ESCRITORES QUE ESCRIBEN SOBRE LIBROS: LEYENDO EL PUNTO CIEGO DE JAVIER CERCAS

Cometí un error al tomar prestado El punto ciego de Javier Cercas de la biblioteca, creyendo erróneamente que era un volumen de Javier Marías. Leí el resumen—el libro reúne cinco conferencias pronunciadas por el autor cuando fue nombrado ocupante de la Cátedra Weidenfeld de Literatura Europea en el St Anne’s College de Oxford en 2015—y pensé que ese era el tipo de nombramiento que el ilustre Marías está acostumbrado a recibir. En el prólogo un humilde Cercas se muestra muy sorprendido de haber merecido ese honor, viéndose como jugador de una liga menor en comparación con sus antecesores (su admirado Mario Vargas Llosa entre ellos). Cercas (n. 1962) se convirtió en una celebridad de la noche al día con su cuarta novela, Soldados de Salamina (2001), novela que cuenta la historia basada en hechos de la vida real de cómo un político fascista salvó su vida en medio de la Guerra Civil Española gracias a un extraordinario acto de empatía humana por parte de un soldado Republicano anónimo. Cercas se retiró entonces de la docencia (fue profesor de Literatura Española en la Universitat de Girona), y hasta la fecha ha publicado ocho novelas más y ha recibido muchos reconocimientos. La última novela de Cercas que he leído, la ganadora del Premio Planeta Terra Alta (2019), y primera de una trilogía de novela negra, no me impresionó especialmente, de ahí mis dificultades para conectarlo con la Cátedra Weidenfeld. Concedo, sin embargo, que Soldados de Salamina es excelente.

También he disfrutado mucho de El punto ciego, deseando al leerlo que más escritores encontraran el tiempo y las energías para describir su oficio. Hay una gran cantidad de libros de autores profesionales que ofrecen notas sobre su experiencia profesional y consejos a aspirantes a escritores (aquí hay una lista de 100 volúmenes de este tipo). No hay, sin embargo, tantos ensayos publicados por escritores sobre qué hace que las novelas de calidad funcionen. Leyendo a Cercas a menudo pensaba en el espléndido volumen On Writing: A Memoir of the Craft / Mientras escribo (2000) de Stephen King, un libro que menciona entre los mejores toda lista de grandes libros sobre la profesión. Me gusta tanto este libro que incluso le di la lata al agente de King, tratando de que lo persuadiera para que escriba una segunda parte… No me hizo caso. De todos modos, el libro de Cercas es muy diferente, más un análisis literario general que un libro de memorias, tal vez más cercano a Lectures on Literature / Lecciones sobre literatura (1980) de Vladimir Nabokov—que no he leído—o volúmenes similares. Se trata de una serie de lecciones sobre ficción, en suma, en lugar de una serie de consejos sobre cómo escribirla.

Cercas considera una lista más bien breve de clásicos canónicos (muy pocos escritos por mujeres…) y sus propias novelas, en particular Anatomía de un instante (2009), sobre el golpe fallido que Tejero dio en 1981, para ofrecer una teorización de la novela que, claramente, le conviene. Lo que él llama ‘el punto ciego’ es la resistencia de la novela ambiciosa a quedar perfectamente cerrada, aunque él utiliza otras palabras: “nada contribuye tanto como el punto ciego a cebar de sentido una novela o relato, a incrementar el volumen de significado que es capaz de generar”. Cercas no quiere decir que la ficción deba ser abierta, sino que debe contener cierta “ambigüedad” fundamental, que no es lo mismo, dice, que “indefinición”. Sé lo que quiere decir: volvemos a Wuthering Heights / Cumbres borrascosas de Emily Brontë una y otra vez por el enigma que es toda esta novela, y por cómo se resiste a cualquier interpretación fácil. Las novelas más simples se ofrecen a ser inspeccionadas, sin ocultar sus verrugas ni otros defectos y sin dar señales de ambigüedad; tan solo ofrecen una experiencia lectora que aun siendo lo suficientemente agradable no es necesariamente satisfactoria (algo que describe la propia novela Terra Alta de Cercas).

La ficción, afirma al autor, no necesita “proponer nada, no debe transmitir certezas ni dar respuestas ni prescribir soluciones” pero, al mismo tiempo, argumenta, “toda literatura auténtica es literatura comprometida”. En inglés si algo está ‘comprometido’ está ‘en riesgo’ así que no puedo evitar pensar en este ‘falso amigo’, como decimos los filólogos ingleses. ¿Qué es la ficción de calidad si no la ficción al borde constante del desastre, es decir, una ficción ‘comprometida’ en el sentido inglés de la palabra? Me desvío, no obstante, del sentido de las palabras de Cercas, que es bastante claro, incluso un poco manido: “toda literatura auténtica aspira a cambiar el mundo cambiando la percepción del mundo del lector”, aunque tal vez quiera decir “que el lector tiene del mundo”, no lo sé. Me encanta cuando los escritores usan estas palabras altisonantes, en lugar de hablar de ventas y premios y todos los accesorios de la fama literaria, pero luego recuerdo que Cercas es un tipo con un Planeta en su haber, el premio más comercializado del mundo y me pregunto cómo se dice a sí mismo ahora que es un escritor ‘comprometido’. Tal vez el dinero lo ha liberado de cargas varias y esta es una de ellas.

Cercas sostiene que las novelas totalmente realistas no tienen un punto ciego, lo que significa que está alabando un tipo de ficción que se niega a ser totalmente accesible, ya sea por accidente (novelas pioneras como El Quijote de Miguel de Cervantes) o voluntariamente (nombra aquí tu novela posmoderna favorita—el Ulysses Modernista de Joyce ya es incluso exageradamente ambiguo). Al mismo tiempo, Cercas advierte sobre un asunto del que todos somos conscientes: en la literatura no hay evolución, y de hecho la mayoría de los lectores (afirma él y estoy de acuerdo) están perfectamente satisfechos con los descendientes modernos de la ficción realista del siglo XIX. Digo los “descendientes modernos” porque si los lectores estuvieran contentos con las novelas decimonónicas, entonces Dickens y compañía seguirían siendo los autores más vendidos, lo cual no es el caso. Cercas señala, con razón, que a pesar de los esfuerzos de muchos autores Modernistas y postmodernos para galvanizar las socorridas y complacientes convenciones novelísticas del siglo XIX con innumerables experimentos narrativos, leemos novelas por lo que dicen sobre la condición humana, y no por lo que los autores pueden llegar a hacer con la forma. El modelo que utilizó Jane Austen (una escritora con más ambigüedades de lo que podría parecer a primera vista) sigue siendo bueno, si no el mejor, para nosotros, ya que parece que, a pesar de lo que creen algunos autores experimentales, los lectores no quieren adornos narrativos, solo la ilusión de que los personajes existen y que sus vidas importan.

