MEROPE GAUNT, MADRE DE VOLDEMORT: LA NARRATIVA COMO CASTILLO DE NAIPES

La primera novela sobre la serie Harry Potter de J.K. Rowling, Harry Potter and the Philosopher’s Stone, fue publicada por Bloomsbury el 26 de junio de 1997, hace 25 años hoy mismo. Esta entrada mira hacia esa fecha del pasado, para festejarla, y apunta hacia el próximo mes de noviembre, cuando finalmente volverá el Witch Market de Barcelona y todos nosotros, los Potterheads locales, tendremos la oportunidad de reencontrarnos después de un paréntesis de dos años causado por la Covid-19. He elegido dar una conferencia en ese evento sobre la madre de Voldemort, Merope Gaunt, porque es un ejemplo de ese tipo de personaje secundario que parece muy menor pero cuyas acciones son indispensables para que una historia comience a moverse. Si la pobre Merope no se hubiera enamorado del Muggle Tom Riddle, Lord Voldemort nunca habría nacido. El villano, no el héroe, pone en marcha los acontecimientos y, por lo tanto, sin el Señor Oscuro, el joven Harry Potter habría disfrutado de la adolescencia normal de un mago cualquiera.

Merope (pronunciado ‘mɛrəpiː, o méropi) lleva el nombre de una estrella en las Pléyades que toma prestado su apodo de una de las siete hijas de la ninfa oceánica Pleione y el Titán Atlas. Solo aparece en el sexto libro, Harry Potter and the Half-Blood Prince (2005), publicado ocho años después de la primera novela, lapso que sugiere que Rowling puede haber pensado en la historia de los orígenes de Voldemort relativamente tarde en el proceso de escritura, no necesariamente desde el principio. La triste historia de Merope se narra en el capítulo 10, “The House of Gaunt” (184-204, Bloomsbury 2005 edición de tapa dura), y en el capítulo 13, “The Secret Riddle” (242-260), aunque ninguno de los dos capítulos se centra en ella. Su nombre se menciona un total de 32 veces, muy pocas en el contexto de la extensa narrativa que es toda la serie, y ella nunca está en diálogo con ningún otro personaje. Sabemos de Merope porque el Profesor Dumbledore procede a recordar escenas del pasado compartiendo su Pensieve con Harry, habiendo decidido, como le dice al chico, “que es hora, ahora que sabes lo que llevó a Lord Voldemort a tratar de matarte hace quince años, de que se te dé cierta información” (186).

Dumbledore no tiene recuerdos directos de Merope, por lo que utiliza en su lugar los recuerdos del difunto Bob Ogden, un funcionario del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Harry es testigo de la visita de Odgen al pueblo de Little Hangleton, donde viven los Gaunt: el padre de mediana edad Marvolo, el hijo Morfin (posiblemente veinteañero) y la hija Merope, que tiene dieciocho años como averiguamos más tarde. Los Gaunts se presentan como el equivalente inglés de los hillbillies estadounidenses (unos paletos), y Morfin, de hecho, da una bienvenida bastante violenta a su imprevisto visitante, enviado por Slughorn para investigar una violación de la ley mágica cometida por el joven.

Cuando Merope aparece por primera vez, en un rincón de su muy pobre vivienda, Rowling la describe focalizando la narración a través de Harry como “una chica cuyo vestido gris harapiento era del color exacto de la sucia pared de piedra tras ella. Estaba de pie junto a una olla humeante sobre una negra y sucia cocina, y jugueteaba con el estante de ollas y sartenes de aspecto miserable sobre la misma. Su cabello era lacio y opaco y tenía una cara lisa, pálida y bastante pesada. Sus ojos, como los de su hermano, miraban en direcciones opuestas. Ella parecía un poco más limpia que los dos hombres, pero Harry pensó que nunca había visto a una persona de aspecto más derrotado” (194, cursivas añadida). Cuando la nerviosa y callada Merope deja caer una olla, su padre la riñe como ha hecho muchas veces: “¿para qué sirve tu varita, inútil saco de lodo?” (194). Ante el rapapolvo la chica no consigue arreglar la olla, así que Odgen la repara, deseando terminar la escena lo más rápido posible.

Cuando el visitante declara que Morfin ha sido llamado al Ministerio porque ha atacado a un Muggle, Marvolo reacciona gritando que su familia es descendiente directa de Salazar Slytherin, uno de los fundadores de Hogwarts, y se le debe más respeto. Como prueba, empuja a Merope de modo brutal, para que Odgen pueda ver el medallón que lleva puesto. Esta reliquia familiar, que luego ella vende para evitar perecer de hambre, es la misma que su hijo adulto Tom, entonces de unos treinta años, encuentra en manos de la rica coleccionista Hepzibah Smith. Cuando la asesina en un ataque de ira (su primer asesinato después de acabar con su padre y sus abuelos, a los dieciséis años), necesita huir, comenzando así su camino para convertirse en Lord Voldemort.

En el capítulo 10, un grupo de transeúntes Muggles pijos se burlan de la ruinosa casa de los Gaunt, angustiando a Merope. Ella se pone mortalmente pálida cuando el guapo Tom Riddle se burla de Morfin y ambos hermanos lo escuchan llamar a su compañera Cecilia “querida”. Sin ningún cariño Morfin le dice a Merope (que aún no ha dicho una palabra): “Así que al final no te quiso para nada” (198) y le revela a su enojado padre que “A esta le gusta mirar a ese Muggle” (199, cursiva original). Esto horroriza a Marvolo, y aunque Merope, niega la acusación de Morfin aún sin decir palabra, solo la intervención providencial de Ogden la salva de ser estrangulada por su padre. Pronuncia entonces los primeros sonidos que salen de su boca, aunque estos son gritos. El guapo Tom Riddle, como es fácil de adivinar, es el mismo Muggle que Morfin ha atacado, creyendo erróneamente que correspondía el interés de su hermana.

Dumbledore le dice a Harry que tanto Morfin como Marvolo fueron detenidos de inmediato y enviados a Azkaban, un tiempo de libertad para Merope durante el cual floreció su magia hasta ahora reprimida. Usando, como Harry adivina, un elixir de amor que, según especula Dumbledore, “le habría parecido más romántico” (202) que un maleficio Imperius, Merope seduce a Tom Riddle y ambos se fugan juntos, ante el gran escándalo de su pueblo. El padre, retornado de Azkaban después de seis meses, finalmente muere del disgusto.

Según cotillea Dumbledore Merope le había mentido a Riddle fingiendo que estaba embarazada, suceso que solo ocurrió tres meses después de su boda. Riddle, no obstante, regresó a casa sin su esposa antes de que ella diera a luz, alegando que había sido “engañado” (202). Dumbledore continúa su “conjetura” (203) sugiriendo que Merope “quien estaba profundamente enamorada de su esposo, no podía soportar seguir esclavizándolo por medios mágicos. Creo que ella tomó la decisión de dejar de darle la pócima. Tal vez, enamorada como estaba, se había convencido de que él ya se habría enamorado de ella para entonces. Tal vez ella pensó que él se quedaría por el bien del bebé. Si es así, se equivocó en ambos aspectos. La dejó, nunca la volvió a ver y nunca se preocupó por descubrir qué fue de su hijo” (203). Este pasaje marca el final de la presencia de Merope en el capítulo 10 y explica por qué el niño Tom llegó a odiar a su padre Muggle tan intensamente, aunque nunca amó realmente a su madre de sangre pura.

En el capítulo 13 Dumbledore usa de nuevo el Pensieve para narrar los problemas de Merope una vez en Londres. A través de los recuerdos de un tal Caractacus Burke, Harry ve a Merope vendiendo el medallón; ella estaba “Cubierta de harapos y bastante avanzada …”, es decir, a punto de parir (245). Por si esta escena no fuera ya lo bastante Dickensiana, Rowling añade que sucedió antes de Navidad (supuestamente en 1926). Cuando Harry pregunta por qué la desesperada Merope no usó sus poderes, Dumbledore especula que “cuando su esposo la abandonó, Merope dejó de usar magia. No creo que ella quisiera seguir siendo bruja. Por supuesto, también es posible que su amor no correspondido y la desesperación concomitante minaran sus poderes; eso puede suceder. En cualquier caso, como estás a punto de ver, Merope se negó a levantar su varita incluso para salvar su propia vida” (246).

Misteriosamente (un poco como Amidala en Star Wars), Merope se deja morir después del nacimiento de su bebé. Harry está horrorizado de que Merope no eligiera “vivir para su hijo” (246) y Dumbledore responde que, a diferencia de Lily Potter que murió para salvar a su bebé Harry de Voldemort, Merope Riddle “eligió la muerte a pesar de un hijo que la necesitaba, pero no la juzgues con demasiada severidad, Harry. Estaba muy debilitada por el largo sufrimiento y nunca tuvo el coraje de tu madre” (246). Cuando Dumbledore recupera su primer recuerdo de Tom Riddle, Rowling escribe focalizando a través de él que “No había rastro de los Gaunts en la cara de Tom Riddle. Merope había satisfecho su último deseo: era su apuesto padre en miniatura, alto para sus once años, de pelo oscuro y pálido” (249). Solo puede saber este dato gracias a la Sra. Cole, la directora del orfanato, quien informa que Merope llegó en la víspera de Año Nuevo “tambaleándose por los escalones” en una “noche desagradable” de frío y nieve (249). Ella “tuvo al bebé una hora más tarde. Y murió al cabo de otra hora” (249). La Sra. Cole confirma que Merope, quien “no era una belleza”, tuvo tiempo de decir “Espero que se parezca a su papá” (249), las únicas palabras que pronuncia, y de pedir que el bebé se llame Tom Marvolo Riddle. La Sra. Cole asume que la joven “venía de un circo” (249) debido al extraño nombre; el apellido Riddle (o ‘enigma’), por cierto, existe.

Muchos comentaristas han expresado su sorpresa de que Rowling use a Oliver Twist “no como modelo para su héroe sino para el villano, creando, en esencia, un Oliver retorcido” con el Señor Oscuro (ver James Washick, “Oliver Twisted: The Origins of Lord Voldemort in the Dickensian Orphan”, Looking Glass 13.3 (2009), https://www.lib.latrobe.edu.au/ojs/index.php/tlg/article/view/165/164). En Oliver Twist (1837-38) de Dickens, el bebé Oliver nace de la joven Agnes Fleming, que muere en el parto, en una workhouse o asilo para pobres donde se cría como huérfano.

Agnes, la hija de diecisiete años de un oficial de la Marina, queda embarazada de Edwin Leeford, un hombre que posiblemente le dobla la edad, y que está huyendo de la rica mujer entrada en años con quien su padre lo había obligado a casarse. Leeford muere enfermo sin poder transmitir a Agnes y a su bebé aún no nacido la fortuna heredada de su padre, una muerte pensada para caracterizarlo como un buen tipo atrapado entre el poder patriarcal de su difunto padre y la pura mala suerte. Sin embargo, encuentro que su affair con la hija inocente del hombre que lo alberga es un abuso criminal. Cuando Agnes muere lleva una alianza de boda, lo que siempre me ha hecho sospechar que Leeford la engaña para que crea que es libre de casarse con ella. En cualquier caso, aunque Merope y Agnes están conectadas, Dickens termina su novela reivindicando a Agnes, con Oliver visitando su tumba (que ya dejado de ser anónima), mientras que al psicópata Tom Riddle nunca le importa Merope.

Así como Oliver Twist depende de la atracción sexual que Leeford siente por Agnes, todo Harry Potter depende de la pasión de la feucha Merope por su apuesto vecino Muggle Tom Riddle. No descarto que esta pasión haya sido despertada en compensación por el abuso sexual que Merope sufre tanto por parte de su padre como de su hermano (el ataque de Morfin contra Tom insinúa la existencia de celos incestuosos), aunque solo Rowling sabe si hay motivos para esta especulación. Si Merope hubiera sido hermosa, Riddle podría haberse enamorado naturalmente de ella y tal vez incluso haberse quedado a su lado. Esto no necesariamente habría resultado en una personalidad diferente para su bebé, porque quién sabe por qué algunos hombres crecen para ser villanos horrendos, pero el hecho es que todo el castillo de naipes que es la heptalogía de Harry Potter depende de la atracción de Merope por Riddle. No lo llamo amor, porque teniendo en cuenta cómo Merope ha vivido su vida hasta entonces, ella no puede conocer el significado del amor. En ausencia de una madre que podría haberla amado, tampoco puede entender el significado de la maternidad, de ahí su incapacidad para vincularse con su bebé, y su muerte, que es una especie de suicidio.

Rowling podría haber inventado una historia muy diferente para explicar el nacimiento de Voldemort, pero se le ocurrió el patético romance entre Merope Gaunt y Tom Riddle, narrado utilizando un curioso tipo de caracterización indirecta para la pareja, a quien nunca se ve (ni se escucha) juntos. Son en muchos sentidos la contrapartida de Lily y James Potter, los amorosos padres de Harry, aunque, sobre todo, Merope es lo opuesto a Lily. Tanto James como Lily mueren protegiendo a Harry de Voldemort, pero la muerte de Lily le da al niño la protección mágica adicional que le salva la vida. En contraste, el momento más amargo del joven Tom llega cuando aprende la verdad sobre sus orígenes de boca de su tío Morfin. Este descubrimiento literalmente le rompe el alma una vez procede, como he señalado, a ejecutar al padre que lo abandonó y a sus abuelos. De manera reveladora, comete estos crímenes no porque los Riddle despreciaran a Merope, por quien nunca se preocupa, sino porque su sangre Muggle mancha su propia sangre, que él creía pura.

Pobre Merope, jamás amada como hija, hermana, esposa y madre. No olvidemos, sin embargo, que los peores hijos pueden provenir de las mejores madres, y que si el pequeño Tom Riddle resulta ser malvado, no es culpa de Merope. Diría que la culpa es, más bien, del padre insensible, pero Tom Riddle senior es tema para otra entrada…

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DEPRESIÓN Y ANSIEDAD: LAS PRINCIPALES PALABRAS CLAVE EN LA UNIVERSIDAD

En una reciente reunión de Departamento surgió el problema apremiante de la baja asistencia de los estudiantes este último semestre. No he dado clase en este tiempo pero mis compañeros me dicen que menos del 50% de los alumnos han asistido a sus clases, porcentaje incluso inferior a lo que vi en el primer semestre, cuando todos seguíamos usando mascarillas y soportando la incomodidad de las ventanas abiertas en invierno por la ventilación para protegernos del Covid-19.

Las causas de la ausencia de los estudiantes de las aulas, un problema general que no se limita a un grado particular, son difíciles de precisar ya que, lógicamente, no se puede hablar con personas que no están allí y preguntar a sus compañeros sobre su ausencia es inútil. Aquellos cuyo trabajo es hablar con los estudiantes afirman que los estudiantes desaparecidos generalmente no están interesados en las actividades del aula; encuentran aburridas las lecciones y escuchar las presentaciones orales de sus compañeros, cosa que, de todos modos, no es un fenómeno nuevo. Lo novedoso es que alrededor del 20% de todos los estudiantes de mi universidad han notificado a la oficina correspondiente que no pueden asistir a clases porque padecen problemas de salud mental relacionados con la depresión y la ansiedad. Estas dos palabras se han convertido de esta manera en las palabras clave más importantes en nuestra vida académica.

Los docentes también están deprimidos y sufren de ansiedad, aunque podría decirse que la edad y la experiencia, al menos entre las filas de los docentes titulares más privilegiados, nos dan una capacidad de resistencia de la que la generación más joven podría carecer. El personal más joven, empleado principalmente como asociados temporales a tiempo parcial, incluso cuando son doctores embarcados en carreras académicas serias, sufre de depresión y ansiedad causadas por el mismo factor que abruma a los estudiantes: la falta de perspectivas. Tal como están las cosas ahora, la mitad de la plantilla que les pide a los estudiantes que hagan un esfuerzo para capacitarse para su futuro profesional está atrapada en un limbo profesional que no se está disolviendo lo suficientemente rápido. Mi universidad se jacta en estos días de que está ofertando entre 50 y 70 nuevos puestos a tiempo completo cada año (la mayoría con un contrato de cinco años), pero a pesar de que a mi Departamento se le han asignado tres para 2022-23, dos de esos puestos están destinados a darle a asociados con una carrera académica que abarca unos veinte años la oportunidad de ser titulares (por supuesto, otras personas podría ganar los puestos, a los que se concursa en oposición). En cuanto a la colega que se ha jubilado, su puesto a tiempo completo se ha transformado en un conjunto de tres asociados, ahorrándole así a la institución aproximadamente la mitad de su salario. Depresión y ansiedad, ahora se entienden.

Entre el personal de mayor edad, aquellos de nosotros que llevamos trabajando treinta años o más, veo principalmente decepción y cansancio. Nosotros, afortunados profesores titulares a tiempo completo, podemos jubilarnos después de los 60 años siempre que llevemos 30 años activos y teniendo en cuenta que nuestra pensión se reducirá en relación con la pensión completa que solo se consigue a los 67 años. La colega que se ha jubilado en mi Departamento se encuentra precisamente en esa situación. He oído hablar de muchos otros que se han jubilado anticipadamente con una pérdida económica notable porque ya no podían hacer frente a la enseñanza de los estudiantes deprimidos y ansiosos que ahora están en nuestras clases y a las presiones que nos impone la burocratización de la universidad. Tenía la impresión de que solo los profesores menos interesados en la investigación se jubilaban o piensan en hacerlo, pero esta semana un querido amigo que ha publicado una maravillosa serie de excelentes obras me dijo que también está considerando la jubilación. Está cansado, una palabra que escucho entre el personal mayor con una regularidad monótona. Yo misma me siento muy cansada, y si voy trampeando es porque tengo una baja carga docente y al fin puedo escribir libros. Todavía me queda una década por delante, al menos, y hay días en que la perspectiva abruma. Al mismo tiempo, espero continuar publicando una vez retirada, con suerte, en paz y tranquilidad.

Las causas de la depresión general y la ansiedad son transparentes: el neoliberalismo ha creado una economía de servicios que solo ofrece empleos precarios a los jóvenes; el cambio climático amenaza con acabar con la vida en la Tierra en unos quince años como máximo, y el fascismo está aumentando en todas partes, borrando derechos humanos que ha costado más de 200 años establecer. Como si el Covid-19 no fuera suficiente, Ucrania lleva cuatro meses sufriendo una invasión horrible que, además, podría resultar en la muerte por hambruna de millones en África y Asia que dependen de los cereales ucranianos para sobrevivir. Vladimir Putin declaró la semana pasada que el reinado de Occidente ha terminado y será reemplazado por una nueva era, cambio que no me importaría en absoluto si esta fuera una era de verdadera democracia y cooperación internacional. No creo que haya querido decir eso. Esta semana he animado a mi sobrina a lo largo de los tres días que ha durado su examen de Selectividad, pese a sentirme horriblemente ansiosa por el tipo de futuro que ella y su generación encontrarán. Sé que muchos de nosotros entre los cincuenta y los sesenta años tenemos una vida relativamente buena (no mencionaré el miedo constante a la enfermedad o a que nunca obtendremos una pensión) pero temblamos por lo que el futuro podría depararles a los jóvenes, al menos yo lo hago. Entiendo que se sientan deprimidos y ansiosos, y que no vean ningún sentido en la educación, a pesar de que saben que sin asistir a la universidad sus perspectivas serán aún peores.

La situación es objetivamente mala, pero también me pregunto si se siente subjetivamente así porque nuestra capacidad para hacer frente a la vida (nuestra resiliencia) se ha visto socavada por una filosofía de felicidad que requiere estar constantemente satisfecho. Yo misma no tengo razones personales o profesionales para sentirme abatida, pero así es como describiría mi estado de ánimo desde al menos 2008, cuando estalló la crisis financiera. No estoy clínicamente deprimida pero, como muchos otros de mis conciudadanos, me resulta cada vez más difícil ver las noticias (no porque no me importen los demás, sino porque sí me importan) e incluso hacer frente a crisis personales menores que no son realmente tan importantes. Estoy, además, como estudiosa de Estudios de Género, harta y cansada de las presiones de la izquierda y de la derecha, hasta el punto de que estoy considerando rendirme por completo y escribir sobre otros asuntos, una vez que haya terminado mi próximo libro. Trato, por lo tanto, de entender si más allá de los problemas reales, la depresión y la ansiedad generalizadas tienen que ver con la ruptura de una promesa de felicidad personal y colectiva, hecha tal vez en la década de 1960, que no se ha materializado.

Tratando de entender si ese es el caso, he leído consecutivamente, por casualidad, dos libros que están en profundo diálogo mutuo. Por razones que no consigo explicarme, aún no había leído El hombre en busca de sentido (1946) de Viktor Frankl, originalmente titulada Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager. Tenía la impresión errónea de que se trata de un adusto libro filosófico cuando es en realidad unas memorias de la desgarradora experiencia de Frankl como prisionero de los nazis en diversos campos. El otro libro es Happycracia: Cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas (2019) de Eva Illouz y Eric Cabanas, publicado originalmente en francés como Happycratie: comment l’industrie du bonheur a pris le contrôle de nos vies (2018). Estaba leyendo este libro y pensando en cómo se relacionaba con el otro cuando me encontré con una cita de Frankl, subrayando la conexión.

