El filo de la pipa – José A. Noguera

Opiniones críticas sobre política, sociedad y cultura

Archive for October, 2012

Oct 19 2012

CiU acabará en la consulta (pero ¿en cuál?)

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Las razones del cambio de discurso de CiU desde el pasado 11 de septiembre son la tercera clave para entender lo que ocurre en Catalunya (la primera la comenté en El maltrato a Catalunya: guía para españoles progresistas, y la segunda, no menos importante, la dejaré para otra ocasión: véase la entrada ¿Qué ocurre en Catalunya?).

Vaya por delante lo siguiente: desde el año 2003, en el que CiU (por primera vez en 23 años) perdió el Gobierno de la Generalitat tras verse superada en votos por el PSC de Maragall (algo que ya había ocurrido en 1999, pero que un sistema electoral pre-estatutario y a la medida de la derecha se encargó de desvirtuar), la cúpula dirigente de la coalición de derechas catalana se ha manejado como una auténtica artista de la estrategia política (ayudada inestimablemente por los medios del poderoso grupo Godó y por la ingenuidad y torpeza de sus oponentes de izquierda). CiU ha conseguido no sólo controlar a su antojo la agenda política y mediática catalana (ahora también la española), sino además que los guiones que ha diseñado para cada curso político se cumplan casi a la perfección, desafiando así toda ley weberiana sobre los efectos no intencionados de la acción.

Los últimos acontecimientos en Catalunya no son sino la enésima prueba de ello. Desde que ganó las elecciones catalanas de 2010 sin mayoría absoluta, CiU tuvo muy claro cuál sería el guión de la legislatura: en su primera mitad deberían ir de la mano con el PP para aplicar el programa máximo neoliberal de desmantelamiento de lo público aprovechando la crisis económica. Sin embargo, hacia el ecuador de la legislatura habría que escenificar alguna “ruptura” o “desacuerdo” para que los recortes y la connivencia objetiva con el PP no les pasaran la misma (y costosa) factura que durante el período 1996-2003; para ello disponían de la carta del famoso “pacto fiscal”. Durante los dos primeros años, nada de “pacto fiscal” ni de reivindicación nacional: a votar juntos, toda la derecha peninsular, las medidas de “estabilidad económica” y “consolidación fiscal” (o sea, de recorte de derechos y destrucción de servicios públicos). A partir de las elecciones españolas, ya se vería: si Rajoy necesitaba a CiU para gobernar, ya le sacarían algo a cambio “para Catalunya” (léase para financiar las necesidades de la burguesía catalana, y los conciertos con hospitales privados y escuelas religiosas). Si no (como finalmente fue el caso), le apoyarían igual pero entraría en juego el Plan B: a mediados de la legislatura catalana, habría que escenificar una “ruptura” en torno a la negativa española a asumir el “pacto fiscal” (por cierto, así como las propuestas de financiación del tripartito estaban cuantificadas y meridianamente claras en términos de equidad territorial, todavía no hemos visto cómo se detalla la propuesta de CiU más allá del eslógan, ni en qué se diferencia, contablemente hablando, de lo que establece el actual Estatut, incumplido por el gobierno español).

La ola social reivindicativa que se ha expresado en la manifestación de la pasada Diada ha precipitado dicha “ruptura” y ha obligado a CiU a asumir una postura sin duda algo más radical de lo que inicialmente le hubiera gustado. Pero (maestros de la política una vez más) sus dirigentes eran conscientes de que no subirse a esa ola en estos momentos significaba perder credibilidad y votos a favor de otras opciones, mientras que hacerlo suponía acariciar el sueño de la mayoría absoluta (como, efectivamente, varias encuestas vaticinan, por primera vez desde 1991). No había elección para ningún estratega político que se precie: sin “transición nacional” y “consulta”, los recortes y la connivencia con el PP harían bajar a CiU entre 5 y 10 escaños; con ellas, les harían subir quizá incluso más de 10. Cualquier buen politólogo sabe que, disponiendo de esa opción, lo demás es retórica.

