¬°Sequere me!

En esta nueva edici√≥n del concurso de El Tintero de Oro se trata de escribir un relato de un m√°ximo de 900 palabras, donde se describa un conflicto de pareja en tono humor√≠stico. Debo confesar que nunca he escrito un relato de humor como tal, por eso mismo estas pasadas fiestas navide√Īas me puse manos a la obra, esforz√°ndome al m√°ximo para escribir una historia lo m√°s original posible, y que sobre todo os arrancase una sonrisa en una √©poca tan aciaga como la que estamos viviendo. ¬°Un fuerte abrazo! ¬°Ah!, y como dice el t√≠tulo escrito en lat√≠n: ¬°S√≠gueme!

Ma√Īana al fin marcharemos hacia Hispania. El joven Plinio y yo nos hemos internado en las concurridas callejuelas del barrio de Regio II, convencidos de que los efluvios del vino apuntalar√°n nuestro valor.

A medida que avanzamos por la v√≠a Aca Larentia, dedicada a la lupa que amamant√≥ al fundador de Roma, contemplamos a izquierda y derecha los innumerables lupanares que al cresp√ļsculo abren sus puertas. En cada uno de ellos, un enorme falo de color bermell√≥n, clavado en la aldaba de la entrada, anuncia los servicios lujuriosos que all√≠ se ofrecen.

Sprintia, las monedas sexuales de la antigua Roma.

Justo debajo del letrero donde se lee ‚Äúentra, folla y regresa a tu hogar‚ÄĚ, varias mujeres en edad y actitud de merecer, las meretrices, se exhiben con t√ļnicas cortas de vistosos colores. Casi todas llevan el cabello te√Īido en tonos llamativos, pero abundan las rubias, emulando as√≠ a las atractivas esclavas oriundas de tierras lejanas. A menudo, en sus p√≥mulos resaltan sendos coloretes de un rojo chill√≥n, acentuando el tama√Īo de los ojos con un perfilador de color holl√≠n. Atra√≠dos como las moscas a la miel, numerosos ciudadanos se les acercan, pregunt√°ndoles el precio.

Mi asistente y yo nos miramos dubitativos por un instante, pero accedemos finalmente al interior de una taberna de aspecto acogedor.

*****

Los dos legionarios se hallaban de pie junto a un mostrador de obra en forma de ele, alrededor del cual com√≠an y sobre todo beb√≠an una docena de clientes, todos hombres. Incrustadas en la barra, varias vasijas de barro cobijaban las viandas que h√°bilmente el tabernero iba extrayendo con una especie de cuchar√≥n de madera. Se trataba sin duda del due√Īo del local, cuyos mofletes regordetes e incipiente calvicie le daban un aire un tanto rid√≠culo.

‚ÄĒ¬°Cornelia! ¬ŅPuedes mover el trasero y traer m√°s gachas y aceitunas del almac√©n? ¬°Estos caballeros quieren comer! ‚Äďgrit√≥ el gordinfl√≥n de detr√°s de la barra apuntando con el cuchar√≥n hacia la peque√Īa puerta que hab√≠a a su espalda.

‚ÄĒ¬°Oh Lucius, querido esposo! ¬°Acudo presta a tu llamada como si fuese la diosa Cibeles sobre su carro! ‚Äďse oy√≥ decir con sorna desde la oscuridad.

Al cabo de un minuto, surgi√≥ de las tinieblas la figura de una bell√≠sima matrona portando un √°nfora de vino apoyada en el cuadril. Iba ataviada con una estola de color amarillo ce√Īida por debajo de su divino busto con un cintur√≥n de piel. Llevaba su larga cabellera recogida en una oscura amalgama de rizos. Colg√≥ el recipiente de un gancho que pend√≠a del techo y, se√Īalando hacia una de las vasijas del mostrador, increp√≥ a su marido con sarcasmo.

¬°Oh, bella Cornelia!

‚ÄĒ¬°Qu√© hombre! ¬ŅNo has visto que hay ah√≠ aceitunas y gachas como para alimentar a una cohorte al completo? No, si ya lo dec√≠a mi madre: ¬°Cornelia, tu esposo no tiene ni el cerebro de un ni√Īo de dos a√Īos dormido en brazos de su padre!

‚ÄĒ¬°Ah! ¬ŅCon esas andamos, divina tabernera? ¬°Pues t√ļ lo √ļnico que haces es correr de un lado a otro, nerviosa como una rata en una olla! ‚Äďfarfull√≥ el interpelado gimiendo como una bestia apaleada.

‚ÄĒ¬°D√©jalo, eres como el hedor de una letrina pobre! ‚Äďreplic√≥ la mujer regresando al almac√©n.

Mientras acontec√≠a aquella escena, los dos soldados se desternillaban de la risa a la par que segu√≠an las evoluciones de aquella pareja tan c√≥mica. De pronto, el oficial sinti√≥ que una mano c√°lida y suave se posaba sobre su diestra acariciando su anillo de oro. Sorprendido, alz√≥ la mirada y sus pupilas se clavaron en el rostro rutilante de una espectacular rubia que le sonre√≠a mientras susurraba ‚Äúcari√Īo, para ti son cinco ases‚Ķ‚ÄĚ

‚ÄĒPlinio, ten la bondad de acompa√Īar a esta preciosidad. Yo renuncio a tal honor por respeto a mi fiel Flavia ‚Äďsentenci√≥ el tentado pagando a la prostituta.