Frankl (1905-1997) era un prestigioso neuropsiquiatra activo en Viena cuando en 1942 él y su familia fueron capturados y finalmente separados. Durante los tres años de su cautiverio en diversos campos, logró tomar notas sobre su condición mental y la de sus compañeros de prisión; durante ese tiempo, Frankl encontró consuelo en la esperanza de volver a vivir con su joven esposa sin saber que ella ya había muerto. Las memorias de Frankl son diferentes de las de otros sobrevivientes del Holocausto precisamente porque él tenía una comprensión extremadamente lúcida de la resiliencia, una palabra que ahora está de moda tanto como depresión y ansiedad. Sería obsceno hablar de felicidad en el contexto de los campos y lo que Frankl describe es una situación en la que los prisioneros judíos se adaptaron lo mejor que pudieron a la erosión de su humanidad porque antepusieron la resiliencia a cualquier otro valor. Sus pensamientos no eran ni positivos (eso sería inane) ni negativos (eso sería suicida) sino que se centraban en sobrevivir paso a paso. Frankl afirma que los prisioneros más resistentes estaban motivados por la idea de algo de su vida anterior que necesitaban continuar, ya fuera una carrera y un matrimonio como en su propio caso, u otras cuestiones. Es por eso que, según explica, que para muchos el período más oscuro llegó después de su liberación cuando descubrieron que la vida cuyos recuerdos los habían estado sosteniendo en el campo de concentración ya no existía. Muchos también sufrieron, agregaré, porque sus relatos de sufrimiento extremo no fueron creídos. El volumen de Frankl fue traducido al inglés en 1959, lo que sugiere que durante unos quince años los relatos de los sobrevivientes fueron de poco interés, al menos en el área anglófona del mundo.

Illouz y Cabanas citan a Frankl como parte de sus esfuerzos para demoler la psicología positiva, la escuela de pensamiento estadounidense que afirma que la psicología no debe limitarse a tratar a los enfermos mentales, sino que debe proporcionar a todos herramientas para sentirse mentalmente estables e, idealmente, felices. Los autores se quejan, con mucha razón, de que el neoliberalismo ha convertido la psicología positiva, con la aquiescencia de sus inventores, en una herramienta para hacer responsables a los individuos de su bienestar, evitando así los problemas estructurales que están en la raíz de mucho sufrimiento humano. Dentro de los parámetros establecidos por la ‘happicracia’ neoliberal, los estudiantes no están deprimidos y ansiosos porque el presente y el futuro sean sombríos, sino porque están gestionando mal su salud mental. Muchos de los gurús ‘happicráticos’ basan sus carreras en enseñar a las personas que no están mentalmente enfermas a sentirse mal porque no están trabajando adecuadamente por su felicidad. Esto sería el equivalente a decirles a los prisioneros de los nazis que el problema no es el campo, sino su enfoque negativo de la situación. La resiliencia es en muchos sentidos parte del pensamiento positivo, pero la diferencia es que mientras que la verdadera resiliencia se refiere a la capacidad de hacer frente a situaciones negativas, de las cuales la vida tiene muchas, la resiliencia se vende ahora como una herramienta para asegurar la felicidad personal contra viento y marea. Al mismo tiempo, si la absurda promesa de que se puede llevar una vida libre de preocupaciones (porque de esto se trata la felicidad) nunca se hubiera hecho, la depresión y la ansiedad no estarían tan extendidas.

Para mí, el principal enigma es por qué tantos cuyas vidas son bastante buenas en comparación con las vidas de las muchas personas privadas de derechos en el mundo, en Occidente y en todas partes, sufren de depresión y ansiedad. Soy una atea confirmada, pero tiendo a estar de acuerdo con la visión cristiana de que la vida debe ser soportada, no disfrutada (o solo disfrutada en momentos especiales). La vida no tiene que ser un valle de lágrimas y, sin duda, lo que más me enoja es que podría ser mucho más satisfactoria si respetáramos los derechos humanos y elimináramos la sed patriarcal de poder. Sin embargo, encuentro la declaración en la constitución estadounidense de que «todos los hombres son creados iguales, que están dotados por su Creador con ciertos Derechos inalienables, que entre estos se encuentran la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad» no solo hipócrita sino también una base pobre para una vida comunitaria de paz y justicia. Tal vez si toda la energía negativa consumida por la depresión y la ansiedad pudiera canalizarse hacia una demanda de justicia social y personal, nos sentiríamos mejor, pero como sugieren Illouz y Cabanas, ese es el objetivo del neoliberalismo: que nos obsesionemos por nuestra felicidad personal (o su carencia) mientras el mundo permanece en manos de los pocos que lo están destruyendo para su propio beneficio personal y, presumiblemente, para procurar su total felicidad.

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UN GÉNERO FANTASMA: EL EXTRAÑO CASO DEL TECNOTHRILLER

El que debería escribir esta entrada hoy es mi estudiante de doctorado Pascal Lemaire ya que ha elegido tratar el tecnothriller como su tema de investigación. Sin embargo, yo misma tengo curiosidad por algunos de las cuestiones que está planteando sobre este género, así que aquí estoy.

Allá por 2014 Pascal publicó en Hélice un excelente artículo que es la base de su disertación, iniciada este curso académico. En “Ain’t no technothriller in here, sir!» (II.3, marzo de 2014, 50-71) se ocupó del hecho de que tanto autores como críticos niegan que el tecnothriller realmente exista como género, a pesar de que esta es una etiqueta con la que la mayoría de los lectores de ficción popular están familiarizados. Pascal pone a prueba la hipótesis en su artículo de que «El Tecno-Thriller (sic) es una ficción narrativa ambientada en el pasado cercano o en un futuro cercano sobre la violencia en un contexto político ejercida con tecnologías avanzadas», y aunque, como sucede con cualquier definición de género, pronto surgen las excepciones, logra nombrar una lista sustancial de autores y novelas relacionadas con el género y establecer algunos sub-géneros clave (guerra submarina, ficción de la Tercera Guerra Mundial, la historia del Comandante y la novela sobre el Comando). Su conclusión es que el tecnothriller existe al mismo nivel que, por ejemplo, existe la chick-lit, es decir, tanto como una etiqueta comercial como un conjunto de características que se fusionan en un género que la mayoría de los lectores pueden identificar. También afirma que “el paquete entero” sobrevive y debe estudiarse como “un testimonio de algunos de los aspectos culturales del último cuarto del siglo XX hasta nuestros días”. Tal como explicó a su tribunal de seguimiento anual la semana pasada, a pesar de ser un lector muy buen conocedor del género, lo está abordando de manera crítica; no quiere reivindicar todos sus valores, sino asegurarse de que la crítica académica actual ya no pase por alto la existencia del tecnothriller.

Mientras debatíamos estos asuntos en nuestra última tutoría, recordé el trabajo revolucionario que Janice Radway hizo a principios de la década de 1980, cuando su enfoque sobre la novela rosa basado en la respuesta de las lectoras resultó en su estudio indispensable Reading the Romance (1984). Hasta entonces, la ficción romántica era un vergonzante secreto en la escritura y la lectura de las mujeres, ya que la crítica feminista consideraba el género como un vástago de la ideología patriarcal (lo es, sin duda). Radway, sin embargo, demostró que las lectoras de novela rosa entienden bien cómo los textos de los que disfrutan se posicionan en relación con el patriarcado, sabiendo de sobras cómo se relacionan la fantasía romántica y la sumisión sexista. Sus preferencias han remodelado gradualmente el género hacia una discusión más abierta de los contextos en los que el feminismo ofrece a las mujeres esperanza y consuelo como el romance parece ofrecer. Hoy, en resumen, ninguna crítica feminista trata a las lectoras de novela rosa de la manera condescendiente en que solían ser tratadas en el pasado y, al revés, muchas autoras han incorporado narrativas de empoderamiento en sus obras que ciertamente pueden llamarse feministas.

La contradicción que Pascal explorará, así pues, es por qué el tecnothriller, un género que ha estado subiendo a la cima de las listas de los libros más vendidos durante décadas, está siendo ignorado por todos los estudiosos, mientras que la novela rosa, un género que solía ser marginal, ha recibido tanta atención. La respuesta, como puede verse, se halla en mi propia frase: los géneros considerados marginales y que se dirigen a públicos no mayoritarios se ven ahora como objetos legítimos de estudio académico, pero todavía no sabemos qué hacer con los autores que más venden y que se dirigen a públicos de gran tamaño (en cualquier género). Ahora se pueden encontrar libros como el de Deborah Philips Women’s Fiction, 1945-2005: Writing Romance (2014), pero hasta donde yo sé nadie ha escrito una tesis sobre Danielle Steel, posiblemente la autora más popular del género junto con Barbara Cartland. Hay mucha bibliografía sobre novela rosa y muchos recursos académicos para estudiarla pero todavía entendemos muy mal el fenómeno del autor súper-ventas y no sabemos cómo argumentar que los autores pueden ser participantes clave en un género o en toda la ficción a pesar de carecer de mérito literario. Será más fácil para Pascal escribir sobre todo el género del tecnothriller, en resumen, que justificar escribir una disertación solo sobre Tom Clancy, el autor más conocido del género después de su padre fundador, Michael Crichton.

Otros asuntos complican el acercamiento al tecnothriller. Suponiendo que Pascal eligiera seguir los pasos de Janice Randway y llevar a cabo un trabajo de campo entre los lectores de tecnothrillers, su trabajo no sería igualmente bienvenido por la sencilla razón de que la mayoría de los lectores de este género son hombres blancos heterosexuales cisgénero. Este no es un grupo demográfico muy popular en estos días entre los académicos. Hace apenas unos días tuve que explicarle por enésima vez a una compañera feminista que escribo sobre ese tipo de autores masculinos porque quiero saber qué están haciendo. Encuentro maravillosa la progresión de las mujeres en todas las áreas de la literatura, y me alegra ver cómo el enfoque más inclusivo está dando como resultado la buena acogida de muchos autores trans y no binarios, pero aun así quiero saber más sobre los hombres tradicionalmente binarios porque están produciendo cantidades masivas de ficción leída principalmente por hombres, y por lo tanto generando una ideología de género de la que quiero ser consciente. Se puede ignorar todo esto sólo a riesgo de no entender cómo funciona el mundo. Del mismo modo, el tecnothriller necesita ser explorado porque sus narrativas basadas en tramas que exaltan la tecnología atraen principalmente a hombres cisgénero, heterosexuales, blancos y, ¿adivinen qué?, esta es la categoría de persona que tiene el poder hoy en día en el hogar donde nació el género, los Estados Unidos, y en muchas otras naciones clave del mundo. Cuando el Presidente Ronald Reagan afirmó que una novela de Tom Clancy le había dado mejor información que los informes de la CIA, algún académico debería haber escuchado y comenzar a prestar atención a este género. No era ninguna broma.

Aparte de la baja popularidad de los lectores a los que se dirige el tecnothriller entre los académicos de hoy, el género también es tratado como un brote bastardo por la comunidad centrada en la ciencia ficción, desaire que es más difícil de explicar. Daré por sentado que los tecnothrillers comienzan con The Andromeda Strain [La amenaza de Andrómeda] (1969) de Michael Crichton y dejaré a Pascal una explicación más matizada de los orígenes del género. Esta novela narra los frenéticos esfuerzos de un grupo de científicos estadounidenses para detener la propagación de un virus extraterrestre mortal que llega a la Tierra junto con los restos de un satélite militar. La página de Wikipedia afirma que “las reseñas de The Andromeda Strain fueron abrumadoramente positivas, y la novela fue un éxito de ventas en América, estableciendo a Michael Crichton como un respetado novelista y escritor de ciencia ficción”. Esto no es cierto en lo que respecta a ser un respetado escritor de CF. Crichton nunca fue nominado para un Hugo, y su única nominación para una Nebula fue para la película Westworld (1973), que escribió y dirigió.

Posiblemente, la condición de autor súper-ventas de Crichton lo alejó de la mayoría de los fans de la ciencia ficción y de los autores del género que luchan por tener un mínimo impacto, y también contribuyó a la alienación de otros escritores de tecnothriller del fándom y a su ninguneo en el circuito de premios de la CF, a pesar de que parece más que claro que el tecnothriller es un subgénero de la CF, particularmente cercano a su rama militar. Más allá de si los autores que más venden necesitan fándom o premios, hay otro problema. Hace un tiempo estuve pensando en escribir un libro sobre Crichton pero la tarea pasó a ser imposible una vez me di cuenta de que sus valores ideológicos son ahora obsoletos en muchos sentidos, especialmente en lo que respecta al género identitario; el proyecto quedó en nada después de mi lectura de Prey [Presa] (2002). Bromeando un poco con su otro título más conocido, Jurassic Park [Parque Jurásico] (1990), diría que Crichton es ahora un dinosaurio; si os fijáis, ya nadie lo menciona en relación con la franquicia cinematográfica iniciada por la película de Spielberg de 1993, una señal segura de que ya no se le respeta. Elizabeth Trembley publicó en 1996 Michael Crichton: A Critical Companion, pero no veo a nadie dispuesto a actualizar este volumen, como yo misma pensé en hacer.

Ahora bien, si Crichton es una patata demasiado caliente hoy en día, imaginad la dificultad de tratar de una lista de autores principalmente interesados en la tecnología relacionada con la guerra y en convertir ese interés en materia de historias emocionantes para entretener a blancos adultos de ideología poco progre. Debo decir que no soy lectora de tecnothrillers (aunque he visto toneladas de películas basadas en ellos, o que son tecnothrillers por derecho propio) y tal vez estoy asumiendo erróneamente como la mayoría de mis compañeros académicos que como su postura es tecnófila y de derechas no vale la pena analizarla y mucho menos defenderla. Sin embargo, suponiendo que este sea el caso (a pesar de que el propio Crichton fue muy crítico con el mal uso de la ciencia y el impacto de las tecno-corporaciones), y que los hermanos e hijos de Tom Clancy son, en el peor de los casos, supremacistas blancos y militaristas acérrimos, ¿no deberíamos estar al caso de lo que están escribiendo? Hay algo más. Como estoy aprendiendo de Pascal, los escritores de tecnothrillers tienen una muy buena comprensión de los problemas geopolíticos, mientras que los escritores realistas literarios insisten en representar la vida personal de las gentes de clase media al margen de todo conflicto nacional o internacional. Supongo que muchos lectores encuentran los tecnothrillers didácticos y, como Ronald Reagan, están aprendiendo de ellos lecciones que ningún otro escritor está proporcionando. Tal vez, y esto es algo que Pascal debe investigar, podría valer la pena aprender algunas de estas lecciones y no asumir, como hacemos, que son basura.

Si un género logra sobrevivir en ausencia de fándom, premios especializados y atención académica, e incluso sigue apareciendo en la lista de los libros más vendidos después de décadas, esto significa que vale la pena estudiarlo. Como especialista que escribe sobre ciencia ficción escrita por hombres cuyos valores no siempre comparto, me parece absolutamente necesario explorar lo que interesa a la mayoría de los lectores masculinos. Simplemente no es cierto que la mayoría esté leyendo ahora tanta ficción escrita por hombres como por mujeres, ni que la ideología de género haya impactado la escritura de los hombres (y sus lecturas) tanto como ha impactado la de las mujeres. Podríamos tener la impresión de que el mundo de la ficción ahora está acomodando sin problemas los profundos cambios en la ideología de género que hemos visto en las últimas décadas, pero creo que este no es el caso en absoluto y que así como algunas mujeres aman apasionadamente la ficción romántica del tipo más tradicional, algunos hombres siguen siendo sin duda adictos a los tecnothrillers. Si guardan silencio sobre su adicción es simplemente porque nadie se interesa por sus preferencias. Me alegro, entonces, de que Pascal Lemaire se preocupe con un interés verdaderamente académico por la ficción escrita por hombres de ideología muy diferente de la suya propia. Estoy muy interesada en lo que está descubriendo y espero que muchos otros lectores también lo estén.

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LA CIENCIA FICCIÓN MÁS ALLÁ DEL TERRITORIO ANGLÓFONO: EL CASO CATALÁN

Este fin de semana he estado participando en la IV CatCon o convención catalana sobre ciencia ficción y fantasía, celebrada como las tres primeras en la encantadora localidad costera de Vilanova i la Geltrú, a unos 50 km. al sur de Barcelona. CatCon reúne a fans y escritores, y también es el evento durante el cual se otorga el premio Ictineu. CatCon está organizada por la Societat Catalana de Ciència-Ficció i Fantasia, fundada en 1997, y tuvo su primera edición cero durante la Eurocon 2016, celebrada aquí en Barcelona.

Para esta edición, propuse una mesa redonda sobre el estado actual de la ciencia ficción catalana, tratando de averiguar si se trata de una botella medio llena o medio vacía. Durante mi intervención en la CatCon 2018 hice algunos comentarios sobre un texto de una autora, Montserrat Segura, que casualmente estaba en la sala, y esto provocó una conversación sobre lo que la universidad podría hacer por los autores catalanes de ciencia ficción. Logré convencer a mi colega del Departamento de Filología Catalana de la UAB, Víctor Martínez-Gil, de que había que legitimar académicamente una tradición literaria que comenzó en la década de 1870 y que ahora se encuentra en un momento particularmente rico. Decidimos, así pues, publicar un número monográfico en una revista académica que sirviera para presentar a los autores actualmente indispensables, para lo cual hicimos una selección de siete: Antoni Munné-Jordà, Jordi de Manuel, Montserrat Galícia, Carme Torras, Marc Pastor y Enric Herce (aunque lamento mucho no haber incluido a Salvador Macip). Luego Víctor reclutó a cuatro especialistas más en Literatura Catalana (Francesc Foguet, Maria Dasca, Jordi Marrugat y Toni Maestre), y escribimos una propuesta. Un poco a la brava, decidimos contactar con la revista académica de estudios catalanes mejor valorada, la Catalan Review, y para nuestro alivio y felicidad su editor Bill Viestenz acogió nuestra propuesta con gusto. Algo ayudó que estuviera familiarizado con mi traducción al inglés de Mecanoscrit del segon origen (1974) de Manuel de Pedrolo como Typescript of the Second Origin (2018).

Las galeradas del número monográfico llegaron la semana pasada (se publicará en julio) justo a punto para la mesa redonda, a la cual invité a Antoni Munné-Jordà, Carme Torras, Eloi Puig y Jordi Marrugat. Munné-Jordà no solo es un gran autor de ciencia ficción sino también la persona que más sabe de este género y de fantasía en catalán. Fue director de dos colecciones clave de sf (para las editoriales Pleniluni y Pagès), fue también uno de los cofundadores de la Societat Catalana de Ciència Ficció i Fantasia, y mantiene la asombrosa bibliografía de obras (1873-2021) que se puede descargar desde el sitio web de la Societat. Ha publicado más de veinte volúmenes, entre los que mencionaré Michelíada (2015), ganadora del Ictineu. Carme Torras, es una investigadora de renombre internacional en el campo de la robótica asistencial y autora destacada, conocida por sus novelas ganadoras del premio Ictineu La mutació sentimental (2007) y Enxarxats (2017). Eloi Puig es el actual presidente de la SCCFF, promotor del premio Ictineu y también de una serie de encuentros de aficionados por toda Cataluña conocidos como Ter-Cat. Lo invité como autor de las más de 1000 reseñas publicadas desde 2003 en su web La Biblioteca del Kraken, que ofrece en catalán y castellano. Por último, pero no menos importante, Jordi Marrugat es profesor de Literatura Catalana Contemporánea en la Universitat de Barcelona, y es autor, entre otros, de Narrativa catalana de la postmodernitat: històries, formes i motius (2014).

Mi propia introducción señalaba que mientras que la ciencia ficción anglófona goza de un circuito académico completo, no hay nada similar para apoyar y dar a conocer el trabajo de los autores catalanes de ciencia ficción y fantasía. La Science Fiction Research Association, fundada en 1970, ha estado celebrando conferencias regularmente desde entonces; las revistas revisadas por pares Extrapolation (fundada en 1959), Foundation (1972) y Science Fiction Studies (1973), proporcionan un maravilloso foro de discusión. Aunque no hay títulos completos de Grado en estudios de ciencia ficción, hay cursos en diversas universidades y también un notable centro de investigación en Liverpool, que también alberga la colección clave de monografías Liverpool Science Fiction Texts and Studies. Todo esto falta en catalán, a excepción de la indispensable antología de Víctor Martínez-Gil Els altres mons de la literatura catalana (2005), un par de disertaciones (una de Grado, otra de màster), y el trabajo que yo misma he realizado sobre Mecanoscrit del segon origen. Sin bibliografía, como sabemos, no puede haber investigación. De hecho, uno de los revisores de mi artículo para la Catalan Review se quejó estentóramente de que no podía publicar un artículo sin fuentes secundarias académicas; como no hay ninguna en catalán, incluí en unas pocas líneas abarrotadas referencias a media docena de libros académicos… en inglés.

No puedo reproducir aquí todo lo que se comentó en una hora de mesa redonda, pero trataré de destacar algunas ideas. Hoy en día, la ciencia ficción catalana y la fantasía interesan a un número notable de editoriales independientes (en su mayoría establecidas en los últimos diez años) y el fándom está activo en las reuniones Ter-Cat y CatCon, mientras que sitios web como La Biblioteca del Kraken, El Biblionauta y Les Rades Grises proporcionan reseñas y críticas especializadas. Este panorama parece positivo en todos los sentidos pero, como señaló Eloi Puig, la impresión es que el campo está creciendo muy lentamente y parece no haber un relevo generacional (añado yo, teniendo en cuenta la edad media de los asistentes a la CatCon, con una clara ausencia de personas menores de 30 años).

