El abrazo

Estimados amigos de El Tintero de Oro,

Ante todo, deseo que todos vosotros y vuestros seres queridos os encontréis bien en estos días de pandemia y confinamiento. Si se puede sacar algo positivo de esta situación que nos ha tocado vivir, es que quizá estemos aprendiendo el auténtico valor de unas palabras amables, de la labor de tantos profesionales abnegados, el de un simple abrazo… Es comprensible, así mismo, que quienes están afrontando una prueba tan dura como esta acaben buscando refugio en una realidad alternativa, puede incluso que recurran a un escenario como el que describo en el cuento con el que participo en esta edición número XXII del concurso. Espero que sea de vuestro agrado y aguardo vuestros amables y enriquecedores comentarios. Un fuerte abrazo.

Aquel mismo sueño se repetía cada noche: una pulcra habitación de hospital, un joven paciente cuyos inflamados pulmones a duras penas se beneficiaban ya del sistema de ventilación mecánica. Al pie de la cama, sus ancianos padres, enfundados en sendos trajes de buzo que tan solo dejaban ver unos ojos arrasados por las lágrimas. Enseguida, acuciada por la premura, la compungida madre pronunciaba unas palabras de despedida, pero en la sala arreciaba un viento huracanado cuyo bramido ensordecedor cercenaba el consuelo, mas no el abrumador dolor.

Laura despertó sobresaltada, alargando la mano instintivamente hacia la bata que yacía a sus pies. Hacía mucho frío, así que una buena taza de café la haría entrar en calor. Mientras desayunaba, su mirada se perdía entre el banco de niebla que se extendía al otro extremo de la finca, inundando el bosque de álamos que se alzaban majestuosos en la lejanía.

Un poco más tarde, ataviada con un chándal y unas bambas, salió a correr en dirección al océano de árboles que aguardaban su visita matutina de cada día. Sus recios troncos y sus frondosas copas cada vez estaban más cerca, sintiendo ella un creciente bienestar que se iba apoderando poco a poco de todo su ser. Alcanzado su destino, Laura se detuvo en seco y contempló embelesada a aquellos hermosos álamos que compartían su existencia con los numerosos pajarillos que anidaban en sus ramas, formando una gran familia en paz y armonía.

El abrazo verde

La joven extrajo del bolsillo un pañuelo y se vendó los ojos. Siguiendo el cotidiano ritual del abrazo verde, giró varias veces sobre sí misma hasta abandonarse a la más absoluta desorientación. “El árbol me elegirá a mí…”, pensó al tiempo que avanzaba a tientas en línea recta. No tenía miedo, pues era consciente de que su destino estaba en manos de aquellos gigantes arbóreos que la contemplaban en silencio, y esa convicción la tranquilizaba. De pronto, las puntas de sus dedos chocaron con la lisa corteza del álamo elector. Se deshizo con avidez de la venda, y esbozando una amplia sonrisa abrazó al árbol con devoción, como quien abraza a un entrañable amigo a quien no se ve desde hace años.

Por espacio de diez o quince minutos, la chica se sumergió en las serenas aguas del abrazo verde, no permitiendo que los oscuros pensamientos perturbaran aquel placentero encuentro. Así pues, por unos instantes se ocupó únicamente en ver, oler, parar, sentir… Poco a poco, mente y cuerpo estaban confluyendo en un mismo punto, en una nueva realidad donde no tenía cabida el dolor. Laura sintió al fin que los latidos de su corazón se acompasaban con la vibración que surgía de las entrañas del árbol. Era como si ella y la Madre Naturaleza formasen un todo indisoluble.

***

Una semana atrás.

—¡Laura, por amor de Dios, por fin puedo escuchar tu voz! ¿Cómo estás? -dijo Daniel sin ocultar su preocupación.

—Estoy bien, no debiste llamarme -replicó Laura.

—Haré como si no lo hubiese oído. Somos amigos desde la Facultad de Medicina y siempre nos hemos ayudado -hizo una breve pausa para tragar saliva-. Y sé que ahora necesitas mi ayuda. Hace casi un mes que te desvaneciste en el aire, como si se te hubiese tragado la tierra…

—Mira, Dani, te agradezco tu interés, de verdad, pero tú ignoras lo que tuve que vivir durante las dos semanas que estuve trabajando en la UCI del CHUAC.[i]

—Por un motivo u otro, hace un año que no nos vemos. Te perdí la pista cuando te encerraste en casa para preparar el MIR[ii] -respondió el joven médico con tono de inquietud.

