El filo de la pipa – José A. Noguera

Opiniones críticas sobre política, sociedad y cultura

Jan 20 2015

Proceso constituyente: sí o sí

Posted in Política by José A. Noguera |

El año 2015 se avecina intenso, en Europa, en España y en Cataluña. Por primera vez desde que estalló la Gran Crisis, hay indicios más que razonables de que diversos procesos electorales pueden operar como un terremoto en el tablero de juego establecido por quienes han gestionado la política anti-crisis como un desmantelamiento de lo público a favor del capital privado (Merkel y la troika en la UE, el PP y el PSOE en Madrid, y CiU en Cataluña). La posibilidad de una ruptura con estas políticas cobra visos de materializarse en el corto plazo.

En el estado español, dos potentes fuerzas amenazan gravemente el régimen surgido del consenso de 1978: Podemos en el conjunto del estado, y el movimiento soberanista en Cataluña. Ambos son el resultado de genuinos movimientos sociales con apoyo masivo, y del hartazgo y la justa indignación de muchos ciudadanos que se sienten pisoteados por unas élites económicas y políticas que no han dudado en lucrarse desvergonzadamente a su costa mientras les decían que ellos debían empobrecerse. Frente a ambos movimientos, ese tercer actor, las clases dirigentes, se alinea claramente con el PP  y, como plan B, con el PSOE para intentar mantener su tinglado lo más intacto posible.

¿Cuál de estos tres actores tiene más posibilidades de imponer sus intereses y estrategias a costa de los otros dos? Lo cierto es que los tres parecen tener, a día de hoy, fuerza y recursos suficientes como para conducirnos a una situación de bloqueo político hacia finales del año en curso. Si las previsiones electorales (bastante similares en todas las encuestas) se cumplen medianamente, ¿qué opciones habrá para desbloquear la gobernabilidad?

Creo que la lógica de la situación lleva a una única salida: un proceso constituyente a nivel de todo el Estado, con implicaciones sustanciales para el estatus político de Cataluña. Mi opinión es que tanto la independencia unilateral de Cataluña como el inmovilismo (o la cosmética) constitucional son vías muertas de antemano, defendibles únicamente como un farol en el póker, o una amenaza en el juego del gallina, pero sin un recorrido viable que lleve a algo más que al suicidio político. Por tanto, el único de los tres actores que tiene opciones plausibles de imponer su agenda (un proceso constituyente real) es Podemos.

La primera vía sin salida, conducente inexorablemente al bloqueo, es la de la independencia de Cataluña. En una excelente escena de la segunda temporada de Juego de tronos, uno de los consejeros de la corte, el taimado lord Baelish, lanza a la cara de la reina-madre Cersei amenazas veladas a cuento de una información muy comprometedora para ella. “He aprendido que el conocimiento es poder”, le espeta. Cersei, ni corta ni perezosa, ordena a sus guardias que prendan a lord Baelish y le corten el cuello. Cuando la hoja de la espada está iniciando el descenso, Cersei rectifica en tono frívolo: “no, dejadle, he cambiado de opinión”. Y ante un descompuesto lord Baelish sentencia: “el poder es poder”.

El episodio me suele venir a la mente cuando me planteo qué podría hacer un Parlamento catalán con clara mayoría independentista para llevar a la práctica la secesión. Pues aun con una abrumadora mayoría democrática en su favor (que está por ver que consigan), los independentistas carecerían de los recursos de poder más básicos y elementales para llevar a cabo sus propósitos, mientras que, del otro lado, el gobierno de Rajoy y el Estado español disponen de muchos más de los necesarios para evitarlo. Entiéndaseme bien: constatar que una batalla es tan desigual que la victoria del contendiente más débil está descartada es simplemente reflejar un dato, independiente de la simpatía o antipatía que cada bando suscite, de la razón o legitimidad que les asista, o de la justicia de sus respectivas causas. No se trata de lo que nos gustaría que fuese, ni de cuán justo sea, sino de si la correlación de fuerzas lo permite.

El Estado español nunca concederá de buen grado la independencia de Cataluña. Ésta, de realizarse, debería ser unilateral y luchando a brazo partido durante años, con costes muy considerables, contra todos los recursos legales, económicos, políticos, nacionales e internacionales, que Madrid utilizará sin dudar en el momento en que los independentistas no le dejen otra opción que hacerlo. España, como Cersei, tiene el poder real y lo usará si ello resultase necesario, haciéndolo además, sobre el papel, dentro de la legalidad vigente y con legitimidad internacional, dado que Cataluña está sola, pues carece de apoyos de grandes potencias extranjeras (como sí los tuvieron Kosovo, Eslovenia o las repúblicas bálticas). El soberanismo tiene fuerza para resistir, pero no para ganar; puede permanecer sublevado dentro de su encierro, pero no salir de él con sus solas fuerzas.

Tomemos como ejemplo la cuestión de la “Hacienda propia” que los soberanistas quieren construir en Cataluña. Obviamente, cualquier disposición legal unilateral en ese sentido será recurrida ante el Tribunal Constitucional por el gobierno español, que la paralizará en su aplicación. A la postre, llegará un momento decisivo en que, en virtud de la ley catalana, no aplicable según el TC, Isidre Fainé y otros muchos empresarios tendrán que decidir a quién ingresan las retenciones del IRPF (puesto que el grueso del IRPF lo pagan las empresas vía retenciones, no los ciudadanos): a la Agencia Tributaria española, que le requiere para ello y le embargará judicialmente si no lo hace, o a la catalana, que sólo podrá apelar a su patriotismo. ¿A quién ingresará el dinero? La respuesta, de tan obvia, no hace falta ni darla. Pero apunta a una cuestión importante que los independentistas (con la excepción de la CUP) prefieren siempre soslayar: la independencia es imposible sin una revolución en la estructura del poder social, sin un recambio radical de élites y una democratización que va mucho más allá de lo que CiU está dispuesta a aceptar.

La segunda vía conducente al bloqueo es el inmovilismo (o la cosmética) constitucional que defienden, con pequeños matices, el PP y el PSOE. En los próximos cinco años, sino antes, España está condenada a reformar su constitución. Y en este caso, retrasar lo inevitable, lejos de dar réditos políticos a quienes lo hagan, los restará. Por un lado, es impensable desbloquear la situación en Cataluña sin una reforma constitucional (como mínimo); incluso en el caso de una milagrosa independencia catalana, España debería por fuerza reformar también su Constitución, pues resulta imposible mantener un texto fundamental que incluye la indivisibilidad del Estado, las 17 comunidades autónomas, la asignación de escaños por provincias y otros muchos aspectos si un trozo importante del territorio se ha escindido. Por otro lado, si las elecciones generales de 2015 arrojan un Congreso fragmentado, la única posibilidad realista de desbloqueo pasará también por una reforma constitucional, bien durante esa misma legislatura si Podemos tiene suficiente fuerza para imponerla, bien durante la siguiente, si el PSOE comete el error de suicidarse políticamente entrando en una gran coalición con el PP. De hecho, con la última serie de encuestas publicadas en la mano, es perfectamente pensable, si se mantiene la tendencia, que el PP no tenga capacidad de veto constitucional, y que PP y PSOE no sumen mayoría suficiente ni para gobernar. Por tanto, de un modo u otro, habrá un proceso constituyente en España en los próximos años, pues la alternativa será el bloqueo político.

Para desbloquear la situación de forma mínimamente duradera, ese proceso constituyente no podrá ser meramente cosmético, y deberán ponerse sobre la mesa de negociación al menos tres puntos clave:

1) Unos principios de transparencia democrática, rendición de cuentas, y participación ciudadana que hagan mucho más difícil que una élite extractiva campe a sus anchas como lo ha hecho durante los últimos 30 años.

2) Un blindaje más robusto de los derechos sociales y económicos y de las políticas de redistribución de la riqueza.

3) Un nuevo modelo territorial “sin adjetivos” que satisfaga 3 principios: a) la ordinalidad en la financiación, compatible con la solidaridad; b) las competencias asimétricas, especialmente en recaudación de impuestos y prestación de servicios; y c) el blindaje de los derechos lingüísticos y culturales en las comunidades con lengua propia.

Si tanto la vía independentista como el inmovilismo constitucionalista conducen al bloqueo y a la inoperancia, la única salida alternativa pasa necesariamente por que el otro gran actor en liza, Podemos (configurando quizá un bloque con IU y otros partidos periféricos) juegue un papel clave clave tanto en España como en Cataluña: un papel que permita un cambio sustancial de las mayorías parlamentarias actualmente existentes. A diferencia de la independencia, esta es una ruptura democrática viable, posible, que no requiere violentar o desobedecer la legislación vigente, que tendría toda la legitimidad internacional, y que abriría otras perspectivas y ventanas que están completamente cerradas en cualquiera de las otras vías. Proceso constituyente, reforma sustantiva de la Constitución, reformas en profundidad de leyes y estructuras básicas del Estado, referéndum a la escocesa en Cataluña, quizá con más de dos opciones de respuesta… las concreciones se deberían negociar entre diversas fuerzas y someterse al juicio de la ciudadanía, pero una cosa parece clara: sólo por esta vía se atisba la luz, mientras que en las otras dos nos esperan la oscuridad, amargas derrotas, y, a lo sumo, victorias pírricas que nos dejen más dañados que ahora.

