Resaca aparente

Juan se despert√≥ tarde; aunque la descomunal resaca que ten√≠a todav√≠a le retuvo en la cama durante un per√≠odo de tiempo indeterminado. Por fin, cuando consigui√≥ aterrizar en la realidad de su cuarto, pas√≥ revista a los familiares objetos que le rodeaban. Todo parec√≠a estar en su sitio, tal como lo hab√≠a dejado antes de agarrar la cogorza. Pero ten√≠a la aterradora sensaci√≥n de que ALGO hab√≠a cambiado. S√≠, ¬Ņpero qu√©?

A√ļn aturdido, entr√≥ en la cocina. Era 25 de diciembre, as√≠ lo reflejaba al menos el calendario de la nevera. Con la lengua convertida en un √°spero estropajo y las sienes amenazando con explotarle, un buen trago de cerveza era sin duda la mejor medicina.

Resaca - Banco de fotos e im√°genes de stock - iStock

Una vez estabilizados sus electrolitos, se dispuso a revisar cada rinc√≥n de la vivienda. Con la mirada enloquecida, examin√≥ aqu√≠ y all√°, abri√≥ todos los armarios, levant√≥ todas las alfombras… Pero, a pesar de su meticuloso registro, no hab√≠a hallado en toda la casa un solo elemento navide√Īo: ni rastro del Nacimiento, ni del engalanado abeto artificial; ni tan siquiera fue capaz de hallar la ramita de mu√©rdago debajo de la cual, cada Navidad, Marta y √©l cumpl√≠an con el ritual del beso.

Una llave gir√≥ en la cerradura de la puerta. Juan corri√≥ apresurado, besando a su mujer con pasi√≥n, como si no hubiese un ma√Īana.

‚ÄĒCari√Īo, estoy confuso: ¬Ņsabes d√≥nde est√° el Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs?

‚ÄĒ¬Ņ¬°El Sagrado Coraz√≥n de qui√©n!? ‚ÄĒespet√≥ ella, perpleja.

 

Punto Jonbar:

Un d√≠a, pensando en la gran presencia de los ritos y festividades de origen cat√≥lico en el seno de nuestra sociedad, me plante√© lo siguiente: ¬Ņy si Jesucristo no hubiese nacido? Y esta pregunta me llev√≥ de una manera natural a plantearme la siguiente: ¬Ņqu√© ser√≠a de nuestras vidas sin fiestas tan arraigadas como la propia Navidad? Me pareci√≥ una idea muy interesante para escribir una ucron√≠a.

Por cierto, para este nuevo microrreto planteado por nuestro amigo y anfitri√≥n David, no he podido evitar rescatar el micro (desarrollado para esta ocasi√≥n) que escrib√≠ coincidiendo con la publicaci√≥n de mi art√≠culo ¬ęEl multiverso literario¬Ľ. Se trataba de un relato hiperbreve titulado ¬ęNavidad cu√°ntica¬Ľ, y que us√© para ejemplificar una cualquiera de las realidades alternativas que podemos crear y que, de hecho, seg√ļn la f√≠sica cu√°ntica coexisten con nuestro Universo en alg√ļn lugar…

Si os interesan temas como la ucran√≠a o la relaci√≥n entre literatura fant√°stica y teor√≠a cu√°ntica, os recomiendo mi art√≠culo ¬ęEl multiverso literario¬Ľ, el cual fue publicado el pasado mes de diciembre en el blog de El Tintero de Oro, benefici√°ndose de los inestimables comentarios y aportes de nuestro amigo David.

Muchas gracias por vuestra atención.

¬°Sequere me!

En esta nueva edici√≥n del concurso de El Tintero de Oro se trata de escribir un relato de un m√°ximo de 900 palabras, donde se describa un conflicto de pareja en tono humor√≠stico. Debo confesar que nunca he escrito un relato de humor como tal, por eso mismo estas pasadas fiestas navide√Īas me puse manos a la obra, esforz√°ndome al m√°ximo para escribir una historia lo m√°s original posible, y que sobre todo os arrancase una sonrisa en una √©poca tan aciaga como la que estamos viviendo. ¬°Un fuerte abrazo! ¬°Ah!, y como dice el t√≠tulo escrito en lat√≠n: ¬°S√≠gueme!

Ma√Īana al fin marcharemos hacia Hispania. El joven Plinio y yo nos hemos internado en las concurridas callejuelas del barrio de Regio II, convencidos de que los efluvios del vino apuntalar√°n nuestro valor.

A medida que avanzamos por la v√≠a Aca Larentia, dedicada a la lupa que amamant√≥ al fundador de Roma, contemplamos a izquierda y derecha los innumerables lupanares que al cresp√ļsculo abren sus puertas. En cada uno de ellos, un enorme falo de color bermell√≥n, clavado en la aldaba de la entrada, anuncia los servicios lujuriosos que all√≠ se ofrecen.

Sprintia, las monedas sexuales de la antigua Roma.

Justo debajo del letrero donde se lee ‚Äúentra, folla y regresa a tu hogar‚ÄĚ, varias mujeres en edad y actitud de merecer, las meretrices, se exhiben con t√ļnicas cortas de vistosos colores. Casi todas llevan el cabello te√Īido en tonos llamativos, pero abundan las rubias, emulando as√≠ a las atractivas esclavas oriundas de tierras lejanas. A menudo, en sus p√≥mulos resaltan sendos coloretes de un rojo chill√≥n, acentuando el tama√Īo de los ojos con un perfilador de color holl√≠n. Atra√≠dos como las moscas a la miel, numerosos ciudadanos se les acercan, pregunt√°ndoles el precio.

Mi asistente y yo nos miramos dubitativos por un instante, pero accedemos finalmente al interior de una taberna de aspecto acogedor.

*****

Los dos legionarios se hallaban de pie junto a un mostrador de obra en forma de ele, alrededor del cual com√≠an y sobre todo beb√≠an una docena de clientes, todos hombres. Incrustadas en la barra, varias vasijas de barro cobijaban las viandas que h√°bilmente el tabernero iba extrayendo con una especie de cuchar√≥n de madera. Se trataba sin duda del due√Īo del local, cuyos mofletes regordetes e incipiente calvicie le daban un aire un tanto rid√≠culo.