En esto es donde la novela y yo como lectora nos estamos alejando: encuentro muy pocas novelas actuales que me interesen como expresiones de la experiencia humana. Como he estado contando aquí repetidamente, las memorias me parecen de repente más interesantes que las novelas. De hecho, posiblemente las disfruto no solo porque las personas que eligen narrar sus vidas suelen tener trayectorias interesantes que explorar, sino también porque el sentido de ambigüedad que Cercas describe es posiblemente más fuerte en las memorias. Solo por citar un ejemplo, acabo de terminar de leer The Meaning of Mariah Carey / El significado de Mariah Carey (2020) de la propia artista junto a Michaela Angela Davis. No soy una ‘Lamb’ (o corderita), como se conoce a los fans de Carey, y elegí el libro por las críticas en su mayoría positivas y porque, como digo, encuentro ahora las memorias más atractivas que las novelas—también como ficción. Con esto quiero decir que las memorias son construcciones interesadas en las que una persona de carne y hueso se convierte en un personaje en una narración propia, convirtiendo a su círculo en personajes secundarios. Creo que a Cercas le encantaría The Meaning of Mariah Carey por su uso constante de una ambigüedad casi Jamesiana, tan radical que creo que sé menos de esta diva que antes de leer sus memorias. Ironizo, como se puede ver, pero encontré más puntos ciegos en el extraño volumen de Carey que en todas las novelas canónicas que menciona Cercas.

El peligro de todas las teorías literarias, incluida la de Cercas sobre los puntos ciegos que hacen grandes las grandes novelas, es que pueden aplicarse a textos creados sin idea alguna de lo literario (como el de Carey). Sin embargo, si el punto ciego no es suficiente para caracterizar la gran ficción, y no se trata tampoco de experimentar con la forma sino de lidiar con la pura experiencia humana, entonces muchos otros tipos de textos narrativos hacen lo mismo, incluso los reality shows. Lo que nos hace admirar a los novelistas y no a los ensayistas incluso cuando los novelistas están muy cerca de ser ensayistas—como es el caso de Cercas—es el poder de inventar un simulacro de vida humana. El biógrafo y el auto-biógrafo también narran la experiencia humana, pero no importa cuán sólidas sean sus habilidades narrativas, hay algo en la pura invención que nos deslumbra.

Cercas y muchos otros pueden tomar a personas de la vida real como fundamentos para sus novelas, pero lo que disfrutamos es cómo fantasean con ellas, incluso prefiriendo su versión ficticia a la estrictamente histórica. Cercas dice más o menos que no le interesaban los tres hombres que ni se inmutaron cuando Tejero entró en las Cortes Españolas y sus tropas de asalto dejaron ir varias ráfagas de metralleta, sino que le interesa fantasear sobre por qué no se asustaron. El Presidente saliente del Gobierno Adolfo Suárez, su Ministro de Defensa Teniente General Gutiérrez Mellado y el líder opositor comunista Santiago Carrillo, explica Cercas, no son en su novela Anatomía de un instante un retrato de las figuras históricas reales sino personajes de su propia invención. Para mí, ese es el verdadero punto ciego de las novelas, grandes y pequeñas: la esquiva diferencia entre el poder del ensayista para ofrecer una aproximación a la realidad y el poder del novelista para inventar lo que parece ser real.

Ningún novelista, sin embargo, parece interesado en echar un buen vistazo a ese poder, tal vez porque es un misterio y tengo la sensación de que es un poco aterrador, algo fuera de control e imposible de entender. El problema es que si los escritores no están bien equipados para explorar este misterio de la mente ficcionalizadora, ¿quién lo está? Por favor, no digáis la palabra ‘neurocientíficos’… y seguid disfrutando de la ambigüedad de toda gran ficción y de todo gran novelista. Y leed Soldados de Salamina, si no lo habéis hecho aún.

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VOLVER A LO BÁSICO, CON UN LLAMADA A RENOVAR LA SUPERACIÓN PERSONAL EN EL APRENDIZAJE

Estoy enfrascada en la lectura del ensayo del filósofo y pedagogo Gregorio Luri, La escuela no es un parque de atracciones: Una defensa del conocimiento poderoso, 2020, que, por supuesto, elegí porque estoy de acuerdo con el título. Supongo que así es como el autor escogió alejar a los lectores que podrían estar en desacuerdo con sus puntos de vista.

En esencia, Luri desaprueba todas las teorías pedagógicas actuales que, aplicadas a la enseñanza real en la escuela, han resultado en la visión muy equivocada de que el aprendizaje debe ser divertido y costar sólo un mínimo esfuerzo. Es particularmente crítico con la forma en que las competencias han erosionado la importancia del conocimiento; esta es la razón por la que considera que la noción de “aprender a aprender” no tiene sentido; como él argumenta, a menos que sepas sobre algo (lo que significa que tu memoria retiene información sobre el tema) no hay forma de que realmente puedas aprender, y mucho menos “aprender a aprender”. Si, por ejemplo, mis estudiantes de Literatura Victoriana no han memorizado los nombres de los autores, los títulos de los libros, los conceptos básicos de la Historia Victoriana, no podrán aprender a escribir un trabajo académico sobre ninguno de estos aspectos. O, mejor dicho, sí podrán, pero sus trabajos serán muy pobres. La argumentación de Luri es clara como la luz del día: la acumulación de conocimiento ha sido ridiculizada erróneamente por una pedagogía basada en la adquisición de habilidades, una pedagogía que olvida que nadie puede enseñar o usar ninguna habilidad sin conocimientos previos.

Leí ayer en el diario Nius (sí, así se llama) que Alexandre Sotelinos de la Universidade de Santiago de Compostela, ha ganado el concurso Abanca al mejor profesor universitario de España (el premio se basa en los votos de los estudiantes combinados con los de un jurado). Sotelinos, pedagogo de formación, imparte clases en el Grado de Pedagogía y en el Grado de Formación del Profesorado de Primaria. El artículo no dice qué méritos le han garantizado la victoria en ese concurso; él mismo solo dice que “Lo que hago es intentar reinventarme, aprender mucho de otros compañeros que hacen proyectos increíbles y tratar de llevarlo a mi aula”, el clásico respaldo de la innovación docente.

Lo que me llamó la atención, una vez superada mi profunda envidia de este colega gallego, es cómo lee el dicho “Educación a través de la cabeza, la mano y el corazón” del pedagogo suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827): “Al final lo que nos está diciendo esta idea es que más allá de conocimientos, tenemos que aprender habilidades y a gestionar las emociones. Y que para aprender unas cosas u otras todo está relacionado. Es decir, no podemos aprender nunca bien si nuestro estado emocional no es adecuado”. Para empezar, realmente dudo que la pedagogía del s. XVIII conecte tan claramente con su descendiente del s. XXI; en segundo lugar, la visión de Sotelinos de la educación es precisamente lo que Luri condena como la estrategia fallida que ha convertido erróneamente a las escuelas en instituciones inmanejables donde el aprendizaje ocurre solo de manera irregular, dependiendo de las decisiones de los estudiantes de participar o desconectarse. Y esa no es mi envidia hablando.

Leyendo a Luri me he encontrado cuestionando mi propio conservadurismo como educadora. Algunas de sus propuestas suenan conservadoras pero tal vez tenga que aceptar que soy una docente conservadora. Estoy de acuerdo con él en que el aula no es un lugar para que los estudiantes se entretengan, sino para que estén concentrados y se esfuercen por aprender. Yo misma estoy haciendo el esfuerzo de enseñarles. Los estudiantes de todos los niveles de educación deben aceptar una disciplina básica. Los maestros deben ser respetados y sus lecciones absorbidas en un silencio atento a menos que se les pida específicamente a los estudiantes que hablen. En mi modesta y seguramente antipática opinión, el lenguaje corporal y la expresión facial de los estudiantes deben demostrar que están escuchando y participando activamente en su propia educación y respetando el trabajo de los maestros en el aula.

