CELEBRANDO UNA BUENA VIDA: IN MEMORIAM LOIS RUDNICK

La Comisión Fulbright ha estado enviando profesores visitantes a España desde el curso 1958-59 (según su directorio, Howard Floan fue el primer visitante, en la Universidad de Zaragoza). Mi departamento recibió un flujo constante de visitantes, compartido con el Departamento de Inglés de la Universitat de Barcelona, entre mediados de la década de 1980 (hasta donde yo sé) y 2013. La modesta ayuda económica que podíamos aportar para los gastos de nuestros visitantes nunca pudo competir, sin embargo, con universidades privadas potentes, como la de Deusto, y aunque seguimos dispuestos a recibir visitantes, ninguno se ha materializado en los últimos ocho años. El último fue el poeta John Poch. Hace poco se me acercó otro posible visitante, así que no ha muerto la esperanza de que volvamos a coger el ritmo.

Conocí a nuestros visitantes Fulbright primero como estudiante (de grado y de doctorado) y más tarde como persona encargada de gestionar las solicitudes por nuestra parte, lo que incluía socializar con ellos, a veces mínimamente, a veces más regularmente. No recuerdo a todos nuestros visitantes, pero algunos causaron una importante impresión tanto entre nosotros como Departamento como personalmente en mi carrera y en mi vida. Así pues, aprendí a trabajar en profundidad y a toda velocidad con la maravillosa Bonnie Lyons, que nos ofreció a los estudiantes de doctorado un curso sobre Literatura judía estadounidense. Russell Goodman, que se especializaba en filosofía y Literatura, acogió un ensayo bastante loco que perpetré sobre The Man in the High Castle de Philip K. Dick, mi primer escrito académico sobre ciencia ficción. Otra visitante muy generosa, Connie L. Richards, me convenció para que enviara mi trabajo para su curso sobre Literatura americana de principios de siglo XX a una revista tejana que ella coeditaba, revista que –para mi inmensa sorpresa– lo aceptó. Esa fue mi primera publicación en una época, además, en la que mis profesores del programa de doctorado del Departamento nos decían que ningún pre-doctor debía atreverse a publicar nada. ¡Cómo han cambiado las cosas!

En el plano personal, la profesora visitante Tiffany López (2004-5) y yo compartimos grandes momentos. Ella se vino con una guía de una editorial californiana sobre las mejores pastelerías de Barcelona, y cada semana visitábamos una diferente. Nuestro dulce tour culminó con una cena de lo más memorable en Espai Sucre, un restaurante que sirve un impresionante menú compuesto únicamente por postres. ¡Ay, los placeres de la vida académica! Sin embargo, la visitante que dejó la impresión más indeleble fue Lois Rudnick, que se llamaba a sí misma, en broma, «la Reina», y era, en efecto, una mujer maravillosa, una auténtica reina. Durante los pocos meses de 1994 en que tuve el privilegio de disfrutar de su amistad, mi vida se enriqueció mucho. He escuchado los mismos elogios de las muchas personas que celebraron su vida hace un par de días en el memorial online celebrado para reunir a sus amigos. Lamentablemente, Lois falleció en junio a los 76 años, demasiado pronto, cuando aún tenía mucho que hacer y decir, víctima de un cáncer devastador.

