Georgia, 1861

Su visión del mundo era singular.

Sus ojos, asimilados a dos lentes caleidosc√≥picas, brillantes y poli√©dricas, percib√≠an una realidad desmenuzada en sus componentes esenciales. As√≠, lejos de reconocer formas, vol√ļmenes o escenarios temporales, su percepci√≥n de lo real se circunscrib√≠a a las densidades at√≥micas de todo aquello que le rodeaba; de modo que tan solo era capaz de conceptualizar los distintos objetos haciendo comparaciones del tipo ¬ęesto es m√°s denso que…¬Ľ o ¬ęeso otro es menos denso que…¬Ľ

Dada su naturaleza et√©rea, inaprensible como sus eones de existencia, ser√≠a del todo improcedente asociarle un nombre, una solitaria y diminuta palabra incapaz de abarcar sus gigantescos tent√°culos, hechos de materia oscura y de tiempo. Una vez inventariado su mundo de procedencia, se hallaba enfrascado en la apasionante aventura de descubrir los maravillosos tesoros que a buen seguro se ocultaban en los fecundos oasis de materia ba√Īada por la luz estelar.

A decir verdad, su conocimiento de aquel planeta azul se limitaba a las lecturas que mucho tiempo atrás hiciera de las Crónicas escritas por algunos de sus congéneres, donde estos hablaban de cosas tan asombrosas como los delicados recipientes que contenían fluidos que estaban vivos. Y en aquel preciso momento, varios de aquellos curiosos objetos se hallaban en el mismo centro de un claro de bosque, ligeramente más densos que los fríos gases que los envolvían. Al pensar en lo frágiles que eran aquellas criaturas, no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa de pura ironía en su indescriptible rostro.

Isa√≠as Adams amaba la vida. Parad√≥jicamente, su existencia no hab√≠a sido ni de lejos un lecho de rosas, pues para un esclavo negro como era √©l la fortuna o la desdicha nac√≠an siempre de los caprichos del Amo. ¬°Era tan f√°cil dar de beber un trago de agua fresca, o, en su defecto, soltar un desgarrador latigazo como respuesta a una determinada conducta! Se trataba, en efecto, de una versi√≥n siniestra del gran juego blanco y negro, donde el caballero sure√Īo de tez p√°lida jugaba a ser Dios, administrando de forma arbitraria los premios y los castigos. Por su parte, el musculoso esclavo de cara carb√≥n deb√≠a actuar en todo momento de la misma manera que se esperaba que se comportara cualquier animal de carga digno de ser alimentado.

A pesar de aquellas jornadas de trabajo embrutecedor en las inabarcables plantaciones, el joven Isa√≠as no perd√≠a jam√°s su cristalina sonrisa, exhibiendo con descaro sus perlas de marfil, mientras cantaba alegremente a la par que doblaba el espinazo entre las frondosas matas de algod√≥n. Y la principal causa de su desconcertante alegr√≠a la constitu√≠a su firme creencia en que ni el mayor de los males de este mundo es capaz de da√Īar o corromper el alma humana, si no se permite que se extinga la llama de la esperanza.

Fue el descubrimiento por parte de su amo de la peque√Īa Biblia de bolsillo que ocultaba en su precario catre lo que dict√≥ su sentencia de muerte. As√≠, seg√ļn las reglas esclavistas, todo esclavo que tuviera la osad√≠a de aprender a leer merec√≠a sin duda la horca, puesto que la cultura depositada en manos de los esclavos era vista √ļnicamente como el germen de la peor de las rebeliones contra el bendecido sistema esclavista.

Isa√≠as Adams amaba la vida, pero los brazos que ahora aferraban su cuerpo, como invisibles cepos aliados de la noche, pertenec√≠an a unos an√≥nimos fantasmas, ataviados con t√ļnicas blancas y ocultando su demon√≠aco rostro tras un puntiagudo capirote; quienes no se detendr√≠an hasta escuchar con deleite el siniestro crujido de su cuello, una vez que hubiese sido espantado el caballo sobre cuya grupa permanec√≠a sentado.

Fue extra√Īo. Aquel hurac√°n se transform√≥ de pronto en una placentera y tenue brisa cuando el cuello de Isa√≠as se quebr√≥ como una pajita, partida en dos por las juguetonas manos de un ni√Īo travieso. √Čl nunca hubiera podido imaginar lo f√°cil que pod√≠a resultar el tr√°nsito hacia la muerte, hacia esa otra realidad que por desconocida se nos antoja m√°s terrible que la vida misma. Una especie de frescor se hab√≠a apoderado s√ļbitamente de todo su ser, como si se hubiese quedado dormido junto al lecho de un r√≠o benigno, y fue entonces cuando repar√≥ en la presencia junto a √©l de aquel ser inmaterial que hab√≠a sido testigo mudo de su reciente ejecuci√≥n.