Ni en sus más osados sueños podía la derecha catalana imaginar que, tras haber aplicado con mal disimulada ilusión los recortes sociales neoliberales más brutales de la historia del país, la agenda de la campaña electoral inmediatamente posterior ignorase por completo dichas tropelías y se monopolizase en torno a la “cuestión nacional”, en la que CiU se mueve mucho mejor. El impagable programa de humor “Polònia” (último reducto de la crítica política en la televisión pública –y privada- catalana) lo resumía a la perfección en un gag de un minuto: un médico y una maestra de escuela con pancartas gritan “¡Recortes no!” ante Artur Mas; rápidamente, éste se envuelve en una bandera catalana estelada; el médico y la maestra quedan en trance un segundo y pasan a gritar “¡In-de-pen-den-ci-a!”

Quien observa con ojo fino los entresijos de la política durante décadas sabe que hay que leer entre líneas. Y hay mucho que leer así en las declaraciones y en los actos de dirigentes de CiU en las últimas semanas, que están perfectamente medidas, calibradas y planificadas. Veamos. El mismo día que CiU aprobaba una resolución en el Parlament instando a la convocatoria de una consulta sobre la “transición nacional”, el gobierno catalán recibía más de 3000 millones del gobierno del PP como avance del rescate financiero, siendo los primeros en recibirlo en todo el Estado, y negociaba exitosamente con PP y PSC para no tener que dar explicaciones parlamentarias sobre los millones de euros que según la policía y la fiscalía recibió CiU del corrupto Millet y su Palau de la Música. En su discurso de Bellaterra ante la cúpula de CiU, Mas afirmaba que ahora aún no era el momento de convocar una “consulta”, y que para ello se necesitaba una “mayoría indestructible” (algunas encuestas dan un ajustado 51% a la opción independentista, algo perfectamente “destructible”). En repetidas ocasiones afirma el president que no organizarán una consulta “para perderla”. En la conferencia de presidentes autonómicos, unos días después, Mas ni menciona nada de todo esto y se remite de nuevo a cumplir el Estatut vigente y al famoso “pacto fiscal”. En una entrevista reciente, afirma que si el gobierno español hiciese una oferta “muy, muy conveniente” para Catalunya, todas sus actitudes sobre la “consulta” se podrían revisar. En otra, que lo que buscan para el país no es tanto la independencia como la “interdependencia”.

En su discurso de proclamación como candidato el pasado día 14, Mas fue algo más concreto: afirmó que intentarían que el parlamento español aprobase la convocatoria de un referéndum en Catalunya (Mas sabe perfectamente que no será así); en caso contrario, intentarían cambiar la ley para que Catalunya pueda convocar referéndums (Mas sabe que con mayor razón rechazará esto la mayoría del PP); seguidamente, probarían a convocar una “consulta” en Catalunya con la ley catalana de consultas (Mas sabe que no podrá hacerlo mientras dicha ley esté pendiente de sentencia por el Tribunal Constitucional, sentencia que no se adivina favorable). Pero no desesperemos: si todo ello fracasara, irá a Europa (ahí es nada) a denunciar que no les dejan consultar a la población.

Demasiado revuelo para tantos condicionales ficticios. O bien Mas está dispuesto a no respetar la legalidad española, y entonces todo lo anterior es futil, o bien no lo está, y entonces se trata de ganar tiempo para lograr un acuerdo con el PP antes de que se le descubra el farol. Quizá por ello el 21 de septiembre Francesc Homs declara a RAC1: “debemos ser audaces con el lenguaje y evitar la palabra independencia”, y añade que este “no es un proceso para impacientes”. El camino a la consulta parece improbable, y CiU lo sabe. Sólo cabe esperar que, al final, no recalen (y nos hagan recalar a los demás) en otra consulta, la del psiquiatra.


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Oct 07 2012

El maltrato a Catalunya: guía para españoles progresistas

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En una entrada anterior (¿Qué ocurre en Catalunya?)  decía que la primera clave para entender lo que pasa en Catalunya es el injusto maltrato económico que los gobiernos españoles han dispensado a los catalanes desde hace décadas. Esto es algo interiorizado ya por la mayoría de los ciudadanos catalanes, de muy diversas adscripciones políticas, procedencias, edades, y clases sociales. Sin embargo, la convicción mayoritaria en el resto del estado sigue siendo la contraria: en Catalunya son ricos (o más ricos que en el resto del estado), les hemos dado mucho más que a las demás comunidades autónomas, y encima nunca están satisfechos. Incluso quienes en España (y no son pocos) tienen percepciones más ajustadas a la realidad y apoyarían seguir avanzando en la descentralización autonómica, no suelen tampoco tener claro en qué consisten exactamente las quejas catalanas. Como los demás son difíciles de convencer, esta entrada va dedicada a estos últimos.