Además, los estudiantes deben aceptar que el aprendizaje implica hacer un esfuerzo constante; estudiar es necesario, lo que incluye tomar notas, memorizar datos, desarrollar el trabajo utilizando los conocimientos y habilidades adquiridos en clase. Los estudiantes también deben saber que, nos guste o no (y a mí no me gusta), están siendo evaluados, lo que significa que necesitan causar la mejor impresión posible (por su bien, no por el del maestro). La actitud cuenta para la evaluación, como todos sabemos. El aprendizaje, dice Luri y estoy de acuerdo, debe ser un proceso de enfrentarse constantemente a los desafíos en el que los estudiantes pongan a prueba al máximo sus habilidades. En lugar de esto, tenemos al menos el 20% de los estudiantes que no están interesados en aprender, y el problema es que estamos haciendo una larga serie de esfuerzos para involucrar a esos estudiantes en una educación que realmente no les importa mientras descuidamos las necesidades y habilidades de los mejores estudiantes, que en realidad son la mayoría.

Luri menciona como uno de los pedagogos que más firmemente atacó a la escuela tradicional al estadounidense John Holt (1923-1985), autor entre otros libros de The Underachieving School (1969), conocido en traducción al español como El fracaso de la escuela (1977). Resulta que tuve un profesor de Ética en la escuela secundaria que nos pidió que leyéramos este libro, cuando teníamos 15 años. No recuerdo su nombre, pero recuerdo que parecía como si lo estuvieran obligando a punta de pistola a enseñarnos a nosotros, estudiantes de segundo año; perpetuamente amargado y distante, tenía una pedagogía extrañamente mixta, muy suelta pero muy exigente intelectualmente. Parte de su rebeldía contra la escuela fue que se nos permitió sentarnos a nuestro antojo, lo que significa que terminamos en las mesas hasta que vimos que las sillas eran más cómodas. Su verdadera rebeldía, por supuesto, consistía en hacernos leer a Holt (y a Orwell, entre otros) y enseñarnos que la escuela no se gestionaba pensando verdaderamente en nosotros; sin embargo, no fue capaz de establecer ningún tipo de diálogo con nosotros.

Este hombre fue simultáneamente uno de los mejores y uno de los peores maestros que he tenido. Me provocó una profunda conmoción que dura hasta hoy al pedirme que absorbiera la deconstrucción que Holt hizo de la escuela (estadounidense), una deconstrucción tan profunda que Holt terminó promoviendo la educación en el hogar. Este maestro sin nombre fue el primero en pedirme que expresara libremente mis puntos de vista, por lo que le doy las gracias. Aprendí mucho más, sin embargo, de los maestros que creían que la verdadera rebelión contra la escuela consistía en convertirnos en estudiantes profundamente instruidos. Nunca he estado en manos de un maestro que viera su trabajo como simplemente transmitir información. Siempre me enseñaron por imitación, con lo que quiero decir que mis mejores maestros eran tan buenos que solo quería ser como ellos. Los admiraba, y mi propio trabajo era una forma de expresar mi admiración. Aprendí a amar el aprendizaje porque ellos eran sabios y quería ser igual de sabia.

Lógicamente, no todos mis maestros eran sabios, y algunos eran bastante pobres como docentes, pero en la pedagogía que vino antes de la actual, eso no importaba porque lo que importaba eran las habilidades y responsabilidades de los estudiantes. Siempre me dijeron en casa que yo era responsable de mis estudios, al igual que mi padre era responsable de su trabajo. Estudiar era mi trabajo, y tenía que hacerlo bien, independientemente de mis maestros, como él hacía su trabajo, independientemente de sus jefes. Si mis maestros eran buenos, pues suerte que tenía; si eran malos, tenía que compensar sus carencias. Sin excusas.

Obtener una educación se consideraba una tarea difícil: nunca se me habría ocurrido decir que estaba aburrida porque los adultos a mi alrededor habrían respondido que el recreo era donde tocaba divertirse, no el resto de la escuela. Simplemente no recuerdo ningún problema de disciplina entre mis compañeros de ningún nivel, con pocas excepciones que todos entendimos como una minoría y casos muy especiales. Los maestros eran respetados, incluso cuando no gustaban, y la escuela generalmente aceptada, incluso cuando era aborrecible. Los maestros no pasaban una buena parte de su tiempo tratando de que los estudiantes se sentaran y escucharan; Luri dice que ahora emplean el 20% de su tiempo, especialmente en la escuela secundaria. Simplemente estábamos quietos y atentos, del mismo modo que por la calle caminamos en lugar de saltar y pegar brincos como locos, y no se nos ocurre saltarnos lo semáforos porque sí.

Creo que estoy tratando de decir que actualmente hay una impresión errónea de que la educación solía funcionar sobre la base del autoritarismo del maestro y la implementación de una disciplina fuerte por parte de la institución. Esta no es mi impresión de mi propia educación en escuelas primarias y secundarias públicas. Funcionaban bien porque, insisto, los maestros eran respetados, los padres no socavaban su autoridad y los niños generalmente se comportaban bien, entendiendo que eran responsables de su propia progresión. Sin embargo, debido a Holt y muchos otros pedagogos que se rebelaron contra la enseñanza tradicional, ahora tenemos la oportunidad de hacer que el aprendizaje sea realmente emocionante, pero hemos perdido la disciplina personal necesaria para participar en el estudio. Tal vez debería culpar a Pink Floyd. Odio con toda mi alma su idiota himno de 1979 “Another Brick in the Wall” y su coro de niños cantando “No necesitamos educación / No necesitamos ningún control del pensamiento / Ni sarcasmo oscuro en el aula / Maestro, deja a los niños en paz” (traducido suena incluso peor), no solo porque quería una educación con toda mi alma, sino porque en mi experiencia la enseñanza había liberado mi pensamiento y nunca había encontrado sarcasmo, solo estímulo.

Sotolino es optimista y piensa que los maestros de primaria en particular ahora están empezando a ser mejor valorados, siguiendo la información que obtenemos en las noticias sobre el sistema finlandés. No estoy tan segura, pero en cualquier caso mi impresión es que la escuela secundaria sigue siendo la parte más problemática de la educación actual. En mis tiempos, la educación primaria terminaba a los 14 años, y muchos chicos y chicas elegían capacitarse profesionalmente. La extensión de la escuela secundaria a los 16 años en la mayoría de los países significa que los maestros se enfrentan todos los días a una gran ola de resistencia y rebelión adolescente, muy diferente de mi propia escuela secundaria, en la que los jóvenes de 14 a 18 años luchaban por ir a la universidad y, por lo tanto, eran menos propensos a poner en solfa la educación. Encuentro, volviendo a Sotolino y a la “Educación a través de la cabeza, la mano y el corazón” de Pestalozzi, que el corazón ha sido sobre-enfatizado y la mano descuidada; cuando la escuela habla de habilidades y competencias, siempre se refiere a la cabeza.

