El filo de la pipa – José A. Noguera

Opiniones críticas sobre política, sociedad y cultura

Oct 04 2013

Alemania, otra vez

La noche de las elecciones alemanas, mientras Angela Merkel y sus correligionarios de la CDU bailaban eufóricos, visionaba El juicio de Nuremberg (1961), de Stanley Kramer, film imprescindible en los tiempos que corren. La película, con sus imperfecciones y golpes de efecto, ofrece una buena sociología de cómo una parte notable del pueblo alemán niega o cierra los ojos a su lado más oscuro, porque secretamente lo considera justificable. El personaje interpretado por Burt Lancaster (el prestigioso jurista, juez y ministro de justicia nazi Ernst Janning) encarna algo muy inquietante que, me atrevo a decir, sobrevive potencialmente en el subconsciente de cierta subcultura germánica: el sentimiento de culpa moral por actos atroces solo se siente cuando se ha sido derrotado por la fuerza bruta (única vara de medir válida para los nazis), y no antes.

Hace diez años no me hubiera arriesgado a decir que quizá la psicología colectiva de Alemania no es como la de cualquier otro país europeo. Hoy, sin embargo, me veo tentado a pensarlo. Leyendo lo que su prensa orgullosamente publica sobre el “nuevo nacionalismo” alemán, lo que sus articulistas, intelectuales y tertulianos dicen sobre su necesidad de dirigir y dominar de nuevo a los pueblos de Europa; constatando una y otra vez la chulería y el autoritarismo con que el gobernador del Bundesbank o el (aún en funciones) ministro de Economía se permiten dictar a 26 Estados soberanos, a la Comisión Europea y al BCE cuál debe ser su política; soportando constantemente que los mandatarios alemanes riñan con modales de preceptor decimonónico a los ciudadanos de determinados países de la UE; presenciando todo esto, me van a perdonar, sí, que piense y diga lo evidente sobre Alemania.

Jürgen Habermas, filósofo alemán de izquierdas, fue, junto con Günter Grass, el único que se atrevió a decirlo hace más de 20 años: Alemania no debería haberse reunificado, o, al menos, no como lo hizo, puesto que el riesgo, hoy patente, de resurgimiento del nacionalismo alemán es demasiado alto como para correrlo de nuevo. Se ha dicho con cierta razón que Alemania es demasiado pequeña para dominar toda Europa, pero demasiado grande como para dejar de intentarlo. François Mitterrand, uno de los políticos que nunca hubieran permitido el delirio actual de la UE, dijo sabiamente que los franceses amaban tanto a Alemania que preferían que hubiera dos. En Alemania, la mera mención de la palabra “nacionalismo” o “nacional” (de significado y connotaciones políticas muy distintas al que tiene en nuestras latitudes) debería poder activar alguna cláusula de los tratados comunitarios para poner en cuarentena sus facultades decisorias como Estado miembro de la UE. Como sabía Habermas, ese sentimiento debe estar proscrito en ese país. Alemania no puede ser perdonada tan pronto por la enormidad del horror que cometió. Debería seguir siendo lo que en los años 60, 70 y 80 del pasado siglo aceptó de buen grado ser: un gigante económico pero un enano político; y estar contenta y agradecida de que se le permita ser lo primero.

El orgulloso “gigante” alemán no representa ni el 20% del PIB de la UE. En PIB per cápita, Alemania es solo el sexto país del euro (y no el primero, como creen los alemanes) en las aportaciones a los fondos de rescate, y, en volumen absoluto, España e Italia juntas aportan más que ellos. En Alemania se trabaja menos que en España (sí, menos, consúltense los datos) y se cobra más, teniendo servicios, energía y vivienda más baratas y un Estado del bienestar más generoso. Sus bancos tienen una situación financiera mucho más opaca y frágil que los españoles. Y, sin embargo, nos quieren “rescatar” para luego poder fijar sus condiciones, como el Mefistófeles de Goethe hizo con Fausto.