La única posibilidad de que España salga de la actual degeneración política que sufre pasa por abrir un proceso constituyente. La única posibilidad de que Cataluña dé respuesta a sus justas aspiraciones es teniendo enfrente a una España abierta y regeneradora, dispuesta a cooperar con ellas o, al menos, a no obstaculizarlas. Sólo con un papel clave y central de una fuerza como Podemos, tanto en Madrid como en Barcelona, pueden estos dos vectores activarse y combinarse en una resultante viable. Ninguna opción que no incorpore a este actor a ambos lados del Ebro tiene hoy día posibilidades de desbloquear la situación. No habrá cambio en Cataluña sin cambio en Madrid. Y no habrá cambio exitoso en Madrid sin solucionar el encaje (o el desencaje) de Cataluña. Sólo el factor Podemos puede hacer cuadrar el rompecabezas.


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Nov 05 2014

Poder o no poder

Posted in A favor, Política by José A. Noguera |

No creo arriesgarme demasiado si afirmo que el mejor político surgido en España en lo que va de siglo es Pablo Iglesias, líder de Podemos. A diferencia de otros líderes de izquierda, este inteligente y pragmático profesor de ciencias políticas nos recuerda constantemente la lección del mejor Maquiavelo: que la política no tiene que ver primordialmente con la verdad ni con la razón (por mucho que estas te asistan), sino con el poder y las estrategias para conseguirlo y ejercerlo, algo que a la derecha nunca ha hecho falta recordarle. Para Iglesias, como para Maquiavelo, la política es una técnica, una herramienta que hay que aprender a utilizar, no un fin en sí mismo como para Aristóteles. Y, al menos sobre el papel, no cabe duda de que propone utilizarla al servicio de objetivos valiosos.

Pero la pregunta que muchos se hacen es: ¿podrán las iniciativas ciudadanas alternativas como Podemos o Guanyem conseguir cambios realmente sustanciales en las reglas del juego que nos han llevado a la actual situación de degeneración política, económica y moral? ¿Lograrán conquistar cuotas de poder suficientes como para avanzar en los objetivos colectivos que defienden? Aunque las últimas encuestas documentan una inaudita tendencia ascendente en su apoyo popular, éste no es aún suficiente para que Podemos pueda aplicar su programa con cierta comodidad, o siquiera llegar a un gobierno. Hay varias claves de análisis que resultan fundamentales para que su buena estrella se mantenga:

1. La estrategia: Mantener el pragmatismo y la inteligencia política que ya han caracterizado a estos nuevos líderes resulta esencial para su éxito. Podemos, de momento, está evitando con brillantez las trampas en las que tradicionalmente han sucumbido (y en las que siguen cayendo) otros partidos a la izquierda de la socialdemocracia: vocación de marginalidad, desprecio del marketing social y de las reglas de la comunicación mediática, asamblearismo paralizante, sectarismo y dogmatismo ideológico, etc. Me resulta incomprensible que haya quien critique a Iglesias por ser tacticista o estratega, esto es, por su inteligencia política. Esas son precisamente virtudes que damos por descontadas en los partidos tradicionales y rara vez criticamos en ellos. ¿Tacticismo y estrategia? Mal pueden quejarse los demás de que por una vez les administren con habilidad su propia medicina, máxime cuando ello se hace compatible con una total apertura al voto ciudadano, algo que ningún otro partido puede hoy exhibir en España.

2. La comunicación y el mensaje: habrá quien siga creyendo que para defender propuestas de izquierdas debe poner la palabra “izquierda” en cada frase de su discurso, pero Podemos ha demostrado lo contrario. Una vez más, se trata de no confundir la herramienta con el objetivo, de no creer que el carpintero deja de serlo sólo porque no utiliza sierras de madera. Hace mucho que la derecha aplica exitosamente su programa en parte porque no nos recuerda constantemente que es un programa de derechas. Si para celebrar un cuasi-referéndum en Cataluña el 9 de noviembre hay que dejar de llamarlo así, a lo mejor para ganar unas elecciones con un programa netamente de izquierdas hay que ahorrarse la calificación y centrarse en la sustancia. Para tranquilidad de intelectuales ex marxistas, bajo ello planea la idea gramsciana de “sentido común”: conectar con la gente que no razona en términos ideológicos, pero que “objetivamente” tiene interés en las propuestas de izquierda si se le exponen con claridad y sin jerga militante.

3. La (ausencia de) organización: contra lo que muchos militantes de la izquierda tradicional han afirmado insistententemente (“el problema de Podemos es que no tienen organización”), en el tablero de juego impuesto por Iglesias la organización en el sentido clásico no importa tanto. Quienes sienten una incómoda irritación porque unos “recién llegados” que “no están en la calle con los movimientos reales” susciten tanto apoyo popular sencillamente no han entendido algo que Iglesias sí entiende: la inmensa mayoría de sus potenciales votantes no son ni serán militantes cotidianos sino que, a lo sumo, se movilizarán esporádicamente en las “grandes” ocasiones (guerra de Irak, 11-M, etc.); circunscribirte a “los movimientos” y “la calle” es condenarte a ser minoritario. Se ganan más votos a través de las redes sociales y de internet, a través de los medios y del boca-oreja, que mediante una engrasada maquinaria de activismo partidista que, como mucho, puede mantener a un porcentaje de los fieles. Y si en la oposición no es ya tan esencial disponer de una organización asentada, tampoco lo es en el gobierno, donde a esos nuevos canales de movilización se uniría la maquinaria administrativa del Estado.

4. La agenda. Podemos gana si la agenda pública continúa centrada en la crisis económica, la desigualdad y la corrupción. Pierde si los demás consiguen centrarla en otros temas. El ejemplo más claro es el proceso soberanista catalán. No sólo el PP es consciente de ello: también los independentistas y ERC, que empiezan a estar nerviosos por la irrupción de Podemos en unas elecciones catalanas, lo cual podría suponer que ni soberanistas ni antisoberanistas sumasen mayoría y, por tanto, devolver la cuestión social y económica a un lugar central en el que ni ERC ni CiU se mueven con comodidad. Oriol Junqueras dijo hace poco a Bloomberg que los tenedores de deuda tendrían más posibilidades de recuperar su dinero de una Cataluña independiente gobernada por él que de una España gobernada por Podemos. Aviso para navegantes.

5. La reacción y el contra-ataque. Como dije en mi anterior post, las élites del régimen de 1978 no permanecerán impasibles ante la mayor amenaza a la que se han enfrentado en 35 años. El contraataque que se avecina es ya de tercera fase: la primera (el desprecio y el ninguneo) y la segunda (las acusaciones de populismo, terrorismo, chavismo y utopismo) no han funcionado, sino que han resultado contraproducentes. Lo que viene ahora es el combate directo en términos “programáticos”, con el objetivo de que los novatos resbalen en el ring sin que parezca que eres tú el que les pega: tratarles con respeto, pero con condescendencia, para mostrar ante los ciudadanos su bisoñez. Esta fase ya la han iniciado muchos analistas, articulistas e intelectuales de la órbita PRISA-PSOE.

Ante esto, bien hará Podemos en abrirse a un abanico amplio de asesores y técnicos rigurosos que le permita el combate de fondo y no sólo el basado en el punch y el KO. La exitosa estrategia de Iglesias y sus colaboradores ha sido de libro: una columna de blindados ligeros avanzando velozmente y por sorpresa hacia el centro de mando del enemigo. Pero ahora toca defender la posición, avanzar en todas direcciones mediante el cuerpo a cuerpo, y lograr que muchos enemigos deserten y se pasen al otro bando. Si siguen aumentando los ciudadanos que no se resignan frente al vergonzante Vichy que venimos sufriendo desde 2010, hay una buena opción de conseguirlo.


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Oct 27 2014

Por qué llora Junqueras

Posted in Política by José A. Noguera |

En Mar i cel, un melifluo musical que durante generaciones ha encandilado al público catalán, la protagonista entona una de las canciones más populares cuando exclama “Per què ha plorat, per què ha plorat?” ante el llanto de un sarraceno. El pasado viernes 17 de octubre, muchos catalanes se hacían la misma pregunta cuando el principal líder independentista, Oriol Junqueras (ERC), les sorprendió sollozando en directo durante su entrevista con Mónica Terribas en Catalunya Radio. El político se vino abajo ante la indisimulada insistencia de la periodista para que Junqueras apoyase el “plan B” de Artur Mas: salvar la suspensión de la consulta catalana por el Tribunal Constitucional celebrando un “proceso participativo” sin garantías legales. Junqueras, con la voz ahogada y entrecortada por un incipiente llanto, rogaba, suplicaba que se declarase unilateralmente la independencia de forma inmediata porque el tiempo apremiaba.

Contra lo que algunos han dicho, no creo que fuese teatro lo de Junqueras: pienso más bien que fue sincero y espontáneo, y que sencillamente perdió el control. Sin duda ello permite dudar de la talla política y el temple necesario en alguien que plantea nada menos que la rebeldía constitucional y que aspira a ser cofundador de un nuevo Estado por secesión unilateral. Pero creo que si ofreció este episodio fue, paradójicamente, por buenas razones: porque vislumbra cómo la oportunidad de “tocar con los dedos” su máximo sueño político, la independencia (o, más bien, la visualización electoral de una amplia mayoría favorable a la misma), se le puede escurrir de las manos en los próximos meses si no se actúa rápido.