Lo que digo es que hay que diversificar la educación, acortar el segmento obligatorio, dar a la formación profesional el mismo estatus que la formación académica, hacer de la universidad de nuevo un lugar de generación de conocimientos y no de profesionalización y, sobre todo, respetar a los docentes. La solución no es tratar de entretener a los adolescentes descontentos, sino construir un mejor compromiso con el aprendizaje serio en todas las etapas de la educación. Esto no significa volver a un modelo autoritario sino celebrar la razón principal por la que creció la demanda de educación y se amplió la oferta: se llama superación personal y consiste en llegar lo más lejos que puedas en el desarrollo de tus capacidades, sin importar de qué tipo sean.

La cabeza, la mano y el corazón seguirán los pasos que impongas si estás decidido a sacar el máximo provecho de ti mismo, no más allá del conocimiento, sino más allá de lo que se requiere y se espera de ti. Si lo piensas, la forma en que se te enseña es al final mucho menos importante que la forma en que aprendes. No lo olvides.

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LA EVALUACIÓN DEL PROFESORADO: ¿PODEMOS POR FAVOR MEJORAR LA FORMA EN QUE LA HACEMOS?

He pasado varios días redactando el informe para mi evaluación como docente por parte de las autoridades regionales catalanas, un ejercicio que se realiza cada cinco años. Curiosamente, las autoridades españolas solo piden que solicitemos ser evaluados, también cada cinco años, y no he hecho ningún otro papeleo al respecto. Por el contrario, las autoridades catalanas exigen un informe largo (el mío se extiende a 18 páginas), seguido de tantos certificados como se puedan añadir, porque como sabemos aquí nadie confía en que los profesores universitarios hayan hecho realmente lo que decimos haber hecho. Mientras montaba las 65 páginas que el informe final ocupa (¡gracias Manuel por enseñarme que I Love PDF! existe ya a mezclar documentos), me pregunté qué burócrata las revisará. Mi impresión es que alguien usará la lectura de mi informe (tal vez solo echando un vistazo superficial) para justificar su tiempo de trabajo y no para realmente evaluar mi docencia. Sí, trabajamos para los burócratas.

Escribir este tipo de informes es inmensamente molesto porque se supone que debemos introducir toda nuestra información en la aplicación EGRETA, por lo que en teoría la propia aplicación debería generar cualquier documentación que necesitemos. En cambio, debemos hacer un seguimiento minucioso de cada cosa que hacemos actualizando constantemente nuestro CV en el ordenador de casa y, aun así, siempre perdemos de vista algo. Olvidé, por ejemplo, que las entrevistas anuales de evaluación con estudiantes de doctorado también cuentan para la evaluación. Mi impresión es que todo cuenta excepto lo que realmente sucede en el aula. He compilado para mis examinadores listas de cursos impartidos, disertaciones supervisadas, tribunales de los que he sido miembro, puestos administrativos y he escrito un largo ensayo sobre mi visión de la enseñanza en los últimos cinco años. Sin embargo, el segmento más débil ha sido el relacionado con la enseñanza en sí, porque, ¿adivinen qué?, las encuestas de los estudiantes sobre mi trabajo no fueron suficientes en número para que esa sección del informe fuera aceptable sin más pruebas.

Debo aclarar que la evaluación de los estudiantes sobre nosotros, el profesorado, solía hacerse en clase sobre papel tomando unos minutos prestados de cada asignatura. Esto consumía mucho tiempo y era costoso, por lo que la UAB optó por pasar las encuestas a una plataforma digital. El problema es que los estudiantes simplemente no están interesados en rellenarlas, lo cual entiendo totalmente. Yo misma solo me molestaría en completar una encuesta si quisiera decir algo muy positivo o muy negativo sobre el/la docente.

No realizo encuestas entre mis estudiantes al final del semestre, aunque puede que me equivoque al no hacerlas, pero revisando las que completaron, comencé a preguntarme si debería hacerlo. Una cosa que me gustaría hacer, después de este catastrófico curso académico en el que no he conseguido aprender mucho sobre los alumnos por la distancia (literal) que ha impuesto el Covid-19, es comenzar cada asignatura con un breve cuestionario para saber quién es cada estudiante como individuo con sus propios intereses y expectativas. Una joven miembro del personal que una vez fue mi estudiante me recordó que ya lo había hecho hace años, pero lo había olvidado. El problema de pasar una encuesta pidiendo opiniones al final del semestre es que para entonces es demasiado tarde para corregir nada, por lo que no estoy tan segura de que esto sea útil. Tal vez lo realmente útil es realizar encuestas (o sesiones de puesta en común) periódicamente, pero nunca lo he hecho y simplemente no tengo tiempo.

Los resultados de la encuesta que recibimos en la UAB consisten principalmente en números en una escala de 0-4 (no sé por qué, ya que usamos 0-10 con los estudiantes). Si obtienes, por ejemplo, un 3 en relación con la forma en que impartes tus lecciones, sabes que hay margen de mejora, aunque el problema es que sigues sin saber en qué sentido. En las encuestas a los estudiantes no se les hace este tipo de preguntas matizadas, sino que solo se les ofrece la oportunidad de ofrecer comentarios abiertos. En mi propia evaluación, no hubo muchos comentarios, pero en general el problema es que no sé qué cambiar o cómo mejorar lo que hago al leerlos. Creo que mi nota general fue lo suficientemente buena, y algunos estudiantes parecían satisfechos con mi trabajo, pero, claramente, otros no lo estaban. Realicé una sesión de debate al final de mi asignatura electiva de cuarto año en enero, y me pareció mucho más útil ya que pude hacer preguntas directas y valoré mucho que los estudiantes me ofrecieran una crítica constructiva muy directa. Con las encuestas oficiales, simplemente no la veo.

Hubo dos comentarios que se me han quedado clavados por diferentes razones, ambos provienen de estudiantes de segundo año. Un estudiante escribió en un comentario negativo “la profesora es muy orgullosa”, una descripción con la que me cuesta identificarme y que me hizo pensar en serio sobre cuándo había me había mostrado ‘orgullosa’ en clase y cuál es el significado de ese adjetivo. ¿El estudiante quiso decir ‘exigente’? Bueno, sí, soy muy exigente, pero tengo una tasa de aprobados del 90%. ¿Quería decir el estudiante que de alguna manera despreciaba a los estudiantes? Esa sería la primera vez en mi carrera docente ya de 30 años. Desearía, con todo mi corazón, poder preguntarle a este estudiante ‘¿qué quieres decir?’, ‘¿estaba teniendo un mal día?’, ‘¿te refieres en general a cada clase?’ El comentario me dolió, como es evidente, y me siento aún perpleja por su sentido.

En relación al otro comentario, simplemente no sé qué hacer. Alguien se quejó de que incluyo demasiados comentarios sobre pintura y arquitectura, y no los suficientes sobre el contexto general en el curso de Literatura Victoriana. Sucede que tengo una presentación de PowerPoint para pintura y otra para arquitectura, y alrededor de siete u ocho para contexto social, político y cultural, dejando de lado las de autores específicos. Utilizo, por lo tanto, aproximadamente una hora para pintura y arquitectura en una asignatura de cincuenta horas. Recuerdo haber escuchado a un estudiante quejarse al final de la sesión correspondiente de que la pintura y la arquitectura estaban fuera de lugar en un curso sobre Literatura, así que supongo que el comentario fue suyo (no logro recordar quién es). Todavía estoy atónita. Llevo a clase tantas imágenes como puedo de la época victoriana, y podéis estar seguros de que no voy a suprimir el pequeño segmento sobre pintura y arquitectura solo porque le molesta a un estudiante en cinco años de enseñanza.

