Somos Jordi

A la sombra de un volcán
y eres la calma
Kalispera!
Todo el mundo de los hombres se hace eco
de tu tono de mirar
eres, al fin y al cabo, una especie de gacela
en extinción.
No hay sombra, ni la luna,
que me diga adios, alma sincera
das la mano y un abrazo y una nota
de inicio que hace sonar alguna canción.
Al fin y al cabo, somos compañeros
de algunas alacenas, almacenados y encorvados
y aprovechamos cualquier momento para decirnos cosas
que no tienen más solución que no decir
sino risas
Kalimera!
Eres, al fin y al cabo,
toda una luz, toda una estirpe
de ilusión.

Ad aeternum

De hoy a la eternidad
he de quererte siempre.
De hoy a la eternidad.
Recuerdo el día en que nos conocimos:
fuego de cien palabras y cuatro suspiros
un día con su noche, y luego,
como un encuentro con el destino
nos cogíamos ya la mano ante los amigos.

Y cuántos besos! y qué cariños!

De hoy a la eternidad
la voz en ristre y el corazón por anillo
ahora que somos, como siempre,
fieles compañeros del camino.
De hoy a la eternidad
un dulce callar en los ojillos
un beso de bronce que ronca con
el viento encarcelando entre los pinos
De hoy a la eternidad,
brindo por una sonrisa para todos
y el paciente rumor de los hijos
de hoy a la eternidad
música de fanfarria y tronar de grillos
tu sombra es mía
soy tu destino.

Palabras

Las palabras no se dicen,
no se hablan.

Simplemente se miran, las palabras.

Palabras significan palabras,

el verbo encadenado a la sílaba,
la sílaba a la voz,
la voz al alma.
Pero palabras son trocitos desprendidos de un pensamiento
y no todo pueden ser palabras.

Condenadas, pues, a la extinción
estupefactas líneas almacenadas,
puro compendio argumental de diccionario,
cuerpo exhumado de la lengua,
marchita hoja de papel
maldita la palabra,

simplemente se mira, una palabra.

¿Existe acaso un vocablo para encarcelar el sentido de tantas miradas?

Simplemente se mira.

Palabra.

Rueda la vida

Rueda la sombra,
y la pregunta dividida
se deslumbra.

Rueda la luna,
jugando a ser mujer
entre las ruinas.

Rueda el recuerdo,
otra despedida.
Ruedan los besos,
una locura adivinada en la espesura.

Rueda la noche,
desobediente y rebelde,
medio dormida.

Rueda la historia,
nuestra historia.

Rueda la vida.

Poco más

Sombra y silencio y poco más.
¡Qué tiempos aquellos!
de rutina de risas, estropicios
no había razones y reinaba una inexplicable felicidad.

La tierna àred donde saciábamos casi todos nuestros vicios
las ventanas abiertas al mañana,
todas las noches eran nuestras
y siempre había un poco más.
Eramos, todos nosotros, un bello encuentro,
eramos un abrazo inmenso de sal.

Hubiese dicho entonces
que nos conocíamos de siempre,
en silencio nos mirábamos ligeros en la eternidad.

Ay, qué tiempos aquellos.
Sombra
Silencio
y poco más.

Sombras de Bronce

Sombras de bronce ensimismadas
sombras de bronce en papel de plata
sombras de bronce besando sueños
sombras de bronce silenciadas

escondidas en el espacio plástico de las paredes arqueadas
entre semánticas y sentencias
sombras de bronce que se eternizan
descolgando largos rumores de las terrazas
Sombras de bronce iluminadas
un adios clavado a fuego en la mirada
sin someter la voluntad al sentimiento
siendo el sabor de un trazo de tiza
Sombras de bronce que se ocultan diestras en el alma

Sombras de bronce
sensaciones sembradas de palabras
Sombras de bronce imaginarias.

sin título

Una caricia mundana
menuda despedida.
Enrejando las luces del alba
no conseguiras cercar el día.
Tantas, tantas colinas
y un sólo instante para decir adios.
Sigue la estela del sol,
amigo mio,
nos encontraremos más allá.