‚ÄĒ¬°Cornelia! ¬ŅPuedes mover el trasero y traer m√°s gachas y aceitunas del almac√©n? ¬°Estos caballeros quieren comer! ‚Äďgrit√≥ el gordinfl√≥n de detr√°s de la barra apuntando con el cuchar√≥n hacia la peque√Īa puerta que hab√≠a a su espalda.

‚ÄĒ¬°Oh Lucius, querido esposo! ¬°Acudo presta a tu llamada como si fuese la diosa Cibeles sobre su carro! ‚Äďse oy√≥ decir con sorna desde la oscuridad.

Al cabo de un minuto, surgi√≥ de las tinieblas la figura de una bell√≠sima matrona portando un √°nfora de vino apoyada en el cuadril. Iba ataviada con una estola de color amarillo ce√Īida por debajo de su divino busto con un cintur√≥n de piel. Llevaba su larga cabellera recogida en una oscura amalgama de rizos. Colg√≥ el recipiente de un gancho que pend√≠a del techo y, se√Īalando hacia una de las vasijas del mostrador, increp√≥ a su marido con sarcasmo.

¬°Oh, bella Cornelia!

‚ÄĒ¬°Qu√© hombre! ¬ŅNo has visto que hay ah√≠ aceitunas y gachas como para alimentar a una cohorte al completo? No, si ya lo dec√≠a mi madre: ¬°Cornelia, tu esposo no tiene ni el cerebro de un ni√Īo de dos a√Īos dormido en brazos de su padre!

‚ÄĒ¬°Ah! ¬ŅCon esas andamos, divina tabernera? ¬°Pues t√ļ lo √ļnico que haces es correr de un lado a otro, nerviosa como una rata en una olla! ‚Äďfarfull√≥ el interpelado gimiendo como una bestia apaleada.

‚ÄĒ¬°D√©jalo, eres como el hedor de una letrina pobre! ‚Äďreplic√≥ la mujer regresando al almac√©n.

Mientras acontec√≠a aquella escena, los dos soldados se desternillaban de la risa a la par que segu√≠an las evoluciones de aquella pareja tan c√≥mica. De pronto, el oficial sinti√≥ que una mano c√°lida y suave se posaba sobre su diestra acariciando su anillo de oro. Sorprendido, alz√≥ la mirada y sus pupilas se clavaron en el rostro rutilante de una espectacular rubia que le sonre√≠a mientras susurraba ‚Äúcari√Īo, para ti son cinco ases‚Ķ‚ÄĚ

‚ÄĒPlinio, ten la bondad de acompa√Īar a esta preciosidad. Yo renuncio a tal honor por respeto a mi fiel Flavia ‚Äďsentenci√≥ el tentado pagando a la prostituta.

‚ÄĒ¬°A tus √≥rdenes, tribuno! ‚Äďacat√≥ el joven legionario siguiendo a la mujer.

Caminando muy pr√≥ximo a ella, se perdi√≥ entre cada una de sus mareantes curvas, desde la cabeza hasta los pies. Y al llegar al suelo, se percat√≥ de que la trabajadora del sexo estaba estampando sobre el polvo del piso, a cada paso que daba, las palabras ‚Äúsequere me‚ÄĚ, y √©l no estaba dispuesto a desobedecer, ni en la guerra ni ahora en el amor.

Subieron por unos estrechos pelda√Īos hasta la segunda planta de la domus. Una vez all√≠, accedieron a un peque√Īo cub√≠culo donde hab√≠a un solitario catre por todo mobiliario. En un visto y no visto, se despojaron de sus t√ļnicas y el soldado qued√≥ hipnotizado contemplando aquellos pezones ba√Īados en purpurina dorada y, m√°s abajo, el sexo rasurado en el que la mujer se hab√≠a untado un linimento que le daba un aspecto rojizo.

Los movimientos r√≠tmicos se suced√≠an. El joven Plinio no pudo evitar fijar su mirada en un grafiti que quedaba justo enfrente de sus ojos y donde se le√≠a ‚Äúyo forniqu√© con la due√Īa‚ÄĚ. Y como si hubiese sido una se√Īal pactada, el tabernero asom√≥ la cabeza por la cortina ahora parcialmente descorrida y apremi√≥.

‚ÄĒ¬°Venga, Cornelia, date prisa que hay otro cliente esperando!

‚ÄĒ¬°Todo lo que dices es tan aburrido, por H√©rcules, que podr√≠as cometer asesinato por monoton√≠a! ‚Äďrega√Ī√≥ la due√Īa con tono de disgusto.

‚ÄĒBueno, buen mozo, lleg√≥ la hora de que te derrames‚Ķ

Dos hombres abandonaron la taberna.

‚ÄĒTribuno, ¬Ņquieres visitar otro establecimiento?

‚ÄĒNo, joven Plinio, mejor ser√° que regresemos ya al cuartel. ¬°A buen seguro que los guerreros numantinos no ser√°n tan amables!

El faro del mundo

Ante tu cuerpo vilmente mancillado, surge frente a mis ojos la imagen de un millón de papiros desollados, taladrando mi cerebro sin piedad.

La sinrazón de los fanáticos intentó acallar tu voz clarividente, pero tu magisterio hace mucho que desplegó sus alas áureas, elevándose majestuoso sobre la ignorancia del orbe.

¡Oh, la luz de tu pensamiento siempre será nuestra guía, mi bella Hipatia!

Mariposas del alma

En la mente de un ni√Īo el futuro es un sue√Īo del que se demora en despertar. Entre los juegos y las clases en la escuela, los d√≠as transcurren felices sin mayor preocupaci√≥n que la de responder con acierto a las dif√≠ciles preguntas de los maestros, aguardando con ansiedad apenas reprimida a que llegue la hora de la merienda: ese ritual incomparable que en mi infancia consist√≠a en devorar el pan con nocilla que me preparaba mam√°, mientras disfrutaba de las travesuras protagonizadas por los payasos de la tele o los personajes de Barrio S√©samo.

