Diarios de un profesor disperso: dos niveles en los trabajos finales.

 

1.-Las reformas de estos últimos años han traído a las diversas licenciaturas –ahora llamadas “grados”- la exigencia de un trabajo final que cada Facultad organiza con una cierta autonomía. En unos casos, por ejemplo, la exposición oral es obligatoria. En otros, se expone un corto discurso acompañado de un panel gráfico. Las opciones son, pues, relativamente variadas.

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2.-En todos los supuestos, he observado que el alumno debe elaborar un documento escrito de una extensión aproximada de unas treinta páginas. Para los profesores, su dirección constituye un auténtico reto, ya que bastantes dificultades tenemos para guiarnos a nosotros mismos. Sin embargo, me gustaría hablar ahora desde la perspectiva del estudiante.

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3.-Uno aprende a hablar y a escribir gracias a la imitación. Esto también vale para la escritura científica o técnica. En este sentido, es desproporcionado esperar ahora que unos estudiantes que apenas han conocido algún manual de alguna asignatura  se adentren en los caminos de la redacción especializada. No obstante, también es verdad que bastantes trabajos que he examinado o dirigido serían prácticamente publicables y que, justo es decirlo, rebosaban originalidad y rigor.

 

Dicho lo anterior, propongo que se establezcan de entrada dos niveles y que el estudiante asuma responsablemente su posición. Para la inmensa minoría acostumbrada a escribir y a leer –aunque sea en otros campos del saber- el documento y su exposición constituyen un magnífico avance. Para los estudiantes poco avezados en la lectura y en la escritura, es éste el momento, por ejemplo, de resumir y comentar con seriedad un manual acreditado –o un fragmento- o cinco o seis artículos señeros de revistas especializadas. Ha de recordarse que una de las bases de cualquier pedagogía consiste en partir del estadio de conocimiento efectivo del alumno y obrar en consecuencia. Lo demás son ficciones y papeles ilegibles.

Como el Quijote que, de de tanto leer, imitó lo que leía.

Como el Quijote que, de de tanto leer, imitó lo que leía.

Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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