Barcelona en España (y II)

 …1.-La visión casi unánime y un punto acaramelada en la nostalgia del éxito olímpico se troca en combate jurídico y político cuando se trata del Eixample. En algún momento  me he acercado en este  cuaderno a la cuestión y he aprovechado estos días para releer a BASSOLS COMA sobre el tema. En síntesis: el proyecto de ensanche de Cerdà fue una imposición del Gobierno de la Nación, que entendía que tenía competencias sobre la cuestión y que apostaba por una seria transformación – avanzada para la época- en la manera de concebir la propiedad fundiaria, en el proceso de construcción de la ciudad, etc.

Básicamente, a partir de la Real Orden de 20 de febrero de 1854, de derribo parcial de las Murallas, y de la Real Orden de 9 de diciembre de 1858, dictada por el Ministro de la Guerra, el Gobierno afirma que la tradicional competencia estatal sobre defensa y fortificación le permite decidir sobre los nuevos terrenos generados extra muros. Eso sí, la función le correspondería ahora al Ministerio de Fomento.

El 27 de noviembre de 1854 el gobernador civil de Barcelona adjudicó al ingeniero Cerdà, con expresa autorización del Gobierno, los trabajos de levantamiento del plano de los alrededores de la urbe. En cuanto al resto de la historia, permítanme la autocita, ya que resumir es muy cansado en plena canícula (los que hicieron EGB recordarán esa orden terrible de “hacer un resumen”):

       “En una primera fase, el Gobernador Civil de Barcelona adjudicó al ingeniero Cerdá, con expresa autorización del Gobierno, los trabajos de levantamiento del plano de los alrededores de Barcelona. Esta asignación se efectúa en 1854 y ha sido estudiada especialmente por Estapé (2001, pp.163 y ss.). Baste decir ahora que el antecedente fáctico de la resolución fue el nombramiento de Pascual Madoz como Ministro de Hacienda. Según unánime historiografía, se trata de una figura clave en la corriente de apoyo a Cerdá. Fue gobernador civil de Barcelona desde el 11 de agosto hasta el 20 de octubre de 1854. Una vez pasó a ocupar la cartera indicada, ya se nombró a Cirilo Franquet como Gobernador Civil. Éste, el 27 de noviembre de 1854, hizo público el encargo descrito.  Se trataba de un trabajo gratuito, por expresa voluntad del autor, y, además, fue fundamental de cara a la realización de los posteriores estudios. Curiosamente, Estapé (2001, p.166) recuerda que recibió algunas críticas periodísticas, con la agria invectiva, entre otras, de que ya era un mero ex – ingeniero.

            El siguiente paso relevante viene dado por la resolución de 7 de junio de 1859 (publicada en la Gaceta de Madrid de 17 de junio), merced a la cual “se aprueba el proyecto facultativo de ensanche de la ciudad de Barcelona, estudiado por el Ingeniero D. Ildefonso Cerdá”. Este proyecto se correspondía con una autorización previa a Cerdá para este trabajo dada por Orden de 2 de febrero y se aprobaba con las alteraciones propuestas por la Junta consultiva de Caminos, Canales y Puertos (bajo control del Cuerpo de Ingenieros). Según el Gobierno, respetaba la audiencia que debía darse  a la entidad local, ya que “los estudios de Cerdá se hallan en armonía con las bases adoptadas por la comisión de representantes de todas las Corporaciones de Barcelona en la memoria de 28 de junio de 1855 y las discutidas por la comisión nombrada en virtud del Real decreto de 23 de enero de 1856”. Es verdad, no obstante, que –tal como alegó el Ayuntamiento de Barcelona- parece excesiva la previsión del apartado cuarto, que encargaba a Cerdá la presentación del “proyecto de ordenanzas de construcción y de policía urbana para que sobre las mismas recaiga la aprobación del Ministerio de Fomento, y sobre las segundas el de la Gobernación del Reino”. Y apunto lo de excesivas en la medida en que estamos ante tradicionales competencias locales.”(1)

Se dio, como ya es costumbre en el lugar, una oportunidad a la Corporación Local, un “permitir”, que entra también en la larga tradición española:

 …Pero la Real Orden indicada no arredró al Ayuntamiento de Barcelona, que ya había convocado un concurso de proyectos sobre el Ensanche. La decisión de la Junta Calificadora recayó en el trabajo presentado por Rovira i Trias (en 20 de octubre de 1859, según Estapé, 2001, p.234, aunque Babiano, 2007,p.85, anota que el veredicto ya se había hecho público el 12 de septiembre). Se entra entonces en una fase poco estudiada y algo truculenta, ya que el Gobierno permitió la exposición pública de los trabajos del concurso y, en una sala adjunta, el de Cerdá (que, además, se paseaba por los locales, dando lugar a las críticas inmisericordes de Lacasta,1859, y otros cronistas ciudadanos).Por otra parte, el 5 de marzo de 1860 el Ayuntamiento acordaba entregar un Premi de 4000 Duros a l’Arquitecte Antoni Rovira i Trias Per el Plànol de l’Eixample de Barcelona Que Sortí Premiat en el Concurs”. Una paradoja, por cierto, con respecto a Cerdá, que acabó sus días reclamando al Estado las cantidades que él personalmente había adelantado para la realización de sus trabajos.” (2)

