Volverá la libertad.

         Georg Steiner, en su breve y conocido ensayo La idea de Europa, señalaba que la primera nota característica de este concepto son sus cafés. Lo afirmaba además con un punto de vista muy estricto, que dejaba fuera al pub inglés (lo cual no acaba de convencerme) y, por supuesto, al bar o motel americano.

         Decía hace poco Chaves, nuestro magistrado y jurista de guardia, que lo que más añoraba en este ya largo confinamiento eran los cafetitos a media mañana,  con los compañeros y la gente habitual en un local céntrico de la preciosa Oviedo (esta última adjetivación ya la pongo yo). Lo suscribo. La ciudad, tal como la conocemos por estos pagos, es –fundamentalmente –una inmensa colmena donde la gente se refugia diariamente o de vez en cuando en un bar, en restaurante, en un café o en un garito incluso.

         Vaya pues, para compensar esta ausencia, el recuerdo de uno de los bares inmortales de la vieja Europa, con las palabras del sagaz Vila-Matas:

 

         “Dice la leyenda que Hemignway, armado de una metralleta y acompañado por un grupo de la Resistencia francesa, el 25 de agosto de 1944, tras cuatro largos años de ocupación alemana, se adelantó unas horas a la entrada de los aliados en París y liberó el bar del Ritz, el famoso Petit Bar de la rue Cambon. Exactamente la leyenda dice que Hemingway liberó las bodegas del hotel. Después, tomó una suite en él y, en una casi permanente nebulosa de champagne y coñac, se dispuso a recibir a amigos o simples visitantes que fueran a felicitarle. Entre los que se presentaron en el hotel, estuvo André Malraux, arrogante a más no poder. El escritor francés entró desfilando en el Ritz con un pelotón de soldados a sus órdenes, convertido en todo un coronel con lustrosas botas de caballería. No puede decirse que hubiera ido al Ritz a felicitar a nadie, y menos a Hemingway, que lo advirtió enseguida y que inmediatamente se acordó de que aquel orgulloso coronel había abandonado en 1937 la guerra civil española para escribir L’espoir,  la novela que algunos cándidos habían elevado a la categoría de obra maestra. Enseguida se vio que el coronel Malraux alardeaba de su pelotón de soldados y se reía del manojo de desarrapados que estaban a las órdenes de Hemingway, el liberador del bar del Ritz.

         “Qué pena”, le dijo Hemingway a Malraux, “que no tuviéramos la ayuda de tus fantásticas fuerzas cuando tomamos París”. Y uno de los incondicionales desarrapados a las órdenes de Hemingway murmuró al oído de su jefe: “Papa, on peut fusiller ce con?” (“Papá, ¿podemos fusilar a este gilipollas?”).”

         Enrique Vila-Matas: París no se acaba nunca.

***

 

Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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