Si bien el número de autores está creciendo, el mercado no es lo suficientemente fuerte como para que ninguno de ellos sea escritor profesional, una situación que se extiende a todos los autores catalanes con muy pocas excepciones. Munné-Jordà y Torras no ven esto como un problema, ya que creen que de esta manera los autores son más libres para escribir como deseen. El tamaño del mercado con, posiblemente, 300-400 copias vendidas por cada novela moderadamente exitosa, sugiere que la profesionalización difícilmente ocurrirá en el futuro cercano, aunque estoy de acuerdo en que esta no es necesariamente una situación negativa. Del mismo modo, las reseñas y la crítica están en manos de fans muy entregados. Eloi Puig explicó que la tarea que viene realizando en La Biblioteca del Kraken comenzó como una forma de compartir sus impresiones con sus amigos. No ve su papel como principal reseñador de la ciencia ficción y la fantasía catalanas (tanto originales como traducidas) como un referente principal. Según lo veo, Puig está haciendo un excelente trabajo que es además la base para cualquier trabajo académico que se pueda hacer en el futuro. De hecho, me gustaría ver a una universidad catalana presentándose voluntaria para publicar una selección de sus reseñas y así conmemorar el 20 aniversario de la web el próximo año.

Puig y Munné-Jordà han hecho, así pues, mucho pero no son académicos (ni asociados) en ningún Departamento de Filología Catalana. Jordi Marrugat explicó que aunque debería estar en manos de académicos escribir una historia de la ciencia ficción y la fantasía catalanas, investigar e impartir cursos, la realidad es que estamos muy limitados. Él mismo es el único especialista en literatura catalana contemporánea de la Universitat de Barcelona, y con un plan de estudios de Grado que concentra en una sola asignatura todo el s. XX y parte del XXI no hay espacio para la ciencia ficción y la fantasía. El canon y su insistencia en celebrar el Modernismo tiene prioridad. Sin embargo, me parece poco probable que los lectores, por apasionados que sean, puedan suplir esta carencia. La espléndida bibliografía de Munné-Jordà y su reciente donación a la Biblioteca Armand Cardona Torrandell de Vilanova i la Geltrú de su propia colección personal de libros y otros materiales tiene como objetivo construir un legado que necesita encontrar lectores comprometidos. Me pregunto sin embargo dónde se pueden encontrar ¿No deberían ser los estudiantes del Grado de Catalán en la universidad?

Quizás lo que más me desconcertó fue la idea de que los autores de cf y fantasía valoran sus temas por encima de la calidad de su escritura, al menos esto es lo que entendí de la intervención de Carme Torras cuando le pregunté por la traducción de La mutació sentimental hecha por Josie Swarbrick con el título de The Vestigial Heart, y publicada por el MIT acompañada de materiales para fomentar la discusión de la robótica y la ética en el aula. Puig explicó que propuso la creación del premio Ictineu porque después de leer esta novela pensó que este tipo de esfuerzo debía obtener reconocimiento. Creo que Torras tiene un estilo muy personal, y pienso que los escritores catalanes de ciencia ficción y fantasía son más que simples contribuyentes a los debates actuales sobre tecnociencia, dada la pasión que ponen en escribir obras que, como he señalado, solo pueden llegar a un círculo limitado. La novela ganadora del Ictineu de este año, el relato ciberpunk de Enric Herce L’estrany miratge [El extraño espejismo], es mucho más atractiva como narración que muchas novelas anglófonas que ahora ganan Hugos y Nebulas. Pregunté a los participantes en la mesa redonda qué pensaban sobre lo escasas que son las traducciones del catalán en comparación con las traducciones a nuestro idioma, y solo Munné-Jordà fue lo suficientemente audaz como para decir en voz alta que algunos de los libros traducidos sencillamente no son buenos. Jugó con las palabras ‘cañón’ y ‘canon’ para sugerir que quién se traduce a menudo es una cuestión de quién tiene el poder.

La mesa redonda fue, creo, extremadamente esclarecedora e ilustrativa de la situación actual de la ciencia ficción y la fantasía en catalán. Veo la botella medio llena si pienso en el despliegue de actividad entre editores, autores y los aficionados más comprometidos, pero la veo medio vacía si pienso en los jóvenes. Los niños educados en catalán leen obras en catalán más que nunca, pero, como sucede en otras áreas lingüísticas incluido el inglés, el atractivo de las redes sociales les roba un tiempo precioso para leer a partir de los 10-12 años, tan pronto como reciben su primer smartphone. Su amor por las pantallas no se extiende a los libros electrónicos (me dijeron que solo el 5% de todos los lectores de todas las edades los usan en España, el 20% en los Estados Unidos) y con los libros en papel a un coste de alrededor de 15-20 euros es difícil ver cómo va a crecer el número de lectores. En el caso de la ciencia ficción catalana y la fantasía también echo de menos buenas adaptaciones que puedan atraer a un público mayor, pero con TV3 en una situación económica desesperada es poco probable que se filmen. De ahí la botella medio vacía.

Volveré a este tema cuando se publique el número de julio de la Catalan Review. Mientras tanto, echadle un vistazo a La Biblioteca del Kraken para ver lo ricas que son la cf y la fantasía actuales en catalán.

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GILIPOLLAS, VILLANOS, Y LA ACTUAL GUERRA EN UCRANIA

Uno de los expertos entrevistados en el volumen colectivo editado por el psicólogo Jean-François Marmion, The Psychology of Stupidity (2020; originalmente Psychologie de la Connerie, 2018), al que dediqué mi entrada del 4 de marzo, era el filósofo moral Aaron James. Después de haber leído su espléndida monografía Assholes: A Theory (2012), me gustaría usar mi entrada de hoy para presentar una reflexión sobre el asshole como una gradación en lo que llamo villanía patriarcal (dentro de los Estudios de las Masculinidades).

James señala que la mayoría de los assholes son hombres de la misma manera que yo misma he observado que la mayoría de los villanos son hombres, y ambos coincidimos en que hay assholes y villanos femeninos (la villana es, como la heroína, un papel narrativo feminizado y no una categoría moral). James y yo también coincidimos en la razón por la cual los assholes y los villanos son principalmente masculinos: ambos tipos se caracterizan por un fuerte sentido de hacer su libre albedrío (sense of entitlement) solo alentado en los hombres por el patriarcado; algunas mujeres que disfrutan de o han tomado el poder en sus manos también se permiten comportarse como assholes o villanas patriarcales, pero son una pequeña minoría.

Paso a presentar una mini-lección de etimología y a comentar unas diferencias lingüísticas. A pesar de que estamos acostumbrados a escuchar la palabra asshole invocada muchas veces en películas y series para insultar o describir a un tipo que se comporta de manera odiosa, esta es una corrupción estadounidense de la palabra original, arseholes, que significa ano (arse = culo, hole = agujero). Los británicos entienden ass como asno así que asshole no tiene sentido para ellos. Llamar a alguien ass/asno significa que esa persona es estúpida, como se supone que son los burros (no lo son); se trata de un ejemplo de puro especiesismo, pero no está relacionado con la palabra asshole. Cuando un estadounidense dice kiss my ass no quiere decir ‘besa a mi burro’, quiere decir ‘bésame el curlo’. Aunque la palabra asshole surgió como un sinónimo vulgar de ano en s. XIV, su uso como insulto personal se remonta solo al s. XX, cuando se hizo verdaderamente popular en el entorno coloquial estadounidense (alrededor de la década de 1970).

Las películas y la televisión, como he señalado, han exportado asshole a todo el planeta, una vez que la resistencia contra las palabrotas se rebajó en la década de 1980. Por cierto, los británicos tienden a preferir cunt (coño) como fuerte insulto personal contra los hombres insoportables, un ejemplo de misoginia particularmente detestable (imaginad insultar a una mujer llamándola ‘polla’). En español, usamos ‘gilipollas’, pero esta es una palabra que me parece bastante débil en comparación con asshole. Al parecer, ‘gilipollas’ proviene de caló ‘jili’ o ‘gilis’ que significa idiota, mientras que ‘polla’ como sabemos es un vulgarismo para el pene. ‘Gilipollas’ significa así algo como ‘hombre idiota que piensa con su polla/polla’, aunque ‘tonto del culo’ quizás se acerca más a asshole.

Muchos artículos llevan una historia improbable tomada de una entrada de blog según la cual ‘gilipollas’ proviene de un tal Don Baltasar Gil Imón (1545-1629), el Fiscal del Consejo de Hacienda bajo el Rey Carlos IV. Este hombre tenía dos hijas supuestamente feas, con las que se exhibía en busca de un pretendiente. ‘Polla’ se usaba en el pasado como sinónimo de chica (tal como ‘pollo’ se usaba para chicos) y, aparentemente, las burlas contra ‘Gil’ y sus ‘pollas’ se convirtieron en la burla ‘gilipolla’, cosa que me suena como una explicación misógina del insulto. Dicho esto, ‘polla’ se usa para el pene según parece porque el pene empolla los testículos (‘huevos’) como una gallina. He visto ‘pollita’ en lugar de ‘polla’ usado en referencia a niñas en textos antiguos, pero no tengo ni idea de cuándo ‘polla’ se convirtió en el sinónimo vulgar favorito para el pene.

Volviendo al tema, ¿qué es, en definitiva un gilipollas (o un asshole)? Permitidme usar la clarísima definición de James: “una persona cuenta como un asshole/gilipollas cuando, y solo cuando, se permite sistemáticamente disfrutar de ventajas especiales en las relaciones interpersonales a partir de un arraigado sentido de derecho a su libre albedrío que lo inmuniza contra las quejas de otras personas”. James, que se inspiró para su análisis académico del asshole en los surfistas gilipollas que no respetan los códigos de comportamiento en este deporte, ve al asshole como alguien que hace lo que le da la gana independientemente de las consecuencias en situaciones sociales que requieren moderación, como estar en una cola, conducir en la autopista, interactuar con los compañeros o subordinados en el trabajo, estar con la familia, etc. El asshole, así pues, es un hombre cuyo comportamiento odioso no puede ser controlado porque no escucha razones y no puede ser reformado. “El asshole”, argumenta James, “se niega a escuchar nuestras quejas legítimas, por lo que plantea un desafío a la idea de que debemos ser reconocidos como iguales morales”. Luchamos contra los gilipollas “por recibir su reconocimiento moral”, situación que puede hacernos inusualmente agresivos por la frustración que sentimos al no recibirlo nunca.

Sé mucho sobre gilipollas porque, desafortunadamente, crecí con uno: mi padre. James tiene razón al decir que los assholes creen que son especiales, pero está muy equivocado al decir que “los costes materiales que muchos assholes imponen a otros (…) son a menudo por comparación [con criminales reales] moderados o muy pequeños”. Estoy segura de que James ya ha corregido su propia postura después de publicar Assholes: A Theory of Donald Trump (2016). Ahora sabemos que los gilipollas pueden incluso causar la pérdida de la democracia en los Estados Unidos (por favor, recordad que Trump se postulará para presidente nuevamente en 2024), mientras que assholes como Putin pueden hacer que el mundo se sumerja en una Tercera Guerra Mundial nuclear. Mi propia experiencia personal de soportar a mi padre también demuestra que los gilipollas causan una infelicidad generalizada cada minuto que están despiertos. Nuestra vida familiar ha sido destruida por la implacable gilipollez de este hombre, que solo puede llamarse un agujero negro en su destrucción total de cualquier sentimiento positivo. Mi padre no es un criminal y no puede ser llamado legalmente un abusador, pero ha hecho muy desgraciada a mi madre. Santiago advierte que los assholes no pueden ser reformados o derrotados, y que la única solución es mantenerse a distancia de ellos. Es más fácil decirlo que hacerlo. Mis hermanos y yo llevamos con nosotros el peso de la gilipollez de mi padre en todo momento. En la carta que Santiago dirige al gilipollas, escribe que “muchos de los que te conocen encontrarán tu muerte un alivio. Habrá una serena celebración”. ¿Serena? El mundo entero está ahora mismo esperando que se confirme la noticia de que Vladimir Putin está enfermo. Imaginad la reacción a su posible muerte.

Putin es útil para explicar la diferencia entre un gilipollas y un villano, ambos, como estoy argumentando, figuras de empoderamiento patriarcal masculino. James afirma que llamar assholes a hombres como Hitler o Stalin no es suficiente, ya que hicieron un daño importante a la humanidad, pero al mismo tiempo no hay duda de que estos hombres eran gilipollas de una categoría superlativa. Argumenté en mi libro sobre la villanía en relación a Hitler que hay muchos villanos potenciales de su tipo porque el patriarcado los genera todo el tiempo al permitir que los hombres actúen según su sentido de derecho al libre albedrío y al poder. Por lo general, este proceso comienza con una dinámica familiar insoportable o con el asshole como acosador escolar, y progresa hasta que la villanía queda controlada por un individuo más fuerte, las reglas de la comunidad o la ley. Algunos gilipollas, sin embargo, no son nunca controlados e incluso se les anima para que sigan empoderándose hasta romper las barreras implícitas en el patriarcado. En ese punto, un héroe debe actuar para limitar el poder del villano, detener la destrucción generalizada que está causando y devolver el patriarcado a su status quo. Esto es lo que está sucediendo ahora con Putin: este asshole, que ya estaba dando numerosas señales de villanía, ahora se expresa en su totalidad como un villano. De ahí la guerra en Ucrania, la amenaza de violencia nuclear (enviada a través de su esbirro Lavrov) y el deseo generalizado de que Putin tenga una enfermedad terminal. Porque he aquí el problema: tenemos un héroe (Volodymyr Zelenskyy y el pueblo ucraniano) y un círculo de Aliados (OTAN), pero no hay una ofensiva internacional coordinada contra Putin que pueda detenerlo para siempre. Costó seis años derrotar a Hitler, veamos cuánto tiempo tomará derrotar a Putin.

James observa que los assholes son ahora más difíciles de derrotar porque no representan una ideología en particular, incluso cuando se presentan como figuras políticas. Trump no tiene nada que ver con Abraham Lincoln, otro Republicano, sino que es, de hecho, una figura que expresa una marca personal de gilipollez al amparo del Partido Republicano. ¿Por qué sigue teniendo tanto éxito? O Putin, para el caso, dejando de lado la maquinaria de terror que opera en Rusia. Porque, argumenta James, vivimos en tiempos en los que se fomenta el narcisismo y respondemos a cualquier figura que se libera (o se libra) de las reglas sociales y morales para hacer lo que le plazca. No dudaría en llamar gilipollas totales a muchos de los influencers que piensan que el mundo gira a su alrededor, ya que, a diferencia de aquellos de nosotros que realmente queremos compartir conocimiento y debate, quieren poner su opinión generalmente desinformada por encima de la de cualquier otra persona. Ayer, un hombre blanco de dieciocho años mató a diez compatriotas estadounidenses, todos ellos negros, convencido de que existe una conspiración para superar en número a la raza blanca en su nación. ¿Adivinad de dónde viene esa idea idiota? Los assholes causan mucho daño personalmente y también porque inspiran a sus esbirros aún más gilipollas.

Si, a pesar de los esfuerzos que estamos haciendo en la academia y en los sectores serios de los medios de comunicación, no se puede evitar la existencia de assholes y villanos, ¿cómo podemos frenar su impacto? James, como he señalado, advierte que los gilipollas no pueden ser reformados, mientras que yo misma argumenté que los villanos deben ser controlados para el bien común. Rowling nos da una maravillosa lección en Harry Potter al hacer que el héroe titular luche contra Voldemort de modo que el villano termina matándose con la misma varita con que pensaba matar a Harry. El villano, en resumen, es asesinado por su propio poder. Desear la muerte de alguien es feo, pero es difícil imaginar a Voldemort esposado enfrentándose a un juicio por sus crímenes contra la humanidad. Hitler tampoco podía verse a sí mismo en esa posición, de ahí su suicidio al estilo del escorpión rodeado de llamas. En estos días, cada vez que una persona encantadora muere antes de tiempo, todo el planeta desea que ese asshole (agregad un nombre) hubiera muerto en su lugar. Para mí, esto es lo peor de los gilipollas y los villanos: convierten incluso a las personas buenas en asesinos, aunque solo sea en sus fantasías. Una sociedad pacifista que no cree en la pena de muerte (o en la guerra) no se dedica a exterminar a sus miembros, no importa cuán desagradables puedan ser. Podemos debatir esa posición contraproducente hasta la saciedad, pero concluiré declarando que el peor castigo contra el asshole es el ostracismo total: uno difícilmente puede expresar ningún derecho a nada de forma aislada, porque el derecho patriarcal siempre es sobre algo o alguien.

La próxima vez que tu vecino te moleste, piensa en cómo aunque la mayoría de assholes solo son culpables de actos gilipollas puntualmente, algunos pueden convertirse en villanos totales si no se pone ningún freno sobre su empoderamiento. Preguntadle a Zelensky su opinión sobre su vecino gilipollas, y ahora villano, y ayudad a Ucrania.

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DEFENDIENDO LA AUTOEDICIÓN ACADÉMICA: EL PROBLEMA DE LOS LIBROS (Y UNO NUEVO)

Recientemente he publicado un nuevo libro, pero no sé si realmente es un libro porque es autopublicado y, como tal, no existe para las autoridades que evalúan mi investigación, el Ministerio y ANECA. Mi nuevo libro se llama Entre muchos mundos: en torno a la ciencia ficción, y se puede descargar de forma gratuita del repositorio digital de mi universidad. Este no es en absoluto el primer libro que publico en el DDD si cuento las versiones como libros electrónicos de otros libros que he publicado en formato impreso o los 10 libros electrónicos escritos por mis estudiantes, pero la novedad es que esta es la primera vez que uso la plataforma digital para publicar un nuevo libro. ‘Nuevo’ relativamente, ya que Entre muchos mundos reúne una selección de 21 artículos y capítulos de libros sobre ciencia ficción que he publicado entre 2000 y 2021. Mi intención no era solo juntarlos, sino también publicarlos en castellano. Como muestran los créditos, la mayoría de estas piezas habían sido publicadas originalmente en inglés, pero hay tan poco sobre ciencia ficción en castellano que decidí autotraducirme. El volumen es bastante largo, alrededor de 340 páginas, pero ya había autotraducido algunas de las piezas, y por si no lo sabéis, Word ofrece una herramienta de traducción (botón derecho del ratón) que, en lo que a mí respecta, funciona tan bien como Google Translate o Deep-L. Todavía requiere revisión, lógicamente, pero no tanto como se podría pensar.

Mi colección está organizada en tres secciones, Parte I – Ciencia ficción, género y textos; Parte II – Masculinidad y Ciencia Ficción, y Parte III – Ciencia ficción, mujeres y feminismo. Cada sección tiene 7 artículos, siendo la primera necesariamente más misceláneo. Una de las partes más difíciles de organizar cualquier libro, especialmente si se trata de una antología de obra publicada anteriormente, es hacer que parezca coherente. Otro obstáculo es superar la vergüenza de releer el trabajo publicado hace quince o veinte años. Lo que he descubierto en este proceso es que a pesar de que la lectura y el estudio constantes traen nuevas ideas todo el tiempo, la mente gira en torno a las mismas nociones insistentes. Somos (o soy) criaturas bastante tercas en lo que pensamos y creemos. El asunto que más me ha sorprendido es que no era consciente de que ya había escrito tanto sobre ciencia ficción; al final, tuve que dejar de lado algunos artículos. Este no es el tipo de libro que habría escrito si hubiera comenzado de cero, pero al mismo tiempo es una muestra más consistente de mi trabajo de lo que inicialmente creía.

El tema de mi entrada no es, sin embargo, el contenido del libro, que el lector está invitado a degustar como más de otros 100 lectores ya lo han hecho. Me gustaría debatir por qué existe este libro y por qué está en un limbo académico. Intentando que mi libro Masculinity and Patriarchal Villainy in the British Novel: From Hitler to Voldemort (2020, Routledge) se publique en castellano, en autotraducción, me he puesto en contacto con 20 posibles editores. De estos 7 declinaron publicar mi libro, generalmente invocando la excusa de que su catálogo estaba lleno en los próximos dos años aunque nunca se me dio la oportunidad de considerar si podría retrasar la publicación. Uno, por cierto, dejó de responder a mis correos cuando ya había enviado el contrato con Routledge para que verificaran el asunto de los derechos de idioma (que Routledge me ha otorgado para el castellano). Para mi consternación, 11 editores ni siquiera han respondido a mi propuesta, acompañada de un dossier bastante completo y muestras de mi autotraducción. De los tres que respondieron mostrando cierto interés, finalmente he tenido la suerte de ser invitada por uno a publicar la traducción. En cambio, solo contacté con Palgrave y Routledge para publicar el original en inglés. Llegué a la conclusión de que si publicar la traducción de un libro aceptado por una editorial académica internacional de primer nivel había sido un proceso tan largo y complicado, no habría forma alguna de que alguien aceptara una colección de artículos ya publicados sobre ciencia ficción. De hecho, ni siquiera he intentado encontrar un editor. ¿Por qué molestarse?

