El filo de la pipa – José A. Noguera

Opiniones críticas sobre política, sociedad y cultura

Oct 05 2012

Cuidado con los periodistas

De un tiempo a esta parte resulta omnipresente el soniquete de que el problema de este país son sus políticos. En el sentir popular, en las conversaciones de bar, en el 15M y el 25S, en las tertulias en los medios, en todas partes oímos culpar a la clase política de todos nuestros males. Pero lo que casi nadie dice es que tenemos un problema grave con otra casta: los periodistas. Y no me refiero a los paparazzi de las revistas del corazón ni a los presentadores de programas de barracón de feria (que, en un mundo donde la semántica tuviese algún rigor, no merecerían el calificativo de “periodistas”), sino al periodismo supuestamente “informativo”.

Siempre aceptando que hay honrosas excepciones, permítaseme enunciar una serie de preocupaciones al respecto: el periodismo decide sin control social alguno sobre los temas de los que debemos estar informados y los que no, y lo hace con unas anteojeras sesgadas a golpe de “comunicados”, “notas de prensa” y teletipos de agencia, que supuestamente deben retransmitir con urgencia, lo cual limita enormemente sus fuentes de información y convierte a muchos periodistas en títeres (voluntarios o no) de otras fuerzas e intereses.

Un ejemplo: ¿alguien sabía hace sólo cinco años qué era la “prima de riesgo”, excepto algunos periodistas económicos? Todavía hoy, la mayoría de la población (y muchos periodistas) no podrían explicar con claridad lo que es ni cómo se mide, pero son capaces de repetir como loros que la famosa prima “está en 420 puntos básicos” (poniendo cara de que eso es “mucho”), “baja”, “se dispara”, etc. Propongo un experimento de framing (enmarcado): en vez de presentar la prima en puntos básicos, hágase en el porcentaje que representa (esto es, 4,2% de diferencia respecto del interés del bono alemán). Mi predicción: la prima expresada en porcentaje parecerá a muchos ciudadanos y periodistas menos alarmante que expresada en “puntos básicos” (que nadie explica lo que son). (Por cierto, al ser una diferencia, la prima es una medida relativa: ¿alguien explica que si el interés del bono alemán baja, aunque no hagamos nada malo los demás, nuestra prima de riesgo sube?)

Los periodistas deciden (voluntariamente o no, conscientemente o no) sobre esto y mucho más. Cambian el centro de atención de nuestra vida pública cuando y como les parece. Sitúan un tema como “grave problema” del país un día, y a la semana ya no vuelve a aparecer, como niños que saltan de un juguete a otro sin acordarse ya del anterior. No responden ante prácticamente nadie (da risa cuando dicen que “ante la audiencia”); no rinden cuentas sistemáticas sobre la calidad profesional de su labor. Opinan de todo y critican sin recato, sin ser ellos mismos criticados casi nunca (porque cualquier crítica que reciban será corporativamente denunciada como un “ataque a la libertad de prensa”); en este punto, es casi ofensiva la comparación con el político, un tipo que puede ser mejor o peor, pero que está siempre sometido al escrutinio público, y es denostado sin que muchas veces se sepa muy bien por qué. Con el periodista no se mete nadie.

En estas condiciones, es lógico que proliferen el narcisismo y las aspiraciones al pseudo-estrellato, que los periodistas escriban libros sobre sí mismos y organicen actos a la mayor gloria de su casta; que acaben creyendo a pie juntillas en la mitología hollywoodiense del Watergate y del periodista “que destapa conspiraciones”. Que se acaben creyendo expertos o profesionales de determinados temas, cuando cualquier auténtico experto podría certificar las enormes lagunas de ignorancia y de imprecisión que les aquejan (ignorancia e imprecisión de las que, con intención o sin ella, hacen víctimas a su público).

Ya casi no existe el periodista que puramente informa y que busca la objetividad y la imparcialidad. Es más, se le tiene por mal periodista, aburrido, neutro, plano, que no “da caña” (a quien sea, el caso es darla). Las preguntas simplistas y manipuladoras a los entrevistados (sobre todo si son políticos), el “respóndame sí o no” con el objetivo de parecer “duros” y de conseguir titulares, la valoración subjetiva y la manipulación en favor de unas opciones políticas, todo esto se ha naturalizado en la casta periodística actual. La falta de pluralidad política en las tertulias y debates de los medios es algo completamente habitual. Las redes sociales de amiguetes determinan mucho más quién aparece en un programa “informativo” que la profesionalidad y la deontología. La exageración y el énfasis como método, la pobreza y ligereza del vocabulario utilizado, el uso de “frases hechas” que esconden el fondo de las cuestiones, la atención a temas que interesan más a los propios periodistas que a los ciudadanos, a las declaraciones sobre declaraciones en vez de a los hechos, la manipulación de titulares y de noticias para satisfacer a los patronos (políticos o económicos)…. para qué seguir: cualquier parecido con la seriedad es o casual o heroico.

De acuerdo: no todos los medios ni todos los periodistas son iguales. De acuerdo también: en otros países no es mejor, o es aún peor. Pero convengamos en esto: quienes pueden opinar de todo sin que se opine de ellos, quienes más directamente influyen sobre los temas a los que dirigimos nuestra atención pública, son los periodistas. Así que si estas descripciones contienen lo que Adorno llamaba un “momento de verdad”, entonces tengamos cuidado con ellos.

 


This entry was posted on Friday, 5 October, 2012 at 14:27 and is filed under A la contra, Sociedad y sociología. You can follow any responses to this entry through the feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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