El mejor momento de la historia para estudiar.

1.-El curso toca a su fin. Los profesores aprovechan para colar de tapadillo alguna conclusión, consejo o vaga profecía. Bueno, al menos esto es lo que se hacía antes. De acuerdo con el dicho latino, prima non datur et ulitma dispensatur. Sin embargo, dudo que algo de esto quede aún en pie ante la peste imparable de la programación, la examinación y la evaluación contínua.

Dados mis trienios, pues, es inevitable apuntar un último sermón. Su título es el siguiente: “Felicidades, es el mejor momento de la historia para estudiar”.

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2.-Ya, ya estoy oyendo la cantinela de que “nuestros hijos vivirán peor que nosotros y bla, bla, bla”. Por supuesto, algunos defectos recientes son preocupantes. No sabemos cómo va a evolucionar la noción de trabajo –que era lo que articulaba nuestras vidas-, cuál va ser la fuente efectiva de nuestra renta (algo parecido a eso del salario mínimo estatal quizás es ya imparable), los retos ecológicos son profundos, etc. Bajando ya el periscopio, es verdad que, al menos en nuestro país, nuestros muchachos probablemente leen peor y no siempre escriben bien –con honrosísimas y numerosísimas excepciones-. Y estamos hablando de capacidades básicas para la faena jurídica.

Ahora bien, estas pequeñas dudas y vicios han de enmarcarse en el progreso global de la humanidad. Lo ocurrido en los últimos ciento cincuenta años ha sido espectacular: en esperanza de vida, en acceso a los bienes, en supervivencia de los niños, en niveles culturales…No, no sólo eso. Es más: en los últimos treinta o cuarenta años la incorporación de millones de seres humanos al desarrollo es incontestable, la reducción de la respuesta violenta es fácilmente medible –cada vez hay menos guerras y menos agresiones, aunque a veces algún hijo de la gran puta en Manchester insista en recordarnos lo contrario-, etc. Es significativo el avance en la espinosa cuestión del hambre: desde Naciones Unidas se plantea de forma seria acabar con esta lacra en cuatro o cinco lustros. Jamás el mundo estuvo tan cerca de ese objetivo. Jamás. Esto sería casi como arrancarle de cuajo al eterno Apocalipsis bíblico uno de sus cuatro jinetes.

En fin, apuesto con cualquiera que compare los indicadores básicos de esperanza de vida, acceso al agua potable y a  los servicios sanitarios, alfabetización y aumento de la información en cualquier región del planeta en estos últimos cuarenta años. Por supuesto, habrá algunos bajones, pero es esperanzador observar el impresionante avance de la marea. Es casi como comparar el humilde y juvenil Interrail con el magma multiclasista de easyjets y ryanairs llenos de gentes de todas las edades.

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3.-Es verdad que el mundo parece mal hecho (no sé si lo está, porque el Gerente trabajó seis días y después ya sólo sabemos que viene algunas mañanas). Por otra parte, los adelantos se manifiestan bajo la ley de los dientes de sierra y a todos nos toca alguna vez la parte baja de la cordillera (para muchas comunidades, esto dura años y años). Pero no creo que nadie quiera volver atrás ( y nadie va a hacerlo).

En esta línea, me encuentro con un suelto de un discurso de Bill Gates que rezuma un optimismo de libro y del cual entresaco lo siguiente:

 “Sabes más que yo cuando tenía tu edad”, escribió. “Puedes empezar a combatir la desigualdad, ya sea por la calle o por todo el mundo, antes”. Terminó pidiendo a los graduados que consideraran el progreso que la humanidad ya ha hecho, diciendo que él cree que el mundo está mejorando. “Eso importa porque si crees que el mundo está mejorando, quieres extender el progreso hacia más personas y lugares”. Para acabar, Gates cerró con un mensaje de optimismo contundente: “Es un momento increíble para estar vivo. Espero que lo aproveches al máximo”. 

 

Para que vean que no soy un ingenuo, he llamado a mi amigo Julian L.Simon, con el cual ya conversamos en alguna interesante ocasión. Simon ya  le ganó una apuesta a P.Ehrlich sobre la evolución futura del precio de las materias primas. Este último autor amenizó nuestra juventud desde el Club de Roma con sus pronósticos de inminentes y generalizadas hambrunas y vacíos energéticos que, como es sabido, jamás ocurrieron. No es un gran texto el que aquí incluyo y creo que tiene algunos puntos débiles sobre la cuestión demográfica, pero rezuma un optimismo y amor por la vida  y por la inteligencia tan lejano a los apocalípticos del antropoceno  que me encanta:

”Dado que hay gente que se preocupa mucho de los niños no nacidos, es evidente que, según sean las personas, la importancia que se conceda a los niños no nacidos puede variar muchísimo, desde un nivel muy bajo a un nivel altísimo. Esta es la clase de valores sobre los cuales la economía y la ciencia, generalmente, no tienen nada que decir. Como persona, sin embargo, yo, obviamente, concedo un valor particular a los niños no nacidos. Y puesto que este valor se expresa tan pocas veces en público que alguna gente supone que es porque no existe, aprovecharé esta oportunidad para decir unas cuantas cosas sobre él, incluso corriendo el riesgo de parecer un sermoneador. Manteniendo el nivel de vida constante, me parece que es mejor tener más gente. Y si el precio no es demasiado grande, yo incluso estaría a favor de un nivel de vida algo más bajo por persona a cambio de que más gente pudiera vivir para disfrutarlo (aunque los análisis que he ofrecido en este libro sugieren que a largo plazo una población mayor lleva consigo también unos niveles de vida más altos en lugar de más bajos).

Pero ¿qué significa preferir la idea de más gente? Para mí quiere decir que no importa que haya más gente en las ciudades en las que vivo, viendo a más niños ir a la escuela y jugar en el parque. Yo estaría incluso más contento si hubiera más ciudades, más gente en áreas no pobladas, e incluso en otros planetas como éste.

Yo creo que esta particular manera de ver el problema es propia del mejor espíritu  de la cultura judeo-cristiana, que es la base, con mucho, de nuestra moderna moralidad occidental. En términos bíblicos, “Creced y mutiplicaos”. Y está también de acuerdo con el espíritu y la lógica de los filósofos utilitarios, comenzando por Jeremías Bentham, cuyo pensamiento subyace en mucha de nuestra filosofía legal y social, así como en el pensamiento económico moderno. Yo mantengo esta preferencia por una vida más abundante porque está generalmente de acuerdo con el resto de mis juicios de valor y mis gustos. Es un juicio de valor que muchas otras personas mantienen también quizá de un modo inconsciente. Y otros pueden llegar a reconocer su importancia para ellos cuando lleguen a reconocer, como me ocurrió a mí, que el crecimiento de la población a largo plazo presagia beneficios en lugar de males para la civilización.”*

 

*Julian L.SIMON, El último recurso, Trad. de J.M. Casas Torres, Editorial Dossat, Madrid, 1986, pp. 402-403. Título original: The ultimate resource.

Terminal de combustibles en Puerto Progreso (Yucatán, México).

 

 

 

 

 

 

*Fuente: ***.

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Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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