Filosofía ferroviaria

Como si fuese un gigantesco ciempiés de metal, el transiberiano atraviesa veloz la vasta estepa rusa, deteniéndose muy de tanto en tanto en apeaderos de nombres impronunciables. Mientras tanto, en el interior del coche-comedor, los viajeros de primera clase degustan una espléndida cena a base de uja y caviar de beluga, servida en vajillas de porcelana y acompañada por cubiertos de plata.

Un elegante camarero de poblado mostacho se acerca a una pareja entrada en años, y con una estudiada reverencia les hace entrega de la fastuosa carta. La mujer, sin apenas apartar la mirada del libro que sostiene entre sus cuidadas manos, mira de soslayo a su marido, musitando unas pocas palabras.

—Estimada mía, tienes toda la razón —responde él bajando aún más la voz—. Tal como la autora explica en tu libro, quienes viajamos en este convoy somos extraños en un tren. Es cierto que coincidimos en el mismo lugar y al mismo tiempo, pero nadie conoce a nadie.

A la mañana siguiente, aún en el interior de su lujoso compartimento, el marido contemplaba con cierta somnolencia el helado paisaje que apenas se vislumbraba a través de la empañada ventanilla. En el vestidor contiguo su esposa se acababa de acicalar, para así estar impecable cuando llegasen a su ya próximo destino.

Al cabo de unos minutos, el tren se detuvo con una fuerte sacudida. La locomotora de vapor, aliviada por la conclusión de aquel agotador viaje, exhaló un vaporoso suspiro.

—Considero muy importante la existencia de túneles a lo largo de toda la red ferroviaria —comenzó a decir el veterano neofilósofo al bajarse del tren—. Desde luego, es necesaria la presencia de túneles, incluso en aquel trayecto del viaje donde la belleza del paisaje obliga a la contemplación atenta y minuciosa del mismo por parte del viajero.

—¿Por qué dices eso ahora? —respondió extrañada la esposa.

—Porque, por muy excitante que sea la observación de lo que se halla al otro lado de la ventanilla de nuestro compartimento, es realmente necesario y apremiante contemplar los rostros de nuestros compañeros de viaje —añadió el marido a la par que su faz adquiría un brillo especial.

—¡A buena hora lo dices! —exclamó contrariada la consorte del neofilósofo— ¡Podríamos haber entablado nuevas amistades si no hubiésemos permanecido todo el viaje admirando las hermosuras del paisaje!

Mientras se desarrollaba el diálogo precedente, el autor de aquella pintoresca escena observaba con suma atención las evoluciones de sus dos personajes sobre el concurrido andén de aquella estación de nombre desconocido. Así, sin quitarles la vista de encima, mirándolos fijamente a través del grueso cristal de la ventanilla de su compartimento, aquel creador de personajes, de ambientes, y de ficciones de toda índole, no perdía la esperanza de que sus dos nuevas criaturas se dignasen a interrumpir en un momento dado su despreocupada y alegre conversación. Anhelaba que ellos reparasen, aunque fuera tan solo por un breve instante, en la desconsolada existencia de quien les había insuflado aquel generoso soplo de vida, gracias al cual ahora se disponían a abandonar para siempre aquel escenario, donde su creador languidecía sin poder hacer nada por evitarlo.

Sin previo aviso, el tren reinició la marcha, fatigosamente; aunque su creciente velocidad hizo que se perdiera pronto de vista el andén, cuyo recuerdo no tardaría en petrificarse en la mente del autor, para así poder mortificarlo periódicamente, cuando menos se lo esperase…

En cuanto el convoy hubo desaparecido por completo de su campo de visión, el neofilósofo y su esposa se adentraron en las dependencias de la estación, intercambiando unas palabras en voz baja al tiempo que atravesaban el amplio vestíbulo de aquélla.

—Querida mía, ¿has visto de qué forma tan descarada nos miraba ese extraño individuo junto al que hemos realizado nuestro largo viaje? —dijo el marido a la vez que se secaba el sudor de la frente con su impoluto pañuelo de seda.

—Ahora que lo dices, sí que me he percatado de ello…—comenzó a decir la esposa tras unos instantes de vacilación— ¡Pobrecito! ¿Por qué no nos habrá dicho nada durante todo el tiempo que hemos estado juntos?

—¡Vete tú a saber! ¡En el mundo hay gente muy rara! —concluyó el marido aferrando a su mujer del brazo.

Ambos personajes, recuperada su sonrisa habitual, se perdieron entre el tumulto de gente que a aquellas horas de la mañana paseaban despreocupadamente por las calles de la populosa ciudad de Realidad.