—En mi caso era necesario… Pero obtuve una buena nota y pude elegir la plaza que más me interesaba. El trabajo me llenaba, era super estimulante, aunque pronto estalló la pandemia del coronavirus -emitió un gemido sordo-, y todo se derrumbó a mi alrededor como un castillo de naipes. Esteban, mi primer paciente, un hombre discapacitado de cuarenta y cinco años, falleció de una neumonía complicada, ante la mirada desconsolada de sus propios padres, quienes ni siquiera pudieron abrazar a su hijo en unos momentos tan difíciles.

—¿Y tú cómo te sentiste? -preguntó su amigo con un nudo en la garganta.

—¡Desolada! Aparte de que el miedo por mi propia salud me quitaba el sueño.

—Laura, ¿y ahora dónde vives? -dijo por fin Daniel a la par que cerraba los ojos, con desasosiego.

—Pues he alquilado una casa en la comarca de Verín. ¡Este lugar es maravilloso! A lo mejor monto una casa rural y eso… ¡No podría vivir sin mi baño de bosque de cada mañana!

—¿Un baño de bosque dices?

La comunicación se cortó.

***

Había transcurrido una semana y Daniel no había podido hablar más con su amiga. Aterrado ante la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo terrible, una mañana cogió su coche y condujo sin parar hasta la dirección que los padres de Laura le habían facilitado. Una vez allí, la buscó sin éxito por todas partes, hasta que al fin se topó con aquel extraño árbol con forma de mujer. Atónito ante aquella perturbadora aparición, solo fue capaz de recorrer con la mirada aquellas inconfundibles líneas femeninas, donde no faltaba ni el más mínimo detalle, incluyendo sendos nudos asimilados a delicados pezones. Huelga decir que nunca más se supo de Laura, convertida en una moderna Dafne, transformada por siempre en una mujer-árbol.

Una moderna Dafne.

[i] Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña.

[ii] Examen que deben hacer los médicos en España para poder elegir especialidad y hospital donde hacer la residencia. En concreto, MIR significa Médico Interno Residente.

La oscuridad que no cesa

Cuando las sombras de la noche se extienden sobre la tierra como si fuese un manto de terciopelo negro, son muy pocos en realidad los que sienten el temor de no volver a ver la luz del sol, si acaso los depresivos y los pesimistas. Sin embargo, yo conozco un lugar donde reina la oscuridad más absoluta desde hace no menos de cincuenta años. Sí, he estado allí en tan solo una ocasión, pero aquella experiencia dejó en mi mente una huella indeleble, unas sensaciones de puro terror que han sido mis más fieles compañeras durante todo el tiempo transcurrido desde entonces.

El mismo día que cumplía doce años, mi padre decidió llevarme a visitar por primera vez la vieja mansión que nuestra familia tenía al sur de Sicilia, luminoso hogar donde se había criado él junto a sus dos hermanas, y que había constituido el santuario artístico de su progenitor: pintor de cierto renombre en la comarca, cuya vida, en sus pormenores, había sido un completo misterio para mí.

A medida que nos aproximábamos a aquella antigua construcción, de sólidos cimientos, imponente fachada y amplios ventanales, que parecían estar observándonos con sus vacías cuencas, como si fuesen los descomunales ojos de un gigante dormido al que acabásemos de despertar, yo tenía la creciente impresión de que desde allá arriba, desde algún rincón de aquella especie de fortaleza medieval, alguien o algo ominoso nos estaba vigilando, seguramente los  imaginarios moradores de aquel castillo imaginario.

A los pocos segundos de haber penetrado en aquel extraño mundo, donde reinaba una lobreguez perpetua y opresiva, me percaté de que allí ocurría algo que escapaba por completo a mi comprensión. A pesar de ello, aún tardé un poco en manifestar mi extrañeza ante lo que habían percibido mis sentidos, pues no quería preocupar a mi padre convirtiendo en realidad aquello que podía ser muy bien un simple producto de mi exacerbada fantasía de muchacho.

Cabía reconocer que era cuando menos desconcertante el hecho de que no hubiese ni la más mínima claridad en ninguna de las habitaciones de la mansión, sobre todo si se tenía en cuenta que las ventanas estaban desnudas, desprovistas por completo de cortinas y de persianas; con lo cual nada había en apariencia que impidiera que los atenuados rayos de sol del atardecer iluminaran los polvorientos objetos que había descubierto a tientas por doquier. En una de estas idas y venidas, sentí que algo pegajoso se me adhería a las palmas de las manos. El vómito explotó en mi boca cuando mi padre me explicó divertido que se trataba de guano de murciélago, en definitiva, de blandas caquitas de quiróptero. ¡Qué asco!