       Y la cosa acabó así, cuando ya se perdió la paciencia:

       “El Gobierno dio por zanjada la cuestión con el Real Decreto relativo al Ensanche de Barcelona de 31 de mayo de 1860 (publicado en la Gaceta de Madrid de 1 de junio). Se considera que el resultado del “concurso, posteriormente abierto con el mejor celo, aunque sin favorable resultado, por el Ayuntamiento de Barcelona” no ha de afectar ya al proyecto de Cerdá aprobado en la Real Orden de 7 de junio de 1859 (a la cual nos hemos referido anteriormente).  “(3)

O sea, que el Gobierno nacional –aunque consideraba que en él residía la competencia-  dejó que el Ayuntamiento convocara un concurso que, a la postre, no iba a servir para nada. Existe ahí un tema poco estudiado, referido a las dudas entre  algunos miembros del Ejecutivo, que alegaban la conveniencia de no enfrentarse a la corporación local.

Ensanche. Imagen de Alhzeia.Fuente. ***

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2.-En definitiva, el Plan Cerdá, como proyecto físico, económico y jurídico, fue un acuerdo imperativo del Gobierno central, de acuerdo con las normas vigentes, en contra del parecer unánime de la Corporación Local y de la casi totalidad de las fuerzas vivas de la ciudad. Se trataba de una apuesta política contundente y renovadora.

En la misma línea, hay que decir que Cerdà era miembro –insigne, además- del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, un colectivo fundamental para la  articulación del Estado español en el siglo XIX. Es cierto que había obtenido la excedencia, pero ello no impidió nunca al Gobierno considerarlo como un comisionado que estaba dentro del cuerpo funcionarial citado.

Ya en el primer minuto, la intelligentsia política y arquitectónica catalana, desde el militante Puig i Cadafalch hasta el más suave Prat de la Riba,   se apunta a la crítica atronadora contra el Plan. De hecho, el malditismo de Cerdà llega casi hasta nuestros días (Porcioles empezó a romper el silencio y luego Estapé, a través del Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda, se encargó de su edición y de la dignificación  académica del autor).

Es  verdad, no obstante, que –con injustificadas pausas y recortes, como ocurre con muchos adelantos – el Plan empezó a funcionar y la potencia económica y creativa de Barcelona llenó aquel dibujo con la explosión de belleza utilitaria que conocemos. Vino luego la bendición técnica otorgada por el GATPAC  ya en los años treinta del siglo XX y los ajustes y contraajustes tan propios de nuestra historia (y también, claro, la corrección de algunos errores en el planteamiento de Cerdà).

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Vista aérea del Ensanche de Barcelona. Fuente: ***.

3.-Pero, evidentemente, el sapo del Ensanche ha sido de difícil digestión para ciertos sectores del nacionalismo. Nada menos que una regla impuesta por el Gobierno español, con una clara superioridad técnica y pensada y acometida por un destacado miembro de un también destacado Cuerpo nacional de funcionarios. Y, encima, un éxito abrumador para la imagen de Barcelona y para su vida cotidiana.

Algunas explicaciones han sido patéticas. Por ejemplo, la piadosa “carrera de proyectos para el Ensanche”, en la propaganda de las  celebraciones del Año Cerdà (2009-2010). No, no hubo ninguna carrera. O el peix al cove de Francisco Martí y Eduardo Moreno (1974): “Por una vez el centralismo sirvió para dominar la estrechez de miras de una burguesía provinciana”.

En resumen, estas dos simples pinceladas de trazo fortísimo en el territorio –los Juegos Olímpicos en el siglo XX y el Ensanche en el XIX- nos pueden servir para plantear una hipótesis en la cual aún habría que profundizar: Barcelona no ha sido una urbe colonial o machacada, sino una pieza clave de las políticas urbanísticas de los distintos regímenes y gobiernos de la España contemporánea: con momentos de sintonía –los Juegos Olímpicos-, de medicina amarga y fortificante –el Plan del Ensanche-, de noviazgo –Porcioles, hombre de confianza  del general Franco y facedor de la Carta municipal y de otras decisiones que el mismo Maragall apuntó en más de una ocasión- y también, claro está, de errores clamorosos, distanciamiento e incomprensión –siempre lo más perjudicial para todos-. Nunca fue fácil, muchacho, negociar con el kilómetro cero. En definitiva, desde el punto de vista urbanístico, ni una Marseille lejana ni una Chicago autosuficiente sino, simplemente, Barcelona en España.

Eixample. En el marco global de esta ciudad tan bien hecha. Fuente:***

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(1) AMENÓS ÁLAMO, J.: “El peculiar estatus de Ildefonso Cerdà como ingeniero de caminos, canales y puertos”, en El derecho de la ciudad y el territorio. Estudios en homenaje a Manuel Ballbé Prunés, Madrid, 2016, p.63.

(2)AMENÓS ÁLAMO,Op.cit., p.64.

(3)AMENÓS ÁLAMO, Op.cit., p.65.

(4)MARTÍ, Francisco y MORENO, Eduardo, Barcelona, ¿a dónde vas?, Barcelona, 1974, p. 13.

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Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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