Sus √ļltimas palabras

El Sol agonizaba en el horizonte carmesí mientras el filósofo yacía sobre el pétreo mármol. A corta distancia, el joven escriba tomaba nota de todo cuanto acontecía.

Formando un c√≠rculo alrededor, sus numerosos disc√≠pulos aguardaban, expectantes, las √ļltimas palabras del maestro antes de adentrarse por siempre en la oscuridad. Un pestilente olor a cicuta impregnaba el aire de la estancia.

De pronto, el sabio ateniense apretó los párpados y sus tumefactos labios se entreabrieron apenas para susurrar unas palabras:

-Queridos amigos, ahora que muero ya no temo a los que me condenaron. Nada me impide pues desvelaros el gran secreto que el dios Apolo me revel√≥ cuando durante mi juventud acud√≠ al or√°culo…

Pero el viejo maestro sufrió un desvanecimiento. Entonces, varios de sus discípulos lo alzaron en brazos y lo condujeron hasta el galeno, quien le practicó un lavado de estómago.

Era el trig√©simo intento en el √ļltimo a√Īo para escuchar al fin ¬ęsus √ļltimas palabras¬Ľ. La pr√≥xima vez calcular√≠an mejor la dosis de cicuta.