En efecto, la angustia que provoca el sollozo de Junqueras tiene razón de ser: quien crea que el Estado español y las élites político-económicas del mismo (incluidas buena parte de las catalanas) se van a quedar paradas viendo cómo Cataluña avanza hacia la independencia, se equivoca garrafalmente. Quien crea que esas élites son completamente estúpidas, también. En el momento actual, son perfectamente conscientes de que están ante los dos mayores desafíos al régimen de 1978 que han sufrido nunca: la movilización soberanista catalana y el fenómeno Podemos en el conjunto del Estado (que amenaza con ser tercera fuerza electoral, quizá segunda… y quizá incluso con un triple empate técnico con PP y PSOE en las elecciones de 2015). Quienes mandan saben perfectamente que el riesgo para sus intereses es real y próximo, y saben lo que tienen que hacer para desactivarlo: una reforma constitucional que pueda ser vendida como algo más que cosmética, pero no tan radical como para arriesgar su hegemonía. En definitiva, para seguir dominando, para que todo siga lampedusianamente igual, tendrán que cambiar, y no sólo de peinado.

De momento los movimientos son sigilosos, pero durante los dos próximos años se harán más evidentes. La abdicación del Rey y la elección de un nuevo líder socialista joven y fotogénico han sido pasos preparatorios. ¿Será Pedro Sánchez el nuevo Suárez que nadará entre un desgastado PP y una nueva oposición de izquierdas liderada por Podemos? La joven y eficaz vicepresidenta sigue ganando posiciones en el PP y apuntalándose como recambio centrista del partido del gobierno. En 2016, la situación económica ofrecerá algo más de margen para atender demandas de muchos tipos. Tras las elecciones autonómicas de 2015, los debilitados barones del PP condicionarán menos la estrategia de Rajoy, que dará un giro al centro para preparar la “gran coalición” con el PSOE (algo ya prefigurado en la retirada de la reforma del aborto y de la ley electoral municipal). Duran e Iceta están en sus puestos de salida, preparados para salvar a Mas (o a quien le sustituya al frente de CiU) cuando el “proceso” soberanista no dé políticamente para más. Se está labrando una operación política de salvación conjunta en toda regla, en Madrid y en Barcelona.

¿Por qué llora Junqueras? Porque sabe que todo esto puede ocurrir, y pronto. ¿Por qué diez días después del sollozo acepta ante Mas volver al consenso en torno a un 9N descafeinado? Porque Mas le ha espetado: “mira, Oriol, esto es lo que hay, yo quiero el 9N y no la tercera vía, pero si me dejáis solo no voy a tener más remedio que pactarla tarde o temprano, ¿verdad que no queréis eso?”.

En Cataluña muchos independentistas honestos y bienintencionados piensan que si mantienen el tirón el Estado español “no podrá hacer nada” para detenerlos. Creen que los cartuchos del régimen consisten en sacar a la luz cuentas en Suiza o Andorra y en acudir a un Tribunal Constitucional desprestigiado. Pero se equivocan: eso son salvas de distracción. El cañonazo decisivo que desarbolará a la voluntariosa pero frágil flota independentista es la reforma constitucional impulsada por una gran coalición PP-PSOE, a la que, me caben pocas dudas, se acabará sumando CiU (y otros partidos nacionalistas del resto del Estado) de un modo u otro. Los sollozos de Junqueras, además de justificados, pueden ser premonitorios.

Sólo una variable impredecible puede dar al traste con esta operación, y no es Junqueras ni el pueblo catalán, sino un número suficiente de diputados de Podemos en el Congreso de los Diputados; incluso aunque no puedan impedir la operación de salvamento, será la única guerrilla que podrá abrir vías de agua en ella.


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Oct 22 2014

¿Democracia o legalidad? ¡Justicia!

Posted in Política, Sociedad y sociología by José A. Noguera |

Se escuchan en el debate político actual afirmaciones expresadas con una contundencia digna de mejor causa: “la democracia no puede estar por encima de las leyes”, afirman unos; “el respeto a las leyes es parte consustancial de la democracia”, dicen otros; “la voluntad democrática del pueblo no puede estar constreñida por leyes y constituciones”, alegan los de más allá. Democracia, legalidad, soberanía, legitimidad… todos ellos son conceptos que tertulianos, políticos, periodistas y en general ciudadanos de toda índole utilizan como talismanes en la discusión, como si su mera mención ya cargase de razones el planteamiento de cada cual, y desterrase al limbo de lo indefendible el de los demás.

En rara ocasión se utilizan dichos conceptos partiendo de una definición o comprensión clara de los mismos y de cómo se relacionan entre sí. Simplemente, se suele identificar “lo bueno” y “lo justo” con “lo democrático”, de manera que estampando esa etiqueta en tus cuarteles el agua puede llevarse siempre al molino que convenga, y las posiciones de cada cual acaban defendiéndose con peticiones de principio y meros juegos de palabras que “suenan bien”.

John Rawls, el filósofo político más importante del siglo XX, empezaba su obra magna, la Teoría de la justicia (1971), con esta frase: “La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento”. Estoy completamente de acuerdo: lo decisivo en cuestiones ético-políticas no es ni la legalidad ni la democracia, sino la justicia.

La democracia no es más que una regla (o, mejor, un conjunto de reglas) de decisión colectiva, que establece la necesidad de tener en cuenta las preferencias de todos los miembros de una comunidad a la hora de tomar decisiones que la conciernen; las reglas que se apliquen pueden ser diversas (mayoría simple o cualificada, con ponderación de voto o sin ella, con una o dos vueltas de votación, etc.), pero serán democráticas en la medida en que la decisión final esté vinculada a algún tipo de agregación de las preferencias de todos, y no sólo de un grupo o de una persona. La legalidad, por su parte, tiene que ver simplemente con la correspondencia con el ordenamiento jurídico vigente en una comunidad en un momento dado, sea ese ordenamiento el que sea, y siempre respetando una jerarquía de normas jurídicas en caso de contradicción o duda. La justicia social y política, en fin, es independiente de lo que exista: tiene que ver con lo que debe ser, con la distribución de cargas y beneficios, derechos y deberes, dotaciones materiales y oportunidades, que los ciudadanos deberían tener en cada arreglo institucional y social posible. Así entendidos, es evidente que los tres conceptos son diferentes y se superponen sólo parcialmente, algo que se puede visualizar en un sencillo diagrama de Venn:

Democracia-legalidad-justicia

 

Daría para mucha filosofía el ir desgranando las implicaciones de cada una de las siete áreas en que se divide la figura, pero lo importante es reparar en que las siete existen: lo democrático puede ser justo o injusto, legal o ilegal; lo legal no tiene por qué ser ni justo ni democrático, aunque puede ser lo uno, lo otro, o ambas cosas; lo justo puede ser democrático o no, y por supuesto puede haber leyes justas o injustas. Sólo en la pequeña área central encontraríamos aquel subconjunto de arreglos sociales que son a la vez democráticos, legales y justos.

Visto así, no tiene sentido afirmar, como se oye estos días, que “la democracia es el respeto de las leyes”: más allá de la obviedad de que las leyes se pueden cambiar democráticamente, también se puede tomar democráticamente una decisión ilegal. Pero igualmente absurdo es defender que “la democracia debe estar siempre por encima de las leyes existentes”, porque ese “debe” equivaldría a identificar democracia y justicia, cuando es obvio que existen situaciones justas que nadie ha votado, y que se pueden poner ejemplos de decisiones injustas tomadas democráticamente.

Pues bien, como decía Rawls, el más importante de esos tres conceptos es el de justicia. ¿De qué nos sirven la legalidad y la democracia si no arrojan decisiones e instituciones justas? Sin duda, se pueden tomar democráticamente decisiones ilegales, y se pueden aprobar leyes de forma no democrática, pero lo que importa en última instancia es que tanto leyes como decisiones democráticas sean justas. Nuestra preferencia por tomar decisiones colectivas de forma democrática se basa en la idea (razonable, como muestra la teoría de la decisión colectiva) de que así tenemos más probabilidades (aunque no la garantía) de alcanzar decisiones justas sobre ciertos asuntos (no todos) que con reglas de decisión no democráticas. Similarmente, nuestra habitual preferencia por disponer de una legalidad estable se basa en la idea (también razonable, como muestra la teoría del diseño institucional) de que la coordinación social cotidiana tiene más probabilidades de ser exitosa cuando descansa en normas sancionadas y conocidas (aunque tampoco sea siempre así). Pero la justificación última de las leyes o de la democracia proviene siempre de una determinada idea de justicia, y evaluamos la bondad de las leyes y de las decisiones colectivas democráticas por su contribución a hacer de nuestra sociedad un marco de convivencia más justo. Por supuesto, habrá diferentes concepciones de la justicia y diferentes argumentos a favor o en contra de cada una de ellas, siendo la democracia una razonable regla de decisión entre las mismas cuando el acuerdo no es posible. Pero el plano relevante de discusión es antes el de la justicia de las decisiones y arreglos sociales que el de su carácter democrático o legal.