El profesor Alonso, tocayo del famoso hidalgo cervantino, aunque más conocido como nuestro tutor de séptimo de EGB, irrumpió en nuestras vidas como un soplo de aire fresco. Recuerdo que era un buen mozo oriundo de León, de torso y brazos musculados. Sus cabellos, negros y lacios, caían en graciosa cascada tapándole las orejas, lo cual le daba una apariencia desenfadada. Por debajo de sus redondas gafas, exhibía una sonrisa franca, nada forzada, que vertía simpatía a raudales.

Aquel a√Īorado maestro ten√≠a la virtud de hacer atractiva a nuestros ojos pueriles cualquier materia o concepto, aderezando la √°rida explicaci√≥n con alguna an√©cdota, o bien asociando el abstracto s√≠mbolo o la insondable f√≥rmula con una imagen amigable, con algo familiar que hiciese que aquel nuevo conocimiento echase ra√≠ces en nuestra mente, habitando all√≠ para siempre.

Un d√≠a, en clase de matem√°ticas, el joven profesor decidi√≥ hablarnos del s√≠mbolo del infinito: un ocho recostado que, al parecer, no ten√≠a ni principio ni fin. Ni corto ni perezoso, alguien le pregunt√≥ por el origen de aquel garabato tan raro. Su respuesta se me qued√≥ grabada a fuego: ‚Äúsi os fij√°is un poco, ver√©is que en realidad se trata de una mariposa que extiende sus alas al universo infinito.‚ÄĚ ¬°De todas las gargantas infantiles brot√≥ un sonoro ooohhh!

Tambi√©n nos impart√≠a la asignatura de m√ļsica. Pero no nos obligaba a tocar la flauta, o mejor dicho a soplar por la boquilla emitiendo notas desafinadas que a veces se asemejaban a barritos de elefante. Lejos de aburridas clases, nos sorprend√≠a con propuestas de lo m√°s originales, como aquel d√≠a que yo le coment√© que estaba aprendiendo a tocar la bater√≠a.

‚ÄĒBaldo, tr√°ete el pr√≥ximo d√≠a de clase tus baquetas. Ya ver√°s qu√© cosa tan guay que vamos a hacer todos juntos‚Ķ

‚ÄĒ¬ŅPero debo prepararme algo? ‚Äďpregunt√© expectante.

‚ÄĒ¬°No te preocupes, improvisaremos! ¬†-exclam√≥ nuestro profesor frot√°ndose las manos vigorosamente.

Al fin lleg√≥ el gran d√≠a y nuestro director de orquesta reparti√≥ los diferentes papeles entre el improvisado elenco de m√ļsicos en que nos hab√≠amos convertido los alumnos. A m√≠ me toc√≥ tomar asiento en una silla frente a todos mis compa√Īeros. Una segunda silla hizo la funci√≥n de tambor. Estaba un poco nervioso, lo cual en aquella √©poca ven√≠a acompa√Īado de un s√ļbito enrojecimiento de cualquiera de mis orejas. Y esto √ļltimo era lo que me provocaba la sensaci√≥n m√°s desagradable, por encima de todo.

De pronto, el maestro introdujo una cinta en el radiocasete que acostumbraba a traer para hacer la clase de m√ļsica, y un ritmo hipn√≥tico de tambores surgi√≥ de los altavoces, expandi√©ndose a trav√©s del aire que nos envolv√≠a, penetrando en nuestros cuerpos, cautivos de aquella secuencia de sonidos repetitivos comparable al bombeo de un gran coraz√≥n.

‚ÄĒ¬°Baldo, sigue el ritmo con las baquetas! ‚Äďorden√≥ el profesor Alonso al tiempo que agitaba sus brazos, dirigiendo a la supuesta orquesta.

Yo obedecí sintiendo que la emoción me embargaba.

‚ÄĒ¬°Y ahora vosotros, dad tres palmadas seguidas al comp√°s de la m√ļsica! ‚Äďexclam√≥ nuestro tutor dirigi√©ndose a mis compa√Īeros.

Tuvieron que transcurrir muchos a√Īos antes de que descubriese el t√≠tulo de la canci√≥n que nos hab√≠a inspirado aquella improvisaci√≥n tan m√°gica, tan distinta a las aburridas clases de costumbre. Se trataba de Vuelo nocturno a Venus, del grupo alem√°n Boney M.

El final de aquel curso coincidi√≥ con la despedida del maestro Alonso, de quien no he vuelto a tener noticia. Ignoro si a mis entonces compa√Īeros de colegio les sucedi√≥ lo mismo, pero lo cierto es que a m√≠ me dej√≥ un recuerdo imperecedero. Si tengo que explicar con palabras en qu√© medida influy√≥ sobre mi personalidad, dir√© que las d√©biles orugas que hasta entonces viv√≠an acurrucadas en los laberintos de mi cerebro por fin se desperezaron, transform√°ndose en unas voluptuosas mariposas, de vivos colores, que emprendieron el vuelo, hacia el planeta Venus.

El oficio m√°s bello

Como cada ma√Īana desde hace cuatro a√Īos, salgo del cuchitril donde duermo y gateo por las carcomidas escaleras que conducen a la planta superior del Instituto, en donde se halla nuestra imprenta. Me guio en parte por el tacto y en parte por los diferentes olores que emanan de cada rinc√≥n que encuentro a mi paso. El hedor que surge de los lavabos anuncia que he llegado a la sala de impresi√≥n.

Pero una vez aposentado en mi butaca de trabajo, se borra de mi mente toda sensaci√≥n desagradable, difumin√°ndose cualquier clase de preocupaci√≥n. Lo primero que suelo hacer es repasar la labor realizada la jornada anterior, para as√≠ asegurarme de que he sido capaz de encerrar el pensamiento en el menor n√ļmero posible de palabras. Es una ardua tarea, ciertamente, pero hay que aligerar la carga de quienes vayan a leernos usando sus dedos en lugar de los ojos. Nuestra empresa es maravillosa: mostrar la belleza del arte y del conocimiento a las personas invidentes.

