ESTUPIDEZ: LA PALABRA PROHIBIDA EN EL AULA

Recomiendo de todo corazón el delicioso volumen colectivo editado por el psicólogo Jean-François Marmion, El triunfo de la estupidez (originalmente Psychologie de la Connerie, 2018) por su verdaderamente gloriosa incursión en todo tipo de tontería. Realmente hace pensar. El libro de Marmion advierte que la estupidez es difícil de definir y explorar porque tiene múltiples facetas. Es fácil reconocer a imbéciles engreídos como Donald Trump, explican sus colaboradores, pero es mucho más difícil entender por qué las personas que muestran diariamente su inteligencia profesional pueden decir y hacer cosas verdaderamente estúpidas.

Una cosa que debo señalar es que las personas nunca son totalmente inteligentes. Cada vez que se mencionan las súper computadoras Deep Blue y Alpha Go, los detractores de la inteligencia artificial señalan que carecen de inteligencia general y solo son buenas para realizar tareas específicas. Opino que un error común es creer que los seres humanos inteligentes poseen inteligencia general, lo cual no es en absoluto el caso. Para evitar ofender a otras personas, mencionaré que en mi propio caso parezco tener un cierto talento para el lenguaje, pero mi supuesta inteligencia se evapora en el momento en que necesito aplicarla a otras disciplinas (las matemáticas) y ciertamente he cometido errores espantosos y estúpidos en mi vida. También soy totalmente inepta para los deportes, lo que significa que siempre obtuve un aprobado raspado en Educación Física. Soy estúpida, así pues, en muchos más frentes de los que soy inteligente, pero debido a que soy muy trabajadora, mis maestros de escuela primaria se llevaron la impresión de que soy mayormente inteligente. A medida que crecí, mantuve esta pretensión desprendiéndome de las áreas de conocimiento en las que soy estúpida hasta encajar en el nicho donde parezco sobresalir, más o menos (no exageremos).

Entre los muchos párrafos que terminé subrayando en el libro de Marmion, reproduciré aquí uno del capítulo de Jean-François Dortier “Una taxonomía de los idiotas”, que nos proporciona una idea de cómo la escuela y la inteligencia (o la estupidez) se vincularon originalmente: “Cuando, a finales del siglo XIX [en 1881-2], Jules Ferry hizo obligatoria la educación primaria en Francia, parecía que ciertos estudiantes eran incapaces de absorber la instrucción de rutina. A dos psicólogos, Alfred Binet y Theodore Simon, se les pidió que crearan una prueba de inteligencia para identificar a esos niños y así pudieran recibir una educación adaptada. Esta prueba formó la base de lo que más tarde se convertiría en el famoso IQ, o Cociente de Inteligencia [Intelligence Quotient]”. Hoy en día, añade Dortier, utilizamos eufemismos (como ‘discapacidades de aprendizaje’) para evitar referirnos a los niños que antes eran comúnmente descritos como ‘retrasados’, del mismo modo que ya no hablamos de niños ‘superdotados’ sino de “niños con ‘alto potencial’”.

Nunca he hecho una prueba de coeficiente intelectual, instrumento que encuentro de muy poca utilidad. De hecho, creo que es totalmente ridículo, ya que tener una puntuación alta no significa que una persona sea particularmente útil para el bienestar de la humanidad. Si estáis interesados en este asunto, acabo de enterarme buscando información para esta entrada de que hay algo llamado Mensa International, una asociación sin fines de lucro que reúne a 134000 personas en todo el mundo con coeficientes intelectuales “en el percentil 98 o superior en un test de coeficiente intelectual estandarizado, supervisado u otra prueba de inteligencia validada”. Lo que estas personas están haciendo para detener el cambio climático, o poner fin a la guerra en Ucrania, no se sabe, de ahí mi desconfianza en este tipo de clasificación. Lo que el pasaje de Dortier sugiere, no obstante, es que hubo un momento en la historia en el que habría sido posible organizar todas las escuelas primarias siguiendo el principio de la puntuación del coeficiente intelectual, algo tan aterrador para mí como la idea de la eugenesia. Afortunadamente, las escuelas públicas primarias se organizaron sobre la base de proporcionar a los estudiantes la misma educación, aunque es cierto que algunos estudiantes fueron horriblemente discriminados debido a prejuicios validistas y que otros con necesidades especiales fueron ignorados. Nos salvamos, al menos, de llevar nuestro coeficiente intelectual estampado en el uniforme escolar, lo cual es un alivio.

Esto no significa que no haya diferencias en la capacidad de aprendizaje entre los niños, o que la escuela no las enfatice a través de la evaluación, a lo que me he opuesto aquí recientemente. Leyendo El triunfo de la estupidez de Marmion, parece obvio que debe haber una correspondencia directa entre el número de adultos que demuestran una inteligencia notable y aquellos que disfrutan revolcándose en su estupidez, y el número de niños en ambas categorías a pesar de la pretensión actual de que todos los niños son igualmente capaces y lo pueden demostrar si se les da el tipo correcto de educación. He estado defendiendo la idea de que la educación debe aprovechar al máximo las capacidades de cada persona y odio cualquier tipo de clasificación que separe a los niños según el rendimiento académico: todavía me estremece recordar a una maestra de cuarto curso que nos hacía cambiar de asiento al final de cada semana (¿o cada día?) dependiendo de cómo hubiéramos funcionado en clase, colocando a las mejores estudiantes en la parte delantera y a las peores en la parte posterior. Es feo hacerle esto a los niños, pero todos conocemos casos de adultos cuyas capacidades de aprendizaje son limitadas y que ya eran así cuando eran críos. No estoy hablando aquí de niños con problemas manifiestos, sino de niños que no pudieron y no quisieron ser educados y que se han convertido en adultos que desprecian la inteligencia y el aprendizaje. Miles de personas muestran en las redes sociales cada día lo que solo puede llamarse una profunda estupidez y, como estamos viendo, el fenómeno comienza tan pronto como los niños reciben un smartphone, alrededor de los diez años.

