El filo de la pipa – José A. Noguera

Opiniones críticas sobre política, sociedad y cultura

Archive for the category Política

Oct 04 2013

Alemania, otra vez

La noche de las elecciones alemanas, mientras Angela Merkel y sus correligionarios de la CDU bailaban eufóricos, visionaba El juicio de Nuremberg (1961), de Stanley Kramer, film imprescindible en los tiempos que corren. La película, con sus imperfecciones y golpes de efecto, ofrece una buena sociología de cómo una parte notable del pueblo alemán niega o cierra los ojos a su lado más oscuro, porque secretamente lo considera justificable. El personaje interpretado por Burt Lancaster (el prestigioso jurista, juez y ministro de justicia nazi Ernst Janning) encarna algo muy inquietante que, me atrevo a decir, sobrevive potencialmente en el subconsciente de cierta subcultura germánica: el sentimiento de culpa moral por actos atroces solo se siente cuando se ha sido derrotado por la fuerza bruta (única vara de medir válida para los nazis), y no antes.

Hace diez años no me hubiera arriesgado a decir que quizá la psicología colectiva de Alemania no es como la de cualquier otro país europeo. Hoy, sin embargo, me veo tentado a pensarlo. Leyendo lo que su prensa orgullosamente publica sobre el “nuevo nacionalismo” alemán, lo que sus articulistas, intelectuales y tertulianos dicen sobre su necesidad de dirigir y dominar de nuevo a los pueblos de Europa; constatando una y otra vez la chulería y el autoritarismo con que el gobernador del Bundesbank o el (aún en funciones) ministro de Economía se permiten dictar a 26 Estados soberanos, a la Comisión Europea y al BCE cuál debe ser su política; soportando constantemente que los mandatarios alemanes riñan con modales de preceptor decimonónico a los ciudadanos de determinados países de la UE; presenciando todo esto, me van a perdonar, sí, que piense y diga lo evidente sobre Alemania.

Jürgen Habermas, filósofo alemán de izquierdas, fue, junto con Günter Grass, el único que se atrevió a decirlo hace más de 20 años: Alemania no debería haberse reunificado, o, al menos, no como lo hizo, puesto que el riesgo, hoy patente, de resurgimiento del nacionalismo alemán es demasiado alto como para correrlo de nuevo. Se ha dicho con cierta razón que Alemania es demasiado pequeña para dominar toda Europa, pero demasiado grande como para dejar de intentarlo. François Mitterrand, uno de los políticos que nunca hubieran permitido el delirio actual de la UE, dijo sabiamente que los franceses amaban tanto a Alemania que preferían que hubiera dos. En Alemania, la mera mención de la palabra “nacionalismo” o “nacional” (de significado y connotaciones políticas muy distintas al que tiene en nuestras latitudes) debería poder activar alguna cláusula de los tratados comunitarios para poner en cuarentena sus facultades decisorias como Estado miembro de la UE. Como sabía Habermas, ese sentimiento debe estar proscrito en ese país. Alemania no puede ser perdonada tan pronto por la enormidad del horror que cometió. Debería seguir siendo lo que en los años 60, 70 y 80 del pasado siglo aceptó de buen grado ser: un gigante económico pero un enano político; y estar contenta y agradecida de que se le permita ser lo primero.

El orgulloso “gigante” alemán no representa ni el 20% del PIB de la UE. En PIB per cápita, Alemania es solo el sexto país del euro (y no el primero, como creen los alemanes) en las aportaciones a los fondos de rescate, y, en volumen absoluto, España e Italia juntas aportan más que ellos. En Alemania se trabaja menos que en España (sí, menos, consúltense los datos) y se cobra más, teniendo servicios, energía y vivienda más baratas y un Estado del bienestar más generoso. Sus bancos tienen una situación financiera mucho más opaca y frágil que los españoles. Y, sin embargo, nos quieren “rescatar” para luego poder fijar sus condiciones, como el Mefistófeles de Goethe hizo con Fausto.

En 1953, los países acreedores de Alemania (es decir, sus víctimas y enemigos en la II Guerra Mundial) le perdonaron el 60% de su deuda, aplazaron 30 años el pago del resto, y establecieron que ese pago no podía superar el 5% de los ingresos alemanes por exportaciones. Una bicoca, vamos. Para quienes hoy soportan las exigencias alemanas sobre deuda y déficit públicos (Grecia, España, Italia, Portugal, etc.), tal escenario se asemeja a un sueño alucinógeno.

Pero hay más: en la década de 1990, tras imponer a los demás en Maastricht el límite del 3% de déficit público, los alemanes lo incumplieron, y se negaron a que se les aplicasen las sanciones previstas en el tratado. España y muchos otros países cumplieron entonces religiosamente. Adivinen qué sanción se impuso a Alemania: exacto, ninguna. Hoy, en cambio, nos perdonan la vida dándonos un añito más para recortar 50.000 millones de gasto público, mientras como consecuencia de su negativa a la integración bancaria y a la compra de bonos por el BCE, tenemos que pagar intereses desorbitados por nuestra deuda cuando ellos financian la suya al 0% o incluso a interés negativo, lo que, para que se entienda, quiere decir que ganan dinero endeudándose, mientras se llevan las manos a la cabeza porque nos endeudemos los demás, y eso, además, teniendo un porcentaje de deuda pública mayor que el español, al menos hasta hace un año. Un escándalo a todas luces.

Alemania sigue a día de hoy incumpliendo todos los acuerdos de la cumbre europea de junio de 2012 y obstaculizando activamente que se puedan cumplir algún día (posiblilidad de ayuda directa a los bancos con problemas sin que la ayuda cuente como déficit del Estado miembro; autoridad y regulación bancaria europea; posibilidad de compra de deuda pública por el BCE; impuesto sobre las transacciones financieras; erradicación de los paraísos fiscales). Mientras incumplen lo que no les conviene, exigen el cumplimiento estricto de todo lo que les interesa; es el síntoma claro del tirano: me autoexcluyo del cumplimiento que exijo a los demás. No quieren ayuda directa de la UE a los bancos, porque eso impediría aumentar la deuda y el déficit de nuestro Estado, cosa que les conviene para tenernos controlados y para rebajar los intereses de su propia deuda; y no quieren autoridad bancaria porque sus bancos no resistirían el mismo examen que los nuestros y porque el Deutsche Bank dejaría de hacer y desahacer a su antojo (entre otras cosas, como propietario de agencias de calificación como S&P que son responsables del inicio y agravamiento de la crisis, y de la quiebra de la confianza en nuestra deuda pública).

Así que me van a perdonar mis amigos alemanes, pero hay que decirlo: nunca debimos permitir la reunificación de Alemania, o al menos que sirviese de excusa para darles una posición política dominante en la UE. Nunca debimos enterrar el espíritu y el estatus político de la antigua RFA, que por fin había integrado a Alemania en el club de los países civilizados. Debimos atender a quienes, como Primo Levi, como Habermas, nos avisaban desde hacía tiempo de que los alemanes nunca deben volver a tener una posición de poder y autoridad en Europa, porque lo más probable es que vuelvan a las andadas: a buscar chivos expiatorios y a imponerles sus condiciones por la fuerza (ayer de las armas, hoy del dinero, ¿y mañana?).