Me vi con Lois por última vez, después de demasiados años, en octubre de 2018. Escribí a continuación un post sobre su libro The Suppressed Memoirs of Mabel Dodge Luhan: Sex, Syphilis, and Psychoanalysis in the Making of Modern American Culture (2012). Lo que nunca le dije a Lois, pero que por fin puedo decir ahora que se ha ido, es que me parece injusto que Luhan haya recibido tanta atención por su parte porque dudo que alguien escriba algún día sobre la propia Lois. Los Estudios Literarios y, en general, las disciplinas de las Humanidades que se dedican a estudiar la producción artística son implícitamente biográficos ya que nos ponemos en un segundo plano para celebrar el trabajo realizado por otros. Algunos dirán que somos parásitos que viven de los logros de personas cuyo sueldo mensual nunca ha estado garantizado como el nuestro (si tenemos plaza fija, claro). Algo hay de eso, lo reconozco, pero también mucho de preocupación desinteresada por los trabajos que han hecho personas con talento y que queremos conservar. Esto debería ser de puro sentido común, y sin embargo, siempre que he leído los extraordinarios estudios de Lois sobre Luhan, me ha molestado la situación, al pensar que personas extraordinarias como Lois nunca encontrarán su biógrafo porque los académicos tienen un estatus inferior al de los artistas. Tendrán que bastar los obituarios, los memoriales y textos como este post y, por supuesto, las publicaciones académicas de Lois: sus diez libros y decenas de artículos.

Sabemos sin embargo, ¿cierto?, que la vida académica no se limita a lo que publicamos. De hecho, ahora que pienso en este tema, a no ser que uno sea muy cuidadoso a la hora de dar instrucciones para perpetuar su obra académica más allá de la jubilación o la muerte, mi impresión es que carreras enteras pueden dispersarse a los cuatro vientos y desaparecer totalmente o persistir sólo mediante el azar de quién cita a quién. A los académicos no parece importarnos mucho lo que ocurra con nuestros escritos, de modo que, pensando en el caso que nos ocupa, he tenido problemas para encontrar en internet la lista completa de lo que Lois publicó en forma de libro, y he tenido que consultar GoodReads y Amazon. Por otra parte, el legado de los buenos profesores e investigadores perdura durante generaciones, a veces de forma anónima y de maneras que ninguna autoridad académica puede cuantificar. Por ejemplo, Lois me orientó sobre cómo presentar mi primera ponencia en un congreso académico y yo he orientado a mis estudiantes de doctorado aplicando lo que ella me enseñó. Oyendo a sus ex alumnos y colegas hace unos días en el memorial comprendí que (¡felizmente!) no tenemos instrumentos para medir el verdadero impacto de este tipo. Esto no tiene nada que ver con las métricas de publicación, la evaluación del rendimiento en la enseñanza, los premios o las distinciones, sino con ese impacto mucho mayor que los buenos estudiosos dejan al ser amables y solidarios.

Tal vez por eso, en medio del acto conmemorativo, cuando tantas personas habían descrito ya los logros académicos de Lois, una persona se quejó en el chat: parad, escribió, y dadnos vuestros recuerdos personales. Porque es en los recuerdos personales, ya sean plenamente personales o profesionales, donde se deja una verdadera huella. Así que ahí van algunos. Vi La lista de Schindler con Lois cuando se estrenó en España y las dos salimos del cine llorando; Lois era judía y cuando algún idiota me dice que Spielberg sentimentalizó excesivamente el Holocausto, recuerdo sus lágrimas y dejo pasar la estupidez. A Lois le encantaba la danza contemporánea y vimos juntas todos los espectáculos de aquella ya lejana primavera de 1994 en Barcelona. Había un pequeño teatro, L’Espai (1992-2005) gestionado por la Generalitat de Catalunya, que nos mantenía abastecidas con un flujo constante de gran danza. Tuvimos suerte de que el dinero público se utilizara entonces de esa manera. Por cierto, mi recuerdo personal más divertido de Lois, ‘la Reina’, fue cuando le dije que la Reina Sofía en persona estaría en la ceremonia de entrega de las becas de LaCaixa, de las que yo era beneficiaria. Su expresión de sorpresa ante la posibilidad de que una pudiera conocer a una Reina de verdad en persona siempre se me quedará grabada.