Otros conceptos habitualmente utilizados en el contexto actual me parecen claramente accesorios, cuando no entelequias vacías: la “soberanía”, por ejemplo, no añade nada al simple y llano ejercicio del poder de un sujeto (individual o colectivo) sobre un territorio; como idea sobre un “deber ser” no añade nada a las de legalidad, justicia y democracia; como concepto descriptivo, no añade nada al de poder. La “legitimidad”, por su parte, tampoco aporta nada interesante a nuestra tríada: que una decisión es “ilegítima” suele significar o bien que no respeta la legalidad, o bien que no es democrática, o bien que no es justa.

En definitiva, existe una dolorosa carencia conceptual en muchos debates políticos que hoy día están en la mente de todos, pues quizá deberíamos obsesionarnos menos con si ciertas situaciones y decisiones son legales o no, o con si son democráticas o no, y preguntarnos más bien si contribuyen o no a hacer nuestra sociedad más justa.


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May 26 2014

El síndrome de Vichy

Posted in Política, Sociedad y sociología by José A. Noguera |

Para analizar lo que ha sucedido en las “históricas” elecciones europeas de 2014, nada mejor que un ejemplo histórico. En 1940, los alemanes invaden Francia, cae París, y el gobierno francés otorga plenos poderes al general Pétain para firmar el armisticio y establecer un régimen filonazi en el sur de Francia, con capital en Vichy. Ese mismo día, el general De Gaulle escapa a Londres y proclama que encabezará desde allí la resistencia para derrotar al invasor y recuperar la independencia del país. Entonces De Gaulle parecía un insensato, y el argumento de los defensores del régimen de Vichy, que no fueron pocos, era básicamente el siguiente: siempre será mejor claudicar y que nos dejen llevar la administración cotidiana a nosotros que no entregar directamente todo el poder a los alemanes. Argumento que la historia pronto demostró vano, pues los alemanes tenían todo el poder igualmente, con la ventaja añadida de que contaban con peones locales para administrarlo con más facilidad.

Salvando la distancia, que en realidad se reduce a la ausencia de militares en el asunto, eso es exactamente lo que la mayoría de los gobiernos europeos, incluidos el español y el catalán, han esgrimido ante sus ciudadanos para asestarles la mayor somanta de palos económicos y sociales que mi generación ha vivido nunca. La estrategia de Vichy, convertirse en gestor obediente de los mandatos del invasor (léase la troika, los mercados financieros, o Merkel), ha dominado la política europea, española y catalana desde 2010, y la justificación es siempre la misma, la haga el PP, el PSOE, CiU, o más recientemente ERC: ya querríamos no azotaros así, pero como nos tienen invadidos, mejor que seamos nosotros quienes os demos los latigazos, puesto que ellos los darían más fuerte y os dolería más.

En otras entradas de este blog ya dejé dicho que, después de todos los abusos que los disciplinados gobernantes pro-troika han cometido, en cuanto tuviéramos oportunidad de votar habría un terremoto político, y así ha sido: en Europa, en España y en Cataluña. La mitad de la población no quiere gestores que le hagan tragar la invasión con la excusa de dulcificarla si son ellos quienes la administran: quieren resistentes que luchen contra la invasión negándose a gestionarla, pues el precio de la dignidad democrática siempre será menor que el de bajar la cabeza mientras tú mismo te azotas por mandato ajeno. Los ciudadanos votarán cada vez más a quienes les ofrezcan esa resistencia en vez de la estrategia de Vichy, ya sea la Syriza griega, el Frente Nacional francés (¡gran ironía, los herederos del primer Vichy!), Podemos, o partidos “soberanistas”. ¿Alguien pretenderá no entenderlo o reprocharles que, a través de un acto de bajo coste como el voto, prefieran presentar orgullosa batalla antes que doblegarse ante sus maltratadores? Pues sí: todos los tertulianos de los medios de comunicación españoles y buena parte de los catalanes, que bien alimentados por el establishment, siguen buscando reconducir las aguas hacia Vichy.

Futil intento, me temo, porque la jornada electoral de ayer da para cortar mucha tela: desde la cara de susto de Cañete comentando el triste 26% con el que el partido de los sobres ha “ganado” pírricamente, hasta la castaña de un PSOE entregado a dirigentes irresponsables y egoístas que sólo ante una explosión libertaria de sus bases aceptarán la evidencia, pasando por una CiU autoinmolada (palos a gusto no duelen…) que mientras clama que nos dejen votar envía a los mossos a cerrar las urnas del multireferéndum de los movimientos sociales. Sin olvidar, como digo, a nuestros inefables periodistas y tertulianos: los de TV3, por ejemplo, han decidido por su cuenta no que Cataluña es independiente (pues de eso hace ya tiempo) sino que es el único territorio del planeta donde existe vida humana y, por tanto, noticias: en vano trataron ayer los telespectadores de este medio de conocer los resultados en España o el resto de Europa. Por su parte, los de TVE, cuando por mal disimulada obligación tuvieron que dejar de lado la victoria del Real Madrid en la Champions, salieron en tromba a colocar dos mensajes básicos: el PP ha ganado frente al caos de siglas y los de Podemos son extremistas muy peligrosos. Como de costumbre, tenemos aún peores periodistas que políticos.

Para la izquierda anti-troika, sin embargo, se vislumbra una gran oportunidad: existe base electoral para convertirla en un actor político de peso (y quién sabe para qué más), siempre y cuando IU inscriba el open your mind en sus cuarteles y se aparquen personalismos para lograr una coalición unitaria y amplia como la Syriza griega. Sumando los votos de IU-ICV, Podemos y Primavera Europea, dicha coalición hubiera quedado en primer lugar en Asturias; en segundo lugar tras el PP en Madrid, Navarra, Comunidad Valenciana y Canarias (en las dos últimas, cerca de ganar); en tercer lugar, muy cerca del sorpasso al PSOE, en Baleares, Aragón, Cantabria, Galicia y Murcia; y también en tercer lugar pero dando ese sorpasso en Cataluña: casi nada.

En 1945, Pétain fue detenido y sentenciado a muerte por el gobierno de la Francia libre (condena que De Gaulle le conmutó por cadena perpetua). Más suerte tendrán los actuales defensores de la estrategia de Vichy, pero más les vale tomar nota si no quieren acabar colgados de los pulgares (electoralmente, claro).


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Apr 09 2014

La consulta y Don Corleone

Posted in Cine y TV, Política by José A. Noguera |

En la soberbia El Padrino II (Francis Ford Coppola, 1974) hay muchas escenas inolvidables por las que no pasa el tiempo, pero recuerdo una especialmente aterradora a pesar de que no hay en ella ni una gota de sangre: cuando Kay (Diane Keaton), la esposa de Michael Corleone (Al Pacino), le pide a éste el divorcio y le comunica que ella y los hijos de ambos se marchan, tras una falsa y fallida “declaración de amor”, seguida de unos cuantos gritos y aspavientos, Michael se vuelve de repente gélido y pétreo, mira a Kay fijamente a los ojos y le espeta con amenazadora lentitud: “Pero ¿no comprendes que eso es imposible? ¿No me conoces? ¿No sabes que no permitiré que te lleves a mis hijos, que usaré todo mi poder y haré lo que sea necesario para impedirlo?”. En ese terrible momento, Kay, entre sollozos ahogados, entiende la verdadera naturaleza de su sometimiento y su impotencia, y opta por irse ella sola.

Durante los últimos meses, y especialmente tras el debate en el Congreso de los Diputados sobre la consulta catalana, he rememorado esa escena una y otra vez, puesto que representa a la perfección las relaciones entre el soberanismo catalán y el Estado español, aunque el primero no quiera (o no pueda) verlo, y el segundo no pueda (y no quiera) confesarlo. Un ejercicio de realismo y de honestidad en el análisis de la situación debería conducir a explicar esto claramente a los ciudadanos catalanes y españoles.

Uno: el Estado español, por boca de Rajoy como presidente de su gobierno, se comporta (y se comportará) exactamente como Don Corleone. En un primer momento, declara su “amor por Cataluña”, un amor falso y cínico, como el del maltratador por su pareja o el del amo por su esclavo (la escena del Espartaco de Kubrick en la que Craso, un excelente Laurence Olivier, intenta convencer a su joven esclavo Antonino –Tony Curtis- de los beneficios de ser sodomizado por él, viene también a cuento aquí; cuando acaba de hablar, Antonino ya ha huído). Como las declaraciones de amor no funcionan, porque no son creíbles, recurre a los gritos y aspavientos, en la forma de descalificaciones político-jurídicas o de informes apocalípticos sobre los desastres que se cernirán sobre los catalanes si insisten en ese camino; tampoco eso funciona, puesto que, como sabe hasta Esperanza Aguirre, cuando alguien ha visualizado ya la idea del divorcio, decirle “lo mal que le irá sin ti” sólo sirve para reafirmarle aún más en su propósito (en mi caso, por ejemplo, cada vez que oigo esos improperios sube un punto mi simpatía instrumental por la opción de abandonar España). Finalmente, sólo queda el último cartucho a lo Corleone: lo que me piden es imposible, pero no porque vaya contra la ley de la gravedad (léase la Constitución), sino porque no lo voy a permitir y tengo todo el poder necesario para impedirlo. He aquí, ocioso es negarlo, el hecho decisivo y fundamental que zanja la cuestión. Y he aquí, como dijo Joan Coscubiela en su excelente intervención, la verdad cruel del asunto: ni imposibilidad jurídica, ni imposibilidad democrática, ni violación de la soberanía, ni otras lindezas metafísicas, sino puro y simple ejercicio de poder al servicio de intereses de facción.