Tras unos breves instantes de adaptación al nuevo medio, aquel diminuto organismo de materia oscura había optado por refugiarse entre los majestuosos y protectores tentáculos de quien ahora era su hermano mayor y guía al otro lado.

‚ÄĒ¬°Qu√© fr√°giles parecen dentro de su envoltorio de piel! -exclam√≥ el que hab√≠a sido Isa√≠as Adams abriendo los ojos como un chiquillo ante el escaparate de una pasteler√≠a.

‚ÄĒHas hecho una excelente observaci√≥n, peque√Īo hermano. No obstante, esos arrogantes seres no merecen que les prestemos mayor atenci√≥n, puesto que son tan pat√©ticos como para basar su percepci√≥n del mundo en un rasgo tan desde√Īable como es el color del envoltorio al cual aludes. En cambio, desde nuestro punto de vista, todos ellos no son m√°s que componentes indiferenciados de ese cultivo de √°tomos al cual llaman ¬ęUniverso¬Ľ.

Y dicho esto √ļltimo, el que era llamado El Mes√≠as condujo de la mano a su nuevo compa√Īero hasta las exuberantes y enso√Īadoras planicies situadas m√°s all√° de los confines de la cara iluminada del Cosmos.

La gran encrucijada (por Baldomero Dugo Navarro)

Al amanecer del d√≠a D, las huestes de Gengis Khan, curtidas en el combate en el desierto, infligen una derrota sin paliativos a los panzers de Rommel. Alarmada por el suceso, la reina Cleopatra env√≠a una misiva a su amado Julio C√©sar, donde le insta a reforzar las fortificaciones del norte del Imperio. Pero para cuando por fin la recibe, su sobrino Brutus ha decidido asesinar al presidente Lincoln: ese infame tirano que ha sido el azote de los estados sure√Īos.

Por su parte, Napoleón I, autoproclamado ya emperador de Francia, ha tenido a bien invadir el espacio aéreo de Vietnam del Norte, a lo Apocalipse Now.

Si alguien no lo evita antes, la joven democracia ateniense no sobrevivirá al brutal avance de los elefantes de Aníbal, por cuanto los rumores apuntan a que Leónidas y Jerjes sellarán su alianza con un matrimonio de Estado.

A resultas de todo esto, la Comisión Europea ha optado por no financiar el descabellado proyecto de un tal Colón: ¡todo el mundo sabe que la Tierra es plana!

La Historia también la escriben los invisibles

Antig√ľedades: ANTIGUO PUNZ√ďN DE ZAPATERO TALABARTERO GUARNICIONERO - Foto 1 - 192607186

Como cada ma√Īana desde hace cuatro a√Īos, salgo del cuchitril donde duermo y gateo por las carcomidas escaleras que conducen a la planta superior del Instituto, en donde se halla nuestra imprenta. Me guio en parte por el tacto y en parte por los diferentes olores que emanan de cada rinc√≥n que encuentro a mi paso. El hedor que surge de los lavabos anuncia que he llegado a la sala de impresi√≥n.

Pero una vez aposentado en mi butaca de trabajo, se borra de mi mente toda sensaci√≥n desagradable, difumin√°ndose cualquier clase de preocupaci√≥n. Lo primero que suelo hacer es repasar la labor realizada la jornada anterior, para as√≠ asegurarme de que he sido capaz de encerrar el pensamiento en el menor n√ļmero posible de palabras. Es una ardua tarea, ciertamente, pero hay que aligerar la carga de quienes vayan a leernos usando sus dedos en lugar de los ojos. Nuestra empresa es maravillosa: mostrar la belleza del arte y del conocimiento a las personas invidentes.

Para mí es una experiencia inigualable. Así pues, cuando las yemas de mis dedos resbalan sobre la miríada de puntos grabados sobre el papel, siento que mi ceguera desaparece, sumergiéndose mi mente en un torrente inagotable de sensaciones y de posibilidades. Una nueva realidad aparece ante mí, llevándose lejos mis miedos.

Con una sonrisa desde mi inexpresivo rostro -así lo describen muchos de quienes me conocen-, agarro con firmeza mi punzón de talabartero y firmo por fin el libro recién terminado: Louis Braille.