En resumen, no he querido recordar aquí a Lois Rudnick como alguien que se ha ido para siempre, sino como alguien que siempre permanecerá en el recuerdo de amigos y colegas. Esto es igual para todos, pero mi intención ha sido destacar aquí cómo los encuentros académicos inesperados conducen a los mayores beneficios y placeres. Un aspecto negativo de la vida académica es que los vínculos que pueden ser muy intensos durante los tres días que dura un congreso o los pocos meses que permanece un visitante no pueden integrarse fácilmente en la vida habitual de cada uno. No quiero decir que las personas que se conocen en reuniones académicas no puedan seguir siendo amigas durante muchos años y mantenerse en contacto regularmente; todos tenemos relaciones importantes de ese tipo. Lo que quiero decir es que como colectivo humano estamos acostumbrados a amistades a distancia que desearíamos que fueran mucho más cercanas. Yo me siento así con Lois, pero también inmensamente feliz de que haya estado cerca, en mi mismo barrio, durante un tiempo.

Por otro lado, también he querido dejar constancia de que los buenos académicos que, como Lois, son personas entrañables, dejan una poderosa huella que, afortunadamente, el sistema académico no puede medir. Creo que, en general, estamos perdiendo la oportunidad de avivar y aumentar este otro aspecto, mucho más personal, de la vida académica. La pandemia ha agravado mucho nuestra tendencia a trabajar y vivir en constante aislamiento académico, o al menos así lo siento yo. Por supuesto, estamos en contacto a través de las redes para las que trabajamos, o a través de las relaciones personales que se establecen dentro de los Departamentos, pero tengo la impresión de que no estamos haciendo lo suficiente para hablar de verdad entre nosotros. Lamento, como se puede ver, no haber hablado más con Lois; de alguna manera supuse que volveríamos a encontrarnos, pero esa oportunidad de disfrutar de nuestra renovada amistad se ha esfumado. No dejéis pasar otras oportunidades.

Y Lois, mi reina, déjame decirte que este planeta ha brillado con más fuerza el tiempo que has pasado en él. Muchas gracias por todo.

Publico aquí una entrada semanal (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). Los comentarios son muy bienvenidos. Los volúmenes anuales del blog están disponibles en https://ddd.uab.cat/record/116328. Si te interesa echar un vistazo, mi web es https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

TREINTA AÑOS COMO DOCENTE: PENSANDO EN LA EVALUACIÓN

En un par de días estaré celebrando el trigésimo aniversario de mi carrera como profesora universitaria. Me contrataron cuando tenía 25 años y el tiempo pasa muy rápido. Creo que este es un aniversario importante, aunque todavía no estoy segura de qué tipo de punto de inflexión se trata. Hasta la crisis de 2008 (creo), a los profesores universitarios con 30 años de experiencia se les permitía jubilarse con una pensión completa, siempre que tuvieran al menos 55 años. Este privilegio ha desaparecido hace mucho tiempo y dado que la jubilación de mi cohorte de baby-boomers lo más probable es que ronde los 70 años, esto significa que solo he pasado por dos tercios en mi carrera, que puede extenderse hasta 45 años. Este es un pensamiento digamos que desalentador. Si pienso en 15 años atrás, vuelvo entonces a 2006, el mundo anterior a la crisis financiera que pertenece a otra época. Cuando se me ocurren estos pensamientos me doy cuenta de que me quedan 15 años más como educadora –si el cambio climático así lo quiere– todavía muchos por recorrer.

Habiendo expuesto estos pensamientos melancólicos, debo decir que no deseo usar este post para recordar los primeros 30 años de mi carrera. Esta no es una cifra poco común entre mi grupo demográfico, o mayor, y estoy segura de que los recuerdos de otras personas son más jugosos. Me gustaría examinar en cambio la devaluación de la experiencia y la sobrevaloración de la innovación, aunque, como se verá, entraré pronto me iré por las ramas, hacia la evaluación.

