Jul 07 2008
Tzvetan Todorov: “La herencia reprimida”
Tzvetan Todorov (El PaÃs, 24/02/2008)
Durante la campaña presidencial francesa de 2007, el candidato que terminarÃa ganando las elecciones declaraba que, una vez elegido, iba a dedicarse a “liquidar de una vez por todas la herencia del 68″. Sin embargo, Mayo del 68 fue un acontecimiento con múltiples facetas, y no tengo la certeza de que todas sean ajenas al proyecto del actual presidente francés.
Vivà aquellos acontecimientos de manera un tanto diferida. En mayo de 1968 me encontraba en Estados Unidos, donde habÃa pasado el año ejerciendo la docencia. El 31 de mayo regresé a ParÃs con el primer avión que pudo aterrizar en suelo francés. Por esta razón, o quizás debido a mis orÃgenes búlgaros, observé lo que estaba ocurriendo desde una cierta distancia. Me llamó particularmente la atención la presencia simultánea de dos componentes que tenÃan sentidos opuestos y que se encontraban en planos muy distintos: uno social y otro polÃtico.
La transformación de las relaciones sociales fue espectacular. Se derrumbaron jerarquÃas rÃgidas, heredadas del pasado, entre hombres y mujeres, viejos y jóvenes, notables y plebeyos; jerarquÃas que ya eran injustificables en aquel momento. Fue posible utilizar un lenguaje más directo, menos formal, y comportarse en público de forma menos convencional. Florecieron los movimientos feministas, las mujeres pudieron imponerse en aquellas profesiones de las que quedaban excluidas hasta entonces, o en las que sólo podÃan optar a cargos subalternos (como en la polÃtica).
También se desmoronaron tabúes, en particular aquellos referentes a las relaciones sexuales. Que una pareja conviviera sin la intención de casarse dejó de suscitar el oprobio. A la vez, aunque algunos años más tarde, la ruptura del matrimonio dejó de verse forzosamente como un pecado: se permitió el divorcio por mutuo consentimiento.
¿Quién querrÃa hoy liquidar esta herencia?
En el plano de los discursos polÃticos todo discurrÃa, sin embargo, de modo muy distinto. Las ideas que se expresaban en las innumerables asambleas generales y comités de acción debÃan enmarcarse todas ellas dentro de los lÃmites de la ideologÃa comunista. Es cierto que la diversidad recuperaba inmediatamente sus derechos: el polo conservador lo ocupaban los miembros ortodoxos del fosilizado PC francés; la extrema izquierda estaba encarnada por los maoÃstas, y en medio estaban los trotskistas, los seguidores de Althusser, los anarquistas, los situacionistas, el Movimiento del 22 de Marzo, los fieles a Fidel y unos cuantos más. Pero mientras que en el terreno social soplaban vientos de liberación, los discursos polÃticos alentaban el dogmatismo y ensalzaban (con frecuencia sin saberlo) la dictadura. Para alguien como yo, que venÃa de un paÃs del “socialismo real”, parecÃan además descansar sobre una visión de la sociedad totalmente quimérica.
A primera vista, esta herencia polÃtica ha desaparecido hoy casi del todo de la vida pública, a excepción de esa particularidad francesa que tanto sorprende en los paÃses vecinos: la popularidad de los lÃderes trotskistas en las elecciones presidenciales. Aunque también es probable que este pasado se mantenga vivo bajo nuevas formas.
Los programas polÃticos de los partidos suelen dividirse en dos grandes grupos. Unos prometen la salvación. Consideran que en el mundo terrenal impera el mal y que hay que destruir el mundo y reemplazarlo por otro donde todo funcione mejor. Los otros, se conforman con proponer medidas de adaptación y de acomodamiento. Reconocen que el mundo que nos rodea no es perfecto, por lo que hay que emprender reformas, pero también que debemos rebajar nuestras expectativas.
Los discursos polÃticos del 68 formaban parte claramente de la primera categorÃa. Por fortuna, no hubo ningún Lenin en ciernes entre aquellos revolucionarios en potencia. Sin embargo, algunos años más tarde, el proyecto de transformación radical y violento de la sociedad ha renacido bajo otra forma, en el seno de una doctrina erróneamente llamada neo-conservadurismo (se trata en realidad de neorevolucionarios). La única diferencia es que, esta vez, no se ha querido salvar al propio paÃs, sino a un paÃs extranjero. A veces también llamamos esta doctrina “derecho de injerencia”. Decidimos que para salvar a los demás, en este caso con la democracia y la economÃa de mercado, es lÃcito, o más bien plausible, invadirles militarmente e imponerles un nuevo régimen.
Los neoconservadores han estado próximos al poder en EE UU y son los responsables tanto de la invasión de Irak como de otras intervenciones en Oriente Próximo. Pero parece que también son capaces de tener peso en la polÃtica del Gobierno francés, que recientemente se ha declarado dispuesto a reforzar su presencia en Afganistán, a entrar en Irak y a bombardear Irán si fuera necesario. La revolución permanente, ensalzada en el pasado por los izquierdistas de mayo del 68 (aún me acuerdo de los discursos incendiarios que pronunciaba André Glucksmann, jefe de los maoÃstas, en la facultad de Vincennes) ha cambiado de objeto, pero no de naturaleza: se sigue reclamando la destrucción del enemigo. Y, muchas veces, por parte de los mismos que en 1968.
He aquà una herencia del 68 que sà debiera liquidarse.
Aquesta entrada es va publicar el Dilluns, 7 Juliol, 2008 a les 17:03 i s'ha arxivat a Maig del 68, una mirada retrospectiva. Pots seguir qualsevol de les respostes d'aquesta entrada mitjançant el canal d'informació . Pots deixar una resposta o posar un retroenllaç des del teu web.


26 Agost, 2008 a 20:31
[…] se dedica al análisis de múltiples temas culturales, desde su puesto de profesor e investigador del Centro de Investigaciones de las […]