que se pueda tener. Si quieres estar mínimamente conectado con la vida de hoy, especialmente si eres mujer, debes aceptar la angustia mental, la ansiedad, y el miedo. Y trata de perpetuar la ilusión de libertad a pesar de saber que, incluso en las mejores circunstancias, no eres más que un esclavo de la codicia, el autoritarismo, el odio y la lujuria por el poder, en resumen, del patriarcado. Cuanto más libre creas que eres, menos capaz serás de comprender tu esclavitud.

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CRÓNICA DE LA MUERTE DE LA LITERATURA (II): EL ESCRITOR COMO INFLUENCER

El otro artículo que me ha interesado y, en este caso, me ha horrorizado es “The Unlikely Author Who’s Absolutely Dominating the Bestseller List” de Laura Miller para Slate sobre la novelista actualmente de mayores ventas en Estados Unidos: Colleen Hoover. El análisis de Miller me llevó a una pieza similar de Stephanie McNeal, “How Colleen Hoover Became the Queen of BookTok” para BuzzFeed, publicada unas semanas antes.

“CoHo es el apodo de los fans para la querida autora de romance y suspense Colleen Hoover”, escribe McNeal. Hoover, una madre de tres hijos de 42 años residente en Texas, ha publicado más de 20 novelas y novelas cortas en la última década, capturando los corazones de los blogueros especializados en libros, de #bookstagram y, más recientemente, #BookTok”. De hecho, ambas periodistas describen a Hoover como una persona conocedora de las redes sociales que ha trazado una estrategia maestra para lograr su ascenso a las listas de los más vendidos gracias a un uso asombrosamente inteligente de las redes sociales. Miller y McNeal enfatizan que la popularidad actual de Hoover no es un producto de las reseñas de libros de TikTok (o booktoking), sino el resultado de una década de cultivo implacable por parte de la autora de cada red social sucesiva, a medida que subían y bajaban.

Nunca había oído hablar de Hoover, pero no es nada sorprendente, ya que he renunciado a tratar de dar sentido a la constante avalancha de novedades y, además, no uso las redes sociales, excepto Twitter (principalmente para anunciar las nuevas publicaciones de este blog). Si Hoover es más astuta que cualquier otro escritor a la hora de publicitar su trabajo, entonces felicitaciones para ella. Su éxito, hay que señalar, es muy diferente de las recomendaciones de boca a oreja que impulsaron a J.K. Rowling a la cima de las listas de best-sellers a nivel mundial, un fenómeno en el que no tuvo influencia directa y que fue una gran sorpresa para sus editores, Bloomsbury. Hoover comenzó a autopublicarse, hasta que la casa editorial Atria le ofreció un hogar, generando en este proceso inmensos ingresos para ambas. Insisto una vez más, si autora y editorial entienden su negocio tan a fondo, merecen sus ganancias. Lo que me preocupa es el impacto que escritores como Hoover están teniendo en los hábitos de lectura de sus lectores. Y no, no he leído ninguna de sus novelas ni tengo intención de hacerlo.

Mi argumentación podría no tener sentido, pero mencionaré a otra escritora de impacto supuestamente muy alto para establecer una comparación, que no se basa en las ventas, o en las reseñas de TikTok, sino en los comentarios de GoodReads. La autora nigeriano-estadounidense Chimamanda Ngozi Adichie es muy conocida como la autora de la novela Americanah (2013) y el ensayo We Should All Be Feminists (2014). En GoodReads, la novela de Adichie tiene hoy 4’31 estrellas sobre 5, con 329.795 valoraciones y 27.308 reseñas; su ensayo, está valorado con 4’42 estrellas (246.407 valoraciones y 24.421 reseñas). Destacaré que los libros por encima de 4 estrellas son, en mi experiencia de uso de GoodReads, generalmente excelentes y que cualquier obra por debajo de 3’70 es dudosa. Ahora, pasemos a Hoover. Sus novelas son, a excepción de un par de fracasos, calificadas por encima de 4, con la favorita de los lectores, It Ends with Us (2016) calificada con 4’40, sobre la base de, ¡atención!, 1.406.095 calificaciones y 139.103 reseñas. La supuestamente innovadora Normal People (2019) de Sally Rooney solo obtiene un 3’83 con 899.160 calificaciones y 84.780 reseñas.