Cuando el Sol se hubo ocultado por detrás del horizonte encarnado, decidimos pasar la noche al calor de la vieja chimenea de leña. Y entonces ocurrió un suceso que nos dejó petrificados: justo después de haber rascado la piedra del mechero, surgió de éste una larga llama azulada que, tras encender el fuego, emprendió rauda una huida hacia la planta superior de la casa, a la par que desgarraba las tinieblas que iba hallando en su camino.

Dando apenas tiempo para que retornase la impenetrable oscuridad, las incipientes llamitas que ya asomaban por la boca de la chimenea se transformaron súbitamente en docenas de remolinos incandescentes, que giraban con frenesí sobre ellos mismos, alrededor de los crepitantes leños, junto a nuestras aterradas cabezas, emprendiendo al fin una despavorida carrera hacia las estancias aéreas de la mansión, asimiladas a un infernal enjambre de luciérnagas.

Justo en ese momento oí un ruido sordo a mi lado, y un pesado cuerpo se desplomó a escasa distancia de donde me hallaba. Acompañado por los peores presagios, encendí la linterna de campaña y dirigí un tembloroso rayo de luz hacia el suelo. Y fue entonces cuando mi mirada horrorizada se cruzó con aquella otra mirada sin vida, los ojos en blanco de mi pobre padre, cuyo corazón se había quedado helado para siempre en un fatídico instante. Sintiendo que me faltaba el aire para respirar, contemplé con estupor cómo una negra cucaracha recorría su congestionado rostro.

Epílogo

Ahora mismo, en este preciso instante, cuando les estoy relatando esta historia, me hallo sentado en la cama, aislado en medio de la más absoluta negrura. Pero no tengo miedo porque, respondiendo a una llamada de mi subconsciente, una suave y cálida mano comienza a acariciarme la nuca; haciéndome sentir que no estoy solo, enseñándome al mismo tiempo que es posible vivir en el seno de la oscuridad.

Y es cuando comprendo que el espíritu de mi abuelo paterno se ha fusionado de algún modo con los cimientos de la mansión familiar, negándose obstinadamente a apartarse ni tan siquiera un milímetro del lugar donde concibió sus luminosos y queridos cuadros, donde fue tan feliz.

Tiendo a creer que mi abuelo aún hoy experimenta un estado de perfecta felicidad, viviendo inmerso en una incesante y ardiente oscuridad; en tal medida que cuando murió se transformó, de la manera más natural, en un insaciable agujero negro que engulle sin dudar hasta la más insignificante brizna de luz…

De todas las cosas que construimos

Sierra de Guadarrama, enero de 2150

Varado en la recóndita playa de este centro geriátrico donde resido desde hace una década, a menudo me pregunto si aún hay alguien que se acuerde de todas las cosas que construimos. A nuestra familia, la familia Llopis, siempre nos ha atraído la noble labor de inventar, de diseñar y construir máquinas destinadas a hacernos más plácida la existencia, avanzando hacia la consecución de nuestros anhelos como especie inteligente del Universo.


Cuando llegó el momento, acudimos sin dudarlo a la llamada de la religión de nuestros días: la exploración y posterior colonización de nuevos mundos ganados para la Humanidad. Primero fue la Luna, y enseguida le llegó el turno a Marte. Ya mi tatarabue
lo paterno, a quien debo mi nombre de Alberto, dedicó gran parte de su talento como ingeniero aeroespacial al diseño de pequeños robots con la misión de recoger muestras procedentes del arenoso suelo marciano. Muchos años después, siguiendo sus fecundos pasos, yo mismo también creé mis propios robots, adaptados a las nuevas demandas provenientes del planeta rojo. Creamos una legión de autómatas programados para poblar la región de los polos con millones y millones de plantas siberianas modificadas genéticamente, a fin de poder soportar temperaturas inferiores a los -100 grados centígrados. A medida que crecían sus raíces, el hielo inmemorial se derretía en respuesta a su cálido abrazo, con lo cual se fueron llenando de agua dulce los resecos canales marcianos…

Dejando escapar un profundo suspiro, el octogenario anciano desconectó con un chasquido de dedos su grabadora de voz. Había trabajado un largo rato en su libro de memorias, y tocaba adecentarse un poco antes de bajar al comedor, donde le estaría aguardando su nueva amiga, la adorable María de Lin, de setenta y tres primaveras, con la que mantenía extensas charlas marcadas por el cariño y la comprensión mutuos.

