Corazón en Llamas

Nuestro amor era un corazón en llamas, un majestuoso corazón incendiado que mantenía encendidas nuestras almas durante un cálido y eterno mediodía estival. Así, cada mañana, cogidos cariñosamente de las manos, sin pensar en nada más que en aquellos preciosos momentos que estábamos compartiendo en aquel exótico mundo que había sido creado sólo para nosotros dos, recorríamos completamente desnudos -tanto sin ropa como sin prejuicios de cualquier clase- los escarpados y peligrosos acantilados que bordeaban aquel mar inmenso e inmemorial que nos rodeaba por los cuatro costados y que tantas veces había sido testigo de nuestro amor exultante y desenfrenado, sin límites humanos; aunque quizás sí divinos.

De vez en cuando, nos deteníamos justo al borde de cualquiera de aquellos precipicios sin fondo, pero tan solo para experimentar en nuestros desprotegidos cuerpos el delicioso estremecimiento que recorre todos los rincones del ser mortal cuando éste se halla frente a frente con la posibilidad de perder en un latido de corazón lo que más aprecia. Con sinceridad, aunque a nosotros también nos embargaba este sentimiento a todas luces natural, debemos colegir que tan pronto llegaba nos abandonaba, puesto que la presencia sobre nuestras cabezas de aquel reconfortante disco de luz y de calor nos hacía sentir poderosos. No, no es eso: en realidad, lo que sentíamos cuando aquellas invisibles lenguas de fuego nos envolvían amorosamente, manteniéndonos por completo inmunes al gélido frío que ascendía desde las entrañas del precipicio, era que nuestro amor trascendía en verdad las limitaciones de la carne, elevándose y flotando sobre el espacio y el tiempo, eternamente dorado…

Transcurrieron los años, incontables años, pero nuestra relación, muy lejos de desgastarse como consecuencia de la constante e inevitable erosión de la convivencia y del tiempo, iba fortaleciéndose día a día, cada vez un poco más, agigantándose a medida que crecían nuestro conocimiento y cariño mutuos. En paralelo, la necesidad cada vez mayor que teníamos de pregonar a los cuatro vientos el carácter imperecedero de nuestro amor nos obligaba a alargar al máximo nuestras arriesgadas estancias al borde de aquellos tenebrosos abismos que se abrían a nuestros pies, amenazando con devorarnos en cualquier momento con sus inabarcables y desafiantes fauces.

No obstante, a pesar del evidente riesgo al que conscientemente nos entregábamos a diario, nos sentíamos inmensamente felices y confiados de que la sobrenatural solidez de nuestra relación era inquebrantable, inmune a la fatalidad. Mas, ¡qué equivocados estábamos! Desde luego, tal era la arrogancia con la que habíamos desafiado al conjunto de la Creación, pensando de manera equivocada que aquello que nos unía era inextinguible -como sucede con la llama de la esperanza-, que despertamos la envidia de los que nunca sienten envidia, o sea, de los propios ángeles del Cielo, quienes, intimidando la naturaleza del astro Rey, convencieron a éste para que se sumergiera por primera vez en las inhóspitas y frías aguas del mar, privándonos también por primera vez de aquel inmenso corazón en llamas, único símbolo posible para un amor como el nuestro, tan parecido a un amor eterno…

El Ñandú y el Juez

No cabía la menor duda: ¡aquel prado de ensueño había sido remodelado por todo lo alto! ¡No se había escatimado en nada! Sin embargo, a pesar de la gran labor desplegada por aquella cuadrilla de animalitos abnegados, el resultado final no era, ni de lejos, semejante a lo esperado en un principio, y así se lo hizo saber al hermano ñandú el Comité de Asuntos Internos del prado de los Sueños Imposibles.

La denuncia no se había hecho esperar. El responsable de aquella original decoración fue llevado a juicio. El fiscal, por más señas un altivo buitre leonado, de pico ganchudo y plumífera gorguera, recordó a los asistentes a la vista oral las barbaridades que había perpetrado el acusado.

—En primer lugar, me atrevería a afirmar que el hermano ñandú, olvidando sus deberes como ciudadano de bien, y sus obligaciones como decorador oficial del reino, no ha tenido suficiente con saltarse olímpicamente las precisas indicaciones del encargo; sino que, obrando por completo al margen de la Ley, se ha atrevido a transformar por completo nuestro hermoso -hasta ahora- prado.