En 1953, los países acreedores de Alemania (es decir, sus víctimas y enemigos en la II Guerra Mundial) le perdonaron el 60% de su deuda, aplazaron 30 años el pago del resto, y establecieron que ese pago no podía superar el 5% de los ingresos alemanes por exportaciones. Una bicoca, vamos. Para quienes hoy soportan las exigencias alemanas sobre deuda y déficit públicos (Grecia, España, Italia, Portugal, etc.), tal escenario se asemeja a un sueño alucinógeno.

Pero hay más: en la década de 1990, tras imponer a los demás en Maastricht el límite del 3% de déficit público, los alemanes lo incumplieron, y se negaron a que se les aplicasen las sanciones previstas en el tratado. España y muchos otros países cumplieron entonces religiosamente. Adivinen qué sanción se impuso a Alemania: exacto, ninguna. Hoy, en cambio, nos perdonan la vida dándonos un añito más para recortar 50.000 millones de gasto público, mientras como consecuencia de su negativa a la integración bancaria y a la compra de bonos por el BCE, tenemos que pagar intereses desorbitados por nuestra deuda cuando ellos financian la suya al 0% o incluso a interés negativo, lo que, para que se entienda, quiere decir que ganan dinero endeudándose, mientras se llevan las manos a la cabeza porque nos endeudemos los demás, y eso, además, teniendo un porcentaje de deuda pública mayor que el español, al menos hasta hace un año. Un escándalo a todas luces.

Alemania sigue a día de hoy incumpliendo todos los acuerdos de la cumbre europea de junio de 2012 y obstaculizando activamente que se puedan cumplir algún día (posiblilidad de ayuda directa a los bancos con problemas sin que la ayuda cuente como déficit del Estado miembro; autoridad y regulación bancaria europea; posibilidad de compra de deuda pública por el BCE; impuesto sobre las transacciones financieras; erradicación de los paraísos fiscales). Mientras incumplen lo que no les conviene, exigen el cumplimiento estricto de todo lo que les interesa; es el síntoma claro del tirano: me autoexcluyo del cumplimiento que exijo a los demás. No quieren ayuda directa de la UE a los bancos, porque eso impediría aumentar la deuda y el déficit de nuestro Estado, cosa que les conviene para tenernos controlados y para rebajar los intereses de su propia deuda; y no quieren autoridad bancaria porque sus bancos no resistirían el mismo examen que los nuestros y porque el Deutsche Bank dejaría de hacer y desahacer a su antojo (entre otras cosas, como propietario de agencias de calificación como S&P que son responsables del inicio y agravamiento de la crisis, y de la quiebra de la confianza en nuestra deuda pública).

Así que me van a perdonar mis amigos alemanes, pero hay que decirlo: nunca debimos permitir la reunificación de Alemania, o al menos que sirviese de excusa para darles una posición política dominante en la UE. Nunca debimos enterrar el espíritu y el estatus político de la antigua RFA, que por fin había integrado a Alemania en el club de los países civilizados. Debimos atender a quienes, como Primo Levi, como Habermas, nos avisaban desde hacía tiempo de que los alemanes nunca deben volver a tener una posición de poder y autoridad en Europa, porque lo más probable es que vuelvan a las andadas: a buscar chivos expiatorios y a imponerles sus condiciones por la fuerza (ayer de las armas, hoy del dinero, ¿y mañana?).

Necesitamos plantarnos frente a Alemania. Los tímidos intentos de frenar a los alemanes más lunáticos (como el presidente del Bundesbank) por parte del BCE, la Comisión Europea y el FMI no están dando resultados sustanciales. Necesitamos un Churchill de izquierdas,  en vez de la pandilla de vergonzantes Chamberlains que están dispuestos a ceder y ceder hasta que el monstruo se acabe quitando la careta. Los países hoy pisoteados por la bota germánica somos ya muchos, y entre todos tenemos mucha mayor potencia económica y política que ellos. Sólo nos falta elegir líderes que defiendan la igualdad, la democracia y la sensatez, en vez de sucumbir ante la terquedad y el autoritarismo. ¿Seremos capaces de hacerlo cuando haya elecciones? La primera oportunidad, en mayo, y no baladí: se escoge el Parlamento Europeo.

 

 


This entry was posted on Friday, 4 October, 2013 at 15:52 and is filed under Política, Sociedad y sociología. You can follow any responses to this entry through the feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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