Para mí es una experiencia inigualable. Así pues, cuando las yemas de mis dedos resbalan sobre la miriada de puntos grabados sobre el papel, siento que mi ceguera desaparece, sumergiéndose mi mente en un torrente inagotable de sensaciones y de posibilidades. Una nueva realidad aparece ante mí, llevándose lejos mis miedos.

Con una sonrisa desde mi inexpresivo rostro -así lo describen muchos de quienes me conocen-, agarro con firmeza mi punzón de talabartero y firmo por fin el libro recien terminado: Louis Braille.

Esperando a Luisito

La primera noche

La luz del candil se había extinguido, y el prisionero se estremeció bajo la manta que aquel soldado tan joven y guapo le había entregado junto a otros objetos de primera necesidad. Era pleno verano, pero sentía un frío primitivo, que se adhería a su alma como una máscara funeraria.

‚ÄĒMe dijo que se llamaba Bene. S√≠, de benefactor… ‚Äďsusurr√≥ a la vez que esbozaba una leve sonrisa.

El desangelado cuarto donde iba a pasar aquella primera noche estaba ahora en penumbra. Por el estrecho ventanuco tan solo se abr√≠a paso un fino haz de luz, con el que su hermana Luna pretend√≠a hacerle un poco de compa√Ī√≠a. ‚ÄúLuna lunera‚ÄĚ, pens√≥ el infeliz con un nudo en la garganta.

Afinó la vista y sobre la vetusta mesa de madera vislumbró el redondo contorno de la tartera de la vieja criada. En su interior, media tortilla de patatas enviaba mensajes en clave a su vacío estómago, pero lo tenía cerrado a cal y canto.

‚ÄĒ¬°Se√Īorito, coma algo, que se va a quedar chupado como un pirul√≠! ‚Äďhab√≠a exclamado sonriendo la entra√Īable criada con gesto forzado.

‚ÄĒComo un pirul√≠ pirulado ‚Äďhab√≠a respondido el recluso haciendo una mueca burlona y gui√Ī√°ndole un ojo.

Y entonces, acurruc√°ndose sobre el duro catre, se pregunt√≥ a s√≠ mismo por en√©sima vez por qu√© a√ļn no hab√≠a hecho acto de presencia su amigo Luis; aunque para √©l siempre ser√≠a Luisito, su compa√Īero de letras y hermano del alma. ¬ŅD√≥nde te has metido? ¬ŅPor qu√© no vienes a rescatarme enarbolando tu espada hecha de magia y versos?, cavilaba el cautivo al tiempo que humedec√≠a la porci√≥n de manta con la que se cubr√≠a el rostro. Pero pronto tuvo que asumir que aquella noche no ser√≠a liberado.

La impenetrable oscuridad se hab√≠a ense√Īoreado de los campos circundantes, arropando con su manto negro a los somnolientos olivos y a los bueyes rojos. Mientras tanto, en el interior de la celda, una especie de remordimiento hab√≠a anidado en el coraz√≥n del prisionero, abri√©ndose paso entre su sangre y sus recuerdos. Con infinito desasosiego, se reprochaba el no haber sido un buen vecino. No, no se debe esparcir a los cuatro vientos las miserias que habitan entre las cuatro paredes de casas ajenas, por mucho que se crea que con ello se est√° ayudando a que muchas mujeres se liberen del yugo del luto y de mil otras tradiciones castrantes.

Agotado por aquellos pensamientos que pesaban como una losa sobre su conciencia, al fin el pobre desdichado se qued√≥ dormido, dej√°ndose arrullar por las felices im√°genes de su infancia, tan lejana ahora, as√≠ como por aquellas hermosas canciones que su madre le ense√Īara. Gir√≥ sobre s√≠ mismo y suspir√≥ esperanzado en que el nuevo amanecer le traer√≠a a su querido amigo Luisito, su libertador.

Una carta a la esperanza

La ma√Īana ya estaba bastante avanzada. Dos rayos de sol, cual c√°lidos dedos, acariciaban sus p√°rpados a√ļn cerrados. ‚ÄúCapit√°n redondo, lleva un chaleco de raso‚ÄĚ, recit√≥ el recluso desperez√°ndose, con las extremidades entumecidas.

M√°s tarde, decidi√≥ asearse usando para ello la peque√Īa palangana que estaba apoyada sobre la pared. Quer√≠a estar presentable para cuando llegase su compadre. Estaba peinando sus cabellos azabaches cuando vio reflejada en el espejo una figura que le observaba atentamente. Se trataba sin duda de un guardia civil, acompa√Īado de su tricornio incrustado en el cr√°neo de plomo, y exhibiendo un generoso mostacho.

‚ÄĒ¬ŅQui√©n es usted? ‚Äďpregunt√≥ nuestro amigo visiblemente asustado.

‚ÄĒNo soy nadie en particular. ¬ŅQuiere que le entregue una carta suya a alg√ļn familiar, quiz√° a sus padres? ‚Äďinquiri√≥ aquel siniestro personaje con su porte imperturbable.

El prisionero asintió con la cabeza y le alargó un cigarrillo.

‚ÄĒGracias, no fumo estando de servicio. Yo mismo llevar√© la carta a la direcci√≥n que usted me indique, pero le ayudar√≠a mucho hacer un donativo a la Guardia Civil.

‚ÄĒ¬ŅMil pesetas ser√≠a una cantidad adecuada?

‚ÄĒCorrecto ‚Äďdijo el individuo con rictus serio.

‚ÄĒEst√° bien, pero haga el favor de entregarle la misiva personalmente a… Luis Rosales ‚Äďrespondi√≥ al fin con ojos brillantes.

Al abandonar la celda, el guardia civil leyó lo siguiente:

Querido Luisito: estoy recluido desde ayer en una celda en la Gobernación Civil. No sé por qué estoy aquí. Ven a sacarme de este lugar horroroso, por lo que más quieras. Entrégale mil pesetas al portador de esta carta como donativo a la Guardia Civil. Un abrazo de tu amigo.

