De todas las cosas que construimos

Sierra de Guadarrama, enero de 2150

Varado en la recóndita playa de este centro geriátrico donde resido desde hace una década, a menudo me pregunto si aún hay alguien que se acuerde de todas las cosas que construimos. A nuestra familia, la familia Llopis, siempre nos ha atraído la noble labor de inventar, de diseñar y construir máquinas destinadas a hacernos más plácida la existencia, avanzando hacia la consecución de nuestros anhelos como especie inteligente del Universo.


Cuando llegó el momento, acudimos sin dudarlo a la llamada de la religión de nuestros días: la exploración y posterior colonización de nuevos mundos ganados para la Humanidad. Primero fue la Luna, y enseguida le llegó el turno a Marte. Ya mi tatarabue
lo paterno, a quien debo mi nombre de Alberto, dedicó gran parte de su talento como ingeniero aeroespacial al diseño de pequeños robots con la misión de recoger muestras procedentes del arenoso suelo marciano. Muchos años después, siguiendo sus fecundos pasos, yo mismo también creé mis propios robots, adaptados a las nuevas demandas provenientes del planeta rojo. Creamos una legión de autómatas programados para poblar la región de los polos con millones y millones de plantas siberianas modificadas genéticamente, a fin de poder soportar temperaturas inferiores a los -100 grados centígrados. A medida que crecían sus raíces, el hielo inmemorial se derretía en respuesta a su cálido abrazo, con lo cual se fueron llenando de agua dulce los resecos canales marcianos…

Dejando escapar un profundo suspiro, el octogenario anciano desconectó con un chasquido de dedos su grabadora de voz. Había trabajado un largo rato en su libro de memorias, y tocaba adecentarse un poco antes de bajar al comedor, donde le estaría aguardando su nueva amiga, la adorable María de Lin, de setenta y tres primaveras, con la que mantenía extensas charlas marcadas por el cariño y la comprensión mutuos.

Tras peinarse sus canas con esmero, el veterano ingeniero contempló su propia imagen reflejada en el espejo. El rostro enjuto de un hombre que no aparentaba más de sesenta años le devolvió la mirada en silencio.

***

—¡Hola, querido amigo! -dijo María de Lin sonriendo.

—Estás cada día más guapa -respondió Alberto besando la mano que su compañera le ofrecía.

Al poco, el estado anímico del caballero ya había sido escrutado por su pareja. Cuarenta años como psicoterapeuta le facultaban sobradamente para ello.

—Alberto, te noto triste. ¿Has vuelto a trabajar en tu libro? –inquirió ella.

Carraspeó ligeramente y acto seguido respondió.

—Sí, algo he logrado escribir, pero la necesaria introspección me hace tomar conciencia de mi propia soledad. Al principio de mi estancia aquí recibí la visita de algunos investigadores, muy interesados en mi trayectoria. Pero pronto se olvidaron de mí, incluyendo a mi hijo. Ya hace dos años que no viene a verme -pestañeó nerviosamente mientras jugueteaba con las migas de pan.

—¡Vaya por Dios! Por eso mismo Jaime y yo decidimos no tener hijos. ¡Cría cuervos…! -ambos sonrieron cómplices- Apostamos por cuidar el uno del otro, disfrutando al máximo de los numerosos viajes que hicimos juntos. Aún recuerdo el fin de semana que pasamos en la base lunar. ¡Menuda aventura a baja gravedad! –rio divertida.

—Yo siempre tuve la ilusión de volar hasta Marte; aunque mi propensión al mareo no me lo ha permitido. Por cierto, Lin, ¿sabías que en el último año ya son siete los residentes que han volado camino de Marte? -su amiga arqueó entonces las cejas formando sendos signos de interrogación apaisados- Como lo oyes, hasta envidio a los Viejos, a quienes Ray Bradbury dedica uno de los cuentos incluídos en sus famosas Crónicas Marcianas.

María de Lin se apartó el pelo de la cara y su mirada se perdió fugazmente en la nevada cima del macizo de Peñalara, cuya majestuosa silueta estaba omnipresente al otro lado de los amplios ventanales del salón.

—Maravilloso libro Crónicas Marcianas, se halla entre mis favoritos –dijo ella saliendo de su pequeño trance-. ¿Has leído acaso el cuento de La Sirena? –su compañero negó con la cabeza- Sí, es muy bueno, también es de Bradbury. En él narra la historia de una especie de monstruo acuático que una vez al año responde a la llamada de la sirena de un faro. Su soledad es eterna, pero el sonido de la sirena le reconforta, recordándole quizá a su compañera perdida en tiempos remotos…

Alberto permaneció el resto de la comida con los codos apoyados en la mesa, con las manos sosteniendo un rostro embelesado ante una historia tan hermosa.

***

De regreso en su habitación, el ingeniero se dispuso a echar su siestecita de costumbre. Se acomodó en su sillón de relax y se dejó arrastrar por las corrientes del sueño. A su alrededor, unos inesperados escapes de calor y fuego comenzaron a derretir la nieve acumulada en los tejados del geriátrico. El cielo adquiría un tono cada vez más rojizo.

Mientras tanto, en la recepción del centro, un hombre que vestía traje y corbata se presentaba como un funcionario del Ministerio de Asuntos Marcianos. Preguntó por el señor Alberto Llopis, pues tenía el gran honor de comunicarle que se había tomado la decisión de bautizar a la nueva ciudad colonial marciana con el apellido de su familia.

Más allá de los abismos insondables y de los sueños interplanetarios, la urbe de Llopistown resplandecía al pie del Olympus Mons, acariciada por las cristalinas aguas que discurrían por un antiguo canal marciano.

FIN

Bueno, espero que os haya gustado este relato. Para mí Crónicas Marcianas de Ray Bradbury es un libro muy especial, y espero haber estado a la altura en este merecidísimo homenaje al gran clásico del autor de Waukegan, Illinois.

Por cierto, el relato en parte está basado en hechos reales. Me explico: el tal Alberto existe realmente. Es un ingeniero aeronáutico español muy amigo mío y de mi mujer. Trabaja a caballo entre Lisboa y Madrid, liderando diferentes proyectos, entre ellos uno donde están desarrollando robots destinados a realizar diferentes misiones una vez que volemos hasta Marte, seguramente de la mano de la iniciativa privada.