Dos: una parte del soberanismo catalán (aunque no todos los defensores de la consulta) aparece como la ingenua Kay, envalentonada momentáneamente por un ataque de voluntarismo, olvidando o negándose a ver quién es su marido y de qué es capaz, y engañándose a sí misma sobre los costes y consecuencias que su opción de abandonarle entraña. Olvidando, además, que está sola, que no hay otro Don que la proteja (como Putin a Crimea, o Alemania-EE.UU. a Kosovo y a las repúblicas bálticas), y que carece de fuerzas suficientes para vencer, siendo lo único que le queda la retirada individual. Sí, en algún mundo posible, claro que Kay “podría” vivir feliz con sus hijos ganándose honradamente la vida, e incluso mantener una relación cordial de no agresión con Michael. La cuestión es que en este mundo, con este Michael, la correlación de voluntades y fuerzas arroja nula esperanza de que tales aspiraciones puedan llevarse a la práctica. Sí, claro que Kay puede ausentarse de la cena de Navidad, andar por casa de Michael con un cartel colgado que diga “quiero el divorcio”, o cogerse de las manos con sus hijos y el servicio para formar una cadena humana en el jardín una vez al año, pero el poder de Michael seguirá intacto. Como sabía Marx, ningún cambio político importante o revolución puede triunfar sin basarse en un análisis realista de las fuerzas en juego. El gobierno español dispone de todos los medios legales y políticos para detener cualquier paso en la estrategia soberanista, incluso sin represión física; y dispone, asímismo, de todo el apoyo internacional relevante al respecto, al contrario que el gobierno catalán. Constatar estos hechos debería ser independiente de la simpatía que una u otra posición en el debate nos suscite. Napoleón Bonaparte solía decir que Dios tiene una curiosa tendencia a dar la victoria al que más cañones tiene.

Kay sólo podría triunfar si, tras una larga y costosa estrategia de desgaste que afectaría gravemente a su bienestar y seguridad personal, lograse infligir a Michael más daño que el que sufriría dejándola marchar con sus hijos. Hoy día, dejando aparte el incierto resultado de esa estrategia, prácticamente nadie en Cataluña (excepto quizá las CUP) está dispuesto a perder un ápice de su ya menguante bienestar ni de su status socio-político en una lucha como la de la independencia de la India o de Irlanda, por poner un par de ejemplos. El gobierno español lo sabe, sabe que las declaraciones en sentido contrario no pasan de ser un farol, y lo fía todo a eso.

Michael no entiende que para Kay su vida en común se ha vuelto insoportable. Kay no entiende que Michael no puede permitirle llevarse a sus hijos si lo puede impedir. Para Kay la felicidad es lo más importante, para Michael la unidad de la familia. Kay cree que ella y sus hijos deberían poder decidir, Michael que es toda la familia (por boca suya como el Don que es) la que decide. La comunicación es sencillamente imposible. Kay abandona a Michael, y pierde a sus hijos. Pero Michael también acaba pagando un alto precio: la soledad de por vida, la desolación moral, y, finalmente, la muerte de su hija. Mejor no continuar con la metáfora, y reparar en la única salida posible al bloqueo de la situación: las elecciones españolas que, como tarde, deben celebrarse en noviembre de 2015. Entre los defensores de la consulta hay quien silenciosamente es consciente de ello: si, como todo parece indicar, esas elecciones arrojan un escenario ingobernable, y si el PSOE logra elegir a un líder que no ceda a la ignominiosa tentación de una Grossen Koalitionen con el PP, los escaños de los partidos catalanes favorables a la consulta serán decisivos y forzarán una negociación que hoy es innecesario asumir para el gobierno español. La historia muestra que ese es el único camino y la única jugada abierta. Si la ANC y ERC entendieran eso, en dieciocho meses Kay podría tener a Michael literalmente agarrado por la entrepierna. Una vez más, cuestión de poder.


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Jan 15 2014

La paradoja de la autodeterminación

Posted in Política, Sociedad y sociología by José A. Noguera |

El llamado derecho de autodeterminación de los pueblos (o “derecho a decidir”, como eufemísticamente se le califica hoy en Cataluña) puede o no ser razonable y aceptable. No es mi intención aquí discutirlo, ni expresar acuerdo o desacuerdo con el mismo. Más bien, lo que pretendo es dejar constancia de una perplejidad puramente intelectual que siempre me ha producido el pensar sobre ese derecho durante más de diez minutos seguidos.

Mi perplejidad se basa en lo que, creo, es una paradoja inherente a la idea de una autodeterminación colectiva. Por un lado, hay algo intuitivamente atractivo en la idea de que “un pueblo tenga derecho a decidir su futuro” y autodeterminarse como tal, a auto-constituirse en comunidad política y organizarse como libremente elija. Del mismo modo que los individuos adultos tienen derecho a la autonomía y la autodeterminación en cualquier sociedad civilizada, mientras no agredan la de los demás, así también las colectividades deberían tenerlo. Es difícil negar que esta idea conecta con algunas de nuestras intuiciones morales básicas. Pocos de nosotros apoyaríamos o creeríamos justificable que a los pueblos se les pueda obligar contra su voluntad a formar parte de una comunidad en la que no quieren estar, igual que a una persona no se le puede obligar a formar parte de un club o de una iglesia a la que no quiere pertenecer, ni casarla sin su consentimiento.

La fuerza moral de este ideal es considerable: incluso quienes son contrarios al ejercicio de este derecho en casos concretos, como el de Cataluña o el País Vasco, no lo son porque nieguen este principio como tal, sino porque, una de dos, o creen que la autodeterminación relevante ya se ha producido cuando “se ha pronunciado el pueblo español” (esto es, la discrepancia es sobre quién es el sujeto relevante para autodeterminarse, no sobre el derecho a la autodeterminación), o creen que no hay demanda mayoritaria real de autodeterminarse en esos casos (esto es, la discrepancia es sobre cuánta gente en esos territorios considera que son un sujeto legítimo de autodeterminación). Hasta los nazis, cuando se anexionaron Austria por la fuerza, se sintieron obligados a convocar un referéndum sobre la anexión (por supuesto, de pega: se debía votar a papeleta abierta delante de un oficial de las SS). Por tanto, el principio no se suele cuestionar en público (los pueblos tienen derecho a la autodeterminación); lo que se discute es, en todo caso, si se dan sus condiciones de aplicación.

La paradoja se da porque un principio que parece intuitivamente aceptable se vuelve intratable cuando se intenta aplicar. Pues ¿quién es el sujeto del derecho de autodeterminación? Un colectivo, una comunidad. ¿Y cuál es el objeto de ese derecho? Precisamente, el constituirse (o no) como colectivo, como comunidad política. He aquí, evidente, el problema, de resonancias hegelianas: ¿cómo es posible que un sujeto ejerza legítimamente un derecho cuyo objeto es constituirse a sí mismo como sujeto legítimo? ¿Cómo puede un sujeto político existir antes de su propia auto-constitución? ¿Cómo saber quiénes son los miembros del colectivo que deben participar en la decisión colectiva de si son o no un colectivo? Parece clara la paradoja: a diferencia de lo que ocurre con un individuo, cuya individualidad física y psíquica viene constituida biológicamente, para que un colectivo se autodetermine tiene que presuponerse precisamente aquello que es el objetivo de la decisión de autodeterminación: que es un colectivo político legítimo.

Esto no es sólo una argucia filosófica, o una cuestión abstracta y especulativa. Es un problema práctico. Supongamos que un colectivo C plantea una demanda de “autodeterminación” mediante la celebración de un referéndum. Ahora bien: ¿quién votará en ese referéndum? Para establecerlo hay que decidir, implícita o explícitamente, y previamente a cualquier votación (salvo que entremos en una regresión de votaciones ad infinitum), cuáles son los límites de la comunidad C, esto es, algún criterio de pertenencia a esa comunidad, sea la residencia en un territorio, el origen, la lengua, etc. Decidiendo eso ya estamos pre-decidiendo precisamente lo que es el objeto de la decisión de autodeterminación: que quienes comparten ese rasgo constituyen una comunidad legítima de decisión colectiva. ¿Por qué los españoles y los franceses tienen derecho a la autodeterminación, pero no los catalanes? ¿Por qué los catalanes sí, pero no los extremeños, los habitantes de Badalona o de la Vall d’Aran? En cualquiera de los casos, de algún modo se ha pre-decidido que esas son (o no) comunidades de decisión legítimas, aunque sea para poder decidir si son comunidades de decisión legítimas. Con diferentes criterios de delimitación del colectivo que se deba autodeterminar, las decisiones de autodeterminación que se acaben tomando pueden ser muy distintas.

En suma, defender la autodeterminación democrática de un colectivo implica aceptar que hay una legitimidad “de inicio” no democrática o pre-democrática que permite identificar y constituir a ese colectivo como tal (y obsérvese que las apelaciones a “la cultura” o “la lengua” comunes no funcionan porque nunca coinciden con el censo electoral que se reclama, que habitualmente corresponde sin más a los residentes en un determinado territorio). Es inevitable concluir, entonces, que cualquier acto fundacional de soberanía es una decisión arbitraria que pudo ser de otro modo y delimitar una colectividad diferente. Tan arbitrario es el pueblo catalán como depositario de la soberanía como el español. Si un acto arbitrario puede determinar la soberanía del “pueblo español”, otro acto arbitrario puede determinar la del “pueblo catalán” o la del “pueblo aranés”. La soberanía es un concepto tramposo que esconde lo realmente existente: las relaciones de poder entre colectivos y la inercia de determinados acontecimientos pasados. Los políticos de uno y otro signo, por tanto, se comportan como gurús o brujos al usar como comodín y arma política lo que no es más que un residuo metafísico.