‚ÄĒ¬°A tus √≥rdenes, tribuno! ‚Äďacat√≥ el joven legionario siguiendo a la mujer.

Caminando muy pr√≥ximo a ella, se perdi√≥ entre cada una de sus mareantes curvas, desde la cabeza hasta los pies. Y al llegar al suelo, se percat√≥ de que la trabajadora del sexo estaba estampando sobre el polvo del piso, a cada paso que daba, las palabras ‚Äúsequere me‚ÄĚ, y √©l no estaba dispuesto a desobedecer, ni en la guerra ni ahora en el amor.

Subieron por unos estrechos pelda√Īos hasta la segunda planta de la domus. Una vez all√≠, accedieron a un peque√Īo cub√≠culo donde hab√≠a un solitario catre por todo mobiliario. En un visto y no visto, se despojaron de sus t√ļnicas y el soldado qued√≥ hipnotizado contemplando aquellos pezones ba√Īados en purpurina dorada y, m√°s abajo, el sexo rasurado en el que la mujer se hab√≠a untado un linimento que le daba un aspecto rojizo.

Los movimientos r√≠tmicos se suced√≠an. El joven Plinio no pudo evitar fijar su mirada en un grafiti que quedaba justo enfrente de sus ojos y donde se le√≠a ‚Äúyo forniqu√© con la due√Īa‚ÄĚ. Y como si hubiese sido una se√Īal pactada, el tabernero asom√≥ la cabeza por la cortina ahora parcialmente descorrida y apremi√≥.

‚ÄĒ¬°Venga, Cornelia, date prisa que hay otro cliente esperando!

‚ÄĒ¬°Todo lo que dices es tan aburrido, por H√©rcules, que podr√≠as cometer asesinato por monoton√≠a! ‚Äďrega√Ī√≥ la due√Īa con tono de disgusto.

‚ÄĒBueno, buen mozo, lleg√≥ la hora de que te derrames‚Ķ

Dos hombres abandonaron la taberna.

‚ÄĒTribuno, ¬Ņquieres visitar otro establecimiento?

‚ÄĒNo, joven Plinio, mejor ser√° que regresemos ya al cuartel. ¬°A buen seguro que los guerreros numantinos no ser√°n tan amables!

El faro del mundo

Ante tu cuerpo vilmente mancillado, surge frente a mis ojos la imagen de un millón de papiros desollados, taladrando mi cerebro sin piedad.

La sinrazón de los fanáticos intentó acallar tu voz clarividente, pero tu magisterio hace mucho que desplegó sus alas áureas, elevándose majestuoso sobre la ignorancia del orbe.

¡Oh, la luz de tu pensamiento siempre será nuestra guía, mi bella Hipatia!

Mariposas del alma

En la mente de un ni√Īo el futuro es un sue√Īo del que se demora en despertar. Entre los juegos y las clases en la escuela, los d√≠as transcurren felices sin mayor preocupaci√≥n que la de responder con acierto a las dif√≠ciles preguntas de los maestros, aguardando con ansiedad apenas reprimida a que llegue la hora de la merienda: ese ritual incomparable que en mi infancia consist√≠a en devorar el pan con nocilla que me preparaba mam√°, mientras disfrutaba de las travesuras protagonizadas por los payasos de la tele o los personajes de Barrio S√©samo.

El profesor Alonso, tocayo del famoso hidalgo cervantino, aunque más conocido como nuestro tutor de séptimo de EGB, irrumpió en nuestras vidas como un soplo de aire fresco. Recuerdo que era un buen mozo oriundo de León, de torso y brazos musculados. Sus cabellos, negros y lacios, caían en graciosa cascada tapándole las orejas, lo cual le daba una apariencia desenfadada. Por debajo de sus redondas gafas, exhibía una sonrisa franca, nada forzada, que vertía simpatía a raudales.

Aquel a√Īorado maestro ten√≠a la virtud de hacer atractiva a nuestros ojos pueriles cualquier materia o concepto, aderezando la √°rida explicaci√≥n con alguna an√©cdota, o bien asociando el abstracto s√≠mbolo o la insondable f√≥rmula con una imagen amigable, con algo familiar que hiciese que aquel nuevo conocimiento echase ra√≠ces en nuestra mente, habitando all√≠ para siempre.

Un d√≠a, en clase de matem√°ticas, el joven profesor decidi√≥ hablarnos del s√≠mbolo del infinito: un ocho recostado que, al parecer, no ten√≠a ni principio ni fin. Ni corto ni perezoso, alguien le pregunt√≥ por el origen de aquel garabato tan raro. Su respuesta se me qued√≥ grabada a fuego: ‚Äúsi os fij√°is un poco, ver√©is que en realidad se trata de una mariposa que extiende sus alas al universo infinito.‚ÄĚ ¬°De todas las gargantas infantiles brot√≥ un sonoro ooohhh!