Resaca aparente

Juan se despert√≥ tarde; aunque la descomunal resaca que ten√≠a todav√≠a le retuvo en la cama durante un per√≠odo de tiempo indeterminado. Por fin, cuando consigui√≥ aterrizar en la realidad de su cuarto, pas√≥ revista a los familiares objetos que le rodeaban. Todo parec√≠a estar en su sitio, tal como lo hab√≠a dejado antes de agarrar la cogorza. Pero ten√≠a la aterradora sensaci√≥n de que ALGO hab√≠a cambiado. S√≠, ¬Ņpero qu√©?

A√ļn aturdido, entr√≥ en la cocina. Era 25 de diciembre, as√≠ lo reflejaba al menos el calendario de la nevera. Con la lengua convertida en un √°spero estropajo y las sienes amenazando con explotarle, un buen trago de cerveza era sin duda la mejor medicina.

Resaca - Banco de fotos e im√°genes de stock - iStock

Una vez estabilizados sus electrolitos, se dispuso a revisar cada rinc√≥n de la vivienda. Con la mirada enloquecida, examin√≥ aqu√≠ y all√°, abri√≥ todos los armarios, levant√≥ todas las alfombras… Pero, a pesar de su meticuloso registro, no hab√≠a hallado en toda la casa un solo elemento navide√Īo: ni rastro del Nacimiento, ni del engalanado abeto artificial; ni tan siquiera fue capaz de hallar la ramita de mu√©rdago debajo de la cual, cada Navidad, Marta y √©l cumpl√≠an con el ritual del beso.

Una llave gir√≥ en la cerradura de la puerta. Juan corri√≥ apresurado, besando a su mujer con pasi√≥n, como si no hubiese un ma√Īana.

‚ÄĒCari√Īo, estoy confuso: ¬Ņsabes d√≥nde est√° el Sagrado Coraz√≥n de Jes√ļs?

‚ÄĒ¬Ņ¬°El Sagrado Coraz√≥n de qui√©n!? ‚ÄĒespet√≥ ella, perpleja.

 

Punto Jonbar:

Un d√≠a, pensando en la gran presencia de los ritos y festividades de origen cat√≥lico en el seno de nuestra sociedad, me plante√© lo siguiente: ¬Ņy si Jesucristo no hubiese nacido? Y esta pregunta me llev√≥ de una manera natural a plantearme la siguiente: ¬Ņqu√© ser√≠a de nuestras vidas sin fiestas tan arraigadas como la propia Navidad? Me pareci√≥ una idea muy interesante para escribir una ucron√≠a.

Por cierto, para este nuevo microrreto planteado por nuestro amigo y anfitri√≥n David, no he podido evitar rescatar el micro (desarrollado para esta ocasi√≥n) que escrib√≠ coincidiendo con la publicaci√≥n de mi art√≠culo ¬ęEl multiverso literario¬Ľ. Se trataba de un relato hiperbreve titulado ¬ęNavidad cu√°ntica¬Ľ, y que us√© para ejemplificar una cualquiera de las realidades alternativas que podemos crear y que, de hecho, seg√ļn la f√≠sica cu√°ntica coexisten con nuestro Universo en alg√ļn lugar…

Si os interesan temas como la ucran√≠a o la relaci√≥n entre literatura fant√°stica y teor√≠a cu√°ntica, os recomiendo mi art√≠culo ¬ęEl multiverso literario¬Ľ, el cual fue publicado el pasado mes de diciembre en el blog de El Tintero de Oro, benefici√°ndose de los inestimables comentarios y aportes de nuestro amigo David.

Muchas gracias por vuestra atención.

¬°Sequere me!

En esta nueva edici√≥n del concurso de El Tintero de Oro se trata de escribir un relato de un m√°ximo de 900 palabras, donde se describa un conflicto de pareja en tono humor√≠stico. Debo confesar que nunca he escrito un relato de humor como tal, por eso mismo estas pasadas fiestas navide√Īas me puse manos a la obra, esforz√°ndome al m√°ximo para escribir una historia lo m√°s original posible, y que sobre todo os arrancase una sonrisa en una √©poca tan aciaga como la que estamos viviendo. ¬°Un fuerte abrazo! ¬°Ah!, y como dice el t√≠tulo escrito en lat√≠n: ¬°S√≠gueme!

Ma√Īana al fin marcharemos hacia Hispania. El joven Plinio y yo nos hemos internado en las concurridas callejuelas del barrio de Regio II, convencidos de que los efluvios del vino apuntalar√°n nuestro valor.