Necesitamos plantarnos frente a Alemania. Los tímidos intentos de frenar a los alemanes más lunáticos (como el presidente del Bundesbank) por parte del BCE, la Comisión Europea y el FMI no están dando resultados sustanciales. Necesitamos un Churchill de izquierdas,  en vez de la pandilla de vergonzantes Chamberlains que están dispuestos a ceder y ceder hasta que el monstruo se acabe quitando la careta. Los países hoy pisoteados por la bota germánica somos ya muchos, y entre todos tenemos mucha mayor potencia económica y política que ellos. Sólo nos falta elegir líderes que defiendan la igualdad, la democracia y la sensatez, en vez de sucumbir ante la terquedad y el autoritarismo. ¿Seremos capaces de hacerlo cuando haya elecciones? La primera oportunidad, en mayo, y no baladí: se escoge el Parlamento Europeo.

 

 


No Comments

Sep 12 2013

Entre patriotas y traidores

Posted in Política |

Tras el rotundo éxito de la Vía Catalana, los acontecimientos en Catalunya parecerían precipitarse. Los historiadores y científicos sociales de otras latitudes harían bien en prestar atención, pues nos encontramos ante uno de esos episodios en los que un movimiento social masivo podría desbordar cualquier estrategia prevista por los líderes políticos que supuestamente lo deberían apoyar. Como en otros capítulos similares de la historia, en este y en otros países, pronto habrá que tomar decisiones que identificarán a cada cual; pronto habrá quien cometa errores estratégicos; pronto habrá quien se invista de patriotismo y quien acabe traicionando a las causas que decía defender. ¿Cuáles son las claves de esta situación?

Primera clave: a día de hoy, el movimiento social por la independencia de Catalunya es masivo, genuino, popular, transversal, y, según todos los indicios empíricos de que se dispone, electoralmente mayoritario. Muestra, de momento, resistencia clara al paso del tiempo sin desinflarse ni desfallecer. Tiene una envidiable capacidad de movilización: convocatorias como la de ayer hacen salir de su casa con la familia y el tupperware a quienes jamás habían ido a una manifestación. Es apoyado por votantes de al menos cinco partidos distintos con representación parlamentaria, por gentes de todas las clases y condiciones sociales. No está claro cuánto de este apoyo proviene de la insatisfacción con la crisis económica y la corrupción política, pero la cuestión es que ese hartazgo se está expresando por esta vía en vez de por otras. Si mañana se tuviera la oportunidad de votar sobre algo, habría un terremoto. Me temo que en el resto del Estado, especialmente en Madrid, pocos reparan en todo esto y prefieren seguir estancados en sus prejuicios y su desinformación, haciendo gala de un provincianismo egocéntrico que ya les ha costado unos Juegos Olímpicos, y les puede acabar costando mucho más.

Segunda clave: es obvio que Artur Mas y CiU, conscientes de lo que se avecinaba, han intentado en las últimas semanas destensar la cuerda con el gobierno español, en busca de una negociación que les dé una salida al entuerto en que se han metido. CiU no puede siquiera aparentar que “desoye” el clamor de la mayoría de los catalanes, pero tampoco puede echarse en brazos de una ERC que ya es primera fuerza electoral en todas las encuestas y les está devorando literalmente. Además, CiU es crecientemente percibida como partido del establishment, afectado por la corrupción generalizada y responsable de los recortes en los servicios públicos. Necesita buscar un terreno propio del que ahora carece. Así se explica que unos días antes de la Diada, Mas lanzase el sorprendente globo sonda de no celebrar una consulta en 2014, sino ir a unas “elecciones plebiscitarias” en el 2016, con lo que nada cambiaría formalmente en el marco legal vigente. En paralelo, negocia con Rajoy preguntas con más de dos opciones de respuesta, u otras ambigüedades que pudieran ser tácitamente toleradas por Moncloa, y al tiempo permitieran salvar la cara a Mas. Sin embargo, la movilización de ayer, por boca de la presidenta de la ANC, le ha dejado las cosas claras: la gente no está por componendas; se les prometió una consulta clara sobre la independencia en 2014 y eso es lo que quieren. Poco margen de negociación le queda a Mas con Madrid; no tiene más remedio que seguir mintiendo (o no diciendo toda la verdad) sobre lo que realmente quiere, pretende y considera realista: un acuerdo con Madrid para un re-encaje fiscal, federal o confederal de Catalunya en España, resultado de hacer valer sus escaños en el Congreso tras una segura pérdida de la mayoría absoluta del PP en 2015 y una previsible mejora de la situación económica. El problema es que no ha conseguido ganar tiempo hasta entonces (y en política el tiempo lo es todo): en 2014 se le va a pasar el test, y muy listo tendrá que ser para pasarlo con nota. Así, el “problema grave” que ayer decía Mas que tiene el gobierno español, en realidad lo tiene él, puesto que aquél no tiene más que ponerse de perfil y acudir al Tribunal Constitucional para paralizar cualquier actuación de Mas, mientras que éste, que ni por Catalunya está dispuesto a ser inhabilitado judicialmente, está atrapado entre lo que le exige su electorado y su Parlament y lo que permite la dura realidad jurídica.

Tercera clave: ¿qué hará ERC en esta coyuntura? Aunque en el pasado no hayan mostrado la madurez política y la habilidad estratégica que la situación requiere, es cierto que su nuevo liderazgo (personalizado por Oriol Junqueras) da muestras aparentes de una mayor inteligencia política que sus predecesores, y cuenta con una aceptación y confianza electoral creciente. En su lugar actual, un bolchevique clásico  tendría muy claro el camino a seguir: lo primero es “tomar el poder”, esto es, dejar que Mas siga dando patinazos que le muestren como deseoso de ceder a un acuerdo con Madrid, y cuando la acumulación de “pruebas” de su “traición” sea suficiente, retirarle el apoyo parlamentario y forzar unas elecciones anticipadas, que ellos sin duda ganarían con la única bandera de cumplir la promesa de la consulta en 2014, “legal” o no.  Si este escenario llegase, y ERC hiciese honor a sus siglas, podrían incluso apoyarse en fuerzas de izquierda como ICV o las CUP, sumando un apoyo electoral similar o superior al que hoy lograrían de la mano de CiU, y formar un gobierno semi-constituyente centrado en el triple objetivo de organizar la consulta (“sí o sí”, como ellos dicen), limpiar de corrupción la vida pública, y recuperar las políticas sociales y los servicios públicos cercenados por la derecha neoliberal de CiU y PP, que gobernaron de la mano de 2010 a 2012 (y por cierto que a Mas se le veía mucho más desahogado entonces). Ese triple objetivo, me atrevo a pronosticar, concitaría un apoyo social muy mayoritario en Catalunya.