A mi juicio, el maltrato fundamental hacia Catalunya se produce por la violación flagrante del principio de ordinalidad en el reparto de los fondos públicos. Dicho de otro modo, por el hecho de que los recursos disponibles por habitante después de pagados impuestos y ejecutado el gasto público sean en Catalunya menores que los de algunas comunidades con las cuales es “solidaria”. La solidaridad implica ayudar a quien está peor que uno mismo, no autoinmolarse por él. Creo firmemente que, si esto se hubiese corregido hace años, hoy los problemas en la relación Catalunya-España estarían prácticamente resueltos, y el independentismo sería algo minoritario y anecdótico, con un apoyo electoral de entre el 10 y el 15% del voto.

¿Es justo el principio de ordinalidad? Mi respuesta es que sí, rotundamente. La redistribución de los recursos entre ricos y pobres busca compensar, corregir y prevenir la reproducción de situaciones injustas de desigualdad de oportunidades no imputables a las personas que las sufren, sino a circunstancias que les vienen impuestas por la herencia social y económica, por el resultado de conflictos y equilibrios de poder en los que no han tenido arte ni parte, o por el hecho azaroso de haber nacido aquí y no acullá, en el seno de esta familia y no de otra. La redistribución (esto es lo que la derecha no entiende, porque no le interesa entenderlo) no se basa en la envidia ni en la venganza: no se trata de perjudicar al que tiene rentas superiores, sino de evitar perjuicios injustos e inmerecidos a quien las tiene inferiores. No se trata de suprimir los incentivos para prosperar económicamente, sino de hacerlos compatibles con una mayor justicia y cohesión social. Sin embargo, si no respetamos la ordinalidad, tales incentivos se dañan y la sensación de ser víctimas de un cierto parasitismo cunde con facilidad.

No es justo que tras redistribuir, el contribuyente neto quede peor que el beneficiario neto. Si pusiéramos a todas las comunidades en fila ordenadas según los recursos por habitante, por mucha redistribución que acabe habiendo, el orden posterior debería seguir siendo el mismo, aunque las diferencias, por supuesto, hayan disminuido.

Los gobiernos tripartitos de izquierdas en Catalunya (2003-2010) fueron los que por primera vez pusieron toda la carne en el asador para resolver esta cuestión de una vez por todas (no los de CiU, que estuvieron 23 años gobernando, 8 de ellos de la mano con el PP, sin plantear nunca nada parecido). Tanto el PSC de Maragall (y posteriormente de Montilla), con Castells como responsable económico, como ICV (que desde los años 90 especificaba esta cuestión muy claramente en su programa), se propusieron conseguir esto a través del nuevo Estatut; no así ERC, en cuyo subconsciente anida la idea de que, con ordinalidad o sin ella, cualquier euro que salga en dirección a España es un robo.

Al menos sobre el papel, las izquierdas catalanas estuvieron muy cerca de conseguir lo que hubiera sido un avance histórico y una solución estable al encaje de Catalunya en España, puesto que la famosa disposición adicional tercera del Estatut establecía (al menos antes de los “recortes” del Tribunal Constitucional) una corrección en el sistema de financiación autonómica que nos aproximaba mucho a la ordinalidad. Sin embargo, la triste realidad es que ni el gobierno del PSOE ni el del PP han dado cumplimiento a esta disposición (legalmente vigente, aprobada por el Congreso de los Diputados, y firmada por el Rey). Dicho claramente: la realidad es que fueron instituciones del Estado y gobiernos españoles los que se negaron a resolver el problema por esta vía (incluso, cosa incomprensible, después de haber asumido los costes políticos de su aprobación legal).

En España, la prensa de derechas (que es casi toda) se encargó de presentar al tripartito como un gobierno separatista (cuando precisamente haber atendido sus demandas hubiera evitado el auge actual del independentismo), mientras que en Catalunya, los medios del grupo Godó (estructuralmente ligados a CiU y que abominaban del tripartito por su política de izquierdas) e incluso TV3 (con gran peso de ERC en su dirección y con una independencia del gobierno que ahora CiU se ha encargado de suprimir) presentaron el fracaso como un descrédito del tripartito y como la prueba de la debilidad y el “españolismo” de la izquierda catalana, cuando la realidad es que ningún gobierno catalán en la etapa democrática había llegado tan lejos en sus reivindicaciones (y en sus logros) frente al gobierno español.