Llega el otoño
y nos desnuda a todos
entre sus brazos de árbol melancólico.

Somos rama y barro
corazón destartalado.

Quizás Amanece

La ciudad se tiende

la calle se extiende

la ciudad no entiende

y creo que estamos a miercoles

pero es medianoche

el tráfico no duerme

las miradas dispersas

ahogados los charcos

y los pocos caminantes

ebrios de laureles

coronados en las esquinas

poetas sin papeles

acompañan sus pasos

con el canturrear sordo

de viejas melodías

ya sabes a qué me refiero

aquellas canciones

que fueron también parte

de nuestras vidas.

Quizás, luego, amanece.

El clamor

Cuando me ataron al mástil vi
una luna sostenida, dispersa entre la niebla
la noche iluminada por un sol de ébano
la ceniza emparejada paseando de la mano,
más abajo, el mar ensimismado
acariciándose los bajos,

y los hombres del barco

ocupados en ejercicios rutinarios

de cera y poniente, de caballo.

En la sombra de nuestra vela había un prado.
Paseábanse mis recuerdos en él,

enamorados de la risa y el ocaso.
Allí aprecié también la tierra vana

que nunca habíamos buscado,

y todas las noches que nos perdimos esperando,

noches de subir colinas, de aletear de patos.

Noches, en una palabra, que todavía guardo.

Pero, vamos, me dije,

que la tierra arañada no seque este casco

de nave orgullosa de su sangre y su pasado

y di orden a mis hombres

con el mentón encorvado

que remaran hacia el final de los sueños

hacia silencios inesperados.

Sordos todos ellos a la queja,

olvidables olvidados,

fueron la fuerza de una fiera
despedazando el mar a palos,

y cruzamos el agua espesa
con rugir de viento

y gemidos de enamorados.

A lo lejos, como en una vida

que no fue nunca la nuestra
pude oir cierto sonido meloso,

ufano. Pensé en la patria

ese lugar del vientre tan bien sembrado,

y en el rostro de Mireia

alma de simiente y cuerpo de azucar,

Penélope de mis encanecidos brazos.

Qué grato silencio sonoro pude sentir entonces

al vogar de los gritos callados.

Me así a mis ataduras

el palo mayor como ancla de barco

pero me perdía, me perdía

entre recuerdos de luz y cancioneros sinuosos

mecidos por el susurro de la nostalgia

por la triste brisa de los tiempos abandonados.

La isla aparecía a la vista.

Profundamente nos acercamos. En la oscuridad

atendí su rugido de mar y madera,

su aullar de perro abandonado,

un ritmo de canciones tiernas

al compás de sonidos divergentes,

ensortijados.

Escuché tan ansioso la tonada
que olvidé mujer, patria y barco.

Mis hombres de cera fueron entonces

una piedra sin sentimientos,

una columna de marmol.

Siguieron remando, efectivamente,

a pesar de mis gritos amputados.

El barco nunca se paró.

Nunca se para el barco.

Pero en la noche, a popa,

pude ver entre ola y ola

un grupo de sombras esquivas e iniestas

aferradas a sus recuerdos de plástico.

Las voces roncas y los labios deshilachados.

Eran, todas ellas, viejas amigas de la vida,

bellas amargas piedras sin motivo,

sucios reductos alzados sobre los restos del pasado,

recuerdos sin memoria en el clamor de los años.

Anclado, yo fui roca,

y el cielo envenenado

dio la vuelta al mediodía

para que nuestro viaje, siempre nada,

se volviera, eternamente,

la última pesadilla del ahogado.

El viaje

El viaje eterno de tu rostro
el viaje de tus ojos
el viaje de retorno
perdidos los dedos de una mano
entre los cabellos del otro
en el recuerdo de los vientos
y los domingos y los soles
perdidos en el retorno
entre nubulosos trenes
perdidos los pesares en el viaje

el viaje de tus ojos
el viaje eterno de tu rostro.