Pero ERC no está por esa estrategia, por dos razones: la primera, que creen que la opinión pública no apoyaría aún dejar caer a Mas (el problema es: ¿hasta cuándo?); la segunda, más inconfesable, por poco frecuente en política, es que prefieren no liderar el gobierno ni el movimiento social actual, dado que la incertidumbre en todos los aspectos es mucha, y conviene que sea otro (Mas) el que se desgaste y se deje la piel negociando a dos bandas irreconciliables. El escenario ideal de ERC es que Mas les haga el trabajo sucio de llegar a la consulta, e incluso, vale soñar, a la independencia, y, entonces sí, con las arcas llenas del dinero expoliado y el patriotismo a flor de piel, ser elegidos como gobernantes surfeando la ola y sin mover un dedo. Y aquí es donde surge la pregunta de si los viejos vicios de wishful thinking adolescente no siguen instalados en el subconsciente de ERC.

Varias cosas parecen innegables: la única manera de realizar la consulta que la gente quiere es en rebeldía con la legalidad española vigente. La única manera de que el gobierno de Rajoy tolere una consulta es que la pregunta contenga ambigüedades o retorcimientos que la ANC y ERC no pueden aceptar. La única manera de que esto cambie es que haya elecciones en 2015 y ocurra un terremoto electoral en España. Pero los catalanes no van a esperar hasta 2015 sin pasarle a Mas una factura impagable en caso de incumplimiento. El tiempo se acaba, y el callejón no parece tener salida. De momento, ninguno de los actores está dispuesto a tomar el toro por los cuernos y dar pasos realmente arriesgados, sino sólo a tantear y esperar que los demás resbalen. Rajoy, que no es tonto, no caerá en provocaciones que puedan dar aire a Mas; simplemente esperará, y paralizará cualquier paso de forma jurídicamente impecable. En Catalunya, en cambio, nadie está dispuesto a aparecer como un “traidor” pero tampoco a pasarse de “patriota”. Pero hará falta algo más que cadenas humanas para que algo ocurra: los políticos deberán actuar y asumir costes por ello. ¿Están dispuestos a hacerlo?

Cuarta y última clave, la más ignorada: ayer miles de personas se manifestaron con otra cadena humana que rodeó los rascacielos de La Caixa y conectó en dos puntos (el Camp Nou y la plaça Francesc Macià) con la Vía Catalana. Pedían “independencia de todo” (también de los poderes financieros, la troika, los mercados y las élites corruptas de cualquier nacionalidad) y “derecho a decidir sobre todo” (también sobre las políticas económicas y sociales y la actuación de los cargos públicos). No hay que ser un bolchevique, sino un buen analista político, para advertir algo: si ambas reivindicaciones, la social y la nacional, confluyesen y se articulasen en una resultante única, el movimiento dejaría de estar a merced de todas las contradicciones mencionadas, y podría avanzar con claridad, firmeza, y posibilidades de victoria hacia el enfrentamiento que, si vamos en serio con esto, se tendrá que acabar produciendo “sí o sí”: con las élites corruptas y neoliberales de España y de Catalunya que llevan décadas labrando conjuntamente el desastre actual. De lo contrario, habremos llevado muchas alforjas para poco viaje.

 


1 Comment

May 09 2013

Los verdugos van de víctimas

Vivimos tiempos en que los poderosos, los gobernantes, los ricos y los caraduras con ínfula ya no se toman ni la molestia de disimular el hecho de que maltratan, explotan, roban y se burlan de sus conciudadanos. Esta es una tendencia cada vez más visible y de la que un creciente número de ciudadanos está tomando conciencia con callada indignación (que ya veremos por dónde acabará estallando). Pero otro fenómeno frecuente, aún más lamentable, es que quienes activa y sistemáticamente maltratan, roban y humillan a la población, esto es, los agresores, los verdugos de nuestro bienestar y nuestra democracia, se presentan al mismo tiempo como víctimas. ¿Víctimas de quién? La respuesta está clara: de nosotros. Son víctimas de nuestra irritante manía de protestar, de resistirnos a sus ataques, de considerar sus engaños, sus coacciones y sus agresiones como algo intolerable y tratar de frenarlas con los escasos medios de que disponemos. Pobrecitos: encima de que tienen que tomar medidas “dolorosas” con gran coste político y personal para ellos, encima de que trabajan duramente por buenas causas aunque sea agarrando unos milloncetes de nuestro dinero por el camino, encima de todo lo que  tienen que aguantar por nuestro bien, en vez de agradecérselo, nos dedicamos a afearles la conducta, no votarles, organizar escraches, huelgas y manifestaciones, y puntuarles bajito en las encuestas del CIS. ¡Será posible! Vaya nazis que estamos hechos.

El mecanismo es simple y conocido, de libro de psicología básica: el verdugo, el maltratador, el manipulador, el agresor, desea el control, el poder absoluto sobre nosotros. Quiere poder hacernos todo el daño que se le antoje, someternos, y que encima le demos las gracias y le cubramos de honores. Lo quiere todo: dar rienda suelta a sus mezquinos intereses y a su egoísmo pero no ser reprobado ni castigado por ello. Cuando no lo consigue, y osamos oponernos y enfrentarnos a él, solo tiene dos opciones: o aniquilarnos (lo que hicieron los nazis de verdad, y muchos dictadores) o presentarse como víctima (lo que suele ocurrir en “Estados de derecho” como el nuestro). En realidad, pretende, él no es el agresor sino el agredido, nuestra resistencia a sus golpes es una agresión que le impide desarrollarse y expresarse con libertad, que atenta contra sus derechos básicos. Si la policía les investiga por delitos fiscales o de financiación ilegal, viven bajo un Estado policial. Si la gente protesta en la puerta de sus casas porque sus políticas les dejan en la calle, sin vivienda, sin ingresos y sin futuro, son víctimas del acoso nazi. Si los jueces les procesan y los periódicos aportan evidencia de su corrupción, se trata de una conspiración de oscuros poderes para desprestigiarles a ellos y a las causas que defienden.

En realidad, Hitler también se consideraba a sí mismo una víctima: de la incompetencia de sus generales, de la incomprensión de los pueblos de Europa que se oponían a su generosa invasión, de la manía de los pueblos no arios de impedir la necesidad natural de los alemanes de expandirse y regir el mundo. En la formidable crónica que Hannah Arendt dejó escrita sobre el juicio de Adolf Eichmann (el principal organizador y ejecutor del exterminio de los judíos en la Europa ocupada por los nazis), se documenta cómo aquél hombre se presentaba a sí mismo como una víctima absoluta: de las órdenes que recibía del alto mando nazi, de los oficiales de las SS que le obligaban a deportar judíos a un ritmo superior al deseable, con lo que la máquina de matar debía funcionar más rápido; en el colmo de la inmundicia moral, Eichmann incluso declaraba que gracias a él se habían salvado muchos judíos, por las dificultades técnicas que oponía a veces a su deportación masiva a los campos de exterminio (del tipo “cómo quiere que me lleve a 100.000 judíos en una semana si no me da suficientes trenes y soldados”).

