FUENTES DE LA MEMORIA

Noticias, recursos y reflexiones sobre las fuentes de la memoria

Archive for November, 2009

Nov 29 2009

No había emigrantes, sino exiliados

Durante el franquismo, e incluso durante muchos años después, algunas canciones y estilos musicales podían resultar insoportables porque el régimen las había utilizado de tal forma que acabaron asociándose con la misma dictadura. El tiempo ha permitido que escuchemos con otro interés y también que los artistas hayan podido explicar ciertas cosas que entonces no podían ni decirse ni publicarse.

Juanito Valderrama escribió El emigrante pensando en los exiliados españoles en Tánger y, sin embargo, el mismo dictador llegó a considerarla una canción “patriótica”.   

En este enlace del diario digital elmundo.es encontraréis un fragmento del libro Juanito Valderrama: mi España querida”, de Antonio Burgos, donde el artista relata su encuentro con Franco y la historia del nacimiento de la canción. Vale la pena leerlo, para acabar de limpiar prejuicios, si es que quedan algunos.  

Dejo aquí unas líneas. 

Y allí a Tánger, buscando esta libertad y esta prosperidad, se fueron muchos españoles después de la guerra, huyendo de Franco, de la cárcel o del fusilamiento, y allí se buscaron la vida y se establecieron. Y éstos eran los que iban a verme al teatro, como iban a verme también algunos moros. […]

Y uno de los que se acercó fue precisamente el que me salvó de morir en la batalla de Brunete, como tantos muchachos de mi pueblo movilizados, cuando me dio el carné de la CNT y me metió de soldado en Fortificaciones: Carlos Zimmerman. Este anarquista, que había sido el jefe de la CNT en Jaén, el que tanto me protegió, había podido escapar de España después de la guerra, si no, lo fusilan. Se había orientado allí en Tánger y trabajaba como perito electricista, que era su profesión. Nos vimos, nos abrazamos y nos hartamos de llorar los dos, porque los dos sabíamos que él no podía volver a España mientras viviera Franco.

A mí me pareció que media España estaba allí, refugiada en Tánger, en esa emigración forzosa, con esa emoción que vi luego en el teatro, todos en pie aplaudiendo los cantes de España, sin colores, sin bandos, con lágrimas en los ojos. Allí ni se decía nada en contra del régimen de Franco ni a favor de nadie. Nada más que llorar recordando nuestra tierra:

–¡España, España!

Y la guitarra, y el cante, y los oles. Aquello no era ni de Franco ni de la República. Aquellos hombres eran de España.

Eran España misma. Eran el recuerdo de la tierra que habían tenido que abandonar. Su España querida.

Y a mí aquello me llegó tan hondo y era una verdad tan dolorosa, que al llegar al hotel por la noche, después de pasar por aquellos sitios del Zoco Grande, por los cafetines del té moruno, todos oscuros, las calles tan estrechas, la otra parte de Tánger, la mora, no la internacional, cogí un papel y me puse a escribir toda la canción que me faltaba, porque hasta entonces el Niño Ricardo y yo nada más que teníamos compuesto el estribillo. La hice de un tirón.

Cuando la estaba escribiendo en el hotel, yo estaba viendo todavía a aquellos hombres llorar en la puerta del teatro Cervantes, y sus lágrimas, y sus lamentos:

–Mi España, Juan, y mis hijos, que se quedaron en Cartagena…

Aquello se me metió a mí tan dentro que hizo que brotara sola la canción:

Yo soy un pobre emigrante/y traigo a esta tierra extraña
en mi pecho un estandarte/con los colores de España…


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Nov 21 2009

Combustión espontánea

 

Las iglesias se quemaron solas, casi todas ellas en 1936. Combustión espontánea. No hay más que leer lo que nos dicen las enciclopedias, los folletos turísticos, las informaciones históricas. Debió ser un extraño suceso, una increible casualidad ya que en ningún lugar se explican las causas. Quizás una ausencia de Dios o un disgusto que tuvo. No sé. Pero es muy extraño.  

Por ejemplo, en la Enciclopèdia Catalana sobre la ermita de Sant Salvador en Margalef:

Dins una enorme espluga al vessant septentrional de la serra de Montsant hi ha l’ermita de Sant Salvador de Margalef, construïda al segle XVI. És un edifici refet després de l’incendi del 1936, amb una nau i cor. Al costat té la casa de l’ermità, arruïnada, i una font. El seu entorn ha estat arranjat com a àrea d’esplai.

Otro fragmento de la misma Enciclopèdia Catalana:  

Al poble hi ha alguna casa modernista i altres amb dovelles, però l’edificació més notable és l’església de Sant Miquel, arrapada a la roca, neoclàssica del segle XVIII, amb tres naus. Té cor i campanar incorporat a l’estructura de l’edifici. Cremada el 1936, es veuen encara algunes restes de les primitives pintures murals. Sota l’església, a la zona dita del Perxe, amb una llarga porxada, hi ha les cases que la tradició assenyala com les més antigues del poble (Ca Calbet és del 1570).