Las horas transcurrían en lenta procesión y la desesperación del cautivo se acrecentaba. Al final, sabedor de que nadie vendría en su ayuda se puso a maldecir.

‚ÄĒ¬°Luisito, maldito putrefacto! ¬°Maldito!

‚ÄĒ¬°Qu√© co√Īo est√° pasando ah√≠ dentro! ‚Äďbram√≥ alguien al otro lado de la puerta.

Un grupo de falangistas irrumpieron en el cuarto.

‚ÄĒ¬°Venga, su nombre! ‚Äďgrit√≥ el uniformado m√°s pr√≥ximo apremi√°ndole.

‚ÄĒFede, Federico Garc√≠a Lorca ‚Äďrespondi√≥ el poeta con voz temblorosa.

‚ÄĒ¬°Arreando, que es gerundio! ‚Äďle espet√≥ uno de los camisas azules golpe√°ndole ligeramente con la culata de su m√°user.

Ya de madrugada, un lujoso Hispano-Suiza atravesaba a gran velocidad las desiertas calles de Granada. En su interior, sentado en los asientos traseros, Federico contemplaba los altos balcones de las casas, envidiando el pl√°cido sue√Īo de sus moradores. Camino de un futuro incierto, pre√Īado de negros nubarrones, se sorprendi√≥ de pronto canturreando entre dientes aquello de Anda jaleo, jaleo. Anda jaleo, jaleo. Ya se acab√≥ el alboroto. Y vamos al tiroteo…

FIN

En memoria del inmortal poeta granadino, me complace compartir con vosotros Anda jaleo (1931), uno de los grandes éxitos musicales de Federico García Lorca. Espero que os guste.

√öltimo recurso

A√ļn dura este siglo de pleno verano. Si nada lo impide, la pertinaz sequ√≠a acabar√° con la vida sobre la faz de la Tierra. Lo hemos probado todo: la desalinizaci√≥n del agua de mares y oc√©anos, las lluvias artificiales, e incluso la importaci√≥n de agua procedente de los casquetes polares de Marte. Sin embargo, las reservas de agua se agotan‚Ķ

Parece ser que el √°ngel exterminador ha optado por matarnos de sed. Pero quiz√° haya una √ļltima esperanza. La sola idea de recurrir a esa soluci√≥n nos hiela la sangre, mas la certeza de una muerte ag√≥nica nos obliga a actuar a la desesperada.

Un equipo de expertos nos desplazamos hasta el lugar donde se halla una especie de urna helada, en cuyo interior yace la criatura m√°s monstruosa que la mente humana pueda imaginar. Su horrible imagen me recuerda a la de un demonio expulsado de la zona m√°s profunda y sombr√≠a del mismo Hades. Es cierto que de sus entra√Īas puede surgir la salvaci√≥n para la Humanidad, pues se cree que pertenece a una civilizaci√≥n mucho m√°s avanzada que la nuestra. No obstante, no puedo evitar que mi alma se inunde de terror cuando comenzamos a romper el hielo.

Continuar√°…

Como un demonio expulsado de la zona más profunda y sombría del mismo Hades...

Como un demonio expulsado de la zona m√°s profunda y sombr√≠a del mismo Hades…

El abrazo

Estimados amigos de El Tintero de Oro,

Ante todo, deseo que todos vosotros y vuestros seres queridos os encontr√©is bien en estos d√≠as de pandemia y confinamiento. Si se puede sacar algo positivo de esta situaci√≥n que nos ha tocado vivir, es que quiz√° estemos aprendiendo el aut√©ntico valor de unas palabras amables, de la labor de tantos profesionales abnegados, el de un simple abrazo… Es comprensible, as√≠ mismo, que quienes est√°n afrontando una prueba tan dura como esta acaben buscando refugio en una realidad alternativa, puede incluso que recurran a un escenario como el que describo en el cuento con el que participo en esta edici√≥n n√ļmero XXII del concurso. Espero que sea de vuestro agrado y aguardo vuestros amables y enriquecedores comentarios. Un fuerte abrazo.

Aquel mismo sue√Īo se repet√≠a cada noche: una pulcra habitaci√≥n de hospital, un joven paciente cuyos inflamados pulmones a duras penas se beneficiaban ya del sistema de ventilaci√≥n mec√°nica. Al pie de la cama, sus ancianos padres, enfundados en sendos trajes de buzo que tan solo dejaban ver unos ojos arrasados por las l√°grimas. Enseguida, acuciada por la premura, la compungida madre pronunciaba unas palabras de despedida, pero en la sala arreciaba un viento huracanado cuyo bramido ensordecedor cercenaba el consuelo, mas no el abrumador dolor.

Laura despertó sobresaltada, alargando la mano instintivamente hacia la bata que yacía a sus pies. Hacía mucho frío, así que una buena taza de café la haría entrar en calor. Mientras desayunaba, su mirada se perdía entre el banco de niebla que se extendía al otro extremo de la finca, inundando el bosque de álamos que se alzaban majestuosos en la lejanía.

Un poco más tarde, ataviada con un chándal y unas bambas, salió a correr en dirección al océano de árboles que aguardaban su visita matutina de cada día. Sus recios troncos y sus frondosas copas cada vez estaban más cerca, sintiendo ella un creciente bienestar que se iba apoderando poco a poco de todo su ser. Alcanzado su destino, Laura se detuvo en seco y contempló embelesada a aquellos hermosos álamos que compartían su existencia con los numerosos pajarillos que anidaban en sus ramas, formando una gran familia en paz y armonía.