Soy, sin duda, una docente experimentada, pero los estudiantes –que, como dijo un amigo, se vuelven cada vez más jóvenes a medida que los docentes envejecemos aunque siempre tienen la misma edad– son un recordatorio constante de que la experiencia en educación es sólo relativamente valiosa. Una larga experiencia significa que cada sesión –seminario, conferencia– requiere menos preparación, pero como nuestro público es diferente cada año, la experiencia sirve poco para ajustar y mejorar la comunicación mutua. Los estudiantes son en cierto sentido eternamente iguales, y en muchos otros muy diferentes, como corresponde a miembros de diferentes generaciones. Mis primeros estudiantes ahora se acercan a los 50, los que comenzaré a enseñar mañana tienen sólo unos 19 años. Cuando comencé, solo era 7 años mayor que mis estudiantes de segundo año, ahora soy 36 años mayor, y podría llegar el momento en que sea 50 años mayor que mis jóvenes estudiantes. Mi caso, que es absolutamente muy común, indica así pues que cuanto más experimentados son los profesores de mi grupo de edad, más desconectados estamos de nuestros estudiantes. Se supone que la innovación docente cierra esa brecha, aunque sin duda la mayor innovación sería volver a contratar a personas de 25 años a tiempo completo para enseñar a estudiantes universitarios. Actualmente, la edad media de los profesores universitarios españoles es mi edad, 55 años.

El problema con el concepto de innovación es que realmente no aborda la naturaleza de la educación en profundidad. Creo que tengo derecho a decir después de 30 años que lo que no funciona en la educación es la evaluación. No sé cómo Aristóteles o Sócrates enseñaban a sus estudiantes pero no los veo corrigiendo trabajos. O preocupándose de si un discípulo estaba copiando el ejercicio de otro discípulo. Todo el mundo entiende que una relación romántica en la que uno de los miembros de la pareja nunca pierde de vista la posibilidad de hacer trampa es enfermiza. En contraste, la educación superior asume que los estudiantes hacen trampa y siempre harán trampa. Se supone que esto está en la naturaleza misma de los estudiantes, ¡esas criaturas tortuosas!, pero en realidad es parte de la naturaleza de la educación tal como es ahora. En las relaciones románticas la monogamia tiende a ser un obstáculo si uno de los miembros de la pareja no cree en ella (leí en el periódico hoy que se espera un aumento de la infidelidad, ahora que los empleados están regresando a las oficinas después de que haya pasado lo peor del Covid-19). Del mismo modo, la evaluación es una invitación abierta a hacer trampa porque ¿quién puede realmente estar de acuerdo en ser evaluado todo el tiempo?

La evaluación es lo opuesto a la educación por la sencilla razón de que no es un mecanismo para comprobar el avance del aprendizaje sino para evitar que los alumnos hagan trampa (= hagan lo que quieren). Permítanme darles un ejemplo. En mi curso de Estudios Culturales quiero que mis estudiantes lean y estudien de forma independiente el informativo volumen Introduction to Cultural Studies: Learning though Practice de David Walton. Este es el único libro que necesitan leer, ya que trabajaremos con canciones pop y textos tales como artículos de opinión, reseñas y entrevistas. Para asegurarme de que los estudiantes leen el libro de Walton, he valorado esta parte del curso con un considerable 25% de la calificación final. Para evaluar cómo los estudiantes han estudiado el libro, deben enviarme un ensayo de 500 palabras basado en el pasaje que prefieran de todo el texto. Pues bien, un estudiante ya me ha preguntado si necesitan leer todo el libro, en un intento poco sutil de abrir una negociación sobre cuánto realmente necesitan leer. Simplemente no estoy interesada en este tipo de negociación y, por lo tanto, he decidido evitar la evaluación y hacer que los estudiantes sean responsables de su autoevaluación (utilizando una rúbrica que proporcionaré) para toda la asignatura.