No es de extrañar que la sensación generalizada en Catalunya sea, entonces, la de que España cierra todas las puertas a cualquier solución aceptable en este terreno, y que no quedan abiertas sino apuestas más radicales y unilaterales.

A quienes ya tienen una visión prejuiciada de este tema, en España o en Catalunya, será difícil hacerles cambiar de opinión. Pero a todos los progresistas españoles que ven las cosas con más sensatez, habría que preguntarles, no sin dolor: ¿dónde estábais cuando las izquierdas catalanas os necesitaban para establecer de una vez por todas una relación justa y fraternal entre Catalunya y España?; a pesar de todos los costes políticos que seguramente asumísteis, ¿por qué no os mantuvísteis firmes contra el acoso mediático y social de la derecha española (y, simétricamente, de parte de la catalana)? Qué gran ocasión perdida. No es que no pueda volver (a ello me referiré en sucesivas entradas), pero, muy probablemente, ya no será la izquierda quien la protagonice. Y eso, no nos engañemos, significa que los recursos que, por la vía que sea, acabe consiguiendo Catalunya, no irán precisamente a las escuelas y los hospitales públicos.

 


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Oct 05 2012

Cuidado con los periodistas

De un tiempo a esta parte resulta omnipresente el soniquete de que el problema de este país son sus políticos. En el sentir popular, en las conversaciones de bar, en el 15M y el 25S, en las tertulias en los medios, en todas partes oímos culpar a la clase política de todos nuestros males. Pero lo que casi nadie dice es que tenemos un problema grave con otra casta: los periodistas. Y no me refiero a los paparazzi de las revistas del corazón ni a los presentadores de programas de barracón de feria (que, en un mundo donde la semántica tuviese algún rigor, no merecerían el calificativo de “periodistas”), sino al periodismo supuestamente “informativo”.

Siempre aceptando que hay honrosas excepciones, permítaseme enunciar una serie de preocupaciones al respecto: el periodismo decide sin control social alguno sobre los temas de los que debemos estar informados y los que no, y lo hace con unas anteojeras sesgadas a golpe de “comunicados”, “notas de prensa” y teletipos de agencia, que supuestamente deben retransmitir con urgencia, lo cual limita enormemente sus fuentes de información y convierte a muchos periodistas en títeres (voluntarios o no) de otras fuerzas e intereses.

Un ejemplo: ¿alguien sabía hace sólo cinco años qué era la “prima de riesgo”, excepto algunos periodistas económicos? Todavía hoy, la mayoría de la población (y muchos periodistas) no podrían explicar con claridad lo que es ni cómo se mide, pero son capaces de repetir como loros que la famosa prima “está en 420 puntos básicos” (poniendo cara de que eso es “mucho”), “baja”, “se dispara”, etc. Propongo un experimento de framing (enmarcado): en vez de presentar la prima en puntos básicos, hágase en el porcentaje que representa (esto es, 4,2% de diferencia respecto del interés del bono alemán). Mi predicción: la prima expresada en porcentaje parecerá a muchos ciudadanos y periodistas menos alarmante que expresada en “puntos básicos” (que nadie explica lo que son). (Por cierto, al ser una diferencia, la prima es una medida relativa: ¿alguien explica que si el interés del bono alemán baja, aunque no hagamos nada malo los demás, nuestra prima de riesgo sube?)

Los periodistas deciden (voluntariamente o no, conscientemente o no) sobre esto y mucho más. Cambian el centro de atención de nuestra vida pública cuando y como les parece. Sitúan un tema como “grave problema” del país un día, y a la semana ya no vuelve a aparecer, como niños que saltan de un juguete a otro sin acordarse ya del anterior. No responden ante prácticamente nadie (da risa cuando dicen que “ante la audiencia”); no rinden cuentas sistemáticas sobre la calidad profesional de su labor. Opinan de todo y critican sin recato, sin ser ellos mismos criticados casi nunca (porque cualquier crítica que reciban será corporativamente denunciada como un “ataque a la libertad de prensa”); en este punto, es casi ofensiva la comparación con el político, un tipo que puede ser mejor o peor, pero que está siempre sometido al escrutinio público, y es denostado sin que muchas veces se sepa muy bien por qué. Con el periodista no se mete nadie.