Hubiera sido mucho más útil para mí si el estudiante en cuestión hubiera protestado en clase cuando estaba haciendo mi presentación contra su uso, porque entonces habría podido explicarme. Esto me lleva a lo que realmente pienso sobre las encuestas de los estudiantes, no lo que dicen en ellas, sino cómo están organizadas. Imagina que estás teniendo relaciones sexuales con alguien y crees que te estás comunicando bien en la cama, pero cuando termináis, esta persona va a una junta de calificación pública y comenta tu aptitud, y solo entonces descubres que el sexo fue malo. ¿Cuál es el propósito de contarle a una tercera persona los defectos de tu amante? Yo no lo entiendo. Eso es lo que siento. La relación entre un profesor y sus estudiantes no debe funcionar sobre el principio de emitir opiniones sobre la calidad de la docencia a través de una tercera persona (o de una web pública como Rate my Professor) sino directamente. No evalúo a mis estudiantes pidiéndole a un colega que por favor les diga cómo les va; los evalúo personalmente y si hay algún problema los convoco a una tutoría. Creo que deberíamos seguir el mismo sistema entre alumnos y profesores: si no funciono bien en clase, necesito saberlo lo antes posible y de la forma más abierta posible.

Obviamente, el principal inconveniente en esto es que los estudiantes difícilmente pueden ofrecer puntos de vista sinceros sobre el trabajo de los profesores a la cara por temor a ser castigados con una calificación más baja si estos son negativos. Así que tenemos que elaborar un sistema que excluya ese miedo. Una posibilidad es invitar a los estudiantes a canalizar sus preocupaciones a través del delegado de clase, o a dejar notas anónimas en el buzón del docente. Por supuesto, esto es terriblemente incómodo. Puedo ver a un estudiante dejando caer una nota protestando por la inutilidad de mis PowerPoints de pintura y arquitectura, pero no sabría cómo abordar el tema en clase sin romper su anonimato. Al menos obtendría algún tipo de indicio. Se necesita un grupo muy especial de estudiantes capaces de decirle a su profesor cómo mejorar su docencia, especialmente si alguno de ellos percibe al profesor como una persona ‘orgullosa’, para establecer un diálogo cómodo. Suspiro a fondo. Mis alumnos de cuarto curso parecían mucho más cómodos diciéndome qué mejorar porque me conocen mejor, así que tomo nota mental para hablar lo antes posible con los alumnos de segundo y para recibir su feedback lo antes posible, y para explicar mejor en cada punto qué estoy haciendo y por qué.

Como veis, no me preocupa conseguir un 4/4, aunque tengo mucha curiosidad por saber quién tiene la calificación más alta en el Departamento (me lo imagino), la Facultad y la UAB; a las calificaciones solo pueden acceder los profesores evaluados y el Coordinador de Grado. Creo que siempre habrá estudiantes insatisfechos, con inevitablemente algunos odiando mis entrañas y otros disfrutando de mi (supuesta) inteligencia, posiblemente en una proporción similar. Una vez, una profesora terrible y temible que solíamos tener en el Departamento nos dijo a mí y a una colega que nos preocupamos demasiado por las encuestas de los estudiantes, mientras que ella obtenía siempre calificaciones muy bajas y no por ello había cambiado su modo de enseñar. Escribiré aquí lo que le dije entonces: no me importan las calificaciones, me importa hacer bien mi trabajo. En ese sentido, mi calificación favorita es la tasa de aprobados del 90%, nunca he entendido a los maestros que están orgullosos de suspender a más de la mitad de la clase.

Resulta, así pues, que sí soy una profesora “orgullosa”, espero que no en el sentido problemático del que se quejó el estudiante, sino que estoy “orgullosa” de perder muy pocos estudiantes a lo largo del semestre y de que los que aprueban lo hacen en base a un trabajo serio y riguroso. Reflexionaré a fondo sobre cómo hablar con ellos con más fluidez y con más frecuencia sobre lo que hacemos juntos, aunque es poco lo que puedo hacer para convencer a la UAB de que mejore el modo en que se hacen las encuestas de los estudiantes. Una pena.

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MÁS SOBRE NO-FICCIÓN: ¿Y SI HABLAMOS DE PROSA FACTUAL?

Escribí hace casi once años —el tiempo vuela, sin duda— una entrada casi idéntica a la que planeaba escribir hoy: «Los otros libros: el problema de la no-ficción». Menos mal que la busqué antes de empezar a escribir hoy. Ese texto es una prueba de que estoy empezando a repetirme después de tantos años blogueando (comencé en septiembre de 2010), o, por contra, de que cada uno de nosotros tiene un conjunto de intereses e ideas fijas que realmente no varían a lo largo de los años, aunque podríamos tener la impresión de que la lectura constante debería tener un claro impacto en nuestro pensamiento.

Hace once años mencioné mi creciente alergia a las novelas (aún en aumento), que encontraba la etiqueta ‘no-ficción’ dejada (ahora me parece irritante), y que Lee Gutkind parece ser responsable de la etiqueta algo más elaborada ‘no-ficción creativa’, utilizada para distinguir la no-ficción con aspiraciones literarias del tipo puramente periodístico más pedestre (ver la revista homónima que Gutkind fundó). Mencioné entonces algunas listas: ‘100 best non-fiction books‘ todavía está disponible en el sitio web de la Biblioteca Moderna—a las que agregaré ahora la ambiciosa lista de Robert Crum para The Guardian que cubre cinco siglos y la lista de ‘Must Read Non-Fiction‘ en GoodReads. Wikipedia todavía tiene una entrada para ‘no-ficción’ con una desconcertante variedad de subgéneros, que incluso incluye ‘televisión factual’, es decir, documentales de televisión.

He estado pensando en la no ficción de nuevo estos días después de leer los cautivadores libros de Patrick R. Keefe Say Nothing: A True Story of Murder and Memory in Northern Ireland (2002) y Empire of Pain: The Secret History of the Sackler Dynasty (2021), y de no poder terminar The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power de Shoshana Zuboff (2019), un volumen clave para entender el siglo XXI y origen de la indispensable etiqueta ‘capitalismo de vigilancia’. Repasando los comentarios de los lectores en GoodReads con la esperanza de encontrar uno que me tentara a seguir leyendo (todavía no me he rendido), me encontré con muchas quejas contra la prosa poco amigable de Zuboff: “El estilo de escritura innecesariamente adornado hace que el contenido sea más difícil de comprender y retener”, escribió Lucy concisamente; otra lectora indicó que esto es típico de la no-ficción. Hannah Cook especificó que el volumen de Zuboff es como “una tesis doctoral” con su avalancha de datos, algo poco sorprendente, agregó Cook, ya que la autora es una profesora de Harvard. “No es que haya que escribir para los menos listos”, concluyó Cook, «pero esto libro se lee como si intentara deliberadamente ser hiper-intelectual y el resultado es un festival de bostezos gigante”. Hay una lección en todo esto sobre cómo la no-ficción basada en investigaciones intensivas, ya sea periodística (el caso de Keefe) o académica (el de Zuboff), debe generar libros que puedan consumirse sin esfuerzo suplementario.

