Esperando a Luisito

La primera noche

La luz del candil se había extinguido, y el prisionero se estremeció bajo la manta que aquel soldado tan joven y guapo le había entregado junto a otros objetos de primera necesidad. Era pleno verano, pero sentía un frío primitivo, que se adhería a su alma como una máscara funeraria.

—Me dijo que se llamaba Bene. Sí, de benefactor… –susurró a la vez que esbozaba una leve sonrisa.

El desangelado cuarto donde iba a pasar aquella primera noche estaba ahora en penumbra. Por el estrecho ventanuco tan solo se abría paso un fino haz de luz, con el que su hermana Luna pretendía hacerle un poco de compañía. “Luna lunera”, pensó el infeliz con un nudo en la garganta.

Afinó la vista y sobre la vetusta mesa de madera vislumbró el redondo contorno de la tartera de la vieja criada. En su interior, media tortilla de patatas enviaba mensajes en clave a su vacío estómago, pero lo tenía cerrado a cal y canto.

—¡Señorito, coma algo, que se va a quedar chupado como un pirulí! –había exclamado sonriendo la entrañable criada con gesto forzado.

—Como un pirulí pirulado –había respondido el recluso haciendo una mueca burlona y guiñándole un ojo.

Y entonces, acurrucándose sobre el duro catre, se preguntó a sí mismo por enésima vez por qué aún no había hecho acto de presencia su amigo Luis; aunque para él siempre sería Luisito, su compañero de letras y hermano del alma. ¿Dónde te has metido? ¿Por qué no vienes a rescatarme enarbolando tu espada hecha de magia y versos?, cavilaba el cautivo al tiempo que humedecía la porción de manta con la que se cubría el rostro. Pero pronto tuvo que asumir que aquella noche no sería liberado.

La impenetrable oscuridad se había enseñoreado de los campos circundantes, arropando con su manto negro a los somnolientos olivos y a los bueyes rojos. Mientras tanto, en el interior de la celda, una especie de remordimiento había anidado en el corazón del prisionero, abriéndose paso entre su sangre y sus recuerdos. Con infinito desasosiego, se reprochaba el no haber sido un buen vecino. No, no se debe esparcir a los cuatro vientos las miserias que habitan entre las cuatro paredes de casas ajenas, por mucho que se crea que con ello se está ayudando a que muchas mujeres se liberen del yugo del luto y de mil otras tradiciones castrantes.

Agotado por aquellos pensamientos que pesaban como una losa sobre su conciencia, al fin el pobre desdichado se quedó dormido, dejándose arrullar por las felices imágenes de su infancia, tan lejana ahora, así como por aquellas hermosas canciones que su madre le enseñara. Giró sobre sí mismo y suspiró esperanzado en que el nuevo amanecer le traería a su querido amigo Luisito, su libertador.

Una carta a la esperanza

La mañana ya estaba bastante avanzada. Dos rayos de sol, cual cálidos dedos, acariciaban sus párpados aún cerrados. “Capitán redondo, lleva un chaleco de raso”, recitó el recluso desperezándose, con las extremidades entumecidas.

Más tarde, decidió asearse usando para ello la pequeña palangana que estaba apoyada sobre la pared. Quería estar presentable para cuando llegase su compadre. Estaba peinando sus cabellos azabaches cuando vio reflejada en el espejo una figura que le observaba atentamente. Se trataba sin duda de un guardia civil, acompañado de su tricornio incrustado en el cráneo de plomo, y exhibiendo un generoso mostacho.

—¿Quién es usted? –preguntó nuestro amigo visiblemente asustado.

—No soy nadie en particular. ¿Quiere que le entregue una carta suya a algún familiar, quizá a sus padres? –inquirió aquel siniestro personaje con su porte imperturbable.

El prisionero asintió con la cabeza y le alargó un cigarrillo.

—Gracias, no fumo estando de servicio. Yo mismo llevaré la carta a la dirección que usted me indique, pero le ayudaría mucho hacer un donativo a la Guardia Civil.

—¿Mil pesetas sería una cantidad adecuada?

—Correcto –dijo el individuo con rictus serio.

—Está bien, pero haga el favor de entregarle la misiva personalmente a… Luis Rosales –respondió al fin con ojos brillantes.

Al abandonar la celda, el guardia civil leyó lo siguiente:

Querido Luisito: estoy recluido desde ayer en una celda en la Gobernación Civil. No sé por qué estoy aquí. Ven a sacarme de este lugar horroroso, por lo que más quieras. Entrégale mil pesetas al portador de esta carta como donativo a la Guardia Civil. Un abrazo de tu amigo.

Las horas transcurrían en lenta procesión y la desesperación del cautivo se acrecentaba. Al final, sabedor de que nadie vendría en su ayuda se puso a maldecir.

—¡Luisito, maldito putrefacto! ¡Maldito!

—¡Qué coño está pasando ahí dentro! –bramó alguien al otro lado de la puerta.

Un grupo de falangistas irrumpieron en el cuarto.

—¡Venga, su nombre! –gritó el uniformado más próximo apremiándole.

—Fede, Federico García Lorca –respondió el poeta con voz temblorosa.

—¡Arreando, que es gerundio! –le espetó uno de los camisas azules golpeándole ligeramente con la culata de su máuser.

Ya de madrugada, un lujoso Hispano-Suiza atravesaba a gran velocidad las desiertas calles de Granada. En su interior, sentado en los asientos traseros, Federico contemplaba los altos balcones de las casas, envidiando el plácido sueño de sus moradores. Camino de un futuro incierto, preñado de negros nubarrones, se sorprendió de pronto canturreando entre dientes aquello de Anda jaleo, jaleo. Anda jaleo, jaleo. Ya se acabó el alboroto. Y vamos al tiroteo…

FIN

En memoria del inmortal poeta granadino, me complace compartir con vosotros Anda jaleo (1931), uno de los grandes éxitos musicales de Federico García Lorca. Espero que os guste.