Como he señalado, la suposición vigente es que ningún niño es estúpido, pero también que la autoestima de los niños puede dañarse si se les indica que su rendimiento está por debajo de la media. Esta contradicción ha convertido la evaluación en un campo minado. En 2016 las autoridades locales catalanas decidieron eliminar por ese motivo la escala 0-10 que todavía utilizamos en la universidad para calificar el rendimiento de los estudiantes, sustituyéndola por otro sistema, que aunque aparentemente más indulgente, sigue clasificando a los niños por rendimiento. El nuevo sistema de puntuación es “logro excelente” (assoliment excel·lent), “logro notable” (assoliment notable), “logro satisfactorio” (assoliment satisfactorio) y “sin logro” (no assoliment). Estos son los antiguos Sobresaliente, Notable, Aprobado y Suspenso, pero con énfasis en el resultado del aprendizaje en lugar de la evaluación, o eso afirmaron las autoridades. Este año, el consejero catalán de Educación, Josep González-Cambray, ha intentado sustituir el “sin logro” por el más optimista “logro en proceso” (en procés d’assoliment), pero los profesores han argumentado que esto confundiría a las familias, y la nomenclatura de “no assoliment” para los fracasos sigue vigente (pese a ni siquiera ser gramatical ya que debería ser “sense assoliment”).

La lucha por encontrar reemplazos para las categorías de evaluación tradicionales está manifestando claramente que la escuela no sabe cómo manejar a los niños que no están aprendiendo, a pesar de ser plenamente capaz de hacerlo. Se teme, como he señalado, que se sientan maltratados si se les dice abiertamente que han fracasado, pero quizás lo que está socavando el respeto por la inteligencia y respaldando el reinado de la estupidez es, precisamente, la suposición de que los niños pueden ser medidos por el mismo sistema. Si soy un niño al que constantemente se le dice que mis actividades escolares no conducen a “ningún logro”, haré todo lo posible para llevar al mundo a mi propio nivel, comenzando tan pronto como pueda y con la ayuda de las redes sociales. Allí, las personas más inteligentes están siendo torturadas sin piedad por aquellos que se sienten libres, gracias al anonimato que permiten los medios de comunicación pero también bajo sus propios nombres, para imponer sus puntos de vista agresivamente estúpidos. Es una especie de venganza del estudiante de bajo rendimiento que se está comiendo cualquier autoridad que los maestros o la escuela alguna vez tuvieron. Están ganando la guerra, ya que la escuela no puede hacer nada para revalorizar la inteligencia como solía ser: no algo que un puñado de niños tiene, sino algo que muchos niños pueden demostrar.

Si, en resumen, todos los niños son tratados como igualmente capaces y dignos de atención, y estoy segura de que lo son, ¿de dónde vienen los adultos estúpidos? La sugerencia políticamente incorrecta es que algunas personas nacen estúpidas, con lo que quiero decir congénitamente incapaces de beneficiarse de una educación, incluso en su etapa primaria. La suposición políticamente correcta es que la escuela produce estupidez al insistir en la evaluación y en presentar a los niños más capaces como niños de “alto potencial”, en lugar de vender la inteligencia como el modelo más deseable para todos. Como he insistido, nadie es generalmente inteligente o totalmente estúpido, y se trata, por lo tanto, de averiguar en qué áreas cada persona es más capaz. También se trata de valorar en la escuela otros aspectos. Puede haber niños cuyo rendimiento no sea particularmente sobresaliente, pero que sean cariñosos y generosos. Otros podrían ser capaces de emitir juicios morales sólidos y promover el respeto mutuo. Algunos podrían ser genios con sus manos, en lugar de sus cerebros. La escuela, en resumen, necesita ser más inteligente para frenar un sistema que, tal como lo veo, produce un exceso de estupidez adulta.

La otra institución que necesita ser más inteligente son las redes sociales. A principios de la década de 1990, cuando me uní a los BBS (Bulletin Boards System) anteriores a Internet, como Fidonet, todos los trolls eran rechazados como las criaturas irrespetuosas que son. Mantuve entonces intensas conversaciones de todo tipo de personas en toda España y disfrutamos mucho de estar en desacuerdo sin insultarnos. Luego apareció Internet en 1994, y más tarde las redes sociales (Facebook se lanzó en 2004). Estas atrajeron no necesariamente personas menos inteligentes pero sí modelos de negocio más permisivos, basados en la premisa de que cuantos más usuarios tenga una red, mayores ingresos recibirá de los anunciantes. Los trolls fueron por esa misma razón muy bienvenidos; de hecho, mejor recibidos que las personas que podían participar en debate inteligentes pero menos atractivos. Agregad a esto el anonimato y la regla populista de los likes, y la receta para el crecimiento de la estupidez mundial está lista.

Por favor, recordad que el tipo que lanzó a rodar la pelota, Mark Zuckerberg, era un estudiante de la Universidad de Harvard, lo cual demuestra la proximidad de la inteligencia y la gilipollez en ciertos momentos históricos. Este listillo es responsable del auge masivo de la estupidez y del declive de la inteligencia como un valor respetado en todo el mundo. Ahora os toca reflexionar sobre la estupidez que cometemos cada vez que nuestro uso de las redes sociales lo enriquece a él, y a los de su calaña.

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