Ramón Lladó sobre la traducción de Joaquim Sala-Sanahuja de la obra de Raymond Roussel “Locus Solus”

Por Ramon Lladó
via: cvc.cervantes.es/trujaman/

Raymond Roussel es un autor singular entre los «ilustres semidesconocidos» de la literatura contemporánea. Sus novelas, aunque apreciadas casi exclusivamente por lo que se ha dado en llamar happy few, forman parte, se quiera o no, del canon de la literatura francesa del siglo xx. No sólo por su extraordinaria fulguración interna sino por la influencia indudable dentro de las corrientes innovadoras de la literatura y del arte de nuestro tiempo. André Breton lo llamó «el gran magnetizador de los tiempos modernos».

Ello debe entenderse no sólo como un elogio en sentido figurado, sino que apunta a la morfogénesis del célebre «procedimiento» que puso en pie Roussel desde La Doublure (1897) hasta Nouvelles Impressions d’Afrique (1932) pasando por la inolvidable Impressions d’Afrique (1910) que Annie Bats y quien suscribe tuvimos el honor de traducir en 1989 (en MOLU, de Edicions 62) y sobre todo Locus Solus (1914), novela que acaba de aparecer en lengua catalana, en lujosa edición, traducida y presentada por el profesor Joaquim Sala-Sanahuja (coeditada por el Centre d’Études Raymond Roussel y Lleonard Muntaner ed., 2012).

En efecto, el origen del «procedimiento» rousseliano, de generación de parejas léxicas homofónicas y frases formadas a partir de versos holónimos debe no poco a la técnicas de hipnosis y de sonambulismo provocado, con uso de imanes y otros utensilios magnéticos que manejaron los psicólogos y psiquiatras con quienes trató Roussel —y que le trataron profesionalmente—. Así nos lo cuenta Sala-Sanahuja en el interesantísimo estudio que encabeza el volumen.

Roussel afirmó en su testamento Comment j’ai écrit certains de mes livres (1935), que sus obras surgían de la pura imaginación. Pero esa pureza de la ficción no puede ser entendida de ningún modo como un retorno a la transparencia de la novela «convencional», para el gran público o «de género», y tampoco puede llevarnos a un concepto no problemático de la legibilidad. Al contrario, debe interpretarse como la reivindicación de la primacía de la concepción y, de paso, la afirmación práctica de que la literatura pone en escena nada más —y nada menos— que el propio lenguaje. Como observó Jean Ricardou «el procedimiento rousseliano se organiza en dos etapas: fábrica y ensamblaje. La primera explota una de las aptitudes productivas del lenguaje; la segunda, en las antípodas de aquella, y a pesar de la irremisible extrañeza de los inventos que construye, trata de obtener el aspecto verosímil de una maquinaria o de un relato».(1)

Y ese doble mecanismo es el que pone en evidencia Sala-Sanahuja, gran conocedor del autor, y de Jules Verne, inspirador de Roussel, al brindarnos una introducción generosa y puesta al día y, sobre todo, un cuidadoso y paciente rastreo léxico y semántico del universo del sabio Martial Canterel, en su parque de Montmorency cuajado de artefactos que desafían toda lógica, amén de una tarea de restitución de ese lado mecánico y prolijo de las descripciones de Roussel y de su sintaxis marmórea, repetitiva e incisiva como un bisturí.

(1) (Ricardou, Jean, «L’activité rousselienne» in Pour une théorie du nouveau roman, París, 1971, p. 91-117).