El filo de la pipa – José A. Noguera

Opiniones críticas sobre política, sociedad y cultura

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Apr 09 2014

La consulta y Don Corleone

Posted in Cine y TV, Política |

En la soberbia El Padrino II (Francis Ford Coppola, 1974) hay muchas escenas inolvidables por las que no pasa el tiempo, pero recuerdo una especialmente aterradora a pesar de que no hay en ella ni una gota de sangre: cuando Kay (Diane Keaton), la esposa de Michael Corleone (Al Pacino), le pide a éste el divorcio y le comunica que ella y los hijos de ambos se marchan, tras una falsa y fallida “declaración de amor”, seguida de unos cuantos gritos y aspavientos, Michael se vuelve de repente gélido y pétreo, mira a Kay fijamente a los ojos y le espeta con amenazadora lentitud: “Pero ¿no comprendes que eso es imposible? ¿No me conoces? ¿No sabes que no permitiré que te lleves a mis hijos, que usaré todo mi poder y haré lo que sea necesario para impedirlo?”. En ese terrible momento, Kay, entre sollozos ahogados, entiende la verdadera naturaleza de su sometimiento y su impotencia, y opta por irse ella sola.

Durante los últimos meses, y especialmente tras el debate en el Congreso de los Diputados sobre la consulta catalana, he rememorado esa escena una y otra vez, puesto que representa a la perfección las relaciones entre el soberanismo catalán y el Estado español, aunque el primero no quiera (o no pueda) verlo, y el segundo no pueda (y no quiera) confesarlo. Un ejercicio de realismo y de honestidad en el análisis de la situación debería conducir a explicar esto claramente a los ciudadanos catalanes y españoles.

Uno: el Estado español, por boca de Rajoy como presidente de su gobierno, se comporta (y se comportará) exactamente como Don Corleone. En un primer momento, declara su “amor por Cataluña”, un amor falso y cínico, como el del maltratador por su pareja o el del amo por su esclavo (la escena del Espartaco de Kubrick en la que Craso, un excelente Laurence Olivier, intenta convencer a su joven esclavo Antonino –Tony Curtis- de los beneficios de ser sodomizado por él, viene también a cuento aquí; cuando acaba de hablar, Antonino ya ha huído). Como las declaraciones de amor no funcionan, porque no son creíbles, recurre a los gritos y aspavientos, en la forma de descalificaciones político-jurídicas o de informes apocalípticos sobre los desastres que se cernirán sobre los catalanes si insisten en ese camino; tampoco eso funciona, puesto que, como sabe hasta Esperanza Aguirre, cuando alguien ha visualizado ya la idea del divorcio, decirle “lo mal que le irá sin ti” sólo sirve para reafirmarle aún más en su propósito (en mi caso, por ejemplo, cada vez que oigo esos improperios sube un punto mi simpatía instrumental por la opción de abandonar España). Finalmente, sólo queda el último cartucho a lo Corleone: lo que me piden es imposible, pero no porque vaya contra la ley de la gravedad (léase la Constitución), sino porque no lo voy a permitir y tengo todo el poder necesario para impedirlo. He aquí, ocioso es negarlo, el hecho decisivo y fundamental que zanja la cuestión. Y he aquí, como dijo Joan Coscubiela en su excelente intervención, la verdad cruel del asunto: ni imposibilidad jurídica, ni imposibilidad democrática, ni violación de la soberanía, ni otras lindezas metafísicas, sino puro y simple ejercicio de poder al servicio de intereses de facción.

Dos: una parte del soberanismo catalán (aunque no todos los defensores de la consulta) aparece como la ingenua Kay, envalentonada momentáneamente por un ataque de voluntarismo, olvidando o negándose a ver quién es su marido y de qué es capaz, y engañándose a sí misma sobre los costes y consecuencias que su opción de abandonarle entraña. Olvidando, además, que está sola, que no hay otro Don que la proteja (como Putin a Crimea, o Alemania-EE.UU. a Kosovo y a las repúblicas bálticas), y que carece de fuerzas suficientes para vencer, siendo lo único que le queda la retirada individual. Sí, en algún mundo posible, claro que Kay “podría” vivir feliz con sus hijos ganándose honradamente la vida, e incluso mantener una relación cordial de no agresión con Michael. La cuestión es que en este mundo, con este Michael, la correlación de voluntades y fuerzas arroja nula esperanza de que tales aspiraciones puedan llevarse a la práctica. Sí, claro que Kay puede ausentarse de la cena de Navidad, andar por casa de Michael con un cartel colgado que diga “quiero el divorcio”, o cogerse de las manos con sus hijos y el servicio para formar una cadena humana en el jardín una vez al año, pero el poder de Michael seguirá intacto. Como sabía Marx, ningún cambio político importante o revolución puede triunfar sin basarse en un análisis realista de las fuerzas en juego. El gobierno español dispone de todos los medios legales y políticos para detener cualquier paso en la estrategia soberanista, incluso sin represión física; y dispone, asímismo, de todo el apoyo internacional relevante al respecto, al contrario que el gobierno catalán. Constatar estos hechos debería ser independiente de la simpatía que una u otra posición en el debate nos suscite. Napoleón Bonaparte solía decir que Dios tiene una curiosa tendencia a dar la victoria al que más cañones tiene.