Una regla de GoodReads y de cualquier otro sitio web que califique los textos de cualquier tipo es que los votantes tienden a disentir, por lo que los trabajos con cerca de cinco estrellas siempre encuentran detractores. Siempre leo primero las peores críticas, ya que las críticas de cinco estrellas suelen ser predecibles (‘esto es una obra maestra’ y así sucesivamente). Casi 16.000 lectores calificaron It Ends with Us con una estrella. Olvidé decir que se trata de una novela romántica y entre las reseñadoras más populares, Alissa Patrick se queja de clichés de la trama (“una historia sobre un tipo que aparentemente tiene el pene mágico para hacerte tirar tus convicciones por la ventana solo porque está bueno y usa uniforme de hospital”). La crítica de Olivia va más allá, acusando a Hoover de reducir “el abuso doméstico a una pelea entre amantes y presentar una caricatura sin tacto de las realidades del maltrato. Acepto que esta puede no haber sido la intención, pero la explicación dada en la nota de la autora no absuelve a este libro de su marketing imprudente e irresponsable”. En contraste, la reseña de 5 estrellas más popular, firmada por Aesta, comienza con “It Ends With Us es uno de los libros más poderosos de 2016 y una de las historias más crudas, honestas, inspiradoras y profundamente hermosas que he leído. (…) Es el tipo de libro que quiero dar a cada mujer y decirle… LEE ESTE LIBRO. AHORA” (https://www.goodreads.com/book/show/27362503-it-ends-with-us). Lo siento, pero paso.

He estado pensando en por qué el éxito de Colleen Hoover me molesta tan profundamente, al no ser yo misma una novelista (envidiosa) y estar abierta a leer cualquier cosa. Además, es casi imposible expresar una opinión sin atacar los géneros que practica Hoover (romance, YA, thriller, ficción femenina y romance paranormal) o a sus lectores (en su mayoría mujeres jóvenes). Corro el riesgo de ser vista como una bruja feminista elitista y vieja, que tal vez es lo que soy, pero no es cómo me gustaría ser vista. Creo que lo que me deprime es que, dado lo terminal que es todo el mundo de la lectura, con más gente que nunca leyendo pero con los que leen sin elegir las mejores opciones disponibles, se desperdicie tanta energía lectora. Es esta sensación persistente de que todos esos lectores jóvenes se sentirían mucho mejor leyendo mejores libros ya que, presumiblemente, les gusta leer.

No soy tan ingenua como para creer que la solución está en leer los clásicos (me quejé de la torpeza narrativa de Moby-Dick hace apenas dos entradas) o que la lectura de ficción por entretenimiento debería prohibirse (yo mismo leo ciencia ficción para pasar el rato). Lo que me deprime es esta marea que viene principalmente de América, pero también está generalizada en Europa, por la que se obtiene en las novelas más populares, o más bien en los géneros populares, una visión plana de la realidad. La ficción popular siempre ha sido criticada por este motivo, pero hace unas décadas llegó un punto en que la novela romántica, la ficción detectivesca, la ciencia ficción, la fantasía, etc., podían competir con la ficción sin género en la profundidad con la que retrataban a la sociedad (también porque la ficción sin género se volvió menos profunda).

Debo concluir que lo que me preocupa es cómo, en ausencia de un mejor tipo de escritura, un tipo de escritura menos competente está atrayendo todo el interés. Tanto en la narrativa de género como en la novela sin género, los libros prometen en la propaganda de las contraportadas y en las críticas entusiastas mucho más de lo que pueden dar, muy probablemente porque los autores del presente no han leído tanto como los autores del pasado. Dado que los lectores tampoco son demasiado cultos, los estándares se están erosionando y lo que pasa ahora por una obra maestra (las palabras utilizadas por muchos críticos de GoodReads para elogiar los libros de Hoover) es en realidad solo una novela razonablemente bien elaborada y llena de clichés del tipo que solía juzgarse como de nivel medio o bajo.

Tal vez envidio a los lectores de Hoover porque describen experiencias de lectura muy intensas en las que han sido poco menos que obnubilados. Solo tengo esta sensación muy raramente, y a menudo me encuentro soportando más que disfrutando de algunos libros. Posiblemente, cuanto más se lee, más se ven las costuras de cualquier libro y menos se está dispuesto a disfrutar del viaje. Sigo pensando, sin embargo, que el mundo de la lectura está al revés (podría decirse que siempre lo ha estado) y que hay muchos otros novelistas que vale la pena leer y promover. O tal vez no, y la nuestra es la era de las Colleen Hoovers y de la escritora como influencer. Solía ser el caso de que los autores se convertían en figuras públicas por la fuerza de sus publicaciones, y creo que ahora es todo lo contrario: primero te construyes como un aspirante a influencer y luego construyes un fándom de base antes de que estés realmente listo para producir una obra sólido.