Los psicólogos tienen bastante estudiadas estas conductas, típicas de lo que algunos de ellos llaman “personas tóxicas”: hacen daño, violan los derechos de los demás, y cuando se les hace notar, reaccionan con victimismo o denuncian que se están violando los suyos. No caigamos en la trampa, ni en lo personal ni en lo político. Por mucho que vayan de víctimas, son verdugos: merecen lo que les pasa, y gracias tendrían que dar de que seamos más civilizados que ellos.

 


No Comments

Feb 06 2013

Mi querido derecho a decidir

Posted in Política |

El “derecho a decidir” centra últimamente muchas discusiones públicas, políticas y periodísticas. Y, es cierto, se trata de un tema capital: ¿tenemos los ciudadanos derecho a decidir colectiva y democráticamente sobre las cuestiones centrales que afectan a nuestra vida en común? Mi respuesta es que sí: estoy de acuerdo con que colectivamente tenemos “derecho a decidir”. Quiero ejercer ese derecho. Quiero que podamos decidir.

Quiero que podamos decidir democráticamente si los políticos imputados por corrupción deben abandonar, siquiera temporalmente, sus cargos en las instituciones públicas y en su partido. Quiero que decidamos si hay que mantener la anacrónica inmunidad parlamentaria, y si no sería exigible que cualquier persona, con escaño o no, con cargo público o sin él, respondiese ante los tribunales ordinarios sin necesidad de suplicatorio alguno, como cualquier ciudadano de a pie. Decidamos: ¿hay que dotar a los inspectores de hacienda y a los fiscales anticorrupción de los recursos y los poderes que hace décadas piden y necesitan para combatir eficazmente a los defraudadores fiscales, sí o no? ¿Hay que permitirles que actúen de oficio sin estar a merced de las órdenes del político de turno, sí o no? ¿Hay que dar poderes suficientes a jueces, fiscales, inspectores y fuerzas de seguridad para perseguir la delincuencia financiera y la corrupción, sí o no? ¿Hay que establecer penas ejemplares para esos delincuentes y apartarlos de por vida de cualquier cargo público, de cualquier subvención de la administración, de cualquier negocio o contacto económico con ella, sí o no?

Sí, que decidan los ciudadanos: que decidan si tenemos que pagar entre todos la deuda privada de la banca y de los promotores inmobiliarios. Que se les deje decidir libre y democráticamente, a nivel europeo, si el Banco Central Europeo debería actuar como la Reserva Federal norteamericana o seguir como hasta ahora. Que se les permita elegir democráticamente a los miembros de la Comisión Europea, de la troika, del eurogrupo, y de todos los sanedrines económicos que juegan con sus vidas sin responder ante nadie. Que decidan, sí: ¿hay que flexibilizar los objetivos y el calendario de reducción del déficit?, ¿hay que constitucionalizar el déficit cero, tratando a las colectividades democráticas como las únicas entidades en el mundo a quienes la ley impide endeudarse, como a los niños o a los discapacitados mentales graves?, ¿hay que homogeneizar los sistemas fiscales y de protección social en la Unión Europea siguiendo principios de equidad, universalidad, progresividad y cobertura de las necesidades básicas?, ¿hay que declarar una guerra política, legal y democrática contra todos los paraísos fiscales y financieros?

Quiero votar: votemos si los partidos políticos pueden recibir donaciones anónimas legales; de hecho, votemos si pueden recibir donaciones privadas en absoluto. Votemos si las leyes electorales tienen que ser proporcionales y, en todo caso, evitar el despropósito de que A pueda tener más escaños que B con menos votos. Votemos si los gobiernos pueden indultar por la patilla. Votemos, ya puestos, sobre qué régimen político queremos, monarquía o república. Vamos a votar, libre y democráticamente, si las guarderías y escuelas públicas no tienen prioridad presupuestaria absoluta sobre las privadas, y lo mismo respecto de los servicios sanitarios. Votemos si el mercado de trabajo debe ser un lugar de transacciones igualitarias, libres y equitativas, como el mercado de comestibles de nuestro barrio, o debe seguir siendo un casino con las cartas marcadas a favor del dueño. Votemos sobre todas estas cosas, sin reservas. Como dice el presidente Artur Mas, ¿quién tiene miedo a la democracia? Pues adelante: a ver si hay agallas y patriotismo suficientes para que podamos decidir sobre todo esto.

Ah, se me olvidaba: además, que nos dejen decidir qué tipo de comunidad política somos y con qué fronteras… aunque, bien pensado…. si viviera en un país donde los ciudadanos pudiéramos decidir sobre todo lo anterior, ya me daría absolutamente igual cómo se llamara ese país, y qué fronteras y banderas tuviera.


No Comments

Feb 04 2013

El cortijo y la plebe

Posted in Política |

Para quienes aún no quisieran verlo, el pásado sábado quedó claro en qué tipo de país vivimos realmente. Haciendo caso omiso de evidencias abrumadoras sobre corrupción desaforada que hubiesen hecho dimitir en dos horas a cualquier primer ministro al norte de los Pirineos, el presidente del Gobierno español salió a lanzar un mensaje muy claro a la ciudadanía: este país es su cortijo, suyo y de su partido, ellos mandan y nosotros obedecemos, somos nosotros los que debemos pedir perdón y dar explicaciones por atrevernos a sospechar de su excelencia y sugerir siquiera que debería irse; ni soñarlo: de allí no los va a mover nadie sino es por la fuerza. Qué nos habíamos creído, que por unos milloncetes que se han metido en su bolsillo a nuestra costa van a tener que cerrar el chiringuito..  ¿acaso hemos perdido el juicio?. Una euforia transitoria tras ver el Django de Tarantino, eso es lo que nos ocurre, pero no confundamos esas frívolas películas con la realidad de nuestras justas y merecidas cadenas. Pies a tierra, que aquí va a seguir todo igual, como Dios manda, faltaría más.

Tres cuartos de lo mismo ocurre en el gobierno de la Generalitat, aunque como siempre, con tonos y formas más elegantes, que encubren la similitud de fondo: el presidente de la Generalitat anuncia que convocará una cumbre “contra la corrupción” y propone como primera medida instaurar el principio de que los cargos públicos imputados por corruptos en ningún caso deben abandonar sus puestos (obviamente pensando en Oriol Pujol, a punto de ser imputado por diversas corruptelas, en sus diputados y concejales a sueldo de la mafia rusa, en los líderes de UDC que han confesado la financiación ilegal del partido con cargo a fondos para ayudar a los parados, en las cantidades pagadas por Millet, en su tesorero “dimitido” -como Bárcenas- y en su sede embargada…). Los ciudadanos estamos muy confundidos, y nos hemos creído que luchar “contra la corrupción” implica necesariamente apartar a los corruptos de la vida pública. No es eso, no es eso, qué falta de matiz y qué pensamiento más simplón el nuestro.