Sin embargo, sigo confundida sobre por qué la no-ficción abarca un territorio tan amplio, al menos tal como utilizan la etiqueta los lectores, las editoriales e incluso los autores. Keefe menciona en una nota que escribe “no-ficción narrativa” y es cierto que sus dos libros cuentan una historia acompañada de una catarata de información. Su no-ficción es periodismo de calidad sobre individuos en circunstancias históricas y sociales de peso extendido al tamaño de un libro, y Keefe usa la narrativa para endulzar, según creo, la lectura de los pasajes más densos. Funciona muy bien. Me preguntaba, sin embargo, en qué se diferencia esto de The Monk of Mokha (2018) de Dave Eggers, un volumen que me mantuvo interesada en el mundo del café en Yemen a través de la historia del empresario estadounidense-yemini Mokhtar Alkhanshali, y llegué a la conclusión de que no se diferencia mucho, a pesar de que el libro de Eggers está cerca de ser unas memorias escritas por cuenta ajena en muchos momentos. Las memorias que he leído recientemente—Crying in H Mart (2021) de Michelle Zauner y Unorthodox: The Scandalous Rejection of my Hasidic Roots (2012) de Deborah Feldman—también son narrativa de no-ficción, pero, por supuesto, son una narración en primera persona, lo que no es común en el tipo de libros que escriben Keefe y otros periodistas. Como se puede ver, sigo confundida por la gradación del periodismo a las memorias ya que, hasta cierto punto, la no-ficción periodística puede ser personal sin ser exactamente unas memorias. Desde In Cold Blood (1966), de Truman Capote, que podría decirse que inaugura el ciclo actual de la no-ficción moderna hasta, por ejemplo, Stiff: The Curious Lives of Human Cadavers (2003) de Mary Roach, otra fascinante lectura reciente, el autor de no-ficción a menudo está presente en el texto, incluso cuando esto se presenta como puro reportaje.

Sigo, como hace 11 años, desconcertada por la ausencia general de la no-ficción en la universidad. La autobiografía y las memorias, lo que podría llamarse ‘escritura de vida’, han llamado mucho la atención y es común encontrar cursos y publicaciones, aunque no presentando este tipo de textos como no-ficción. Dudo, sin embargo, que alguien esté enseñando en cualquier grado de Literatura Inglesa otros subgéneros de no-ficción. Tal vez alguien podría estar enseñando literatura de viajes (el ‘diario de viaje’ o travelogue aparece en la lista de Wikipedia); después de todo, Bruce Chatwin ya es un escritor canónico, y se pueden incluir en la lista de lectura volúmenes tan deliciosos como Los viajes con un burro en las Cévennes (1879) de R.L. Stevenson, o los muchos libros escritos por mujeres viajeras Victorianas. Sin embargo, no veo a ningún especialista dedicando sus esfuerzos a enseñar, eligiendo al azar subgéneros en la lista de Wikipedia, manuales, divulgación científica, o incluso escritura académica en cursos de Literatura Inglesa. La no-ficción creativa se enseña a través de manuales y cursos universitarios, pero no se enseña como una categoría literaria en las titulaciones de Literatura Inglesa, que yo sepa.

Y, sí, llevo tiempo pensando en enseñar narrativa de no-ficción. Sin embargo, me quedé ojiplática cuando mencioné este proyecto en mi curso sobre películas documentales (2019-20), y un estudiante observó que sería una asignatura muy aburrida. Las películas documentales (para televisión, cine, plataformas de streaming o YouTube) son la rama audiovisual de la no-ficción, como expliqué, así que claramente lo que preocupaba a este estudiante era que leer no-ficción fuera aburrido. No creo que lo dijera porque conociera el género de primera mano sino porque imaginaba una aburrida y larga lectura de un libro lleno de datos (sí, al estilo de Zuboff). Curiosamente, este joven contribuyó a nuestro libro digital Focus on the USA: Representing the Nation in Early 21st Century Documentary Films un maravilloso ensayo sobre el exigente documental de Charles Ferguson Inside Job (2020), adaptación de su propio volumen de no-ficción Inside Job: The Financiers Who Pulled off the Heist of the Century (2012). Quizás la diferencia es que mientras que la película dura 110 minutos la lectura de las 371 páginas del libro lleva considerablemente más tiempo. No obstante, todavía sigo muy interesada en enseñar narrativa de no-ficción, y espero hacerlo en 2023-24, en una de mis asignaturas optativas orientadas a proyectos: no trabajaré con un conjunto cerrado de cuatro o cinco textos, sino que invitaré a los estudiantes a descubrir un conjunto que puedan disfrutar, y publicaré el libro digital de turno.

Este volumen aún quimérico, no es broma, podría ser la primera introducción académica a la no-ficción narrativa. Cambridge UP y Oxford UP, que publican companions introductorios hasta para el rincón más oscuro de la literatura inglesa, no tienen uno para la no-ficción. Me encantaría ofrecerme como voluntaria para editar ese volumen introductorio, pero nunca he publicado sobre no-ficción y no creo que esté cualificada. No veo, sin embargo, que haya un especialista posiblemente porque el territorio es tan vasto que es como llamarse especialista en la novela. Me encantará que alguien corrija mi pobre impresión y me inunde de bibliografía sobre la no-ficción, pero hasta ahora mi búsqueda de fuentes ha llevado a artículos dispersos sobre obras específicas, y solo tres volúmenes. The Art of Fact: Contemporary Artists of Nonfiction (Greenwood, 1990) de Barbara Lounsberry ofrece capítulos sobre Guy Talese, Tom Wolfe, John McPhee, Joan Didion y Norman Mailer; se puede tomar prestado. Pensé que The Art of Creative Nonfiction: Writing and Selling the Literature of Reality (Wiley, 1997), de Lee Gutkind, habría pasado por muchas reimpresiones, pero ni siquiera tiene una segunda edición. La tarea más exitosa de Gutkind es la edición para Norton de una antología de tres volúmenes, The Best Creative Nonfiction (2007-09), que posiblemente se esté utilizando en cursos universitarios. Mi búsqueda en Google me ha llevado a diversos cursos de escritura creativa, pero, insisto, no a cursos de Literatura Inglesa.

Tal vez, se podría pensar, esto es correcto ya que prácticamente ningún género en prosa a parte de la novela tiene un lugar central en los grados de Literatura Inglesa o Estudios Ingleses, con las notables excepciones de la autobiografía y las memorias. Las listas que he mencionado anteriormente demuestran, sin embargo, que hay muchos volúmenes de calidad para elegir tanto para ofrecer asignaturas como para la investigación. Sin embargo, al igual que el estudiante en mi clase de cine documental, los docentes investigadores parecen creer colectivamente que la no-ficción es aburrida y solo podría conducir a asignaturas aburridas en comparación con la enseñanza de ficción. Opino que esta es una percepción errónea, a la que llego después de disfrutar mucho de obras de no-ficción basadas en una buena investigación, y escritas estupendamente en comparación con las aburridas novelas de cualquier género de los últimos años. Pienso que equiparar literatura con novela, y secundariamente teatro y poesía, es un grave error que ha privado a los estudiantes de una educación proveniente de otras obras en prosa no solo mucho más sofisticadas sino también una fuente magnífica de aprendizaje. No estoy diciendo que debamos dejar de leer novelas, sino que la experiencia humana también se retrata en otros tipos de textos narrativos y no narrativos no ficticios.

