El auto

‚Ķ1.-Va a ser una de las resoluciones judiciales m√°s relevantes y m√°s citadas de la historia de Espa√Īa, aunque no s√© si la m√°s le√≠da. En consecuencia, dada la vocaci√≥n de servicio p√ļblico que tiene este cuaderno, he decidido incorporarla como archivo anexo ***. Ya adelanto que, por dos razones, no voy aqu√≠ a comentarla en profundidad. En primer lugar, porque los √≥rganos rectores de mi universidad ya han otorgado la valoraci√≥n pertinente y yo, como funcionario respetuoso con el principio de jerarqu√≠a, ¬†me abstengo de contradecir a la superioridad.

En segundo lugar, admito lo limitado de mis conocimientos en penal√≠stica y, por tanto, me remito, por ejemplo, al art√≠culo de este blog***, donde aparecen algunas posiciones enfrentadas¬† y que puede ser √ļtil para iluminar el debate. Ahora bien, he le√≠do varias veces la decisi√≥n y¬†¬†no acierto a ver en ella ning√ļn error grave¬† o alguna exageraci√≥n jur√≠dica. M√°s bien, incluso, da la sensaci√≥n de autocontenci√≥n, remitiendo l√≥gicamente la plena discusi√≥n del abundante material probatorio a la fase del juicio oral. Otra cosa es que, evidentemente, las partes van a a recurrir y pueden golpear en los puntos d√©biles de la argumentaci√≥n judicial.

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‚Ķ2.-Entre el 10 de octubre de 1998 y el dos de marzo del 2000, el ex presidente de Chile Augusto Pinochet permaneci√≥ arrestado en Londres, ya que las autoridades judiciales ingleses ejecutaron la orden de detenci√≥n pronunciada por el juez espa√Īol Baltasar Garz√≥n. Es f√°cil intuir el enfado que esto gener√≥ en varios Estados. Primeramente, en el gobierno espa√Īol, que siempre ¬†consider√≥ excesiva la interpretaci√≥n legal del magistrado y que ve√≠a completamente alterado su permanente juego exterior iberoamericano. En segundo t√©rmino, en el gobierno ingl√©s que, si bien se mantuvo al margen, hubo de sufrir la queja de la anterior presidenta del ejecutivo ‚ÄďMargaret Thatcher- y el malestar de la diplomacia inglesa, dado el apoyo del poder chileno a la causa brit√°nica en la guerra de las Malvinas.

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‚Ķ3.-En la retina de un pensamiento casi un√°nime, el acontecimiento relatado ha quedado como vivo paradigma de la separaci√≥n de poderes en Inglaterra. No entiendo por qu√© el que nos ocupa no goza de un t√≠tulo similar. Lo cierto es que la resoluci√≥n ha trastocado, a causa de su emisi√≥n en una fase preelectoral, las estrategias de la inmensa mayor√≠a de las fuerzas pol√≠ticas (un reputado editorialista se refer√≠a a ‚ÄúEl peor escenario‚ÄĚ). Por otra parte, uno puede sentir una profunda pesadumbre dado que, en el presente drama c√≠vico de Catalu√Īa, nos vemos hablando a menudo de¬† actos que, directa o indirectamente, afectan a un viejo conocido, a un amigo o a un vecino.

Y, en fin, a todos nos encantar√≠a alterar varias reglas de la organizaci√≥n judicial (quiz√°, para empezar, la configuraci√≥n de su Consejo General). Sin embargo, dados los par√°metros habituales de los Estados de Derecho ‚Äďpor ejemplo, normativa procesal y org√°nica aplicada, ¬†casos ante el Tribunal Europeo de Derechos humanos, estatuto y facultades de la abogac√≠a, pleitos sobre corrupci√≥n efectivamente resueltos tras la √ļltima fase de crecimiento econ√≥mico‚Ķ-, la verdad es que estamos ante un supuesto de funcionamiento fr√≠o, normal y ordinario de las instituciones democr√°ticas y, entre ellas, de la divisi√≥n de poderes.

ADDENDA: un buen amigo anota que, de acuerdo con la conclusi√≥n, el t√≠tulo deber√≠a ser ¬ęUn auto¬Ľ. Touch√©. Estoy de acuerdo y queda aqu√≠ constancia.¬†

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Acerca de Joan Amen√≥s √Ālamo

Professor de Dret Administratiu
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