El señor juez, ansioso por intervenir, abrió el pico e increpó al acusado, no antes de emitir su característico bubo bubo.

—¡Desde luego! –exclamó el airado búho real— ¿A quién se le ocurre cometer tamaña infracción?

—Disculpe, Señoría, pero yo no he cometido ninguna infracción -replicó el acusado sacudiendo sus plumas vigorosamente-. A lo sumo, se puede afirmar que he cometido una…originalidad –añadió el ñandú con orgullo apenas disimulado.

¡Hola, soy el hermano Ñandú!

—¿No ha delinquido? Entonces, ¿cómo llamaría usted a la acción de cambiar las flores por cosas que no son flores, así como los árboles, las piedras y las mariposas por cosas que no son árboles ni piedras ni mariposas…? –bramó el juez con los nervios a flor de piel, erizándose aún más las plumas de sus “orejas”.

—¡Surrealismo, por supuesto! –sentenció el hermano ñandú de manera exultante.

Saltando al unísono en sus respectivas butacas, juez y fiscal se pusieron sus gafas correspondientes para observar mejor a aquel extraño ser en que se estaba transformando el acusado. Por unos instantes, les pareció que la palabra ñandú equivalía a algún indescifrable jeroglífico del antiguo Egipto. Nadie se atrevió a hablar, a excepción del propio decorador.

—En realidad, reconozco que mis cambios han sido un tanto excesivos. A pesar de ello, quiero hacer constar que aquello que hay, por ejemplo, en lugar de las flores de antaño son también flores, pero distintas… En cuanto a la razón que me llevó a confeccionar este paisaje tan original, me veo obligado a dar una explicación que, a mi modo de ver, debería ser bien acogida por ustedes.

—Yo, como todos los asistentes a este juicio deben saber, llegué a este prado hace cerca de cinco años, procedente de las lejanas tierras americanas. Mas lo que ningún habitante de esta región conoce es el porqué decidí abandonar a mi familia para dedicarme, poco tiempo después, al exótico oficio de decorar prados y bosques. Pues bien, los motivos de mi partida fueron estrictamente existenciales –entre el público se abrió paso entonces un leve rumor de sorpresa.

Me explico…

Allí donde nací y me crié la monotonía era aplastante; de ahí que la gente tuviese la tendencia a ser conformista y, en consecuencia, antipática y aburrida por naturaleza. Pero ese estilo de vida no era en absoluto de mi agrado, no me llenaba. Debido a ello, no encontrando una mejor salida a mi desencanto, una mañana me armé de valor y, haciendo acopio de aquello que precisaba para viajar, me marché de casa en busca de un lugar donde pudiera ser feliz.

Detesto la monotonía del paisaje. ¿No os parece aburrido estar siempre seguros de poder identificar con una simple ojeada todo aquello que pasa ante vuestros ojos? Sólo se trataba de enmascarar un poco las cosas, de tal modo que para tener plena seguridad de hallarse al lado de un árbol, habría que efectuar no tan solo un análisis visual; sino también olfativo, táctil y, por qué no, intuitivo. En definitiva, la vida sería así mucho más entretenida, basada en continuas interpretaciones de la realidad, haciendo más abiertas las mentes, alejándonos del conformismo.

El prado de los Sueños Imposibles, una vez remodelado.

De repente, el bubo bubo anunció que Su Señoría iba a intervenir de nuevo.

—Muy interesante su historia, debo admitirlo. Aunque para poder dictar sentencia, necesito que me aclare un punto: ¿a qué se dedica usted exactamente, señor Ñandú? –inquirió el juez con unos ojos anaranjados que centelleaban desde su redonda cabeza.

—Su Señoría, resumiendo diría que me dedico a vidar prados –respondió el acusado saboreando sus últimas palabras.

—¡Querrá decir que se dedica a decorar prados!

—No, a vidarlos, esto es: a llenarlos de vida. Sí, a eso me dedico.

Una vez concluido su alegato, el hermano ñandú calló y se sentó. Los asistentes al juicio, convertidos en entusiástico público, cerraron su exposición con una prolongada ovación que, muy lejos de quedarse en algo simbólico, sirvió para que el juez, animado por el fiscal, decidiera a la postre absolver al brillante decorador oficial del reino.

Algún tiempo después, fue publicado un bando donde se anunciaba que el ñandú había sido nombrado juez del prado por expreso deseo de las autoridades del mismo. El porqué de este inesperado nombramiento estribaba en la necesidad de defender las originales ideas del popular decorador.