Escribí en mi post de 2011 que llamar a un libro ‘no-ficción’ es como llamar a los hombres ‘no-mujeres’, lo cual es una aberración y ciertamente causaría mucha ofensa (dejad de usar el adjetivo ‘no-blanco’, por favor). Ofrezco ‘prosa factual’ como alternativa, tal como Wikipedia ofrece ‘televisión factual’, ya que lo opuesto a la ficción es lo factual, no lo no-ficticio. Un tal Walter Blair ya usó la etiqueta en 1963 para un libro llamado Factual Prose: Introduction to Explanatory and Persuasive Writing (Scott & Foresman, 1963), así que tal vez valga la pena rescatarla. No es muy sexy, pero al menos es más precisa que no-ficción. Quedo, en todo caso, a la espera de mejores sugerencias.

Publico aquí una entrada semanal (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). Los comentarios son muy bienvenidos. Los volúmenes anuales del blog están disponibles en https://ddd.uab.cat/record/116328. Si te interesa echar un vistazo, mi web es https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

SOBRE LOS QUE ACOSAN, LOS TIRANOS Y SU SENTIDO DEL PRIVILEGIO: ¡PARADLOS YA!

NOTA: comento que esta es la traducción de mi entrada en inglés “On bullies, tyrants, and their sense of entitlement: Stop them now”, y que no existe en castellano un equivalente exacto de ‘entitlement’ (ni de ‘bully’). ‘Entitlement’ se traduce a veces por ‘derecho’ y otras por ‘privilegio’, pero pienso que ‘to feel entitled’ debe traducirse por ‘creerse con derecho’ a lo que sea.

Mientras escribo, el armamento nuclear ruso ya está listo para atacar cualquier lugar del mundo y tanto los medios de comunicación como las redes sociales están debatiendo si el Presidente ruso Vladimir Putin podría eventualmente ordenar una ofensiva, y contra quién. Para asombro del mundo, los ucranianos siguen resistiendo y Kyiv no ha caído aún después de seis días de combates. Las tácticas de invasión convencionales están siendo desplegadas por los rusos con menos éxito de lo que esperaban, pero, al mismo tiempo, Putin aún no ha amenazado directamente a Ucrania con la devastación nuclear. En esta situación extremadamente volátil, mientras Putin pierde el respeto del pueblo ruso y de la mayoría de las personas en el mundo, el Presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy, un cómico que ganó las elecciones de 2019 prometiendo poner fin a la corrupción, se ha convertido en un gran líder, eligiendo quedarse en Kyiv en lugar de aceptar el rescate que ofrecieron los estadounidenses.

Quiero usar mi entrada de hoy para leer la agresión rusa contra Ucrania en términos de género, ya que soy una feminista que enseña e investiga en el marco de los Estudios de Género. El contraste entre Putin y Zelenskyy sirve para comparar dos tipos de hombre, demostrando que mientras que la masculinidad en general no es la culpable del tipo de brutal violencia que es la guerra, la masculinidad patriarcal es de hecho culpable de los peores crímenes contra la humanidad. Putin está siendo comparado en estos días con Adolf Hitler y como soy la autora de un libro llamado Masculinity and Patriarchal Villainy in British Fiction: From Hitler to Voldemort (2019), también tengo algunas ideas que compartir sobre el tirano ruso. La tesis que defendí en el libro es que el comportamiento atroz de Hitler fue la culminación de un patrón que vincula al villano ficticio y al villano de la vida real como representantes de la masculinidad patriarcal. La definí como el tipo de masculinidad machista, sexista, misógina, LGTBIQ+ fóbica, racista y generalmente segregacionista, solo interesada en acumular el mayor poder posible para probarse a sí misma.

El patriarcado—que no es lo mismo que la masculinidad sino un subconjunto hegemónico como han teorizado Raewyn Connell y Michael Kimmel—atrae a los hombres prometiéndoles una parte del poder que tienen los hombres hegemónicos. Aunque esta es una promesa hueca, muchos hombres caen en ella, creyendo que tienen derecho al poder patriarcal, pero encontrándose generalmente desempoderados, o menos empoderados de lo que desearían estar. Si su sentimiento de desempoderamiento es alto, ha explicado Kimmel, esto les lleva a atacar a otros menos empoderados que ellos, un comportamiento que explica la intimidación de los acosadores de todo tipo, el abuso relacionado con la pareja, la criminalidad aleatoria desde el asesinato en serie hasta el terrorismo, y así sucesivamente. Por lo general, los mecanismos de control, desde la presión de grupo hasta la intervención judicial, funcionan, y los aspirantes a tiranos acaban desempoderados de una manera u otra. En varios casos, sin embargo, los tiranos en ciernes se hacen fuertes en el poder utilizando la pura violencia, dentro de círculos criminales o políticos, hasta que simplemente no pueden ser detenidos; o se necesita un esfuerzo masivo—como la Segunda Guerra Mundial, tal vez la Tercera Guerra Mundial—para detenerlos.

Para el capítulo sobre Hitler en mi libro seguí a Kimmel pero también al biógrafo británico de Hitler Ian Kershaw, para dejar de lado las trivialidades biográficas y leer al Führer no como un individuo excepcional sino como un caso excepcional de villanía patriarcal que supera todos los controles contra el empoderamiento excesivo. Hitler, un hombre oscuro con muchos problemas personales, podría haber fracasado en sus planes de empoderarse si la sociedad alemana hubiera sido capaz de imponerle los controles necesarios. La situación, sin embargo, era tan frágil después de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, la crisis de 1929, el ascenso del fascismo en Italia, etc., que en lugar de ser acorralado, Hitler fue respaldado. Recordemos que ganó una elección democrática legítima en 1933 antes de organizar el golpe que lo convirtió en el dictador total de Alemania. Este es un mecanismo que hemos visto en funcionamiento recientemente en los Estados Unidos, donde la democracia estadounidense casi murió el 6 de enero de 2021, después de que el Capitolio fuera asaltado por fascistas pro-Trump. Hitler, Trump o Putin, como se puede ver, no son importantes como individuos, como hombres. Lo que importa aquí es que los mecanismos democráticos estén en su lugar para que ningún tirano pueda levantarse. Estos hombres son la prueba de que el mecanismo para evitar que los villanos se empoderen en exceso a menudo falla, mucho más cuando, como sucede en Rusia, nunca han estado realmente en su lugar.

En el funcionamiento normal de las cosas, los hombres y mujeres que llegan al poder en los sistemas políticos democráticos están motivados por un sentido de servicio mezclado con la ambición personal de dejar su huella en la Historia. Por supuesto, todos desean empoderarse y actuar siguiendo sus propios principios e ideas sin obstáculos, pero se supone que la oposición y los votantes deben frenar ese instinto. La mayoría de los políticos en el mundo, a cualquier nivel, entienden que hay líneas rojas que no se pueden cruzar, aunque, obviamente, muchos las cruzan a diario para enriquecerse a través de la corrupción.