Tras peinarse sus canas con esmero, el veterano ingeniero contempló su propia imagen reflejada en el espejo. El rostro enjuto de un hombre que no aparentaba más de sesenta años le devolvió la mirada en silencio.

***

—¡Hola, querido amigo! -dijo María de Lin sonriendo.

—Estás cada día más guapa -respondió Alberto besando la mano que su compañera le ofrecía.

Al poco, el estado anímico del caballero ya había sido escrutado por su pareja. Cuarenta años como psicoterapeuta le facultaban sobradamente para ello.

—Alberto, te noto triste. ¿Has vuelto a trabajar en tu libro? –inquirió ella.

Carraspeó ligeramente y acto seguido respondió.

—Sí, algo he logrado escribir, pero la necesaria introspección me hace tomar conciencia de mi propia soledad. Al principio de mi estancia aquí recibí la visita de algunos investigadores, muy interesados en mi trayectoria. Pero pronto se olvidaron de mí, incluyendo a mi hijo. Ya hace dos años que no viene a verme -pestañeó nerviosamente mientras jugueteaba con las migas de pan.

—¡Vaya por Dios! Por eso mismo Jaime y yo decidimos no tener hijos. ¡Cría cuervos…! -ambos sonrieron cómplices- Apostamos por cuidar el uno del otro, disfrutando al máximo de los numerosos viajes que hicimos juntos. Aún recuerdo el fin de semana que pasamos en la base lunar. ¡Menuda aventura a baja gravedad! –rio divertida.

—Yo siempre tuve la ilusión de volar hasta Marte; aunque mi propensión al mareo no me lo ha permitido. Por cierto, Lin, ¿sabías que en el último año ya son siete los residentes que han volado camino de Marte? -su amiga arqueó entonces las cejas formando sendos signos de interrogación apaisados- Como lo oyes, hasta envidio a los Viejos, a quienes Ray Bradbury dedica uno de los cuentos incluídos en sus famosas Crónicas Marcianas.

María de Lin se apartó el pelo de la cara y su mirada se perdió fugazmente en la nevada cima del macizo de Peñalara, cuya majestuosa silueta estaba omnipresente al otro lado de los amplios ventanales del salón.

—Maravilloso libro Crónicas Marcianas, se halla entre mis favoritos –dijo ella saliendo de su pequeño trance-. ¿Has leído acaso el cuento de La Sirena? –su compañero negó con la cabeza- Sí, es muy bueno, también es de Bradbury. En él narra la historia de una especie de monstruo acuático que una vez al año responde a la llamada de la sirena de un faro. Su soledad es eterna, pero el sonido de la sirena le reconforta, recordándole quizá a su compañera perdida en tiempos remotos…

Alberto permaneció el resto de la comida con los codos apoyados en la mesa, con las manos sosteniendo un rostro embelesado ante una historia tan hermosa.

***

De regreso en su habitación, el ingeniero se dispuso a echar su siestecita de costumbre. Se acomodó en su sillón de relax y se dejó arrastrar por las corrientes del sueño. A su alrededor, unos inesperados escapes de calor y fuego comenzaron a derretir la nieve acumulada en los tejados del geriátrico. El cielo adquiría un tono cada vez más rojizo.

Mientras tanto, en la recepción del centro, un hombre que vestía traje y corbata se presentaba como un funcionario del Ministerio de Asuntos Marcianos. Preguntó por el señor Alberto Llopis, pues tenía el gran honor de comunicarle que se había tomado la decisión de bautizar a la nueva ciudad colonial marciana con el apellido de su familia.

Más allá de los abismos insondables y de los sueños interplanetarios, la urbe de Llopistown resplandecía al pie del Olympus Mons, acariciada por las cristalinas aguas que discurrían por un antiguo canal marciano.

FIN

Bueno, espero que os haya gustado este relato. Para mí Crónicas Marcianas de Ray Bradbury es un libro muy especial, y espero haber estado a la altura en este merecidísimo homenaje al gran clásico del autor de Waukegan, Illinois.

Por cierto, el relato en parte está basado en hechos reales. Me explico: el tal Alberto existe realmente. Es un ingeniero aeronáutico español muy amigo mío y de mi mujer. Trabaja a caballo entre Lisboa y Madrid, liderando diferentes proyectos, entre ellos uno donde están desarrollando robots destinados a realizar diferentes misiones una vez que volemos hasta Marte, seguramente de la mano de la iniciativa privada.