La campana de la ermita está hecha con restos de artillería de la guerra civil, pero el incendio de 1936 no debió tener nada que ver. Casualidades inexplicables.


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Nov 11 2009

La cabina

No es posible hablar del cine español de la segunda mitad del siglo XX sin que esté presente el hombre normal, el españolito medio que encarnó tantas veces José Luís López Vázquez. 

En películas corales, como Plácido o La gran familia, aportaba un registro personalísimo que elevaba el tono de la producción. Pero también algunos papeles protagonistas han quedado fijados en la memoria de quienes disfrutaron con el cine de la época. Y, entre todos, La cabina es un referente inigualable. Su estreno televisivo produjo las más variadas reacciones y llevó a interpretaciones y comentarios de todo tipo. Es un ejemplo modélico de obra abierta que llega a ser popular, que supera los famosos títulos reservados a la intelectualidad para llegar a todos los públicos. Lo insólito de la situación narrada no deja de perturbar ni resulta artificial. Muy al contrario, el espectador vive la angustia del protagonista en primera persona. Y este es su don eterno, cada espectador vive en el interior de la cabina esos 35 minutos extenuantes aunque finalmente no sepa explicar por qué sucedió todo.      

La idea y dirección fue de Antonio Mercero, que escribió el guión con José Luís Garci, y la interpretó como protagonista absoluto José Luís López Vázquez. Nómina impresionante.        


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Nov 05 2009

Quizás

A todos los caídos en una guera que no debío ser nunca. 1936-1939

 

Esta es la placa que puede verse en la fachada de la iglesia de Margalef. Seguro que no es una solución que contente a todos. Ni siquiera dice toda la verdad, pues desvía la atención de tantos crímenes dirigiéndola hacia los campos de batalla ¿Quiénes son los caídos? ¿Dónde se nombra a los ajusticiados en montes, patios o cementerios? ¿Por qué se iguala a quienes comenzaron la guerra, y esperaban sacar partido de su victoria, con las víctimas de los bombardeos de las ciudades? Tampoco nos habla de los crímenes de la posguerra, ni de los maquis que abundaron en esos contornos, ni del exilio y la dictadura, ni de tantas otras cosas.

Quizás sea una mentira como tantas otras, un recurso, un acuerdo para poder sustituir la antigua placa, el terrible homenaje con que se gratificaron los vencedores, por otra que, al menos, diga también que hubo otros muertos.

Quizás hiera a alguien, pero no creo que fuese colocada con ese propósito. Quizás sea una buena solución. O quizás sea una estupidez que pospone demasiadas cosas. Pero ahí está, barajando la memoria o barajando los intereses. Mejor que antes, aunque habrá quien diga que ahora debiera haber una que durante 40 años reconozca a los muertos por la república y después ya hablaremos. Pero Margalef es un pequeño, muy pequeño pueblo, y alguna solución hay que encontrar. Para los muros y para el día a día. Quizás esta. Quizás. 


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Nov 02 2009

Con los muertos

 

Un esquiador grabado en una lápida, presidiendo la entrada a un cementerio. Extraña aparición. Y aún hay más. Algunas  losas se labraron dándoles formas de montañas. En otras, piolets y cuerdas decoran las superficies junto con los retratos de los fallecidos, sus nombres, las fechas inolvidables que los sitúan en la memoria: nació y murió, luego vivió, fue humano aunque, a veces, por poco tiempo.

     

Cementerios. Creencias esenciales, ritos, religión, familia, poder… Allí está escrito. En los lechos de la muerte sintetizamos para la posteridad cuestiones fundamentales de la vida, aquello que nos hizo ser, sentir… Y también la forma en que nuestros familiares, quienes preparan el espacio que ocuparemos por siempre, desean mostrarnos y mostrarse ante los demás. Paseando por los cementerios nos encontramos con nosotros mismos, con los trazos de la comunidad compartida, y con quienes mandaron construir eternos lechos para mayor gloria de vivos y muertos. 

Es el cementerio de una pequeña población, St. Christophe en Oisans, en los Alpes Franceses. Hijos de la montaña. Un museo recuerda a los montañeros que iniciaron las rutas, a los pioneros que alcanzaron las primeras cumbres, todos ellos hijos de estos parajes que conceden memoria eterna en la misma medida en que arrebatan vidas. Pero el cementerio es más interesante que el museo. Es la obra del grupo, de la historia.   

En las lápidas encontramos nuevas pistas, la importancia del lugar y las circunstancias de la muerte. El orgullo de la profesión, la trascendencia de una vida que será recordada, estudiada y comentada por curiosos y montañeros. Lo saben y lo evidencian. Dudamos del más allá, pero en el más acá sobrevivimos. En los cementerios pervivimos, destacamos o, quizás simplemente, nos extendemos en las conciencias de quienes visitan el lugar y se detienen un momento en donde yacemos. Los túmulos, las imágenes, los nombres grabados en mármol, son una mano que emerge sobre la tierra, último gesto de un ser que nos convoca para no ser olvidado y el signo de un linaje que se perpetúa amparado en un pasado que tras la muerte solo puede ser perfecto.


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