El mercado de los libros académicos se derrumbó posiblemente hace una década cuando los estudiantes dejaron de comprar libros (siempre hablo de Humanidades, donde los manuales no son tan habituales como en las carreras de ciencias). Leyendo el delicioso volumen Paseos con mi madre de Javier Pérez Andújar, me encontré con una referencia a Dos obras maestras españolas: El Libro de buen amor y La Celestina (1962) de María Rosa Lida de Malkiel, un libro que todos los estudiantes de Filología como él (y yo) leímos fotocopiado. El mercado académico sobrevivió mientras hubo que pagar por las copias, pero cuando la digitalización dio lugar a la piratería desenfrenada en la que todos participamos, los editores reaccionaron aumentando el precio de los volúmenes tan abruptamente que ni siquiera los profesores universitarios mejor pagados pueden permitírselos. En el reciente pedido que he pasado a la biblioteca, algunos de mis compañeros han pedido libros a un precio de 120-160 euros; los libros de bolsillo valen alrededor de 30 euros, precio que sigue siendo caro. En cuanto a las ediciones de libros electrónicos, me pregunto quién las está comprando porque son tan caras, si no más. Creo que si los libros electrónicos estuvieran en el rango de 5-10 euros, la piratería disminuiría, pero por supuesto esto es incongruente en un mercado académico en el que los artículos tienen un precio de alrededor de 35 euros (y hay que recordar que a los autores se les pagan regalías por los libros pero no por los artículos, o, para el caso, los capítulos de libros).

Tiene, así pues, sentido autopublicarse, algo que como señalé en mi entrada anterior, algunas figuras de primer rango ya están haciendo a través de plataformas como Amazon. Si queremos que el conocimiento circule, esta es una posibilidad atractiva, aunque por supuesto todo tiene un coste. Navegando por Internet en busca de editores, pronto se encuentran empresas que ofrecen ayuda con la autopublicación, incluida una de Planeta donde valoran la edición y corrección de un volumen estándar (200-350 páginas) en más de 2500 euros. No sé si esto es barato o caro, pero me doy cuenta de que no todos los académicos tienen las habilidades para producir un libro electrónico correctamente editado que se vea mínimamente bien. Espero que esto encaje con la descripción de mi nuevo libro, pero debo decir que aunque estoy muy lejos de ser una diseñadora de libros profesional, tengo 30 años de experiencia en la edición y corrección de mis propios textos (como hacemos la mayoría de nosotros), y más de 10 años de experiencia en la publicación online en el DDD de la UAB. En realidad, me encanta el proceso de elegir fuentes, diseñar portadas, etc., pero soy consciente de que no todos los académicos lo disfrutan. La autopublicación, en suma, tiene eso: requiere dinero o habilidades, y por supuesto tiempo. Si no recuerdo mal, he usado unas seis semanas para editar mi nuevo libro, combinándolo con otras tareas, si bien no estoy enseñando este semestre.

Una vez que se edita el libro electrónico (y digo libro electrónico porque la autopublicación en papel no tiene ningún sentido), y se carga en línea, lo que queda es hacerlo visible. Creemos que publicar en papel con una editorial académica es más práctico ya que el libro entra en un catálogo y en la maquinaria publicitaria de la editorial. Hay que pensar no obstante que los libros tienen una vida útil de unas pocas semanas, incluso cuando son publicados por grandes casas comerciales; posiblemente, las bibliotecas universitarias prolonguen esa vida útil ya que para ellas la idea de novedad académica no es tan limitada (la mayoría de las revistas aceptan reseñas de libros publicados en los últimos dos años). Aun así, mi libro de Routledge ha vendido unos 150 ejemplares en el primer año, suficiente para que se convirtiera en volumen en rústica, mientras que Entre muchos mundos ya tiene 123 lectores en un mes. Ni siquiera he anunciado su publicación, salvo un tuit. Si estáis pensando, ‘bien, pero no estás ganando dinero con este libro’, considerad que no he ganado dinero en absoluto con los artículos y capítulos de libros incluidos en él.

Por lo tanto, suponiendo que tengáis las habilidades (o el dinero) para producir un libro electrónico legible como .pdf (Calibre puede ayudarlo a transformarlo en .epub y .mobi), y suponiendo que vuestra universidad tenga una plataforma digital donde podáis subirlo (como también tienen Academia.edu o ResearchGate), ¿por qué insistimos en publicar libros académicos en papel, incluso pagando miles de euros por el privilegio? Por el Ministerio y los organismos de evaluación, ya sean ANECA o las agencias regionales. Los libros son un área gris incómoda en la evaluación porque no siguen estrictamente el mismo sistema de revisión por pares que las revistas, y porque no están clasificados de acuerdo con las mismas métricas. En España, un grupo de investigación de la Universidad de Granada construyó hace unos años SPI (Scholarly Publishers Indicators) a partir de una encuesta que nos preguntaba a nosotros, los investigadores, sobre el prestigio de las editoriales en nuestro área. Este método extrañamente subjetivo creó una serie de distorsiones que han dado lugar a una lista bastante singular. SPI, además, mezcla Lengua y Literatura, lo que significa que la lista es bastante inútil para cualquiera de las dos áreas. El Ministerio y ANECA están tan confusos sobre cómo juzgar los libros académicos que dan a los volúmenes completos el mismo valor que a los artículos individuales en nuestros ejercicios de evaluación personal (o sexenios). Creí estúpidamente que, con 9 capítulos, el libro de Routledge debería ser suficiente para pasar la siguiente evaluación hasta que un burócrata de ANECA me puso en mi sitio. Todavía necesito enviar 5 artículos más, idealmente de revistas A revisadas por pares. Dada la importancia de la revisión por pares, y el tratamiento que reciben los libros académicos como publicaciones sospechosas a menos que tengan el sello de una de las principales editoriales de SPI, no es de extrañar que los libros electrónicos académicos autopublicados hayan atraído a tan pocas personas.

Al final, sin embargo, uno debe preguntarse cómo desea organizar sus publicaciones académicas. Yo misma llevo desde hace muchos años una doble carrera: publico en las que el Ministerio y la ANECA considera valiosas editoriales y revistas para los sexenios, y autopublico de forma gratuita en el repositorio de la UAB lo que quiero circular sin límites, aunque no cuente para la evaluación. De ahí mi nuevo libro. ¿Publicaría una monografía completa de esta manera? La respuesta es aún no porque todavía necesito ser evaluada cada cinco años (tal vez cuando me jubile). Entiendo que hay pocas ventajas en la autopublicación de libros electrónicos que no cuentan para la evaluación, excepto que el conocimiento circula así de forma gratuita, lo cual es una ventaja gigantesca. Si, en definitiva, las editoriales académicas en lugar de los repositorios digitales están publicando nuestro trabajo es así porque el Ministerio y ANECA lo requieren, no porque esta sea la mejor manera de potenciar el conocimiento. El acceso abierto (Open Access), de hecho, actualmente consiste en poner a disposición lo que una vez se publicó ‘legítimamente’, no lo que se está autopublicando (y también podría ser revisado por pares si fuera necesario).

Espero que disfrutéis de mi libro, pero también espero que penséis en publicar vuestras propias colecciones y en autotraduciros. Es un trabajo extra, lo sé, pero tal vez no tan difícil como suponéis. Seguid las reglas del Ministerio / ANECA para la evaluación y acreditación si os es necesario, pero mirad más allá de ellas y distribuid vuestro trabajo académico de tantas maneras como sea posible. Creo que vale la pena y es muy satisfactorio.

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LEER MEMORIAS: EDITAR LA VIDA

Actualmente estoy leyendo las memorias del pianista británico James Rhodes, Instrumental (2014), que causaron un gran revuelo en el momento de su publicación por su descripción tan directa del horrible abuso sexual (y de sus consecuencias) al que fue sometido Rhodes entre las edades de 6 y 10 años. Este es el decimosexto libro de memorias que leo este año, y hoy es sólo 2 mayo… Debo aclarar que hasta ahora no me han interesado mucho las memorias, que me han parecido siempre un poco demasiado chismosas, opinión sin duda condicionada por los principios de una educación católica que dicta que la confesión debe ser privada, sólo para los oídos del sacerdote. En los países anglófonos protestantes, la confesión, por el contrario, es pública. Las memorias en realidad vienen, o eso me enseñaron, de los textos que los creyentes protestantes compusieron para narrar cómo habían encontrado la gracia después de pecar. La idea detrás de las memorias era que ayudarían a otros pecadores a llevar una vida honesta, guiada por el ejemplo. Evidentemente, poco queda hoy de ese impulso inicial, a pesar de que volúmenes como el de Rhodes siempre llevan un poco de intención ejemplarizante, en este caso para guiar a otros en cómo sobrevivir al abuso (o, como él tiene el coraje de llamarlo, violación). Por otro lado, el peor tipo de memoria es ese tipo que es básicamente una larga lista de recuerdos menores triviales, puntuados por la constante presencia de nombres célebres. “Soy importante e importo”, gritan esas vanagloriosas memorias en cada página.

Rhodes comienza Instrumental preguntándose si, a los treinta y ocho años, es demasiado joven para escribir sus memorias. Este es un error común: es demasiado joven para escribir su autobiografía, un texto destinado a cubrir toda la vida del autor generalmente escrito a una edad avanzada, pero no sus memorias. Cualquier persona en cualquier momento de su vida puede escribir unas memorias siempre y cuando tenga algo que valga la pena contar. De hecho, la lástima de las memorias es que necesitan ser escritas cuando el autor está mínimamente maduro para dar sentido a sus recuerdos, lo que significa que nos faltan memorias de niños y adolescentes (no me refiero a memorias de infancia y adolescencia escritas por adultos, sino a textos escritos por menores). Es cierto, en cualquier caso, que las memorias suelen contener mucha autobiografía del tipo clásico Dickensiano, sobre todo en la sección que narra los inicios de la vida del sujeto memorístico. Por lo general, los primeros capítulos de las memorias son por esa razón más bien sintéticos y están mejor ordenados que el resto. A medida que avanzan las memorias, se elimina más y más información y eventos, algo que abre muchas lagunas. Debbie Harry, ex líder de la popular banda Blondie, escribe en sus memorias Face It [Plántale cara] (¡qué gran título!) que esto se debe a que en las memorias la vida necesita ser “editada”, así que estoy tomando prestada su expresión para mi título de hoy.

Las memorias suelen ser, así pues, relatos más parciales que las autobiografías, que se suponen más completas, aunque no me gustaría ser demasiado dogmática. Lo que encuentro más peculiar sobre las memorias, y posiblemente esta es la razón por la que me he resistido a su atractivo durante tanto tiempo, es que la mayoría están escritas por no escritores. Además, todos sabemos que, de hecho, muchas memorias han sido escritas por escritores fantasmas (¡no todos incurriendo en los peligros del protagonista de Roman Polanski en su thriller The Ghost Writer [El escritor] (2010)!). Siendo mucho menos políticamente correctos, en español llamamos a los escritores fantasmas ‘negros’, que es una forma de enfatizar la esclavitud de ese tipo de escritor ante la voluntad del sujeto autor. La existencia de negros y de colaboradores reconocidos (el nombre que sigue a la preposición ‘con’ después del nombre del autor principal) es, sin embargo, un factor que interfiere en mi lectura de memorias. Cada vez que me encuentro con una gran frase, siempre me pregunto de quién es el feliz giro idiomático. Lo mismo aplica a la ‘edición’ a la que alude Harry; una cosa es quién toma la decisión de narrar qué, y otra muy distinta es quién estructura el libro y cómo. Incluso cuando no hay un escritor fantasma o negro, las listas generalmente largas de nombres de editores en la sección de agradecimientos me hacen preguntarme qué tipo de texto frankensteiniano estoy leyendo. Esto no importaría si no fuera por la obsesión con la integridad autoral que tomamos prestada de la novela y que aplicamos a las memorias, aunque en última instancia sí importa.

La moda actual de las memorias es que sean cándidas y sinceras, incluso cuando exponen al autor bajo una luz menos que favorable. Esto puede ser involuntario. En Prozac Nation (1994), de Elizabeth Wurtzel, unas memorias sobre la depresión que me ha llevado semanas leer porque son muy dolorosas, la autora pinta un retrato inmisericorde de sí misma, revelando deficiencias que no eran estrictamente hablando parte de su enfermedad. En contraste, me costó leer Uncanny Valley [Valle inquietante] (2019) de Anna Wienner porque sus acusaciones contra el sexismo de Silicon Valley carecen totalmente de autocrítica. No quiero decir que ella sea de ninguna manera culpable de provocar su propia discriminación, sino que Wiener parece incapaz de explicar por qué eligió ser empleada por esa industria tan obviamente sexista. Adam Kay, quien fuera un joven médico empleado por el sistema público de salud británico, es extremadamente crítico con su entorno de trabajo en This is Going to Hurt: Secret Diaries of a Medical Resident [Esto va a doler: los diarios secretos de un médico residente] (2022), pero también es sincero sobre su propio idealismo equivocado y los errores que cometió al elegir la medicina como profesión. Las memorias son siempre parciales, pero no deberían serlo de una manera que plantee más preguntas que respuestas. La narración que Mariah Carey hace de sobre su esclavitud ante su ex esposo y CEO de la compañía discográfica Sony Tommy Mottola en The Meaning of Mariah Carey [El significado de Mariah Carey] (2020) es desconcertante porque nunca reconoce que se benefició profesionalmente de su matrimonio. No quiero decir que esté faltándole el respeto a la verdad, lo que quiero decir es que su relato tiene lagunas que hacen que el lector se pregunte ‘¿pero…?’, algo que no debería suceder. Naturalmente, tal vez ni siquiera Mariah Carey entienda completamente por qué su vida pasó por ciertos giros, pero ese es el peligro de las memorias: uno debe retener el control, si no sobre la vida, al menos sobre la narración que da forma a su relato.

No todas las memorias son memorias obvias. Uno de los libros más bellos que he leído en mucho tiempo es The Living Mountain: A Celebration of the Cairngorm Mountains of Scotland [La montaña viviente: una celebración de los montes Cairngorn de Escocia] (1977) de Nan Shepherd. Este libro no puede llamarse realmente unas memorias, ya que Shepherd no está allí narrando su vida, sino rindiendo homenaje a esta bella parte del paisaje escocés. Tampoco se trata de escritura de viajes, ya que este no es un texto sobre un viaje específico, sino una colección de comentarios pensados en muchos viajes a lo largo de los años en estos montes. Sin embargo, la propia Shepherd está allí en cada página del breve libro, amando las montañas, disfrutándolas sola o en compañía, primero como una niña y luego como una mujer madura. Shepherd, autora de tres novelas bien recibidas—The Quarry Wood [El bosque de la cantera] (1928), The Weatherhouse [El observatorio] (1930) y A Pass in the Grampians [Un paso en las Grampians] (1933)—escribió The Living Mountain en 1944, pero abandonó la idea de publicarlo cuando uno de sus mentores literarios (un hombre cuyo nombre olvido) le dijo que realmente no valía la penaa. Ella decidió treinta años después que, al fin y al cabo, sí valía la pena que su pequeño volumen viera la luz, y el resultado es un poema en prosa de rara belleza en el que Shepherd es una espectadora encantada, disfrutando en cuerpo y mente de una total comunión Romántica con los montes de su tierra. “En la montaña, estoy más allá del deseo. No es éxtasis… No estoy fuera de mí misma, sino en mí misma. Soy yo. Esa es la gracia final concedida por el monte”. Su admirador, el escritor paisajista Robert MacFarlane, escribió que “Esta es la versión de Shepherd del cogito de Descartes: camino, y por lo tanto existo”. Pura poesía, como digo, viniendo de una escritora que no necesita colaborador fantasma en un texto que casi se convirtió en un espectro.

No quiero decir con este elogio de las singulares memorias de Shepherd que falten en las memorias más estándar ambiciones literarias, porque lo admirable de este género es lo proteico que puede ser. Las memorias pueden ser escritas por buenos escritores profesionales y por aficionados menos dotados, y en eso consiste la belleza de su género. Las novelas se leen por la visión que proporcionan de la experiencia humana, pero las novelas no son las únicas que proporcionan ese placer; además, las novelas tienden a centrarse en personajes inventados. Las memorias complementan esa búsqueda de la experiencia humana al presentar a los lectores recuerdos de la vida vivida por personas que son de una manera u otra interesantes. Nunca pensé, por ejemplo, que me sentiría atraída por lo que el escalador profesional Alex Honnold tiene que decir, pero encontré su libro de memorias Alone on the Wall [Solo en el muro] (2015) realmente atractivo (el colaborador David Roberts afirmó que había trabajado muy poco en el texto, principalmente como editor). Las memorias requieren ser un lector de mente muy abierta y confiar en que se pueden encontrar gemas entre los autores más improbables. Una nunca sabe.

Quizás la razón secreta por la que admiro a los escritores de memorias es que se necesita coraje para narrar tu vida, incluso cuando lo haces por pura vanidad. La profesora cuyos cursos sobre autobiografía y memorias tomé como estudiante de doctorado solía decir cuando planteé este punto que al final la experiencia humana no es tan diferente en términos del arco narrativo general de la vida, por lo que no hay razón para sentir vergüenza. Creo que hay buenas razones para sentirse avergonzado por los detalles de cada vida, sin importar cuán similares puedan ser. Los escritores de memorias han cruzado el límite de la vergüenza, con algunos, como Trevor Noah (leed por favor Born a Crime [Prohibido nacer]) aprovechando al máximo los recuerdos dolorosos.

La privacidad no es muy valorada en estos días, pero sigue siendo importante para muchos de nosotros, por lo que leer memorias es muy paradójico ya que se trata de los textos más privados (aparte de los diarios, claro). Agradezco, así pues, el coraje de los autores que se entregan a la inspección pública, revelando esos grandes y pequeños rincones de la experiencia humana que van más allá de la ficción y tan bien conectan con la vida real.

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TU PROPIA MARCA: LA (IN)VISIBILIDAD DE LOS ACADÉMICOS

Para mi sorpresa, mi Facultad me invitó a asistir a un seminario de la escritora y coach Neus Arquès dirigido a lograr que nuestras marcas personales sean más sólidas y visibles. Convertida en consultora autónoma, Arquès afirma que fue una de las impulsoras en España de la idea de la marca personal, más allá, supongo, del mundo del espectáculo y la celebridad. Arquès ayuda a sus clientes a convertir sus habilidades en marcas personales reconocibles como primer paso para dar a conocer proyectos profesionales y atraer, a su vez, clientes. Me invitaron a unirme a su seminario, al parecer, por mis esfuerzos para hacer visible la vida académica con este blog, mis libros digitales publicados con estudiantes y mis colaboraciones con asociaciones de fándom no académicas.

Al final, no aprendí del seminario de Arquès lo que quería aprender: cómo puedo romper la barrera que me impide publicar libros en castellano, y con eso me refiero tanto a volúmenes académicos como a ensayos para un público general en una de las editoriales de Planeta. La propia Arquès publica sus libros a través de una editorial adscrita a Planeta, así que ¿por qué no yo? Sin embargo, el consejo que me dio fue que debía ser paciente y probar con el mayor número posible de editoriales (ya he pasado por quince intentando publicar mi libro sobre villanía en castellano) y, quizás, disimular el carácter académico de mi trabajo. Suspiro a fondo…

En algún momento aparentemente perdí el tren, porque a pesar de que mis dos primeros libros fueron publicados en castellano (en una editorial cuyo nombre ni siquiera mencionaré), no he podido atraer la atención de otras editoriales españolas más serias (quiero decir sin pagar por publicar). En contraste, muchos de nosotros en Estudios Ingleses en España estamos publicando regularmente con las principales editoriales académicas Routledge, Palgrave, Brill y otras editoriales universitarias anglófonas (no con Penguin Random House pero, bueno, vamos bien). Veo, además, que la mayoría de los libros actualmente populares en España dentro de mi propio campo de investigación, los Estudios de Masculinidad, no están escritos por académicos sino por periodistas con un perfil mediático significativo (ver La nueva masculinidad de siempre: Capitalismo, deseo y falofobias de Antonio J. Rodríguez). Es tremendamente frustrante. Una amiga me dice que los académicos de primer rango ahora se autopublican en España incluso en Amazon, posibilidad que he estado considerando. De hecho, acabo de autopublicar un nuevo libro en el repositorio digital de mi universidad, del cual hablaré la próxima semana.

Me estoy yendo por las ramas… Mi tema de hoy es cómo la vida académica obliga a todos los académicos a convertirse en marcas personales, incluso cuando no saben que así es como funcionan las cosas. Arquès nos explicó que uno puede comprender el valor de su marca personal verificando cómo se le menciona en Internet; esto es lo que ella llamó ‘reputación’, advirtiendo que esta es una palabra que a pocos les gusta. Resulta que a mí sí me gusta. La reputación solía ser el prestigio atribuido a los académicos sobresalientes, generalmente gracias a un libro bien conocido (estoy hablando de las Humanidades). La reputación solía ser lo que hacía que otros eruditos e incluso algunos estudiantes ilustrados exclamaran “¡oh, sí…!” cuando se mencionaba un nombre. Sigue siendo la causa por la cual se reciben invitaciones para dar conferencias. La reputación, sin embargo, está siendo destruida, si no ha sido ya destruida, por la métrica bibliográfica, los procesos de acreditación y otros tipos de estándares de medición (me sorprende cómo la gente insiste en ganar premios y distinciones, cuando su pura abundancia los devalúa mucho). En cualquier caso, dado que la competencia es tan feroz en la universidad, un principio básico es que se necesita construir una reputación sólida (al estilo nuevo o antiguo), por lo que cada académico es de hecho una marca personal, lo sepan o no.