Ese es el mensaje de Rajoy y de Mas de este fin de semana: esto es un cortijo, ellos son los dueños y nosotros los lacayos, así que a callar y a bajar la cabeza, y como no pidamos perdón aún nos llevaremos algún mamporro, que no está el país para bromas, y ellos tienen cosas más importantes de que ocuparse. A ver si nos enteramos de que somos tontos y débiles, y nos lo pueden decir en la cara mientras desde Baqueira se ríen de nosotros y nos pasan la factura de los gastos. Nosotros, a volver al tajo, y ellos también a trabajar, que aún hay guarderías y consultorios públicos abiertos, terrenos por recalificar, delincuentes por indultar, y muchos osados derechos ciudadanos por laminar hasta 2015, que es cuando habrá elecciones si Merkel y la UE no hacen el favor de anularlas con una sencilla reforma constitucional express de verano, como la que ya hicieron en 2011.

¿Vamos a seguir aguantando todo esto de brazos cruzados?

 


No Comments

Nov 26 2012

Se acabó el partido en Catalunya

Posted in Política |

En su impagable libro Explaining Social Behavior, Jon Elster ya alertaba a los políticos que convocan elecciones anticipadas del peligro de ser víctimas del “síndrome del hermano pequeño”: pensar, equivocadamente, que los votantes no serán capaces de inferir que el adelanto electoral responde únicamente a un cálculo egoísta del político, y no prever que le acabarán castigando por ello (esto es, tratar a los votantes como a un hermano pequeño, como si fueran más tontos que uno mismo). Jacques Chirac aprendió dolorosamente esa lección en 1997 cuando unas elecciones anticipadas con todas las encuestas a su favor acabaron dando la victoria a la izquierda. Ciertamente, CiU no ha salido tan malparada como Chirac en las elecciones catalanas del 25 de noviembre, pero rara vez se ha visto en la política un abismo tan grande entre expectativas y resultados, máxime cuando nada les obligaba a acercarse a su borde.

Para ser honestos, hay que decir que el resultado de CiU ha sido una sorpresa para todos, y que quienes ahora adopten la actitud de que “ellos ya lo dijeron” (como parte de la prensa cavernícola madrileña) están mintiendo. Ni siquiera los pocos que preveíamos una posible pérdida de apoyo nos hubiéramos atrevido a pronosticar que sería de una magnitud tan humillante: 12 escaños menos que en 2010, uno de los peores resultados de la historia de CiU, y el peor en porcentaje de voto desde 1980. ¿A qué se ha debido este resultado, y qué implicaciones tendrá para el futuro?

Creo que la pésima cosecha electoral de CiU se ha debido a dos causas: en primer lugar, como ya he sugerido, cuando los votantes son tratados como “hermanos pequeños” a quienes se puede manipular fácilmente, se vuelven en contra de tales expectativas. El poco creíble cambio de discurso de CiU tras la manifestación de la Diada no ha movilizado a su electorado, sino al de los demás: primero, al de ERC (Esquerra Republicana de Catalunya), pues si de independencia nacional va la cosa, más vale votar a quien se la cree de verdad y no a quien la utiliza (sin atreverse a nombrarla siquiera) como mero recurso instrumental para conseguir poder propio; segundo, al del PP (que sube) y Ciutadans (que triplica sus escaños), cuyos votantes han acudido en tromba a rechazar las propuestas soberanistas; y tercero, pero no menos importante, al electorado de izquierda coherente que, harto de un PSC que no tiene nada que ofrecer, ha apoyado a ICV (Iniciativa per Catalunya-Verds) y a las CUP (Candidatures d’Unitat Popular). Al subir mucho el voto a partidos pequeños y medianos, la ley d’Hondt hace el resto y los escaños que ganan se detraen a los partidos grandes (CiU y, hasta ayer, PSC).

La segunda causa, nada despreciable, del batacazo de CiU es que una parte de su electorado tradicional (conservador y bienestante) no les ha ido a votar esta vez, ya que no han comprendido ni compartido un giro pseudo-independentista que perciben como extraño, poco natural, incómodo y arriesgado para su posición social. Una parte de este electorado nacionalmente moderado de CiU pero socialmente muy conservador o se ha quedado en casa, o ha votado al PP o al PSC. De modo que, sin ganar voto por la izquierda ni por el independentismo, movilizando a los contrarios de todo signo, y perdiendo parte de su electorado tradicional, la debacle de CiU no tenía remedio.

¿Qué escenarios se abren ahora? Las intervenciones de Mas y otros líderes de CiU durante la noche electoral (así como, sobre todo, la cara del silencioso Duran i Lleida, que era un poema) dan a entender a las claras que han comprendido lo principal: CiU deberá diseñar cuidadosamente un golpe de timón en su estrategia política (aunque no bruscamente, y no todavía), si no quiere seguir siendo devorada electoralmente por ERC y abandonada por su electorado conservador tradicional. Si continúan siendo los maestros de la política que siempre han sido, su futuro pasa por conseguir la investidura de Mas con el apoyo de ERC, implicar activamente a éstos en su política de destrucción económica y social de todo lo público, desgastarlos, e ir al mismo tiempo desdibujando el proyecto de “consulta” hacia una interpretación creativa de los términos “estructuras de Estado” y “derecho a decidir” que permita un nuevo encaje con España y un entendimiento con el PSC y con el PP a medio y largo plazo, y en todo caso hacia el final de la legislatura, cuando ERC ya no sea tan peligrosa electoralmente.

El problema es si ERC se prestará a ello. Obviamente, si son conscientes de que la estrategia lógica de CiU es la anterior, su primera opción será la de proponer un gobierno de “concentración nacional” con participación de todos los partidos que apoyan “la consulta”; a sabiendas de que ICV y las CUP rechazarán apoyar a CiU, sólo quedarán ellos para hacerlo (pero “lo habrán intentado”). Deberán, sin embargo, arrancar a CiU alguna concesión altamente simbólica para no dar la impresión de que venden la “E” de “Esquerra” por una consulta: la recuperación del impuesto de sucesiones, la mejora del programa de renta mínima, un recargo fiscal a las finanzas o a los más ricos, o algo parecido (aunque mucha saliva deberá tragar Mas-Colell para aceptarlo). Deberán, asímismo, arrancar algún gesto simbólico de depuración de la corrupción que inunda a CiU (aunque está por ver que rueden las cabezas de Oriol Pujol o de Felip Puig por varios casos claros en ese sentido). Pero, más allá de ese primer momento, deberán corresponsabilizarse con una política económica y social cotidiana que no será para echar cohetes, mientras ICV y las CUP, con razón, les acusarán de traicionar a la izquierda, y CiU, poco a poco y como una carcoma, intentará devolverles al redil del seny, y de pasada, del encaje (por muy creativo que sea) con España.

