La ciudad que fue (I)

Federico Jiménez Losantos escribió un interesantísimo libro –La ciudad que fue. Barcelona, años 70– sobre su vida aquí, justo en los años setenta de la fase final del régimen de Franco y los inicios de la andadura democrática. Y digo interesantísimo porque, entre otras cosas, es una descripción indispensable para  entender el faro en el que se convirtió Barcelona en aquellos  tiempos, tanto en el terreno político como en el cultural y de las costumbres. Por sus páginas aparecen los grupúsculos del antifranquismo, las vanguardias artísticas,  el nacimiento del movimiento homosexual, etc. Más que el aspecto político, como digo, es útil ahora el recuerdo de la imagen casi mítica de Barcelona.

Por otro lado, me llama la atención la cita entusiasta –que comparto- de “Mi calle”, de Lone Star, que  en este cuaderno hemos  celebrado ya en una ocasión. Vayamos, pues, con la rememoración del año 1971, a partir de un viaje en moto a la Ciudad Condal. Inevitable, por cierto,  la asociación de este fragmento con otros  trayectos iniciáticos o de descubrimiento a través de la motocicleta de las calles barcelonesas. El primero y principal fue, sin duda, el Pijoaparte de Marsé en Últimas tardes con Teresa, desde el Carmelo hacia la lejana Costa Brava. Pero luego vendrían las travesías nocturnas de la Lambretta de Arcadi Espada en Contra Catalunya, el desnudo mítico en «L’orgia» de Juanjo Puigcorbé a lomos de una Vespino por el centro de la ciudad, etc. Vayamos, pues, al fragmento (las negritas son nuestras):

”El primer viaje en moto fue simplemente suicida: desde Orihuela hasta Gerona, sin parar. Vivaqueábamos en pisos de amigos por aquí y por allá o pasábamos la noche en el campo, con unos sacos de dormir del ejército que compramos en el Rastro. Y así llegué por segunda vez a Barcelona, brujuleando algún piso donde instalarnos en septiembre. Fue, más que nada, un contacto con la ciudad, tan bonita y sudorosa como suele estarlo en agosto. Pasamos sólo una noche en una pensión que conocía Gonzalo, en una calle que desde entonces me encantó: la Rambla de Cataluña, paralela al paseo de Gracia. Al lado de aquella lóbrega fonda estaban el cine Alexandra y su hermanito de bolsillo, el Alexis, que era donde se estrenaban esas películas eurorraras que Terenci, Gimferrer y demás comentaban luego en Fotogramas. Y a la vuelta de la esquina estaba el Drugstore, el de las bellísimas Romy, Gimpera, Serena Vergano y otras criaturas de película de la Escuela de Barcelona. Allí, allí  mismo, el Drugstore,  allí la noche, allí la vida de madrugada y escaparate, con su librería siempre abierta y su restaurante insomne, nocherniego, para artistas, borrachos y cinéfilos. Ésa era la Barcelona que yo buscaba. Más que verla, me la sabía de memoria, con fotos incluidas.

Pero el otoño desbarató la euforia veraniega. Sólo conseguí encontrar, con otros dos amigos de la cantera navarroaragonesa, un piso feotón en la calle Riera de Horta, más allá de la última encrucijada del metro, la de Sagrera, al borde del pueblo industrial de San Andrés, convertido en barrio obrero de color ladrillo y amianto. Bajo nuestro piso había un bar populoso, con su cartera de negocios enfrente: el Canódromo. Fue trasladarnos allí, empezar a llover y ya no paró hasta el mes de mayo. Llovía sobre los perros que se esforzaban detrás de una liebre mecánica, llovía sobre la liebre, llovía sobre los que desde Barcelona y el extrarradio llegaban hasta allí a “apostar a los perros”, título que decidí ponerle a un libro de poemas que no pasó del primero, seguramente por culpa de la lluvia. Llovía también sobre la Universidad, que chapoteaba entre huelgas y holganzas, Aquella huelga endémica me impidió contemplar “la lluvia sobre el patio de la Universidad”, el hermoso patio de Letras, en la Central, que canta Gimferrer en “Arde el mar”. Con la Universidad cerrada, caía sobre mí un aguacero prosaico y melancólico, suburbano sin ciudad, con olor a pasillo de metro, a bar de muchas tapas, a cine de sesión doble, a liebre de cuerda y trapo bajo la lluvia, a la espera de los perros en sus jaulas. En aquel invierno, siempre llovía sobre mojado.”

Vista aérea del Ensanche de Barcelona. Fuente: ***.

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Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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