Una marca, por si no me estoy explicando bien, es lo que hace que un negocio sea públicamente reconocible como concepto. Por favor, no confundáis marca con logotipo, aunque, por supuesto, están relacionados. Apple, como marca, es el concepto que Steve Jobs desarrolló para identificar un conjunto de productos tecnológicos y las estrategias para desarrollarlos; el logotipo es la famosa manzana mordida (Jobs solía trabajar recogiendo manzanas en su juventud hippie, de ahí su fijación). La marca y el logotipo se relacionan de una manera bastante horrible: ‘marcar’ (en inglés ‘to brand’) significa marcar con un hierro ardiente un símbolo en la piel del ganado, para que el propietario pueda ser identificado. Los esclavos y los criminales también solían ser herrados de este modo. La marca infligida a animales y personas es el origen del logotipo que las empresas (marcas o ‘brands’) utilizan para identificarse, por lo que la próxima vez que uses con orgullo una camiseta con cualquier logotipo comercial, considera cómo contribuye a tu propia esclavitud y siéntete tratado como ganado. Duro, lo sé. Sobre todo si piensas que incluso las universidades son marcas y tienen logotipos. Estoy asistiendo estos días a un curso sobre cómo mantener la página web del Departamento y por supuesto ya se ha planteado la cuestión del logotipo correcto de la UAB que tenemos que usar.

Así pues, aunque no tengamos logotipos individuales (igual acabo de tener una idea…), los académicos somos marcas personales ya que debemos poner mucho esfuerzo en la promoción constante de nuestros talentos y trabajos. Este esfuerzo resulta ser una gran sorpresa para los académicos novatos, ya que no todos tienen las habilidades que requiere la constante autopromoción. He visto a algunas personas progresar de ser estudiantes de doctorado a catedráticos en poco más de una década, sobre la base de lo que se podría llamar ambición ilimitada, mientras que otros que inicialmente disfrutaban de la misma beca doctoral ni han podido completar su tesis doctoral al perder la orientación en nuestra jungla.

Nadie te dice abiertamente cuáles son las reglas, por lo que debes comprenderlas mientras trabajas. Por lo general, se nos dice que es necesario dar a conocer nuestro trabajo a través de conferencias y publicaciones, que es importante unirse a un grupo de investigación, que hay que apuntarse a Academia.edu y ResearchGate, pero solo son consejos generales. Luego depende de cada académico determinar cómo participar en una red de contactos efectiva, qué editoriales y revistas le dan más visibilidad (es decir, citas) y cómo posicionarse estratégicamente en relación con la categoría de trabajo a la que aspira, compitiendo con otros en el mismo Departamento o fuera. Aun así, surgen obstáculos o se cometen errores en el plan maestro. Es posible que hayas soñado con ser catedrático en tu ciudad favorita solo para convertirte en catedrático pero en una ciudad que odias y en la que te quedarás atrapado durante décadas hasta que te jubiles.

Me referí en otro post, hace años, a la figura del oscuro profesor y a las dificultades de ser visible en los tiempos de YouTube y mi impresión es que nada ha cambiado en exceso. Me uní obedientemente a Academia.edu e ResearchGate y esto ha generado problemas diversos: necesito hacer un seguimiento de mis publicaciones en ambos sitios, aparte de mi propio sitio web y el Portal de Investigación de la UAB; recibo constantes solicitudes de publicaciones protegidas por copyright que no debo circular, y no tengo tiempo para estar al día de todo lo que suben mis colegas. No sé si mi presencia en estas redes realmente ha aumentado el número de mis citas, pero una cosa que puedo decir es que a pesar de que estoy haciendo todo lo posible para hacer visible mi trabajo, en una solicitud reciente para una beca de investigación grupal mi impacto se calculó sobre la base de Scopus, para lo cual apenas existo ya que no soy una científica. Me sentí tan profundamente humillada…

Un aspecto bastante intrigante del seminario de Arquès es que insistió en que ser visible no significa necesariamente estar presente en las redes sociales. Estoy de acuerdo: puedes tener una cuenta de Twitter, como yo, y mantener un perfil muy bajo, como yo. Nunca me he acostumbrado a las redes sociales y no estoy haciendo ningún esfuerzo por aprender, debido a la inmensa cantidad de ruido que generan. Ciertamente tiene más sentido publicitar el trabajo académico en Academia.edu o ResearchGate que en Instagram. Sé que algunos profesores de primaria y secundaria son TikTokers muy populares, pero no veo a mis compañeros académicos o a mí misma generando mucho interés de esa manera; tal vez debería intentar que mis estudiantes trabajen conmigo en un canal de TikTok de Literatura Victoriana … Sí, lo sé, mejor que no… Arquès básicamente se refería, así pues, a usar sitios web personales sabiamente y a divulgar información en redes sociales (académicas o de otro tipo) que siempre mejore el impacto. Lo que no mencionó es cómo todo esta auto-promoción le roba tiempo a la investigación.

Ya para concluir, mientras que el seminario de Neus Arquès me ayudó a entender de qué manera ya opero como una marca personal y de qué otras maneras no lo hago (o no puedo, o nunca lo haré), me gustaría asistir a un seminario con una personalidad académica de primera magnitud que pudiera enseñarme cómo se ha ganado su visibilidad. Por otro lado, tal como están las cosas ahora, con Elon Musk a punto de comprar Twitter y borrar sus ya extremadamente limitadas reglas de combate a la hora de expresar opinión, ser visible solo significa ser vulnerable. A mí me gusta transmitir información e ideas para animar el debate, eso es todo, como supongo que la mayoría de académicos quieren hacer. Cualquier otra ambición dentro de las Humanidades es sencillamente patética (fama, dinero… ¡venga..!). Simplemente me molesta que otros que transmiten información e ideas no estén tan bien cualificados académicamente, aunque ciertamente son lo bastante listos como para hacerse visibles. Quizás la palabra clave en mi diatriba de hoy no es ‘reputación’ sino ‘reconocimiento’ y, ¿por qué no?, envidia.

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ESTUPIDEZ: LA PALABRA PROHIBIDA EN EL AULA

Recomiendo de todo corazón el delicioso volumen colectivo editado por el psicólogo Jean-François Marmion, El triunfo de la estupidez (originalmente Psychologie de la Connerie, 2018) por su verdaderamente gloriosa incursión en todo tipo de tontería. Realmente hace pensar. El libro de Marmion advierte que la estupidez es difícil de definir y explorar porque tiene múltiples facetas. Es fácil reconocer a imbéciles engreídos como Donald Trump, explican sus colaboradores, pero es mucho más difícil entender por qué las personas que muestran diariamente su inteligencia profesional pueden decir y hacer cosas verdaderamente estúpidas.

Una cosa que debo señalar es que las personas nunca son totalmente inteligentes. Cada vez que se mencionan las súper computadoras Deep Blue y Alpha Go, los detractores de la inteligencia artificial señalan que carecen de inteligencia general y solo son buenas para realizar tareas específicas. Opino que un error común es creer que los seres humanos inteligentes poseen inteligencia general, lo cual no es en absoluto el caso. Para evitar ofender a otras personas, mencionaré que en mi propio caso parezco tener un cierto talento para el lenguaje, pero mi supuesta inteligencia se evapora en el momento en que necesito aplicarla a otras disciplinas (las matemáticas) y ciertamente he cometido errores espantosos y estúpidos en mi vida. También soy totalmente inepta para los deportes, lo que significa que siempre obtuve un aprobado raspado en Educación Física. Soy estúpida, así pues, en muchos más frentes de los que soy inteligente, pero debido a que soy muy trabajadora, mis maestros de escuela primaria se llevaron la impresión de que soy mayormente inteligente. A medida que crecí, mantuve esta pretensión desprendiéndome de las áreas de conocimiento en las que soy estúpida hasta encajar en el nicho donde parezco sobresalir, más o menos (no exageremos).

Entre los muchos párrafos que terminé subrayando en el libro de Marmion, reproduciré aquí uno del capítulo de Jean-François Dortier “Una taxonomía de los idiotas”, que nos proporciona una idea de cómo la escuela y la inteligencia (o la estupidez) se vincularon originalmente: “Cuando, a finales del siglo XIX [en 1881-2], Jules Ferry hizo obligatoria la educación primaria en Francia, parecía que ciertos estudiantes eran incapaces de absorber la instrucción de rutina. A dos psicólogos, Alfred Binet y Theodore Simon, se les pidió que crearan una prueba de inteligencia para identificar a esos niños y así pudieran recibir una educación adaptada. Esta prueba formó la base de lo que más tarde se convertiría en el famoso IQ, o Cociente de Inteligencia [Intelligence Quotient]”. Hoy en día, añade Dortier, utilizamos eufemismos (como ‘discapacidades de aprendizaje’) para evitar referirnos a los niños que antes eran comúnmente descritos como ‘retrasados’, del mismo modo que ya no hablamos de niños ‘superdotados’ sino de “niños con ‘alto potencial’”.

Nunca he hecho una prueba de coeficiente intelectual, instrumento que encuentro de muy poca utilidad. De hecho, creo que es totalmente ridículo, ya que tener una puntuación alta no significa que una persona sea particularmente útil para el bienestar de la humanidad. Si estáis interesados en este asunto, acabo de enterarme buscando información para esta entrada de que hay algo llamado Mensa International, una asociación sin fines de lucro que reúne a 134000 personas en todo el mundo con coeficientes intelectuales “en el percentil 98 o superior en un test de coeficiente intelectual estandarizado, supervisado u otra prueba de inteligencia validada”. Lo que estas personas están haciendo para detener el cambio climático, o poner fin a la guerra en Ucrania, no se sabe, de ahí mi desconfianza en este tipo de clasificación. Lo que el pasaje de Dortier sugiere, no obstante, es que hubo un momento en la historia en el que habría sido posible organizar todas las escuelas primarias siguiendo el principio de la puntuación del coeficiente intelectual, algo tan aterrador para mí como la idea de la eugenesia. Afortunadamente, las escuelas públicas primarias se organizaron sobre la base de proporcionar a los estudiantes la misma educación, aunque es cierto que algunos estudiantes fueron horriblemente discriminados debido a prejuicios validistas y que otros con necesidades especiales fueron ignorados. Nos salvamos, al menos, de llevar nuestro coeficiente intelectual estampado en el uniforme escolar, lo cual es un alivio.

Esto no significa que no haya diferencias en la capacidad de aprendizaje entre los niños, o que la escuela no las enfatice a través de la evaluación, a lo que me he opuesto aquí recientemente. Leyendo El triunfo de la estupidez de Marmion, parece obvio que debe haber una correspondencia directa entre el número de adultos que demuestran una inteligencia notable y aquellos que disfrutan revolcándose en su estupidez, y el número de niños en ambas categorías a pesar de la pretensión actual de que todos los niños son igualmente capaces y lo pueden demostrar si se les da el tipo correcto de educación. He estado defendiendo la idea de que la educación debe aprovechar al máximo las capacidades de cada persona y odio cualquier tipo de clasificación que separe a los niños según el rendimiento académico: todavía me estremece recordar a una maestra de cuarto curso que nos hacía cambiar de asiento al final de cada semana (¿o cada día?) dependiendo de cómo hubiéramos funcionado en clase, colocando a las mejores estudiantes en la parte delantera y a las peores en la parte posterior. Es feo hacerle esto a los niños, pero todos conocemos casos de adultos cuyas capacidades de aprendizaje son limitadas y que ya eran así cuando eran críos. No estoy hablando aquí de niños con problemas manifiestos, sino de niños que no pudieron y no quisieron ser educados y que se han convertido en adultos que desprecian la inteligencia y el aprendizaje. Miles de personas muestran en las redes sociales cada día lo que solo puede llamarse una profunda estupidez y, como estamos viendo, el fenómeno comienza tan pronto como los niños reciben un smartphone, alrededor de los diez años.

Como he señalado, la suposición vigente es que ningún niño es estúpido, pero también que la autoestima de los niños puede dañarse si se les indica que su rendimiento está por debajo de la media. Esta contradicción ha convertido la evaluación en un campo minado. En 2016 las autoridades locales catalanas decidieron eliminar por ese motivo la escala 0-10 que todavía utilizamos en la universidad para calificar el rendimiento de los estudiantes, sustituyéndola por otro sistema, que aunque aparentemente más indulgente, sigue clasificando a los niños por rendimiento. El nuevo sistema de puntuación es “logro excelente” (assoliment excel·lent), “logro notable” (assoliment notable), “logro satisfactorio” (assoliment satisfactorio) y “sin logro” (no assoliment). Estos son los antiguos Sobresaliente, Notable, Aprobado y Suspenso, pero con énfasis en el resultado del aprendizaje en lugar de la evaluación, o eso afirmaron las autoridades. Este año, el consejero catalán de Educación, Josep González-Cambray, ha intentado sustituir el “sin logro” por el más optimista “logro en proceso” (en procés d’assoliment), pero los profesores han argumentado que esto confundiría a las familias, y la nomenclatura de “no assoliment” para los fracasos sigue vigente (pese a ni siquiera ser gramatical ya que debería ser “sense assoliment”).

La lucha por encontrar reemplazos para las categorías de evaluación tradicionales está manifestando claramente que la escuela no sabe cómo manejar a los niños que no están aprendiendo, a pesar de ser plenamente capaz de hacerlo. Se teme, como he señalado, que se sientan maltratados si se les dice abiertamente que han fracasado, pero quizás lo que está socavando el respeto por la inteligencia y respaldando el reinado de la estupidez es, precisamente, la suposición de que los niños pueden ser medidos por el mismo sistema. Si soy un niño al que constantemente se le dice que mis actividades escolares no conducen a “ningún logro”, haré todo lo posible para llevar al mundo a mi propio nivel, comenzando tan pronto como pueda y con la ayuda de las redes sociales. Allí, las personas más inteligentes están siendo torturadas sin piedad por aquellos que se sienten libres, gracias al anonimato que permiten los medios de comunicación pero también bajo sus propios nombres, para imponer sus puntos de vista agresivamente estúpidos. Es una especie de venganza del estudiante de bajo rendimiento que se está comiendo cualquier autoridad que los maestros o la escuela alguna vez tuvieron. Están ganando la guerra, ya que la escuela no puede hacer nada para revalorizar la inteligencia como solía ser: no algo que un puñado de niños tiene, sino algo que muchos niños pueden demostrar.

Si, en resumen, todos los niños son tratados como igualmente capaces y dignos de atención, y estoy segura de que lo son, ¿de dónde vienen los adultos estúpidos? La sugerencia políticamente incorrecta es que algunas personas nacen estúpidas, con lo que quiero decir congénitamente incapaces de beneficiarse de una educación, incluso en su etapa primaria. La suposición políticamente correcta es que la escuela produce estupidez al insistir en la evaluación y en presentar a los niños más capaces como niños de “alto potencial”, en lugar de vender la inteligencia como el modelo más deseable para todos. Como he insistido, nadie es generalmente inteligente o totalmente estúpido, y se trata, por lo tanto, de averiguar en qué áreas cada persona es más capaz. También se trata de valorar en la escuela otros aspectos. Puede haber niños cuyo rendimiento no sea particularmente sobresaliente, pero que sean cariñosos y generosos. Otros podrían ser capaces de emitir juicios morales sólidos y promover el respeto mutuo. Algunos podrían ser genios con sus manos, en lugar de sus cerebros. La escuela, en resumen, necesita ser más inteligente para frenar un sistema que, tal como lo veo, produce un exceso de estupidez adulta.

La otra institución que necesita ser más inteligente son las redes sociales. A principios de la década de 1990, cuando me uní a los BBS (Bulletin Boards System) anteriores a Internet, como Fidonet, todos los trolls eran rechazados como las criaturas irrespetuosas que son. Mantuve entonces intensas conversaciones de todo tipo de personas en toda España y disfrutamos mucho de estar en desacuerdo sin insultarnos. Luego apareció Internet en 1994, y más tarde las redes sociales (Facebook se lanzó en 2004). Estas atrajeron no necesariamente personas menos inteligentes pero sí modelos de negocio más permisivos, basados en la premisa de que cuantos más usuarios tenga una red, mayores ingresos recibirá de los anunciantes. Los trolls fueron por esa misma razón muy bienvenidos; de hecho, mejor recibidos que las personas que podían participar en debate inteligentes pero menos atractivos. Agregad a esto el anonimato y la regla populista de los likes, y la receta para el crecimiento de la estupidez mundial está lista.

Por favor, recordad que el tipo que lanzó a rodar la pelota, Mark Zuckerberg, era un estudiante de la Universidad de Harvard, lo cual demuestra la proximidad de la inteligencia y la gilipollez en ciertos momentos históricos. Este listillo es responsable del auge masivo de la estupidez y del declive de la inteligencia como un valor respetado en todo el mundo. Ahora os toca reflexionar sobre la estupidez que cometemos cada vez que nuestro uso de las redes sociales lo enriquece a él, y a los de su calaña.

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ESCRITORES QUE ESCRIBEN SOBRE LIBROS: LEYENDO EL PUNTO CIEGO DE JAVIER CERCAS

Cometí un error al tomar prestado El punto ciego de Javier Cercas de la biblioteca, creyendo erróneamente que era un volumen de Javier Marías. Leí el resumen—el libro reúne cinco conferencias pronunciadas por el autor cuando fue nombrado ocupante de la Cátedra Weidenfeld de Literatura Europea en el St Anne’s College de Oxford en 2015—y pensé que ese era el tipo de nombramiento que el ilustre Marías está acostumbrado a recibir. En el prólogo un humilde Cercas se muestra muy sorprendido de haber merecido ese honor, viéndose como jugador de una liga menor en comparación con sus antecesores (su admirado Mario Vargas Llosa entre ellos). Cercas (n. 1962) se convirtió en una celebridad de la noche al día con su cuarta novela, Soldados de Salamina (2001), novela que cuenta la historia basada en hechos de la vida real de cómo un político fascista salvó su vida en medio de la Guerra Civil Española gracias a un extraordinario acto de empatía humana por parte de un soldado Republicano anónimo. Cercas se retiró entonces de la docencia (fue profesor de Literatura Española en la Universitat de Girona), y hasta la fecha ha publicado ocho novelas más y ha recibido muchos reconocimientos. La última novela de Cercas que he leído, la ganadora del Premio Planeta Terra Alta (2019), y primera de una trilogía de novela negra, no me impresionó especialmente, de ahí mis dificultades para conectarlo con la Cátedra Weidenfeld. Concedo, sin embargo, que Soldados de Salamina es excelente.

También he disfrutado mucho de El punto ciego, deseando al leerlo que más escritores encontraran el tiempo y las energías para describir su oficio. Hay una gran cantidad de libros de autores profesionales que ofrecen notas sobre su experiencia profesional y consejos a aspirantes a escritores (aquí hay una lista de 100 volúmenes de este tipo). No hay, sin embargo, tantos ensayos publicados por escritores sobre qué hace que las novelas de calidad funcionen. Leyendo a Cercas a menudo pensaba en el espléndido volumen On Writing: A Memoir of the Craft / Mientras escribo (2000) de Stephen King, un libro que menciona entre los mejores toda lista de grandes libros sobre la profesión. Me gusta tanto este libro que incluso le di la lata al agente de King, tratando de que lo persuadiera para que escriba una segunda parte… No me hizo caso. De todos modos, el libro de Cercas es muy diferente, más un análisis literario general que un libro de memorias, tal vez más cercano a Lectures on Literature / Lecciones sobre literatura (1980) de Vladimir Nabokov—que no he leído—o volúmenes similares. Se trata de una serie de lecciones sobre ficción, en suma, en lugar de una serie de consejos sobre cómo escribirla.

Cercas considera una lista más bien breve de clásicos canónicos (muy pocos escritos por mujeres…) y sus propias novelas, en particular Anatomía de un instante (2009), sobre el golpe fallido que Tejero dio en 1981, para ofrecer una teorización de la novela que, claramente, le conviene. Lo que él llama ‘el punto ciego’ es la resistencia de la novela ambiciosa a quedar perfectamente cerrada, aunque él utiliza otras palabras: “nada contribuye tanto como el punto ciego a cebar de sentido una novela o relato, a incrementar el volumen de significado que es capaz de generar”. Cercas no quiere decir que la ficción deba ser abierta, sino que debe contener cierta “ambigüedad” fundamental, que no es lo mismo, dice, que “indefinición”. Sé lo que quiere decir: volvemos a Wuthering Heights / Cumbres borrascosas de Emily Brontë una y otra vez por el enigma que es toda esta novela, y por cómo se resiste a cualquier interpretación fácil. Las novelas más simples se ofrecen a ser inspeccionadas, sin ocultar sus verrugas ni otros defectos y sin dar señales de ambigüedad; tan solo ofrecen una experiencia lectora que aun siendo lo suficientemente agradable no es necesariamente satisfactoria (algo que describe la propia novela Terra Alta de Cercas).

La ficción, afirma al autor, no necesita “proponer nada, no debe transmitir certezas ni dar respuestas ni prescribir soluciones” pero, al mismo tiempo, argumenta, “toda literatura auténtica es literatura comprometida”. En inglés si algo está ‘comprometido’ está ‘en riesgo’ así que no puedo evitar pensar en este ‘falso amigo’, como decimos los filólogos ingleses. ¿Qué es la ficción de calidad si no la ficción al borde constante del desastre, es decir, una ficción ‘comprometida’ en el sentido inglés de la palabra? Me desvío, no obstante, del sentido de las palabras de Cercas, que es bastante claro, incluso un poco manido: “toda literatura auténtica aspira a cambiar el mundo cambiando la percepción del mundo del lector”, aunque tal vez quiera decir “que el lector tiene del mundo”, no lo sé. Me encanta cuando los escritores usan estas palabras altisonantes, en lugar de hablar de ventas y premios y todos los accesorios de la fama literaria, pero luego recuerdo que Cercas es un tipo con un Planeta en su haber, el premio más comercializado del mundo y me pregunto cómo se dice a sí mismo ahora que es un escritor ‘comprometido’. Tal vez el dinero lo ha liberado de cargas varias y esta es una de ellas.