A medida que avanzamos por la v√≠a Aca Larentia, dedicada a la lupa que amamant√≥ al fundador de Roma, contemplamos a izquierda y derecha los innumerables lupanares que al cresp√ļsculo abren sus puertas. En cada uno de ellos, un enorme falo de color bermell√≥n, clavado en la aldaba de la entrada, anuncia los servicios lujuriosos que all√≠ se ofrecen.

Sprintia, las monedas sexuales de la antigua Roma.

Justo debajo del letrero donde se lee ‚Äúentra, folla y regresa a tu hogar‚ÄĚ, varias mujeres en edad y actitud de merecer, las meretrices, se exhiben con t√ļnicas cortas de vistosos colores. Casi todas llevan el cabello te√Īido en tonos llamativos, pero abundan las rubias, emulando as√≠ a las atractivas esclavas oriundas de tierras lejanas. A menudo, en sus p√≥mulos resaltan sendos coloretes de un rojo chill√≥n, acentuando el tama√Īo de los ojos con un perfilador de color holl√≠n. Atra√≠dos como las moscas a la miel, numerosos ciudadanos se les acercan, pregunt√°ndoles el precio.

Mi asistente y yo nos miramos dubitativos por un instante, pero accedemos finalmente al interior de una taberna de aspecto acogedor.

*****

Los dos legionarios se hallaban de pie junto a un mostrador de obra en forma de ele, alrededor del cual com√≠an y sobre todo beb√≠an una docena de clientes, todos hombres. Incrustadas en la barra, varias vasijas de barro cobijaban las viandas que h√°bilmente el tabernero iba extrayendo con una especie de cuchar√≥n de madera. Se trataba sin duda del due√Īo del local, cuyos mofletes regordetes e incipiente calvicie le daban un aire un tanto rid√≠culo.

‚ÄĒ¬°Cornelia! ¬ŅPuedes mover el trasero y traer m√°s gachas y aceitunas del almac√©n? ¬°Estos caballeros quieren comer! ‚Äďgrit√≥ el gordinfl√≥n de detr√°s de la barra apuntando con el cuchar√≥n hacia la peque√Īa puerta que hab√≠a a su espalda.

‚ÄĒ¬°Oh Lucius, querido esposo! ¬°Acudo presta a tu llamada como si fuese la diosa Cibeles sobre su carro! ‚Äďse oy√≥ decir con sorna desde la oscuridad.

Al cabo de un minuto, surgi√≥ de las tinieblas la figura de una bell√≠sima matrona portando un √°nfora de vino apoyada en el cuadril. Iba ataviada con una estola de color amarillo ce√Īida por debajo de su divino busto con un cintur√≥n de piel. Llevaba su larga cabellera recogida en una oscura amalgama de rizos. Colg√≥ el recipiente de un gancho que pend√≠a del techo y, se√Īalando hacia una de las vasijas del mostrador, increp√≥ a su marido con sarcasmo.

¬°Oh, bella Cornelia!

‚ÄĒ¬°Qu√© hombre! ¬ŅNo has visto que hay ah√≠ aceitunas y gachas como para alimentar a una cohorte al completo? No, si ya lo dec√≠a mi madre: ¬°Cornelia, tu esposo no tiene ni el cerebro de un ni√Īo de dos a√Īos dormido en brazos de su padre!

‚ÄĒ¬°Ah! ¬ŅCon esas andamos, divina tabernera? ¬°Pues t√ļ lo √ļnico que haces es correr de un lado a otro, nerviosa como una rata en una olla! ‚Äďfarfull√≥ el interpelado gimiendo como una bestia apaleada.

‚ÄĒ¬°D√©jalo, eres como el hedor de una letrina pobre! ‚Äďreplic√≥ la mujer regresando al almac√©n.

Mientras acontec√≠a aquella escena, los dos soldados se desternillaban de la risa a la par que segu√≠an las evoluciones de aquella pareja tan c√≥mica. De pronto, el oficial sinti√≥ que una mano c√°lida y suave se posaba sobre su diestra acariciando su anillo de oro. Sorprendido, alz√≥ la mirada y sus pupilas se clavaron en el rostro rutilante de una espectacular rubia que le sonre√≠a mientras susurraba ‚Äúcari√Īo, para ti son cinco ases‚Ķ‚ÄĚ

‚ÄĒPlinio, ten la bondad de acompa√Īar a esta preciosidad. Yo renuncio a tal honor por respeto a mi fiel Flavia ‚Äďsentenci√≥ el tentado pagando a la prostituta.

‚ÄĒ¬°A tus √≥rdenes, tribuno! ‚Äďacat√≥ el joven legionario siguiendo a la mujer.