No es la primera vez que dejo la evaluación en manos de los alumnos. En el último año académico invité a mis estudiantes de master a autoevaluarse, también sobre la base de una rúbrica, y la estrategia funcionó muy bien, en el sentido de que nadie hizo trampa ni se dio una calificación más alta de la que merecían (en mi opinión). La tensión que siempre afecta a este aspecto de la enseñanza se evaporó y pudimos centrarnos en lo que realmente importaba, que era producir un libro juntos. Ahora que vuelvo de nuevo al aprendizaje orientado a proyectos con esta nueva clase de grado, cobra cada vez más sentido para mí educar a los estudiantes para que sean responsables de su propio trabajo. Si un estudiante decide resistirse a mis esfuerzos por educarlo, entonces debería hacerse responsables de otorgarse a sí mismo un suspenso, no pasarme a mí el engorro. No creo que una persona pueda emprender el camino de la edad adulta mientras los docentes asuman la carga de evaluar a estudiantes que se niegan a dar lo mejor de sí mismos. Quiero que mis estudiantes se conviertan en adultos responsables y esto debería comenzar por su comprensión de que tratar de engañarme a mí o a cualquier otro docente, ya sea a través de una ofensa académica real o simplemente por no estar lo suficientemente involucrados es inmaduro y, en suma, infantil. No es lo que los estudiantes universitarios deberían hacer.

Desde hace diez u once años, mis estudiantes de segundo año de grado autoevalúan su calificación relativa a la participación en el aula (es decir, la participación real, no solo la asistencia), que generalmente asciende al 10% de la calificación final. Esto ha funcionado bien y en los últimos cinco años, más o menos, casi nunca he alterado ninguna de las calificaciones. Debo explicar que las rúbricas son esenciales para la autoevaluación. Un estudiante puede creer que merece, digamos, un 8/B+, pero cuando lee a la descripción de los resultados de aprendizaje que realmente merecen un 8/B+, se lo pensará dos veces antes de sobrevalorarse. He tenido estudiantes que tienen que reconocer dolorosamente que merecen un 0 (¿es eso una F?) y otros afirman con orgullo que hicieron todo maravillosamente, pero nunca un estudiante ha cuestionado esta práctica y me ha dicho que mi trabajo consiste en evaluarlos. De hecho, el tiempo que no pierdo en la evaluación es el tiempo que ellos ganan en otros tipos de atención de mi parte (por ejemplo, el año pasado me puse a su disposición una hora a la semana solo para charlar sobre los libros que estábamos leyendo, y ¡me encantaron esas sesiones!). No sé si estoy yendo demasiado lejos este año al hacer que los estudiantes de tercer / cuarto año autoevalúen todos sus ejercicios, tal vez me estoy pasando de la raya, pero simplemente no quiero que la evaluación interfiera en la enseñanza.

Soy muy consciente de que lo que estoy diciendo aquí no puede funcionar con todos los grados o asignaturas, y que funciona mejor cuando toda la clase está involucrada en un proyecto común. Mi preocupación en este momento no es quién aprobará y quién fracasará, sino si podré convencer a mis 27 estudiantes de Estudios Culturales de que nuestro objetivo común no es completar 6 créditos, sino producir un libro. Ninguno de mis estudiantes puede fallar, ya que todos necesitan ser escritores lo suficientemente buenos como para participar en nuestro proyecto, lo que significa que usaré la mayor parte de mi tiempo para corregir y editar su trabajo en al menos dos versiones (uso la reescritura todo el tiempo). Este método, por supuesto, no tiene nada que ver con empollar para cursar, digamos, Medicina o Estudios de Derecho ni con la necesidad de comprobar constantemente si el futuro médico o abogado ha avanzado lo suficiente como para poder adquirir conocimientos cada vez más especializados. Tengo un conocimiento lamentablemente pobre de cómo funcionan otras disciplinas, incluida el área de Lingüística en mi propio Departamento, pero tengo la certeza total, basada en mi experiencia, de que la evaluación es demasiado importante en la educación superior y debería limitarse, alterarse o abandonarse para siempre.