Cercas sostiene que las novelas totalmente realistas no tienen un punto ciego, lo que significa que está alabando un tipo de ficción que se niega a ser totalmente accesible, ya sea por accidente (novelas pioneras como El Quijote de Miguel de Cervantes) o voluntariamente (nombra aquí tu novela posmoderna favorita—el Ulysses Modernista de Joyce ya es incluso exageradamente ambiguo). Al mismo tiempo, Cercas advierte sobre un asunto del que todos somos conscientes: en la literatura no hay evolución, y de hecho la mayoría de los lectores (afirma él y estoy de acuerdo) están perfectamente satisfechos con los descendientes modernos de la ficción realista del siglo XIX. Digo los “descendientes modernos” porque si los lectores estuvieran contentos con las novelas decimonónicas, entonces Dickens y compañía seguirían siendo los autores más vendidos, lo cual no es el caso. Cercas señala, con razón, que a pesar de los esfuerzos de muchos autores Modernistas y postmodernos para galvanizar las socorridas y complacientes convenciones novelísticas del siglo XIX con innumerables experimentos narrativos, leemos novelas por lo que dicen sobre la condición humana, y no por lo que los autores pueden llegar a hacer con la forma. El modelo que utilizó Jane Austen (una escritora con más ambigüedades de lo que podría parecer a primera vista) sigue siendo bueno, si no el mejor, para nosotros, ya que parece que, a pesar de lo que creen algunos autores experimentales, los lectores no quieren adornos narrativos, solo la ilusión de que los personajes existen y que sus vidas importan.

En esto es donde la novela y yo como lectora nos estamos alejando: encuentro muy pocas novelas actuales que me interesen como expresiones de la experiencia humana. Como he estado contando aquí repetidamente, las memorias me parecen de repente más interesantes que las novelas. De hecho, posiblemente las disfruto no solo porque las personas que eligen narrar sus vidas suelen tener trayectorias interesantes que explorar, sino también porque el sentido de ambigüedad que Cercas describe es posiblemente más fuerte en las memorias. Solo por citar un ejemplo, acabo de terminar de leer The Meaning of Mariah Carey / El significado de Mariah Carey (2020) de la propia artista junto a Michaela Angela Davis. No soy una ‘Lamb’ (o corderita), como se conoce a los fans de Carey, y elegí el libro por las críticas en su mayoría positivas y porque, como digo, encuentro ahora las memorias más atractivas que las novelas—también como ficción. Con esto quiero decir que las memorias son construcciones interesadas en las que una persona de carne y hueso se convierte en un personaje en una narración propia, convirtiendo a su círculo en personajes secundarios. Creo que a Cercas le encantaría The Meaning of Mariah Carey por su uso constante de una ambigüedad casi Jamesiana, tan radical que creo que sé menos de esta diva que antes de leer sus memorias. Ironizo, como se puede ver, pero encontré más puntos ciegos en el extraño volumen de Carey que en todas las novelas canónicas que menciona Cercas.

El peligro de todas las teorías literarias, incluida la de Cercas sobre los puntos ciegos que hacen grandes las grandes novelas, es que pueden aplicarse a textos creados sin idea alguna de lo literario (como el de Carey). Sin embargo, si el punto ciego no es suficiente para caracterizar la gran ficción, y no se trata tampoco de experimentar con la forma sino de lidiar con la pura experiencia humana, entonces muchos otros tipos de textos narrativos hacen lo mismo, incluso los reality shows. Lo que nos hace admirar a los novelistas y no a los ensayistas incluso cuando los novelistas están muy cerca de ser ensayistas—como es el caso de Cercas—es el poder de inventar un simulacro de vida humana. El biógrafo y el auto-biógrafo también narran la experiencia humana, pero no importa cuán sólidas sean sus habilidades narrativas, hay algo en la pura invención que nos deslumbra.

Cercas y muchos otros pueden tomar a personas de la vida real como fundamentos para sus novelas, pero lo que disfrutamos es cómo fantasean con ellas, incluso prefiriendo su versión ficticia a la estrictamente histórica. Cercas dice más o menos que no le interesaban los tres hombres que ni se inmutaron cuando Tejero entró en las Cortes Españolas y sus tropas de asalto dejaron ir varias ráfagas de metralleta, sino que le interesa fantasear sobre por qué no se asustaron. El Presidente saliente del Gobierno Adolfo Suárez, su Ministro de Defensa Teniente General Gutiérrez Mellado y el líder opositor comunista Santiago Carrillo, explica Cercas, no son en su novela Anatomía de un instante un retrato de las figuras históricas reales sino personajes de su propia invención. Para mí, ese es el verdadero punto ciego de las novelas, grandes y pequeñas: la esquiva diferencia entre el poder del ensayista para ofrecer una aproximación a la realidad y el poder del novelista para inventar lo que parece ser real.

Ningún novelista, sin embargo, parece interesado en echar un buen vistazo a ese poder, tal vez porque es un misterio y tengo la sensación de que es un poco aterrador, algo fuera de control e imposible de entender. El problema es que si los escritores no están bien equipados para explorar este misterio de la mente ficcionalizadora, ¿quién lo está? Por favor, no digáis la palabra ‘neurocientíficos’… y seguid disfrutando de la ambigüedad de toda gran ficción y de todo gran novelista. Y leed Soldados de Salamina, si no lo habéis hecho aún.

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VOLVER A LO BÁSICO, CON UN LLAMADA A RENOVAR LA SUPERACIÓN PERSONAL EN EL APRENDIZAJE

Estoy enfrascada en la lectura del ensayo del filósofo y pedagogo Gregorio Luri, La escuela no es un parque de atracciones: Una defensa del conocimiento poderoso, 2020, que, por supuesto, elegí porque estoy de acuerdo con el título. Supongo que así es como el autor escogió alejar a los lectores que podrían estar en desacuerdo con sus puntos de vista.

En esencia, Luri desaprueba todas las teorías pedagógicas actuales que, aplicadas a la enseñanza real en la escuela, han resultado en la visión muy equivocada de que el aprendizaje debe ser divertido y costar sólo un mínimo esfuerzo. Es particularmente crítico con la forma en que las competencias han erosionado la importancia del conocimiento; esta es la razón por la que considera que la noción de “aprender a aprender” no tiene sentido; como él argumenta, a menos que sepas sobre algo (lo que significa que tu memoria retiene información sobre el tema) no hay forma de que realmente puedas aprender, y mucho menos “aprender a aprender”. Si, por ejemplo, mis estudiantes de Literatura Victoriana no han memorizado los nombres de los autores, los títulos de los libros, los conceptos básicos de la Historia Victoriana, no podrán aprender a escribir un trabajo académico sobre ninguno de estos aspectos. O, mejor dicho, sí podrán, pero sus trabajos serán muy pobres. La argumentación de Luri es clara como la luz del día: la acumulación de conocimiento ha sido ridiculizada erróneamente por una pedagogía basada en la adquisición de habilidades, una pedagogía que olvida que nadie puede enseñar o usar ninguna habilidad sin conocimientos previos.

Leí ayer en el diario Nius (sí, así se llama) que Alexandre Sotelinos de la Universidade de Santiago de Compostela, ha ganado el concurso Abanca al mejor profesor universitario de España (el premio se basa en los votos de los estudiantes combinados con los de un jurado). Sotelinos, pedagogo de formación, imparte clases en el Grado de Pedagogía y en el Grado de Formación del Profesorado de Primaria. El artículo no dice qué méritos le han garantizado la victoria en ese concurso; él mismo solo dice que “Lo que hago es intentar reinventarme, aprender mucho de otros compañeros que hacen proyectos increíbles y tratar de llevarlo a mi aula”, el clásico respaldo de la innovación docente.

Lo que me llamó la atención, una vez superada mi profunda envidia de este colega gallego, es cómo lee el dicho “Educación a través de la cabeza, la mano y el corazón” del pedagogo suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827): “Al final lo que nos está diciendo esta idea es que más allá de conocimientos, tenemos que aprender habilidades y a gestionar las emociones. Y que para aprender unas cosas u otras todo está relacionado. Es decir, no podemos aprender nunca bien si nuestro estado emocional no es adecuado”. Para empezar, realmente dudo que la pedagogía del s. XVIII conecte tan claramente con su descendiente del s. XXI; en segundo lugar, la visión de Sotelinos de la educación es precisamente lo que Luri condena como la estrategia fallida que ha convertido erróneamente a las escuelas en instituciones inmanejables donde el aprendizaje ocurre solo de manera irregular, dependiendo de las decisiones de los estudiantes de participar o desconectarse. Y esa no es mi envidia hablando.

Leyendo a Luri me he encontrado cuestionando mi propio conservadurismo como educadora. Algunas de sus propuestas suenan conservadoras pero tal vez tenga que aceptar que soy una docente conservadora. Estoy de acuerdo con él en que el aula no es un lugar para que los estudiantes se entretengan, sino para que estén concentrados y se esfuercen por aprender. Yo misma estoy haciendo el esfuerzo de enseñarles. Los estudiantes de todos los niveles de educación deben aceptar una disciplina básica. Los maestros deben ser respetados y sus lecciones absorbidas en un silencio atento a menos que se les pida específicamente a los estudiantes que hablen. En mi modesta y seguramente antipática opinión, el lenguaje corporal y la expresión facial de los estudiantes deben demostrar que están escuchando y participando activamente en su propia educación y respetando el trabajo de los maestros en el aula.

Además, los estudiantes deben aceptar que el aprendizaje implica hacer un esfuerzo constante; estudiar es necesario, lo que incluye tomar notas, memorizar datos, desarrollar el trabajo utilizando los conocimientos y habilidades adquiridos en clase. Los estudiantes también deben saber que, nos guste o no (y a mí no me gusta), están siendo evaluados, lo que significa que necesitan causar la mejor impresión posible (por su bien, no por el del maestro). La actitud cuenta para la evaluación, como todos sabemos. El aprendizaje, dice Luri y estoy de acuerdo, debe ser un proceso de enfrentarse constantemente a los desafíos en el que los estudiantes pongan a prueba al máximo sus habilidades. En lugar de esto, tenemos al menos el 20% de los estudiantes que no están interesados en aprender, y el problema es que estamos haciendo una larga serie de esfuerzos para involucrar a esos estudiantes en una educación que realmente no les importa mientras descuidamos las necesidades y habilidades de los mejores estudiantes, que en realidad son la mayoría.

Luri menciona como uno de los pedagogos que más firmemente atacó a la escuela tradicional al estadounidense John Holt (1923-1985), autor entre otros libros de The Underachieving School (1969), conocido en traducción al español como El fracaso de la escuela (1977). Resulta que tuve un profesor de Ética en la escuela secundaria que nos pidió que leyéramos este libro, cuando teníamos 15 años. No recuerdo su nombre, pero recuerdo que parecía como si lo estuvieran obligando a punta de pistola a enseñarnos a nosotros, estudiantes de segundo año; perpetuamente amargado y distante, tenía una pedagogía extrañamente mixta, muy suelta pero muy exigente intelectualmente. Parte de su rebeldía contra la escuela fue que se nos permitió sentarnos a nuestro antojo, lo que significa que terminamos en las mesas hasta que vimos que las sillas eran más cómodas. Su verdadera rebeldía, por supuesto, consistía en hacernos leer a Holt (y a Orwell, entre otros) y enseñarnos que la escuela no se gestionaba pensando verdaderamente en nosotros; sin embargo, no fue capaz de establecer ningún tipo de diálogo con nosotros.

Este hombre fue simultáneamente uno de los mejores y uno de los peores maestros que he tenido. Me provocó una profunda conmoción que dura hasta hoy al pedirme que absorbiera la deconstrucción que Holt hizo de la escuela (estadounidense), una deconstrucción tan profunda que Holt terminó promoviendo la educación en el hogar. Este maestro sin nombre fue el primero en pedirme que expresara libremente mis puntos de vista, por lo que le doy las gracias. Aprendí mucho más, sin embargo, de los maestros que creían que la verdadera rebelión contra la escuela consistía en convertirnos en estudiantes profundamente instruidos. Nunca he estado en manos de un maestro que viera su trabajo como simplemente transmitir información. Siempre me enseñaron por imitación, con lo que quiero decir que mis mejores maestros eran tan buenos que solo quería ser como ellos. Los admiraba, y mi propio trabajo era una forma de expresar mi admiración. Aprendí a amar el aprendizaje porque ellos eran sabios y quería ser igual de sabia.

Lógicamente, no todos mis maestros eran sabios, y algunos eran bastante pobres como docentes, pero en la pedagogía que vino antes de la actual, eso no importaba porque lo que importaba eran las habilidades y responsabilidades de los estudiantes. Siempre me dijeron en casa que yo era responsable de mis estudios, al igual que mi padre era responsable de su trabajo. Estudiar era mi trabajo, y tenía que hacerlo bien, independientemente de mis maestros, como él hacía su trabajo, independientemente de sus jefes. Si mis maestros eran buenos, pues suerte que tenía; si eran malos, tenía que compensar sus carencias. Sin excusas.

Obtener una educación se consideraba una tarea difícil: nunca se me habría ocurrido decir que estaba aburrida porque los adultos a mi alrededor habrían respondido que el recreo era donde tocaba divertirse, no el resto de la escuela. Simplemente no recuerdo ningún problema de disciplina entre mis compañeros de ningún nivel, con pocas excepciones que todos entendimos como una minoría y casos muy especiales. Los maestros eran respetados, incluso cuando no gustaban, y la escuela generalmente aceptada, incluso cuando era aborrecible. Los maestros no pasaban una buena parte de su tiempo tratando de que los estudiantes se sentaran y escucharan; Luri dice que ahora emplean el 20% de su tiempo, especialmente en la escuela secundaria. Simplemente estábamos quietos y atentos, del mismo modo que por la calle caminamos en lugar de saltar y pegar brincos como locos, y no se nos ocurre saltarnos lo semáforos porque sí.

Creo que estoy tratando de decir que actualmente hay una impresión errónea de que la educación solía funcionar sobre la base del autoritarismo del maestro y la implementación de una disciplina fuerte por parte de la institución. Esta no es mi impresión de mi propia educación en escuelas primarias y secundarias públicas. Funcionaban bien porque, insisto, los maestros eran respetados, los padres no socavaban su autoridad y los niños generalmente se comportaban bien, entendiendo que eran responsables de su propia progresión. Sin embargo, debido a Holt y muchos otros pedagogos que se rebelaron contra la enseñanza tradicional, ahora tenemos la oportunidad de hacer que el aprendizaje sea realmente emocionante, pero hemos perdido la disciplina personal necesaria para participar en el estudio. Tal vez debería culpar a Pink Floyd. Odio con toda mi alma su idiota himno de 1979 “Another Brick in the Wall” y su coro de niños cantando “No necesitamos educación / No necesitamos ningún control del pensamiento / Ni sarcasmo oscuro en el aula / Maestro, deja a los niños en paz” (traducido suena incluso peor), no solo porque quería una educación con toda mi alma, sino porque en mi experiencia la enseñanza había liberado mi pensamiento y nunca había encontrado sarcasmo, solo estímulo.

Sotolino es optimista y piensa que los maestros de primaria en particular ahora están empezando a ser mejor valorados, siguiendo la información que obtenemos en las noticias sobre el sistema finlandés. No estoy tan segura, pero en cualquier caso mi impresión es que la escuela secundaria sigue siendo la parte más problemática de la educación actual. En mis tiempos, la educación primaria terminaba a los 14 años, y muchos chicos y chicas elegían capacitarse profesionalmente. La extensión de la escuela secundaria a los 16 años en la mayoría de los países significa que los maestros se enfrentan todos los días a una gran ola de resistencia y rebelión adolescente, muy diferente de mi propia escuela secundaria, en la que los jóvenes de 14 a 18 años luchaban por ir a la universidad y, por lo tanto, eran menos propensos a poner en solfa la educación. Encuentro, volviendo a Sotolino y a la “Educación a través de la cabeza, la mano y el corazón” de Pestalozzi, que el corazón ha sido sobre-enfatizado y la mano descuidada; cuando la escuela habla de habilidades y competencias, siempre se refiere a la cabeza.

Lo que digo es que hay que diversificar la educación, acortar el segmento obligatorio, dar a la formación profesional el mismo estatus que la formación académica, hacer de la universidad de nuevo un lugar de generación de conocimientos y no de profesionalización y, sobre todo, respetar a los docentes. La solución no es tratar de entretener a los adolescentes descontentos, sino construir un mejor compromiso con el aprendizaje serio en todas las etapas de la educación. Esto no significa volver a un modelo autoritario sino celebrar la razón principal por la que creció la demanda de educación y se amplió la oferta: se llama superación personal y consiste en llegar lo más lejos que puedas en el desarrollo de tus capacidades, sin importar de qué tipo sean.

La cabeza, la mano y el corazón seguirán los pasos que impongas si estás decidido a sacar el máximo provecho de ti mismo, no más allá del conocimiento, sino más allá de lo que se requiere y se espera de ti. Si lo piensas, la forma en que se te enseña es al final mucho menos importante que la forma en que aprendes. No lo olvides.

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LA EVALUACIÓN DEL PROFESORADO: ¿PODEMOS POR FAVOR MEJORAR LA FORMA EN QUE LA HACEMOS?

He pasado varios días redactando el informe para mi evaluación como docente por parte de las autoridades regionales catalanas, un ejercicio que se realiza cada cinco años. Curiosamente, las autoridades españolas solo piden que solicitemos ser evaluados, también cada cinco años, y no he hecho ningún otro papeleo al respecto. Por el contrario, las autoridades catalanas exigen un informe largo (el mío se extiende a 18 páginas), seguido de tantos certificados como se puedan añadir, porque como sabemos aquí nadie confía en que los profesores universitarios hayan hecho realmente lo que decimos haber hecho. Mientras montaba las 65 páginas que el informe final ocupa (¡gracias Manuel por enseñarme que I Love PDF! existe ya a mezclar documentos), me pregunté qué burócrata las revisará. Mi impresión es que alguien usará la lectura de mi informe (tal vez solo echando un vistazo superficial) para justificar su tiempo de trabajo y no para realmente evaluar mi docencia. Sí, trabajamos para los burócratas.

Escribir este tipo de informes es inmensamente molesto porque se supone que debemos introducir toda nuestra información en la aplicación EGRETA, por lo que en teoría la propia aplicación debería generar cualquier documentación que necesitemos. En cambio, debemos hacer un seguimiento minucioso de cada cosa que hacemos actualizando constantemente nuestro CV en el ordenador de casa y, aun así, siempre perdemos de vista algo. Olvidé, por ejemplo, que las entrevistas anuales de evaluación con estudiantes de doctorado también cuentan para la evaluación. Mi impresión es que todo cuenta excepto lo que realmente sucede en el aula. He compilado para mis examinadores listas de cursos impartidos, disertaciones supervisadas, tribunales de los que he sido miembro, puestos administrativos y he escrito un largo ensayo sobre mi visión de la enseñanza en los últimos cinco años. Sin embargo, el segmento más débil ha sido el relacionado con la enseñanza en sí, porque, ¿adivinen qué?, las encuestas de los estudiantes sobre mi trabajo no fueron suficientes en número para que esa sección del informe fuera aceptable sin más pruebas.

Debo aclarar que la evaluación de los estudiantes sobre nosotros, el profesorado, solía hacerse en clase sobre papel tomando unos minutos prestados de cada asignatura. Esto consumía mucho tiempo y era costoso, por lo que la UAB optó por pasar las encuestas a una plataforma digital. El problema es que los estudiantes simplemente no están interesados en rellenarlas, lo cual entiendo totalmente. Yo misma solo me molestaría en completar una encuesta si quisiera decir algo muy positivo o muy negativo sobre el/la docente.

No realizo encuestas entre mis estudiantes al final del semestre, aunque puede que me equivoque al no hacerlas, pero revisando las que completaron, comencé a preguntarme si debería hacerlo. Una cosa que me gustaría hacer, después de este catastrófico curso académico en el que no he conseguido aprender mucho sobre los alumnos por la distancia (literal) que ha impuesto el Covid-19, es comenzar cada asignatura con un breve cuestionario para saber quién es cada estudiante como individuo con sus propios intereses y expectativas. Una joven miembro del personal que una vez fue mi estudiante me recordó que ya lo había hecho hace años, pero lo había olvidado. El problema de pasar una encuesta pidiendo opiniones al final del semestre es que para entonces es demasiado tarde para corregir nada, por lo que no estoy tan segura de que esto sea útil. Tal vez lo realmente útil es realizar encuestas (o sesiones de puesta en común) periódicamente, pero nunca lo he hecho y simplemente no tengo tiempo.