Kay sólo podría triunfar si, tras una larga y costosa estrategia de desgaste que afectaría gravemente a su bienestar y seguridad personal, lograse infligir a Michael más daño que el que sufriría dejándola marchar con sus hijos. Hoy día, dejando aparte el incierto resultado de esa estrategia, prácticamente nadie en Cataluña (excepto quizá las CUP) está dispuesto a perder un ápice de su ya menguante bienestar ni de su status socio-político en una lucha como la de la independencia de la India o de Irlanda, por poner un par de ejemplos. El gobierno español lo sabe, sabe que las declaraciones en sentido contrario no pasan de ser un farol, y lo fía todo a eso.

Michael no entiende que para Kay su vida en común se ha vuelto insoportable. Kay no entiende que Michael no puede permitirle llevarse a sus hijos si lo puede impedir. Para Kay la felicidad es lo más importante, para Michael la unidad de la familia. Kay cree que ella y sus hijos deberían poder decidir, Michael que es toda la familia (por boca suya como el Don que es) la que decide. La comunicación es sencillamente imposible. Kay abandona a Michael, y pierde a sus hijos. Pero Michael también acaba pagando un alto precio: la soledad de por vida, la desolación moral, y, finalmente, la muerte de su hija. Mejor no continuar con la metáfora, y reparar en la única salida posible al bloqueo de la situación: las elecciones españolas que, como tarde, deben celebrarse en noviembre de 2015. Entre los defensores de la consulta hay quien silenciosamente es consciente de ello: si, como todo parece indicar, esas elecciones arrojan un escenario ingobernable, y si el PSOE logra elegir a un líder que no ceda a la ignominiosa tentación de una Grossen Koalitionen con el PP, los escaños de los partidos catalanes favorables a la consulta serán decisivos y forzarán una negociación que hoy es innecesario asumir para el gobierno español. La historia muestra que ese es el único camino y la única jugada abierta. Si la ANC y ERC entendieran eso, en dieciocho meses Kay podría tener a Michael literalmente agarrado por la entrepierna. Una vez más, cuestión de poder.


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Oct 02 2012

Contén tu entusiasmo

Posted in A favor, Cine y TV |

Mi primera entrada “de contenido” en este blog la dedico a alguien que me ha alegrado bastante la vida en años recientes: el actor y guionista de comedia televisiva Larry David (¡gracias desde aquí a Toni Llàcer por descubrírmelo!). Aunque muy poco conocido en España, se trata de uno de los más hilarantes y provocativos cómicos que la televisión norteamericana nos ha dado. Fue lanzado a la fama (y a la riqueza) por su labor como guionista de Seinfield, pero el show que realmente muestra su talento en toda regla, y que vale la pena explorar alguna vez antes de morir, es sin duda Curb your enthusiasm. En él, Larry se interpreta a sí mismo mostrándonos los problemas de su vida social de rico ocioso en Los Angeles, que tienen todos la misma raíz: la negativa de Larry a adaptarse a las situaciones arbitrarias sin rechistar, su constante exigencia de explicaciones y de coherencia en algo que no las tiene ni las puede tener.

El show de Larry David no busca la risa fácil ni el humor benigno, sino diseccionar cruelmente la estupidez y arbitrariedad de la mayoría de las convenciones sociales en las que vivimos cotidianamente,  por el expeditivo método de sacarlas a la luz pública y denunciar la hipocresía de quienes las sostienen. Se me dirá: “eso ya lo hemos visto muchas veces”. Os puedo asegurar que NUNCA lo habéis visto llevado a los extremos que Larry, y sólo él, se ha atrevido a frecuentar en pantalla. Sólo él en toda la televisión made in USA se ha atrevido a criticar a los discapacitados, las minorías étnicas, las lesbianas, los niños, las organizaciones caritativas, los judíos, los enfermos, los feos, los obesos, y a quien se ponga por delante (y no se piense que es un reaccionario: al contrario, Larry es el prototipo del judío demócrata norteamericano, que en una escena impagable renuncia a copular con una despampanante actriz porque ve el retrato de Bush en su camerino).

Para Larry, ser calvo es una condición honrosa que otorga derechos como los de cualquier otra “minoría”. A Larry no le importa “quedar mal” en cualquier situación con tal de reclamar coherencia y reciprocidad en el trato. Su incorrección política es de calibre máximo. Lo mejor de su actuación es la demostración de que todos los demás son en realidad peores que él, pero la insinceridad y la pátina de la respetabilidad social lo disimulan. Al final, Larry siempre recibe todas las sanciones (sociales, legales), por mucho que intente actuar correctamente, y es acusado una y otra vez de egoísmo por muchos que no hacen otra cosa que aprovecharse mezquinamente de él. El chantaje emocional y social como arma omnipresente es lo que Larry no acepta ni soporta. No hay tontería lo suficientemente trivial como para que Larry la deje pasar si considera que algo está mal en ella. Tal y como lo define su mejor amigo en la serie, es un “asesino social”.

A Larry David, cierto es, o lo amas o lo odias. Pero no se puede negar que pocos comediantes hoy en día pueden combinar un humor desternillante y de alto voltaje con ideas sencillamente geniales que cuestionan de forma original auténticos pilares de nuestro modo de vivir, de ver, y de representar las cosas. Necesitamos a Larry precisamente porque no podemos, no debemos, ser como él, porque sus astracanadas razonables (que eso son) exorcizan demonios internos. Larry aplica numerosos tests para deducir la honestidad de las personas (uno de los más hilarantes es que si un abogado tiene una esposa fea, entonces es que es honesto). Me atrevería a formular algo así como “el test de Larry David”: si alguien reacciona con escándalo en vez de con risa y autoburla al visionado de sus aventuras, es que aún no ha entendido en qué consiste esto de vivir entre otros.

 


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