Y es que hay dos partidos que tienen muy fácil caer en un espejismo con los resultados de estas elecciones: el primero es el PSC, que incomprensiblemente convierte su hundimiento en una victoria psicológica sólo porque su rival más directo se ha dado un coscorrón aún mayor. Pero el segundo es ERC y quienes crean que “las fuerzas soberanistas” han obtenido una victoria política. En realidad, no es así, y para verlo no es necesario hacer números y mostrar que las fuerzas declaradamente independentistas tienen hoy en conjunto menos escaños que ayer: no, para verlo sólo hace falta observar las caras seguras, tranquilas y contentas de todos los líderes y lideresas del PP. Para ellos es obvio que “el problema catalán”, que se auguraba explosivo durante esta legislatura, se ha desinflado. Una CiU independentista subiendo en votos era un problema serio; una ERC subiendo a un 13% de los votos no lo es. Con estos resultados, el gobierno de Rajoy se sentirá con toda la legitimidad y la fuerza para rechazar por vía política y si es necesario, jurídica, cualquier consulta independentista en Catalunya, y si algunas voces en la UE podían tener alguna duda sobre ello, serán acalladas sin problemas. El partido se ha acabado antes de empezar, lo han ganado ellos, y lo que ERC y CiU puedan acabar “convocando”, como el plan Ibarretxe, entrará dentro del anecdotario y no de los libros de historia (dejando aparte las dudas más que razonables de que pudieran “ganar” una consulta independentista en estas condiciones).

El problema es que la grave inconsciencia auto-interesada de CiU no va a perjudicar sólo a las, ahora nulas, posibilidades de independencia para Catalunya, sino también, de rebote, a cualquier otra propuesta en la línea de corregir las injusticias de financiación que los catalanes sufrimos. Una CiU reforzada o con mayoría absoluta hubiera podido conseguir a medio o largo plazo algún tipo de encaje semi-federal en España (y ello hubiera sido percibido como un gran avance, mientras que esa misma solución se percibe como “españolista” si la defienden otras fuerzas políticas); pero una CiU debilitada y en manos de ERC no conseguirá absolutamente nada, ni en Madrid ni en la UE. Mas lo sabe, y ya debe estar rompiéndose la cabeza para vislumbrar cómo conseguir devolver a CiU a su lugar político tradicional sin que se note demasiado y vendiendo que lo hace “por Catalunya”.


No Comments

Oct 19 2012

CiU acabará en la consulta (pero ¿en cuál?)

Posted in Política |

Las razones del cambio de discurso de CiU desde el pasado 11 de septiembre son la tercera clave para entender lo que ocurre en Catalunya (la primera la comenté en El maltrato a Catalunya: guía para españoles progresistas, y la segunda, no menos importante, la dejaré para otra ocasión: véase la entrada ¿Qué ocurre en Catalunya?).

Vaya por delante lo siguiente: desde el año 2003, en el que CiU (por primera vez en 23 años) perdió el Gobierno de la Generalitat tras verse superada en votos por el PSC de Maragall (algo que ya había ocurrido en 1999, pero que un sistema electoral pre-estatutario y a la medida de la derecha se encargó de desvirtuar), la cúpula dirigente de la coalición de derechas catalana se ha manejado como una auténtica artista de la estrategia política (ayudada inestimablemente por los medios del poderoso grupo Godó y por la ingenuidad y torpeza de sus oponentes de izquierda). CiU ha conseguido no sólo controlar a su antojo la agenda política y mediática catalana (ahora también la española), sino además que los guiones que ha diseñado para cada curso político se cumplan casi a la perfección, desafiando así toda ley weberiana sobre los efectos no intencionados de la acción.

Los últimos acontecimientos en Catalunya no son sino la enésima prueba de ello. Desde que ganó las elecciones catalanas de 2010 sin mayoría absoluta, CiU tuvo muy claro cuál sería el guión de la legislatura: en su primera mitad deberían ir de la mano con el PP para aplicar el programa máximo neoliberal de desmantelamiento de lo público aprovechando la crisis económica. Sin embargo, hacia el ecuador de la legislatura habría que escenificar alguna “ruptura” o “desacuerdo” para que los recortes y la connivencia objetiva con el PP no les pasaran la misma (y costosa) factura que durante el período 1996-2003; para ello disponían de la carta del famoso “pacto fiscal”. Durante los dos primeros años, nada de “pacto fiscal” ni de reivindicación nacional: a votar juntos, toda la derecha peninsular, las medidas de “estabilidad económica” y “consolidación fiscal” (o sea, de recorte de derechos y destrucción de servicios públicos). A partir de las elecciones españolas, ya se vería: si Rajoy necesitaba a CiU para gobernar, ya le sacarían algo a cambio “para Catalunya” (léase para financiar las necesidades de la burguesía catalana, y los conciertos con hospitales privados y escuelas religiosas). Si no (como finalmente fue el caso), le apoyarían igual pero entraría en juego el Plan B: a mediados de la legislatura catalana, habría que escenificar una “ruptura” en torno a la negativa española a asumir el “pacto fiscal” (por cierto, así como las propuestas de financiación del tripartito estaban cuantificadas y meridianamente claras en términos de equidad territorial, todavía no hemos visto cómo se detalla la propuesta de CiU más allá del eslógan, ni en qué se diferencia, contablemente hablando, de lo que establece el actual Estatut, incumplido por el gobierno español).

La ola social reivindicativa que se ha expresado en la manifestación de la pasada Diada ha precipitado dicha “ruptura” y ha obligado a CiU a asumir una postura sin duda algo más radical de lo que inicialmente le hubiera gustado. Pero (maestros de la política una vez más) sus dirigentes eran conscientes de que no subirse a esa ola en estos momentos significaba perder credibilidad y votos a favor de otras opciones, mientras que hacerlo suponía acariciar el sueño de la mayoría absoluta (como, efectivamente, varias encuestas vaticinan, por primera vez desde 1991). No había elección para ningún estratega político que se precie: sin “transición nacional” y “consulta”, los recortes y la connivencia con el PP harían bajar a CiU entre 5 y 10 escaños; con ellas, les harían subir quizá incluso más de 10. Cualquier buen politólogo sabe que, disponiendo de esa opción, lo demás es retórica.

Ni en sus más osados sueños podía la derecha catalana imaginar que, tras haber aplicado con mal disimulada ilusión los recortes sociales neoliberales más brutales de la historia del país, la agenda de la campaña electoral inmediatamente posterior ignorase por completo dichas tropelías y se monopolizase en torno a la “cuestión nacional”, en la que CiU se mueve mucho mejor. El impagable programa de humor “Polònia” (último reducto de la crítica política en la televisión pública –y privada- catalana) lo resumía a la perfección en un gag de un minuto: un médico y una maestra de escuela con pancartas gritan “¡Recortes no!” ante Artur Mas; rápidamente, éste se envuelve en una bandera catalana estelada; el médico y la maestra quedan en trance un segundo y pasan a gritar “¡In-de-pen-den-ci-a!”