En estas condiciones, es lógico que proliferen el narcisismo y las aspiraciones al pseudo-estrellato, que los periodistas escriban libros sobre sí mismos y organicen actos a la mayor gloria de su casta; que acaben creyendo a pie juntillas en la mitología hollywoodiense del Watergate y del periodista “que destapa conspiraciones”. Que se acaben creyendo expertos o profesionales de determinados temas, cuando cualquier auténtico experto podría certificar las enormes lagunas de ignorancia y de imprecisión que les aquejan (ignorancia e imprecisión de las que, con intención o sin ella, hacen víctimas a su público).

Ya casi no existe el periodista que puramente informa y que busca la objetividad y la imparcialidad. Es más, se le tiene por mal periodista, aburrido, neutro, plano, que no “da caña” (a quien sea, el caso es darla). Las preguntas simplistas y manipuladoras a los entrevistados (sobre todo si son políticos), el “respóndame sí o no” con el objetivo de parecer “duros” y de conseguir titulares, la valoración subjetiva y la manipulación en favor de unas opciones políticas, todo esto se ha naturalizado en la casta periodística actual. La falta de pluralidad política en las tertulias y debates de los medios es algo completamente habitual. Las redes sociales de amiguetes determinan mucho más quién aparece en un programa “informativo” que la profesionalidad y la deontología. La exageración y el énfasis como método, la pobreza y ligereza del vocabulario utilizado, el uso de “frases hechas” que esconden el fondo de las cuestiones, la atención a temas que interesan más a los propios periodistas que a los ciudadanos, a las declaraciones sobre declaraciones en vez de a los hechos, la manipulación de titulares y de noticias para satisfacer a los patronos (políticos o económicos)…. para qué seguir: cualquier parecido con la seriedad es o casual o heroico.

De acuerdo: no todos los medios ni todos los periodistas son iguales. De acuerdo también: en otros países no es mejor, o es aún peor. Pero convengamos en esto: quienes pueden opinar de todo sin que se opine de ellos, quienes más directamente influyen sobre los temas a los que dirigimos nuestra atención pública, son los periodistas. Así que si estas descripciones contienen lo que Adorno llamaba un “momento de verdad”, entonces tengamos cuidado con ellos.

 


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Oct 03 2012

¿Qué ocurre en Catalunya?

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No se me dirá que no empiezo fuerte la sección de política del blog: Catalunya. ¿Qué ocurre realmente? ¿Qué ocurrirá? Son las primeras preguntas que me hacen cada vez que viajo fuera, y cada vez que alguien de fuera viene a verme. Dejaré la segunda pregunta para una futura ocasión. He aquí mi respuesta a la primera, en tres puntos muy sintéticos, que iré ampliando y desarrollando en sucesivas entradas a lo largo de las próximas semanas.

En Catalunya pasan, básicamente, tres cosas. La primera no la entienden ni la quieren entender la mayoría de los españoles (entre otras cosas, porque nadie está dispuesto a explicársela bien): los catalanes llevan muchos años injusta y objetivamente maltratados desde el punto de vista económico y social por los gobiernos de Madrid (con la complicidad y el apoyo de muchos gobiernos autonómicos). ¿Cómo? Básicamente, porque en el reparto de los recursos públicos entre comunidades autónomas, se viola flagrantemente el principio de ordinalidad (que en Alemania, estado federal, es mandato constitucional): hay contribuyentes netos, como Catalunya, que después del reparto quedan peor en recursos por habitante que algunos beneficiarios netos. Es como si tras pagar impuestos y recibir prestaciones, la renta disponible de un parado quedase por encima de la de Messi. (Addenda: esto tampoco lo acaban de entender muchos nacionalistas catalanes: a veces se tiene razón sin saber por qué).

La segunda cosa que pasa es una consecuencia de la primera: cientos de miles de catalanes, incluso muchos que no habían sido nunca nacionalistas ni han votado nunca a partidos nacionalistas, han acabado teniendo una (justificada) sensación de tomadura de pelo sistemática y maltrato permanente. Esto explica el crecimiento y la transversalidad del sentimiento independentista declarado en las encuestas (que por primera vez arrojan una mayoría a favor de la independencia) y expresado en manifestaciones como la de la última Diada.