El abrazo verde

La joven extrajo del bolsillo un pa√Īuelo y se vend√≥ los ojos. Siguiendo el cotidiano ritual del abrazo verde, gir√≥ varias veces sobre s√≠ misma hasta abandonarse a la m√°s absoluta desorientaci√≥n. ‚ÄúEl √°rbol me elegir√° a m√≠‚Ķ‚ÄĚ, pens√≥ al tiempo que avanzaba a tientas en l√≠nea recta. No ten√≠a miedo, pues era consciente de que su destino estaba en manos de aquellos gigantes arb√≥reos que la contemplaban en silencio, y esa convicci√≥n la tranquilizaba. De pronto, las puntas de sus dedos chocaron con la lisa corteza del √°lamo elector. Se deshizo con avidez de la venda, y esbozando una amplia sonrisa abraz√≥ al √°rbol con devoci√≥n, como quien abraza a un entra√Īable amigo a quien no se ve desde hace a√Īos.

Por espacio de diez o quince minutos, la chica se sumergi√≥ en las serenas aguas del abrazo verde, no permitiendo que los oscuros pensamientos perturbaran aquel placentero encuentro. As√≠ pues, por unos instantes se ocup√≥ √ļnicamente en ver, oler, parar, sentir‚Ķ Poco a poco, mente y cuerpo estaban confluyendo en un mismo punto, en una nueva realidad donde no ten√≠a cabida el dolor. Laura sinti√≥ al fin que los latidos de su coraz√≥n se acompasaban con la vibraci√≥n que surg√≠a de las entra√Īas del √°rbol. Era como si ella y la Madre Naturaleza formasen un todo indisoluble.

***

Una semana atr√°s.

‚ÄĒ¬°Laura, por amor de Dios, por fin puedo escuchar tu voz! ¬ŅC√≥mo est√°s? -dijo Daniel sin ocultar su preocupaci√≥n.

‚ÄĒEstoy bien, no debiste llamarme -replic√≥ Laura.

‚ÄĒHar√© como si no lo hubiese o√≠do. Somos amigos desde la Facultad de Medicina y siempre nos hemos ayudado -hizo una breve pausa para tragar saliva-. Y s√© que ahora necesitas mi ayuda. Hace casi un mes que te desvaneciste en el aire, como si se te hubiese tragado la tierra…

‚ÄĒMira, Dani, te agradezco tu inter√©s, de verdad, pero t√ļ ignoras lo que tuve que vivir durante las dos semanas que estuve trabajando en la UCI del CHUAC.[i]

‚ÄĒPor un motivo u otro, hace un a√Īo que no nos vemos. Te perd√≠ la pista cuando te encerraste en casa para preparar el MIR[ii] -respondi√≥ el joven m√©dico con tono de inquietud.

‚ÄĒEn mi caso era necesario‚Ķ Pero obtuve una buena nota y pude elegir la plaza que m√°s me interesaba. El trabajo me llenaba, era super estimulante, aunque pronto estall√≥ la pandemia del coronavirus -emiti√≥ un gemido sordo-, y todo se derrumb√≥ a mi alrededor como un castillo de naipes. Esteban, mi primer paciente, un hombre discapacitado de cuarenta y cinco a√Īos, falleci√≥ de una neumon√≠a complicada, ante la mirada desconsolada de sus propios padres, quienes ni siquiera pudieron abrazar a su hijo en unos momentos tan dif√≠ciles.

‚ÄĒ¬ŅY t√ļ c√≥mo te sentiste? -pregunt√≥ su amigo con un nudo en la garganta.

‚ÄĒ¬°Desolada! Aparte de que el miedo por mi propia salud me quitaba el sue√Īo.

‚ÄĒLaura, ¬Ņy ahora d√≥nde vives? -dijo por fin Daniel a la par que cerraba los ojos, con desasosiego.

‚ÄĒPues he alquilado una casa en la comarca de Ver√≠n. ¬°Este lugar es maravilloso! A lo mejor monto una casa rural y eso‚Ķ ¬°No podr√≠a vivir sin mi ba√Īo de bosque de cada ma√Īana!

‚ÄĒ¬ŅUn ba√Īo de bosque dices?

La comunicación se cortó.

***

Hab√≠a transcurrido una semana y Daniel no hab√≠a podido hablar m√°s con su amiga. Aterrado ante la posibilidad de que le hubiese ocurrido algo terrible, una ma√Īana cogi√≥ su coche y condujo sin parar hasta la direcci√≥n que los padres de Laura le hab√≠an facilitado. Una vez all√≠, la busc√≥ sin √©xito por todas partes, hasta que al fin se top√≥ con aquel extra√Īo √°rbol con forma de mujer. At√≥nito ante aquella perturbadora aparici√≥n, solo fue capaz de recorrer con la mirada aquellas inconfundibles l√≠neas femeninas, donde no faltaba ni el m√°s m√≠nimo detalle, incluyendo sendos nudos asimilados a delicados pezones. Huelga decir que nunca m√°s se supo de Laura, convertida en una moderna Dafne, transformada por siempre en una mujer-√°rbol.

Una moderna Dafne.

[i] Complejo Hospitalario Universitario de A Coru√Īa.

[ii] Examen que deben hacer los m√©dicos en Espa√Īa para poder elegir especialidad y hospital donde hacer la residencia. En concreto, MIR significa M√©dico Interno Residente.

La oscuridad que no cesa

Cuando las sombras de la noche se extienden sobre la tierra como si fuese un manto de terciopelo negro, son muy pocos en realidad los que sienten el temor de no volver a ver la luz del sol, si acaso los depresivos y los pesimistas. Sin embargo, yo conozco un lugar donde reina la oscuridad m√°s absoluta desde hace no menos de cincuenta a√Īos. S√≠, he estado all√≠ en tan solo una ocasi√≥n, pero aquella experiencia dej√≥ en mi mente una huella indeleble, unas sensaciones de puro terror que han sido mis m√°s fieles compa√Īeras durante todo el tiempo transcurrido desde entonces.

El mismo d√≠a que cumpl√≠a doce a√Īos, mi padre decidi√≥ llevarme a visitar por primera vez la vieja mansi√≥n que nuestra familia ten√≠a al sur de Sicilia, luminoso hogar donde se hab√≠a criado √©l junto a sus dos hermanas, y que hab√≠a constituido el santuario art√≠stico de su progenitor: pintor de cierto renombre en la comarca, cuya vida, en sus pormenores, hab√≠a sido un completo misterio para m√≠.