Quien observa con ojo fino los entresijos de la política durante décadas sabe que hay que leer entre líneas. Y hay mucho que leer así en las declaraciones y en los actos de dirigentes de CiU en las últimas semanas, que están perfectamente medidas, calibradas y planificadas. Veamos. El mismo día que CiU aprobaba una resolución en el Parlament instando a la convocatoria de una consulta sobre la “transición nacional”, el gobierno catalán recibía más de 3000 millones del gobierno del PP como avance del rescate financiero, siendo los primeros en recibirlo en todo el Estado, y negociaba exitosamente con PP y PSC para no tener que dar explicaciones parlamentarias sobre los millones de euros que según la policía y la fiscalía recibió CiU del corrupto Millet y su Palau de la Música. En su discurso de Bellaterra ante la cúpula de CiU, Mas afirmaba que ahora aún no era el momento de convocar una “consulta”, y que para ello se necesitaba una “mayoría indestructible” (algunas encuestas dan un ajustado 51% a la opción independentista, algo perfectamente “destructible”). En repetidas ocasiones afirma el president que no organizarán una consulta “para perderla”. En la conferencia de presidentes autonómicos, unos días después, Mas ni menciona nada de todo esto y se remite de nuevo a cumplir el Estatut vigente y al famoso “pacto fiscal”. En una entrevista reciente, afirma que si el gobierno español hiciese una oferta “muy, muy conveniente” para Catalunya, todas sus actitudes sobre la “consulta” se podrían revisar. En otra, que lo que buscan para el país no es tanto la independencia como la “interdependencia”.

En su discurso de proclamación como candidato el pasado día 14, Mas fue algo más concreto: afirmó que intentarían que el parlamento español aprobase la convocatoria de un referéndum en Catalunya (Mas sabe perfectamente que no será así); en caso contrario, intentarían cambiar la ley para que Catalunya pueda convocar referéndums (Mas sabe que con mayor razón rechazará esto la mayoría del PP); seguidamente, probarían a convocar una “consulta” en Catalunya con la ley catalana de consultas (Mas sabe que no podrá hacerlo mientras dicha ley esté pendiente de sentencia por el Tribunal Constitucional, sentencia que no se adivina favorable). Pero no desesperemos: si todo ello fracasara, irá a Europa (ahí es nada) a denunciar que no les dejan consultar a la población.

Demasiado revuelo para tantos condicionales ficticios. O bien Mas está dispuesto a no respetar la legalidad española, y entonces todo lo anterior es futil, o bien no lo está, y entonces se trata de ganar tiempo para lograr un acuerdo con el PP antes de que se le descubra el farol. Quizá por ello el 21 de septiembre Francesc Homs declara a RAC1: “debemos ser audaces con el lenguaje y evitar la palabra independencia”, y añade que este “no es un proceso para impacientes”. El camino a la consulta parece improbable, y CiU lo sabe. Sólo cabe esperar que, al final, no recalen (y nos hagan recalar a los demás) en otra consulta, la del psiquiatra.


No Comments

Oct 07 2012

El maltrato a Catalunya: guía para españoles progresistas

Posted in Política |

En una entrada anterior (¿Qué ocurre en Catalunya?)  decía que la primera clave para entender lo que pasa en Catalunya es el injusto maltrato económico que los gobiernos españoles han dispensado a los catalanes desde hace décadas. Esto es algo interiorizado ya por la mayoría de los ciudadanos catalanes, de muy diversas adscripciones políticas, procedencias, edades, y clases sociales. Sin embargo, la convicción mayoritaria en el resto del estado sigue siendo la contraria: en Catalunya son ricos (o más ricos que en el resto del estado), les hemos dado mucho más que a las demás comunidades autónomas, y encima nunca están satisfechos. Incluso quienes en España (y no son pocos) tienen percepciones más ajustadas a la realidad y apoyarían seguir avanzando en la descentralización autonómica, no suelen tampoco tener claro en qué consisten exactamente las quejas catalanas. Como los demás son difíciles de convencer, esta entrada va dedicada a estos últimos.

A mi juicio, el maltrato fundamental hacia Catalunya se produce por la violación flagrante del principio de ordinalidad en el reparto de los fondos públicos. Dicho de otro modo, por el hecho de que los recursos disponibles por habitante después de pagados impuestos y ejecutado el gasto público sean en Catalunya menores que los de algunas comunidades con las cuales es “solidaria”. La solidaridad implica ayudar a quien está peor que uno mismo, no autoinmolarse por él. Creo firmemente que, si esto se hubiese corregido hace años, hoy los problemas en la relación Catalunya-España estarían prácticamente resueltos, y el independentismo sería algo minoritario y anecdótico, con un apoyo electoral de entre el 10 y el 15% del voto.

¿Es justo el principio de ordinalidad? Mi respuesta es que sí, rotundamente. La redistribución de los recursos entre ricos y pobres busca compensar, corregir y prevenir la reproducción de situaciones injustas de desigualdad de oportunidades no imputables a las personas que las sufren, sino a circunstancias que les vienen impuestas por la herencia social y económica, por el resultado de conflictos y equilibrios de poder en los que no han tenido arte ni parte, o por el hecho azaroso de haber nacido aquí y no acullá, en el seno de esta familia y no de otra. La redistribución (esto es lo que la derecha no entiende, porque no le interesa entenderlo) no se basa en la envidia ni en la venganza: no se trata de perjudicar al que tiene rentas superiores, sino de evitar perjuicios injustos e inmerecidos a quien las tiene inferiores. No se trata de suprimir los incentivos para prosperar económicamente, sino de hacerlos compatibles con una mayor justicia y cohesión social. Sin embargo, si no respetamos la ordinalidad, tales incentivos se dañan y la sensación de ser víctimas de un cierto parasitismo cunde con facilidad.

No es justo que tras redistribuir, el contribuyente neto quede peor que el beneficiario neto. Si pusiéramos a todas las comunidades en fila ordenadas según los recursos por habitante, por mucha redistribución que acabe habiendo, el orden posterior debería seguir siendo el mismo, aunque las diferencias, por supuesto, hayan disminuido.

Los gobiernos tripartitos de izquierdas en Catalunya (2003-2010) fueron los que por primera vez pusieron toda la carne en el asador para resolver esta cuestión de una vez por todas (no los de CiU, que estuvieron 23 años gobernando, 8 de ellos de la mano con el PP, sin plantear nunca nada parecido). Tanto el PSC de Maragall (y posteriormente de Montilla), con Castells como responsable económico, como ICV (que desde los años 90 especificaba esta cuestión muy claramente en su programa), se propusieron conseguir esto a través del nuevo Estatut; no así ERC, en cuyo subconsciente anida la idea de que, con ordinalidad o sin ella, cualquier euro que salga en dirección a España es un robo.

