El filo de la pipa – José A. Noguera

Opiniones críticas sobre política, sociedad y cultura

May 09 2013

Los verdugos van de víctimas

Vivimos tiempos en que los poderosos, los gobernantes, los ricos y los caraduras con ínfula ya no se toman ni la molestia de disimular el hecho de que maltratan, explotan, roban y se burlan de sus conciudadanos. Esta es una tendencia cada vez más visible y de la que un creciente número de ciudadanos está tomando conciencia con callada indignación (que ya veremos por dónde acabará estallando). Pero otro fenómeno frecuente, aún más lamentable, es que quienes activa y sistemáticamente maltratan, roban y humillan a la población, esto es, los agresores, los verdugos de nuestro bienestar y nuestra democracia, se presentan al mismo tiempo como víctimas. ¿Víctimas de quién? La respuesta está clara: de nosotros. Son víctimas de nuestra irritante manía de protestar, de resistirnos a sus ataques, de considerar sus engaños, sus coacciones y sus agresiones como algo intolerable y tratar de frenarlas con los escasos medios de que disponemos. Pobrecitos: encima de que tienen que tomar medidas “dolorosas” con gran coste político y personal para ellos, encima de que trabajan duramente por buenas causas aunque sea agarrando unos milloncetes de nuestro dinero por el camino, encima de todo lo que  tienen que aguantar por nuestro bien, en vez de agradecérselo, nos dedicamos a afearles la conducta, no votarles, organizar escraches, huelgas y manifestaciones, y puntuarles bajito en las encuestas del CIS. ¡Será posible! Vaya nazis que estamos hechos.

El mecanismo es simple y conocido, de libro de psicología básica: el verdugo, el maltratador, el manipulador, el agresor, desea el control, el poder absoluto sobre nosotros. Quiere poder hacernos todo el daño que se le antoje, someternos, y que encima le demos las gracias y le cubramos de honores. Lo quiere todo: dar rienda suelta a sus mezquinos intereses y a su egoísmo pero no ser reprobado ni castigado por ello. Cuando no lo consigue, y osamos oponernos y enfrentarnos a él, solo tiene dos opciones: o aniquilarnos (lo que hicieron los nazis de verdad, y muchos dictadores) o presentarse como víctima (lo que suele ocurrir en “Estados de derecho” como el nuestro). En realidad, pretende, él no es el agresor sino el agredido, nuestra resistencia a sus golpes es una agresión que le impide desarrollarse y expresarse con libertad, que atenta contra sus derechos básicos. Si la policía les investiga por delitos fiscales o de financiación ilegal, viven bajo un Estado policial. Si la gente protesta en la puerta de sus casas porque sus políticas les dejan en la calle, sin vivienda, sin ingresos y sin futuro, son víctimas del acoso nazi. Si los jueces les procesan y los periódicos aportan evidencia de su corrupción, se trata de una conspiración de oscuros poderes para desprestigiarles a ellos y a las causas que defienden.

En realidad, Hitler también se consideraba a sí mismo una víctima: de la incompetencia de sus generales, de la incomprensión de los pueblos de Europa que se oponían a su generosa invasión, de la manía de los pueblos no arios de impedir la necesidad natural de los alemanes de expandirse y regir el mundo. En la formidable crónica que Hannah Arendt dejó escrita sobre el juicio de Adolf Eichmann (el principal organizador y ejecutor del exterminio de los judíos en la Europa ocupada por los nazis), se documenta cómo aquél hombre se presentaba a sí mismo como una víctima absoluta: de las órdenes que recibía del alto mando nazi, de los oficiales de las SS que le obligaban a deportar judíos a un ritmo superior al deseable, con lo que la máquina de matar debía funcionar más rápido; en el colmo de la inmundicia moral, Eichmann incluso declaraba que gracias a él se habían salvado muchos judíos, por las dificultades técnicas que oponía a veces a su deportación masiva a los campos de exterminio (del tipo “cómo quiere que me lleve a 100.000 judíos en una semana si no me da suficientes trenes y soldados”).

Los psicólogos tienen bastante estudiadas estas conductas, típicas de lo que algunos de ellos llaman “personas tóxicas”: hacen daño, violan los derechos de los demás, y cuando se les hace notar, reaccionan con victimismo o denuncian que se están violando los suyos. No caigamos en la trampa, ni en lo personal ni en lo político. Por mucho que vayan de víctimas, son verdugos: merecen lo que les pasa, y gracias tendrían que dar de que seamos más civilizados que ellos.

 


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