Corazón en Llamas

Nuestro amor era un corazón en llamas, un majestuoso corazón incendiado que mantenía encendidas nuestras almas durante un cálido y eterno mediodía estival. Así, cada mañana, cogidos cariñosamente de las manos, sin pensar en nada más que en aquellos preciosos momentos que estábamos compartiendo en aquel exótico mundo que había sido creado sólo para nosotros dos, recorríamos completamente desnudos -tanto sin ropa como sin prejuicios de cualquier clase- los escarpados y peligrosos acantilados que bordeaban aquel mar inmenso e inmemorial que nos rodeaba por los cuatro costados y que tantas veces había sido testigo de nuestro amor exultante y desenfrenado, sin límites humanos; aunque quizás sí divinos.

De vez en cuando, nos deteníamos justo al borde de cualquiera de aquellos precipicios sin fondo, pero tan solo para experimentar en nuestros desprotegidos cuerpos el delicioso estremecimiento que recorre todos los rincones del ser mortal cuando éste se halla frente a frente con la posibilidad de perder en un latido de corazón lo que más aprecia. Con sinceridad, aunque a nosotros también nos embargaba este sentimiento a todas luces natural, debemos colegir que tan pronto llegaba nos abandonaba, puesto que la presencia sobre nuestras cabezas de aquel reconfortante disco de luz y de calor nos hacía sentir poderosos. No, no es eso: en realidad, lo que sentíamos cuando aquellas invisibles lenguas de fuego nos envolvían amorosamente, manteniéndonos por completo inmunes al gélido frío que ascendía desde las entrañas del precipicio, era que nuestro amor trascendía en verdad las limitaciones de la carne, elevándose y flotando sobre el espacio y el tiempo, eternamente dorado…

Transcurrieron los años, incontables años, pero nuestra relación, muy lejos de desgastarse como consecuencia de la constante e inevitable erosión de la convivencia y del tiempo, iba fortaleciéndose día a día, cada vez un poco más, agigantándose a medida que crecían nuestro conocimiento y cariño mutuos. En paralelo, la necesidad cada vez mayor que teníamos de pregonar a los cuatro vientos el carácter imperecedero de nuestro amor nos obligaba a alargar al máximo nuestras arriesgadas estancias al borde de aquellos tenebrosos abismos que se abrían a nuestros pies, amenazando con devorarnos en cualquier momento con sus inabarcables y desafiantes fauces.

No obstante, a pesar del evidente riesgo al que conscientemente nos entregábamos a diario, nos sentíamos inmensamente felices y confiados de que la sobrenatural solidez de nuestra relación era inquebrantable, inmune a la fatalidad. Mas, ¡qué equivocados estábamos! Desde luego, tal era la arrogancia con la que habíamos desafiado al conjunto de la Creación, pensando de manera equivocada que aquello que nos unía era inextinguible -como sucede con la llama de la esperanza-, que despertamos la envidia de los que nunca sienten envidia, o sea, de los propios ángeles del Cielo, quienes, intimidando la naturaleza del astro Rey, convencieron a éste para que se sumergiera por primera vez en las inhóspitas y frías aguas del mar, privándonos también por primera vez de aquel inmenso corazón en llamas, único símbolo posible para un amor como el nuestro, tan parecido a un amor eterno…

El Ñandú y el Juez

No cabía la menor duda: ¡aquel prado de ensueño había sido remodelado por todo lo alto! ¡No se había escatimado en nada! Sin embargo, a pesar de la gran labor desplegada por aquella cuadrilla de animalitos abnegados, el resultado final no era, ni de lejos, semejante a lo esperado en un principio, y así se lo hizo saber al hermano ñandú el Comité de Asuntos Internos del prado de los Sueños Imposibles.

La denuncia no se había hecho esperar. El responsable de aquella original decoración fue llevado a juicio. El fiscal, por más señas un altivo buitre leonado, de pico ganchudo y plumífera gorguera, recordó a los asistentes a la vista oral las barbaridades que había perpetrado el acusado.

—En primer lugar, me atrevería a afirmar que el hermano ñandú, olvidando sus deberes como ciudadano de bien, y sus obligaciones como decorador oficial del reino, no ha tenido suficiente con saltarse olímpicamente las precisas indicaciones del encargo; sino que, obrando por completo al margen de la Ley, se ha atrevido a transformar por completo nuestro hermoso -hasta ahora- prado.