Suprimir la evaluación posiblemente suene maravilloso para los estudiantes más perezosos (¡y los docentes!) pero no estoy hablando de una barra libre por la cual terminas obteniendo un título sin hacer nada más que matricularte. No, lo que quiero decir es lo contrario: la evaluación tiene todo este protagonismo porque no confiamos en que nuestros estudiantes realmente quieran aprender, y necesitamos espolearlos para que aprendan suficientes cosas como para al menos aprobar la evaluación. Zanahoria y palo, palo y zanahoria. Sé, tanto como ex alumna que funcionaba bien en los exámenes como como docente que odia los exámenes, que la evaluación no es aprendizaje. Todavía soy evaluada regularmente como profesora y como investigadora, y puedo decir sin duda alguna que el mayor placer de aprender suele estar asociado a mi trabajo en actividades que escapan a la evaluación, incluido este blog. Tal vez para ustedes, queridos lectores, la conclusión es que no he aprendido nada en 30 años de enseñanza y que resistirse a que la educación es parte de la educación, y el factor que hace necesaria la evaluación. En la forma en que la sociedad está estructurada, la evaluación opera a todos los niveles para eliminar a los vagos y a los empleados incompetentes, y para recompensar a las mentes más brillantes con dinero para sus investigaciones o premios. Sin embargo, este esquema solo replica lo que ocurre desde el primer día en el jardín de infancia. ¿No es hora, pues, de que cambiemos de rumbo?

Me pregunto qué piensan los estudiantes sobre todo esto, ¿o son ellos los primeros en defender la evaluación?

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TODAVÍA SIN PLACER: ENSEÑAR LITERATURA EN EL SEGUNDO AÑO DEL COVID-19 Y EL REGRESO A CLASE

Estoy releyendo mi entrada del 7 de septiembre de 2020 en la que expreso mis temores sobre la vuelta a la enseñanza presencial y me maravillo de lo poco que han cambiado las cosas. Escribí entonces que me hallaba en las garras del “Miedo a que la vuelta a clase la próxima semana signifique contagiarse de Covid-19, con quién sabe qué consecuencias, y miedo a que pueda contagiar a quienes viven conmigo y poner en peligro vidas que amo aún más que la mía”. También escribí que esperaba que esos temores terminaran pronto y que el regreso a la normalidad fuera cuestión de seis meses. Llevamos ya dieciocho meses de pandemia y aunque parece que con el 70% de la población española ya vacunada las cosas han mejorado mucho, eso es solo una parte del total de esta historia.

Ahora sabemos que las personas doblemente vacunadas aún pueden padecer Covid-19, ya sea en su forma más leve o en su forma más letal, y estamos recibiendo de los científicos información preocupante sobre la grave disminución de la protección que la vacuna ofrece tan solo después de cuatro meses. Si esto es cierto, volveremos al punto de partida en diciembre, dos años (¡dos años!) después del inicio de la pandemia en Wuhan. Hay rumores de que el Primer Ministro británico, Boris Johnson, ha declarado en privado que está dispuesto a aceptar una situación en la que 50000 personas mueren de Covid-16 anualmente en el Reino Unido. Esto me sonó totalmente monstruoso hasta que caí en la cuenta de que ya estamos ahí, y por encima, con más de 150 muertes diarias en la quinta ola en España, con cerca de 200 fallecimientos en algunos días. Si un grupo terrorista masacrase a 150/200 españoles cada día estaríamos llenando con ira las calles. Sin embargo, en la cruel normalidad de este verano, las calles solo se han llenado de gente ansiosa por participar en botellones masivos. Muchos de ellos son jóvenes que pronto estarán en nuestras aulas.

Las aulas universitarias no han sido realmente un foco de contagio a pesar de que muchas han permanecido llenas más allá de la norma del 50% y de que muy pocos docentes estaban ya vacunados cuando la enseñanza presencial se reinició parcialmente esta primavera pasada. El Gobierno español consideró que eran prioritarios los profesores de primaria y secundaria, y nos dijo a la cara que, dado que estábamos enseñando principalmente en línea, la vacunación no era tema urgente para nosotros. Estoy de acuerdo en mi propio caso, ya que de hecho me he quedado enseñando en casa, pero debo protestar el atropello porque las vidas de muchos de mis colegas estuvieron innecesariamente en peligro; si el daño ha sido poco, ha sido así solo por pura suerte. La mayoría, si no todos, fuimos vacunados entre abril y julio, pero recuerde el lector que las vacunas son solo 90-95% efectivas y que no todos nuestros estudiantes habrán sido vacunados la próxima semana (ni algunos docentes antivacunas). Además, el medio de comunicación local Betevé explicó la semana pasada que las fiestas callejeras (los botellones, en suma) están creciendo, ya que los jóvenes recién vacunados que se habían abstenido de asistir hasta la fecha, lo hacen ahora creyendo que están a salvo. Nadie está a salvo porque, por favor recordemos esto, las vacunas no detienen el contagio, solo disminuyen las posibilidades de que el Covid-19 sea letal.

