Jerarquías

1.-Hace unos años, conocí a un profesor que, desde el primer momento, dejó claro que no trataría a todos  por igual. Comunicaba sin rodeos que sus mayores atenciones se volcarían en los alumnos más esforzados y con mejores calificaciones provisionales. No creo que ello le llevara a romper la igualdad ante la norma, pero le cayeron en los pasillos las previsibles murmuraciones y en las recién inauguradas “redes sociales” las implacables acusaciones de favoritismo.

Lo cierto, no obstante, es que la vida profesional y académica se articula a través de jerarquías. Cosa diferente –y nada fácil- es decidir cómo se forman. Por otra parte, el estudio de cualquier jerarquía –por ejemplo, las artísticas o las científicas- nos muestra su esencia móvil: gracias a la crítica permanente, las posiciones varían constantemente y nadie puede imaginar ni siquiera por aproximación cuál va a ser el veredicto del futuro.

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2.-Las denominadas “redes sociales” implican –per se– un reto a la pirámide jerárquica. A lo sumo, construyen clasificaciones en base al número de consultas y al ya famoso aunque abisal algoritmo. En consecuencia, la cuestión de la jerarquía se mantiene e incluso se nos impone con más ansiedad que nunca. Así, por ejemplo, podría ser quizás un buen artilugio para salir de la vigente fase de la posverdad.

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3.-En fin, me vinieron estas reflexiones a raíz de la lectura de estos días –a la que he aludido en alguna ocasión- de la biografía Juan Belmonte, matador de toros, bajo la pluma de Manuel Chaves Nogales. El diestro nos regala una luminosa descripción de un mecanismo jerárquico construido por una pandilla de zagalones torerillos. No voy a incluir aquí el modo en que Belmonte subvirtió el listado, ya que esto destriparía la historia. Sin embargo, eso sí, pasó a torear siempre después de Riverito (las negritas son nuestras):

El respeto a las jerarquías

…   […]

Cuando llegábamos al cerrado, apartábamos una res, la que mejor nos parecía, de ordinario la más grande que encontrábamos. Por lo general, lo que había allí era ganado de media sangre, reses que llevaban al matadero. El animal, penosamente apartado por nosotros, no se decidía a embestir más que cuando después de mucho acosarle daba dos o tres vueltas y se convencía de que no tenía escapatoria. Toreaba primero Riverito, que era el que tenía más prestigio en la pandilla. Los demás esperábamos pacientemente a que nos llegase nuestro turno, sin que ninguno se atreviese jamás a dar un capotazo inoportuno. Cuando Riverito terminaba de torear, alargaba la chaqueta al segundo de la pandilla, y así, siguiendo un  orden estricto, toreaban todos, cada cual en el puesto que le correspondía. Las jerarquías de aquella pandilla de anarquistas se respetaban religiosamente. El que toreaba mejor cogía primero la chaqueta; el menos diestro era, inexorablemente, el último en torear. La categoría de cada uno se reconocía tácitamente por los demás, y jamás hubo entre nosotros más privilegio que el del propio mérito, unánimemente acatado. Yo empecé siendo el último. Cuando ya todos habían toreado a placer me alargaban la chaqueta para que hiciese lo que pudiera. Naturalmente, poco podía hacer.”

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Acerca de Joan Amenós Álamo

Professor de Dret Administratiu
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