El señor juez, ansioso por intervenir, abrió el pico e increpó al acusado, no antes de emitir su característico bubo bubo.

—¡Desde luego! –exclamó el airado búho real— ¿A quién se le ocurre cometer tamaña infracción?

—Disculpe, Señoría, pero yo no he cometido ninguna infracción -replicó el acusado sacudiendo sus plumas vigorosamente-. A lo sumo, se puede afirmar que he cometido una…originalidad –añadió el ñandú con orgullo apenas disimulado.

¡Hola, soy el hermano Ñandú!

—¿No ha delinquido? Entonces, ¿cómo llamaría usted a la acción de cambiar las flores por cosas que no son flores, así como los árboles, las piedras y las mariposas por cosas que no son árboles ni piedras ni mariposas…? –bramó el juez con los nervios a flor de piel, erizándose aún más las plumas de sus “orejas”.

—¡Surrealismo, por supuesto! –sentenció el hermano ñandú de manera exultante.

Saltando al unísono en sus respectivas butacas, juez y fiscal se pusieron sus gafas correspondientes para observar mejor a aquel extraño ser en que se estaba transformando el acusado. Por unos instantes, les pareció que la palabra ñandú equivalía a algún indescifrable jeroglífico del antiguo Egipto. Nadie se atrevió a hablar, a excepción del propio decorador.

—En realidad, reconozco que mis cambios han sido un tanto excesivos. A pesar de ello, quiero hacer constar que aquello que hay, por ejemplo, en lugar de las flores de antaño son también flores, pero distintas… En cuanto a la razón que me llevó a confeccionar este paisaje tan original, me veo obligado a dar una explicación que, a mi modo de ver, debería ser bien acogida por ustedes.

—Yo, como todos los asistentes a este juicio deben saber, llegué a este prado hace cerca de cinco años, procedente de las lejanas tierras americanas. Mas lo que ningún habitante de esta región conoce es el porqué decidí abandonar a mi familia para dedicarme, poco tiempo después, al exótico oficio de decorar prados y bosques. Pues bien, los motivos de mi partida fueron estrictamente existenciales –entre el público se abrió paso entonces un leve rumor de sorpresa.

Me explico…

Allí donde nací y me crié la monotonía era aplastante; de ahí que la gente tuviese la tendencia a ser conformista y, en consecuencia, antipática y aburrida por naturaleza. Pero ese estilo de vida no era en absoluto de mi agrado, no me llenaba. Debido a ello, no encontrando una mejor salida a mi desencanto, una mañana me armé de valor y, haciendo acopio de aquello que precisaba para viajar, me marché de casa en busca de un lugar donde pudiera ser feliz.

Detesto la monotonía del paisaje. ¿No os parece aburrido estar siempre seguros de poder identificar con una simple ojeada todo aquello que pasa ante vuestros ojos? Sólo se trataba de enmascarar un poco las cosas, de tal modo que para tener plena seguridad de hallarse al lado de un árbol, habría que efectuar no tan solo un análisis visual; sino también olfativo, táctil y, por qué no, intuitivo. En definitiva, la vida sería así mucho más entretenida, basada en continuas interpretaciones de la realidad, haciendo más abiertas las mentes, alejándonos del conformismo.

El prado de los Sueños Imposibles, una vez remodelado.

De repente, el bubo bubo anunció que Su Señoría iba a intervenir de nuevo.

—Muy interesante su historia, debo admitirlo. Aunque para poder dictar sentencia, necesito que me aclare un punto: ¿a qué se dedica usted exactamente, señor Ñandú? –inquirió el juez con unos ojos anaranjados que centelleaban desde su redonda cabeza.

—Su Señoría, resumiendo diría que me dedico a vidar prados –respondió el acusado saboreando sus últimas palabras.

—¡Querrá decir que se dedica a decorar prados!

—No, a vidarlos, esto es: a llenarlos de vida. Sí, a eso me dedico.

Una vez concluido su alegato, el hermano ñandú calló y se sentó. Los asistentes al juicio, convertidos en entusiástico público, cerraron su exposición con una prolongada ovación que, muy lejos de quedarse en algo simbólico, sirvió para que el juez, animado por el fiscal, decidiera a la postre absolver al brillante decorador oficial del reino.

Algún tiempo después, fue publicado un bando donde se anunciaba que el ñandú había sido nombrado juez del prado por expreso deseo de las autoridades del mismo. El porqué de este inesperado nombramiento estribaba en la necesidad de defender las originales ideas del popular decorador.