Tambi√©n nos impart√≠a la asignatura de m√ļsica. Pero no nos obligaba a tocar la flauta, o mejor dicho a soplar por la boquilla emitiendo notas desafinadas que a veces se asemejaban a barritos de elefante. Lejos de aburridas clases, nos sorprend√≠a con propuestas de lo m√°s originales, como aquel d√≠a que yo le coment√© que estaba aprendiendo a tocar la bater√≠a.

‚ÄĒBaldo, tr√°ete el pr√≥ximo d√≠a de clase tus baquetas. Ya ver√°s qu√© cosa tan guay que vamos a hacer todos juntos‚Ķ

‚ÄĒ¬ŅPero debo prepararme algo? ‚Äďpregunt√© expectante.

‚ÄĒ¬°No te preocupes, improvisaremos! ¬†-exclam√≥ nuestro profesor frot√°ndose las manos vigorosamente.

Al fin lleg√≥ el gran d√≠a y nuestro director de orquesta reparti√≥ los diferentes papeles entre el improvisado elenco de m√ļsicos en que nos hab√≠amos convertido los alumnos. A m√≠ me toc√≥ tomar asiento en una silla frente a todos mis compa√Īeros. Una segunda silla hizo la funci√≥n de tambor. Estaba un poco nervioso, lo cual en aquella √©poca ven√≠a acompa√Īado de un s√ļbito enrojecimiento de cualquiera de mis orejas. Y esto √ļltimo era lo que me provocaba la sensaci√≥n m√°s desagradable, por encima de todo.

De pronto, el maestro introdujo una cinta en el radiocasete que acostumbraba a traer para hacer la clase de m√ļsica, y un ritmo hipn√≥tico de tambores surgi√≥ de los altavoces, expandi√©ndose a trav√©s del aire que nos envolv√≠a, penetrando en nuestros cuerpos, cautivos de aquella secuencia de sonidos repetitivos comparable al bombeo de un gran coraz√≥n.

‚ÄĒ¬°Baldo, sigue el ritmo con las baquetas! ‚Äďorden√≥ el profesor Alonso al tiempo que agitaba sus brazos, dirigiendo a la supuesta orquesta.

Yo obedecí sintiendo que la emoción me embargaba.

‚ÄĒ¬°Y ahora vosotros, dad tres palmadas seguidas al comp√°s de la m√ļsica! ‚Äďexclam√≥ nuestro tutor dirigi√©ndose a mis compa√Īeros.

Tuvieron que transcurrir muchos a√Īos antes de que descubriese el t√≠tulo de la canci√≥n que nos hab√≠a inspirado aquella improvisaci√≥n tan m√°gica, tan distinta a las aburridas clases de costumbre. Se trataba de Vuelo nocturno a Venus, del grupo alem√°n Boney M.

El final de aquel curso coincidi√≥ con la despedida del maestro Alonso, de quien no he vuelto a tener noticia. Ignoro si a mis entonces compa√Īeros de colegio les sucedi√≥ lo mismo, pero lo cierto es que a m√≠ me dej√≥ un recuerdo imperecedero. Si tengo que explicar con palabras en qu√© medida influy√≥ sobre mi personalidad, dir√© que las d√©biles orugas que hasta entonces viv√≠an acurrucadas en los laberintos de mi cerebro por fin se desperezaron, transform√°ndose en unas voluptuosas mariposas, de vivos colores, que emprendieron el vuelo, hacia el planeta Venus.

El oficio m√°s bello

Como cada ma√Īana desde hace cuatro a√Īos, salgo del cuchitril donde duermo y gateo por las carcomidas escaleras que conducen a la planta superior del Instituto, en donde se halla nuestra imprenta. Me guio en parte por el tacto y en parte por los diferentes olores que emanan de cada rinc√≥n que encuentro a mi paso. El hedor que surge de los lavabos anuncia que he llegado a la sala de impresi√≥n.

Pero una vez aposentado en mi butaca de trabajo, se borra de mi mente toda sensaci√≥n desagradable, difumin√°ndose cualquier clase de preocupaci√≥n. Lo primero que suelo hacer es repasar la labor realizada la jornada anterior, para as√≠ asegurarme de que he sido capaz de encerrar el pensamiento en el menor n√ļmero posible de palabras. Es una ardua tarea, ciertamente, pero hay que aligerar la carga de quienes vayan a leernos usando sus dedos en lugar de los ojos. Nuestra empresa es maravillosa: mostrar la belleza del arte y del conocimiento a las personas invidentes.

Para mí es una experiencia inigualable. Así pues, cuando las yemas de mis dedos resbalan sobre la miriada de puntos grabados sobre el papel, siento que mi ceguera desaparece, sumergiéndose mi mente en un torrente inagotable de sensaciones y de posibilidades. Una nueva realidad aparece ante mí, llevándose lejos mis miedos.

Con una sonrisa desde mi inexpresivo rostro -así lo describen muchos de quienes me conocen-, agarro con firmeza mi punzón de talabartero y firmo por fin el libro recien terminado: Louis Braille.