Con todo esto me estoy preparando para un semestre que será, por decir lo menos, complicado. El año pasado enseñamos en vivo y en directo durante unas cuatro semanas antes de ser enviados a casa. Éramos tan optimistas entonces que incluso comenzamos a enseñar sin máscaras (los docentes, los estudiantes tenían que usarlas en todo momento). Los profesores pronto quedamos enmascarados, con toda la incomodidad que esto conlleva cuando necesitas proyectar tu voz, pero al menos nos salvamos del frío invierno de ventanas abiertas por el que han pasado heroicamente los colegios de primaria y secundaria. Esta vez no. La normativa de mi universidad, la UAB, exige que las clases se acorten en quince minutos para que las aulas puedan ser ventiladas, pero (como el año pasado) las autoridades no explican dónde estarán los estudiantes mientras tanto, lo que hace que nuestros pasillos abarrotados vuelvan a ser un riesgo.

Las aulas se llenarán al 70% de su capacidad, lo que significa que en las aulas para 100 estudiantes habrá 70 estudiantes que no podrán mantener la distancia social mínima (tres pies o dos metros, dependiendo del sistema). Todos sabemos por nuestra experiencia el año pasado que la interacción con estudiantes enmascarados que se sientan a una distancia considerable de los docentes para maximizar el distanciamiento social es un engorro. Al menos, yo jamás pude entender las palabras tras la mascarilla de mis estudiantes. Luego está la cuestión del streaming si la universidad en cuestión no puede encontrar un aula lo suficientemente grande para un grupo (en mi universidad, los grupos pueden tener hasta 140 estudiantes). Este año, mi universidad ha decidido que las clases en streaming para estudiantes que no pueden estar físicamente en el aula son de libre elección para los docentes. Algunos han quedado satisfechos con el método bimodal, pero la mayoría de docentes y estudiantes han llegado a la conclusión de que no se puede enseñar bien dirigiéndose tanto a los que están en el aula como a los que asisten por internet.

Sí, lo que estoy diciendo es que nos estamos apresurando a regresar a los edificios abarrotados de manera bastante imprudente. Esta urgencia por regresar al aula en lugar de seguir con la enseñanza en línea un semestre más es parte de la misma dinámica alocada por la cual muchas empresas están obligando a los empleados a regresar a la oficina, sin tener en cuenta el peligro y la incomodidad. Parece que estamos operando internacionalmente bajo la ilusión de que la pandemia ha terminado, cuando en realidad nuestra prisa por ponerla en tiempo pasado la está prolongando. No se han aprendido lecciones en absoluto, y estamos viajando, socializando y trabajando como si las cosas fueran normales. No estoy diciendo que tengamos que estar permanentemente atrapados por el virus reaccionando con histeria a cualquier brote; lo que estoy diciendo es que estoy horrorizada de que el mundo entero está fingiendo que es 2019, cuando es 2021 y el virus todavía está campando a sus anchas. Estamos aceptando sin más no solo el número de muertos (bajo la impresión errónea de que solo los muy viejos están muriendo) sino también todo el sistema de salud, cuyos sufridos trabajadores deben estar odiando a cada uno de los imprudentes que termina en el hospital.