La tercera cosa que ocurre, la menos confesable, es la siguiente: Convergència i Unió, que nunca ha sido independentista, que se ha entendido siempre mejor con los gobiernos españoles de derechas que con los de izquierdas, y que ha priorizado siempre la defensa de los intereses de las grandes empresas y la alta burguesía catalana frente a cualesquiera otros, anhela la mayoría absoluta parlamentaria que no pudo conseguir en 2010 (sorprendentemente, dado el desgaste enorme del tripartito y el apoyo descarado a CiU de los poderes fácticos catalanes, especialmente del Grupo Godó). Con esa mayoría podría completar sin estorbos su programa máximo neoliberal de destrucción de los servicios públicos amparándose en la crisis económica (el conseller de Economía, Mas-Colell, es uno de los próceres del neoliberalismo económico a nivel académico internacional, y en la cámara catalana llegó a decir que si fuera por él no existirían impuestos; el conseller de sanidad, Boi Ruiz, era el presidente de la patronal de hospitales privados antes de ponerse a cerrar quirófanos y consultorios públicos, y a aconsejar a la gente que se haga seguros privados).

Pero CiU lo tenía difícil: las encuestas le daban menos diputados que en 2010, y se desató la alarma. Sólo un golpe de efecto podía garantizarles una cómoda mayoría electoral, y el apoyo (calculadamente ambiguo) al independentismo tras la Diada es ese golpe. Ahora, su victoria por amplio margen, e incluso su mayoría absoluta, está prácticamente garantizada. Después, ya veremos.

En resumen: los catalanes han sido injustamente tratados por el Estado español; la mayoría ya se ha cansado de ello; y CiU, sabiendo eso, observando como descendía su apoyo electoral por su política neoliberal, y queriendo completarla al máximo (es ahora o nunca), juega a apoyar implícitamente la ruptura con España para ganar la mayoría absoluta. CiU imposta un cuasi-independentismo de farol a cambio de conseguir 8 o 10 escaños más. La cuestión es qué hará cuando los tenga, y, sobre todo, cuando los votantes que se los han dado les exijan que hagan honor a sus declaraciones.

No hay duda de que el tema tiene muchas aristas. Aquí sólo he tocado las principales. Próximamente, más.


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Oct 02 2012

Contén tu entusiasmo

Posted in A favor, Cine y TV |

Mi primera entrada “de contenido” en este blog la dedico a alguien que me ha alegrado bastante la vida en años recientes: el actor y guionista de comedia televisiva Larry David (¡gracias desde aquí a Toni Llàcer por descubrírmelo!). Aunque muy poco conocido en España, se trata de uno de los más hilarantes y provocativos cómicos que la televisión norteamericana nos ha dado. Fue lanzado a la fama (y a la riqueza) por su labor como guionista de Seinfield, pero el show que realmente muestra su talento en toda regla, y que vale la pena explorar alguna vez antes de morir, es sin duda Curb your enthusiasm. En él, Larry se interpreta a sí mismo mostrándonos los problemas de su vida social de rico ocioso en Los Angeles, que tienen todos la misma raíz: la negativa de Larry a adaptarse a las situaciones arbitrarias sin rechistar, su constante exigencia de explicaciones y de coherencia en algo que no las tiene ni las puede tener.

El show de Larry David no busca la risa fácil ni el humor benigno, sino diseccionar cruelmente la estupidez y arbitrariedad de la mayoría de las convenciones sociales en las que vivimos cotidianamente,  por el expeditivo método de sacarlas a la luz pública y denunciar la hipocresía de quienes las sostienen. Se me dirá: “eso ya lo hemos visto muchas veces”. Os puedo asegurar que NUNCA lo habéis visto llevado a los extremos que Larry, y sólo él, se ha atrevido a frecuentar en pantalla. Sólo él en toda la televisión made in USA se ha atrevido a criticar a los discapacitados, las minorías étnicas, las lesbianas, los niños, las organizaciones caritativas, los judíos, los enfermos, los feos, los obesos, y a quien se ponga por delante (y no se piense que es un reaccionario: al contrario, Larry es el prototipo del judío demócrata norteamericano, que en una escena impagable renuncia a copular con una despampanante actriz porque ve el retrato de Bush en su camerino).

