Bartleby en el sanatorio

Había empezado, ciertamente, a superar la enfermedad. Sin embargo, para ello tuvo que recurrir al reputado especialista –de fama mundial- Enrique Vila-Matas.  Puso muchos reparos: algo así como si un insigne científico de mentalidad racionalista acabase visitando, a hurtadillas, a un curandero.

Sabido es que Bartleby abandonó la lectura de El Quijote más o menos por la mitad, profundamente aburrido, y se prometió a sí mismo no volver a enfangarse en ninguna novela, género claramente inferior al ensayo, al texto científico y a la poesía (además de ya desfasado en el tiempo). No obstante, la gravedad de la dolencia –fácilmente verificable en el tacaño número de artículos publicados en diciembre y enero- le aconsejó someterse a las rígidas recetas del galeno. Por prescripción facultativa, le fue administrada la dosis total de El mal de Montano, incluso con el riesgo de desagradables efectos secundarios.

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Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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