La ciudad que fue (y II)

”Tanto cayó que acabé cayendo yo. Todavía no sé de qué me puse enfermo, pero lo estaba. Supongo que la famosa angustia existencialista de Sartre acabó por asentarse en mi estómago y convertirme en un anuncio de La Naúsea, la autocompasión y la ansiedad. Que mis males eran psicosomáticos ya lo sabía yo, pero eso no me impedía despertarme en mitad de la noche con ganas de vomitar sin llegar a hacerlo nunca. El impulso vital del verano parecía arrasado por aquella lluvia incesante. Pasaba las tardes en los cines baratos, a veces viendo dos sesiones dobles seguidas, por retrasar la vuelta a casa. La noche de fuera era la penumbra de dentro. Me recuerdo en la oscuridad, leyendo, a la luz de un flexo, El Cuarteto de Alejandría de Durrell, mientras en el tocadiscos sonaba “Love in vain”:

I followed her to the station

with a suitcase in my hand;

is hard to tell, but all true love is in vain.

When the train comes in the station I looked in your eye

I felt so sad and lonesome that I could not help but cry.

When the train left the station, it had two lights in behind.

The blue light was my baby and the red light was in my mind.

Oh, my love! All love’s in vain.

(Le acompañé a la estación/ con una maleta en la mano./Es duro decirlo, pero todo verdadero amor es siempre en vano./Cuando el tren en la estación la miré a los ojos,/me sentí tan triste y tan solo que sólo pude llorar./Cuando el tren abandonó la estación, dejó dos luces atrás/La luz azul era mi chica y la luz roja era mi mente./Oh, amor mío,/en vano es todo amor.)

Yo entreveía, aunque no entendía, el mal de aquel invierno. Era lo que siempre se ha llamado en español “mal de amores”, que nuestra progresía de ayer solía entender como un perentorio afán sexual con profuso aderezo sentimental. Recuerdo una frase durrelliana: “Ella estaba enamorada del amor”. Yo creía que el amor nos defendía del sexo, cuando es el sexo lo que suele defendernos del amor. Pero eso lo aprendí mucho más tarde.

…Vivía en un “blues”, en una balada triste, en un rock melancólico y de suburbio. En un bar cercano escuchaba una y otra vez en la máquina de discos el primer éxito de los Lone StarMi calle”, que comienza con unos golpes gitanos de yunque en la fragua y un na-na-na de Pedro Gené que recuerda al de Wilson Picket en “La tierra de las mil danzas”:

……Mi calle tiene un oscuro bar, húmedas paredes,

……Pero sé que alguna vez cambiará mi suerte.

Entonces entraban los apostadores del canódromo, sacudiéndose la lluvia y la ruina de la tarde. Y pedían cervezas y vino, con tapas grasientas y picantes, convencidos de que algún día, en alguna carrera, alguna vez, cambiaría su suerte. Yo era uno de aquellos en aquel oscuro bar. Y pedía otra cerveza. Y volvía a poner a los Lone Star”.

***

Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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