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Cómo trabajar la autoempatía

¿Cómo podemos favorecer la autoempatía? Aquí tienes algunas pautas a seguir para trabajar esta beneficiosa habilidad:

Trata de comprenderte, siendo realista y valorando todos los factores que rodean tus circunstancias. Incluso en aquellos casos es que nos hayamos equivocado, conviene saber entendernos y analizar de forma objetiva todas las variables que han participado en esa equivocación. No se trata de evadir la propia responsabilidad de lo que uno ha hecho mal en determinadas circunstancias; se trata de aceptarla, pero en términos realistas y constructivos. Aceptar nuestra responsabilidad sin machacarnos o castigarnos por haber fallado, nos permite aprender de la experiencia y reducir así la probabilidad de volver a fallar. Y todo ello sin dañar nuestra autoestima. Así que no te culpes tanto; haz las paces contigo y aprende a perdonarte.

– Sé flexible contigo mismo. La rigidez nos hace más vulnerables al sufrimiento. En este sentido, cuida del lenguaje que utilizas al hablarte. No utilices etiquetas negativas y rígidas para definirte (por ejemplo, “soy un imbécil”, “soy una inútil”); no generalices más de la cuenta (“todo lo hago mal”, “siempre acabo fastidiándolo todo”); y, por supuesto, no pretendas ser perfecto. No puedes ser perfecto. Exigirse no cometer errores jamás es tan rígido como absurdo, y obviamente, muy perjudicial para nuestro bienestar emocional.

– Revisa tu arsenal de “deberes o deberías”. Normalmente actuamos bajo el peso de nuestros propios valores. Pero, ¿qué ocurre si poseo valores y creencias muy rígidas, y en base a ellas elaboro mis propias reglas? Muchas de nuestras normas, que se expresan bajo muletillas de tipo “debo…”, “no debo…”, “no debería…” o “debería…”, se basan en generalidades sin prestar atención a las excepciones. Además, los tenemos tan asumidos que ni nos planteamos su veracidad, aunque no sean realistas. Y, como resultado, restringen mucho nuestro día a día, nos limitan porque van en contra de nuestros sentimientos y nuestras necesidades. Piensa en estos ejemplos: “no debo equivocarme”, “no debería negarme a hacer algo que no quiera hacer realmente”, “debo satisfacer a mis padres en todo lo que haga”, “debería ser capaz de aprobar las oposiciones a la primera”, etc. Si te paras a analizar un poco todos estos “deberes”, ¿crees que son realistas? ¿tienen en cuenta las posibles excepciones y diversidad de variables de la vida? ¿tienen en cuenta las propias necesidades y derechos? Si la respuesta es negativa, te darás cuenta del daño que puede generarnos tanto deber sin fundamento.

– No te trates a ti mismo como no tratarías a los demás en tus mismas circunstancias. Es decir, el criterio que utilizas para aceptar y entender a otras personas, no tendría que ser distinto del que utilizas para evaluarte a ti en idénticas condiciones. Por ejemplo, imagínate que un amigo acude a ti para contarte que ha suspendido un examen, después de mucho estudiar y prepararse para ello. ¿Te imaginas que le sueltas entonces: “Desde luego, si es que no sirves para nada… ¡menudo inútil eres!”? Si te estás echando las manos a la cabeza, quiere decir que por tu cabeza estará pasando algo así como “qué crueldad decirle algo así a alguien que se siente mal” o “¿cómo iba a decirle algo así a mi amigo, que es un inútil sólo porque un día no ha tenido un buen resultado en un examen?” Bien, eso indicaría que eres capaz de ser empático con otras personas. Pero, ¿alguna vez has empleado un criterio distinto contigo mismo en una situación similar? ¿Cuántas veces has sido injusto contigo? ¿Cuántas veces te has juzgado, te has insultado? Es decir, ¿cuántas veces no has sido empático contigo mismo, cuando sí lo has sido con otros? Es hora de reflexionar sobre ello y empezar a considerar para ti mismo los mismos criterios que utilizas para evaluar a otros.

– Permítete expresar emociones negativas, puesto que las emociones negativas también tienen su función para vivir de forma sana. Permítete tener un mal momento, tener un mal día, tener una mala racha. Permítete ser irracional por momentos, permítete sentir y expresarte. En definitiva, empatiza contigo, permítete ser humano y vivir todas las emociones existentes, sean positivas o negativas.

– Focaliza también en tus aspectos positivos. No pienses tan mal de ti sin fundamento. No cometas el error de obviar tus cualidades y aspectos positivos. Pensar que solo tienes defectos o que no haces nada bien, no sólo es erróneo sino también tremendamente perjudicial para tu autoestima. Te animo a que intentes elaborar una lista, siendo lo más objetivo posible, de las cosas buenas que resaltarías de ti, de tus virtudes o los aspectos que más te gusten de tu imagen y/o de tu forma de ser. Seguro que no hay tan pocos como crees.

Ahora ya sabes qué actitudes puedes trabajar para comportarte de forma empática contigo mismo. No confundas la autoempatía con la autocompasión mal entendida. Es decir, no se trata de sentir pena de uno mismo ni de fomentar actitudes victimistas, resignándonos a nuestro malestar. Se trata de saber entendernos, de ser más comprensivos con nosotros mismos y tener una actitud constructiva orientada a preservar nuestra autoestima, y, por consiguiente, nuestro bienestar emocional.

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