Psicología y Políticas Públicas

Blogger invitado: Juan Carlos Godoy

En el mundo, la psicología en particular, y las ciencias del comportamiento en general, son reconocidas desde hace tiempo como ciencias relevantes para el desarrollo de las naciones. De hecho, países y organismos multilaterales avanzan en la conformación de áreas específicas para la aplicación de conocimientos derivados de disciplinas como la psicología, la sociología y la antropología, entre otras.

En el mundo, la psicología en particular, y las ciencias del comportamiento en general, son reconocidas desde hace tiempo como ciencias relevantes para el desarrollo de las naciones. De hecho, países y organismos multilaterales avanzan en la conformación de áreas específicas para la aplicación de conocimientos derivados de disciplinas como la psicología, la sociología y la antropología, entre otras.

Al respecto, y considerando el importante papel de la psicología, vale la pena destacar los casos del Behavioral Insights Team creado en Gran Bretaña con el apoyo de Richard Thaler, y el del Social and Behavioral Sciences Team de la Office of Science and Technology Policy durante la Administración Obama en el Gobierno de los EE.UU., bajo la coordinación de Maya Shankar.

Más recientemente, en septiembre de 2015, el Presidente Obama emitía la Orden Ejecutiva “Using Behavioral Science Insights to Better Serve the American People” en la que le exigía a todas sus agencias federales que identificaran los programas en los que la aplicación de conocimientos de la psicología y otras ciencias del comportamiento pudiera producir mejoras sustanciales; que desarrollaran estrategias para la aplicación de conocimientos de esas disciplinas a los programas federales y que, cuando fuese posible, probasen rigurosamente sus iniciativas y evaluaran el impacto de esas ideas.

La Orden Ejecutiva también les solicitaba a las agencias federales estadounidenses que reclutaran expertos en psicología y ciencias del comportamiento para unirse al Gobierno Federal; y que fortalecieran las relaciones entre el gobierno y la comunidad de investigación. En Iberoamérica, por ejemplo, países como Brasil, Colombia, España y Portugal también han avanzado, por ejemplo, en la incorporación de psicólogos en diversas áreas de sus estructuras de gobierno.

Sin embargo, el vínculo entre ciencia y políticas públicas es aún incipiente entre los países latinoamericanos y no está libre de discusiones. Al respecto, podemos tomar como ejemplo el caso de las políticas públicas dirigidas a la población adolescente. En efecto, en los últimos años y gracias a la psicología y a las neurociencias, hemos avanzado significativamente en la identificación de los múltiples cambios estructurales y funcionales que experimenta el cerebro adolescente. Curiosamente, toda esta información no parece ser aprovechada al momento de diseñar políticas públicas dirigidas a los adolescentes.

En este sentido, los psicólogos en particular, no solo enfrentamos el desafío de contribuir al diseño de políticas públicas efectivas que integren adecuadamente tanto el conocimiento de la maduración biológica como el de las influencias ambientales que operan sobre el comportamiento adolescente; sino que también debemos realizar esfuerzos sostenidos para superar los pre-conceptos psicológicos y neurocientíficos que poseen tanto los decisores de políticas públicas como la sociedad en general.

Así, ya hay en desarrollo algunas políticas públicas, basadas en la evidencia, dirigidas a los adolescentes. Por ejemplo, algunas naciones están adecuando sus diseños curriculares en función de los ritmos circadianos propios de los adolescentes. En efecto, retrasar en 3 horas el inicio de las actividades académicas de los adolescentes podría mejorar sus ciclos de sueño y, por extensión, disminuir los problemas de aprendizaje y de salud.

Por otro lado, existen diversos estudios que destacan los beneficios del entrenamiento de las funciones ejecutivas (que incluyen la toma de decisiones y el control de impulsos) durante la infancia y la adolescencia, como un modo de disminuir su implicación en comportamientos riesgosos que podrían ponerlos en conflicto con la ley. Es importante señalar que muchas de estas mejoras en la función ejecutiva pueden lograrse a través de actividades afines a los intereses de los niños y adolescentes como, por ejemplo, la práctica del fútbol, el uso de los videojuegos, o el entrenamiento o la formación musical.

Por cierto, también hay modos “indirectos” de llegar a los adolescentes con políticas públicas. Siguiendo con el ejemplo de las funciones ejecutivas, cabe recordar la importante influencia que sobre su desarrollo tienen el grupo de pares y los padres y adultos significativos. Así, por ejemplo, no sólo deberíamos proponer el desarrollo de intervenciones dirigidas a los adolescentes para su entrenamiento en habilidades sociales o en regulación emocional, sino también otras dirigidas a sus padres/madres a los fines de mejorar sus prácticas parentales. Y hasta, por qué no, algún tipo de intervención dirigida a actualizar lo que saben sobre adolescencia todos los responsables del sistema educativo.

Sin dudas, la psicología y las ciencias del comportamiento son fundamentales para desarrollar políticas públicas basadas en la evidencia y, así por ejemplo, promover conductas de cuidado ambiental; mejorar la seguridad vial; asegurar el desarrollo psicosocial durante la infancia; reducir la criminalidad y la violencia de género; desarrollar tratamientos efectivos en salud mental; instalar comportamientos de ahorro y de cumplimiento fiscal; mejorar la convivencia escolar; analizar el aporte de la inmigración al desarrollo social; reducir la inequidad y combatir la pobreza; entre otras acciones.

Quienes trabajan en el ámbito de las políticas públicas pueden, y deben, tomar en consideración los aportes de la psicología y de las ciencias del comportamiento. En ese sentido, la obligación de quienes integramos la comunidad científica es la de abandonar nuestras zonas de confort y proyectarnos desde nuestros laboratorios y cátedras, y sumarnos a la discusión, al diseño, la ejecución y la evaluación de políticas públicas con la mejor evidencia empírica disponible. Todo ello, sin olvidar que, en Latinoamérica en particular, los sistemas democráticos aún son frágiles. Por lo mismo, los psicólogos debemos trabajar activamente creando y/o renovando teorías, y desarrollando nuevos métodos y competencias para asegurar la construcción de más derechos y de la ampliación de la ciudadanía. Solo con un diálogo permanente entre científicos, políticos y el conjunto de la sociedad podremos avanzar hacia unas políticas públicas consensuadas y basadas en la evidencia y, con ello, mejorar nuestras sociedades.

 

Juan Carlos Godoy es Director del Laboratorio de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Profesor Adjunto de la UNC e Investigador Adjunto del CONICET con intereses en las neurociencias, la psicología, las políticas públicas y la comunicación de la ciencia. (Contacto en Twitter)

 

 

 

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