Al menos sobre el papel, las izquierdas catalanas estuvieron muy cerca de conseguir lo que hubiera sido un avance histórico y una solución estable al encaje de Catalunya en España, puesto que la famosa disposición adicional tercera del Estatut establecía (al menos antes de los “recortes” del Tribunal Constitucional) una corrección en el sistema de financiación autonómica que nos aproximaba mucho a la ordinalidad. Sin embargo, la triste realidad es que ni el gobierno del PSOE ni el del PP han dado cumplimiento a esta disposición (legalmente vigente, aprobada por el Congreso de los Diputados, y firmada por el Rey). Dicho claramente: la realidad es que fueron instituciones del Estado y gobiernos españoles los que se negaron a resolver el problema por esta vía (incluso, cosa incomprensible, después de haber asumido los costes políticos de su aprobación legal).

En España, la prensa de derechas (que es casi toda) se encargó de presentar al tripartito como un gobierno separatista (cuando precisamente haber atendido sus demandas hubiera evitado el auge actual del independentismo), mientras que en Catalunya, los medios del grupo Godó (estructuralmente ligados a CiU y que abominaban del tripartito por su política de izquierdas) e incluso TV3 (con gran peso de ERC en su dirección y con una independencia del gobierno que ahora CiU se ha encargado de suprimir) presentaron el fracaso como un descrédito del tripartito y como la prueba de la debilidad y el “españolismo” de la izquierda catalana, cuando la realidad es que ningún gobierno catalán en la etapa democrática había llegado tan lejos en sus reivindicaciones (y en sus logros) frente al gobierno español.

No es de extrañar que la sensación generalizada en Catalunya sea, entonces, la de que España cierra todas las puertas a cualquier solución aceptable en este terreno, y que no quedan abiertas sino apuestas más radicales y unilaterales.

A quienes ya tienen una visión prejuiciada de este tema, en España o en Catalunya, será difícil hacerles cambiar de opinión. Pero a todos los progresistas españoles que ven las cosas con más sensatez, habría que preguntarles, no sin dolor: ¿dónde estábais cuando las izquierdas catalanas os necesitaban para establecer de una vez por todas una relación justa y fraternal entre Catalunya y España?; a pesar de todos los costes políticos que seguramente asumísteis, ¿por qué no os mantuvísteis firmes contra el acoso mediático y social de la derecha española (y, simétricamente, de parte de la catalana)? Qué gran ocasión perdida. No es que no pueda volver (a ello me referiré en sucesivas entradas), pero, muy probablemente, ya no será la izquierda quien la protagonice. Y eso, no nos engañemos, significa que los recursos que, por la vía que sea, acabe consiguiendo Catalunya, no irán precisamente a las escuelas y los hospitales públicos.

 


1 Comment

Oct 03 2012

¿Qué ocurre en Catalunya?

Posted in Política |

No se me dirá que no empiezo fuerte la sección de política del blog: Catalunya. ¿Qué ocurre realmente? ¿Qué ocurrirá? Son las primeras preguntas que me hacen cada vez que viajo fuera, y cada vez que alguien de fuera viene a verme. Dejaré la segunda pregunta para una futura ocasión. He aquí mi respuesta a la primera, en tres puntos muy sintéticos, que iré ampliando y desarrollando en sucesivas entradas a lo largo de las próximas semanas.

En Catalunya pasan, básicamente, tres cosas. La primera no la entienden ni la quieren entender la mayoría de los españoles (entre otras cosas, porque nadie está dispuesto a explicársela bien): los catalanes llevan muchos años injusta y objetivamente maltratados desde el punto de vista económico y social por los gobiernos de Madrid (con la complicidad y el apoyo de muchos gobiernos autonómicos). ¿Cómo? Básicamente, porque en el reparto de los recursos públicos entre comunidades autónomas, se viola flagrantemente el principio de ordinalidad (que en Alemania, estado federal, es mandato constitucional): hay contribuyentes netos, como Catalunya, que después del reparto quedan peor en recursos por habitante que algunos beneficiarios netos. Es como si tras pagar impuestos y recibir prestaciones, la renta disponible de un parado quedase por encima de la de Messi. (Addenda: esto tampoco lo acaban de entender muchos nacionalistas catalanes: a veces se tiene razón sin saber por qué).

La segunda cosa que pasa es una consecuencia de la primera: cientos de miles de catalanes, incluso muchos que no habían sido nunca nacionalistas ni han votado nunca a partidos nacionalistas, han acabado teniendo una (justificada) sensación de tomadura de pelo sistemática y maltrato permanente. Esto explica el crecimiento y la transversalidad del sentimiento independentista declarado en las encuestas (que por primera vez arrojan una mayoría a favor de la independencia) y expresado en manifestaciones como la de la última Diada.

La tercera cosa que ocurre, la menos confesable, es la siguiente: Convergència i Unió, que nunca ha sido independentista, que se ha entendido siempre mejor con los gobiernos españoles de derechas que con los de izquierdas, y que ha priorizado siempre la defensa de los intereses de las grandes empresas y la alta burguesía catalana frente a cualesquiera otros, anhela la mayoría absoluta parlamentaria que no pudo conseguir en 2010 (sorprendentemente, dado el desgaste enorme del tripartito y el apoyo descarado a CiU de los poderes fácticos catalanes, especialmente del Grupo Godó). Con esa mayoría podría completar sin estorbos su programa máximo neoliberal de destrucción de los servicios públicos amparándose en la crisis económica (el conseller de Economía, Mas-Colell, es uno de los próceres del neoliberalismo económico a nivel académico internacional, y en la cámara catalana llegó a decir que si fuera por él no existirían impuestos; el conseller de sanidad, Boi Ruiz, era el presidente de la patronal de hospitales privados antes de ponerse a cerrar quirófanos y consultorios públicos, y a aconsejar a la gente que se haga seguros privados).

Pero CiU lo tenía difícil: las encuestas le daban menos diputados que en 2010, y se desató la alarma. Sólo un golpe de efecto podía garantizarles una cómoda mayoría electoral, y el apoyo (calculadamente ambiguo) al independentismo tras la Diada es ese golpe. Ahora, su victoria por amplio margen, e incluso su mayoría absoluta, está prácticamente garantizada. Después, ya veremos.

En resumen: los catalanes han sido injustamente tratados por el Estado español; la mayoría ya se ha cansado de ello; y CiU, sabiendo eso, observando como descendía su apoyo electoral por su política neoliberal, y queriendo completarla al máximo (es ahora o nunca), juega a apoyar implícitamente la ruptura con España para ganar la mayoría absoluta. CiU imposta un cuasi-independentismo de farol a cambio de conseguir 8 o 10 escaños más. La cuestión es qué hará cuando los tenga, y, sobre todo, cuando los votantes que se los han dado les exijan que hagan honor a sus declaraciones.

No hay duda de que el tema tiene muchas aristas. Aquí sólo he tocado las principales. Próximamente, más.


9 Comments

« Prev