La impaciencia por volver al aula o al despacho no tiene nada que ver, pues, con la conveniencia de los modelos tradicionales de enseñanza y trabajo sino con una incapacidad general de beneficiarse de las nuevas estrategias inspiradas por la pandemia. Estaba realmente convencida de que las ventajas del aprendizaje y el trabajo en línea serían apreciadas y mantenidas más allá del final de la pandemia, pero esto no ha sucedido. Los padres de niños pequeños que habían encontrado una solución al problema de cómo conciliar las necesidades familiares y los horarios de trabajo se ven privados de esa solución por razones que no se explican claramente; sin duda, el coste para las empresas de mantener las oficinas abiertas siempre es más alto que subsidiar los gastos de los empleados en casa. En cuanto a la enseñanza, aunque poco se gana ahora mismo reuniendo masas de estudiantes en las aulas para escuchar lecciones magistrales en las que no necesitan participar, esto se prefiere a la enseñanza en línea regulada por horario semanal menos rígido. Claramente, todo el mundo odia la enseñanza y el aprendizaje en línea y este es un factor importante, pero insistiré una y otra vez en que un problema importante es que lo que hemos estado haciendo durante la pandemia no es enseñanza en línea, sino usar recursos en línea para continuar con la enseñanza tradicional.

Lo que me preocupa es que una situación en la que profesores y alumnos tienen miedo de volver a las aulas (¡yo sí tengo mucho miedo!) no es normal. No iría a clase si tuviera un hombre armado apuntándome todos los días, pero se me pide que asuma riesgos para la salud que todavía son graves, incluso con vacuna. No hace falta ser la destacada viróloga Margarita del Val para entender ahora, cuando todavía estamos pasando la quinta, que a mediados de octubre a más tardar tendremos una sexta ola de contagios. No entiendo la lógica de todo este despropósito, sobre todo porque la situación no va acompañada en absoluto de una legislación clara emanada del Gobierno nacional y de un mejor sentido de responsabilidad por parte de cada ciudadano. Cuando leo que la gente se salta las citas de vacunación y que muchos del 30% que aún no está vacunado son antivacunas, negacionistas y simples covidiotas, simplemente odio a la especie humana.

En mi propia práctica docente voy a seguir combinando lo que hice en línea el año pasado con la enseñanza en persona, es decir, abriré foros en el aula virtual para prolongar el debate más allá del aula, haré que los estudiantes que hacen presentaciones en clase suban PowerPoints narrados a nuestro entorno virtual, y trataré de usar mi tiempo de tutorías para ofrecer sesiones abiertas online, estilo club de lectura. Quiero que la enseñanza presencial sea menos fundamental para mis asignaturas, para que los estudiantes vean que el aprendizaje no es algo que ocurre los martes y jueves de 8:30 a 10:00, sino un proceso continuo que se teje dentro y fuera de nuestro tiempo compartido en línea y en vivo. Por supuesto, intentaré que mi presencia en el aula sea lo más productiva posible, pero, a diferencia de lo que he hecho recientemente, dejaré de comprobar la asistencia y daré a los estudiantes más libertad para aprender como deseen, siempre y cuando sigan el curso. Pretendo, en definitiva, que la interacción en el aula sea un recurso con la misma importancia que otros online y no el núcleo mismo de mi enseñanza. Veremos si algo cambia realmente.

Permitidme terminar compartiendo algo más que me preocupa. No he entrado en un aula en los últimos 330 días, más o menos, y estoy teniendo pesadillas en las que me veo volviendo a la enseñanza pero siendo rechazada por los estudiantes. No me escuchan, o salen del aula en medio de mis lecciones… El día en que regreso a clase cumpliré treinta años como profesora universitaria, y que tenga estas pesadillas lo dice todo sobre lo vulnerable que me hace sentir el Covid-19. Lo vulnerables que todos somos aún.

Esperemos que para septiembre del próximo año esta pandemia se haya extinguido… solo que para entonces Barcelona podría haber desaparecido, inundada por el efecto del cambio climático, como indican algunas predicciones catastrofistas. El futuro no es, definitivamente, lo que solía ser.

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