Esta es la paradoja, y no veo cómo salir de ella. Que sea una paradoja significa que es un problema, porque a un tiempo vemos que el derecho es razonable y que no lo es. No estoy argumentando que esto es una razón para rechazar las pretensiones de quienes defiendan “el derecho de autodeterminación” en un caso histórico concreto, como pueda ser el catalán actualmente. Estoy diciendo que, tanto desde un punto de vista lógico como práctico, ese derecho se niega a sí mismo, porque querer ejercerlo implica predecidir de forma no “autodeterminista” quienes son los sujetos-objetos de la autodeterminación. A diferencia de lo que ocurre con otras materias de decisión colectiva (como, por ejemplo, el sistema de pensiones o la moneda), en el caso que nos ocupa decidir quién puede votar es decidir quiénes son miembros de la comunidad política cuya posible constitución es el objeto del voto. Dicho de otro modo, es decidir la cuestión ya antes de votar. En suma, no hay manera democrática de definir comunidades políticas o de establecer fronteras entre las mismas: por mucho que se vote, una decisión previa al respecto ya se debe haber tomado de forma no democrática.

Los partidarios de una u otra posición en el debate soberanista actual en nuestro país no deberían, sin embargo, apresurarse a extraer conclusiones de este argumento. Por ejemplo, quienes hoy defienden que en una hipotética consulta catalana “deberían decidir todos los españoles” no están menos afectados por la paradoja que quienes creen que sólo deberían votar los catalanes, pues la existencia de esa supuesta comunidad legítima (“los españoles”) también fue pre-decidida no democráticamente en su momento. Por otro lado, lo que muestra la paradoja es que, desde el punto de vista de la constitución del colectivo relevante, tan arbitraria sería una independencia votada en referéndum como una declaración unilateral de independencia por parte de un gobierno o parlamento.

Al final lo que cuenta son los hechos consumados: jurídica y políticamente, las fronteras administrativas ya existentes de la actual Comunidad Autónoma catalana, nacida de las cuatro provincias españolas pre-existentes, son las que “contarían como” fronteras de una hipotética Cataluña independiente. Nadie, ni los nacionalistas españoles, duda tal cosa. Así que todos están admitiendo que el criterio de pertenencia a la comunidad relevante (la “nación catalana”, en este caso) tiene su origen en una división administrativa provincial establecida en 1833 bajo la regencia de…. María Cristina de Borbón. Cosas de la inercia histórica.


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Dec 19 2013

La lógica de la pregunta catalana

Posted in Política, Sociedad y sociología by José A. Noguera |

P1: ¿Quiere que Cataluña se convierta en un Estado?

P2: En caso afirmativo, ¿quiere que este Estado sea independiente?

La pregunta pactada la semana pasada entre cuatro fuerzas políticas catalanas para la celebración de un hipotético referéndum en Cataluña ha desatado todo tipo de interpretaciones, comentarios contrapuestos e inquietudes. ¿Es una pregunta o son dos? ¿Cómo se contabilizarán los votos? ¿Qué respuestas contarán como votos nulos? ¿Cómo se sabrá qué opción es la ganadora? ¿A quienes favorece esta formulación? En este post voy a analizar desde un punto de vista lógico algunas de estas cuestiones, aunque también iré extrayendo posibles consecuencias políticas, algunas de ellas contraintuitivas. Soy de los que piensan que las probabilidades de celebración de dicha consulta son cercanas a cero, y que el pacto refleja la necesidad de Artur Mas de ganar tiempo para seguir en el gobierno sin agobios, más que la voluntad de una consulta real. Pero nada se pierde por aplicar la lógica a situaciones hipotéticas con deportividad.

El tipo de formulación finalmente escogido no es, contra lo que muchos comentaristas profieren, y lo sepa o no el propio Mas, un invento u ocurrencia suya, sino que en la disciplina académica de la elección social (lamentablemente ausente de las discusiones al respecto en Cataluña) y en demoscopia se conoce como “gateway question”, “pregunta-árbol” o “pregunta-filtro” (opción que fue considerada en algunos informes sobre el referéndum escocés, pero sólo muy someramente en el informe de la comisión para la transición nacional catalana): sólo si optas por una determinada respuesta a P1 (en este caso, el “Sí”) puedes pasar a responder P2.

Al contrario de lo que parecen suponer Artur Mas u otros muchos comentaristas y políticos, tanto detractores como defensores de la consulta, sostengo que la formulación actual de la pregunta determina (esto es, sólo es compatible con) una interpretación de los resultados. Argumentaré, además, que a la inversa de lo que ocurre, los independentistas deberían estar preocupados y los anti-independentistas razonablemente tranquilos sobre esos hipotéticos resultados.

En primer lugar, la pregunta determina que cualquier decisión colectiva que se tome quedará aprobada únicamente si cuenta con más del 50% de los votos válidos (mayoría absoluta). De otro modo, la formulación de la pregunta en forma de árbol decisorio o pregunta-filtro no tiene sentido, y se debería haber optado por una formulación con pregunta única y tres opciones de respuesta. El objetivo de una pregunta-filtro formulada de este modo es el de poder asegurar mayorías cualificadas de más del 50% para alguna opción, algo que no queda garantizado (e incluso es muy improbable) en el caso de una sola pregunta con tres opciones de respuesta. Esto, además, concuerda con la afirmación repetida por parte de Mas de que para aprobar la independencia se requeriría una mayoría muy amplia, no una mayoría simple, y ni siquiera una mayoría absoluta muy ajustada.

De hecho, el objetivo de esta pregunta filtro es, en concreto, que los partidarios de la independencia puedan contar también como partidarios de un Estado a secas (independiente o no), porque han dado su asentimiento a P1 como condición o “peaje” previo para poder contestar P2. De este modo, los partidarios de la independencia pagan un “peaje” por expresar su preferencia que no están obligados a pagar necesariamente quienes expresan la preferencia contraria (porque la pueden expresar ya de entrada en P1). Ese “peaje” consiste en que siempre se les podrá decir: “pero tú votaste “sí” a tener un Estado, fuese independiente o no; es cierto que votaste también que preferías un Estado independiente a uno no independiente, pero dejaste claro que preferías un Estado no independiente al status quo, y por tanto te puedo contar como partidario de esa opción en caso de que sea necesario”.

No está, por tanto, nada claro que la formulación de la pregunta favorezca a los independentistas, como desde tantos foros antisoberanistas y federalistas se ha escuchado. Mientras que los votos no soberanistas (los que digan “No” en P1) no pueden ser “incorporados” legítimamente a ninguna opción distinta de esa, en cambio los votos netamente independentistas (que digan “Sí” a P1 y a P2) pueden ser “incorporados” legítimamente a una opción no necesariamente independentista como es la de tener “un Estado” a secas, porque previamente han sido requeridos a dar su asentimiento a la misma. Algo que no ocurriría si las opciones de “Estado” y “Estado independiente” fuesen excluyentes (como en una pregunta con tres opciones de respuesta), en vez de ser la independencia un subconjunto o “caso” de la opción “Estado”.

En el siguiente ejemplo puede observarse cómo, incluso siendo la independencia la opción más votada en términos relativos, la actual pregunta-filtro permite configurar una mayoría de bloqueo en caso de que los independentistas no alcancen más del 50% de los votos. Con los mismos porcentajes de voto, una pregunta única con tres resultados posibles (donde, en buena lógica, se debería ganar por mayoría simple) daría la victoria al independentismo.

Imagen 1

Nótese que los partidarios de un Estado no independiente son quienes deciden y ganan en caso (muy probable) de que ni independentistas ni partidarios del status quo obtengan la mayoría absoluta, pues formarían mayorías de bloqueo con los primeros para impedir la perpetuación del status quo, y con los segundos para impedir la independencia. Obsérvese además que, en el caso de una pregunta única con tres opciones de respuesta, esta hubiera sido sin embargo la opción con menor apoyo.

En segundo lugar,  Mientras los antisoberanistas se preocupan incorrectamente por el supuesto sesgo favorable a la independencia en la pregunta, algunos independentistas muestran una euforia ilusa al pensar que simplemente ganando en P1 y en P2 habrán ganado el referéndum. Esto no es así en ningún caso, puesto que sólo una parte de los votantes (los que voten “Sí” a P1) habrán votado en P2. Para ganar, los independentistas necesitan sumar a más del 50% de todos los votantes en el “sí” a P2, de forma que el porcentaje relevante de apoyo a la independencia será el resultado de multiplicar el % de “Síes” a P1 por el % de “Síes” a P2 (y dividir por 100). De lo contrario, podría darse el resultado absurdo de que la independencia ganase teniendo menor porcentaje sobre el total de votos que la opción del status quo (por ejemplo, si en P1 gana el Sí por el 60%, y en P2 gana el “Sí” por el 60% (60×60/100=36%, cuando los partidarios del “No” en P1 eran el 40%).