A medida que nos aproxim√°bamos a aquella antigua construcci√≥n, de s√≥lidos cimientos, imponente fachada y amplios ventanales, que parec√≠an estar observ√°ndonos con sus vac√≠as cuencas, como si fuesen los descomunales ojos de un gigante dormido al que acab√°semos de despertar, yo ten√≠a la creciente impresi√≥n de que desde all√° arriba, desde alg√ļn rinc√≥n de aquella especie de fortaleza medieval, alguien o algo ominoso nos estaba vigilando, seguramente los¬† imaginarios moradores de aquel castillo imaginario.

A los pocos segundos de haber penetrado en aquel extra√Īo mundo, donde reinaba una lobreguez perpetua y opresiva, me percat√© de que all√≠ ocurr√≠a algo que escapaba por completo a mi comprensi√≥n. A pesar de ello, a√ļn tard√© un poco en manifestar mi extra√Īeza ante lo que hab√≠an percibido mis sentidos, pues no quer√≠a preocupar a mi padre convirtiendo en realidad aquello que pod√≠a ser muy bien un simple producto de mi exacerbada fantas√≠a de muchacho.

Cabía reconocer que era cuando menos desconcertante el hecho de que no hubiese ni la más mínima claridad en ninguna de las habitaciones de la mansión, sobre todo si se tenía en cuenta que las ventanas estaban desnudas, desprovistas por completo de cortinas y de persianas; con lo cual nada había en apariencia que impidiera que los atenuados rayos de sol del atardecer iluminaran los polvorientos objetos que había descubierto a tientas por doquier. En una de estas idas y venidas, sentí que algo pegajoso se me adhería a las palmas de las manos. El vómito explotó en mi boca cuando mi padre me explicó divertido que se trataba de guano de murciélago, en definitiva, de blandas caquitas de quiróptero. ¡Qué asco!

Cuando el Sol se hubo ocultado por detr√°s del horizonte encarnado, decidimos pasar la noche al calor de la vieja chimenea de le√Īa. Y entonces ocurri√≥ un suceso que nos dej√≥ petrificados: justo despu√©s de haber rascado la piedra del mechero, surgi√≥ de √©ste una larga llama azulada que, tras encender el fuego, emprendi√≥ rauda una huida hacia la planta superior de la casa, a la par que desgarraba las tinieblas que iba hallando en su camino.

Dando apenas tiempo para que retornase la impenetrable oscuridad, las incipientes llamitas que ya asomaban por la boca de la chimenea se transformaron s√ļbitamente en docenas de remolinos incandescentes, que giraban con frenes√≠ sobre ellos mismos, alrededor de los crepitantes le√Īos, junto a nuestras aterradas cabezas, emprendiendo al fin una despavorida carrera hacia las estancias a√©reas de la mansi√≥n, asimiladas a un infernal enjambre de luci√©rnagas.

Justo en ese momento o√≠ un ruido sordo a mi lado, y un pesado cuerpo se desplom√≥ a escasa distancia de donde me hallaba. Acompa√Īado por los peores presagios, encend√≠ la linterna de campa√Īa y dirig√≠ un tembloroso rayo de luz hacia el suelo. Y fue entonces cuando mi mirada horrorizada se cruz√≥ con aquella otra mirada sin vida, los ojos en blanco de mi pobre padre, cuyo coraz√≥n se hab√≠a quedado helado para siempre en un fat√≠dico instante. Sintiendo que me faltaba el aire para respirar, contempl√© con estupor c√≥mo una negra cucaracha recorr√≠a su congestionado rostro.

Epílogo

Ahora mismo, en este preciso instante, cuando les estoy relatando esta historia, me hallo sentado en la cama, aislado en medio de la m√°s absoluta negrura. Pero no tengo miedo porque, respondiendo a una llamada de mi subconsciente, una suave y c√°lida mano comienza a acariciarme la nuca; haci√©ndome sentir que no estoy solo, ense√Ī√°ndome al mismo tiempo que es posible vivir en el seno de la oscuridad.

Y es cuando comprendo que el esp√≠ritu de mi abuelo paterno se ha fusionado de alg√ļn modo con los cimientos de la mansi√≥n familiar, neg√°ndose obstinadamente a apartarse ni tan siquiera un mil√≠metro del lugar donde concibi√≥ sus luminosos y queridos cuadros, donde fue tan feliz.

Tiendo a creer que mi abuelo a√ļn hoy experimenta un estado de perfecta felicidad, viviendo inmerso en una incesante y ardiente oscuridad; en tal medida que cuando muri√≥ se transform√≥, de la manera m√°s natural, en un insaciable agujero negro que engulle sin dudar hasta la m√°s insignificante brizna de luz‚Ķ

De todas las cosas que construimos

Sierra de Guadarrama, enero de 2150

Varado en la rec√≥ndita playa de este centro geri√°trico donde resido desde hace una d√©cada, a menudo me pregunto si a√ļn hay alguien que se acuerde de todas las cosas que construimos. A nuestra familia, la familia Llopis, siempre nos ha atra√≠do la noble labor de inventar, de dise√Īar y construir m√°quinas destinadas a hacernos m√°s pl√°cida la existencia, avanzando hacia la consecuci√≥n de nuestros anhelos como especie inteligente del Universo.


Cuando llegó el momento, acudimos sin dudarlo a la llamada de la religión de nuestros días: la exploración y posterior colonización de nuevos mundos ganados para la Humanidad. Primero fue la Luna, y enseguida le llegó el turno a Marte. Ya mi tatarabue
lo paterno, a quien debo mi nombre de Alberto, dedic√≥ gran parte de su talento como ingeniero aeroespacial al dise√Īo de peque√Īos robots con la misi√≥n de recoger muestras procedentes del arenoso suelo marciano. Muchos a√Īos despu√©s, siguiendo sus fecundos pasos, yo mismo tambi√©n cre√© mis propios robots, adaptados a las nuevas demandas provenientes del planeta rojo. Creamos una legi√≥n de aut√≥matas programados para poblar la regi√≥n de los polos con millones y millones de plantas siberianas modificadas gen√©ticamente, a fin de poder soportar temperaturas inferiores a los -100 grados cent√≠grados. A medida que crec√≠an sus ra√≠ces, el hielo inmemorial se derret√≠a en respuesta a su c√°lido abrazo, con lo cual se fueron llenando de agua dulce los resecos canales marcianos…

Dejando escapar un profundo suspiro, el octogenario anciano desconect√≥ con un chasquido de dedos su grabadora de voz. Hab√≠a trabajado un largo rato en su libro de memorias, y tocaba adecentarse un poco antes de bajar al comedor, donde le estar√≠a aguardando su nueva amiga, la adorable Mar√≠a de Lin, de setenta y tres primaveras, con la que manten√≠a extensas charlas marcadas por el cari√Īo y la comprensi√≥n mutuos.

