El Ñandú y el Juez

No cabía la menor duda: ¡aquel prado de ensueño había sido remodelado por todo lo alto! ¡No se había escatimado en nada! Sin embargo, a pesar de la gran labor desplegada por aquella cuadrilla de animalitos abnegados, el resultado final no era, ni de lejos, semejante a lo esperado en un principio, y así se lo hizo saber al hermano ñandú el Comité de Asuntos Internos del prado de los Sueños Imposibles.

La denuncia no se había hecho esperar. El responsable de aquella original decoración fue llevado a juicio. El fiscal, por más señas un altivo buitre leonado, de pico ganchudo y plumífera gorguera, recordó a los asistentes a la vista oral las barbaridades que había perpetrado el acusado.

—En primer lugar, me atrevería a afirmar que el hermano ñandú, olvidando sus deberes como ciudadano de bien, y sus obligaciones como decorador oficial del reino, no ha tenido suficiente con saltarse olímpicamente las precisas indicaciones del encargo; sino que, obrando por completo al margen de la Ley, se ha atrevido a transformar por completo nuestro hermoso -hasta ahora- prado.

El señor juez, ansioso por intervenir, abrió el pico e increpó al acusado, no antes de emitir su característico bubo bubo.

—¡Desde luego! –exclamó el airado búho real— ¿A quién se le ocurre cometer tamaña infracción?

—Disculpe, Señoría, pero yo no he cometido ninguna infracción -replicó el acusado sacudiendo sus plumas vigorosamente-. A lo sumo, se puede afirmar que he cometido una…originalidad –añadió el ñandú con orgullo apenas disimulado.

¡Hola, soy el hermano Ñandú!

—¿No ha delinquido? Entonces, ¿cómo llamaría usted a la acción de cambiar las flores por cosas que no son flores, así como los árboles, las piedras y las mariposas por cosas que no son árboles ni piedras ni mariposas…? –bramó el juez con los nervios a flor de piel, erizándose aún más las plumas de sus “orejas”.

—¡Surrealismo, por supuesto! –sentenció el hermano ñandú de manera exultante.

Saltando al unísono en sus respectivas butacas, juez y fiscal se pusieron sus gafas correspondientes para observar mejor a aquel extraño ser en que se estaba transformando el acusado. Por unos instantes, les pareció que la palabra ñandú equivalía a algún indescifrable jeroglífico del antiguo Egipto. Nadie se atrevió a hablar, a excepción del propio decorador.

—En realidad, reconozco que mis cambios han sido un tanto excesivos. A pesar de ello, quiero hacer constar que aquello que hay, por ejemplo, en lugar de las flores de antaño son también flores, pero distintas… En cuanto a la razón que me llevó a confeccionar este paisaje tan original, me veo obligado a dar una explicación que, a mi modo de ver, debería ser bien acogida por ustedes.

—Yo, como todos los asistentes a este juicio deben saber, llegué a este prado hace cerca de cinco años, procedente de las lejanas tierras americanas. Mas lo que ningún habitante de esta región conoce es el porqué decidí abandonar a mi familia para dedicarme, poco tiempo después, al exótico oficio de decorar prados y bosques. Pues bien, los motivos de mi partida fueron estrictamente existenciales –entre el público se abrió paso entonces un leve rumor de sorpresa.

Me explico…

Allí donde nací y me crié la monotonía era aplastante; de ahí que la gente tuviese la tendencia a ser conformista y, en consecuencia, antipática y aburrida por naturaleza. Pero ese estilo de vida no era en absoluto de mi agrado, no me llenaba. Debido a ello, no encontrando una mejor salida a mi desencanto, una mañana me armé de valor y, haciendo acopio de aquello que precisaba para viajar, me marché de casa en busca de un lugar donde pudiera ser feliz.

Detesto la monotonía del paisaje. ¿No os parece aburrido estar siempre seguros de poder identificar con una simple ojeada todo aquello que pasa ante vuestros ojos? Sólo se trataba de enmascarar un poco las cosas, de tal modo que para tener plena seguridad de hallarse al lado de un árbol, habría que efectuar no tan solo un análisis visual; sino también olfativo, táctil y, por qué no, intuitivo. En definitiva, la vida sería así mucho más entretenida, basada en continuas interpretaciones de la realidad, haciendo más abiertas las mentes, alejándonos del conformismo.

El prado de los Sueños Imposibles, una vez remodelado.

De repente, el bubo bubo anunció que Su Señoría iba a intervenir de nuevo.

—Muy interesante su historia, debo admitirlo. Aunque para poder dictar sentencia, necesito que me aclare un punto: ¿a qué se dedica usted exactamente, señor Ñandú? –inquirió el juez con unos ojos anaranjados que centelleaban desde su redonda cabeza.

—Su Señoría, resumiendo diría que me dedico a vidar prados –respondió el acusado saboreando sus últimas palabras.

—¡Querrá decir que se dedica a decorar prados!

—No, a vidarlos, esto es: a llenarlos de vida. Sí, a eso me dedico.

Una vez concluido su alegato, el hermano ñandú calló y se sentó. Los asistentes al juicio, convertidos en entusiástico público, cerraron su exposición con una prolongada ovación que, muy lejos de quedarse en algo simbólico, sirvió para que el juez, animado por el fiscal, decidiera a la postre absolver al brillante decorador oficial del reino.

Algún tiempo después, fue publicado un bando donde se anunciaba que el ñandú había sido nombrado juez del prado por expreso deseo de las autoridades del mismo. El porqué de este inesperado nombramiento estribaba en la necesidad de defender las originales ideas del popular decorador.

El hermano Ñandú, encantado con su flamante nombramiento.

El hermano Ñandú, encantado con su flamante nombramiento.

Gracias a lo anterior, la vida en el prado continuó siendo entretenida durante muchísimos años…