Los políticos que han acordado la pregunta saben (o deberían saber) esto, y si hubiesen querido otra cosa habrían optado, una vez más, por una pregunta con tres opciones de respuesta, o por una pregunta binaria, o incluso por una consulta a dos vueltas planteando P1 un día, y en caso de victoria del “Sí”, P2 la semana siguiente. Como ese no es el caso, se sigue que la única interpretación posible es la que se expone aquí.

En tercer lugar, y esto tampoco es una buena noticia para los independentistas, hay una ordenación posible (y racionalmente defendible) de las preferencias que no puede encontrar expresión bajo la actual formulación de la pregunta. En efecto, esta pregunta-filtro supone que los tres resultados posibles están “ordenados” lógicamente, esto es, que hay dos resultados extremos (status quo e independencia) y uno intermedio (Estado no independiente). Bajo la actual formulación, quien prefiere la independencia en primer lugar, pero el status quo en segundo lugar, porque considera que un “Estado no independiente” es una “trampa” para debilitar el sentimiento independentista con un remiendo, no podrá expresar esa preferencia (la suya es la conocida lógica del “cuanto peor, mejor”, de la que existen numerosos ejemplos en la historia: mejor que los nazis nos invadan que pactar la rendición de Vichy, porque eso hará que la población resista; mejor que tengamos capitalismo salvaje que socialdemocracia, porque eso hará que la revolución socialista estalle, etc.). Una vez más, si no se hubiese pretendido algo así, se hubiese optado por hacer las dos preguntas de forma independiente, y no “encadenada” (aun permitiendo así el poco plausible escenario de que en P1 ganase el “No” y en P2 el “Sí”).

En cuarto lugar, no hay nunca neutralidad en una pregunta de este tipo, pues la formulación siempre incorpora un determinado “enmarcado” que favorece alguna opción por defecto. En este caso, una pregunta-filtro como esta, con exactamente el mismo contenido, se hubiera podido formular en la dirección inversa, de este modo:

P1. ¿Quiere usted que Catalunya sea un Estado independiente?

P2. En caso negativo, ¿aún así quiere que sea un Estado?

Aunque el contenido de la pregunta es el mismo desde un punto de vista sustantivo, ¿qué cambia con este enmarcado?: algo esencial, pues ahora sí es posible que nadie gane, porque los votos por el Estado no independiente (“No” a P1 y “Sí” a P2) son necesaria y explícitamente votos contra la independencia, mientras que en la versión aprobada de la pregunta no lo son. En el enmarcado escogido por Mas, los votos por la independencia son necesariamente votos por el Estado “a secas”. En el enmarcado inverso, y al contrario, los votos por la independencia ya no pueden ser votos por el Estado. No pueden agregarse. Manteniendo los porcentajes del ejemplo anterior, podemos ver fácilmente que bajo esta formulación la interpretación de los resultados sería altamente problemática.

 

Imagen 2

Como se puede apreciar en el Caso 3, si bien la mayoría de bloqueo contra la independencia continuaría existiendo (al igual que en el caso 2), aquí sería imposible formar una mayoría a favor del Estado no independiente, puesto que el 45% de votantes que han votado “sí” al Estado independiente no pueden sumarse a la opción del Estado no independiente, dado que no pueden votar en la pregunta al respecto (P2). Asumiendo una vez más que los políticos saben lo que hacen, esta es la razón por la que el primer enmarcado era claramente preferible: habrá una mayoría clara por una opción en todos los casos.

En conclusión: la clara implicación práctica de la formulación escogida es, en mi opinión, que un porcentaje previsiblemente bajo pero probablemente decisivo de los votantes, que votarían por la independencia si se tratase de una elección binaria entre ésta y el status quo, se quedarán ahora “por el camino” en la opción por un Estado no independiente, y sus votos acabarán agregándose con la opción del status quo para formar una mayoría de bloqueo a la independencia. Pero como también podrán agregarse con los votos independentistas para defender la opción del Estado no independiente, formarán también una mayoría de rechazo al status quo: un escenario ideal para quien desee una negociación sobre la estructura territorial del Estado y la reforma de la financiación autonómica, pero no la ruptura ni el continuismo.

La pregunta, por tanto, tiene una lógica impecable. Pero es una lógica compleja, y no simple. Y una lógica intencionada: me resulta muy difícil pensar que Mas no es consciente de todo esto, aunque sí creo que otros partidos, en especial ERC, no entienden del todo estas implicaciones. En política puede acabarse siendo esclavo de las propias palabras: una vez formulada, la pregunta tiene la estructura lógica que tiene. Pero lo inquietante, en caso de que la consulta se llegue a celebrar con esta pregunta, serían las dificultades para explicar los resultados a la opinión pública, y las manipulaciones que periodistas, políticos y tertulianos de uno y otro signo serían capaces de hacer sobre los mismos. Como se ha observado en diversos foros, un 70% de “síes” en P1 más un 70% de “síes” en P2 equivalen a un 51% contra la independencia. ¿Quién va a explicar esto a los ciudadanos catalanes?

 


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Nov 27 2013

¿De qué se ríe Angela Merkel?

Posted in Política by José A. Noguera |

Dos meses después de las inusuales sonrisas de oreja a oreja con las que Angela Merkel nos obsequió la noche de las elecciones alemanas, hoy ha vuelto a sonreír, aunque con mucha menor amplitud, al anunciar el pacto de gobierno al que su coalición derechista, la CDU-CSU, ha llegado con los socialdemócratas del SPD. El por qué de esas sonrisas es fácil de entender: se trata de vender tanto el resultado electoral como el pacto como una victoria ante los medios de comunicación y la ciudadanía. Pero, ¿es así? ¿Han comprado los periodistas esa moto? Me temo que sí.

La manipulación mediática del resultado de las elecciones alemanas del pasado septiembre es para quedarse atónito. Según los titulares que entonces pudimos leer, Merkel “arrasaba”, “arrollaba”, “aplastaba”, “conseguía una victoria histórica”, etc. Técnicamente, la CDU-CSU de Merkel ganó las elecciones, en el sentido de que fue la formación electoral más votada: logró un 41,5% de los votos, sin alcanzar la mayoría absoluta. Obsérvese que, por poner un sólo ejemplo, Zapatero consiguió mayor porcentaje de votos las dos veces que se presentó, y nadie en los medios nacionales ni internacionales dijo que “arrasó” o “aplastó” en modo alguno.

Situemos la “gran victoria” de Merkel en perspectiva histórica. La CDU-CSU tuvo un porcentaje superior al 45% del voto entre 1953 y 1983, entre el 41% y el 44% de 1987 a 1994, y fue solo en el paréntesis entre 1998 y 2013 (con ella al frente de la CDU-CSU, y con el SPD en el gobierno hasta 2009) cuando mantuvo porcentajes inferiores al 40%. Ahora simplemente ha pasado esa barrera por un punto, pero sin volver a los porcentajes históricos de las épocas de Adenauer, Erhard, Kiesinger o Kohl, cuando caer por debajo del 40% era inconcebible. Es un porcentaje frágil, porque volver a bajar por debajo del 40% es fácil una vez sufra desgaste.

Los partidos que formaban su gobierno, la CDU-CSU (derecha conservadora, casi ultraderecha en el caso de la CSU) y el FDP (neoliberales de manual), pasan de un total del 48,4% del voto y 332 escaños al 46,3% (2,1 puntos menos) y 311 escaños (21 menos). La suma de escaños y votos de los tres partidos de izquierda es superior a la suya. ¡Qué gran éxito para Merkel! Imaginemos qué diríamos en España si durante cuatro años hubiese gobernado el PSOE junto con IU, y tras las elecciones, debido a que IU se quedase sin representación, el PSOE, aún creciendo, se quedase sin la mayoría de izquierdas que tenía y tuviese que negociar el gobierno con el PP. ¿Sería un éxito?

En cualquier país normal de europa (Francia, España, Suecia, Reino Unido, Dinamarca), el titular sería que hay una mayoría de izquierdas que impide gobernar a Merkel: 319 escaños frente a 311. Punto. Se formaría un gobierno de coalición de izquierdas y Merkel se quedaría en puertas (como por cierto ya ocurrió muchas veces durante los años 70 cuando la CDU-CSU, que ganaba con mayores porcentajes de voto que ahora Merkel, se quedaba siempre en la oposición por el pacto entre SPD y FDP, que entonces era un partido casi a la izquierda de la socialdemocracia actual). ¿Qué ocurre? Que en Alemania el SPD y Los Verdes tienen como tabú innombrable el pactar con el equivalente de Izquierda Unida en España, Die Linke. Decididamente, Alemania no es un país políticamente muy normal.

Sin embargo, la risa de Merkel y las exageraciones superficiales de los periodistas se han ido enfriando conforme la realidad del resultado se ha ido haciendo patente. Merkel, que antes gobernaba cómodamente con sus socios liberales, a quienes, si tenía que corregir en algo, era por ser mucho más derechistas y antieuropeístas que ella (como se darían cachetes a un hermano díscolo), ahora se ha enfrentado a una durísima negociación con el SPD, que ha durado dos meses e involucrado a más de 300 políticos y técnicos divididos en decenas de mesas negociadoras. Merkel ha tenido que aceptar el salario mínimo (algo a lo que se oponía en campaña electoral, y que la patronal alemana considera un anatema), y seguramente tendrá que ceder al SPD el ministerio clave de Hacienda, desde el cual el dogmático Wolfgang Schäuble ha orquestado la ruina del proyecto de la UE y del bienestar de sus ciudadanos durante el último quinquenio. La patronal alemana, probablemente la más poderosa del mundo en su propio país, ya está poniéndose nerviosa y lanzando avisos e instrucciones a Merkel sobre lo que debe o no aceptar.