Tras peinarse sus canas con esmero, el veterano ingeniero contempl√≥ su propia imagen reflejada en el espejo. El rostro enjuto de un hombre que no aparentaba m√°s de sesenta a√Īos le devolvi√≥ la mirada en silencio.

***

‚ÄĒ¬°Hola, querido amigo! -dijo Mar√≠a de Lin sonriendo.

‚ÄĒEst√°s cada d√≠a m√°s guapa -respondi√≥ Alberto besando la mano que su compa√Īera le ofrec√≠a.

Al poco, el estado an√≠mico del caballero ya hab√≠a sido escrutado por su pareja. Cuarenta a√Īos como psicoterapeuta le facultaban sobradamente para ello.

‚ÄĒAlberto, te noto triste. ¬ŅHas vuelto a trabajar en tu libro? ‚Äďinquiri√≥ ella.

Carraspeó ligeramente y acto seguido respondió.

‚ÄĒS√≠, algo he logrado escribir, pero la necesaria introspecci√≥n me hace tomar conciencia de mi propia soledad. Al principio de mi estancia aqu√≠ recib√≠ la visita de algunos investigadores, muy interesados en mi trayectoria. Pero pronto se olvidaron de m√≠, incluyendo a mi hijo. Ya hace dos a√Īos que no viene a verme -pesta√Īe√≥ nerviosamente mientras jugueteaba con las migas de pan.

‚ÄĒ¬°Vaya por Dios! Por eso mismo Jaime y yo decidimos no tener hijos. ¬°Cr√≠a cuervos…! -ambos sonrieron c√≥mplices- Apostamos por cuidar el uno del otro, disfrutando al m√°ximo de los numerosos viajes que hicimos juntos. A√ļn recuerdo el fin de semana que pasamos en la base lunar. ¬°Menuda aventura a baja gravedad! ‚Äďrio divertida.

‚ÄĒYo siempre tuve la ilusi√≥n de volar hasta Marte; aunque mi propensi√≥n al mareo no me lo ha permitido. Por cierto, Lin, ¬Ņsab√≠as que en el √ļltimo a√Īo ya son siete los residentes que han volado camino de Marte? -su amiga arque√≥ entonces las cejas formando sendos signos de interrogaci√≥n apaisados- Como lo oyes, hasta envidio a los Viejos, a quienes Ray Bradbury dedica uno de los cuentos inclu√≠dos en sus famosas Cr√≥nicas Marcianas.

Mar√≠a de Lin se apart√≥ el pelo de la cara y su mirada se perdi√≥ fugazmente en la nevada cima del macizo de Pe√Īalara, cuya majestuosa silueta estaba omnipresente al otro lado de los amplios ventanales del sal√≥n.

‚ÄĒMaravilloso libro Cr√≥nicas Marcianas, se halla entre mis favoritos ‚Äďdijo ella saliendo de su peque√Īo trance-. ¬ŅHas le√≠do acaso el cuento de La Sirena? ‚Äďsu compa√Īero neg√≥ con la cabeza- S√≠, es muy bueno, tambi√©n es de Bradbury. En √©l narra la historia de una especie de monstruo acu√°tico que una vez al a√Īo responde a la llamada de la sirena de un faro. Su soledad es eterna, pero el sonido de la sirena le reconforta, record√°ndole quiz√° a su compa√Īera perdida en tiempos remotos‚Ķ

Alberto permaneció el resto de la comida con los codos apoyados en la mesa, con las manos sosteniendo un rostro embelesado ante una historia tan hermosa.

***

De regreso en su habitaci√≥n, el ingeniero se dispuso a echar su siestecita de costumbre. Se acomod√≥ en su sill√≥n de relax y se dej√≥ arrastrar por las corrientes del sue√Īo. A su alrededor, unos inesperados escapes de calor y fuego comenzaron a derretir la nieve acumulada en los tejados del geri√°trico. El cielo adquir√≠a un tono cada vez m√°s rojizo.

Mientras tanto, en la recepci√≥n del centro, un hombre que vest√≠a traje y corbata se presentaba como un funcionario del Ministerio de Asuntos Marcianos. Pregunt√≥ por el se√Īor Alberto Llopis, pues ten√≠a el gran honor de comunicarle que se hab√≠a tomado la decisi√≥n de bautizar a la nueva ciudad colonial marciana con el apellido de su familia.

M√°s all√° de los abismos insondables y de los sue√Īos interplanetarios, la urbe de Llopistown resplandec√≠a al pie del Olympus Mons, acariciada por las cristalinas aguas que discurr√≠an por un antiguo canal marciano.

FIN

Bueno, espero que os haya gustado este relato. Para mí Crónicas Marcianas de Ray Bradbury es un libro muy especial, y espero haber estado a la altura en este merecidísimo homenaje al gran clásico del autor de Waukegan, Illinois.

Por cierto, el relato en parte est√° basado en hechos reales. Me explico: el tal Alberto existe realmente. Es un ingeniero aeron√°utico espa√Īol muy amigo m√≠o y de mi mujer. Trabaja a caballo entre Lisboa y Madrid, liderando diferentes proyectos, entre ellos uno donde est√°n desarrollando robots destinados a realizar diferentes misiones una vez que volemos hasta Marte, seguramente de la mano de la iniciativa privada.