Eres hombre o mujer: cuando ser transexual equivale a estar “enfermo/a”

Otomie Vale Nieves

El Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM) de la Sociedad Estadounidense de Psiquiatría (APA) ha operado como una especie de “biblia” para la comunidad en general y para la psiquiatría y la psicología dominante, tanto en Estados Unidos como en otros países de América Latina y Europa.  Históricamente dicho Manual ha convertido en enfermedad, desórdenes o trastornos las conductas sexuales que han roto con las normas heterosexuales naturalizadas por nuestras sociedades como fue el caso de la homosexualidad hasta el 1973. Estos llamados “desórdenes” o “trastornos” no existen en el entorno esperando ser descubiertos o explicados, más bien son creados al momento de incluirlos en el Manual. De igual forma, dichos discursos no reflejan las identidades existentes sino que las producen, ejerciendo una función importante de control social en la medida en que sirven para perpetuar el orden sexual y de género dominante.

En el DSM 5 (APA, 2013),  se incluye la categoría disforia de género para referirse a personas transexuales que sienten profunda incomodidad, la cual se refleja en dificultades para desempeñarse en la escuela, el trabajo u otros escenarios. Este diagnóstico ubica, como todos los demás del DSM 5, en la persona el supuesto origen del “trastorno”.  También  refuerza las lógicas excluyentes (hombre/mujer; masculino/femenino) que todavía gobiernan los modos de concebir los géneros contemporáneamente, es decir la transexualidad es concebida desde la oposición hombre-mujer; masculino/femenino.  Como consecuencia, las personas transexuales han emplazado y han desafiado las lógicas binarias que dominan socialmente. Han sufrido exclusión, acoso, alta tasa de suicidios y, en muchos casos, como ocurre frecuentemente en Estados Unidos y en otras partes del mundo, han sido brutalmente asesinadas/os.  Es indiscutible también que cada persona transexual asume su identidad a partir de una gama compleja de referentes entre los cuales están su edad, clase social, género, procedencia étnica, entre muchas. Esto supone la consideración de la transexualidad desde su pluralidad y diversidad.

Sin embargo, también debemos reflexionar sobre cómo la propia noción de transexualidad viene dotada de un referente social importante. Desde mi perspectiva, cuando una persona se identifica como transexual lo hace disponiendo del repertorio social-discursivo-simbólico existente, es decir, se va identificando con lo que ve, escucha y aprende mediante su experiencia vital. Cuando un niño se identifica desde pequeño como niña lo hace porque existe un andamiaje simbólico y concreto que lo hace posible. Cuando una persona se preña (por regla general son mujeres) la tecnología permite saber en el primer trimestre si es “nene” o  “nena” y cuando nace ya tiene nombre y toda una simbología asociada dicha distinción.  A los tres años ya el niño o la niña ha interiorizado las “diferencias” que hay entre uno y la otra.  Si no lo ha hecho nos encargamos de recordarle (a veces de las formas más crueles) que hay unas conductas “propias” de las chicas y otras de los chichos. Las convenciones del lenguaje, tienen un papel importante en este complejo proceso. Poco reflexionamos sobre esto porque lo hemos naturalizado, es decir, asumimos que hay unas determinaciones con las que nacemos que nos guían hacia ciertas conductas e identidades.

Es por esto que no concurro con la noción diseminada por un dominio ideológico de los modelos médico/ biológicos,  adoptada por la psiquiatría y psicología dominantes, desde los cuales se pretende explicar las diferencias en las identidades, en las conductas y en las sexualidades  a partir de determinaciones biológicas, químicas, hereditarias, anatomo-cerebrales, o una combinatoria de estas. Esto supone asumir que las personas nacen transexuales (igual que heterosexuales, homosexuales, hombre o mujeres).  Sé que esta postura levanta controversias porque muchas personas transexuales afirman que nacieron así. En ese sentido, la mayoría de las personas transexuales asumen que quieren ser  o se identifican con el “otro” género, aunque sabemos que hay una amplia gama de posibilidades dentro del espectro que se conoce como transexuales. Ese cambio de ser mujer a convertirse en hombre, o viceversa supondría un logro importante porque estas personas se sienten  “atrapadas en un cuerpo que no les corresponde”.  Sin embargo, como lúcidamente plantea Miquel Missé al ser entrevistado por Marta Borraz (2019) los temas asociados a la transexualidad han pasado por alto que esta es producto de entendidos culturales y no de bases biológicas.  Desde su perspectiva, el malestar que puede experimentar una persona transexual cuando asume el imperativo del cambio de cuerpo responde a “códigos culturales muy concretos respecto a la identidad y al cuerpo con la creencia de que la identidad de hombre o mujer está asociada a una corporeidad biológica y  a unos valores muy concretos” (p. 2).

En síntesis, propongo que nos cuestiones la categoría disforia de género elaborada por el DSM 5 (APA, 2013) en la medida en que tiene como objetivo la perpetuación de la domesticación y la regulación de los cuerpos insubordinados que se muestran desde la transexualidad(es)  o cualquier otra forma de práctica transgresiva a la normativa vigente. También propongo que examinemos la categoría de la transexualidad a partir de su anclaje social y discursivo.  Si acogemos esta propuesta la transexualidad  podría experimentarse sin el imperativo de asumir los atributos físicos y sociales del género con el que se identifica. Supondría una lectura más fluida y polimorfa de las transexualidad(es) que pudiera experimentarse de múltiples formas y maneras.  La mirada debe redirigirse no al cuerpo de la persona transexual, sino al cuerpo social para re-significar y posibilitar otras maneras de ser  transexual.

 

VALE, Otomie. Disforia de género: la psicopatologización de las sexualidades alternas.Quaderns de Psicologia, [S.l.], v. 21, n. 2, p. e1478, ago. 2019. ISSN 2014-4520. Disponible en: <https://www.quadernsdepsicologia.cat/article/view/v21-n2-vale>. Fecha de acceso: 13 oct. 2019 doi:https://doi.org/10.5565/rev/qpsicologia.1478.

 

 

 

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