El hermano Ñandú, encantado con su flamante nombramiento.

El hermano Ñandú, encantado con su flamante nombramiento.

Gracias a lo anterior, la vida en el prado continuó siendo entretenida durante muchísimos años…

Filosofía ferroviaria

Como si fuese un gigantesco ciempiés de metal, el transiberiano atraviesa veloz la vasta estepa rusa, deteniéndose muy de tanto en tanto en apeaderos de nombres impronunciables. Mientras tanto, en el interior del coche-comedor, los viajeros de primera clase degustan una espléndida cena a base de uja y caviar de beluga, servida en vajillas de porcelana y acompañada por cubiertos de plata.

Un elegante camarero de poblado mostacho se acerca a una pareja entrada en años, y con una estudiada reverencia les hace entrega de la fastuosa carta. La mujer, sin apenas apartar la mirada del libro que sostiene entre sus cuidadas manos, mira de soslayo a su marido, musitando unas pocas palabras.

—Estimada mía, tienes toda la razón —responde él bajando aún más la voz—. Tal como la autora explica en tu libro, quienes viajamos en este convoy somos extraños en un tren. Es cierto que coincidimos en el mismo lugar y al mismo tiempo, pero nadie conoce a nadie.

A la mañana siguiente, aún en el interior de su lujoso compartimento, el marido contemplaba con cierta somnolencia el helado paisaje que apenas se vislumbraba a través de la empañada ventanilla. En el vestidor contiguo su esposa se acababa de acicalar, para así estar impecable cuando llegasen a su ya próximo destino.

Al cabo de unos minutos, el tren se detuvo con una fuerte sacudida. La locomotora de vapor, aliviada por la conclusión de aquel agotador viaje, exhaló un vaporoso suspiro.

—Considero muy importante la existencia de túneles a lo largo de toda la red ferroviaria —comenzó a decir el veterano neofilósofo al bajarse del tren—. Desde luego, es necesaria la presencia de túneles, incluso en aquel trayecto del viaje donde la belleza del paisaje obliga a la contemplación atenta y minuciosa del mismo por parte del viajero.

—¿Por qué dices eso ahora? —respondió extrañada la esposa.

—Porque, por muy excitante que sea la observación de lo que se halla al otro lado de la ventanilla de nuestro compartimento, es realmente necesario y apremiante contemplar los rostros de nuestros compañeros de viaje —añadió el marido a la par que su faz adquiría un brillo especial.

—¡A buena hora lo dices! —exclamó contrariada la consorte del neofilósofo— ¡Podríamos haber entablado nuevas amistades si no hubiésemos permanecido todo el viaje admirando las hermosuras del paisaje!

Mientras se desarrollaba el diálogo precedente, el autor de aquella pintoresca escena observaba con suma atención las evoluciones de sus dos personajes sobre el concurrido andén de aquella estación de nombre desconocido. Así, sin quitarles la vista de encima, mirándolos fijamente a través del grueso cristal de la ventanilla de su compartimento, aquel creador de personajes, de ambientes, y de ficciones de toda índole, no perdía la esperanza de que sus dos nuevas criaturas se dignasen a interrumpir en un momento dado su despreocupada y alegre conversación. Anhelaba que ellos reparasen, aunque fuera tan solo por un breve instante, en la desconsolada existencia de quien les había insuflado aquel generoso soplo de vida, gracias al cual ahora se disponían a abandonar para siempre aquel escenario, donde su creador languidecía sin poder hacer nada por evitarlo.

Sin previo aviso, el tren reinició la marcha, fatigosamente; aunque su creciente velocidad hizo que se perdiera pronto de vista el andén, cuyo recuerdo no tardaría en petrificarse en la mente del autor, para así poder mortificarlo periódicamente, cuando menos se lo esperase…

En cuanto el convoy hubo desaparecido por completo de su campo de visión, el neofilósofo y su esposa se adentraron en las dependencias de la estación, intercambiando unas palabras en voz baja al tiempo que atravesaban el amplio vestíbulo de aquélla.

—Querida mía, ¿has visto de qué forma tan descarada nos miraba ese extraño individuo junto al que hemos realizado nuestro largo viaje? —dijo el marido a la vez que se secaba el sudor de la frente con su impoluto pañuelo de seda.

—Ahora que lo dices, sí que me he percatado de ello…—comenzó a decir la esposa tras unos instantes de vacilación— ¡Pobrecito! ¿Por qué no nos habrá dicho nada durante todo el tiempo que hemos estado juntos?

