EL MEJOR LIBRO SOBRE LOS PERSONAJES SECUNDARIOS: THE ONE VS. THE MANY DE ALEX WOLOCH

NOTA: Redacté esta entrada el 13 de diciembre de 2021, pero la publico ahora a causa del ciberataque que la UAB sufrió entonces y que causó la suspensión temporal del blog

Por lo que yo sé, The One Vs. the Many: Minor Characters and the Space of the Protagonist in the Novel (2003) de Alex Woloch es el único libro que intenta teorizar sobre los personajes secundarios (que él llama ‘menores’). He encontrado libros sobre personajes secundarios en autores específicos (por ejemplo, The Wisdom of Eccentric Old Men: A Study of Type and Secondary Character in Galdós’s Social Novels, 1870-1897 de Peter Anthony Bly, de 2004) y un volumen que estudia cómo los personajes secundarios se han convertido en protagonistas, por ejemplo, de Wide Sargasso Sea de Jean Rhys (Minor Characters Have Their Day: Genre and the Contemporary Literary Market de Jeremy Rosen, de 2016). No parece que haya, sin embargo, ninguna otra monografía sobre el concepto del personaje secundario.

Después de escribir sobre algunos personajes secundarios (Sirius Black en Harry Potter, Anabella Wilmott en The Tenant of Wildfell Hall), he llegado a la conclusión de que muy a menudo el centro conceptual de la ficción se puede encontrar en su caracterización. Tendemos a volcar nuestras energías críticas en el estudio de los protagonistas, pero no solo hay mucho que decir sobre los personajes secundarios –basta pensar en el amigo de Romeo, Mercutio– sino que también es cierto que en la crítica literaria no sabemos distinguir entre el personaje secundario casi protagonista (Samwise en El Señor de los Anillos) y el ‘portalanzas’ básico, por usar jerga shakespeariana, con sólo una línea de diálogo. No tenemos una teorización que nos ayude a decir con certeza de qué tipo es cada personaje y tal vez ya es hora de que desarrollemos una clasificación en niveles que puedan determinar si un personaje es secundario, terciario, cuaternario, quinario, senario, septenario, octonario, nonario o denario, si es que de hecho solo hay diez niveles.

Woloch no está interesado en esta clasificación, pero se esfuerza por ir más allá de la división de todos los personajes entre planos y redondos que hizo E.M. Forster en Aspectos de la novela (1927). Posiblemente no sea en absoluto culpa de Forster, pero los teóricos literarios han fracasado espectacularmente al nunca elaborar una categorización más matizada, aparentemente satisfechos con la suposición de que los personajes planos no requieren análisis literario. Woloch demuestra todo lo contrario al ofrecer fascinantes lecturas de los personajes secundarios de Orgullo y prejuicio, Grandes esperanzas y El padre Goriot, entre otros textos como El Rey Lear, demostrando que el desarrollo de los protagonistas no se puede entender sin ellos (pensemos en Elizabeth Bennet y Charlotte Lucas); que el espacio de los personajes principales está condicionado por el espacio que ocupan los personajes secundarios en la novela (pensad en Pip y Abel Magwitch), y que no siempre es fácil decidir quién es el protagonista y quién el secundario (pensemos en Goriot y Rastignac). Woloch no responde a las dudas que siempre me han desconcertado –cómo saben los escritores cuándo se necesita un secundario y cuántos se requieren para que una trama funcione–pero desarrolla una serie de ideas y de conceptos sugerentes que sin duda vale la pena considerar.

Para empezar, se refiere al ‘espacio del personaje’ como “ese encuentro particular y cargado de posibilidades entre una personalidad humana individual y un espacio y posición determinados dentro de la narrativa en su conjunto” (14), haciendo de la caracterización principalmente una cuestión de necesidades estructurales narrativas. En su opinión, el ‘sistema de personajes’ resulta de la combinación de todos los espacios de personaje en un mundo narrativo “unificado”, aunque aclara que por sistema de personajes se refiere específicamente a “la combinación de diferentes espacios de personaje o de varios modos a través de los cuales figuras humanas específicas se encajan en la narrativa” (32, cursiva original). De esta manera, Woloch descarta las visiones románticas del personaje como una pseudo-persona que coloniza la imaginación del escritor (la visión sostenida en su mayoría por los propios escritores, quienes a menudo afirman que los personajes les llegan ‘enteros’ como si fueran personas), y pone en primer plano la idea de que una novela es siempre una construcción en la que se deben equilibrar diferentes elementos narrativos.

