El filo de la pipa – José A. Noguera

Opiniones críticas sobre política, sociedad y cultura

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Sep 12 2013

Entre patriotas y traidores

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Tras el rotundo éxito de la Vía Catalana, los acontecimientos en Catalunya parecerían precipitarse. Los historiadores y científicos sociales de otras latitudes harían bien en prestar atención, pues nos encontramos ante uno de esos episodios en los que un movimiento social masivo podría desbordar cualquier estrategia prevista por los líderes políticos que supuestamente lo deberían apoyar. Como en otros capítulos similares de la historia, en este y en otros países, pronto habrá que tomar decisiones que identificarán a cada cual; pronto habrá quien cometa errores estratégicos; pronto habrá quien se invista de patriotismo y quien acabe traicionando a las causas que decía defender. ¿Cuáles son las claves de esta situación?

Primera clave: a día de hoy, el movimiento social por la independencia de Catalunya es masivo, genuino, popular, transversal, y, según todos los indicios empíricos de que se dispone, electoralmente mayoritario. Muestra, de momento, resistencia clara al paso del tiempo sin desinflarse ni desfallecer. Tiene una envidiable capacidad de movilización: convocatorias como la de ayer hacen salir de su casa con la familia y el tupperware a quienes jamás habían ido a una manifestación. Es apoyado por votantes de al menos cinco partidos distintos con representación parlamentaria, por gentes de todas las clases y condiciones sociales. No está claro cuánto de este apoyo proviene de la insatisfacción con la crisis económica y la corrupción política, pero la cuestión es que ese hartazgo se está expresando por esta vía en vez de por otras. Si mañana se tuviera la oportunidad de votar sobre algo, habría un terremoto. Me temo que en el resto del Estado, especialmente en Madrid, pocos reparan en todo esto y prefieren seguir estancados en sus prejuicios y su desinformación, haciendo gala de un provincianismo egocéntrico que ya les ha costado unos Juegos Olímpicos, y les puede acabar costando mucho más.

Segunda clave: es obvio que Artur Mas y CiU, conscientes de lo que se avecinaba, han intentado en las últimas semanas destensar la cuerda con el gobierno español, en busca de una negociación que les dé una salida al entuerto en que se han metido. CiU no puede siquiera aparentar que “desoye” el clamor de la mayoría de los catalanes, pero tampoco puede echarse en brazos de una ERC que ya es primera fuerza electoral en todas las encuestas y les está devorando literalmente. Además, CiU es crecientemente percibida como partido del establishment, afectado por la corrupción generalizada y responsable de los recortes en los servicios públicos. Necesita buscar un terreno propio del que ahora carece. Así se explica que unos días antes de la Diada, Mas lanzase el sorprendente globo sonda de no celebrar una consulta en 2014, sino ir a unas “elecciones plebiscitarias” en el 2016, con lo que nada cambiaría formalmente en el marco legal vigente. En paralelo, negocia con Rajoy preguntas con más de dos opciones de respuesta, u otras ambigüedades que pudieran ser tácitamente toleradas por Moncloa, y al tiempo permitieran salvar la cara a Mas. Sin embargo, la movilización de ayer, por boca de la presidenta de la ANC, le ha dejado las cosas claras: la gente no está por componendas; se les prometió una consulta clara sobre la independencia en 2014 y eso es lo que quieren. Poco margen de negociación le queda a Mas con Madrid; no tiene más remedio que seguir mintiendo (o no diciendo toda la verdad) sobre lo que realmente quiere, pretende y considera realista: un acuerdo con Madrid para un re-encaje fiscal, federal o confederal de Catalunya en España, resultado de hacer valer sus escaños en el Congreso tras una segura pérdida de la mayoría absoluta del PP en 2015 y una previsible mejora de la situación económica. El problema es que no ha conseguido ganar tiempo hasta entonces (y en política el tiempo lo es todo): en 2014 se le va a pasar el test, y muy listo tendrá que ser para pasarlo con nota. Así, el “problema grave” que ayer decía Mas que tiene el gobierno español, en realidad lo tiene él, puesto que aquél no tiene más que ponerse de perfil y acudir al Tribunal Constitucional para paralizar cualquier actuación de Mas, mientras que éste, que ni por Catalunya está dispuesto a ser inhabilitado judicialmente, está atrapado entre lo que le exige su electorado y su Parlament y lo que permite la dura realidad jurídica.