Y no es que el SPD pueda ponerles especialmente nerviosos. Se trata de un partido del stablishment, que siempre se ha decantado por sus intereses y que, excepto en la breve etapa de Willy Brandt (con quien acabaron pronto), rara vez ha hecho honor a sus fundadores y a su historia cuando ha estado en el gobierno (votó los créditos de guerra en 1914, rompiendo la solidaridad obrera en Europa; asesinó a los espartaquistas y utilizó el Ejército para masacrar la revolución alemana de 1919; aplicó políticas de recorte neoliberales durante los gobiernos de Schmidt en los 70 y de Schröder más recientemente, y éste último trabaja ahora para Gazprom, la mafia rusa del gas que chantajea a media Europa del Este). Sin embargo, el SPD se ve sometido a dos presiones que no puede ignorar: primera, su patético resultado electoral que por segunda vez consecutiva los ha dejado por debajo del 30%, y que sólo puede empeorar si se les percibe como peones de Merkel en vez de arrancándole importantes concesiones hacia la izquierda. Y segunda, el hecho de que, esta vez, sus casi medio millón de militantes deberán validar mediante voto secreto el acuerdo de gobierno que han firmado con Merkel. Y no está claro que lo vayan a hacer a cualquier precio: la fría acogida al discurso de su presidente Siegmar Gabriel en la última conferencia del partido es un signo del sano cabreo de la militancia socialdemócrata y de que la dirección del partido tendrá que ofrecer algo más que palabras para convencerla.

De manera que, ¿de qué se ríe Merkel? ¿Y qué clase de gallináceo análisis político hicieron los periodistas que proclamaban su triunfo arrollador al día siguiente de las elecciones? Me temo que, una vez más, las apariencias y los prejuicios se impusieron sobre la cruda realidad. En los próximos años veremos cambios en la política económica y social alemana, pero en clave interna: si queremos que nos dejen tomar el mismo jarabe que ellos comenzarán a aplicarse, deberemos atrevernos a plantarles cara. Y no tenemos gobernantes psicológica y políticamente capaces de ello.

 


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Nov 13 2013

Gángsters, pero muy educados

Posted in A la contra, Política by José A. Noguera |

En el mundo frívolo e intelectualmente superficial de los medios de comunicación, el periodismo y la política española y catalana, las formas siempre importan más que el fondo, y alguien cargado de razones puede verse unánimemente vilipendiado por violar alguna norma no escrita del compadreo políticamente correcto que constituye el ecosistema de nuestras bien educadas élites y nuestros creadores de opinión. Tras la comparecencia de Rodrigo Rato en el Parlament catalán para dar cuenta de sus tropelías financieras al frente de Bankia, el ojo de todos los medios, tertulias y periodistas se ha focalizado sobre la intervención del diputado de la CUP (Candidatura d’Unitat Popular) David Fernández, quien, después de formular durante diez minutos varias incisivas preguntas a Rato que quedaron cínicamente sin respuesta, terminó su turno mostrando una zapatilla como símbolo de desprecio social al compareciente, preguntándole si no tenía miedo de que la gente se hartase de tipos como él, y despidiéndose con un “Hasta pronto, gángster”. Desde esa misma noche, al parecer el único tema de interés para tertulianos y periodistas han sido las malas formas del diputado. (Paréntesis: cuando en diciembre de 2008 un periodista iraquí arrojó un zapato contra Bush y le llamó “perro” en una rueda de prensa, el mismo diario El País que ahora editorializa llamando “matón” a Fernández permitió a una de sus más conocidas columnistas, en su artículo Pobres perros, bromear con el poco respeto hacia los canes que había mostrado el agresor. Qué cosas tiene la prensa).

El episodio mueve sin duda a valorar la corrección y la oportunidad político-estratégica de dichas formas, que pueden ser cuestionables. Esa es la trampa que los periodistas nos tienden, y en la que caemos constantemente: confundir la anécdota vistosa con la cuestión real. El señor Rato, muy educado él, y con suma corrección formal, se negó a contestar todas las preguntas del diputado, una evidente e irrespetuosa muestra de desprecio y ninguneo a los ciudadanos que le han votado. Este señor, exquisito en el trato y vestido con trajes de marca, es responsable directo de que los ciudadanos hayamos perdido 24.000 millones de euros para salvar Bankia, dinero que, sumado a los intereses que deberemos pagar a la UE por ese capital prestado, haría evitables la mayoría de los recortes sociales que estamos sufriendo; dinero que, probablemente, nunca recuperaremos, y por cuyo expolio nadie asumirá nunca responsabilidad alguna.

Rato fue uno de los presidentes del FMI que ni quiso ver venir la hecatombe económica provocada que hoy vivimos (estando como estaba en una de las posiciones de mayor poder mundial al respecto), ni tomó medida alguna para controlar a los delincuentes financieros que provocaron la actual crisis, algo que no debe extrañar porque, como se ha visto posteriormente, comparte su mentalidad: en cuanto tuvo responsabilidades ejecutivas en una entidad bancaria se convirtió en uno de ellos, desvalijando a los pequeños ahorradores y deshauciando a miles de familias, amén de provocar un agujero económico que hemos acabado pagando entre todos. Este elegantísimo y correctísimo señor está imputado judicialmente por diversos manejos busátiles y financieros en la gestión de la entidad bancaria que presidió, antes de ser obligado a dimitir por sus propios correligionarios del PP para evitar que arrastrase al rescate al país entero. Para más indecencia, resulta que Bankia ha favorecido claramente las finanzas del partido al que pertenece este señor y de cuyo gobierno fue vicepresidente durante años. Pero no cabe exagerar ni confundir las cosas: sobre todo, lo que importa es que seamos educados con él, ya que además, qué bonhomía la suya, compareció voluntariamente ante el Parlament.

Seamos educados con Rato. Porque lo que importa, por encima de todo, es que este imputado, inocente mientras un tribunal no dictamine lo contrario, no pase siquiera un mal ratito durante los diez irrisorios minutos en que se somete a las preguntas de unos pocos (poquísimos) diputados indignados por sus fechorías, como lo están, por otra parte, la mayoría de los ciudadanos del país, miles de los cuales, si hubieran tenido a su disposición a Rato durante ese tiempo, sin duda hubieran hecho algo más que enseñarle su zapatilla (por ejemplo, los preferentistas que han perdido casi todos sus ahorros gracias a este educado y correcto señor y a sus cómplices). Pero no perdamos los papeles: lo que no se puede es faltar. Porque por muchos argumentos que tengas, por muy justa que sea tu indignación, por muchas que sean las agresiones, robos y humillaciones que hayas sufrido a manos de unos mafiosos encorbatados que comen caviar día sí y día no, todo eso desaparece si cedes a la humana tentación de que tus formas sociales flaqueen unos segundos. Sobre todo, cordialidad, incluso con quienes te hacen de todo para enriquecerse y se salen con la suya.

Ni Rato, ni la mayoría de los cargos políticos que tanto le “comprenden” ahora y que ven con “mal sabor de boca” la intervención del diputado, ni los periodistas y tertulianos que dedican horas a criticar la misma por sus “malas formas”, conocen seguramente la sensación de justa indignación que produce ser desposeído y humillado por canallas poderosos que encima, cuando todo se descubre, siguen tan tranquilos riéndose y compareciendo con chulería ante los parlamentos democráticos. Al contrario, están acostumbrados a que, pase lo que pase, y sean cuales sean las penurias que se inflijan a los ciudadanos, no perdamos “las formas”: por favor, ¡hasta ahí podríamos llegar!. Sobre todo, que la comodidad material y psicológica que disfrutan, que los pétalos de rosa entre los que viven, que los alfombrados pasillos y buenos restaurantes por los que discurren sus vidas no se vean afectados por la “dura situación que el país está viviendo” y de la que hablan constantemente sin hacer nada por señalar a sus culpables, e incluso, como en este caso, defendiéndolos.

No sé si apruebo las formas de Fernández, ni si son convenientes incluso para sus propios objetivos políticos, pues ha dado munición a la derecha mediática, y ha provocado que la atención se centre en su zapatilla en vez de en Rato; pienso votar, como he hecho siempre, a otras opciones de izquierda que le dijeron lo mismo a Rato y que, quizá por guardar “las formas”, no han despertado el interés de ningún periodista. Pero hay algo mucho más importante que eso: que todo lo que preguntaba ese diputado merecía una respuesta, y que lo que dijo es verdad, mientras que Rato no merece la posición y comodidades de que disfruta, siendo su oficio mentir y medrar a costa del dolor ajeno. Bien haría en reflexionar sobre lo que, con las formas que sea, le espetó el diputado: quizá algún día la gente de este país se harte de tipos como él. Y eso, efectivamente, aunque no tenga el más mínimo efecto en su autoimagen moral, debería preocuparle por puro egoísmo, algo en lo que le sobra expertise.

 


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