Comentando estos días con una de mis sobrinas (de 13 años) sus libros para el verano, me habló de Joana Marcús, una autora mallorquina de veintidós años, que comenzó su carrera regalando su primera novela en línea y cultivando un fándom leal en Wattpad. Wattpad, la web donde compartes tu ficción y recibes retroalimentación de los lectores, es una idea maravillosa, pero aunque conecta a nuevos escritores con lectores y editores, no es una plataforma para fomentar la renovación de los clichés narrativos, ya que depende como todas las redes sociales de los ‘me gusta’ y de la popularidad. Wattpad Studios promete ahora además convertir las historias en adaptaciones cinematográficas y televisivas aplastantes. Las redes sociales, en suma, están matando la literatura al no solo haber quitado a los jóvenes el tiempo libre que muchos solían invertir en actividades más creativas, sino también al convertir a los escritores en personas influyentes que se preocupan más por monetizar el talento que por desarrollarlo.

No sé cómo podría funcionar, pero estoy casi segura de que si comparamos una novela de, digamos, la reina del romance Danielle Steele con una de Colleen Hoover, podríamos notar una diferencia significativa en la calidad, a favor de la primera. Empiezo a sonar como George Eliot cuando lanzó su feroz ataque misógino “Silly Novels by Lady Novelists” [Novelas tontas de autoras tontas] (1856) (publicado anónimamente en la Westminster Review), cosa que no es mi intención, pero tomaré prestada de su ensayo la idea de que las “mayores deficiencias” no solo de las mujeres sino de todos los autores que escriben hoy en día “se deben más que a la falta de poder intelectual a la falta de esas cualidades morales que contribuyen a la excelencia literaria: una laboriosidad sufrida, un sentido de la responsabilidad involucrada en la publicación y una apreciación de lo sagrado en el arte del escritor”. En cambio, encontramos “ese tipo de facilidad que surge de la ausencia de cualquier alto estándar” y mucha “autoría fútil” alimentada por la vanidad. La vanidad, por descontado, es una cualidad profundamente humana, como bien saben quienes desarrollaron las redes sociales.

En cuanto a lo sagrado en el arte del escritor y ese arte mismo, me temo que ya nadie sabe en qué consiste.

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CRÓNICA DE LA MUERTE DE LA LITERATURA (I): LA NOVELA EXPERIMENTAL Y EL ASCENSO DEL INFLUENCER

En mi última entrada argumenté que la literatura altamente creativa está prácticamente muerta, y que parte de esta muerte anunciada se debe al dominio de la novela escrita por autores a los que no les importa la prosa literaria. Unos días después, Domingo Ródenas de Moya publicó en el suplemento cultural de El País, Babelia, un artículo titulado “¿Quién teme a la literatura experimental?” en el que básicamente argumentaba que la confluencia de intereses comerciales y el desinterés de los lectores habían matado la ficción experimental. Por experimental se refería en esencia a la ficción Modernista que culmina en Ulysses (1922) de James Joyce, ahora objeto de celebración por su centenario.

La noción que Ródenas expuso de lo experimental fue criticada en los comentarios de los lectores como una postura elitista que no tenía en cuenta el escaso interés que las novelas Modernistas suscitaron en el momento de su publicación, ni el hecho de que el experimentalismo se puede encontrar en otros textos. De hecho, este es el caso. Las novelas góticas, por ejemplo, suelen ser narrativas experimentales porque los autores necesitaban mantener la ilusión de que los eventos absurdos que narraban realmente habían sucedido. Drácula de Bram Stoker (1897), por ejemplo, es un prodigio en ese sentido, ya que consiste en un conjunto de documentos muy variados, desde las grabaciones fonográficas del diario del Dr. Seward hasta recortes de periódicos. El extraño caso del Dr. Jekyll y el Sr. Hyde (1886) de R.L. Stevenson, que es una novela corta, también sorprende por cómo se construye el cuento, desde el exterior hasta el interior, comenzando con las observaciones de los amigos del buen doctor y terminando con su propia versión de la catástrofe que lo envuelve.