El hermano Ñandú, encantado con su flamante nombramiento.

El hermano Ñandú, encantado con su flamante nombramiento.

Gracias a lo anterior, la vida en el prado continuó siendo entretenida durante muchísimos años…

Filosofía ferroviaria

Como si fuese un gigantesco ciempiés de metal, el transiberiano atraviesa veloz la vasta estepa rusa, deteniéndose muy de tanto en tanto en apeaderos de nombres impronunciables. Mientras tanto, en el interior del coche-comedor, los viajeros de primera clase degustan una espléndida cena a base de uja y caviar de beluga, servida en vajillas de porcelana y acompañada por cubiertos de plata.

Un elegante camarero de poblado mostacho se acerca a una pareja entrada en años, y con una estudiada reverencia les hace entrega de la fastuosa carta. La mujer, sin apenas apartar la mirada del libro que sostiene entre sus cuidadas manos, mira de soslayo a su marido, musitando unas pocas palabras.

—Estimada mía, tienes toda la razón —responde él bajando aún más la voz—. Tal como la autora explica en tu libro, quienes viajamos en este convoy somos extraños en un tren. Es cierto que coincidimos en el mismo lugar y al mismo tiempo, pero nadie conoce a nadie.

A la mañana siguiente, aún en el interior de su lujoso compartimento, el marido contemplaba con cierta somnolencia el helado paisaje que apenas se vislumbraba a través de la empañada ventanilla. En el vestidor contiguo su esposa se acababa de acicalar, para así estar impecable cuando llegasen a su ya próximo destino.

Al cabo de unos minutos, el tren se detuvo con una fuerte sacudida. La locomotora de vapor, aliviada por la conclusión de aquel agotador viaje, exhaló un vaporoso suspiro.

—Considero muy importante la existencia de túneles a lo largo de toda la red ferroviaria —comenzó a decir el veterano neofilósofo al bajarse del tren—. Desde luego, es necesaria la presencia de túneles, incluso en aquel trayecto del viaje donde la belleza del paisaje obliga a la contemplación atenta y minuciosa del mismo por parte del viajero.

—¿Por qué dices eso ahora? —respondió extrañada la esposa.

—Porque, por muy excitante que sea la observación de lo que se halla al otro lado de la ventanilla de nuestro compartimento, es realmente necesario y apremiante contemplar los rostros de nuestros compañeros de viaje —añadió el marido a la par que su faz adquiría un brillo especial.

—¡A buena hora lo dices! —exclamó contrariada la consorte del neofilósofo— ¡Podríamos haber entablado nuevas amistades si no hubiésemos permanecido todo el viaje admirando las hermosuras del paisaje!

Mientras se desarrollaba el diálogo precedente, el autor de aquella pintoresca escena observaba con suma atención las evoluciones de sus dos personajes sobre el concurrido andén de aquella estación de nombre desconocido. Así, sin quitarles la vista de encima, mirándolos fijamente a través del grueso cristal de la ventanilla de su compartimento, aquel creador de personajes, de ambientes, y de ficciones de toda índole, no perdía la esperanza de que sus dos nuevas criaturas se dignasen a interrumpir en un momento dado su despreocupada y alegre conversación. Anhelaba que ellos reparasen, aunque fuera tan solo por un breve instante, en la desconsolada existencia de quien les había insuflado aquel generoso soplo de vida, gracias al cual ahora se disponían a abandonar para siempre aquel escenario, donde su creador languidecía sin poder hacer nada por evitarlo.

Sin previo aviso, el tren reinició la marcha, fatigosamente; aunque su creciente velocidad hizo que se perdiera pronto de vista el andén, cuyo recuerdo no tardaría en petrificarse en la mente del autor, para así poder mortificarlo periódicamente, cuando menos se lo esperase…

En cuanto el convoy hubo desaparecido por completo de su campo de visión, el neofilósofo y su esposa se adentraron en las dependencias de la estación, intercambiando unas palabras en voz baja al tiempo que atravesaban el amplio vestíbulo de aquélla.

—Querida mía, ¿has visto de qué forma tan descarada nos miraba ese extraño individuo junto al que hemos realizado nuestro largo viaje? —dijo el marido a la vez que se secaba el sudor de la frente con su impoluto pañuelo de seda.

—Ahora que lo dices, sí que me he percatado de ello…—comenzó a decir la esposa tras unos instantes de vacilación— ¡Pobrecito! ¿Por qué no nos habrá dicho nada durante todo el tiempo que hemos estado juntos?