Caminando muy pr√≥ximo a ella, se perdi√≥ entre cada una de sus mareantes curvas, desde la cabeza hasta los pies. Y al llegar al suelo, se percat√≥ de que la trabajadora del sexo estaba estampando sobre el polvo del piso, a cada paso que daba, las palabras ‚Äúsequere me‚ÄĚ, y √©l no estaba dispuesto a desobedecer, ni en la guerra ni ahora en el amor.

Subieron por unos estrechos pelda√Īos hasta la segunda planta de la domus. Una vez all√≠, accedieron a un peque√Īo cub√≠culo donde hab√≠a un solitario catre por todo mobiliario. En un visto y no visto, se despojaron de sus t√ļnicas y el soldado qued√≥ hipnotizado contemplando aquellos pezones ba√Īados en purpurina dorada y, m√°s abajo, el sexo rasurado en el que la mujer se hab√≠a untado un linimento que le daba un aspecto rojizo.

Los movimientos r√≠tmicos se suced√≠an. El joven Plinio no pudo evitar fijar su mirada en un grafiti que quedaba justo enfrente de sus ojos y donde se le√≠a ‚Äúyo forniqu√© con la due√Īa‚ÄĚ. Y como si hubiese sido una se√Īal pactada, el tabernero asom√≥ la cabeza por la cortina ahora parcialmente descorrida y apremi√≥.

‚ÄĒ¬°Venga, Cornelia, date prisa que hay otro cliente esperando!

‚ÄĒ¬°Todo lo que dices es tan aburrido, por H√©rcules, que podr√≠as cometer asesinato por monoton√≠a! ‚Äďrega√Ī√≥ la due√Īa con tono de disgusto.

‚ÄĒBueno, buen mozo, lleg√≥ la hora de que te derrames‚Ķ

Dos hombres abandonaron la taberna.

‚ÄĒTribuno, ¬Ņquieres visitar otro establecimiento?

‚ÄĒNo, joven Plinio, mejor ser√° que regresemos ya al cuartel. ¬°A buen seguro que los guerreros numantinos no ser√°n tan amables!

El faro del mundo

Ante tu cuerpo vilmente mancillado, surge frente a mis ojos la imagen de un millón de papiros desollados, taladrando mi cerebro sin piedad.

La sinrazón de los fanáticos intentó acallar tu voz clarividente, pero tu magisterio hace mucho que desplegó sus alas áureas, elevándose majestuoso sobre la ignorancia del orbe.

¡Oh, la luz de tu pensamiento siempre será nuestra guía, mi bella Hipatia!

Mariposas del alma

En la mente de un ni√Īo el futuro es un sue√Īo del que se demora en despertar. Entre los juegos y las clases en la escuela, los d√≠as transcurren felices sin mayor preocupaci√≥n que la de responder con acierto a las dif√≠ciles preguntas de los maestros, aguardando con ansiedad apenas reprimida a que llegue la hora de la merienda: ese ritual incomparable que en mi infancia consist√≠a en devorar el pan con nocilla que me preparaba mam√°, mientras disfrutaba de las travesuras protagonizadas por los payasos de la tele o los personajes de Barrio S√©samo.

El profesor Alonso, tocayo del famoso hidalgo cervantino, aunque más conocido como nuestro tutor de séptimo de EGB, irrumpió en nuestras vidas como un soplo de aire fresco. Recuerdo que era un buen mozo oriundo de León, de torso y brazos musculados. Sus cabellos, negros y lacios, caían en graciosa cascada tapándole las orejas, lo cual le daba una apariencia desenfadada. Por debajo de sus redondas gafas, exhibía una sonrisa franca, nada forzada, que vertía simpatía a raudales.

Aquel a√Īorado maestro ten√≠a la virtud de hacer atractiva a nuestros ojos pueriles cualquier materia o concepto, aderezando la √°rida explicaci√≥n con alguna an√©cdota, o bien asociando el abstracto s√≠mbolo o la insondable f√≥rmula con una imagen amigable, con algo familiar que hiciese que aquel nuevo conocimiento echase ra√≠ces en nuestra mente, habitando all√≠ para siempre.

Un d√≠a, en clase de matem√°ticas, el joven profesor decidi√≥ hablarnos del s√≠mbolo del infinito: un ocho recostado que, al parecer, no ten√≠a ni principio ni fin. Ni corto ni perezoso, alguien le pregunt√≥ por el origen de aquel garabato tan raro. Su respuesta se me qued√≥ grabada a fuego: ‚Äúsi os fij√°is un poco, ver√©is que en realidad se trata de una mariposa que extiende sus alas al universo infinito.‚ÄĚ ¬°De todas las gargantas infantiles brot√≥ un sonoro ooohhh!