Para Larry, ser calvo es una condición honrosa que otorga derechos como los de cualquier otra “minoría”. A Larry no le importa “quedar mal” en cualquier situación con tal de reclamar coherencia y reciprocidad en el trato. Su incorrección política es de calibre máximo. Lo mejor de su actuación es la demostración de que todos los demás son en realidad peores que él, pero la insinceridad y la pátina de la respetabilidad social lo disimulan. Al final, Larry siempre recibe todas las sanciones (sociales, legales), por mucho que intente actuar correctamente, y es acusado una y otra vez de egoísmo por muchos que no hacen otra cosa que aprovecharse mezquinamente de él. El chantaje emocional y social como arma omnipresente es lo que Larry no acepta ni soporta. No hay tontería lo suficientemente trivial como para que Larry la deje pasar si considera que algo está mal en ella. Tal y como lo define su mejor amigo en la serie, es un “asesino social”.

A Larry David, cierto es, o lo amas o lo odias. Pero no se puede negar que pocos comediantes hoy en día pueden combinar un humor desternillante y de alto voltaje con ideas sencillamente geniales que cuestionan de forma original auténticos pilares de nuestro modo de vivir, de ver, y de representar las cosas. Necesitamos a Larry precisamente porque no podemos, no debemos, ser como él, porque sus astracanadas razonables (que eso son) exorcizan demonios internos. Larry aplica numerosos tests para deducir la honestidad de las personas (uno de los más hilarantes es que si un abogado tiene una esposa fea, entonces es que es honesto). Me atrevería a formular algo así como “el test de Larry David”: si alguien reacciona con escándalo en vez de con risa y autoburla al visionado de sus aventuras, es que aún no ha entendido en qué consiste esto de vivir entre otros.

 


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Oct 01 2012

Contra la indolencia y el autoengaño

Posted in A la contra, General |

Bienvenidos al blog “El filo de la pipa”, que pretende ser una modesta aportación a la reflexión crítica sobre diversos temas de interés público. El título, como muchos ya habréis adivinado, no tiene nada que ver con el tabaquismo: la imagen de cabecera es la pipa de Magritte, que refleja una idea particularmente afilada. El famoso cuadro nos muestra una pipa seguida de la frase “esto no es una pipa”. ¿Una pipa no es una pipa? No: la imagen, la representación de una pipa no es una pipa. Sin embargo, sólo reparamos en algo tan sencillo cuando nos paramos un momento ante el cuadro y reflexionamos. Pararse a reflexionar y no confundir la realidad con sus imágenes y representaciones: estas dos ideas definen el espíritu que me gustaría infundir a este blog. Espero que leyéndolo nunca quedéis indiferentes, pues no son tiempos para la indolencia los que vivimos, sino para reaccionar con rumbo claro y detectar las muchas fuentes de distorsión y autoengaño a que estamos expuestos.

Max Weber, uno de los clásicos de la ciencia social, decía que “la primera tarea de un profesor es enseñar a sus alumnos a aceptar hechos incómodos”. Sabía bien que los humanos tendemos a adoptar aquellas creencias que concuerdan con nuestros intereses y deseos, ignorando todo aquello que se opone a la satisfacción de los mismos. El llamado self-serving bias, o sesgo de auto-conveniencia, es una de las limitaciones de nuestra naturaleza, y aunque sucumbir confiadamente a él pueda ser psicológicamente reconfortante, a largo plazo casi siempre resulta políticamente peligroso y personalmente frustrante. Como Jon Elster nos ha enseñado, “las creencias surgidas de la pasión sirven mal a la pasión”.

Afortunadamente, los humanos también estamos dotados de facultades superiores que, con menos frecuencia de lo deseable, nos permiten ponderar imparcialmente pros y contras, recoger información y evidencia de forma abierta, considerar detenidamente en qué podríamos estar equivocados, y, si llegamos a convencernos de que lo estamos (cosa difícil pero posible), corregir nuestros errores y aumentar, así, la calidad de nuestras creencias y opiniones sobre el mundo que nos rodea. La ciencia moderna, incluida la social, no es más que el refinamiento institucionalizado de tales capacidades de nuestra especie. Razonar y analizar, por tedioso que pueda resultar a veces, es un requisito para la toma de decisiones lúcidas y fructíferas.

Intentaré, en la medida de mis posibilidades, ejercer esas capacidades aquí. Sin callarme lo que piense. Con ironía y prescindiendo de la “corrección política”. Sin simplismos, pero permitiéndome licencias si la causa lo merece (opino como Godard: hay boutades que, de tan sanas, son casi necesarias). Sin sectarismos, pero sin ocultar mis tomas de partido. Como dije, no son tiempos para la indiferencia, sino para afilar la mirada y la reflexión.


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