Mariposas del alma

En la mente de un niño el futuro es un sueño del que se demora en despertar. Entre los juegos y las clases en la escuela, los días transcurren felices sin mayor preocupación que la de responder con acierto a las difíciles preguntas de los maestros, aguardando con ansiedad apenas reprimida a que llegue la hora de la merienda: ese ritual incomparable que en mi infancia consistía en devorar el pan con nocilla que me preparaba mamá, mientras disfrutaba de las travesuras protagonizadas por los payasos de la tele o los personajes de Barrio Sésamo.

El profesor Alonso, tocayo del famoso hidalgo cervantino, aunque más conocido como nuestro tutor de séptimo de EGB, irrumpió en nuestras vidas como un soplo de aire fresco. Recuerdo que era un buen mozo oriundo de León, de torso y brazos musculados. Sus cabellos, negros y lacios, caían en graciosa cascada tapándole las orejas, lo cual le daba una apariencia desenfadada. Por debajo de sus redondas gafas, exhibía una sonrisa franca, nada forzada, que vertía simpatía a raudales.

Aquel añorado maestro tenía la virtud de hacer atractiva a nuestros ojos pueriles cualquier materia o concepto, aderezando la árida explicación con alguna anécdota, o bien asociando el abstracto símbolo o la insondable fórmula con una imagen amigable, con algo familiar que hiciese que aquel nuevo conocimiento echase raíces en nuestra mente, habitando allí para siempre.

Un día, en clase de matemáticas, el joven profesor decidió hablarnos del símbolo del infinito: un ocho recostado que, al parecer, no tenía ni principio ni fin. Ni corto ni perezoso, alguien le preguntó por el origen de aquel garabato tan raro. Su respuesta se me quedó grabada a fuego: “si os fijáis un poco, veréis que en realidad se trata de una mariposa que extiende sus alas al universo infinito.” ¡De todas las gargantas infantiles brotó un sonoro ooohhh!

También nos impartía la asignatura de música. Pero no nos obligaba a tocar la flauta, o mejor dicho a soplar por la boquilla emitiendo notas desafinadas que a veces se asemejaban a barritos de elefante. Lejos de aburridas clases, nos sorprendía con propuestas de lo más originales, como aquel día que yo le comenté que estaba aprendiendo a tocar la batería.

—Baldo, tráete el próximo día de clase tus baquetas. Ya verás qué cosa tan guay que vamos a hacer todos juntos…

—¿Pero debo prepararme algo? –pregunté expectante.

—¡No te preocupes, improvisaremos!  -exclamó nuestro profesor frotándose las manos vigorosamente.

Al fin llegó el gran día y nuestro director de orquesta repartió los diferentes papeles entre el improvisado elenco de músicos en que nos habíamos convertido los alumnos. A mí me tocó tomar asiento en una silla frente a todos mis compañeros. Una segunda silla hizo la función de tambor. Estaba un poco nervioso, lo cual en aquella época venía acompañado de un súbito enrojecimiento de cualquiera de mis orejas. Y esto último era lo que me provocaba la sensación más desagradable, por encima de todo.

De pronto, el maestro introdujo una cinta en el radiocasete que acostumbraba a traer para hacer la clase de música, y un ritmo hipnótico de tambores surgió de los altavoces, expandiéndose a través del aire que nos envolvía, penetrando en nuestros cuerpos, cautivos de aquella secuencia de sonidos repetitivos comparable al bombeo de un gran corazón.

—¡Baldo, sigue el ritmo con las baquetas! –ordenó el profesor Alonso al tiempo que agitaba sus brazos, dirigiendo a la supuesta orquesta.

Yo obedecí sintiendo que la emoción me embargaba.

—¡Y ahora vosotros, dad tres palmadas seguidas al compás de la música! –exclamó nuestro tutor dirigiéndose a mis compañeros.

Tuvieron que transcurrir muchos años antes de que descubriese el título de la canción que nos había inspirado aquella improvisación tan mágica, tan distinta a las aburridas clases de costumbre. Se trataba de Vuelo nocturno a Venus, del grupo alemán Boney M.

El final de aquel curso coincidió con la despedida del maestro Alonso, de quien no he vuelto a tener noticia. Ignoro si a mis entonces compañeros de colegio les sucedió lo mismo, pero lo cierto es que a mí me dejó un recuerdo imperecedero. Si tengo que explicar con palabras en qué medida influyó sobre mi personalidad, diré que las débiles orugas que hasta entonces vivían acurrucadas en los laberintos de mi cerebro por fin se desperezaron, transformándose en unas voluptuosas mariposas, de vivos colores, que emprendieron el vuelo, hacia el planeta Venus.

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