Woloch entiende las novelas como espacios en los que los personajes compiten por la atención del autor; el protagonista, según él, asume la mayor parte de ella en tensión con los personajes secundarios. Esta aseveración funciona bien para Orgullo y prejuicio, novela en la que el primer capítulo no presenta inmediatamente a Elizabeth Bennet como protagonista, retratando en cambio a su núcleo familiar (padres y hermanas). Sin embargo, no hay duda alguna en Grandes esperanzas, dominada por la voz narrativa en primera persona de Pip, de que el niño de seis años aterrorizado por Magwitch en el primer capítulo es de hecho el protagonista. Sí notamos, como hace Woloch, que es un protagonista ‘débil’, es decir, un personaje de primer rango excesivamente moldeado por sus compañeros menores, pero, aun así, es el foco de la novela.

Lo que no comprendo del todo es por qué Woloch le da protagonismo potencial a, como mínimo, el primer círculo de personajes secundarios. Hay novelas recientes en las que las dickensianas Miss Havisham y Estella son las protagonistas; incluso la aburrida Mary de Austen tiene una novela dedicada a desarrollar su personaje. Sin embargo, no tenemos ninguna duda de que el protagonista se distingue del resto porque la trama se focaliza a través de él o ella, mientras que en el caso del personaje secundario esto no sucede, o solo muy ocasionalmente. Ojalá pudiéramos ver la embarazosa escena de la propuesta de matrimonio en Orgullo y prejuicio a través de la perspectiva obstinadamente sesgada del Sr. Collins, y sería genial si las novelas pudieran escribirse de manera multiángulo, pero lo cierto es que la estructura asimétrica de la caracterización es una de las bases de la ficción. Otra cosa, por supuesto, es que encontremos personajes menores tan atractivos que nos sentimos insatisfechos con sus limitaciones (de ahí que se conviertan en protagonistas en otras novelas, como ha estudiado Rosen).

Lo que más me desconcierta de la teorización de Woloch es que a pesar de esforzarse mucho por separar la caracterización de las preocupaciones culturales y colocarla directamente en el campo de la teoría literaria, termina invocando una teoría del personaje como obrero para explicar cómo funcionan las novelas del siglo XIX. Cito aquí hay un pasaje clave:

“La configuración del trabajo narrativo de la novela del siglo XIX, dentro del contexto de los sistemas de personajes omniscientes y asimétricos, crea una estructura formal que puede comprender imaginativamente la dinámica del trabajo alienado y la estructura de clases que subyace a este trabajo. En términos de su posición formal esencial (los seres subordinados que se delimitan en sí mismos mientras realizan una función para otra persona), los personajes menores son el proletariado de la novela; y la novela realista, con su intensa conciencia de clase y atención hacia la desigualdad social, aprovecha al máximo tales procesos formales” (27, énfasis original).

Woloch está interesado en trazar una conexión entre el abundante elenco de personajes en la ficción del siglo XIX y la nueva conciencia de clase resultante de la aparición de una clase obrera debido a la Revolución Industrial. Así como en la vida, parece argumentar, las clases altas dependen del trabajo alienado de las clases trabajadoras, en la novela decimonónica el protagonista mantiene su estatus al “explotar” los servicios de los personajes menores. Cuando se introdujo la novela Modernista, los panoramas sociales de la novela realista del s. XIX se redujeron a la conciencia individual del protagonista, aunque podríamos decir que las preferencias de los lectores siempre han favorecido al elenco amplio de personajes, que sobrevive en la ficción popular (sólo hay que pensar en una novela de Ken Follett). Es mayormente cierto que las novelas literarias del s. XX son mucho menos completas en su enfoque social, siendo los autores mucho menos ambiciosos que Dickens o Balzac al tratar de representar toda la “comedia humana”. Sin embargo, sigo sin estar convencida del valor de la conexión trazada entre las cuestiones de clase y las necesidades narrativas en la argumentación de Woloch, particularmente porque la novela del siglo XIX es descaradamente de clase media y poco abierta a las clases trabajadoras excepto por razones melodramáticas (Gaskell incluida). O tal vez malinterpreto a Woloch.