J.R.R. Tolkien habla en El Silmarillion y en El Señor de los Anillos de dos tipos de poder: el poder de creación y el poder de dominación. El primer tipo es buscado por las personas que piensan que pueden hacer el bien a título individual o colectivo, mientras que, como trasluce a través de los ejemplos tolkienianos de Morgoth y Sauron, el poder de dominación necesita expresarse a través de la opresión, la explotación y la sumisión violenta. Se necesita una alianza de seres divinos y elfos para poner a Morgoth en prisión para siempre (él es inmortal) y se necesita una segunda alianza de elfos, hombres, enanos y hobbits para expulsar a Sauron (otro inmortal) de Mordor. Tolkien había luchado en la Primera Guerra Mundial y entendía muy bien cómo procede la masculinidad patriarcal: su necesidad de empoderamiento es una necesidad de dominación, y se basa, aquí está la clave principal, en creerse con derecho a lo que uno desea.

Todo el mundo se siente con derecho a algo. Si se trata de la felicidad o de gobernar el mundo entero depende de la cuota de poder que tengamos. Una persona sin poder alguno, un esclavo, ni siquiera puede contemplar sentirse con derecho a nada, mientras que una persona con un fuerte sentido de derecho al poder hará cualquier cosa para aplastar a sus enemigos y rivales. Estamos viendo esta maquinaria en funcionamiento en los partidos nacionales de derecha españoles, con la repentina caída en desgracia del Presidente del PP, Pablo Casado, por atreverse a interferir con la Presidenta regional de Madrid, Isabel Ayuso, y en Vox, que promete empoderamiento a hombres y mujeres que sienten que están siendo maltratados por la opinión popular progresista y los partidos de izquierda.

Las mujeres, como se puede ver, sienten tanto sentido de derecho al poder como los hombres, pero el sexismo hasta ahora les ha impedido promulgar esa necesidad más allá de un cierto nivel (el de Margaret Thatcher como primera ministra de Gran Bretaña, 1979-1990). Si los hombres y las mujeres siempre hubieran sido tratados por igual, no estaría ahora hablando de masculinidad patriarcal sino de humanidad oligárquica. Sin embargo, el hecho es que el sentido del derecho al poder de las mujeres ha sido duramente suprimido a lo largo de la Historia. El feminismo ha liberado a muchas mujeres de sus grilletes, pero puede haber creado monstruos al invitar a todas las mujeres a defender sus decisiones; decisiones que lamentablemente también incluyen, como sabemos ahora, ser unas fascistas que aspiran a gobernar su territorio.

Si el sexismo no hubiera sido un factor importante en la Historia, así pues, no hay razón para suponer que nunca habría habido una Isolde Hitler, una Charlotte Trump, o una Natalia Putina desempeñando el mismo papel que sus homólogos masculinos de la vida real. Los matones prehistóricos, sin embargo, pronto descubrieron que los hombres violentos siempre tenían la ventaja, ya sea siendo ellos mismos directamente violentos u ordenando a otros que lo fueran; así impusieron en la Edad de Hierro el régimen patriarcal que ahora está llevando al cambio climático y al holocausto nuclear. Este régimen supremacista masculino basado en satisfacer el sentido del privilegio y el derecho, y la necesidad de empoderarse para la dominación de un cuadro selecto de hombres villanos sigue gobernando el mundo, a pesar de la existencia de muchas naciones pacíficas, en su mayoría gobernadas por hombres y mujeres que entienden que las guerras de conquista y expansión no han traído nada positivo en los últimos miles de años. Aunque solo fuera hipócritamente, dado su historial en Vietnam, Afganistán e Irak, los Estados Unidos cimentaron su reputación mundial sobre la base de que ninguna otra guerra de conquista debe ser tolerada. Expusieron su tesis masacrando a los ciudadanos de Hiroshima y Nagasaki con monstruosidades nucleares porque se sentían con derecho a poner fin a sus vidas, pero todavía sostienen el argumento de que a nadie más se le debe permitir promulgar un sentido similar del derecho sobre las vidas de los demás.

Esto me lleva de nuevo al Presidente Putin, cuyo creerse con derecho a poseer Ucrania y posiblemente otras naciones de Europa—ha amenazado directamente a Finlandia y Suecia—ha despertado repentinamente, en un momento en que su poder sobre Rusia parece indiscutible y después de décadas presentándose internacionalmente como un déspota sin ambiciones imperiales. Especularé que Putin, de 69 años, está pasando por una crisis personal relacionada con su envejecimiento como hombre, dada su autopresentación ultra-masculina—creo que ese es el problema de fondo—pero estoy más interesada en cómo funcionan los mecanismos para controlar su comportamiento desbocado. El escenario de guerra en Ucrania va acompañado de otras medidas no militares en otros lugares: manifestaciones masivas, exclusión financiera, presión a China para que deje de respaldar la guerra, etc. Tanto la OTAN como la UE han descartado la confrontación militar, aunque veremos qué sucede si Putin pone un pie en Polonia. Dentro de Rusia, los manifestantes anti-Putin se arriesgan a ser detenidos y a sufrir castigos peores, los influencers publican mensajes contra la guerra constantemente, y los multimillonarios comienzan a quejarse. Sin embargo, no hay señales (¿todavía?) de un posible golpe de Estado: un diputado solitario, del Partido Comunista, fue el único que se opuso a la guerra en el abarrotado Parlamento de Rusia. Lo que está en juego, insisto, no es realmente cómo se debe detener a Putin, sino cómo se debe detener a cualquier villano de su tipo. Mañana podría ser Kim Jong-Un decidiendo invadir Corea del Sur y lanzar una ráfaga de misiles nucleares. Sin embargo, y aquí es donde la situación coge tintes aterradores porque en este momento, a menos que un hombre ruso honorable se tome en serio el problema de cómo frenar a Putin para siempre, no hay un mecanismo firme que le pueda parar los pies.

Tal como están las cosas ahora, Ucrania y tal vez el mundo están siendo sacrificados a las necesidades personales de un hombre patriarcal blanco al borde de la vejez que no se siente satisfecho con gobernar Rusia. Un general alemán fue despedido por argumentar en público que los temores de Putin de que Rusia no esté lo suficientemente segura si Ucrania se une a la OTAN o a la UE deben abordarse. Estoy de acuerdo en que sus temores deben ser abordados, pero no los relativos a Ucrania. Es urgente entender por qué uno de los hombres más poderosos de la Tierra se siente repentinamente tan desempoderado que necesita arremeter contra todos, tal vez acabando con el planeta. Lo que me hizo llorar tanto el domingo pasado, cuando escuché el anuncio de Putin sobre la preparación de su arsenal nuclear, no fue solo puro miedo sino ira contra la renuencia a aprender lecciones que tanto los Estudios de Género como el pasado histórico nos enseñan; preferimos presentar a monstruos como Hitler como una aberración desconcertante, cuando son de hecho patriarcas transparentes y fáciles de entender. Mientras cerramos los ojos a la naturaleza de la masculinidad patriarcal, tenemos que soportar que algunos idiotas arremetan contra el perfil supuestamente bajo que las feministas están manteniendo en esta guerra (hablo del TikToker @notpoliticalspeaking, ver https://www.dailymail.co.uk/femail/article-10560821/Man-SLAMMED-saying-unfair-men-fight-war-Ukraine-children-women-leave.html).

Luchad contra esa masculinidad patriarcal en las calles o en línea, pero detenedla por cualquier medio o ese monstruo patriarcal ruso destruirá a todas las demás personas en la Tierra. La situación es ahora mucho más grave que con Hitler, y mucho más urgente. El genocidio absolutamente espantoso que él cometió podría palidecer por comparación con el genocidio planetario que pronto podríamos presenciar, si es que alguien sobrevive.

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