Tambi√©n nos impart√≠a la asignatura de m√ļsica. Pero no nos obligaba a tocar la flauta, o mejor dicho a soplar por la boquilla emitiendo notas desafinadas que a veces se asemejaban a barritos de elefante. Lejos de aburridas clases, nos sorprend√≠a con propuestas de lo m√°s originales, como aquel d√≠a que yo le coment√© que estaba aprendiendo a tocar la bater√≠a.

‚ÄĒBaldo, tr√°ete el pr√≥ximo d√≠a de clase tus baquetas. Ya ver√°s qu√© cosa tan guay que vamos a hacer todos juntos‚Ķ

‚ÄĒ¬ŅPero debo prepararme algo? ‚Äďpregunt√© expectante.

‚ÄĒ¬°No te preocupes, improvisaremos! ¬†-exclam√≥ nuestro profesor frot√°ndose las manos vigorosamente.

Al fin lleg√≥ el gran d√≠a y nuestro director de orquesta reparti√≥ los diferentes papeles entre el improvisado elenco de m√ļsicos en que nos hab√≠amos convertido los alumnos. A m√≠ me toc√≥ tomar asiento en una silla frente a todos mis compa√Īeros. Una segunda silla hizo la funci√≥n de tambor. Estaba un poco nervioso, lo cual en aquella √©poca ven√≠a acompa√Īado de un s√ļbito enrojecimiento de cualquiera de mis orejas. Y esto √ļltimo era lo que me provocaba la sensaci√≥n m√°s desagradable, por encima de todo.

De pronto, el maestro introdujo una cinta en el radiocasete que acostumbraba a traer para hacer la clase de m√ļsica, y un ritmo hipn√≥tico de tambores surgi√≥ de los altavoces, expandi√©ndose a trav√©s del aire que nos envolv√≠a, penetrando en nuestros cuerpos, cautivos de aquella secuencia de sonidos repetitivos comparable al bombeo de un gran coraz√≥n.

‚ÄĒ¬°Baldo, sigue el ritmo con las baquetas! ‚Äďorden√≥ el profesor Alonso al tiempo que agitaba sus brazos, dirigiendo a la supuesta orquesta.

Yo obedecí sintiendo que la emoción me embargaba.

‚ÄĒ¬°Y ahora vosotros, dad tres palmadas seguidas al comp√°s de la m√ļsica! ‚Äďexclam√≥ nuestro tutor dirigi√©ndose a mis compa√Īeros.

Tuvieron que transcurrir muchos a√Īos antes de que descubriese el t√≠tulo de la canci√≥n que nos hab√≠a inspirado aquella improvisaci√≥n tan m√°gica, tan distinta a las aburridas clases de costumbre. Se trataba de Vuelo nocturno a Venus, del grupo alem√°n Boney M.

El final de aquel curso coincidi√≥ con la despedida del maestro Alonso, de quien no he vuelto a tener noticia. Ignoro si a mis entonces compa√Īeros de colegio les sucedi√≥ lo mismo, pero lo cierto es que a m√≠ me dej√≥ un recuerdo imperecedero. Si tengo que explicar con palabras en qu√© medida influy√≥ sobre mi personalidad, dir√© que las d√©biles orugas que hasta entonces viv√≠an acurrucadas en los laberintos de mi cerebro por fin se desperezaron, transform√°ndose en unas voluptuosas mariposas, de vivos colores, que emprendieron el vuelo, hacia el planeta Venus.

El oficio m√°s bello

Como cada ma√Īana desde hace cuatro a√Īos, salgo del cuchitril donde duermo y gateo por las carcomidas escaleras que conducen a la planta superior del Instituto, en donde se halla nuestra imprenta. Me guio en parte por el tacto y en parte por los diferentes olores que emanan de cada rinc√≥n que encuentro a mi paso. El hedor que surge de los lavabos anuncia que he llegado a la sala de impresi√≥n.

Pero una vez aposentado en mi butaca de trabajo, se borra de mi mente toda sensaci√≥n desagradable, difumin√°ndose cualquier clase de preocupaci√≥n. Lo primero que suelo hacer es repasar la labor realizada la jornada anterior, para as√≠ asegurarme de que he sido capaz de encerrar el pensamiento en el menor n√ļmero posible de palabras. Es una ardua tarea, ciertamente, pero hay que aligerar la carga de quienes vayan a leernos usando sus dedos en lugar de los ojos. Nuestra empresa es maravillosa: mostrar la belleza del arte y del conocimiento a las personas invidentes.