Los resultados de la encuesta que recibimos en la UAB consisten principalmente en números en una escala de 0-4 (no sé por qué, ya que usamos 0-10 con los estudiantes). Si obtienes, por ejemplo, un 3 en relación con la forma en que impartes tus lecciones, sabes que hay margen de mejora, aunque el problema es que sigues sin saber en qué sentido. En las encuestas a los estudiantes no se les hace este tipo de preguntas matizadas, sino que solo se les ofrece la oportunidad de ofrecer comentarios abiertos. En mi propia evaluación, no hubo muchos comentarios, pero en general el problema es que no sé qué cambiar o cómo mejorar lo que hago al leerlos. Creo que mi nota general fue lo suficientemente buena, y algunos estudiantes parecían satisfechos con mi trabajo, pero, claramente, otros no lo estaban. Realicé una sesión de debate al final de mi asignatura electiva de cuarto año en enero, y me pareció mucho más útil ya que pude hacer preguntas directas y valoré mucho que los estudiantes me ofrecieran una crítica constructiva muy directa. Con las encuestas oficiales, simplemente no la veo.

Hubo dos comentarios que se me han quedado clavados por diferentes razones, ambos provienen de estudiantes de segundo año. Un estudiante escribió en un comentario negativo “la profesora es muy orgullosa”, una descripción con la que me cuesta identificarme y que me hizo pensar en serio sobre cuándo había me había mostrado ‘orgullosa’ en clase y cuál es el significado de ese adjetivo. ¿El estudiante quiso decir ‘exigente’? Bueno, sí, soy muy exigente, pero tengo una tasa de aprobados del 90%. ¿Quería decir el estudiante que de alguna manera despreciaba a los estudiantes? Esa sería la primera vez en mi carrera docente ya de 30 años. Desearía, con todo mi corazón, poder preguntarle a este estudiante ‘¿qué quieres decir?’, ‘¿estaba teniendo un mal día?’, ‘¿te refieres en general a cada clase?’ El comentario me dolió, como es evidente, y me siento aún perpleja por su sentido.

En relación al otro comentario, simplemente no sé qué hacer. Alguien se quejó de que incluyo demasiados comentarios sobre pintura y arquitectura, y no los suficientes sobre el contexto general en el curso de Literatura Victoriana. Sucede que tengo una presentación de PowerPoint para pintura y otra para arquitectura, y alrededor de siete u ocho para contexto social, político y cultural, dejando de lado las de autores específicos. Utilizo, por lo tanto, aproximadamente una hora para pintura y arquitectura en una asignatura de cincuenta horas. Recuerdo haber escuchado a un estudiante quejarse al final de la sesión correspondiente de que la pintura y la arquitectura estaban fuera de lugar en un curso sobre Literatura, así que supongo que el comentario fue suyo (no logro recordar quién es). Todavía estoy atónita. Llevo a clase tantas imágenes como puedo de la época victoriana, y podéis estar seguros de que no voy a suprimir el pequeño segmento sobre pintura y arquitectura solo porque le molesta a un estudiante en cinco años de enseñanza.

Hubiera sido mucho más útil para mí si el estudiante en cuestión hubiera protestado en clase cuando estaba haciendo mi presentación contra su uso, porque entonces habría podido explicarme. Esto me lleva a lo que realmente pienso sobre las encuestas de los estudiantes, no lo que dicen en ellas, sino cómo están organizadas. Imagina que estás teniendo relaciones sexuales con alguien y crees que te estás comunicando bien en la cama, pero cuando termináis, esta persona va a una junta de calificación pública y comenta tu aptitud, y solo entonces descubres que el sexo fue malo. ¿Cuál es el propósito de contarle a una tercera persona los defectos de tu amante? Yo no lo entiendo. Eso es lo que siento. La relación entre un profesor y sus estudiantes no debe funcionar sobre el principio de emitir opiniones sobre la calidad de la docencia a través de una tercera persona (o de una web pública como Rate my Professor) sino directamente. No evalúo a mis estudiantes pidiéndole a un colega que por favor les diga cómo les va; los evalúo personalmente y si hay algún problema los convoco a una tutoría. Creo que deberíamos seguir el mismo sistema entre alumnos y profesores: si no funciono bien en clase, necesito saberlo lo antes posible y de la forma más abierta posible.

Obviamente, el principal inconveniente en esto es que los estudiantes difícilmente pueden ofrecer puntos de vista sinceros sobre el trabajo de los profesores a la cara por temor a ser castigados con una calificación más baja si estos son negativos. Así que tenemos que elaborar un sistema que excluya ese miedo. Una posibilidad es invitar a los estudiantes a canalizar sus preocupaciones a través del delegado de clase, o a dejar notas anónimas en el buzón del docente. Por supuesto, esto es terriblemente incómodo. Puedo ver a un estudiante dejando caer una nota protestando por la inutilidad de mis PowerPoints de pintura y arquitectura, pero no sabría cómo abordar el tema en clase sin romper su anonimato. Al menos obtendría algún tipo de indicio. Se necesita un grupo muy especial de estudiantes capaces de decirle a su profesor cómo mejorar su docencia, especialmente si alguno de ellos percibe al profesor como una persona ‘orgullosa’, para establecer un diálogo cómodo. Suspiro a fondo. Mis alumnos de cuarto curso parecían mucho más cómodos diciéndome qué mejorar porque me conocen mejor, así que tomo nota mental para hablar lo antes posible con los alumnos de segundo y para recibir su feedback lo antes posible, y para explicar mejor en cada punto qué estoy haciendo y por qué.

Como veis, no me preocupa conseguir un 4/4, aunque tengo mucha curiosidad por saber quién tiene la calificación más alta en el Departamento (me lo imagino), la Facultad y la UAB; a las calificaciones solo pueden acceder los profesores evaluados y el Coordinador de Grado. Creo que siempre habrá estudiantes insatisfechos, con inevitablemente algunos odiando mis entrañas y otros disfrutando de mi (supuesta) inteligencia, posiblemente en una proporción similar. Una vez, una profesora terrible y temible que solíamos tener en el Departamento nos dijo a mí y a una colega que nos preocupamos demasiado por las encuestas de los estudiantes, mientras que ella obtenía siempre calificaciones muy bajas y no por ello había cambiado su modo de enseñar. Escribiré aquí lo que le dije entonces: no me importan las calificaciones, me importa hacer bien mi trabajo. En ese sentido, mi calificación favorita es la tasa de aprobados del 90%, nunca he entendido a los maestros que están orgullosos de suspender a más de la mitad de la clase.

Resulta, así pues, que sí soy una profesora “orgullosa”, espero que no en el sentido problemático del que se quejó el estudiante, sino que estoy “orgullosa” de perder muy pocos estudiantes a lo largo del semestre y de que los que aprueban lo hacen en base a un trabajo serio y riguroso. Reflexionaré a fondo sobre cómo hablar con ellos con más fluidez y con más frecuencia sobre lo que hacemos juntos, aunque es poco lo que puedo hacer para convencer a la UAB de que mejore el modo en que se hacen las encuestas de los estudiantes. Una pena.

Publico aquí una entrada semanal (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). Los comentarios son muy bienvenidos. Los volúmenes anuales del blog están disponibles en https://ddd.uab.cat/record/116328. Si te interesa echar un vistazo, mi web es https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

MÁS SOBRE NO-FICCIÓN: ¿Y SI HABLAMOS DE PROSA FACTUAL?

Escribí hace casi once años —el tiempo vuela, sin duda— una entrada casi idéntica a la que planeaba escribir hoy: «Los otros libros: el problema de la no-ficción». Menos mal que la busqué antes de empezar a escribir hoy. Ese texto es una prueba de que estoy empezando a repetirme después de tantos años blogueando (comencé en septiembre de 2010), o, por contra, de que cada uno de nosotros tiene un conjunto de intereses e ideas fijas que realmente no varían a lo largo de los años, aunque podríamos tener la impresión de que la lectura constante debería tener un claro impacto en nuestro pensamiento.

Hace once años mencioné mi creciente alergia a las novelas (aún en aumento), que encontraba la etiqueta ‘no-ficción’ dejada (ahora me parece irritante), y que Lee Gutkind parece ser responsable de la etiqueta algo más elaborada ‘no-ficción creativa’, utilizada para distinguir la no-ficción con aspiraciones literarias del tipo puramente periodístico más pedestre (ver la revista homónima que Gutkind fundó). Mencioné entonces algunas listas: ‘100 best non-fiction books‘ todavía está disponible en el sitio web de la Biblioteca Moderna—a las que agregaré ahora la ambiciosa lista de Robert Crum para The Guardian que cubre cinco siglos y la lista de ‘Must Read Non-Fiction‘ en GoodReads. Wikipedia todavía tiene una entrada para ‘no-ficción’ con una desconcertante variedad de subgéneros, que incluso incluye ‘televisión factual’, es decir, documentales de televisión.

He estado pensando en la no ficción de nuevo estos días después de leer los cautivadores libros de Patrick R. Keefe Say Nothing: A True Story of Murder and Memory in Northern Ireland (2002) y Empire of Pain: The Secret History of the Sackler Dynasty (2021), y de no poder terminar The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power de Shoshana Zuboff (2019), un volumen clave para entender el siglo XXI y origen de la indispensable etiqueta ‘capitalismo de vigilancia’. Repasando los comentarios de los lectores en GoodReads con la esperanza de encontrar uno que me tentara a seguir leyendo (todavía no me he rendido), me encontré con muchas quejas contra la prosa poco amigable de Zuboff: “El estilo de escritura innecesariamente adornado hace que el contenido sea más difícil de comprender y retener”, escribió Lucy concisamente; otra lectora indicó que esto es típico de la no-ficción. Hannah Cook especificó que el volumen de Zuboff es como “una tesis doctoral” con su avalancha de datos, algo poco sorprendente, agregó Cook, ya que la autora es una profesora de Harvard. “No es que haya que escribir para los menos listos”, concluyó Cook, «pero esto libro se lee como si intentara deliberadamente ser hiper-intelectual y el resultado es un festival de bostezos gigante”. Hay una lección en todo esto sobre cómo la no-ficción basada en investigaciones intensivas, ya sea periodística (el caso de Keefe) o académica (el de Zuboff), debe generar libros que puedan consumirse sin esfuerzo suplementario.

Sin embargo, sigo confundida sobre por qué la no-ficción abarca un territorio tan amplio, al menos tal como utilizan la etiqueta los lectores, las editoriales e incluso los autores. Keefe menciona en una nota que escribe “no-ficción narrativa” y es cierto que sus dos libros cuentan una historia acompañada de una catarata de información. Su no-ficción es periodismo de calidad sobre individuos en circunstancias históricas y sociales de peso extendido al tamaño de un libro, y Keefe usa la narrativa para endulzar, según creo, la lectura de los pasajes más densos. Funciona muy bien. Me preguntaba, sin embargo, en qué se diferencia esto de The Monk of Mokha (2018) de Dave Eggers, un volumen que me mantuvo interesada en el mundo del café en Yemen a través de la historia del empresario estadounidense-yemini Mokhtar Alkhanshali, y llegué a la conclusión de que no se diferencia mucho, a pesar de que el libro de Eggers está cerca de ser unas memorias escritas por cuenta ajena en muchos momentos. Las memorias que he leído recientemente—Crying in H Mart (2021) de Michelle Zauner y Unorthodox: The Scandalous Rejection of my Hasidic Roots (2012) de Deborah Feldman—también son narrativa de no-ficción, pero, por supuesto, son una narración en primera persona, lo que no es común en el tipo de libros que escriben Keefe y otros periodistas. Como se puede ver, sigo confundida por la gradación del periodismo a las memorias ya que, hasta cierto punto, la no-ficción periodística puede ser personal sin ser exactamente unas memorias. Desde In Cold Blood (1966), de Truman Capote, que podría decirse que inaugura el ciclo actual de la no-ficción moderna hasta, por ejemplo, Stiff: The Curious Lives of Human Cadavers (2003) de Mary Roach, otra fascinante lectura reciente, el autor de no-ficción a menudo está presente en el texto, incluso cuando esto se presenta como puro reportaje.

Sigo, como hace 11 años, desconcertada por la ausencia general de la no-ficción en la universidad. La autobiografía y las memorias, lo que podría llamarse ‘escritura de vida’, han llamado mucho la atención y es común encontrar cursos y publicaciones, aunque no presentando este tipo de textos como no-ficción. Dudo, sin embargo, que alguien esté enseñando en cualquier grado de Literatura Inglesa otros subgéneros de no-ficción. Tal vez alguien podría estar enseñando literatura de viajes (el ‘diario de viaje’ o travelogue aparece en la lista de Wikipedia); después de todo, Bruce Chatwin ya es un escritor canónico, y se pueden incluir en la lista de lectura volúmenes tan deliciosos como Los viajes con un burro en las Cévennes (1879) de R.L. Stevenson, o los muchos libros escritos por mujeres viajeras Victorianas. Sin embargo, no veo a ningún especialista dedicando sus esfuerzos a enseñar, eligiendo al azar subgéneros en la lista de Wikipedia, manuales, divulgación científica, o incluso escritura académica en cursos de Literatura Inglesa. La no-ficción creativa se enseña a través de manuales y cursos universitarios, pero no se enseña como una categoría literaria en las titulaciones de Literatura Inglesa, que yo sepa.

Y, sí, llevo tiempo pensando en enseñar narrativa de no-ficción. Sin embargo, me quedé ojiplática cuando mencioné este proyecto en mi curso sobre películas documentales (2019-20), y un estudiante observó que sería una asignatura muy aburrida. Las películas documentales (para televisión, cine, plataformas de streaming o YouTube) son la rama audiovisual de la no-ficción, como expliqué, así que claramente lo que preocupaba a este estudiante era que leer no-ficción fuera aburrido. No creo que lo dijera porque conociera el género de primera mano sino porque imaginaba una aburrida y larga lectura de un libro lleno de datos (sí, al estilo de Zuboff). Curiosamente, este joven contribuyó a nuestro libro digital Focus on the USA: Representing the Nation in Early 21st Century Documentary Films un maravilloso ensayo sobre el exigente documental de Charles Ferguson Inside Job (2020), adaptación de su propio volumen de no-ficción Inside Job: The Financiers Who Pulled off the Heist of the Century (2012). Quizás la diferencia es que mientras que la película dura 110 minutos la lectura de las 371 páginas del libro lleva considerablemente más tiempo. No obstante, todavía sigo muy interesada en enseñar narrativa de no-ficción, y espero hacerlo en 2023-24, en una de mis asignaturas optativas orientadas a proyectos: no trabajaré con un conjunto cerrado de cuatro o cinco textos, sino que invitaré a los estudiantes a descubrir un conjunto que puedan disfrutar, y publicaré el libro digital de turno.

Este volumen aún quimérico, no es broma, podría ser la primera introducción académica a la no-ficción narrativa. Cambridge UP y Oxford UP, que publican companions introductorios hasta para el rincón más oscuro de la literatura inglesa, no tienen uno para la no-ficción. Me encantaría ofrecerme como voluntaria para editar ese volumen introductorio, pero nunca he publicado sobre no-ficción y no creo que esté cualificada. No veo, sin embargo, que haya un especialista posiblemente porque el territorio es tan vasto que es como llamarse especialista en la novela. Me encantará que alguien corrija mi pobre impresión y me inunde de bibliografía sobre la no-ficción, pero hasta ahora mi búsqueda de fuentes ha llevado a artículos dispersos sobre obras específicas, y solo tres volúmenes. The Art of Fact: Contemporary Artists of Nonfiction (Greenwood, 1990) de Barbara Lounsberry ofrece capítulos sobre Guy Talese, Tom Wolfe, John McPhee, Joan Didion y Norman Mailer; se puede tomar prestado. Pensé que The Art of Creative Nonfiction: Writing and Selling the Literature of Reality (Wiley, 1997), de Lee Gutkind, habría pasado por muchas reimpresiones, pero ni siquiera tiene una segunda edición. La tarea más exitosa de Gutkind es la edición para Norton de una antología de tres volúmenes, The Best Creative Nonfiction (2007-09), que posiblemente se esté utilizando en cursos universitarios. Mi búsqueda en Google me ha llevado a diversos cursos de escritura creativa, pero, insisto, no a cursos de Literatura Inglesa.

Tal vez, se podría pensar, esto es correcto ya que prácticamente ningún género en prosa a parte de la novela tiene un lugar central en los grados de Literatura Inglesa o Estudios Ingleses, con las notables excepciones de la autobiografía y las memorias. Las listas que he mencionado anteriormente demuestran, sin embargo, que hay muchos volúmenes de calidad para elegir tanto para ofrecer asignaturas como para la investigación. Sin embargo, al igual que el estudiante en mi clase de cine documental, los docentes investigadores parecen creer colectivamente que la no-ficción es aburrida y solo podría conducir a asignaturas aburridas en comparación con la enseñanza de ficción. Opino que esta es una percepción errónea, a la que llego después de disfrutar mucho de obras de no-ficción basadas en una buena investigación, y escritas estupendamente en comparación con las aburridas novelas de cualquier género de los últimos años. Pienso que equiparar literatura con novela, y secundariamente teatro y poesía, es un grave error que ha privado a los estudiantes de una educación proveniente de otras obras en prosa no solo mucho más sofisticadas sino también una fuente magnífica de aprendizaje. No estoy diciendo que debamos dejar de leer novelas, sino que la experiencia humana también se retrata en otros tipos de textos narrativos y no narrativos no ficticios.

Escribí en mi post de 2011 que llamar a un libro ‘no-ficción’ es como llamar a los hombres ‘no-mujeres’, lo cual es una aberración y ciertamente causaría mucha ofensa (dejad de usar el adjetivo ‘no-blanco’, por favor). Ofrezco ‘prosa factual’ como alternativa, tal como Wikipedia ofrece ‘televisión factual’, ya que lo opuesto a la ficción es lo factual, no lo no-ficticio. Un tal Walter Blair ya usó la etiqueta en 1963 para un libro llamado Factual Prose: Introduction to Explanatory and Persuasive Writing (Scott & Foresman, 1963), así que tal vez valga la pena rescatarla. No es muy sexy, pero al menos es más precisa que no-ficción. Quedo, en todo caso, a la espera de mejores sugerencias.

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SOBRE LOS QUE ACOSAN, LOS TIRANOS Y SU SENTIDO DEL PRIVILEGIO: ¡PARADLOS YA!

NOTA: comento que esta es la traducción de mi entrada en inglés “On bullies, tyrants, and their sense of entitlement: Stop them now”, y que no existe en castellano un equivalente exacto de ‘entitlement’ (ni de ‘bully’). ‘Entitlement’ se traduce a veces por ‘derecho’ y otras por ‘privilegio’, pero pienso que ‘to feel entitled’ debe traducirse por ‘creerse con derecho’ a lo que sea.

Mientras escribo, el armamento nuclear ruso ya está listo para atacar cualquier lugar del mundo y tanto los medios de comunicación como las redes sociales están debatiendo si el Presidente ruso Vladimir Putin podría eventualmente ordenar una ofensiva, y contra quién. Para asombro del mundo, los ucranianos siguen resistiendo y Kyiv no ha caído aún después de seis días de combates. Las tácticas de invasión convencionales están siendo desplegadas por los rusos con menos éxito de lo que esperaban, pero, al mismo tiempo, Putin aún no ha amenazado directamente a Ucrania con la devastación nuclear. En esta situación extremadamente volátil, mientras Putin pierde el respeto del pueblo ruso y de la mayoría de las personas en el mundo, el Presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy, un cómico que ganó las elecciones de 2019 prometiendo poner fin a la corrupción, se ha convertido en un gran líder, eligiendo quedarse en Kyiv en lugar de aceptar el rescate que ofrecieron los estadounidenses.

Quiero usar mi entrada de hoy para leer la agresión rusa contra Ucrania en términos de género, ya que soy una feminista que enseña e investiga en el marco de los Estudios de Género. El contraste entre Putin y Zelenskyy sirve para comparar dos tipos de hombre, demostrando que mientras que la masculinidad en general no es la culpable del tipo de brutal violencia que es la guerra, la masculinidad patriarcal es de hecho culpable de los peores crímenes contra la humanidad. Putin está siendo comparado en estos días con Adolf Hitler y como soy la autora de un libro llamado Masculinity and Patriarchal Villainy in British Fiction: From Hitler to Voldemort (2019), también tengo algunas ideas que compartir sobre el tirano ruso. La tesis que defendí en el libro es que el comportamiento atroz de Hitler fue la culminación de un patrón que vincula al villano ficticio y al villano de la vida real como representantes de la masculinidad patriarcal. La definí como el tipo de masculinidad machista, sexista, misógina, LGTBIQ+ fóbica, racista y generalmente segregacionista, solo interesada en acumular el mayor poder posible para probarse a sí misma.

El patriarcado—que no es lo mismo que la masculinidad sino un subconjunto hegemónico como han teorizado Raewyn Connell y Michael Kimmel—atrae a los hombres prometiéndoles una parte del poder que tienen los hombres hegemónicos. Aunque esta es una promesa hueca, muchos hombres caen en ella, creyendo que tienen derecho al poder patriarcal, pero encontrándose generalmente desempoderados, o menos empoderados de lo que desearían estar. Si su sentimiento de desempoderamiento es alto, ha explicado Kimmel, esto les lleva a atacar a otros menos empoderados que ellos, un comportamiento que explica la intimidación de los acosadores de todo tipo, el abuso relacionado con la pareja, la criminalidad aleatoria desde el asesinato en serie hasta el terrorismo, y así sucesivamente. Por lo general, los mecanismos de control, desde la presión de grupo hasta la intervención judicial, funcionan, y los aspirantes a tiranos acaban desempoderados de una manera u otra. En varios casos, sin embargo, los tiranos en ciernes se hacen fuertes en el poder utilizando la pura violencia, dentro de círculos criminales o políticos, hasta que simplemente no pueden ser detenidos; o se necesita un esfuerzo masivo—como la Segunda Guerra Mundial, tal vez la Tercera Guerra Mundial—para detenerlos.