Stoker y Stevenson eran tipos muy diferentes de escritores, pero su popularidad demuestra que los lectores de a pie están abiertos a la experimentación siempre que la historia narrada sea atractiva, cosa que no es el caso en Ulysses. Este es, por otro lado, un texto literario mucho más puro ya que Joyce no lo redactó principalmente como narrador, o como novelista, sino como un experimentador literario que intentaba crear un nuevo tipo de artefacto. Tuvo un gran éxito en ese esfuerzo, pero, por supuesto, nadie que se le acerque como narrador o novelista puede estar satisfecho con sus habilidades narrativas (ni siquiera mencionaré su Finnegan’s Wake, 1939, que casi mata la novela literaria para siempre).

Entre los comentarios al texto de Ródenas, me llamó la atención uno firmado por una persona que se hacía llamar ‘Lola Montes’. ‘Ella’ dejó constancia de una peculiar tergiversación del papel de los ordenadores en la escritura al escribir que “Hoy en día los libros se escriben como churros gracias a los ordenadores, eso exige muy poco esfuerzo y escasa meditación sobre lo que se escribe), una boutade que sugiere que ‘Lola’ debe ser una tecnófoba, una persona mayor, o ambas cosas. No obstante, otro de sus comentarios me pareció absolutamente relevante: “La dificultad de una lectura es directamente proporcional a la relación entre el nivel cognitivo del autor y la realidad y contexto que presenta. Y eso requiere también altos niveles cognitivos en los lectores. No se trata de experimentar solo con los puntos y comas. Hoy en día, la Gran Literatura Clásica debe considerarse experimental porque muy pocos la abordan y la entienden”. Este comentario se puede abordar de dos maneras: no, Lola, los lectores muy sofisticados de altas habilidades cognitivas también pueden encontrar tediosa la ficción experimental y/o clásica y, sí, Lola, cuanto más básicas son las habilidades de los lectores, menos probable es que elijan ficción más allá del estándar básico de hartarse de leer en unas pocas horas una novela de prosa incolora.

Una cuestión que no se aborda habitualmente en relación con los hábitos de lectura es el ocio. La novela nació en el s. XVIII como un género diseñado para llenar el tiempo libre de las mujeres ociosas de clase media y alta, que no habían recibido educación formal más allá de la mera alfabetización. Los caballeros también leían novelas (incluso el Príncipe Regente había leído las novelas de Jane Austen), pero estar asociado con la escritura de novelas y su lectura estaba mal visto. Cuando en La inquilina de Wildfell Hall (1848) de Anne Brontë, la sirvienta Rachel trata de advertir a su ama Helen sobre el mal comportamiento de su esposo, Helen la recrimina: “¿Y entonces, Rachel? ¿Has estado leyendo novelas?”

La idea de que la novela podría ser un vehículo para una alta reflexión intelectual y para la expresión literaria creativa dirigida a lectores mejor educados llegó mucho más tarde, en un proceso de 50 años que se extendió desde Middlemarch (1871-2) de George Eliot hasta Ulysses (1922). Este proceso se superpone con el establecimiento (en el Reino Unido) de la educación primaria y secundaria financiada por el estado y, por lo tanto, con la idea de que la lectura de los clásicos tenía que ser parte de la educación de todas las personas. Tened en cuenta que las novelas todavía se trataban en ese contexto como textos para el ocio y no se proclamaron oficialmente parte de una educación deseable hasta que F.R. Leavis publicó The Great Tradition (1948).

La novela, así pues, ocupa diversos nichos en el ocio, desde la necesidad más básica de entretenimiento en la playa, mientras se viaja, para llenar una tarde aburrida, hasta la necesidad más elaborada de comprender la vida. Aquellos que leyeron Ullysses originalmente tenían tiempo en sus manos para este tipo de texto exigente, ya que no es en absoluto una novela que se sirva para relajarte al final de una jornada laboral agotadora. Ni siquiera sirve Middlemarch para ese propósito, ni ninguna novela de los principales novelistas rusos y franceses, sino que se leen porque el lector tiene curiosidad por ellas. Los lectores dotados de curiosidad literaria siempre encuentran tiempo para leer textos exigentes, pero aun así, los leen durante su tiempo libre (a menos que sean profesionales literarios de la crítica y la docencia superior, o lectores cautivos como son los estudiantes).