—¡Vete tú a saber! ¡En el mundo hay gente muy rara! —concluyó el marido aferrando a su mujer del brazo.

Ambos personajes, recuperada su sonrisa habitual, se perdieron entre el tumulto de gente que a aquellas horas de la mañana paseaban despreocupadamente por las calles de la populosa ciudad de Realidad.

Sus últimas palabras

El Sol agonizaba en el horizonte carmesí mientras el filósofo yacía sobre el pétreo mármol. A corta distancia, el joven escriba tomaba nota de todo cuanto acontecía.

Formando un círculo alrededor, sus numerosos discípulos aguardaban, expectantes, las últimas palabras del maestro antes de adentrarse por siempre en la oscuridad. Un pestilente olor a cicuta impregnaba el aire de la estancia.

De pronto, el sabio ateniense apretó los párpados y sus tumefactos labios se entreabrieron apenas para susurrar unas palabras:

-Queridos amigos, ahora que muero ya no temo a los que me condenaron. Nada me impide pues desvelaros el gran secreto que el dios Apolo me reveló cuando durante mi juventud acudí al oráculo…

Pero el viejo maestro sufrió un desvanecimiento. Entonces, varios de sus discípulos lo alzaron en brazos y lo condujeron hasta el galeno, quien le practicó un lavado de estómago.

Era el trigésimo intento en el último año para escuchar al fin «sus últimas palabras». La próxima vez calcularían mejor la dosis de cicuta.

El nacimiento de este blog y participación en el Concurso el tintero de oro

El pasado día 6 de noviembre se celebró en la ciudad de Granada el II encuentro anual de la Red de Cuidados Paliativos de Andalucía (RedPal). A propósito de dicho encuentro, unos meses antes la RedPal convocó el I certamen de microrrelatos, con el lema «cuidados paliativos: en el domicilio se puede».

Fueron aceptados por el jurado del certamen un total de 365 relatos procedentes de toda la geografía de España. Concretamente, yo participé con dos microrrelatos: Lucía y los Títeres y Simbiontes al anochecer, quedando el primero de ellos entre los 20 mejor puntuados. La previsión es que un día de estos sea publicado en el blog de la RedPal, así como formando parte del e-book conmemorativo del evento.

Espoleado por el «éxito» conseguido, y habiendo averiguado que una de los miembros del jurado, Rocío de Juan, es una destacada asesora literaria y profesora de talleres de escritura creativa, me armé de valor y contacté con ella para pedirle consejo. Para mi sorpresa, Rocío contactó conmigo enseguida y se mostró muy simpática y próxima con un servidor, de lo cual le estoy muy agradecido.

Dado que yo nunca he participado en un taller literario, y teniendo en cuenta que a Rocío le transmití mi inquietud acerca del hecho de que apenas he contactado con otros escritores, con quienes poder compartir mis escritos, dando y recibiendo valiosas opiniones y valoraciones, ella vio muy claro aquello que a mí más me conviene actualmente: crear un blog propio, suscribiéndome acto seguido a un blog literario muy interesante, al frente del cual está el escritor y bloguero David Rubio Sánchez, catalán como un servidor.

La idea es muy sencilla: cada mes David propone un tema, sobre el cual hay que basar un relato de una extensión máxima de 900 palabras. Cada autor que desee participar en el concurso mensual de «el tintero de oro» (así se llama el concurso en cuestión) puede participar con un único relato, el cual debe ser publicado en el blog propio, compartiendo acto seguido un enlace a dicho blog.

Si a alguien le interesa participar, puede conocer los detalles siguiendo el enlace incluido en el párrafo anterior. El tema propuesto para este mes de diciembre (extraños en un tren) me resulta muy inspirador. De hecho, acabo de crear una nueva entrada donde incluyo el relato con el que voy a participar: Filosofía ferroviaria.

 

 

La conversación perdida

El día acabó siendo el Reino de los Smartphones. Los proscritos como yo decidimos surcar la noche en busca de alguien con quien conversar…

Conversar con alguien sobre cualquier tema se había convertido en un comportamiento del todo subversivo. Algunas noches salía a hurtadillas de casa y me dirigía a uno de los locales prohibidos. Allí permanecía charlando hasta altas horas de la madrugada con cualquier individuo que, como yo, aún disfrutase del antiguo placer de la conversación. Pero se trataba de una actividad muy peligrosa. Sigue leyendo