Para el capítulo sobre Hitler en mi libro seguí a Kimmel pero también al biógrafo británico de Hitler Ian Kershaw, para dejar de lado las trivialidades biográficas y leer al Führer no como un individuo excepcional sino como un caso excepcional de villanía patriarcal que supera todos los controles contra el empoderamiento excesivo. Hitler, un hombre oscuro con muchos problemas personales, podría haber fracasado en sus planes de empoderarse si la sociedad alemana hubiera sido capaz de imponerle los controles necesarios. La situación, sin embargo, era tan frágil después de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, la crisis de 1929, el ascenso del fascismo en Italia, etc., que en lugar de ser acorralado, Hitler fue respaldado. Recordemos que ganó una elección democrática legítima en 1933 antes de organizar el golpe que lo convirtió en el dictador total de Alemania. Este es un mecanismo que hemos visto en funcionamiento recientemente en los Estados Unidos, donde la democracia estadounidense casi murió el 6 de enero de 2021, después de que el Capitolio fuera asaltado por fascistas pro-Trump. Hitler, Trump o Putin, como se puede ver, no son importantes como individuos, como hombres. Lo que importa aquí es que los mecanismos democráticos estén en su lugar para que ningún tirano pueda levantarse. Estos hombres son la prueba de que el mecanismo para evitar que los villanos se empoderen en exceso a menudo falla, mucho más cuando, como sucede en Rusia, nunca han estado realmente en su lugar.

En el funcionamiento normal de las cosas, los hombres y mujeres que llegan al poder en los sistemas políticos democráticos están motivados por un sentido de servicio mezclado con la ambición personal de dejar su huella en la Historia. Por supuesto, todos desean empoderarse y actuar siguiendo sus propios principios e ideas sin obstáculos, pero se supone que la oposición y los votantes deben frenar ese instinto. La mayoría de los políticos en el mundo, a cualquier nivel, entienden que hay líneas rojas que no se pueden cruzar, aunque, obviamente, muchos las cruzan a diario para enriquecerse a través de la corrupción.

J.R.R. Tolkien habla en El Silmarillion y en El Señor de los Anillos de dos tipos de poder: el poder de creación y el poder de dominación. El primer tipo es buscado por las personas que piensan que pueden hacer el bien a título individual o colectivo, mientras que, como trasluce a través de los ejemplos tolkienianos de Morgoth y Sauron, el poder de dominación necesita expresarse a través de la opresión, la explotación y la sumisión violenta. Se necesita una alianza de seres divinos y elfos para poner a Morgoth en prisión para siempre (él es inmortal) y se necesita una segunda alianza de elfos, hombres, enanos y hobbits para expulsar a Sauron (otro inmortal) de Mordor. Tolkien había luchado en la Primera Guerra Mundial y entendía muy bien cómo procede la masculinidad patriarcal: su necesidad de empoderamiento es una necesidad de dominación, y se basa, aquí está la clave principal, en creerse con derecho a lo que uno desea.

Todo el mundo se siente con derecho a algo. Si se trata de la felicidad o de gobernar el mundo entero depende de la cuota de poder que tengamos. Una persona sin poder alguno, un esclavo, ni siquiera puede contemplar sentirse con derecho a nada, mientras que una persona con un fuerte sentido de derecho al poder hará cualquier cosa para aplastar a sus enemigos y rivales. Estamos viendo esta maquinaria en funcionamiento en los partidos nacionales de derecha españoles, con la repentina caída en desgracia del Presidente del PP, Pablo Casado, por atreverse a interferir con la Presidenta regional de Madrid, Isabel Ayuso, y en Vox, que promete empoderamiento a hombres y mujeres que sienten que están siendo maltratados por la opinión popular progresista y los partidos de izquierda.

Las mujeres, como se puede ver, sienten tanto sentido de derecho al poder como los hombres, pero el sexismo hasta ahora les ha impedido promulgar esa necesidad más allá de un cierto nivel (el de Margaret Thatcher como primera ministra de Gran Bretaña, 1979-1990). Si los hombres y las mujeres siempre hubieran sido tratados por igual, no estaría ahora hablando de masculinidad patriarcal sino de humanidad oligárquica. Sin embargo, el hecho es que el sentido del derecho al poder de las mujeres ha sido duramente suprimido a lo largo de la Historia. El feminismo ha liberado a muchas mujeres de sus grilletes, pero puede haber creado monstruos al invitar a todas las mujeres a defender sus decisiones; decisiones que lamentablemente también incluyen, como sabemos ahora, ser unas fascistas que aspiran a gobernar su territorio.

Si el sexismo no hubiera sido un factor importante en la Historia, así pues, no hay razón para suponer que nunca habría habido una Isolde Hitler, una Charlotte Trump, o una Natalia Putina desempeñando el mismo papel que sus homólogos masculinos de la vida real. Los matones prehistóricos, sin embargo, pronto descubrieron que los hombres violentos siempre tenían la ventaja, ya sea siendo ellos mismos directamente violentos u ordenando a otros que lo fueran; así impusieron en la Edad de Hierro el régimen patriarcal que ahora está llevando al cambio climático y al holocausto nuclear. Este régimen supremacista masculino basado en satisfacer el sentido del privilegio y el derecho, y la necesidad de empoderarse para la dominación de un cuadro selecto de hombres villanos sigue gobernando el mundo, a pesar de la existencia de muchas naciones pacíficas, en su mayoría gobernadas por hombres y mujeres que entienden que las guerras de conquista y expansión no han traído nada positivo en los últimos miles de años. Aunque solo fuera hipócritamente, dado su historial en Vietnam, Afganistán e Irak, los Estados Unidos cimentaron su reputación mundial sobre la base de que ninguna otra guerra de conquista debe ser tolerada. Expusieron su tesis masacrando a los ciudadanos de Hiroshima y Nagasaki con monstruosidades nucleares porque se sentían con derecho a poner fin a sus vidas, pero todavía sostienen el argumento de que a nadie más se le debe permitir promulgar un sentido similar del derecho sobre las vidas de los demás.

Esto me lleva de nuevo al Presidente Putin, cuyo creerse con derecho a poseer Ucrania y posiblemente otras naciones de Europa—ha amenazado directamente a Finlandia y Suecia—ha despertado repentinamente, en un momento en que su poder sobre Rusia parece indiscutible y después de décadas presentándose internacionalmente como un déspota sin ambiciones imperiales. Especularé que Putin, de 69 años, está pasando por una crisis personal relacionada con su envejecimiento como hombre, dada su autopresentación ultra-masculina—creo que ese es el problema de fondo—pero estoy más interesada en cómo funcionan los mecanismos para controlar su comportamiento desbocado. El escenario de guerra en Ucrania va acompañado de otras medidas no militares en otros lugares: manifestaciones masivas, exclusión financiera, presión a China para que deje de respaldar la guerra, etc. Tanto la OTAN como la UE han descartado la confrontación militar, aunque veremos qué sucede si Putin pone un pie en Polonia. Dentro de Rusia, los manifestantes anti-Putin se arriesgan a ser detenidos y a sufrir castigos peores, los influencers publican mensajes contra la guerra constantemente, y los multimillonarios comienzan a quejarse. Sin embargo, no hay señales (¿todavía?) de un posible golpe de Estado: un diputado solitario, del Partido Comunista, fue el único que se opuso a la guerra en el abarrotado Parlamento de Rusia. Lo que está en juego, insisto, no es realmente cómo se debe detener a Putin, sino cómo se debe detener a cualquier villano de su tipo. Mañana podría ser Kim Jong-Un decidiendo invadir Corea del Sur y lanzar una ráfaga de misiles nucleares. Sin embargo, y aquí es donde la situación coge tintes aterradores porque en este momento, a menos que un hombre ruso honorable se tome en serio el problema de cómo frenar a Putin para siempre, no hay un mecanismo firme que le pueda parar los pies.

Tal como están las cosas ahora, Ucrania y tal vez el mundo están siendo sacrificados a las necesidades personales de un hombre patriarcal blanco al borde de la vejez que no se siente satisfecho con gobernar Rusia. Un general alemán fue despedido por argumentar en público que los temores de Putin de que Rusia no esté lo suficientemente segura si Ucrania se une a la OTAN o a la UE deben abordarse. Estoy de acuerdo en que sus temores deben ser abordados, pero no los relativos a Ucrania. Es urgente entender por qué uno de los hombres más poderosos de la Tierra se siente repentinamente tan desempoderado que necesita arremeter contra todos, tal vez acabando con el planeta. Lo que me hizo llorar tanto el domingo pasado, cuando escuché el anuncio de Putin sobre la preparación de su arsenal nuclear, no fue solo puro miedo sino ira contra la renuencia a aprender lecciones que tanto los Estudios de Género como el pasado histórico nos enseñan; preferimos presentar a monstruos como Hitler como una aberración desconcertante, cuando son de hecho patriarcas transparentes y fáciles de entender. Mientras cerramos los ojos a la naturaleza de la masculinidad patriarcal, tenemos que soportar que algunos idiotas arremetan contra el perfil supuestamente bajo que las feministas están manteniendo en esta guerra (hablo del TikToker @notpoliticalspeaking, ver https://www.dailymail.co.uk/femail/article-10560821/Man-SLAMMED-saying-unfair-men-fight-war-Ukraine-children-women-leave.html).

Luchad contra esa masculinidad patriarcal en las calles o en línea, pero detenedla por cualquier medio o ese monstruo patriarcal ruso destruirá a todas las demás personas en la Tierra. La situación es ahora mucho más grave que con Hitler, y mucho más urgente. El genocidio absolutamente espantoso que él cometió podría palidecer por comparación con el genocidio planetario que pronto podríamos presenciar, si es que alguien sobrevive.

Publico aquí una entrada semanal (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). Los comentarios son muy bienvenidos. Los volúmenes anuales del blog están disponibles en https://ddd.uab.cat/record/116328. Si te interesa echar un vistazo, mi web es https://gent.uab.cat/saramartinalegre/

CANCIONES DE EMPODERAMIENTO: LAS MUJERES EN LA MÚSICA POPULAR DEL SIGLO XXI

Primero, una nota. Este es la primera entrada que publico en la fecha en que la he escrito después de cuatro meses de silencio, provocado por el ciberataque que afectó a la Universitat Autònoma de Barcelona el 11 de octubre de 2021 (el blog está alojado en los servidores de la UAB). Sabía que los textos no se iban a perder, ya que guardo copias separadas, pero en un momento dado creí que tendría que reconstruir todo el blog desde cero (once años publicando, más de 500 entradas). Esto no ha sucedido, pero aprendí una lección importante sobre la fragilidad de los medios digitales y lo efímeros que son. La semana pasada publiqué las doce entradas que escribí entre el 11 de octubre de 2021 y el 10 de enero de 2022. Las siguientes cinco semanas de silencio entre esa fecha y hoy se deben a que finalmente perdí el impulso de escribir sin imaginar un público lector. No sé quién me lee, y nunca he comprobado las estadísticas, pero me doy cuenta de que cada blog necesita una audiencia, aunque solo sea imaginaria. Gracias por estar ahí.

En esas cinco semanas he estado muy ocupada editando el décimo e-book que he publicado con estudiantes de la UAB (ver la lista completa aquí). El libro se llama Songs of Empowerment: Women in 21st Century Popular Music y se puede descargar de forma gratuita (en .pdf y .epub) del repositorio digital de la UAB. En sus más de 300 entretenidísimas páginas, el lector puede encontrar los análisis que los estudiantes han escrito de una selección de más de 60 canciones, cantadas por artistas actualmente activas que utilizan el inglés en sus letras. Cada ensayo consiste en una presentación biográfica de la artista, seguida de un comentario sobre la canción, centrado principalmente en la letra, y del video musical. Las canciones van desde 2000 (“Spinning Around” de Kylie Minogue) hasta 2021 (“Good Ones” de Charli XCX). El libro no es, sin embargo, una historia de las mujeres cantantes en el siglo XXI, sino una selección basada en las preferencias de las estudiantes. Es una especie de instantánea de cómo sonaba la música de las mujeres en el otoño de 2021, cuando enseñé la asignatura de la que deriva este libro digital. Y, sí, viene con una lista de Spotify, compilada por una de los estudiantes.

Esta es la primera vez que enseño un curso sobre música, y esto requiere algún tipo de justificación por ser, como soy, profesora de Literatura. Es obvio para mí que la mayoría de nosotros, nacidos en la década de 1960 y más tarde, que elegimos estudiar para obtener un título en Filología Inglesa o Estudios Ingleses lo hicimos (o lo hacemos) por un interés en la música anglófona. Siempre he sido una lectora entusiasta, pero mi iniciación en el inglés fue a través de las canciones que intentaba traducir minuciosamente tan pronto como compraba cualquier álbum nuevo. La música, sin embargo, básicamente pop y rock, nunca ha sido una parte integral de los Estudios Ingleses en España, y aunque constantemente me decía a mí misma que debería impartir un curso sobre este tema, procrastiné hasta que perdí la capacidad de trabajar mientras escuchaba música. Con el tiempo dedicado a la música reducido prácticamente a cero, decidí que la oportunidad de presentarme ante los estudiantes fingiendo que conocía las tendencias actuales se había esfumado. Esto cambió el año pasado cuando supervisé un maravilloso Trabajo de Fin de Grado de Andrea Delgado López sobre el video musical de Childish Gambino «This is America». Andrea también hizo unas prácticas de investigación conmigo que usamos para que ella produjera un libro breve llamado American Music Videos 2000-2020: Lessons about the Nation. Andrea escribió para cada uno de los veinticinco videos analizados un breve ensayo que presentaba a los cantantes, la canción y el video, y esto me dio la idea para el e-book.

Les presenté a mis estudiantes en la optativa ‘Estudios Culturales’ (2021-22) el libro electrónico proyectado, confesando cándidamente que no tenía idea de lo que estaba sucediendo en el mundo de la música popular en 2021. Tendrían que enseñarme. Como creía que no podíamos cubrir todo lo relevante en un solo volumen, nos centramos en las mujeres artistas, y me centraré el próximo año en los artistas masculinos con mis estudiantes de máster en un proyecto similar. Traje a clase una lista muy larga de unas cien mujeres cantantes, todas ellas activas, y les pedí a las estudiantes que eligieran dos cada una, como así hicieron, agregando algunas sugerencias nuevas. Les di, así pues, tanta libertad de elección como me fue posible, aunque me aseguré de que los nombres principales recibieran la debida atención (algunos, como St Vincent o Kacey Musgraves, no están, tampoco Alanis Morrissette). Extendí esta libertad de elección a las canciones, que los estudiantes seleccionaron en función de sus preferencias y también pensando en si la combinación de canción y video sería lo suficientemente productiva para sus ensayos. En una sesión de debate a final del curso, algunos me dijeron que había sido una gran dificultad combinar canciones y videos, ya que muchas canciones favoritas no tenían video musical, o porque encontraron los videos menos interesantes que las canciones. Me encantan los videos musicales, extraños hijos bastardos del cine y la publicidad, por lo que nunca consideré la opción de centrarnos sólo en la canción. Dada, además, nuestra falta de formación en música, temía que los estudiantes no pudieran escribir ni siquiera unos pocos cientos de palabras sobre letras que a menudo son muy básicas a nivel poético o literario.

Algo bastante peculiar ha sucedido en relación con la tesis principal detrás del libro. Originalmente, anuncié que organizaríamos las presentaciones en clase de las canciones y videos (utilizadas como ensayo o pre-borrador de los artículos) en torno a la cuestión de si las canciones que las cantantes pop cantan hoy en día son empoderadoras. Poco a poco, perdimos de vista esa pregunta, ya que nos preocupamos principalmente por cómo continuar las presentaciones sin internet en el aula debido al ciberataque. Nos interesamos tanto por las particularidades de cada cantante, desde la popularísima Jennifer Lopez hasta la estrella indie Mitski y tantas otras, que la noción de empoderamiento perdió el enfoque. La debatimos todo el tiempo indirectamente, principalmente comentando la autopresentación de las artistas y si sus decisiones podrían llamarse feministas y también otros temas como la raza o la clase; nos parecía que la depresión y el abuso, una constante en las biografías de la mayoría de los cantantes, eran de alguna manera antagonistas de cualquier noción de empoderamiento.

Sin embargo, a medida que revisaba el segundo borrador de los artículos, noté que las estudiantes no habían perdido en absoluto de vista la noción de empoderamiento, y de hecho habían abordado sus ensayos principalmente para explicar cómo esta no está en contradicción con que las mujeres hayan sido radicalmente desempoderadas por el patriarcado. Es decir, el hilo conductor del e-book es cómo las mujeres cantantes, a pesar de ser en algunos casos bastante poderosas, son sometidas constantemente a abusos (mentales, físicos, incluso comerciales) y deben enviarse mutuamente mensajes a favor del auto-empoderamiento. Este mensaje no es enviado, como asumí, por canciones que celebran la fuerza natural femenina, sino por canciones que admiten con franqueza que la fuerza a menudo nace de la vulnerabilidad. En ese sentido Madonna, aunque sigue siendo la Reina del Pop, no es representativa sino, más bien, Rihanna, cuyo rostro maltratado todos recordamos y, sin duda, Lady Gaga.

Aunque con variaciones, la mayoría de las canciones del libro (y, creedme, son una selección muy representativa) tienen el mismo discurso: la cantante describe cómo se enamoró de un hombre que resultó ser abusivo o simplemente decepcionante, a continuación habla de lo difícil que fue romper con este hombre debido al fuerte control del amor sobre su mente y cuerpo; y, finalmente, cómo esta experiencia trajo empoderamiento al enseñarle a la mujer que ella, y no un hombre, debe ser el centro de su propia vida. Descubrí que con pocas excepciones (como “I’m Gonna Getcha Good!” de Shania Twain y tal vez “WAP” de Cardi B y Megan Thee Stallion), la expresión del deseo heterosexual femenino hacia los hombres ha sido reemplazada por la expresión de una desilusión constante con el amor heterosexual y la masculinidad. Con las canciones, las mujeres no solo expresan sus sentimientos personales, sino que también tienen como objetivo brindar apoyo a otras mujeres, invitándolas a discutir sus propios puntos de vista sobre el amor. La clásica canción de amor con la tríada “Te amo”, “Te quiero”, “Te necesito” ha sido reemplazada por “Una vez te amé y te quise, pero ahora ya no te necesito”; “Sobreviviré” es ahora “Por supuesto que sobreviviré, ¿por qué no iba a hacerlo?” En segundo lugar, también hay un discurso paralelo sobre la feminidad, que por un lado expresa una gran admiración por la superioridad de las mujeres (“God is a Woman” de Ariana Grande, “I Am not a Woman, I’m a God” de Halsey) y al mismo tiempo un cierto reconocimiento de las imperfecciones (como en la canción homónima de Celine Dion), que deben ser aceptadas tal como son. No tengo espacio aquí para comentar cada una de las más de sesenta canciones (por favor, leed el libro) pero creo que estas son las líneas principales.

En clase otro tema que surgió de forma recurrente es cuánta presión deben soportar estas mujeres cantantes por parte de las redes sociales. Desde que los videos musicales se hicieron populares después del establecimiento de MTV a mediados de la década de 1980, las mujeres cantantes han tenido que aceptar una exposición constante de sus cuerpos a la mirada del público. Los grabaciones de los videos, las sesiones de fotos e incluso las actuaciones están sujetas, sin embargo, a un marco de tiempo limitado. Las redes sociales no lo están, lo que significa que las cantantes femeninas actuales deben publicar a diario sobre sus actividades, su apariencia y sus vidas privadas tratando de complacer a los fans, pero también luchando contra los haters. Hace apenas una semana, Charlie XCX anunció en Twitter que se está tomando un descanso de las redes sociales, cansada del monitoreo interminable y de los comentarios airados de sus propios fanáticos: “He estado lidiando bastante con mi salud mental en los últimos meses y obviamente esto hace que la negatividad y la crítica sean más difíciles de manejar cuando me encuentro con ellas, y por supuesto, sé que esta es una lucha común para la mayoría de las personas en estos tiempos”. Así es, de hecho, pero debido a cómo las líneas entre ser una celebridad y ser una artista pop se han difuminado, muchas mujeres cantantes como Charlie XCX están soportando un peso extra que pocos otros profesionales deben soportar. Me parece que la presión es mucho más ligera sobre los cantantes masculinos.

El próximo año, como he señalado, trataré en clase de los hombres en la música popular actual. Ya tengo una lista de nombres mayores y menores, y me estoy preparando para el aluvión de letras sexistas y misóginas, particularmente las que provienen del rap. Me digo, sin embargo, que estas letras deben ser analizadas, también los videos musicales, desde una perspectiva lo más constructiva posible. No sé, sin embargo, qué nos dirá el libro electrónico resultante. Solo espero que no se llame Songs of Entitlement/Canciones de privilegio, aunque mi temor más profundo es que ese sea su título.

Publico aquí una entrada semanal (me puedes seguir en @SaraMartinUAB). Los comentarios son muy bienvenidos. Los volúmenes anuales del blog están disponibles en https://ddd.uab.cat/record/116328. Si te interesa echar un vistazo, mi web es https://gent.uab.cat/saramartinalegre/