Hispanidad y comunidad. Con Cernuda.

1.-El desprecio por la historia o su manipulación descarada le obligan a uno a enfrentarse con temas incómodos. Por ejemplo, la colonización española. Que atrocidades hubo, y que aún quema el rescoldo, es innegable. Mas también podría decirse que su listón ético superó ampliamente el grado civilizatorio de otros asedios imperialistas: la discusión sobre el ser y los derechos del indio, el mestizaje (tan lejos del exquisito aislamiento inglés, por ejemplo), el cuidado en recrear allí dignamente la luz de Cádiz o de cualquier viejo pueblo castellano…Difícil de explicar es el rechazo de los que buscaron el patrón del socialismo en Cuba primero o luego en Venezuela. ¿Para qué ir tan lejos si más cerca estuvieron la ortodoxia soviética, la autogestión yugoslava, el exotismo albano o, si me apuran, hasta los kibbutz?  Les llamaba –les llama- la afinidad de lo vivido en común.

2.-Algo específico podría decirse también de los catalanes, algunas de cuyas mejores páginas se escribieron en aquellas tierras. No, no voy a empezar con los tópicos –tan reales, por otra parte- de los exitosos “indianus”, de Bacardí y hasta del venerado Gaspar de Portolà –o del fascinante aventurero Pere Bertran i Margarit, también conocido como Pedro de Margarit-. Me refiero igualmente –y con más ahínco- al relevante exilio catalán en Méjico o a las inversiones de Abertis, Agbar y tantas otras. Un caudal desbordante de lazos institucionales, humanos, económicos, políticos, legales, turísticos, culturales o románticos (el que pueda) nos sigue empujando, a veces desde el dolor y muchas veces desde la alegría. Llegas a un hotel en Chicago y el camarero, mejicano, sabe que tiene en ti  a un imprevisto hermano. No es una comunidad teorética, sino un enjambre operativo, incluso con sus aguijones. Algo así debía pensar Cernuda, en su ya final etapa del destierro en Méjico, cuando escribió esta pieza en su fundamental Ocnos:

RECAPITULANDO

-Este país creció de otro que fue duramente devastado. ¿Recuerdas quiénes lo devastaron?

-Los mismos que después, con cuidado y desvelo, trataron de revivirlo a su manera: mi gente.

-Entonces, lo que te acerca hacia él acaso no sea sino una forma sutil retrospectiva de orgullo nacional ¿No has creído hallar en esta tierra los mismos defectos ancestrales de la tuya?

-También sus mismas virtudes. Cuando casi no creía en mi tierra, la vista de ésta me devuelve la fe en la mía, cuyos defectos no existirían sin sus virtudes.

-¿Qué virtud puede tener tu tierra, tan caída?

-La de haber puesto el espíritu antes que nada.

Por eso le fue tan bien.

Sí. Por eso le fue tan mal.

-Bueno. Pero esta otra tierra ya no es una con la tuya, ni esta gente. ¿No sientes que para ellos sólo puedes ser un extraño?¿Más que un extraño: uno de un país al que acaso todavía miran con disgusto?

-Todo eso es cierto. Pero, ¿importa? Si en la vida no hiciéramos más que cosas razonadas, mal andaríamos. La capacidad de afecto que en nosotros existe debe gastarse, sin indagar antes si estaría o no bien empleada.

-¿Quién te pide aquí tu afecto? Cuando los seres humanos han puesto entre ellos tal distancia, el afecto ni puede cruzarla.

Porque la separación existe, es por lo que ahora puede brotar la simpatía tan sincera y tan honda.

-¿No piensas que esa simpatía acaso sea disfraz de un remordimiento atávico, compensación inefectiva de deudas pasada?

-Quizá. Por eso sólo puede y debe estar de nuestra parte, sin esperar correspondencia, que el amor para existir no la necesita.

-Sin embargo, confiesa…

-¿Qué?

-Un gesto de amistad, en respuesta, lo hubiera agradecido tu simpatía.

-Ahí no hablaba la persona a quien llaman por mi nombre.

-¿Actitud impersonal?¿Palabras impersonales?

-Detesto la intromisión de la persona en lo que escribe el poeta.

-Esa actitud hubiera excusado entonces, entre tu simpatía incondicional, algunas objeciones. Hay en esta tierra tanto que objetar. ¿No lo has visto?

-Bien a la vista está. Pero acaso sea condición, en parte, si no en todo, para la existencia de lo que yo vine a buscar: la tierra y su voluntad de historia, que es el pueblo.

-Para todo hallas razones.

-Al amor nunca le faltan.

-Precisamente. ¿Crees que ellos van a comprender, y menos todavía aceptar, las razones de tu amor aun cuando vayan en su propio sentido?

-Lo que yo quería, insisto, era simpatizar. Qué ocurra luego con el don de esa simpatía, no me concierne. Como el niño que juega a lo que sueña, con su mismo ensimismamiento, he lanzado mi barco de papel, que ha de perderse de todos modos, a la corriente”. 

***

Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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