Después de enseñar Grandes esperanzas durante tantos años, llevo un tiempo pensando en escribir un artículo teniendo en cuenta los personajes secundarios. Estaba a punto de embarcarme en un artículo sobre Joe Gargery como marido víctima de abusos, cuando me topé con el ensayo de John Gordon en el Dickens Quarterly argumentando que Dickens es un misógino al caracterizar injustamente a la esposa de Joe, la Sra. Gargery, como una abusadora. No comprendo por qué un hombre quiere defender a un personaje femenino abusivo tan solo porque es mujer, cuando en realidad Dickens construye de manera muy persuasiva el caso presentando a Joe como una víctima de abuso en su infancia (por parte de su padre) que, como muchas víctimas, luego se casa con un abusador confundiendo así abuso y amor. La lección que estoy sacando de esto es que debo centrarme, siguiendo a Woloch en las necesidades estructurales y el espacio de personaje examinando otro personaje secundario clave.

De hecho, he leído a Woloch en busca de un marco teórico para analizar un personaje secundario que ya había elegido tras descartar a Joe: el abogado Jaggers. La idea que defenderé es que los personajes secundarios juegan un papel sin el cual la trama se derrumba, mientras que los terciarios y de otros niveles inferiores son prescindibles. Así pues, Biddy no me parece esencial en Grandes esperanzas ya que, por mucho que la enriquezca, esta novela puede funcionar sin ella, mientras que Jaggers es el punto de apoyo narrativo sobre el que gira toda la trama. Jaggers, como por fin he notado en mi enésima lectura de la novela, toma una decisión crucial que solo reconoce muy a regañadientes cuando Pip revela que sabe quiénes son los padres biológicos de su amada Estella. Pese a ser un hombre que no muestra ningún sentimiento, Jaggers le dice a Pip, refiriéndose a sí mismo en tercera persona:

“Ponga el caso de que él vivía en una atmósfera de maldad, y que todo lo que veía de los niños era que se generaban en grandes cantidades para su certera aniquilación. Ponga el caso de que a menudo veía a niños juzgados solemnemente en una corte criminal, donde los exhibían para avergonzarlos; pongamos por caso que él sabía que eran habitualmente encarcelados, azotados, transportados, desatendidos, excluidos, criados en todos los sentidos para el verdugo y creciendo para ser ahorcados. Ponga por caso que él tenía motivos más que suficientes para ver a casi todos los niños que trataba en su vida diaria de abogado como pececillos que se convertirían en los peces que iban a parar a sus redes para ser juzgados, defendidos, quedar desamparados, quedar huérfanos, ser atormentados de un modo u otro”.

La ‘confesión’ sigue: “Pongamos por caso, Pip, que había una preciosa pequeña en esa masa que podía salvarse”. Sabiendo que el padre creía que la niña había muerto, Jaggers negocia con la madre, una asesina cliente suya, para que le ceda a su hija como precio por sus servicios, sin saber aún dónde colocará a la niña. Dickens necesita vincular a Jaggers con la señorita Havisham, a quien su novio abandonó el día de su boda, en el momento adecuado y finalmente ella le explica a Pip que “Había estado encerrada en estas habitaciones durante mucho tiempo (no sé cuánto tiempo; ya sabes cómo dan la hora los relojes aquí), cuando le dije [a Jaggers] que quería una niña pequeña para criarla y amarla, y salvara de mi destino. Lo había visto por primera vez cuando le pedí ayuda para destruir este lugar, habiendo leído sobre él en los periódicos, antes de que yo y el mundo nos separáramos. Me dijo que buscaría en su entorno alguna huérfana. Una noche la trajo aquí dormida y la llamé Estella”.

Todo lo que sucede en Grandes esperanzas se deriva de la insólita decisión de Jaggers de salvar a una niña “de la masa” de condenados sin remedio, ¿no merece esto un artículo? Así que, sí, me aseguraré de escribirlo, y luego empezaré a pensar en cómo enseñar un curso sobre los personajes secundarios más atractivos, ¡menudo desafío encontrarlos!

Publico aquí una entrada semanal (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). Los comentarios son muy bienvenidos. Los volúmenes anuales del blog están disponibles en https://ddd.uab.cat/record/116328. Si te interesa echar un vistazo, mi web es https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

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