La orientación para llenar ese tiempo de ocio productivo, aparte de la educación, solía provenir de los periódicos y revistas, y en naciones cultivadas como Francia o Alemania de programas de televisión dedicados a la lectura (en España tenemos Página 2 desde 2007 pero ignoro si tiene público). El crítico literario Bernard Pivot, un ex periodista, les decía a los lectores franceses a quién tenían que leer en su programa semanal de entrevistas Apostrophes (1974-1989) y muchos prestaban atención. Cuando Oprah Winfrey comenzó su club de lectura (en 1996, como segmento de su programa de entrevistas), ya no se trataba de curiosidad literaria sino de otra cosa. Como escribió Scott Tossel en The Atlantic, durante el apogeo de la controversia desatada por la negativa del autor Jonathan Franzen a ser publicitado por Oprah, “El Modernismo (y el posmodernismo) nos enseñaron que las verdaderas recompensas del arte y la literatura no se obtienen fácilmente, sino que deben lograrse solo a través de la dificultad y la lucha. Obtener cultura de Oprah, desde este punto de vista, es como obtenerla de las guías Cliffs Notes, un método más barato y tramposo, pero que impide obtener las recompensas totales que ofrece de una obra de arte”. Tossel no consideró, por supuesto, por qué Oprah tuvo que llenar un vacío dejado por la educación, ni cuando los trabajadores empleados 40 o más horas a la semana pueden encontrar la energía para cosechar las recompensas de la lectura exigente.

Oprah actuaba como lo que más tarde se llamaría, a partir de 2015, una influencer. Aquí es donde está sucediendo la verdadera batalla. El conocido programa de entrevistas del crítico alemán Marcel Reich-Ranicki en la televisión pública alemana, Literarisches Quartett (1988-2001), que de alguna manera cierra la brecha entre Pivot y Winfrey, es ahora impensable, con sus entrevistas en profundidad y su discusión comprometida de la literatura. El club de lectura de Winfrey terminó en 2011, con el final de su talk show y su nueva versión lanzada en 2012, Oprah’s Book Club 2.0, que reconoce el auge de las redes sociales interactivas, nunca ha tenido el mismo impacto. Aquellos que, como Tossel, estaban horrorizados porque la literatura fina y creativa había caído en las manos plebeyas de Oprah Winfrey, deben sentirse suicidas hoy, viendo cómo la literatura está pereciendo ahogada por las reseñas de narrativa poco exigente ofrecidas primero por los booktubers, ahora por los booktokers. Los lectores siguen aún el ejemplo de otros, pero mientras que Pivot y Reich-Ranicki, y en gran medida Winfrey, actuaron por una genuina preocupación por educar utilizando los medios de comunicación, esta preocupación ha desaparecido de las redes sociales, con algunas excepciones que no alcanzan, de todos modos, el alto número de seguidores que alcanzaron esos influencers proto literarios. Hoy mandan otros influencers como las Kardashians.

En principio, nada impide que los booktubers y booktokers defiendan la extremadamente exigente ficción Modernista, posmodernista y post-posmodernista, o cualquier otro género literario (poesía, drama). De hecho, las Kardashian podrían ayudar a publicitar a Joyce, ya que están publicitando tantas marcas de moda. El problema, a mi modo de ver, es que quienes están presentes en las redes sociales como críticos de libros suelen ser personas muy jóvenes cuyo gusto literario aún no se ha formado y que están, además, en las garras de esta enfermedad que es la ficción juvenil o young adult. Disculpadme mi esnobismo edadista, pero aunque la idea de que los jóvenes se recomienden libros entre sí es hermosa, la idea de que en su mayoría recomienden novelas diseñadas para complacer a los lectores jóvenes no lo es.

Hace poco estaba leyendo La escritura o la vida (1994, originalmente L’écriture ou la vie) de Jorge Semprún, unas memorias profundamente conmovedoras de su regreso a la vida ordinaria después de Buchenwald, y me sorprendieron las escenas en las que él, entonces de 20 años, comenta poemas con un oficial estadounidense, tan joven como él. Ambos hombres han leído una inmensidad y citan una increíble variedad de poemas, que saben de memoria. Estaban, claramente, bajo otras influencias (e influencers). En cuanto a la ficción para adultos jóvenes, no niego la calidad de sus textos, como nunca negaría la calidad de la literatura infantil. Lo que estoy diciendo es que ha tenido el desafortunado (o trágico) efecto secundario de convencer a la mayoría de los lectores adolescentes, de los cuales la gran mayoría son chicas, de que hay algo llamado literatura ‘adulta’ que es aburrida hasta la muerte y solo debe leerse con las primeras canas.

Continuo despotricando en la siguiente entrada…

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