Para mí es una experiencia inigualable. Así pues, cuando las yemas de mis dedos resbalan sobre la miriada de puntos grabados sobre el papel, siento que mi ceguera desaparece, sumergiéndose mi mente en un torrente inagotable de sensaciones y de posibilidades. Una nueva realidad aparece ante mí, llevándose lejos mis miedos.

Con una sonrisa desde mi inexpresivo rostro -así lo describen muchos de quienes me conocen-, agarro con firmeza mi punzón de talabartero y firmo por fin el libro recien terminado: Louis Braille.

Esperando a Luisito

La primera noche

La luz del candil se había extinguido, y el prisionero se estremeció bajo la manta que aquel soldado tan joven y guapo le había entregado junto a otros objetos de primera necesidad. Era pleno verano, pero sentía un frío primitivo, que se adhería a su alma como una máscara funeraria.

‚ÄĒMe dijo que se llamaba Bene. S√≠, de benefactor… ‚Äďsusurr√≥ a la vez que esbozaba una leve sonrisa.

El desangelado cuarto donde iba a pasar aquella primera noche estaba ahora en penumbra. Por el estrecho ventanuco tan solo se abr√≠a paso un fino haz de luz, con el que su hermana Luna pretend√≠a hacerle un poco de compa√Ī√≠a. ‚ÄúLuna lunera‚ÄĚ, pens√≥ el infeliz con un nudo en la garganta.

Afinó la vista y sobre la vetusta mesa de madera vislumbró el redondo contorno de la tartera de la vieja criada. En su interior, media tortilla de patatas enviaba mensajes en clave a su vacío estómago, pero lo tenía cerrado a cal y canto.

‚ÄĒ¬°Se√Īorito, coma algo, que se va a quedar chupado como un pirul√≠! ‚Äďhab√≠a exclamado sonriendo la entra√Īable criada con gesto forzado.

‚ÄĒComo un pirul√≠ pirulado ‚Äďhab√≠a respondido el recluso haciendo una mueca burlona y gui√Ī√°ndole un ojo.

Y entonces, acurruc√°ndose sobre el duro catre, se pregunt√≥ a s√≠ mismo por en√©sima vez por qu√© a√ļn no hab√≠a hecho acto de presencia su amigo Luis; aunque para √©l siempre ser√≠a Luisito, su compa√Īero de letras y hermano del alma. ¬ŅD√≥nde te has metido? ¬ŅPor qu√© no vienes a rescatarme enarbolando tu espada hecha de magia y versos?, cavilaba el cautivo al tiempo que humedec√≠a la porci√≥n de manta con la que se cubr√≠a el rostro. Pero pronto tuvo que asumir que aquella noche no ser√≠a liberado.

La impenetrable oscuridad se hab√≠a ense√Īoreado de los campos circundantes, arropando con su manto negro a los somnolientos olivos y a los bueyes rojos. Mientras tanto, en el interior de la celda, una especie de remordimiento hab√≠a anidado en el coraz√≥n del prisionero, abri√©ndose paso entre su sangre y sus recuerdos. Con infinito desasosiego, se reprochaba el no haber sido un buen vecino. No, no se debe esparcir a los cuatro vientos las miserias que habitan entre las cuatro paredes de casas ajenas, por mucho que se crea que con ello se est√° ayudando a que muchas mujeres se liberen del yugo del luto y de mil otras tradiciones castrantes.

Agotado por aquellos pensamientos que pesaban como una losa sobre su conciencia, al fin el pobre desdichado se qued√≥ dormido, dej√°ndose arrullar por las felices im√°genes de su infancia, tan lejana ahora, as√≠ como por aquellas hermosas canciones que su madre le ense√Īara. Gir√≥ sobre s√≠ mismo y suspir√≥ esperanzado en que el nuevo amanecer le traer√≠a a su querido amigo Luisito, su libertador.

Una carta a la esperanza

La ma√Īana ya estaba bastante avanzada. Dos rayos de sol, cual c√°lidos dedos, acariciaban sus p√°rpados a√ļn cerrados. ‚ÄúCapit√°n redondo, lleva un chaleco de raso‚ÄĚ, recit√≥ el recluso desperez√°ndose, con las extremidades entumecidas.

M√°s tarde, decidi√≥ asearse usando para ello la peque√Īa palangana que estaba apoyada sobre la pared. Quer√≠a estar presentable para cuando llegase su compadre. Estaba peinando sus cabellos azabaches cuando vio reflejada en el espejo una figura que le observaba atentamente. Se trataba sin duda de un guardia civil, acompa√Īado de su tricornio incrustado en el cr√°neo de plomo, y exhibiendo un generoso mostacho.

