El arquetipo

Bartleby, que nunca fue muy productivo en nada, me recuerda con insistencia las publicaciones y trabajos que llevo atrasados, con fechas implacables que se alzan como desafiantes picos cuando, hace sólo un par de días, parecían montecillos en lontananza. Me riñe, por ejemplo, por haberme enganchado a la lectura de El discreto encanto del derecho administrativo, escrito por el buen amigo y magnífico profesor Marcos Vaquer Caballería.

Pero no es la preocupación por la seriedad o el rendimiento lo que mueve la murga de Bartleby. Vila-Matas me había comentado algo, pero en el libro de Marcos Vaquer aparece una síntesis de la vida del abuelo (o quizá del bisabuelo) de Bartleby (concretamente, en sus páginas 40 y 41). Afirman las ensoñaciones esotéricas de la teoría de las constelaciones que en este mundo cargamos con el peso de las desgracias que vivieron nuestros antepasados, ligados con nosotros por la inquebrantable cadena del árbol genealógico. Y, claro está, Bartleby se siente descubierto:

         Otro infausto funcionario es Bartleby,el escribiente imaginado por Melville en Un relato de Wall Street, que muere extrañamente acurrucado en la base del muro de un asilo  en el que había sido recluido porque se negaba a abandonar la oficina en la que había sido empleado, pero de la que ya llevaba un tiempo desocupado. Casi nada conocemos de él, salvo su figura demacrada, su carácter autista, su resistencia pasiva (I would prefer not to”,”preferiría no hacerlo) y lo que aquí más importa: que su infortunio empieza y acaba con sendos empleos públicos. El relato arranca cuando es contratado como escribiente del Asistente en la Cancillería y concluye haciéndose eco del rumor según el cual, primero, había trabajado como ayudante subalterno en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, donde se procesaba la correspondencia que no podía  despacharse ni devolverse. La Oficina de Cartas Muertas. Un lugar idóneo para alimentar la pálida desesperanza a la que Bartleby estaba inclinado por naturaleza y desventura hasta dejarse morir[1].”

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[1] Descubro en Vandelli [Papeles y papeleo. Burocracia y literatura, Madrid Iustel, 2015, p. 101) que Bartleby fue traducido al español por Borges, a quien me acabo de referir, y al italiano por Calvino, a quien pronto citaré. Cómo no. El círculo de la conspiración antiburocrática se cierra.

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Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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