Censo de ausencias

Una de las principales molestias que me ocasiona el incómodo Bartleby consiste en recordarme la desaparición, cada vez más rápida, de gentes que, durante algún tiempo, lanzaron algunas señales imborrables. Me fastidia su especial atención al verano porque, ya desde los orígenes mismos de la literatura, los poetas advirtieron la incurable contradicción entre el estío y la muerte.

Con su innecesaria eficacia –que nadie le ha exigido- me ha recordado hoy que este curso se inicia ya sin Vicente Verdú. He preferido no comentarle las decenas de artículos que, justo desde la época de estudiante, nos ilustraron más y mejor sobre la vida cotidiana, sobre la reverberación de la economía, de la ideología o de la política en los quehaceres y trasiegos de cada día. Me encantó aquel planeta americano, que él nos describió y que utilicé en algún trabajo académico. Y un buen amigo de Ciudad Badía aún tuvo el detalle de regalarme El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción. Lo publicó en el 2003, pero Bartleby me recuerda con insultante agudeza que es probable que algunas páginas suyas ya auguren el ridículo prurito de escribir este cuaderno (y se permite incluso recalcar en negrita su acusaciòn):

       El individualismo, en fin, ha triunfado tanto que ha llegado a convertirse en un fenómeno de masas. Las llamadas de nuestro tiempo no convocan a la revolución colectiva sino a la caridad particular; y los problemas del trabajador con la empresa se tratan de uno en uno, a menudo en los dispensarios. Luc Ferry ha llamado a nuestro tiempo la época del “ultraindividualismo” y los sociólogos norteamericanos, como Lash, lo denominaron “narcisista”. Lipovetsky ha calificado este período de “segunda revolución individualista” o paso del individualismo limitado que inauguró el siglo XVIII al individualismo total, y en la actualidad, decía Touraine, no se trata de buscar el sentido del mundo, sino el sentido de “mi” vida. ¿Consecuencia? La consecuencia es que la customización de los consumos y de los trabajos, la flexibilidad en los empleos y en las tareas, los cambios de residencia, de pareja o de ocupación derivan en cortas relaciones humanas. La vida tiende así a convertirse en una sucesión de fragmentos y la identidad, sometida a cambios constantes, sufre despistes y extravíos. Se aspira a ser único, inalienable, y el sistema se las arregla para cobrarse este anhelo en una incesante reposición de funciones, espacios, objetivos, pero todo esto hasta el punto, dice Gil Calvo (2001), de que acaso  “la vida futura ya no tenga sentido real”.

        A la pérdida de grandes referencias comunes se suma una biografía cuarteada, y a la segmentación biográfica se agrega, a cada paso, el bombardeo de consejos (libros de autoayuda, dictados publicitarios, recomendaciones médicas) para diseñar interminablemente otro yo mejor. Hay incontables enfermedades del yo, pero una, muy característica ahora, es la aglomeración de yoes sustitutivos y contradictorios. O bien: la existencia se ha poblado de tantos reclamos, verdaderos y falsos, dentro y fuera de los media, que sin cesar nos vemos asaltados por la inquietud de no hallarnos en el lugar idóneo y ocupándonos de lo más oportuno. Ante esa desazón, ¿cómo no verse confundido?, ¿cómo no sentir la insuficiencia de no ser un yo más?

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Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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