‚ÄĒ¬ŅQui√©n es usted? ‚Äďpregunt√≥ nuestro amigo visiblemente asustado.

‚ÄĒNo soy nadie en particular. ¬ŅQuiere que le entregue una carta suya a alg√ļn familiar, quiz√° a sus padres? ‚Äďinquiri√≥ aquel siniestro personaje con su porte imperturbable.

El prisionero asintió con la cabeza y le alargó un cigarrillo.

‚ÄĒGracias, no fumo estando de servicio. Yo mismo llevar√© la carta a la direcci√≥n que usted me indique, pero le ayudar√≠a mucho hacer un donativo a la Guardia Civil.

‚ÄĒ¬ŅMil pesetas ser√≠a una cantidad adecuada?

‚ÄĒCorrecto ‚Äďdijo el individuo con rictus serio.

‚ÄĒEst√° bien, pero haga el favor de entregarle la misiva personalmente a… Luis Rosales ‚Äďrespondi√≥ al fin con ojos brillantes.

Al abandonar la celda, el guardia civil leyó lo siguiente:

Querido Luisito: estoy recluido desde ayer en una celda en la Gobernación Civil. No sé por qué estoy aquí. Ven a sacarme de este lugar horroroso, por lo que más quieras. Entrégale mil pesetas al portador de esta carta como donativo a la Guardia Civil. Un abrazo de tu amigo.

Las horas transcurrían en lenta procesión y la desesperación del cautivo se acrecentaba. Al final, sabedor de que nadie vendría en su ayuda se puso a maldecir.

‚ÄĒ¬°Luisito, maldito putrefacto! ¬°Maldito!

‚ÄĒ¬°Qu√© co√Īo est√° pasando ah√≠ dentro! ‚Äďbram√≥ alguien al otro lado de la puerta.

Un grupo de falangistas irrumpieron en el cuarto.

‚ÄĒ¬°Venga, su nombre! ‚Äďgrit√≥ el uniformado m√°s pr√≥ximo apremi√°ndole.

‚ÄĒFede, Federico Garc√≠a Lorca ‚Äďrespondi√≥ el poeta con voz temblorosa.

‚ÄĒ¬°Arreando, que es gerundio! ‚Äďle espet√≥ uno de los camisas azules golpe√°ndole ligeramente con la culata de su m√°user.

Ya de madrugada, un lujoso Hispano-Suiza atravesaba a gran velocidad las desiertas calles de Granada. En su interior, sentado en los asientos traseros, Federico contemplaba los altos balcones de las casas, envidiando el pl√°cido sue√Īo de sus moradores. Camino de un futuro incierto, pre√Īado de negros nubarrones, se sorprendi√≥ de pronto canturreando entre dientes aquello de Anda jaleo, jaleo. Anda jaleo, jaleo. Ya se acab√≥ el alboroto. Y vamos al tiroteo…

FIN

En memoria del inmortal poeta granadino, me complace compartir con vosotros Anda jaleo (1931), uno de los grandes éxitos musicales de Federico García Lorca. Espero que os guste.

√öltimo recurso

A√ļn dura este siglo de pleno verano. Si nada lo impide, la pertinaz sequ√≠a acabar√° con la vida sobre la faz de la Tierra. Lo hemos probado todo: la desalinizaci√≥n del agua de mares y oc√©anos, las lluvias artificiales, e incluso la importaci√≥n de agua procedente de los casquetes polares de Marte. Sin embargo, las reservas de agua se agotan‚Ķ

Parece ser que el √°ngel exterminador ha optado por matarnos de sed. Pero quiz√° haya una √ļltima esperanza. La sola idea de recurrir a esa soluci√≥n nos hiela la sangre, mas la certeza de una muerte ag√≥nica nos obliga a actuar a la desesperada.

Un equipo de expertos nos desplazamos hasta el lugar donde se halla una especie de urna helada, en cuyo interior yace la criatura m√°s monstruosa que la mente humana pueda imaginar. Su horrible imagen me recuerda a la de un demonio expulsado de la zona m√°s profunda y sombr√≠a del mismo Hades. Es cierto que de sus entra√Īas puede surgir la salvaci√≥n para la Humanidad, pues se cree que pertenece a una civilizaci√≥n mucho m√°s avanzada que la nuestra. No obstante, no puedo evitar que mi alma se inunde de terror cuando comenzamos a romper el hielo.

Continuar√°…

Como un demonio expulsado de la zona más profunda y sombría del mismo Hades...

Como un demonio expulsado de la zona m√°s profunda y sombr√≠a del mismo Hades…