—¡Vete tú a saber! ¡En el mundo hay gente muy rara! —concluyó el marido aferrando a su mujer del brazo.

Ambos personajes, recuperada su sonrisa habitual, se perdieron entre el tumulto de gente que a aquellas horas de la mañana paseaban despreocupadamente por las calles de la populosa ciudad de Realidad.

Sus últimas palabras

El Sol agonizaba en el horizonte carmesí mientras el filósofo yacía sobre el pétreo mármol. A corta distancia, el joven escriba tomaba nota de todo cuanto acontecía.

Formando un círculo alrededor, sus numerosos discípulos aguardaban, expectantes, las últimas palabras del maestro antes de adentrarse por siempre en la oscuridad. Un pestilente olor a cicuta impregnaba el aire de la estancia.

De pronto, el sabio ateniense apretó los párpados y sus tumefactos labios se entreabrieron apenas para susurrar unas palabras:

-Queridos amigos, ahora que muero ya no temo a los que me condenaron. Nada me impide pues desvelaros el gran secreto que el dios Apolo me reveló cuando durante mi juventud acudí al oráculo…

Pero el viejo maestro sufrió un desvanecimiento. Entonces, varios de sus discípulos lo alzaron en brazos y lo condujeron hasta el galeno, quien le practicó un lavado de estómago.

Era el trigésimo intento en el último año para escuchar al fin «sus últimas palabras». La próxima vez calcularían mejor la dosis de cicuta.

El nacimiento de este blog y participación en el Concurso el tintero de oro

El pasado día 6 de noviembre se celebró en la ciudad de Granada el II encuentro anual de la Red de Cuidados Paliativos de Andalucía (RedPal). A propósito de dicho encuentro, unos meses antes la RedPal convocó el I certamen de microrrelatos, con el lema «cuidados paliativos: en el domicilio se puede».

Fueron aceptados por el jurado del certamen un total de 365 relatos procedentes de toda la geografía de España. Concretamente, yo participé con dos microrrelatos: Lucía y los Títeres y Simbiontes al anochecer, quedando el primero de ellos entre los 20 mejor puntuados. La previsión es que un día de estos sea publicado en el blog de la RedPal, así como formando parte del e-book conmemorativo del evento.

Espoleado por el «éxito» conseguido, y habiendo averiguado que una de los miembros del jurado, Rocío de Juan, es una destacada asesora literaria y profesora de talleres de escritura creativa, me armé de valor y contacté con ella para pedirle consejo. Para mi sorpresa, Rocío contactó conmigo enseguida y se mostró muy simpática y próxima con un servidor, de lo cual le estoy muy agradecido.

Dado que yo nunca he participado en un taller literario, y teniendo en cuenta que a Rocío le transmití mi inquietud acerca del hecho de que apenas he contactado con otros escritores, con quienes poder compartir mis escritos, dando y recibiendo valiosas opiniones y valoraciones, ella vio muy claro aquello que a mí más me conviene actualmente: crear un blog propio, suscribiéndome acto seguido a un blog literario muy interesante, al frente del cual está el escritor y bloguero David Rubio Sánchez, catalán como un servidor.

La idea es muy sencilla: cada mes David propone un tema, sobre el cual hay que basar un relato de una extensión máxima de 900 palabras. Cada autor que desee participar en el concurso mensual de «el tintero de oro» (así se llama el concurso en cuestión) puede participar con un único relato, el cual debe ser publicado en el blog propio, compartiendo acto seguido un enlace a dicho blog.

Si a alguien le interesa participar, puede conocer los detalles siguiendo el enlace incluido en el párrafo anterior. El tema propuesto para este mes de diciembre (extraños en un tren) me resulta muy inspirador. De hecho, acabo de crear una nueva entrada donde incluyo el relato con el que voy a participar: Filosofía ferroviaria.

 

 

La conversación perdida

El día acabó siendo el Reino de los Smartphones. Los proscritos como yo decidimos surcar la noche en busca de alguien con quien conversar…

Conversar con alguien sobre cualquier tema se había convertido en un comportamiento del todo subversivo. Algunas noches salía a hurtadillas de casa y me dirigía a uno de los locales prohibidos. Allí permanecía charlando hasta altas horas de la madrugada con cualquier individuo que, como yo, aún disfrutase del antiguo placer de la conversación. Pero se trataba de una actividad muy peligrosa. Sigue leyendo