Tercera clave: ¿qué hará ERC en esta coyuntura? Aunque en el pasado no hayan mostrado la madurez política y la habilidad estratégica que la situación requiere, es cierto que su nuevo liderazgo (personalizado por Oriol Junqueras) da muestras aparentes de una mayor inteligencia política que sus predecesores, y cuenta con una aceptación y confianza electoral creciente. En su lugar actual, un bolchevique clásico  tendría muy claro el camino a seguir: lo primero es “tomar el poder”, esto es, dejar que Mas siga dando patinazos que le muestren como deseoso de ceder a un acuerdo con Madrid, y cuando la acumulación de “pruebas” de su “traición” sea suficiente, retirarle el apoyo parlamentario y forzar unas elecciones anticipadas, que ellos sin duda ganarían con la única bandera de cumplir la promesa de la consulta en 2014, “legal” o no.  Si este escenario llegase, y ERC hiciese honor a sus siglas, podrían incluso apoyarse en fuerzas de izquierda como ICV o las CUP, sumando un apoyo electoral similar o superior al que hoy lograrían de la mano de CiU, y formar un gobierno semi-constituyente centrado en el triple objetivo de organizar la consulta (“sí o sí”, como ellos dicen), limpiar de corrupción la vida pública, y recuperar las políticas sociales y los servicios públicos cercenados por la derecha neoliberal de CiU y PP, que gobernaron de la mano de 2010 a 2012 (y por cierto que a Mas se le veía mucho más desahogado entonces). Ese triple objetivo, me atrevo a pronosticar, concitaría un apoyo social muy mayoritario en Catalunya.

Pero ERC no está por esa estrategia, por dos razones: la primera, que creen que la opinión pública no apoyaría aún dejar caer a Mas (el problema es: ¿hasta cuándo?); la segunda, más inconfesable, por poco frecuente en política, es que prefieren no liderar el gobierno ni el movimiento social actual, dado que la incertidumbre en todos los aspectos es mucha, y conviene que sea otro (Mas) el que se desgaste y se deje la piel negociando a dos bandas irreconciliables. El escenario ideal de ERC es que Mas les haga el trabajo sucio de llegar a la consulta, e incluso, vale soñar, a la independencia, y, entonces sí, con las arcas llenas del dinero expoliado y el patriotismo a flor de piel, ser elegidos como gobernantes surfeando la ola y sin mover un dedo. Y aquí es donde surge la pregunta de si los viejos vicios de wishful thinking adolescente no siguen instalados en el subconsciente de ERC.

Varias cosas parecen innegables: la única manera de realizar la consulta que la gente quiere es en rebeldía con la legalidad española vigente. La única manera de que el gobierno de Rajoy tolere una consulta es que la pregunta contenga ambigüedades o retorcimientos que la ANC y ERC no pueden aceptar. La única manera de que esto cambie es que haya elecciones en 2015 y ocurra un terremoto electoral en España. Pero los catalanes no van a esperar hasta 2015 sin pasarle a Mas una factura impagable en caso de incumplimiento. El tiempo se acaba, y el callejón no parece tener salida. De momento, ninguno de los actores está dispuesto a tomar el toro por los cuernos y dar pasos realmente arriesgados, sino sólo a tantear y esperar que los demás resbalen. Rajoy, que no es tonto, no caerá en provocaciones que puedan dar aire a Mas; simplemente esperará, y paralizará cualquier paso de forma jurídicamente impecable. En Catalunya, en cambio, nadie está dispuesto a aparecer como un “traidor” pero tampoco a pasarse de “patriota”. Pero hará falta algo más que cadenas humanas para que algo ocurra: los políticos deberán actuar y asumir costes por ello. ¿Están dispuestos a hacerlo?

Cuarta y última clave, la más ignorada: ayer miles de personas se manifestaron con otra cadena humana que rodeó los rascacielos de La Caixa y conectó en dos puntos (el Camp Nou y la plaça Francesc Macià) con la Vía Catalana. Pedían “independencia de todo” (también de los poderes financieros, la troika, los mercados y las élites corruptas de cualquier nacionalidad) y “derecho a decidir sobre todo” (también sobre las políticas económicas y sociales y la actuación de los cargos públicos). No hay que ser un bolchevique, sino un buen analista político, para advertir algo: si ambas reivindicaciones, la social y la nacional, confluyesen y se articulasen en una resultante única, el movimiento dejaría de estar a merced de todas las contradicciones mencionadas, y podría avanzar con claridad, firmeza, y posibilidades de victoria hacia el enfrentamiento que, si vamos en serio con esto, se tendrá que acabar produciendo “sí o sí”: con las élites corruptas y neoliberales de España y de Catalunya que llevan décadas labrando conjuntamente el desastre actual. De lo contrario, habremos llevado muchas alforjas para poco viaje.

 


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